Autonomía de los centros y planes de estudios

El tema de la autonomía de los centros que aquí se formula debe trascender tanto el engañoso concepto que LOE, LEC o LEA proclaman a los cuatro vientos, como cualquier debate de regusto ideológico que ponga en cuestión la pertinencia de una enseñanza pública. Teniendo en cuenta que la autonomía que Deseducativos propone se ciñe, en este caso, a la libre capacidad de los centros para elaborar los planes de estudios de todas la etapas educativas, ruego a los lectores hagan compatible dicho tema con una premisa que estimo nadie está dispuesto a discutir: la incuestionable necesidad de una enseñanza pública que asegure la promoción social de sus alumnos y vele por que todos los ciudadanos accedan al conocimiento. Antes de seguir, además, dejaré a un lado -pues no toca hablar de ello- otra cuestión que ya ha salido en el debate: la autonomía de los centros para contratar personal.

¿Quiénes elaboran los planes de estudio que aparecen en los reales decretos? ¿Alguien se lo ha planteado alguna vez?

Por un lado, podemos imaginarnos a una serie de expertos discutiendo, proponiendo y tachando bloques de contenidos. Cada uno de estos personajillos sería lo más parecido a un sabio en su materia, además de poseedor de una dilatada experiencia en la etapa educativa correspondiente. Luego está el Consejo Escolar del Estado, compuesto por expertos, sindicatos y apas, un totum en el que esa experiencia de aula de sus componentes brillará casi siempre por su ausencia. Por último, tenemos a las editoriales más influyentes o al reducido y mediocre grupo de burócratas que rodean al ministro de turno. De los tres casos -no se me ocurre ningún otro-, el sentido común nos dicta que sólo los dos últimos se acercan a la realidad. Así pues, ahora mismo estamos asistiendo impávidos al siguiente panorama: una serie de individuos que no han dado una maldita clase en su vida proponen y deciden, no sólo qué contenidos, sino la presencia de éstos en las diversas etapas y ciclos formativos. Por ello no habría de extrañarnos que a menudo suelan ocurrir cosas tan inconcebibles como que al partido político que toca poder se le antoje inventarse materias de nuevo cuño que nada tienen que ver con ese consenso social hegeliano que simboliza la ciencia, que se carguen otras asignaturas por mero interés partidista, por simple miopía o por presiones de poderes fácticos al uso, y que la distribución temporal de la mayoría de las asignaturas sea irreal -en el mejor de los casos- o rematadamente absurda -en el peor-.

Ahora bien. Imaginemos por un momento un sistema educativo estructurado a partir de reválidas de cambio de etapa. Imaginemos que el Estado es el encargado de organizar y evaluar esas pruebas. Imaginemos que el Consejo Escolar del Estado u otros organismos sólo tienen que proponer los objetivos a cumplir en cada uno de los exámenes. Imaginemos que, como en ese supuesto caso tendrían que bajar al ruedo por primera vez en su vida, delegaran, ahora sí, en expertos que los detallasen. Imaginemos que hasta ahí llegara su presencia. ¿Qué podría ocurrir?

Esto es lo que en Deseducativos entendemos por autonomía:

1.- Los colegios e institutos, con los objetivos de la reválida para el año siguiente, delegarán en los diversos departamentos didácticos no sólo la especificación de los contenidos, sino su secuenciación por cursos o ciclos.

Partimos de la base de que son necesarias unas pruebas estatales al final de cada etapa educativa para evaluar a los alumnos, a los centros y al sistema en sí mismo. Cuando digo “estatales” me estoy refiriendo a exámenes de cada una de las disciplinas que se imparten en las diferentes etapas elaborados por algún organismo central del Ministerio de Educación, del Consejo Escolar del Estado o de otra institución creada expresamente para ello. También me refiero a un hecho que parece que no se entiende muy bien: los centros -públicos y privados- no participarán en la evaluación de estas pruebas, sólo estarán habilitadas para ello las diferentes comisiones estatales o tribunales de corrección. Y, además, ha de quedar claro que los resultados serán vinculantes y no la filfa a la que nos tienen acostumbrados las juanpalomistas pruebas de diagnóstico que en la actualidad las Comunidades Autónomas están llevando a cabo.

