Sociedad, padres y escuela: salto al vacío


Antonio Gallego Raus

Estimados amigos, he aquí, de nuevo, lo que hoy suele llamarse, con notable galanura, “tocho” o “ladrillo”. Su lectura e intelección están relacionadas con mi anterior artículo. He querido, aquí:

1) contestar a los amables lectores que comentaron dicho artículo;

2) ofrecer una visión panorámica de ciertos rasgos de nuestra sociedad y su íntima relación con la escuela de la ignorancia;

3) dar mi opinión sobre cuál debe ser el papel y función de los padres en la escuela.

 

Pero antes de nada, quiero decir -volver a decir- lo siguiente: es cierto que, en mi opinión, estamos ante una degradación intelectual y ética de la misma sociedad (no sólo la española) y sus instituciones y que, como decía nuestro inquisitivo Jesús San Martín hace poco, pienso que la escuela es un reflejo de lo que está ocurriendo a su alrededor. No es un mal local, sino general. Ahora bien, nada de esto debería servir para excusar la derogación de las nefastas leyes educativas que nos afligen longuísimo tiempo ya. Deberíamos ser conscientes, creo, de que tenemos varios frentes abiertos, no sólo el de las leyes, pero la impugnación, denuncia y abolición de éstas es tarea impostergable. De hecho, su abolición, por el mismo hecho de ser algo público, representaría un enorme triunfo real y simbólico sobre la estupidez imperante.

 

ZA-PLATERO Y YO

Me decía mi amigo Pablo el otro día, con jocosidad eutrapélica, que yo, pobre de mí, le estaba dando la razón, consciente o inconscientemente, a Zapatero cuando dijo que “la culpa la tienen los padres”. Aléjese de mí ese cáliz. Entendámonos: la concepción constructivista de la enseñanza “centrada en el alumno” no hace otra cosa que pedir esfuerzo a todos: a la administración, los docentes, los padres, la sociedad… A todos menos a quienes, debidamente entendido, debería pedírselo: a los alumnos. Porque, al final, en el modelo “centrado en el alumno”, el único que no “se centra” es, precisamente, el alumno. Mi mensaje está en los antípodas del mensaje de Zapatero, Gabilondo y demás correligionarios de la secta. Pues yo lo que digo es esto: Señores padres, libérense de estudiar por y para el hijo, libérense de las tareas escolares: todo eso debe ser responsabilidad del alumno, y su tarea como padres es conseguir que sus hijos se hagan responsables de sus estudios y deberes. Porque si alguien dice o insinúa que los padres no se esfuerzan o comprometen (“implican”, dicen los pedagogos) con los estudios de sus hijos, se equivoca de cabo a rabo, al menos en muchos casos. Justo lo que les sobra es, la mayor parte de las veces, compromiso y esfuerzo respecto del hijo. Su función exige compromiso, cómo no, pero en un sentido diametralmente opuesto al que hoy asumen.

Es más, mi mensaje también es liberador para el docente. Para ese docente que, presionado y atosigado por la guardia pretoriana de la pedagogía imperial, tiene encomendado hacer adaptaciones curriculares improcedentes (abajar el nivel para tal o cual alumno epulón), motivar al alumno, estudiar métodos (supuestamente) divertidos de enseñanza, montar teatros y circos en el aula, rebajarse a escuchar al mocoso en un careo de “mediación de conflictos” como si fuera su igual, aprender power point y demás nuevas tecnologías, investigar cómo hacer atractiva su asignatura, colaborar activamente con el plan de acogida, con el plan de adaptación a la diversidad y no sé cuántos más, rellenar papeleo de farfolla, hacer horas extra por amor al arte… Ah, no: ya basta de zarandajas e imposturas. Es al alumno a quien hay que exigir esfuerzo porque es él quien tiene que aprenderse la lección y ganarse el aprobado. ¿Estoy proponiendo relajación para los maestros? Sí respecto de las cargas inútiles que estorban su labor, que no es otra que la muy noble de preparase bien la explicación de la asignatura que impartan y ampliar conocimientos académicos para transmitirlos debida y puntualmente a sus alumnos. El método que emplee es cosa suya, siempre y cuando dicho método consiga hacer trabajar a los alumnos de firme… De modo que, si es esto lo que piden el presidente del gobierno y Gabilondo a padres y docentes, si esto es, entonces, y sólo entonces, puede decirse que les doy la razón (o, claro está, si se dicen en broma, como hizo nuestro querido Pablo). ¿Pero alguien en su sano juicio cree que es esto lo que piden? Entre Zaplatero y yo no hay mayor entendimiento que el que quepa en la órbita de un átomo.

 

MI PESIMISMO

Según mis cálculos, el hoyo de mi pesimismo es un par de palmos más hondo que el de la mayoría de las personas críticas con el sistema. Creo que ustedes comprenderán por qué: porque siempre he creído que a los desastres de unas leyes nefastas hay que añadir el iceberg de una mentalidad ciudadana que matrimonia muy bien con el espíritu y las prácticas de aquéllas. Lo que llamamos panlogsianismo.

Hay, como muestra nuestro perspicaz compañero José Antonio Lanillo con esos recortes de prensa que nos trae sobre educación, un galimatías enorme acerca de ésta. Totalmente cierto. A tanto llega el mareo, y aun la náusea, que nada puede extrañar que padres, e incluso docentes avisados y críticos, colaboren inconscientemente con el sistema. Y es que el enemigo más pétreo a que nos enfrentamos no son estas leyes deplorables y temibles, sino la mentalidad general en que se apoyan. Pues si ésta fuera contraria a aquéllas, ya haría mucho tiempo que estarían derogadas. El enemigo, probablemente, mora dentro de muchos (y con muchos, digo una gran mayoría). La prueba de fuego no es el reto de plantar cara a las leyes (que también), sino el mismo hecho de enfrentarse al niño, a esa metáfora del paraíso en miniatura: ese niño al que, por lo común, nosotros, movidos por hilos invisibles del subconsciente, tendemos a proteger en exceso. A casi todos nos ha arrastrado en mayor o menor medida la caudalosa corriente roussoniana. Reina la confusión, de eso no hay duda. De ella nace, precisamente, ese lamento ya característico de los padres: “hoy es muy difícil educar a un niño”. La confusión no se deriva de la (supuesta) dificultad de educar, sino al revés: la dificultad es consecuencia de la confusión. Algo muy propio de una sociedad en cuyo suelo una secuoya de anomia ha echado gruesas raíces y una borrasca de nihilismo empapa el aire que respiramos.

Como dice Maximiliano, a nadie interesa examinar y cuestionar la relación entre padres e hijos: ni a derechas ni a izquierdas. Puedo asegurar que mi experiencia personal es que unas y otras practican por igual la protección excesiva. Pero, aun así y todo, no deja de sorprenderme que casi nadie quiera caer en la cuenta de que la calidad de esas relaciones es una variable capital para comprender el éxito o fracaso de un sistema de enseñanza. ¿Tan difícil es entender y aceptar que el conflicto permanente entre padres e hijos asegura el desastre académico, o que, al revés, una relación armónica y natural (es decir, asimétrica), es casi garantía de éxito? Da igual lo que yo diga aquí: esa variable, me temo, seguirá encerrada en los arcones del tabú y preterida, aunque el agua nos llegue al cuello.

Y aquí está el punto: que si es una variable capital (así lo creo yo) y nadie o casi nadie le presta atención, ¿qué esperanza podemos albergar de enmendar el sistema? Huelga decir que no hay voluntad política. Tampoco la encontraremos en la mayor parte de la población. Es más, como digo, gran parte de los docentes, incluidos los más críticos y sagaces, quizá también anden confundidos, tocados por el perdigón paidocentrista, un tanto despistados después de todo.

Creo, con Alfredo Amat (un amable lector), que la cosa está muy cruda. Lo sé por experiencia. Me resulta descorazonador comprobar, una y otra vez, que incluso mis amigos, personas formadas e inteligentes, hacen caso omiso de mis recomendaciones y consejos sobre cómo tratar a los niños. Me produce escalofríos ver cómo alguno de ellos reconoce que, como padres, están condenados al fiasco, que la lucha diaria con el niño pequeño se hará, lógicamente, intolerable cuando ese niño se haga mayor. En muchos casos me encuentro una resignada impotencia paterna, una enervante incapacidad para poner orden en la conducta infantil y conseguir, siquiera, unas migajas de paz para el hogar. Es como la crónica de un desastre anunciado, el inexorable sino escrito en las estrellas. Saben que se acercan al precipicio, pero, como resignados corderos encarrilados al degolladero, no se repropian. Realmente, me cuesta entenderlo. Y son muchas las veces que he oído decir a las madres que saben que hacen mal en consentir al niño, pero que, ¡ay!, el corazón se les parte cuando lo castigan o privan de algún privilegio. No es nada nuevo que los padres sientan debilidad por los hijos, pero aquí hay algo más que amor o apego naturales, como enseguida veremos.

