Virtud y Libertad. Aristóteles y Kant. Una nueva enseñanza


Juan Pedro Viñuela Rodríguez

Como ya he señalado en muchas ocasiones, las teorías pedagógicas cometen errores de bulto fundamentalmente debidos a su afán de cientificismo y por su contaminación del pensamiento o ideología posmoderna. Creo que es necesario recordar a los clásicos para no perder el norte. Los tiempos modernos, que valoran la hipermodernidad como verdad absoluta, menosprecian el pasado e idolatran al presente y el porvenir. Son los nuevos dioses posmodernos, pues el hombre no vive sin mitos. Y el posmodernismo ha producido los suyos. Busca el paraíso en un eterno presente de autosatisfacción, indiferencia, disfrute hedonista egocéntrico y demás entelequias del individualismo antisolidario y, más aún, antihumano. Por eso es necesario recuperar el humanismo, porque éste piensa al hombre desde la categoría de lo universal. Como decía Terencio, no lo olvidemos, hombre soy y nada de lo humano me es ajeno. Esta universalidad es la que niega el posmodernismo desde su relativismo subjetivista que, paradójicamente, no salva al sujeto, sino que lo condena a la individualidad; es decir, a un paso de la instrumentalización objetiva. A medida que avanzamos en esta sociedad hipermoderna, hipercapistalista, hiperconsumista, hiperdesarrollada…, retrocedemos en humanidad. En realidad no existe ningún avance, salvo el que se dirige hacia la barbarie. Una barbarie fascista que se nos impone desde las reglas sacrosantas del mercado y desde una democracia tutelada económico-políticamente. Todo desde el mito del progreso. A la barbarie en nombre del progreso. Todo paso adelante en esta dirección es un paso atrás. Por esto, y mucho más que en otra ocasión contaré, es necesario recuperar a los clásicos y su saber. Y más sabiendo que el hombre es universal, tanto espacial como temporalmente. El olvido del pasado debido al fervor entusiasta del presente nos precipita en la ignorancia, en un infantilismo ingenuo, pero grotesco, porque el pasado está ahí, no lo podemos olvidar. Nos empeñamos en borrarlo creando una especie de nuevo pensamiento que no es más que ideología para el pueblo, alimento mediático para vaciar las conciencias y eliminar la acción. Alimento para entretener, mientras los privilegiados se reparten el mundo.

Hay dos grandes éticas en la historia de occidente, que se suelen presentar como contrapuestas, pero que no lo son tanto. Creo que las dos se pueden complementar y nos pueden aportar un poco de luz sobre los pilares ético-filosóficos de la educación. Estos discursos éticos son los de Aristóteles y Kant. Empecemos por el griego. Aristóteles es el primero que distingue la ética de la política. También, frente a Platón y Sócrates, considera que la ética no es un saber científico, si no un saber práctico. El saber sobre la acción humana y sus fines. Ya tenemos aquí una enseñanza fundamental. El discurso que versa sobre los actos humanos que tienen que ver con la ética y la política no es un saber necesario, científico, sino un saber práctico. Nota para los engreídos psicopedagogos: el padre de toda la ciencia antigua saca del saber científico, tanto a la ética como a la política, así como a la técnica y los saberes poéticos. El afán cientificista de los psicopedagogos ha convertido al hombre en objeto, instrumento; uno de los males de la pedagogía actual como ya hemos analizado en otro lugar, fundamentalmente en “La perversión de la razón ilustrada”. Ya Aristóteles sabía que cuando hablamos de la acción humana, hablábamos del ser posible. La acción humana se dirige a fines, a realizar su propia finalidad, que no es ni más ni menos que la felicidad y la justicia. Es importante señalar que, el viejo Platón consideró a la ética igual que la política, identificación de ambos discursos, pero, además defendió, lo que se ha dado en llamar el intelectualismo moral o platónico-socrático. Y éste viene a sostener que la virtud, objeto de la ética y la política, se aprenden, es decir, que no tienen que ver con la acción, sino con el conocimiento. Y al poderse aprender, su ejercicio depende de su conocimiento. La virtud es una conquista intelectual. Éste argumento estuvo muy bien para intentar refutar al relativismo de los sofistas, similar al posmoderno, sólo que éste está amplificado por los medios de comunicación de masas. Pero venía con una carga del diablo. En definitiva una paradoja o un dilema para toda la humanidad. Y digo esto porque Platón, basándose en lo comentado anteriormente sumado a otras cosas más que no es el lugar aquí de comentar, llega a una concepción totalitaria del estado. Es decir, el gobierno debe ser, según Platón, para negar la validez de la democracia, el de los mejores, pero los mejores son los sabios. Los sofistas, ni siquiera saben que no saben, están instalados en sus discursos teóricos, el pueblo, es dúctil y se amolda al discurso demagógicos de los poderosos. Por eso la democracia es un gobierno injusto, porque es el gobierno de los ignorantes y demagogos, aquellos que siguen sus pasiones. El remedio es que el gobierno sea el de los sabios, los que conocen la virtud. De ahí que Platón considera que la virtud se puede aprender como aprendemos el teorema de Pitágoras. Pero si esto es así, se legitima el totalitarismo. Una sociedad comunitarista en la que el individuo se reduce a función del estado. Y la enseñanza está en manos de esos expertos que son los filósofos gobernantes. Les suena esto, ¿no? Es lo mismo, pero sin la profundidad platónica y las grandes verdades que nos encontramos en su obra, que ocurre ahora mismo con el poder de los tecnócratas, en nuestro caso, los psicopedagogos.