En ningún caso habrá un ente superior que delimite el camino a seguir distinto de la reválida, basada en resultados y no en las consabidas abstracciones pedagógicas. Esa reválida impondrá los límites y dejará al profesor la libertad de trazar el sendero que lleve a la consecución de los objetivos. Pero, ojo, en todo momento estamos hablando de una libertad con una altísima dosis de responsabilidad, pues allí estará en juego, no sólo el prestigio del centro, sino el del mismísimo profesor -algo vagamente, lejanísimamente parecido ocurre ahora con el profesor de 2º de Bachillerato y la PAU-.

2.- Los centros privados estarán sometidos al mismo estrés organizativo. ¿Que en sus aulas seguirá sin haber inmigrantes o alumnos de capas sociales desfavorecidas? Claro, es lo normal. ¿Que lo tendrán más fácil? Eso estaría por ver, porque el sistema público se alimentará -gracias a la mejora en el acceso a la función pública que proponemos– de profesionales mejor preparados y de una estructura nueva –tres itinerarios post obligatorios– que lo corregirán.

Los resultados de las reválidas -vinculantes todos ellos, pues de ellos depende que un alumno pase o no a la siguiente etapa educativa- serán públicos. Los centros privados tendrán que hacerlos públicos también. Por eso se establecerá una sana competencia. Pensar que esos resultados estarán condicionados por la procedencia social de los alumnos es caer en el mismo cuento de siempre. De ahí a pasar a la comprensividad y al café para todos hay un paso. Pero lo más grave de esa argumentación es que niega a priori que los alumnos “pobres” puedan promocionar socialmente -que, recordémoslo, es el único imperativo válido de cualquier enseñanza pública-. No se ha de caer en el reduccionista prejuicio de pensar que, como mis alumnos son inmigrantes o gitanos o de clase social desfavorecida, están condenados a no levantar cabeza. Los centros de esas zonas, los que reciben alumnado de ese tipo, deberán, partiendo de una situación de igualdad legal y educativa, deslomarse para conseguir buenos resultados, al margen de que puedan recibir ayudas extra para facilitar esa labor.

3.- Los centros de Bachillerato y de Formación Profesional podrán especializarse en el itinerario o el módulo que les dé la gana. E incluso podrán competir con otros centros -públicos o privados-. Imaginen qué implicación la de esos padres que, teniendo la absoluta libertad de elegir centro para sus hijos, se interesen por los planes que éste oferta, por los resultados de otros años, por la capacitación de sus profesores. ¿Es tan increíblemente nefasta la palabra “competencia”?

Porque recordemos que si los departamentos didácticos elaboran sus planes y secuencian los contenidos con los exámenes estatales como único horizonte, cada colegio, cada instituto, cada centro de Formación Profesional -públicos o privados- será diferente y ofertará procedimientos, programas e incluso métodos distintos. ¿Cómo saber si son buenos? ¿Por dogma de fe pedagógica como hasta ahora? ¿Porque lo dice la administración de turno como hasta ahora? No. Sencillamente por los resultados en las reválidas. Así, no sólo se creará competencia entre centros y mayor interés de las familias por la educación de sus hijos, sino que se prestigiará socialmente la labor del docente, quien estará obligado a buscar con ahínco la excelencia de sus alumnos.

Existe un sector de la sociedad que no se cansa de exigir libertad de elección de centro y no cae en la cuenta de que, por mucho que se pudiera elegir, sin autonomía de los colegios -públicos o privados- en la planificación de sus estudios, esa libertad se quedará siempre en una impostura más de la enseñanza española. Si el Estado dejara absoluta libertad a las familias para elegir centro pero mantuviera el monopolio y la fiscalización actuales de los planes de estudios, ¿creen ustedes que la libertad de elección sería un hecho? Por ello, ¿qué es lo que de verdad asegura la elección? Que lo que se elige sea diferente. Esto no es cuestión de clases medias, bajas o altas. Aquí lo importante es velar por que los centros, públicos o privados, puedan dar lo mejor de sí mismos, sin tutelas monopolizadoras del Estado, potenciando la competencia entre ellos con libertad.