Añadamos una dificulta más, aparte la psicológica. Aunque un padre acabe entendiendo que hace mal en asistir sistemáticamente a su hijo con los deberes y en consentirlo, será renuente a dejar de hacerlo, pues temerá que, si lo desasiste, éste quedará en desventaja frente a sus compañeros de clase. Es el típico problema que se origina cuando una práctica determinada es general en la población o en el mundo entero: nadie se atreve a dar el primer paso por miedo a quedar en clara desventaja frente al resto (¿quién será el primero en arrojar el arma?).

 

ESPAÑA, CAMISA BLANCA DE MI… DESESPERANZA

Quisiera que el lector leyese con atención los siguientes datos y que luego se preguntase por las causas que los pudieran explicar.

–        Nuestros niños son los más gordos del mundo.

–        Nuestros jóvenes están entre los mayores consumidores europeos de estupefacientes.

–        Somos el tercer país del mundo en operaciones de cirugía estética, por detrás de EE.UU y Brasil.

–        Estamos a la cabeza de los países desarrollados en fracaso escolar.

–        Los profesores españoles son de los que más tiempo deben emplear para poner orden en clase: pierden el 16% de la clase mandando callar.

–        España está a la cabeza en la participación de juegos de lotería.

–        España es el país que más gasta por habitante en juego.

–        La Fundación Alia2 informa que España es el segundo país que más consume pornografía infantil.

¿Saber usted el motivo de estas alarmantes cifras?

 

QUEVEDO LO SABÍA

–        LOS MIEDOS DE LOS ESCLAVOS DE LA PASIÓN

La democratización de las sociedades occidentales ha ido forjando un determinado concepto de libertad. Puede resumirse éste como “la facultad para obrar de conformidad con los apetitos y pasiones”. Es decir, libertad como sinónimo de desinhibición. Bastará preguntar al hombre común qué cree que es libertad. Contestará algo así como que libertad es hacer lo que te viene en gana. Libre es quien hace lo que quiere, lo que le pide el cuerpo. Éste es el rey. Paralela y consecuentemente a esta moderna concepción pasional, apetitiva y hedonista de la libertad, el control de los apetitos ha sido habitualmente asociado a represión, inhibición, censura e intolerancia. La libertad apetitiva ha necesitado de salvoconductos: puedo hacer lo que me apetezca sin miedo a ser reprendido o castigado. Obviamente, sólo se es políticamente libre para hacer algo si se es impune al hacerlo. El tren de la permisividad ya estaba en marcha. La escuela no dudó en subirse a él. Tengo permiso para hacer lo que me apetezca, no soy responsable de las consecuencias de mis actos.

La voluntad, como instancia psíquica de control de uno mismo, como autodominio, fue perdiendo terreno y prestigio, hasta el punto de desaparecer de los manuales de psicología positivista, dominante hasta la fecha. Lo importante era hacer lo que a uno le apeteciese sin reparos, escrúpulos o comedimientos. El individuo debía “realizarse”, “construirse” a sí mismo libremente, sin coacciones externas o internas. Prohibido curtir el carácter o endurecerlo. El espíritu humano habría de volar sin restricciones, ajeno a deberes y obligaciones. Nada, por tanto, de cultivar la voluntad, pues la voluntad deriva del sentido del deber: hago tal o cual cosa porque es mi deber, no porque me apetezca o motive.

La consecuencia visible de esta forma de entender la libertad es que el individuo, guiado por sus apetitos, se convierte en voluble, lábil y tornadizo: tan voluble y tornadizo como sus mismas apetencias. Desaparece la perseverancia, pues perseverar es mantenerse en algo, esforzarse por conseguirlo; es decir, ir en contra de lo que apetece. Desaparece, de hecho, o se desdibuja todo el campo semántico relacionado con la voluntad: la paciencia, la firmeza, la tenacidad, la entereza… O, dicho de otra manera: el individuo se hace débil. Como decía Oscar Wilde: lo resisto todo menos la tentación.

El precio a pagar por hacer lo que apetezca en cada momento es la debilidad. El peaje por ser irresponsable de nuestros actos es el vacío, el aburrimiento, la ansiedad y la depresión. Veámoslo un poco más despacio.

 

–        EL INFANTILISMO COMO EVASIÓN

Tenemos miedo a la libertad, pero a la de verdad: a aquella consistente en responder, como seres racionales y reflexivos, de nuestros actos. Ya nos lo dijo hace mucho Erich Fromm. Y, más recientemente, Pascal Bruckner (La Tentación de la Inocencia) o Robert Hughes (La cultura de la queja: Trifulcas Norteamericanas). Hemos introyectado las cualidades del niño en nosotros, las hemos hecho nuestras: la inocencia, la irresponsabilidad, la diversión ilimitada y sin resistencias… El niño, poco a poco, se nos ha hecho sagrado: él encarna ese estado de exención e ingravidez en que nos gustaría vivir a perpetuidad. Es ya, casi, un símbolo religioso. Deseamos no romper su mundo de cristal de fantasía, no estallar la burbuja que lo separa del mundo cruel de los adultos, no queremos importunar su sueño ni mancillar su albina pureza (aunque los resultados, omnímoda ironía, sean muy otros). El infantilismo como refugio, como evasión. De ahí que los padres aniñen la entonación, achiquen las palabras, incluso cuando la situación y la edad del muchacho exigen templar la voz y exigir madurez. De ahí que los padres quieran ser papis: el padre-niño, el padre pequeño. El mundo invertido: no es el niño el que debe ir pareciéndose poco a poco al adulto, sino éste a aquél. No es el alumno quien debe adaptarse a la escuela, sino ésta a él. No es el joven el que debe esforzarse por aprender a hablar como los adultos, sino éstos como el joven: “no corono rollos con bombo”.

¿Pero acaso no somos nosotros, los adultos, los primeros que deseamos vivir instalados en el deseo de diversión sin límites, en la irresponsabilidad, en la impunidad? El miedo a la libertad es el miedo a la identidad (¿verdad, estimado Juan Poz?) ¿Acaso no queremos que sean los otros (el gobierno, el estado, la ciencia, el mercado…) quienes nos saquen las castañas del fuego y resuelvan nuestros problemas? ¿De hecho, no delegan cada vez más padres la educación de sus hijos a los maestros? ¿No son muchos quienes exigen al Estado un ordenador para su hijo, el aprobado, un título…? Delegar, rechazar el compromiso. Nos queremos débiles, manipulables, víctimas de mil fuerzas ocultas que nos convierten en peleles sin voluntad para, así, seguir teniendo licencia para hacer lo que nos apetezca y evitar toda responsabilidad. Nos queremos niños: excusados (que no justificados), inculpables, inocentes de toda culpa. Como Bart Simpson en aquel capítulo en que niega la evidencia y la autoría de la trastada: “Yo no he sido”.

 

–        IDEOLOGÍAS DE LA DEBILIDAD HUMANA

¿Por qué el adulto no quiere formar y forjar la voluntad del niño? ¿Por qué no le permite crecer, madurar, adquirir una identidad propia? Porque forjar la voluntad es lo mismo que ir rompiendo la cáscara de huevo de la infancia, es atentar contra la niñez, contra el amorfo y cómodo anonimato: ese estado psicológico que reclamamos para nosotros mismos. El niño representa ese ideal de libertad apetitiva que las sociedades democráticas han ido cincelando década a década. Pasaron los tiempos en que el anciano era reverenciado como símbolo de supervivencia y sabiduría. Hoy idolatramos la infancia como estado paradigmático de espontaneidad y autenticidad, de impulsividad y diversión. En este prepóstero tributo podemos encajar, por ejemplo, el inaudito éxito de Belén Esteban y la lobotomía de los medios de difusión.