Pero volvamos a su discípulo Aristóteles. La ética se ocupa de la acción humana y la acción humana se dirige a la conquista de la felicidad. La felicidad, por su parte, consiste en la virtud. Pero ésta ya no se puede aprender, debe ser objeto de la praxis, es decir, de la práctica y el ejercicio. La virtud, decía el filósofo, es la elección del justo medido. Medio que se da entre dos vicios, uno por exceso y otro por defecto. Los vicios son las pasiones que zarandean al alma, que la dirigen de un lado a otro arbitrariamente. Cada cual, como por supuesto, no somos iguales, tiene ciertas tendencias, ciertos vicios particulares. El vicio, al ser una pasión, nos dirige. Si actuamos conforme al vicio, que es nuestra naturaleza, a mi me gusta decir que es la entropía del alma, entonces somos esclavos. El cobarde es esclavo del miedo, el temerario es esclavo de su inconciencia. La virtud del justo medio, el valor, la valentía, es ser capaz de elegir entre estas dos pasiones que arrastran al alma. Pero si el alma se ve arrastrada, o bien por la temeridad, o bien, por la cobardía, el intelecto, la parte racional del alma, la voluntad, aquello que los cientificistas perdieron porque es un inobservable, tiene que esforzarse por resistirse a esa pasión. Lo fácil es dejarse llevar por el miedo y quedar paralizado por la inacción, lo difícil es actuar. Ser valientes. La valentía no elimina el miedo, lo domina, que no es poco. El valiente, el héroe, no es inmune al miedo, es más fuerte que su propio miedo. Está por encima de él. Por eso la virtud en latín es fuerza. Para alcanzar la virtud se requiere fuerza, un ejercicio continuado, un esfuerzo. La conquista de la virtud es similar a la práctica deportiva, no se consigue de buenas a primera, no es ningún don, no se produce por motivación, ni jugando. Sino echando toda la leña en el asador. Es decir, en nuestra vida. Nunca seremos valientes si no nos ejercitamos en ello. Pero, nótese también, que la virtud en griego es excelencia. El que consigue un comportamiento virtuoso está por encima de la mediocridad, de todos aquellos que se someten al vicio, a la entropía del alma. Pero, si el vicio esclaviza, la virtud libera. Esto nos lleva a una idea muy interesante. La virtud es el camino hacia la libertad. La libertad no consiste en hacer lo que me de la gana, eso es el capricho; es decir, estar sujeto a las pasiones, esclavitud. La virtud, al dominar las pasiones, me libera del vicio y, redundantemente, me hace libre. Mi libertad es el dominio de la pasión, el sobreponerme por encima de mí mismo, de mi tendencia al desorden. Pero, claro, para ello, necesito del esfuerzo, de la práctica continuada. Hasta que esta práctica se convierta en una costumbre un hábito. Entonces seré plenamente virtuoso y viviré instalado en la libertad.

Si nos damos cuenta, éste es un discurso absolutamente contrario al que mantiene la pedagogía actual con su teoría de la motivación y el juego, con la teoría constructivista y, la última moda, la inteligencia afectiva. Todo esto no es más que cortinas de humo que lo que intentan ocultar es una perpetuación de un poder absoluto y omnímodo sobre los ciudadanos. Si los ciudadanos no conquistan su libertad, son perfectamente domesticables, por eso el posmodernismo, y la ideología política que lo apoya, son profundamente contrailustrados, en definitiva, un fascismo. Lo que pretenden es anular a la persona y convertirla en objeto, instrumentalizarlo. Pero un objeto sumamente maleable, indiferente e inconsciente y exento de voluntad, profundamente adaptabl;, de esta manera será perfectamente domesticable. La enseñanza, junto con los medios de desinformación y reconstrucción de la persona, son los vehículos que nos llevan hacia este nuevo fascismo que ya asoma peligrosamente sus colmillos. El neolenguaje que han creado, y el pensamiento aparejado a él, están haciendo casi imposible la crítica. Eliminan la posibilidad de la disidencia. Y no hay democracia, libertad ni dignidad sin la posibilidad de la disidencia.