En el escenario que se plantea, los centros de enseñanza públicos -sus departamentos didácticos, en realidad- podrán presentar una oferta de planes tan rica y variada como el éxito en los exámenes estatales lo permita. Los padres, por su parte, podrán matricular a sus hijos donde mejor les convenga con el número de plazas y el orden de llegada como únicos impedimentos. El riesgo de que existan centros de primera y segunda categorías será el mismo que actualmente existe, y los condicionantes para ello serán bastante idénticos: situación geográfica, clase social, etc. Sin embargo habrá una diferencia sustancial que mejorará, sin duda, el panorama: los resultados de las reválidas orientarán tanto a las familias como a los propios centros. No es posible pretender una mejora sustancial del nivel académico de todos los alumnos sin crear instrumentos de evaluación y corrección. Hoy en día los centros públicos de zonas deprimidas están condenados a seguir siendo lugares de segunda categoría. Con los exámenes estatales como incentivo, cabrá la posibilidad de que se planteen reformas serias y sensatas -y no hay que descartar la idea, como ya se ha apuntado más arriba, de las ayudas estatales adicionales- a fin de salir del agujero y competir en igualdad de condiciones. El prejuicio ideológico que abomina del concepto “competencia” niega, en el fondo y en la forma, la promoción social del alumnado de clases desfavorecidas y contradice el espíritu de excelencia y el afán de superación que ha de guiar tanto a los docentes como a los discentes.

6 comentarios en “Autonomía de los centros y planes de estudios”

  1. Montse
    13 abril 2012 a 18:36 #

    Actualmente la autonomía de centros propicia más que nada la existencia de conflictos ya que los distintos departamentos didácticos “luchan” ( jugando sucio en muchas ocasiones) por quedarse las mejores partes del pastel (llámense asignaturas optativas o de modalidad en los bachilleratos; más o menos horas en grupos de adaptación según la conflictividad del grupo en cuestión, decisiones sobre la configuración de los grupos (flexibles, más o menos heterogéneos…) en cada curso según criterios de lo más dispar, etc.). Además, como la plantilla en los centros públicos es tan cambiante de año en año ocurre que los usuarios a la hora de elegir centro tampoco pueden fiarse de una determinada organización ya que cada año puede modificarse. Y se modifica no tanto debido a las necesidades de los alumnos, sino a la capacidad dialéctica o sagacidad de cierto profesor ante el cansancio de los demás en un final de curso agotador, que es cuando se toman esas decisiones.

    Tal como se plantea la autonomía de centros en Deseducativos, teniendo en cuenta un examen final como objetivo a conseguir pudiera ser que esas decisiones antes citadas se tuvieran que trabajar durante todo el curso, en vez de llevarlas a cabo de manera precipitada en una reunión o dos de una hora a final de curso. Claro que para ello haría falta una política educativa que tuviera claros los objetivos a conseguir y, aunque parezca mentira (ya que hay mucho investigador cobrando proyectos diversos y mucho despacho coordinando múltiples tareas dentro del departamento de Enseñanza) puede que sea esto lo más difícil de conseguir. Y es muy pero que muy necesario porque la cantidad de tiempo perdido en reuniones de “trabajo” (en los centros de secundaria al menos que son los que conozco de cerca) produce una sensación de desconcierto a la vez descorazonador y absurdo.

    • Mariquilla
      14 abril 2012 a 8:22 #

      Autonomía de algunos -¿muchos?- centros.