Repare el lector en un hecho notable: las ciencias psicológicas y sociales del siglo XX y del presente se han dedicado, entre otras cosas, a aportar infinidad de argumentos y datos sobre la debilidad humana, sobre su condición de  víctima manipulable: el roussionismo nos dijo que el hombre no era culpable del mal, sino que lo es la malévola sociedad, que lo pervierte; el conductismo de Watson y Skinner anunció que las técnicas de condicionamiento podrían moldear al niño a voluntad; el psicoanálisis nos enseñó que nuestros actos están motivados en el inconsciente y traumas infantiles, de suyo inaccesibles e incontrolables; la genética y la neurología nos inducen a creer que nuestra conducta es el resultado de sustancias endógenas que actúan al margen de nuestra voluntad; diversos estudios aseguran que las imágenes publicitarias se cuelan subliminalmente por los poros de la mente y nos manejan a su antojo para que consumamos más y más. Los pseudofilósofos posmodernos van predicando, relativismo en ristre, que la Razón ha muerto, que la conducta humana está determinada por las circunstancias particulares de cada cual: la cultura, la sociedad, la familia, el barrio, los instintos de especie… Cualquier hijo de vecino echa mano de ese enorme fardo ideológico para excusar sus malos actos o faltas. Ante la reprensión o acusación, el sujeto (post)moderno recurre a la coartada que le brinda las teorías de la debilidad y vulnerabilidad humanas. Dirá que él no tiene la culpa de este o aquel mal general, sino la sociedad. Que cometió aquella fechoría por culpa de un condicionamiento pavloviano o instrumental. Eludirá su responsabilidad en el delito cometido arguyendo una infancia traumática. Se escudará diciendo que su alcoholismo está causado por el gen del alcoholismo. Argumentará que consume abusivamente debido a que las imágenes y trucos publicitarios le secuestran subliminalmente el juicio, etc.

Vivimos, pues, en el mundo de la debilidad inducida, ideologizada; mejor dicho: autoinducida. ¿Dónde una teoría de la fortaleza humana? ¿Dónde una teoría sobre la voluntad, el deber, la virtud y la razón? Una teoría que nos hable de la capacidad humana de superación, de la fuerza de la razón para combatir el oscurantismo, el error, la barbarie y la flaqueza de la carne. En casi ningún lado, pues hablar de deber, virtud o razón causa general remoción intestinal, asociado como está todo eso a regímenes y mentalidad absolutistas.

En realidad, no queremos oír que podemos ser fuertes.  Preferimos seguir siendo “superhombrecitos”, como nos dice Francisco Javier, y creernos débiles.  Pero no hay dos glorias: si nos creemos y nos queremos débiles, víctimas y sujetos manipulables para así alejar de nosotros los cilicios de la responsabilidad y satisfacer impunemente las pasiones, no podremos menos que admitir que cualquier brisa nos azotará la cara; que el guisante entre las sábanas no nos dejará dormir; no podremos menos que aceptar nuestra condición de esclavos y consentir que como tal nos traten los livianos de escrúpulos, o como tiernas criaturas quienes sí aceptan su adultez y arrostran la vida con realismo y enjundia. La libertad entendida como excarcelación de las pasiones va uncida a la debilidad y fenecimiento del ser.

 

–        SOCIEDAD LÚDICA

El infantilismo preponderante es una fábrica de ebriedades subjetivistas e individualistas. El individuo se proclama débil y manipulable: cuna del victimismo. Convertirá su mente en un laboratorio de ensayos terapéuticos para lenificar las penas y exorcizar temores. Todos tenemos presente, por ejemplo, cuánta importancia se le concede hoy a tener una buena autoestima. Ello, trasladado a la escuela, se ha materializado en mil consignas pedagógicas para arrullar al niño-alumno. Los resultados han sido, sin embargo, contraproducentes. El individuo sólo consigue estabilidad psíquica cuando se enfrenta solo, como adulto, a sus temores y retos, no cuando se piropea delante del espejo y se lanza besitos narcisistas.

El piropo o el auto-halago (“porque yo lo valgo”) simplemente ha sido el abono del narcisismo, de niños y de adultos. No en vano, nuestra época es la cola de pavo real de la historia humana: ostentación, exhibicionismo, individualismo, impudicia, susceptibilidad, labilidad emocional… Por ello, el cultivo de la autoestima ha necesitado de machacones programas de “asertividad” ideados en laboratorios psicológicos: entrenamiento con “role playing” para poderse defender de todos los demás cultivadores de la autoestima, los demás niños mimados de la posmodernidad.

Como el niño en estado puro, el adulto actual reclama que le entretengan y hagan feliz, que le dejen jugar y lo motiven con juguetes y juegos sin fin. La escuela progre y abúlica impone una visión lúdica y festiva. Es la era del post-deber, como la denomina Lypovetsky. Hay que hacer las cosas por seducción, no por obligación, no por sentido del deber. Pieza que encaja perfectamente, por cierto, con los requerimientos del mercado. Qué gran ironía, ¿verdad, Juan Pedro? Las fuerzas de la progresía política, los pedagogos de la motivación, la izquierda demócrata pregonan las bondades de la libertad apetitiva y, con ello, ironía de oro, le hacen el juego a las fuerzas liberales del mercado: ésas que, lógicamente, hacen lo posible para que el ciudadano se deje vencer por sus apetitos y deseos. Por ello mismo tenemos la certera sensación de oír en estéreo un único discurso, un pensamiento único. La izquierda posmoderna, en su ciega impugnación de los deberes y la fuerza de voluntad, en su exaltación de la libertad somática, termina siendo aliada del mercado y sus seductores señuelos. Ambos proclaman lo mismo: la satisfacción libérrima de los apetitos y las pasiones.

 

–        SOCIEDAD ADICTA

El juego permanente y la demanda de diversión continua desembocan en vacío espiritual (y, ojo, no estoy haciendo referencia a la religión), el cual, trampa mortal, sólo puede ser llenado momentáneamente con más juego. Antes o después aparece la adicción (lo que antaño se llamaba vicio) para combatir el vacío interior, el aburrimiento. El placer, que es único vínculo que une al individuo hedonista con la vida, se agota cuando se sobrexcita. Queda, entonces, sólo el vacío existencial, la insatisfacción y el aburrimiento. Queda la búsqueda desesperada del placer perdido y, con ella, muchas veces, la perversión y el hábito morboso. Impresionante y alarmante es el número de personas que cae en las garras de algún tipo de adicción: drogas, sexo, juego, juergas, culto al cuerpo, bulimias…

 

–        TRATAMIENTOS

La sensación de vacío es corrosiva. No en vano, la psicología y la psiquiatría predicen una pandemia de enfermedades mentales en los próximos lustros: ansiedad y depresión. Las fórmulas del infantilismo para esquivar el zarpazo de la depresión son diversas: pornografía, libros de auto-ayuda, compras compulsiva, más juego, más drogas, telebasura, habladurías, cotilleos, ensoñaciones hollywoodienses, humor chabacano, sectas, pensamiento supersticioso (tarot, magia, astrología…), escapismo budista prêt-à-porter, inteligencia emocional… Es decir, se intenta apagar el fuego con gasolina. Se toma por remedio lo mismo que causó la enfermedad.

El drama de Peter Pan es que sólo consigue vivir en un estado de exención e irresponsabilidad (anonimato e invisibilidad frente al deber) a costa de volverse más y más vulnerable y frágil, maniobra que lo avecina a la desazón y angustia, a exigir protección institucional y reclamar derechos como por boca de fraile. Con el individuo despojado de deberes, sin convicciones ni voluntad aparece el individuo gregario, el individuo sin valor, sin coraje. ¿Por qué? Porque no puede concebir ni comprometerse con ninguna empresa que le exija sacrificios. El sacrificio es lo contrario del placer. Lo suyo no son las grandes gestas, sino la poquedad minimalista. No la heroicidad sino la protesta pueril, el pataleo. Nihilista y relativista, carece de convicciones y, por tanto, no se siente comprometido con ninguna causa. Consiguientemente, no necesita de voluntad. La fuerza de voluntad se deriva de la certidumbre, y un individuo anclado en la duda sistemática y forzada (pues niega la evidencia en cuanto que relativista), no tiene con qué comprometerse ni por qué causa sacrificarse. Y habituado a la buena vida, carece de capacidad para soportar la dureza que exige la lucha por el ideal. Ante el peligro inminente, este sujeto que exalta la libertad como el valor supremo, acaba prefiriendo la seguridad a la libertad.

El origen histórico de la concepción moderna de la libertad como negación del deber (y por tanto de la fuerza de voluntad) y la responsabilidad, se remonta a los tiempos de la ilustración y la fundación de las democracias contemporáneas. Su momento de máxima expresión puede situarse en la década de los setenta (mayo del ochenta y ocho) y, por fin, en la ideología posmoderna de los ochenta: la más acabada y encomiástica representación de la libertad apetitiva.

La escuela que tenemos es, pues, un reflejo fiel de la (pos)moderna concepción de libertad como recusación del deber, la voluntad y la razón. La hiperproteción que el constructivismo de hogares y aulas brinda al niño es la misma que reclama el adulto-niño para sí.