Volviendo a Aristóteles, lo que habíamos visto es que la conquista de la virtud necesita de la voluntad y el esfuerzo, y que esto me lleva a la libertad. Esto último lo he añadido yo. En los clásicos no existía este discurso sobre la libertad, pero está ahí, sin ser nombrado. Pero es que, además, es lo que me sirve de puente de unión del pensador antiguo con el ilustrado Kant. La ética kantiana es una ética del deber. No es una ética material, como es el caso de la aristotélica. No tiene contenido. La acción debe dirigirse al cumplimiento del deber. Y el deber es cumplir con la máxima moral universal, lo que se llama técnicamente el imperativo categórico. Expongo aquí dos formulaciones. 1. Obra siempre de tal forma que tu máxima moral pueda convertirse en principio de acción de cualquiera. No se nos dice lo que debemos hacer, sino que aquello que debemos hacer, lo haría cualquier otro. La pretensión de Kant es crear una moral universal. Pero no entramos aquí en esta discusión técnica. Lo que a nosotros nos interesa es sacar conclusiones de todo esto y ponerlo en relación con Aristóteles y su concepto de virtud y con la enseñanza. 2. Obra siempre de tal forma que consideres a los otros como un fin en sí mismo. Esta formulación es mucho más sugerente que la anterior. Lo que nos viene a decir es que el hombre es tal porque es un sujeto, persona, dotado de dignidad. Su dignidad consiste en que su vida es un fin en sí mismo, que está sólo en sus manos, autonomía, libertad. Kant identifica la libertad con la autonomía. Y en tanto que el hombre es persona, sujeto de dignidad, no pude ser instrumentalizado; es decir, tratado como objeto. Hay que advertir aquí que toda forma de poder totalitario es una forma de violar esta máxima moral universal. Es decir, es una forma de objetivar e instrumentalizar a las personas. El poder lo que persigue es que los “ciudadanos” dejen de ser tal y se conviertan en siervos. Precisamente la ilustración consistió en el camino contrario. (Independientemente de los logros y fracasos de la misma.) Y ese camino contrario se lleva a cabo de la mano de la libertad en tanto que autonomía. Y en ello entramos ahora. Pero advirtamos también antes que nuestras democracias dirigidas por un pensamiento basado en la razón instrumental, una perversión de la ilustración, pretenden objetivar al hombre. De esta manera podemos entender el discurso político que defiende las supuestas ciencias pedagógicas. Estos conocimientos lo que hacen es convertir al hombre en objeto intercambiable, eliminan el concepto de fin en sí mismo y, con él, el de persona.

La virtud era esfuerzo y nos liberaba de la pasión, en una palabra, nos hacía libres. En Kant la libertad es el cumplimiento del deber. Pero esto también requiere su esfuerzo. Aquí hay también, como hemos comentado ya, un añadido, el respeto al otro como otro yo. Mi ética, así como la acción política, no puede violar el hecho de que el otro es un fin en sí mismo, en tal caso seré un inmoral. E, incluso, si anulo absolutamente la persona del otro seré un tirano, en esto consiste el mal radical del que tenemos buen ejemplo en el siglo XX. De nuevo la libertad se alza a través del esfuerzo. Y esto se entiende mejor si ligamos el concepto de libertad con el de autonomía e ilustración. Para Kant la ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. Esta autoculpabilidad consiste en la comodidad y la pereza. Es más fácil que otro piense por ti, es más fácil obedecer que actuar. De nuevo las pasiones son las que nos esclavizan. Pero Kant considera que la ilustración se consigue por el conocimiento, no cae en el intelectualismo platónico, sino que relaciona, conocimiento con libertad. Y ya tenemos los tres pilares: voluntad, conocimiento y libertad (autonomía). Kant considera que la ilustración es atreverse a pensar por uno mismo. Y este pensar por sí mismo –para lo cual hay que vencer a la pereza y la comodidad- nos libera de la obediencia al otro. Es decir, es la base de la autonomía. Conocer es vencer el poder de la superstición. El poder se mantiene en tanto que el pueblo, o los ciudadanos, no son capaces de pensar por sí mismos, sino que obedece sumisos a los dictámenes que del mismo poder emanan. Pensar por uno mismo es disentir, enfrentarse al poder. Y esto es virtud, en tanto que fuerza y excelencia. Pero, como vemos, toda la corriente pedagógica actual pretende, aunque su discurso está plagado de palabras rimbombantes como libertad, democracia…, que ya han perdido su valor por su mal uso, es lo contrario de la ilustración. No pretenden que los futuros ciudadanos sean libres y autónomos, ni virtuosos. Pretenden que sean domesticables, sumisos. Por eso los tratan como objetos, por eso dicen practicar una ciencia en la que la ideosincrasia personal desaparece. Y los métodos son maquinales, la estimulación, el juego, el entretenimiento. En definitiva, los mismos que utilizamos para la domesticación de cualquier animal, incluido lo de la inteligencia afectiva. ¿Quién no sabe que para convivir con un perro no es necesario la afectividad, pero, no lo olvidemos, también la disciplina? Se pretende olvidar el esfuerzo, porque éste nos hace libres y la libertad es la disidencia. De lo que se trata es de que el pueblo sea tal, masa o señoritos satisfechos en lenguaje de Ortega, siempre certero en estos análisis, y no ciudadanía. El poder dirige al pueblo a través de la educación y lo intenta convencer de qué es lo mejor para él. Para todo ello ha creado toda una ideología, con tintes científicos, que es la superstición de nuestro tiempo. Tras la muerte de Dios hemos inventado otros ídolos a los que rendimos culto. Pero la ilustración, en tanto que libertad, es la lucha contra la superstición. Por eso nuestro deber es desenmascarar todo este mito que nos ahoga, nos asfixia y nos despersonaliza.