      1.-Nombremos a un director guay.
      2.-Conformemos los grupos del próximo curso conforme a la estructura que más nos favorezcan, suspendiendo o aprobando a los alumnos en función de la misma. Como los niveles no son bajos sino subterráneos, los aprobados nos quedarán muy agradecidos y los suspensos lo encontrarán normal, tanto si promocionan como si repiten.
      3.-Nombremos muchos departamentos y coordinadores. Las reuniones de estos órganos ¡tan fructíferos!, en horario lectivo naturalmente, son la sal de nuestros centros y además muy tranquilas si el departamento es unipersonal. Un tercio del claustro ve así reducido su horario lectivo en dos o tres horas semanales. ¿Para qué hablar de las horas no lectivas?. Todos sabemos en lo que consisten…
      4.-Estudiemos en los departamentos, con detenimiento y buen criterio, la oferta de de materias optativas. Esas que ya tenemos pensadas son las que más convienen para los alumnos, y no digamos para nosotros… El Jefe de Estudios ¡chitón!, ¿qué se ha creído?
      5.-Anotemos en un estadillo preparado al efecto por la JE el horario personal que más nos conviene para elaborar el general en base a las aspiraciones de cada uno: todas las horas lectivas seguidas y ninguna al final de la jornada. Para estas últimas y los huecos ya llegarán los interinos. Que así sea.
      6-.Repartamos los horarios por riguroso orden de antigüedad. Así damos preferencia a los más preparados y más experimentados para que elijan los cursos que más necesitan sus profundos conocimientos y larga experiencia. Por eso casi todos elijen los cursos y grupos más conflictivos y necesitados de sus enseñanzas.
      7.-Si no acertamos en nuestras previsiones se modifican a lo largo del curso. A veces, casi diariamente.
      8. 9, 10… Etc.etc.etc.

  2. 20 abril 2012 a 14:25 #

    El comentario de Mariquilla sobre la autonomía de centros hace referencia a unos tópicos que creo que actualmente no tienen lugar en los institutos. Es más, en multitud de ocasiones un interino o alguien sin plaza fija en un centro es elegido a dedo por el director para ocupar una plaza de enchufe (léanse numerosos profesores de departamentos de orientación) y llena sus horas de atenciones individuales que pocas veces sirvben de algo.

  3. niporpienso
    20 abril 2012 a 20:14 #

    Suscribo punto por punto wl comentario de mariquilla sobre la autonomía de los centros . Incluso en su punto seis suprimiría la ironía por la denuncia directa de la miserable práctica habitual de asignar tutorías conflictivas a los recién llegados: interinos, en prácticas, recien llegados en general: ello demuestra el nulo interés real en ayudar a los alumnos conflictivos y la hipocresía y cinismo sin límites de los que llenan su boca de alabanzas a la atención individualizada de los alumnos con necesidades especiales al par que los abandonan a su suerte quedándose con los grupos cómodos.

    Lo que dice mariquilla no está reñido con lo que dice eduquemots respecto a la elección de interinos parts negra y recién llegados por parte de los equipos directivos al ver que sintonizan con ellos química e ideológicamente y, encontrando gente ingenua , trepa y dispuesta a todo para escalar y afianzarse .

    Son dos tipos de problemas que trae la “autonomia de los centros “. SON “PROBLEMAS”, son “REALIDADES”, no meros “tópicos” como ,muy equivocadamente en mi opinión e incluso rayando en el irrespeto, dice el señor “eduquemtots”.

    • 24 abril 2012 a 13:51 #

      Lamento que el uso de la palabra “tópicos” haya parecido ofensiva, por lo que no tengo ningún problema por cambiarla por otra expresión como podría ser: “unos conceptos que ha tenido tradición en muchos centros durante años y a veces se cree que continúan teniéndola en la misma magnitud”.

      Gracias por la observación.

      • niporpienso
        24 abril 2012 a 21:02 #

        Agradezco su esfuerzo por cambiar una palabra que pudiera resultar ofensiva por una explicación más razonada pero es que mi experiencia en los últimos años coincide con el diagnóstico que hace Mariquilla del funcionamiento “autonómico “de muchos centros en la práctica actual. Ójala fuese una tradición antigua en desuso.
        En cuanto a lo de interinos elegidos a dedo por directores para ocupar plazas de “apoyo a dirección” es una práctica bien antigua aunque coincido con usted en que actualmente ha retomado nuevos bríos con interinos y desocupados de los departamentos de orientación y coordinaciones fantasmas: tantas horas de estar mirando al techo esperando a los absentistas de turno, los unos y tanto paseito por los pasillos, reuniones paná y cafecitos con el dire , ya se sabe…

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