A todo esto conduce la defenestración de la inteligencia y la voluntad: al aburrimiento, la adicción, el vicio, el vacío, la depresión y el conflicto social. Quevedo lo sabía. Y si no, préstese atención a esta cita catenular del genio:

Guerra

Sale de la guerra, paz;

De la paz, abundancia;

De la abundancia, ocio;

Del ocio, vicio;

Del vicio, guerra.

¿Recuerda el lector los datos sobre España que le pedí que meditara? Quizá tenga usted ahora una idea más clara de cuáles son las causas que los explican.

 

CONOCIMIENTO, LÓGICA, VOLUNTAD Y ÉTICA

La voluntad, amigo Juan Pedro, está relacionada, a mi juicio, con el conocimiento y la lógica. En un mundo que presume de relativista, no ha lugar para la voluntad, pues sólo de la convicción intelectual (basada en la evidencia empírica y la razón lógica) puede emerger el compromiso tesonero y juicioso, refractario al fanatismo. Saber algo implica la necesidad intelectual, pero también emocional, de afirmarlo y defenderlo. Sorprendentemente, la prosapia de la ética no es el “corazón”, sino la razón: dicta el sentido de nuestros actos y nos impone el sentido del deber.

Veamos, en sencillos ejemplos, cómo la misma naturaleza de la lógica encierra el sentido del deber.

1.     Todos los hombres son mortales.

2.    Andrés es un hombre.

3.     Por tanto, Andrés es mortal.

Dicho de otra manera: Andrés es obligadamente mortal. No podríamos concluir otra cosa sin incurrir en contradicción. Estamos intelectualmente obligados a concluir que Andrés es mortal.

Veamos otro ejemplo, pero éste de consecuencias claramente éticas:

1.     Andrés hace exactamente el mismo trabajo que Luis, llevan el mismo tiempo trabajando y ambos rinden lo mismo.

2.    Luis cobra 1200 euros mensuales.

3.     Por tanto, Andrés debe cobrar exactamente lo mismo

La ética es justicia y la justicia es lógica. Observemos que la conclusión del silogismo anterior es a un tiempo lógica y ética. Ésta sólo puede fundamentarse en la razón, de lo contrario, simplemente sería una cuestión de gustos personales, un apéndice de la estética palatal. Cada cual tendría su ética, cosa tan absurda como decir que cada cual tiene su propia ciencia o su propia matemática. No, la lógica es prescriptiva, pública, universal, para todos lo mismo. Y si la lógica es prescriptiva, la ética, fundamentada en la lógica, también lo es. La lógica no deja lugar a particularismos confesionales ni a regionalismos nacionalistas.

Por eso la escuela debe dedicarse en la transmisión de contenidos: para que los alumnos puedan razonar adecuadamente a partir de premisas bien fundamentadas. Cicatear o desdeñar el conocimiento supone desdeñar la construcción lógica y la ética. Consecuentemente, la escuela de la ignorancia, pese a todo su festival de valores y de los hueros pregones buenistas, es la escuela de la iniquidad. Ya hablaré de esto en otra ocasión. No quiero alargarme más.

Sólo un apunte más. Piense el lector por un momento en, por ejemplo, Leonardo da Vinci. ¿Cree usted que este gran hombre se aburrió alguna vez en vida? Su inmensa curiosidad intelectual se lo impidió. Cuando no se cultivan las facultades superiores, el aburrimiento se apodera de la persona: esa horrible sensación de vacío, hastío y desapego del mundo y de la vida. Y tras el aburrimiento, muchas veces, la procesión del vicio y la degeneración. Por eso es de suma importancia una escuela racional que prenda en el sujeto la llama de la curiosidad intelectual: es decir, el apego por la vida.

¿Desertan nuestros jóvenes de la escuela por aburrimiento? Evidentemente: como que la escuela progre es la más aburrida que seso humano pueda concebir. Por un lado porque es ineficaz al intentar divertirlos y motivarlos mezclando monerías y saber académico, cuando ellos tienen claro que, para diversión, la que les proporciona la tele, la discoteca, el botellón, las drogas, el sexo, los juguetes, la Play, etc. Con miserables sucedáneos no se satisface paladares exquisitos. Por otro lado, porque es una escuela que, en su pregón de la ignorancia y la abulia, priva a sus forzosos huéspedes de probar el fruto del esfuerzo y el tesón intelectuales. Fruto que, una vez probado, colorea la vida con los tintes de la pasión, la curiosidad y el amor por cuanto nos rodea. Como la escuela de la progresía ni divierte ni enseña de veras, está abocada al fracaso más estrepitoso. Sí, tenemos la escuela más aburrida del mundo, es cierto.

 

EL PAPEL DE LOS PADRES EN LA ESCUELA

Anónimo, otro amable lector de mi anterior artículo, preguntaba si son necesarios los deberes para casa. Por otro lado, el señor Limbania objetaba que los deberes que hoy hacen los niños son repetitivos e ineficaces. Sobre la primera cuestión diré que entiendo que las tareas académicas para casa son necesarias. Sabemos que al cabo de 24 horas de recibir una información algo compleja, el 80% de esa información se olvida si no se repasa, si no se refresca. Por tanto, los deberes son imprescindibles para afianzar el conocimiento y estimular la inteligencia. En relación a lo segundo, diré que el artículo no versaba sobre el tipo de deberes a realizar, sino sobre la conveniencia de que los niños aprendan a hacerlos solos, bien entendido que, como en casi todo, son admisibles las excepciones. Si, en efecto, se probara que el tipo de deberes que hacen los chavales no son eficaces, habría que modificarlos. Nada tengo que objetar a ello.

Los compañeros Luzroja, Mari Cruz y Jesús San Martín confirman con sus testimonios que, en efecto, son muchos los padres esforzados y bienintencionados que asumen responsabilidades escolares que no les corresponden; que estudian, supervisan, adecentan o corrigen los deberes del hijo. La onda expansiva, ¡cuerpo a tierra!, alcanza al bachillerato e incluso a la universidad.

Luzroja, además, proporciona la siguiente inestimable información:

“En todo el tramo de la ESO del instituto de mi localidad, se evalúa de la siguiente manera: 60% la nota de los exámenes, 20% el comportamiento y el otro 20% los deberes.”

Quiero ser breve en este punto. Imaginemos a un chico superdotado que sacara en todo matrícula de honor. Supongamos que fuera un chaval maleducado, engreído, burlón e irrespetuoso con maestros y compañeros. ¿Diríamos que, como saca notas excelentes, su comportamiento en clase es bueno o aceptable? Evidentemente, no. Pues al revés es lo mismo. El hecho de que un alumno se porte bien o mal no debe influir en su calificación académica: lo uno no tienen nada que ver con lo otro. Si un alumno hace bien las divisiones, no porque se porte mal dejará de saber dividir. O al revés. La escuela debe encontrar fórmulas justas de premiar la buena conducta sin afectar al alza la nota, y de castigar la mala conducta (incluida la suciedad del cuaderno) sin modificar la nota a la baja.

La información dada por Luzroja me parece esencial para comprender, en buena medida, por qué los padres asisten al hijo de la manera contraproducente ya descrita. La ley favorece la intervención paterna y, por tanto, es imputable. Obviamente, entiendo la papeleta del docente: cual torero sin capote, inerme o casi inerme ante la administración, pues su autoridad está gravemente cuestionada, se ve en la obligación de modificar la nota como forma de intentar corregir al alumno maleducado. Esto no debería ser así. La limpieza y orden del cuaderno tampoco deben afecta a la nota, salvo en casos de ilegibilidad. Ambas cosas, limpieza y orden, son necesarias, pero, como digo, su consideración no debería mezclarse con la puntuación académica, pues la contamina de elementos que le son impropios. Al alumno hay que exigirle, cómo no, orden y limpieza en sus tareas, pero con maneras y métodos de estímulo y presión diferentes. Un trabajo sucio, por ejemplo, podría motivar que el alumno se quede sin recreo; o que, en colaboración con los padres, privado en casa de cualquier otro privilegio.

 

–        ¿QUÉ DEBEN HACER LOS PADRES EN RELACIÓN CON LA ESCUELA?

1.     Educar bien al hijo. Hacerse respetar. De esto ya hablé en otro artículo. Es imprescindible que el padre enseñe a obedecer al hijo. Para ello no bastan las palabras, que, muchas veces, son contraproducentes. Discutir con los niños, además de ridículo e inútil, despoja al adulto de su autoridad. Simplemente, hay que recurrir a la sanción proporcional a la falta tantas veces como sea necesario como forma de presión.