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Categorías: Diagnósticos

Autor:Juan Pedro Viñuela Rodríguez

Profesor de ética y filosofía. Autor de Fin de milenio y otros ensayos. Una mirada etica a la tecnociencia y el progreso y Filosofía desde la trinchera. Director del seminario de CTS del IES MELÉNDEZ VALDÉS, y de la revista de ensayos Esbozos.

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15 comentarios en “Virtud y Libertad. Aristóteles y Kant. Una nueva enseñanza”

  1. Jesús San Martín
    30 enero 2011 a 11:04 #

    Qué guiño más poético a tu formación científica: “Si actuamos conforme al vicio, que es nuestra naturaleza, a mi me gusta decir que es la entropía del alma, entonces somos esclavos.” Parafraseándote, podría decir que la psicopedagogía actual es la entropía del saber magistral, que degrada a los Clásicos: la transmisión viciada del conocimiento que nos degrada y esclaviza; pero aunque te parafrasee, las copias siempre son falsificaciones, y más en este maravilloso artículo, de saber y buen escribir. Enhorabuena.

  2. Raus
    30 enero 2011 a 11:13 #

    Como siempre, un verdadero placer, leerte, estimado Juan Pedro. La manera de enlazar ideas es magistral. Que alguien nos traiga con tanto tino el sabor de los clásicos, es un regalo impagable. En cuanto halle algo de tiempo, díré aquí algo sobre el viejo Platón. Creo que en esto de la política y la ética soy platónico (o socrático) pero con algún reparo. Creo, con Sócrates y Platón, que la virtud ha de nacer del conocimiento (más concretamente: de la lógica). Me distancio de Sócrates en el sentido de que considero que el saber es, en efecto, necesario para la virtud, mas no suficiente. No sólo necesito saber que el tabaco me podrá perjudicar la salud para dejar de fumar o no empezar a fumar: hace falta, además, fuerza de voluntad. Y es aquí donde me acojo a la enseñanza de Aristóteles: hace falta fuerza. Es decir: la virtud es un combinado de conocimiento y fuerza (de voluntad). Lo uno sin lo otro son insuficientes para hacer lo que debemos (Kant).
    Sobre lo de la política platónica (el gobierno de sabios), luego diré algo. Ya digo: soy más bien platónico en este sentido, pero he de explicarlo bien para evitar posibles interpretaciones erróneas.

    Enhorabuena, Juan Pedro. Es un artículo de exquisito sabor, como el de los vinos añejos.

  3. 30 enero 2011 a 16:30 #

    ¡Excelente!

  4. Maximiliano Bernabé Guerrero
    30 enero 2011 a 16:36 #

    Juan Pedro, cuando leo tus escritos -no sólo los que pones en Deseducativos- siento un gran placer, parecido al de encontrar la pieza a partir de cuya colocación el rompecabezas deja de ser difícil. Luego, volver a la realidad es duro. Les haces unos razonamientos semejantes a un equipo directivo cazurro, al hilo de la evaluación de competencias básicas, y lo más probable es que te digan “Las competencias son el futuro, y si no estás de acuerdo llamo al inspector”. Mi temor es que acabemos como Boecio, encerrados, consolándonos con la Filosofía, mientras los bárbaros saquean alrededor.

    • Francisco Javier
      30 enero 2011 a 17:48 #

      Maximiliano, yo antes que entrar con un escrito así en un acto educativo, probaría primero a hablar, cual San Francisco de Asís, con los peces, los pájaros, las fieras y hasta con las piedras: las probabilidades de que te comprendiesen son mucho mayores.