2.    No consentirlos ni obsequiarlos de continuo. Eso los vuelve ingratos.

3.     Ordenar al hijo que respete y obedezca a sus maestros. Hablarle de éstos en términos respetuosos y laudatorios.

4.   Enseñar al niño a tratar de usted a los maestros (a los adultos en general). Si yo me dirijo a un anciano no se me ocurre tutearle, y si tengo delante a Vargas Llosa no le suelto: “Eh, tío, enhorabuena por el Nobel. Escribes que te cagas”. El trato reverente y cortés hacia las personas investidas de autoridad es propio de sociedades civilizadas. El igualitarismo y el trato simétrico entre personas de desigual valía es signo de barbarie e injusticia, pues niega el mérito personal a quien lo tiene.

5.    Imponerle un horario razonable para hacer los deberes. Sé de niños que hacen los deberes a última hora de la tarde, o a altas horas, rozando la medianoche.

6.   Obviamente, no asistirle de la manera que ya ha sido denunciada aquí. La ayuda excepcional es admisible. Lo que no es admisible es que se convierta en norma.

7.    Cuando un alumno haga bien los deberes pero éstos no estén curiosos o limpios, los padres, en colaboración con el maestro, deben exhortar y presionar al muchacho para que los haga con orden y limpieza. Si es necesario se le sanciona. De esta manera se evitará tener que recurrir a la modificación injusta de la nota académica como fórmula de presión.

8.    Los padres deben colaborar con el maestro a la hora de alentar, premiar o sancionar al alumno en casa en función de cómo se porte en la escuela.

9.   De suma importancia. El niño no suele ver como una amenaza que le suspendan, ni sirve de mucho sermonearle sobre la conveniencia de estudiar para lograr un buen trabajo el día de mañana. No ve la amenaza pues, en definitiva, él sigue gozando en casa (y en clase) de todos sus privilegios. Para modificar su indiferencia, los padres deben privarle proporcionalmente de esos privilegios domésticos o familiares. De otra manera no se comprometerán con los estudios.

10. Los padres no deben tener ni voz ni voto en las juntas de evaluación. Son cuestiones que les interesan, mas no les competen. Deben acatar las decisiones de los docentes, salvo que, como es lógico, haya razones de peso para impugnarlas.

11. Enseñarles buenos hábitos alimentarios. Nuestros críos son los más gordos del mundo. Según me cuenta un amigo, hemos aventajado ya a los ingleses y los estadounidenses. Gran honor. Tampoco hacen ejercicio físico. Los niños y jóvenes, especialmente, los varones necesitan canalizar la energía a través del deporte. De lo contrario, se mostrarán más irascibles, agresivos e indóciles. Además, estudiar es una actividad que consume mucha energía y es conveniente estar en forma para llevarla a cabo.

12.Limitarles el uso de los juegos digitales. Fácilmente se vuelven adictos a ellos, además de que favorecen la vida sedentaria y la obesidad. Hace unos días un chaval salió en televisión reconociendo que los estudios se resentían con tanto jugar con la Play.

13. Enseñarles a llevar una vida ordenada y ofrecerles una visión realista de la vida, de modo que aprecien los bienes de que gozan y sepan de la necesidad de esforzarse para conseguirlos. Que se enteren de que nada es gratis ni nada cae de la chimenea. Tampoco Papa Noel. Que entiendan que estudiar y saber cosas es necesario para poder vivir una vida digna, propiamente humana.

14. El papel de los padres es, en fin, educar la voluntad de los hijos y mostrarles la conveniencia y necesidad de reflexionar y ponderar las consecuencias de su conducta.

 

La familia, en definitiva, debe cumplir, a mi juicio, una función propedéutica respecto de la escuela: preparar al niño para lo que encontrará en ella. Y la escuela, lógicamente, debe ser propedéutica respecto de la vida profesional y laboral. La escuela igualitarista, la escuela de la ansiada diversión y la risa no es otra cosa, fatal ironía, que el erial de infinidad de criaturas condenadas de por vida a la pena de vacío, aburrimiento y desazón, cuando no al delito. Cuando los padres enseñan al niño a mantener a raya sus impulsos, cuando no dudan en frustrar sus deseos impertinentes, cuando le hacen ver que es su deber acatar la autoridad del maestro o el adulto, cuando le enseñan que nada valioso es gratis en esta vida, etc., etc., entonces, esos padres, están preparando adecuadamente al niño para la escuela y, por consiguiente, para la vida. Por el contrario, cuando los padres no proceden así, los hijos no sólo tienen enormes probabilidades de fracasar en la escuela: también estarán en grave riesgo de ser golpeados duramente por la vida de ahí fuera; esa vida impía que acaba siendo un horrible salto al vacío para aquellas personas que, en su suicida ignorancia de seres intemperantes, rehúsan agarrarse al trapecio de la razón y la voluntad.

Anuncios

Etiquetas:, , , , , ,

Categorías: Diagnósticos

Suscribir

Suscribirse a nuestros perfiles sociales y feed RSS para recibir actualizaciones.

86 comentarios en “Sociedad, padres y escuela: salto al vacío”

  1. 30 diciembre 2010 a 11:27 #

    Hace unos años, Antonio, precisamente por estas fechas de turrón y zambomba, el día en que di las notas de la primera evaluación a los niños de mi tutoría, aún no había pasado media hora y apareció un papá con su niña para decirme que quería hablar con el profesor de Naturales. ¿Por qué? Pues porque había suspendido a su niña, pero él había hecho la media y resulta que le daba 4’69. ¡¿Comprendes, Antonio?! ¡¿Cómo en un mundo donde se dan estas injusticias te atreves tú a decir que los padres no deberían estar en las juntas de evaluación?! Si los padres no estuvieran al tanto con la calculadora, ¿quién protegería a los pobres niños de monstruos capaces de suspenderles la primera evaluación con un 4’69 de media, eh? Esto es lo que hay, Antonio, como desentrañas minuciosamente en tu artículo. Ya puedes imaginarte lo que pasó: esa niña no aprendió nada y acabó suspendiendo cinco, porque tenía un equipo de profesores serio. La ciencia en que descollaba esa niña era la manipulación de sus padres, y estos pertenecían a un tipo que no es general, pero sí muy extendido: el de las víctimas de esos cantos de sirena de la ideología dominante hoy, los cantos de sirena del derecho a todo, del me tienen que apoyar en todo, del puedo exigir cualquier disparate, del la culpa siempre es de otro. El resultado más notorio en la escuela de hoy es el que tú señalas: a los chicos se les ha descargado de SU responsabilidad y esperan inertes a que otros les suministren el bien al que aspiran, que no es otro que el aprobado. En esta situación, a los profesores de hoy nos toca una actitud partisana, nos toca decirle a ese papá que las medias no las hace él; nos toca decirle también que un 4’69 es suspenso (aunque bajo el riesgo de que luego venga un inspector de la canallesca administración a decirte que no, a mí me ha pasado); nos toca decirles a los niños que no vienen a los institutos a aprobar, sino a aprender, y que solo aprobará el que aprenda, y que se aprende estudiando y trabajando… Nos toca, en fin, tomar posturas activas contra el desastre. Ya no basta con saber mucho y transmitirlo, sino que también es necesario que nos afanemos en hacer que quienes están al otro lado lo recojan; no vamos al instituto a enseñar, vamos a conseguir que nuestros alumnos aprendan, con lo que es necesario hacerles ver que tienen que sacudirse la pasividad, es necesario ponerlos a funcionar. Eso puede y debe hacerse, pero, repito, en una situación como la actual que tú tan bien describes, hay que hacerlo con una actitud partisana. Porque, a última hora, la vida sigue yendo en serio y, al final, al que se hace serio, constante, esforzado, disciplinado, responsable, inquieto… le acaba cundiendo más que al que se deja llevar por la seductora ola de la comodidad que se le lanza desde arriba. Prueba de que esas virtudes todavía valen es que en las escuelas esas de élite, las que forman a los llamados a ser las clases dirigentes, aún se fomentan, sin que en ellas se permita a ningún pedagogo imbécil de esos que medran en la pública que ponga obstáculos. Pongámonos, pues, el traje de partisano, formemos bien a nuestros niños y no se lo pongamos fácil a esos papás del 4’69: es nuestro deber, y nosotros todavía creemos en el deber.

  2. Jesús San Martín
    30 diciembre 2010 a 12:30 #

    Querido Raus, no nos has dejado un artículo sino un libro, y tendremos que ir dialogando poco a poco sobre él. Teniendo en cuenta la profundidad de cada uno de los capítulos, pido a David, como administrador del blog, que le otorgue un buen tiempo antes de subir otro artículo.
    Desde el principio descubres las causas del círculo vicioso que nos mantiene en el problema, y además indicas como cortarlo.
    Correctamente dices, que las raíces están “en la mentalidad general en que se apoyan”, que florece “el infantilismo como evasión” y utiliza como sabia “la libertad como sinónimo de desinhibición” y vuelta a crecer. Bien adviertes que debemos cortar las raíces para que caiga esta mala hierba, raíces que están en la educación, donde está ese espíritu critico, amante del merito, y alejado del adoctrinamiento al uso, que permitirá salir de este destructivo ciclo.
    A veces, pensando en esta circunstancia histórica, que nos toca vivir, reflexiono sobre la destrucción de un hábitat. El hábitat es primeramente herido, y finalmente reducido a la roca por la pura erosión, tras ser lavada toda la tierra buena. El sistema se regenera desde ahí, los primeros líquenes se agarran a la roca, y poco a poco se empieza a crear nueva tierra. En esta imagen, los líquenes son la escuela, la escuela de la que hablas, y tu magnífico artículo el viento que los transporta.
    Un abrazo, y enhorabuena.

    • 30 diciembre 2010 a 16:38 #

      Jesús: pegas en la diana del que creo que hoy es uno de los grandes problemas de Deseducativos: la muerte de éxito. Todavía no estás digiriendo un gran artículo y sale otro igualmente bueno que, como involuntario Saturno, devora injustamente al anterior. La razón la sabemos todos: aquí hay mucha gente capacitada para escribir buenos artículos. El modelo ya se ha quedado pequeño, habría que regular el tráfico de otra manera. Esto debería ser motivo de un debate interno para los que todavía estáis: ¿habría que habilitar otros cauces? Feliz año nuevo.

      • Jesús San Martín
        30 diciembre 2010 a 17:51 #

        Nunca es mal año por mucho tener, especialmente de lo muy bueno como acá acontece. Pensaré posibles formas para resolver el problema.
        Espero que tus palabras “los que todavía estáis” quieran decir “los que todavía estamos”
        Feliz Añoe

  3. Francisco Javier
    30 diciembre 2010 a 13:42 #

    Estimado Antonio, tu artículo es molesto. Estoy convencido que muchos pensarán que eres un reaccionario, pero en realidad los verdaderos reaccionarios que tenemos ahora, los más peligrosos, los defensores del mundo post-político, son justamente esos que piensan (la mayoría me voy dando cuenta tienen un casi nula capacidad para pensar) que tus ideas son reaccionarias frente a las suyas que son progresistas, actuales y toda esa basura – ideología (fascista) en el sentido más abyecto.

    Me hace mucha gracia, por poner otro ejemplo, la alegría con la que se predica la “creatividad”. ¡Como si fuese posible ser creativo sin tener ideas detrás, sin una solida formación, sin un trabajo inmenso! Una vez más, confusión, confusión, confusión,…..

    Enhorabuena por tu estupendo artículo y a seguir en la brecha.

  4. Mari Cruz Gallego
    30 diciembre 2010 a 14:48 #

    Antonio: excelente tu artículo y, sobre todo, excelentes los consejos a los padres. Creo que deberían imprimirse a parte del artículo, en grande, y que algún tutor con las suficientes agallas los entregara a los padres en las reuniones de principio de curso. O, al menos, pincharlas en el tablón de la sala de profesores (que muchos no son conscientes de qué papel otorgar a los progenitores de sus alumnos).
    Un saludo.

  5. 30 diciembre 2010 a 17:16 #

    Magnífico, Antonio. Una síntesis de todo lo que veníamos diciendo que clarifica y da sentido y rigor. Participio en tu análisis por completo, en ese círculo vicioso que describes que, creo, hunde sus raíces en una crisis filosófica, una idea del mundo y los valores que sobre él y el hombre tenemos. Un artículo, que, a su vez, no se queda en la teoría y el análisis, sino que es eminentemente práctico. Mi más sincera enhorabuena. Creo que este blog se está transformando, con artículos como éste, en un gran lugar de sentido común, sino ya, de sabiduría, excelencia y libertad.

  6. José Manuel
    30 diciembre 2010 a 18:19 #

    Enhorabuena por el artículo. Me parece espléndido. Hace años que vengo pensando que tenemos los hijos que nos merecemos, los políticos que nos merecemos y, consecuentemente, las leyes educativas que nos merecemos. Estamos ahítos de derechos y anoréxicos de obligaciones y no queremos ni oir hablar de la posibilidad de “ser responsables de algo”. Atinadísima la descripción de nuestra actual idea de libertad; nos hemos acomodado a una libertad con minúsculas, poco más que satisfacción de caprichos, y huimos como de la peste de la auténtica libertad, la de la responsabilidad, la del deber y la de la voluntad de hacer las cosas bien. Opinamos absolutamente de todo, independientemente de tener conocimiento alguno sobre la materia de la que opinamos puesto que a ver quien nos discute nuestro sagrada “libertad de opinar”. Sin embargo, ya dijo Antonio Machado hace muchos años que la verdadera libertad no consiste en decir todo lo que se piensa sino en ser capaz de pensar lo que se dice. A pesar de compartir tu pesimismo, no hay que decaer y hay que machacar día a día en nuestros colegios en esta línea de pensamiento que tan bien describes en el artículo.
    Un abrazo y feliz 2011.

  7. Maximiliano Bernabé Guerrero
    30 diciembre 2010 a 18:38 #

    Antonio, estos artículos, que son verdaderos ensayos, deberías recopilarlos en forma de libro. No dejes de avisar cuando lo hagas. Aunque me sucede una cosa cuando los leo, me hacen el mismo efecto que el que haría a alguien encerrado en una habitación a quien sólo se le da de comer bacalao salado y oye un chorro de agua al que no puede acceder. El sonido más maravilloso, y la impotencia mayor.
    Al rato de leer tu artículo, hablo con alguien sobre estos temas (los que tenemos hijos pequeños por obligación nos relacionamos con otras personas en la misma situación), está de acuerdo en todo esto que tan bien condensas, y al rato, observa que su niña ha hecho una pifia memorable. No la regaña, “para que no se traumatice”, no le cancela la megafiesta de cumpleaños que tiene un rato después “porque la niña ha de sentirse protagonista de su día”, y simplemente le dice “Siéntate cinco minutos en la silla de pensar”. A mí lo de la silla de pensar me hace mucha gracia, me recuerda dos cosas:
    – La taza del retrete, lugar donde suelo pensar lo que luego pongo por escrito.
    – Cierta silla metálica con un cable conectado a la red eléctrica que tenían los paracaidistas franceses en Argel a finales de la década de 1950. Creo que la llamaban así, “Chaise à penser”.
    Naturalmente estos dos pensamientos me los callo.
    Yo lo que creo es que todo se va al carajo, la sociedad me refiero. La crisis de 1929 desembocó en la II Guerra Mundial, y nosotros vamos hacia un conflicto mucho peor, más tipo “Mad Max” que “Salvar al soldado Ryan”. Jesús San Martín estará de acuerdo conmigo. Yo no tengo casi ninguna esperanza, aunque trataré de cumplir mi deber disciplinadamente. Como un legionario romano frente a las hordas de Atila. Sin ni siquiera el consuelo de que se van a salvar los muebles.

    • Jesús San Martín
      30 diciembre 2010 a 19:42 #

      Si no me equivoco, Physis es el pseudónimo de Joaquín Ferrer Benat. Alguna vez ha aparecido en el foro, lleva el blog qmunty[punto]com, desde el que siempre referencia artículos de DESEDUCATIVOS. Su blog es ideal para seguir la crisis, pues da voz a los más variados puntos de vista, aunque los grandes artículos creo que descansan en la escuela austriaca de economía (liberal). Gracias a Ferrer, cuelgo un vídeo de su blog. Parece que hablan de España, de nuestra escuela, de nuestras pensiones, de nuestra sociedad

      Lo que subyace debajo es el control del dinero por los bancos centrales, algo a lo que se opone la escuela austriaca, liberal como he dicho, que nadie vea por tanto extrema izquierda en el vídeo

      P.S. Maximiliano, con este vídeo, los liberales son llamados estalinistas, así que tú tranquilo.

      • 31 diciembre 2010 a 18:37 #

        Muy interesante el vídeo.