  5. Mari Cruz Gallego
    30 enero 2011 a 16:57 #

    Felicidades por el artículo. Las Humanidades..ay…qué será de ellas!

  6. Atticus
    30 enero 2011 a 17:01 #

    La filosofía tiene una utilidad consoladora, ya lo dijo Boecio y más tarde Alain de Botton en su interesantísimo libro “Las consolaciones de la filosofía”. Pero ni es la única ni la más relevante. También tiene una utilidad transformadora, el análisis de la realidad no sólo se realiza por el placer de saber sino por el interés emancipador (Escuela de Frankfurt dixit).

    Citas a dos de la media docena corta de autores que han amueblado el pensamiento occidental, y además realizas un finísimo análisis de la relación entre ambos. Creo que para la educación es muy interesante el análisis de las virtudes (areté, excelencia, lo llamaban los griegos). Entre ellas, la prudencia (o phrónesis) es la más destacada, pues es teórico-práctica, es decir, busca saber para actuar. Un saber que incluye deliberación, esto es racionalidad dialógica que busca lo mejor.

    De Kant hay mucho que aprender. Qué pena que todos lo perciban como un autor oscuro, pues en él encontramos el concepto de autonomía moral y el de deber, imprescindibles para entender la educación. Es verdad que el bueno de Kant era un tanto alexitímico, pero en el ámbito de la argumentación moral no le ganaba nadie: su división de las acciones en “contrarias al deber”, “conformes al deber” y “por deber” es la división entre lo malo, lo bueno y lo intencionadamente bueno. Hay que enseñar a nuestros alumnos que hay que hacer nuestra obligación. Es posible (sigue Kant) que ello no nos proporcione felicidad, pero la búsqueda de felicidad es un imperativo heterónomo, no tiene valor moral, mientras que el imperativo categórico sí lo tiene porque nace de la concepción en conciencia -libre conciencia- de lo bueno, universalizable esto, claro está.

    De modo que conviene sentirse bien, naturalmente, la educación emocional es bastante indicada para aprender, pero cuando falla es necesaria la voluntad, el deber. Esto no sólo no resta libertad sino que, más bien al contrario, es la libertad genuina que no se deja constreñir por el apetecer, sino por el deber: el ser humano se autoimpone, se autodetermina. Es libre.

    Perdón por la extensión y no sé si también por el lenguaje. Pero tras una ley o proyecto educativo late una determinada filosofía de la educación. Está claro que Rousseu ha ganado, el pero Rousseau. Kant ha perdido. No siempre lo mejor se impone, no siempre lo verdadero.

  7. Francisco Javier
    30 enero 2011 a 17:38 #

    La filosofía del siglo XX ha puesto todo su empeño en llevar la sospecha de la Razón y del Pensamiento clásico al paroxismo cayendo en absurdos tremendos. Lejos de conjurar la barbarie da la impresión de haber profundizado en la misma hasta, casi me atrevería a decir, hacer apología del nihilismo. Nunca he acabado de entender ese afán destructor de la Razón de la filosofía posmoderna, ni esa manía un tanto histérica por ver en el pasado, en la tradición clásica, la raíz de todo Totalitarismo y del Mal. Esta tendencia se encuentra ya presente con toda claridad en Nietzsche, santo y seña de la Postmodernidad, pero también puede encontrarse en el pensamiento político que proviene de Marx y que tiene su propia versión Siècle XX en la Escuela de Frankfurt (una de las fuentes de las que se nutrieron los Sesentayocheros.) Como muy bien dices, Juan Pedro, la filosofía crea sus propios mitos, sus propios espectros. Entre las características del pensamiento del XX yo destacaría la tendencia a la irresponsabilidad, a veces un tanto infantil incluso, que contrasta con el rigor, la serenidad y la claridad de espíritu de los pensadores clásicos (desde Platón hasta la Ilustración). Todo ello en un medio de profunda confusión, como prueba la arbitrariedad, la ambigüedad, el caos mental de algunos de los más egregios nuncios del Final de una Era. Así vemos a un Heidegger -uno de los máximos inspiradores de muchos desatinos-, que tenía la manía de no hablar de moral-a nos ser que fuese en tonos oraculares, como colaborador de Hitler; un Foucault, ensalzando regímenes despóticos teocráticos (musulmanes); o un Deleuze invitando a la locura como solución final (algunos pobres hasta se lo tomaron en serio, acabando muy mal);….. Recuerdo en la Universidad una persona, muy posmoderna ella, que en medio de su empanada mental, pasó de ser ultra-chic a afirmar que “cada día se sentía más fascista.” ¿….? Y aunque a algunos todas estas cosa tal vez le resulten muy abstractas y alejadas de la realidad no es así en modo alguno. La filosofía no nos habla de mundos imaginarios (que también), sino de este, este en el que estamos. Es decir un mundo que tiende a negar la libertad, que se cree lo increíble. Y la educación cumple a la perfección su misión de esclava sumisa del poder. No sé si fascismo es la palabra adecuada, pero ¡cuidado! sí de una modalidad de totalitarismo tan sutil como pavoroso (y que puede derivar en manifestaciones protofascistas.)

    Enhorabuena al autor y mi agradecimiento por ilustrarnos, que buena falta hace.

  8. 30 enero 2011 a 18:41 #

    Poco que añadir a los comentarios sobre el artículo de Juan Pedro, que comparto plenamente.

    Lástima que todo lo que dice está muy lejos, pero que muy lejos, de los discursos oficiales y del mundo real. Razón de más para abominarlos.

  9. Álvaro
    31 enero 2011 a 9:09 #

    Como siempre un placer leer tus artículos Juan Pedro.
    La ideas tienen consecuencias como podemos ver. El pseudolenguaje retórico actual embauca las mentes ignorantes y ciega la razón.
    Volver a las raíces y desmenuzar las ideas de forma crítico-racional encauzaría el progreso. Pero claro, para ello hace falta voluntad y esfuerzo.

  10. 31 enero 2011 a 21:37 #

    Juan, me gustaría complementar este análisis que haces desde la vertiente filosófica y que tan interesante e ilustrativo resulta, con unas pinceladas de tipo histórico. El proceso de la LOGSE coincide en nuestro país con otros dos de tipo social y político de gran relevancia como fueron y están siendo: la articulación del Estado en Autonomías y la elevación de la categoría “género” a filosofía oficial, y sin que sepa decir muy bien, qué fue primero y qué en segundo lugar, o qué fue causa y qué consecuencia, lo cierto es que entre esos tres procesos se produce una perfecta imbricación en la dirección de negar la persona en el sentido que la concebía Kant y que tú tan acertadamente señalas como: sujeto, persona, dotado de dignidad, y al que yo me referiré con la idea de ciudadano.

    Ciudadano como ese ser humano sujeto de derechos y obligaciones en igualdad con sus congéneres, al que es exigible el cumplimiento de la ley y los límites que esta determina, pero al que le es reconocida toda la capacidad y autonomía para buscar en ese marco su realización personal, que no le viene dictada desde arriba, sino que la procura con los medios a su alcance. Un ser humano obligado a respetar al otro pero sin que eso signifique necesariamente compartir sus gustos o creencias. Ciudadano adulto consciente de que el otro puede pensar distinto y al que debe respeto pero sin que eso en ningún modo le obligue a confundirse. Ciudadanos a los que se puede exigir que se respeten, pero no imponer que se amen.

    Pues bien, particularmente desde el lado de “perspectiva de género” ni esa igualdad, ni esa autonomía le son reconocidas a las personas, porque antes que eso son consideradas género y como tales participan de unas características que, por un lado, establecen una diferencia tajante entre hombres y mujeres, y por otro, convierten a los individuos de cada sexo en meros replicantes de los de su categoría. Hombres y mujeres son sujetos de derechos y deberes distintos y el sistema educativo constituye un arma decisiva en esta pretensión de imponer esta concepción dual y maniquea de los seres humanos. Y algo parecido sucede con algunos nacionalismos en el sentido de despersonalización del individuo para convertirlo en miembro indiferenciado de la comunidad.

    De este modo llegamos a que desde los tres ángulos: constructivismo-relativismo, feminismo y nacionalismo, se confluye en la idea de la escuela como doctrina, como elemento homogeneizador, como elemento conformador de una “conciencia” que va más allá de las personas y los individuos para insertarse en lo comunitario. Conciencia que por supuesto para sus promotores goza de toda las garantías de legitimidad ya que al ser ejercida desde un estado democrático reuniría ya todos los requisitos de legalidad y justicia. Pero, por si fuera poco su completo fracaso como sistema educativo, habría que añadir además que conculca lo que desde una perspectiva como la kantiana representa el individuo, la persona humana, como un fin en sí mismo, un ser al que no se le puede negar ni su dignidad ni su libertad.