  8. 30 diciembre 2010 a 20:53 #

    Me parece un artículo estupendo.
    Hay que hacer ver a los padres qué parte de tarea les corresponde a ellos y qué parte a nosotros en una relación 19/5, de acuerdo a las horas que pasamos con sus retoños. En nuestras 5 horas no caben crear buenos hábitos alimenticios, ni que los alumnos vistan correctamente; se viene de casa bien desayunado, es un decir- apenas un puñado de alumnos por aula desayuna correctamente-, y educaditos para saber tratar con el resto del mundo.
    Eso, en la primera sesión de tutoría de padres se deja bien clarito para evitar malentendidos a los largo del curso. Y se informa también del proceso de evaluación, del RRI, etc. Entiendo, que con la lección explicada-no es más de media hora-, nos evitamos muchos problemas. Evitamos al padre pesado que viene a protestar la nota de su hijo, al que viene a decir lo que tenemos que hacer, al que viene a tocar las narices.
    Y, partiendo de eso, nuestras cinco horas con nuestras y de nuestros alumnos. En ese tiempo, que ha de ser sagrado, cabe lo que nosotros queramos que quepa. Ahí no hay padres, ni Zapateros ni Gabilondos, los culpables de todos los males de la educación e incluso de la falta de oxígeno en la cima del Everest.
    De cómo preparemos nuestras clases, de cómo hagamos nuestro trabajo, de cómo nos dediquemos a lo que nos ocupa como profesores, dependerá buena parte del éxito. No podemos pelear contra gigantes; ni vamos a cambiar la línea de los programas de la TV-que no se deben a la educación sino a la audiciencia-, ni vamos a cambiar el bipartidismo que pasa ampliamente de nosotros, ni vamos a cambiar la sociedad de consumo. Con esas premisas, nos cabe hacer lo mejor posible nuestro trabajo y empezar por valorarnos nosotros, ni cediendo en las calificaciones, ni permitiendo desórdenes en clase, ni bajando una pizca el nivel. Cuando en un grupo de 24 alumnos, 19 suspenden Educación Física en la primera evaluación, no imagináis las marcas que llegan a superar al final de curso.

    • Ania
      30 diciembre 2010 a 22:06 #

      Ay , Alonxo qué coña tienes. Ya nos estábamos emocionando y sales con lo de la Educación Física. Pero tienes razón. Yo creo que no debe haber marías, y si lo son que las quiten del todo. O se hace todo como es debido o no se hace.

  9. Ania
    30 diciembre 2010 a 23:16 #

    Comparto, Raus, esencialmente lo que dices,-no todo-.(1)

    Hay momentos extraordinariamente brillantes y atinados en tu exposición que , junto con otras en conjunto, como opina algún otro compañero, bién merecerían editarse en otro formato más “solido” u asentado.

    Ójala te hicieran-nos hicieran-caso al menos tus-nuestros- cercanos porque sé por experiencia que es estúpidamente más duro, hoy en día , educar a los hijos cuando hacerlo supone nadar contracorriente.

    (1) Estaba en que en Venezuela se operaban más que aquí.
    La concatenación “de la guerra paz”, por ejemplo , como verso de poema vale, pero en la realidad …

    Genial de todas formas . Un abrazo.

  10. Francisco Javier
    31 diciembre 2010 a 10:08 #

    “Los profesores españoles son de los que más tiempo deben emplear para poner orden en clase: pierden el 16% de la clase mandando callar.”

    En muchos casos más. Desde que empecé a trabajar como docente, siempre he tenido la sensación no de dar clase a alumnos, sino a pesar de los alumnos o más aún: contra los alumnos. Es esta una de las causas más claras de desánimo, de ansiedad, tan frecuentes entre profesores. Igualmente frustrante son los cada vez más infrecuentes destellos de una mínima inteligencia. Trabajas con la esperanza de que al menos una sombra de belleza traspase la dura coraza, pero a base de un derroche tal de esfuerzo, que no siempre tienes la presencia de ánimo necesaria para realizar el milagro. Tal vez, lo que más molesta es que ese rechazo, expresado a menudo, muy a menudo, día a día, de forma violenta, haya sido negado sistemáticamente desde las altas esferas. Las clases absolutamente ingobernables son un hecho mucho más frecuente de lo que se nos quiere hacer creer. ¿Y cómo se puede motivar cuando el rechazo es tan evidente? De ningún modo, mientras no se resuelvan los problemas de fondo, que ilustra con gran claridad este artículo.

  11. Mari Cruz Gallego
    31 diciembre 2010 a 10:47 #

    Paso por aquí para desearos a todos los Deseducativos un FELIZ 2011!!!

    Un abrazo

  12. 31 diciembre 2010 a 11:50 #

    Más que un artículo parece un programa para inaugurar una legislatura en el Ministerio de Educacion, ¡ojalá así fuera! Me parece estupendo el catálogo de recomendaciones sobre la labor de los padres. Un año tuve la humorada de presentar un proyecto de Dirección, por amor a las ganas de molestar, y tuve a bien incluir en él clases para los padres en las que se les instruyera en esas recomendaciones, al margen de otras novedades como los dos recreos, por ejemplo, porque desde las 9’30 hasta las 11, el único concepto que les llega a los alumnos es el que va relleno de mortadela de olivas…
    La experiencia de la paternidad es tan compleja que quizás haya de ser considerada exclusivamente desde la casuística individual, pero a veces la experiencia ajena nos puede ser muy útil. Para mi propia experiencia siempre he tenido un norte que, hasta el presente, va para 21 años, no me ha fallado: “Prefiero que me respeten a que me quieran”, y sigo empecinado en ello. Diría que he antepuesto la generosidad de criar personas críticas y responsable al egoísmo sentimental de buscar efímeros adoradores, aunque viivo esperanzado en que, a la larga, rigor y afecto sean líneas convergentes.
    Feliz año a todos.
    P.S. sobre el miedo a la identidad, ya hablaremos mas “a espacio”….

  13. 31 diciembre 2010 a 11:57 #

    Se utiliza wordpress, ya sabes, los blogs se enfríe

  14. Raus
    31 diciembre 2010 a 16:15 #

    Queridos amigos y compañeros, gracias a todos por vuestras amables palabras. Reconforta saber que, después de todo, siempre hay alguien que se niega a ser engullido por esta desolada y decadente época, y que está dispuesto a escuchar y dialogar de verdad: la verdadera esencia de la democracia. Encerrados en una cárcel de ruido y tópicos falsos, nuestros oponentes no escuchan. No hay signo más preocupante en una sociedad que la sordera y la incapacidad para reconocer la evidencia. En este caso, la evidencia de que, a la par que muchos otros bienes de nuestra civilización, la escuela se nos está descomponiendo ante nuestras narices.
    Nada nuevo bajo el sol: otros imperios, otras civilizaciones de más eucrático semblante cayeron. Y cayeron cuando sus gobernantes empezaron a vivir de renta y a dilapidar la herencia en saraos, comilonas y orgías. Es nuestro caso, y no sólo el de España. Rodeados de bienes y recursos aparentemente inagotables (pero no sólo los gobernantes sino la mayor parte de la población –hasta hace poco al menos), hemos creído que esto se mantendría solo. Pero no, este tren sólo avanza ya por inercia, sin motores que lo propulsen. Una sociedad que exige que se apruebe al alumno con un 4,69, mi entrañable amigo Pablo, es una sociedad que vive en la inopia. Una sociedad que aprueba al alumno con esa nota, ya no avanza, ya no progresa: simplemente, malgasta la herencia recibida y se auto-aniquila. Esos padres que creen tener derecho a decidir cuestiones de evaluación académica, ¿no son conscientes de la injerencia en que incurren? ¿Admitirían ellos que otros profesionales tuvieran voz y voto en sus respectivos trabajos? ¿Consentirían que personas ajenas a su labor o disciplina pudieran decidir sobre su quehacer? Donde no hay lógica, no hay justicia.

    Así es, Pablo, nosotros podemos tontear lo que queramos, pero la vida sigue en serio, último juez inapelable de nuestros desvaríos. Es hora de ponerse el traje de partisano, sí. O de asistir a los estertores. Nosotros elegimos.

    Querido e inagoable Jesús, la petición que haces a David me honra, pero no quisiera ser motivo de malestar entre los demás compañeros, de quienes yo tanto aprendo, ya me entiendes.
    Nosotros vamos a ser como esos líquenes que se agarran a la roca, vamos a resistir con altivo coraje, con la lucidez que hoy muy pocos quieren para sí. Nadie dijo que esto fuera fácil. Si es una causa perdida da igual: ningún espíritu noble se dejará arrastrar por la villanía ni hincará la rodilla ante las hordas.

    Eso que dices, Francisco Javier, está comprobado (y puñetera falta que hacía comprobarlo en el laboratorio): no hay creatividad de valor sin una sólida base de conocimientos. La creatividad no se puede disociar de la inteligencia y la erudición. Cuestión que merece, creo yo, un artículo (tuyo o de quien quiera recoger el guante).