  11. 31 enero 2011 a 21:59 #

    Lo del otro “como un fin en sí mismo” me parece el mejor de los diagnosticos para una de las principales carencias humanas y sociales de nuestro país. En el fondo, y perdón por la trivialización, hablamos del respeto al otro, de no considerarlo un instrumento o una mercancía, de no reificarlo -que se decía antes-. La experiencia de cada cual seguro que puede aportar ejemplos de la implacable cosificación a que
    estamos sometidos no sólo en nuestra relación con los poderes, sino incluso en nuestras relaciones amistosas, familiares e incluso amorosas. Martin Buber defendía una relación dialógica Yo-Tú como la esencia de la vida en sociedad, un proceso de comunicación y estimación que partía del reconocimiento del otro como lo que no soy yo, pero sin lo que yo no existo, una experiencia humana que nos acercaría a esos complementarios machadianos y a su famosa concepción de la radical heterogeneidad del ser. Este país nuestro del “no sabe Vd. con quién está hablando”, del “pero Vd. qué se ha creído”, del “pero ¿quién es Vd., vamos a ver?”, del “Vd. se calla que nadie le ha dado vela en este entierro”, del “Vd., chitón, he dicho, ¿me oye?” es muy dado a esa falta de respeto hacia el otro, a esa deshumanizacion que tan buenos resultados da para enconar las heridas abiertas, para abrir frentes y trincheras, para armar facciones y repartir credenciales y excomuniones, etc. Ha sido muy común en las épocas totalitarias de nuestro país la posición de firmes -hay en El embrujo de Shanghai, de Marsé, un episodio impagable sobre esa posición de vasallaje-, pero más común, y de todas, totalitarias y democráticas, la posición de “mirar por encima del hombro” con un afán descalificador absoluto. Del repertorio de proverbios paquistaníes que he aprendido, me quedo con uno que llama la atención por su agudeza y largueza ética: “No mires a nadie por encima del hombro, salvo que lo ayudes a levantarse”. No está mal que, socialmente, nos ejercitemos en la descalificación, el arte elegante e inteligente del insulto in genioso, pero cuando esas malas artes sustituyen el principio ético al que aquí me vengo refiriendo, malo, malo. Relacionarse con el otro como una maravillosa totalidad, por deleznable que pueda ser, no es práctica en la que estemos avezados. A título anecdótico, el uso del tratamiento de Vd. a los alumnos desde Primaria hasta la Universidad lo facilita.
    En fin, un artículo de los que exigen la relectura; prueba del tres que consideraba Goytisolo que identificaba las obras clásicas. Que vengan más.

  12. 1 febrero 2011 a 10:16 #

    Muchas gracias amigos y compañeros por sus comentarios. Creo que han desarrollado muy bien y con sugerencias de provecho el tema que se exponía en el artículo. He aprendido de vuestras aportaciones. Jesús, efectivamente el saber clásico ha sufrido una entropía en manos de la tecnocracia actual, sobre todo cuando nos referimos a la pedagogía. Raus, cada vez pienso más en el asunto de Platón. Me gustaría leer tus sugerencias, la verdad es que la democracia nos lleva a un callejón sin salida, como bien observó Platón. Pero su teoría, por muy bien intencionada que fuese, caía en un totalitarismo que anulaba al individuo. Platón nunca creyó en él. Ya sé que el ciudadano es una construcción social y que procede, fundamentalmente, de la ilustración, y que, probablemente, no todos quieran esa carga. En tanto que ciudadano significa ser autónomo y libre. Pero es preferible un estado de derecho a una tiranía. Además, la actual sociedad es bastante similar al estado platónico. Lo que se da es un gobierno tecnocrático, tanto a nivel económico, como pedagógico. Las elecciones no son más que pura transición. Pero, de todas formas, estamos en un estado de derecho, no realizado, por supuesto, pero ahí está. De todas maneras, insisto, en que sigo dándole vueltas a lo de Platón, porque, en definitiva, el hombre necesita de mitos para sobrevivir. La sociedad platónica se basa en el mito de la caída, la nuestra en el del progreso. Dos caras de la misma moneda. Atticus, muy interesantes tus reflexiones. La filosofía es un saber práctico y, en tanto que tal, un saber del arte del buen vivir, pero no se queda ahí. Efectivamente, el saber filosófico es un saber transformador. Y eso es muy relevante. Si entendemos la filosofía de un modo genérico, como un saber cosmológico, o como cosmovisión, ello implica que esa visión general del mundo y de la vida produce una actitud ante la realidad y esa actitud, una forma de valorar que implica, siempre una acción. Por eso es necesario estar vigilantes, porque hay muchas filosofáis peligrosas que han generado totalitarismos. Hoy en día vivimos bajo la capa del posmodernismo, falsa filosofía y peligrosa en manos del poder. Lo pero es cuando las filosofías se convierten en ideologías del pueblo y se hacen inconscientes. Ése es el caso del posmodernismo en las sociedades tardocapitalistas. Por eso es necesario el saber filosófico como saber transformador de la realidad. De ahí que al poder le interese descafeinar el saber histórico y el filosófico. Son enemigos potenciales y peligrosos para el poder. Por eso, Maximiliano, a la dirección de los centros educativos y a la inspección, les suena a chino este tipo de discursos, incluso pueden hacer hasta burlas de él. No tienen ni idea de todo esto. Sólo desde su ignorancia prepotente pueden defender lo indefendible, que no es ni más ni menos que lo que están haciendo. Mariano, por esta razón no lo entienden. Lo curioso es que su realidad es delirante y, desgraciadamente vivimos todos instalados en ella. Y esto es un grabe problema, los tecnócratas que nos gobiernas se recluyen en una apariencia de saber y manipulan los contenidos, casi hasta extinguirlos, para fomentar la ignorancia. El saber histórico-filosófico cobra mayor importancia mientras más cerca estamos de la crisis y mientras más cerca estamos de la quiebra de nuestra civilización. Y esa es nuestra situación. El saber histórico filosófico, como la historia de la ciencia o de la literatura, es un saber de autoconciencia que nos permite recuperar lo universal de la humanidad y que nos hace darnos cuenta de que no hay nada nuevo bajo el sol.

    Maricruz, hay que defender las humanidades, efectivamente. Pero yo hablo del espíritu humanista. No creo en la separación entre el saber humanístico y el científico. Esto no es más que una artificialidad burocrática que ha producido monstruos de dos cabezas. Lo de las dos culturas, no es más que un mito. El surgimiento del saber moderno en el Reacimiento nace desde el ideal humanista que contempla a un hombre completo. Es cierto que la especialización impide el cultivo de diversos saberes, también es cierto que cada cual tiene cualidades para ámbitos distintos. Pero la especialización es cosa posterior en la educación. En la enseñanza media debe haber una presentación de todos los saberes, fundamentalmente desde su dimensión histórica, que es donde cobran sentido. Es una cosa que me ha enseñado el estudio y la enseñanza de la historia de la ciencia, tanto a los alumnos de ciencias, como a los de humanidades. En la enseñanza media hay que evitar, en todo lo posible, la especialización. Otra cosa, con la LOGSE-LOE, no han salido perjudicadas sólo las humanidades, sino las ciencias puras también. Y esto es porque a los legisladores no les ha interesado un saber por el saber, sino un saber hacer. La última prueba la tenemos en las competencias, el no va más de la tecnobarbarie.

    Efectivamente, Francisco Javier, el siglo XX ha arremetido contra la razón y ha caído en el nihilismo. Lo cual ha favorecido la aparición de los fascismos. El posmodernismo es otra forma de nihilismo que vivimos contemporáneamente. Por eso estamos asistiendo a una emergencia del fascismo, ya estamos instalados en el económico y nos situamos en la antesala del político. Por eso urge recuperar la razón y el pasado. Y por ello pienso que la ilustración es un proceso inacabado. Es atacada por los dogmáticos de la fe y por los nihilistas de la razón. Emilio, efectivamente, coincido con su análisis, todo este proceso, creo, que obedece al pensamiento débil. Al pensamiento políticamente correcto. Una falsa filosofía que se ha convertido en tiranía. En el lenguaje del gran hermano que estructura nuestro pensamiento y cuadricula nuestra visión de la realidad. Insisto que por eso es necesario recuperar los análisis teóricos e históricos, para recuperar una buena perspectiva y para poder ejercer la crítica desde sus fundamentos, con la intención de que nuestro saber sea un saber transformador. Claro que sí, podemos sustituir, persona por ciudadano. Digamos que persona es una categoría filosófica, mientras que ciudadano es social. Pero realmente, son lo mismo, lo que se conquista en la ilustración es que los individuos sean ciudadanos, hombres libres, desde el punto de vista del sujeto (pensar, expresarse y creer en libertad) y desde el punto de vista social (actuar en la polis conforme a nuestras creencias.) Una cosa si me gustaría matizar, la persona es tal, o el ciudadano, en tanto que es sujeto de respeto, no es instrumentalizable. Ahora bien. Aquí hay que tener cuidado, el respeto es hacia las personas, no hacia sus opiniones. Las opiniones y creencias, así como las ideas, están sujetas al debate público. Muchas de ellas pueden ser peligrosas para la polis y, por ello, no se pueden respetar. La posmodernidad ha confundido el respeto a las personas con el respeto a las opiniones; eso es una consecuencia del relativismo. Y aquí viene también al caso, como muy bien sugiere Juan Poz lo de la cosificación. La posmodernidad, y nuestro sistema particular español, ha trivializado a la persona convirtiéndola en instrumento. Creo que debemos atender muy seriamente a las consecuencias de esto, como señala Juan.

    En fin, muchas gracias a todos por vuestro enriquecedores comentarios. Creo que tenemos varias ideas para seguir profundizando en ellas. Saludos.

  13. 2 noviembre 2012 a 2:35 #

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  1. Einstein y la educación | ITACA - 1 febrero 2011

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