    Medra el fascismo, o, más en general, la sinrazón. Me tacharán de reaccionario, eso seguro. Si estar en contra de las innovaciones ineficaces y contraproducentes es propio de los reaccionarios, yo lo soy. Cada mutación génica supone una innovación fenotípica, pero muy pocas mutaciones son realmente beneficiosas. Innovación puede ser sinónimo de regresión, o de muerte.

    Mari Cruz, me parece a mí que tú y yo somos primos. Sí, bueno, no te rías, deja que te explique, mujer. Mi padre me cuenta que para la región murciana partieron años ha alguno de sus tíos paternos, quienes tuvieron muchos hijos. Así que vaya usted a saber. Lo mismo si escarbamos un poco… Bueno, ahora (más) en serio: lo que más me preocupa de todo lo que está pasando es la confusión de los padres y sus, en general, prácticas permisivas con los hijos. Pienso que, en efecto, esas recomendaciones (y cualesquiera otras que otros podáis aportar) deberían llegar al común de los padres. Por algo hay que empezar. Lo malo es, como ya he dicho y ratifica Maximiliano, que no son pocos los padres que reconocen que lo hacen mal pero que luego, a la hora de la verdad, vuelven a las andadas. Hacen falta, a mi entender, escuelas para padres, pero no ese tipo de escuelas en que se explica a los padres que lo ideal es una relación “democrática” entre padres e hijos, o una en que se pretenda recuperar la autoridad paterna a base de contar cuentos a los críos sobre la importancia del deber, al estilo de José Antonio Marina. Porque todo eso no hace más que ahondar el hoyo de la confusión general.

    Comparto tu pesimismo, amigo Maximiliano, y también tu firmeza en seguir combatiendo las hordas. No sé si esto desembocará en una guerra o no. Ojalá que no. Pero lo que si se avecina, a mi juicio, es un enorme malestar y conflicto sociales. Cuando todos estos pobres niños consentidos en casa y la escuela no tengan parné en el bolsillo y la sopa boba escasee, no quiero ni pensar la que aquí se puede montar. Ya hablaremos de ello más adelante.

    Amigo José Manuel: nada de decaer. Me importa un pito mi pesimismo. No es el pesimismo lo que nos paraliza sino la duda, la falta de convicciones sobre lo que debemos o no hacer. Muchas dudas tengo en esta vida, pero una convicción férrea: hay que combatir la sinrazón con todas las fuerzas, porque todo lo bueno y hermoso de esta vida es fruto de la razón: el arte (también el arte), la ciencia, la filosofía, la literatura, la justicia. Simplemente, hay que luchar por lo bueno, a despecho de cuál sea la expectativa o la probabilidad de vencer.

    Amigo Alonxo, celebro que en algo podamos estar de acuerdo. Los docentes deben coger las riendas de su profesión. Aunque las leyes sean malas, el maestro, de puertas para adentro, debe ser amo y señor de su propio quehacer, soberano en la clase. Esto no es fácil, ya me hago cargo, pero es lo que hay, y de nada vale lamentarse si no se actúa. Podemos deplorar las leyes y la mentalidad general en que se apoyan, pero, antes o después, habremos de asumir que es parte de nuestra responsabilidad recuperar la autoridad que nos han quitado. Y entender que si los más afectados no reconquistan el terreno perdido, nadie lo hará por ellos.

    Estimada Ania, puede ser lo que dices de Venezuela. Allí, además de mucha haraganería, pobreza y delincuencia (muchos primos y tíos que allí emigraron hace décadas me lo cuentan), hay una enorme fascinación por la belleza de mises. Y sí, es verdad, la guerra no es exactamente la causa de la paz, pero podemos aceptarle la licencia al ínclito Quevedo.

    Estimado Juan Poz, no sé si respeto y amor filiales están reñidos. Yo diría que no, al menos no a la larga. Cuando al niño le niegas un deseo impertinente o inadecuado, ese niño te mirará mal, cierto. Y es posible que hasta te maldiga para sus adentros. Pero no otra cosa podemos esperar de los niños. En el hijo adulto todo cambia, y comprende, a poco que le asista el sentido común, que aquel padre frustró sus deseos por su bien o por necesidad. Es que no es nuevo el refrán que nos dice que “el que bien te quiere te hará llorar”. Los padres no quieren que su hijo llore porque temen que deje de quererles. Pero no es así. Son los padres sin autoridad quien más palos reciben de sus hijos, y no sólo en sentido figurado.

    Amigo Juan Pedro, nos ha tocado vivir una época decadente. La batalla va a ser desigual: el filósofo no cuenta con más armas que la palabra y el razonamiento. Ya dijo Aristóteles que los hombres tenían el razonamiento y el arte para guiarse en la vida. Nuestro enemigo, sin embargo, recluta acólitos valiéndose de los turbadores señuelos de la pasión hedónica y la diversión. Hagamos lo que esté en nuestras manos.

    Un cálido abrazo a todos. Y que la cordura y la inteligencia nos asistan el año que empieza (esto es lo mismo que desear felicidad, ¿no?).

    • 31 diciembre 2010 a 18:30 #

      Bueno, Raus y Jesús, yo también quería hablar de chinos: los romanos tuvieron sus bárbaros y el califato de Córdoba tuvo a sus almorávides y estos a su vez recibieron la amable vista de los almohades. Tiene que ver con los versos de Quevedo que ya más de una vez ha citado Raus y está estudiado por los filósofos de la historia: a la opulencia la suceden la corrupción y la relajación y cuando estas aparecen enseguida llegan unos bárbaros más brutos y que acostumbran a comer peor y primero arrasan y después se adueñan de todo. Y esto dura hasta que a su vez se hacen ricos, se relajan, se hacen decadentes y… llegan los chinos. Ahora el estilo de Gengish Jan o de Tamerlán ya no se llevan, pero hay otros. Nuestros adolescentes se están pegando la gran vida y los de los chinos están jodidos en su país o secuestrados de sol a sol en esos supermarket que llaman ellos y que cada vez abundan más. Veremos lo que pasa a la vuelta de unos años. Entre otras cosas, la falta de familiaridad con el padecer puede acabar volviéndose en contra de nuestra dorada juventud.

      • Raus
        1 enero 2011 a 10:20 #

        Pues has hablado con mucho acierto, Pablo. Los chinos son imparables, o a mí me lo parecen. Varios factores de suma importancia confluyen para determinar su ascenso:
        1. Gracias a su obra de mano barata (o baratísima, y no entro aquí en consideraciones éticas), acaparan la manufactura de muchos productos occidentales. Pierden en calidad, pero las ventas funcionan.
        2. Tienen población suficiente para copar cualquier actividad económica, cultural o intelectual.
        3. Dada su superpoblación, los procesos de selección académica son terriblemente duros. La competitividad establecida entre los mismos alumnos hace que la media académica aumente muchísimo.
        4. No están contaminados por modas pedagógicas constructivistas-paidocéntricas.
        5. Obviamente, están curtidos en el sacrificio personal. Desconocen la inmensa tontería que hoy tenemos aquí. Son muy disciplinados.
        6. Quieren su parte del pastel.

        Es en los momentos históricos de mucha competitividad cuando se dan los más grandes avances intelectuales. Muchos de los más grandes avances tecnológicos se han dado en periodos de guerra, cuando los contendientes necesitaban proveerse de armas más y más mortíferas. Obviamente, nada hay más repulsivo y execrable que las guerras, pero, por más que las detestemos, ilustran la terrible verdad de nuestro origen selvático: el guepardo corre tanto porque la gacela corre también mucho. Las máquinas de supervivencia se perfeccionan en ese duro y cruel estado de competencia vital, pues sólo los más fuertes sobreviven. Y de toda la vida se sabe que “el hambre aguza el ingenio”. Nadie en su sano juicio quiere un estado bélico, prebélico o de penuria económica como condición para medrar. Lo malo es que eso, ahora, vas y se lo cuentas a los chinos.

        Debemos ser realistas y empezar a entender la lógica subyacente al ascenso y decadencia de las civilizaciones o culturas. Quiero creer que son posibles estados de progreso intelectual más benignos o inocuos que los antedichos. Estados en los que sus pobladores no corran el riesgo de morir o dejarse la piel ante los libros o en la fábrica. Sociedades civilizadas en que los menos fuertes no queden abandonados a su suerte o desprotegidos. Obviamente, la generosidad y la solidaridad deben ser rasgos propios de cualquier sociedad civilizada. Ahora bien, lo que aquí tenemos no es ya la protección del constitutivamente débil, sino la protección del vago y del epulón. Una cosa es proteger al cojo o al deficiente, y otra, muy distinta arrullar al gandul y al relajado hasta convertirlo en cojo funcional, en inútil vital.

        Hace mucho tiempo que la política de España y muchos otros países practica la demagogia y el clientelismo. Los partidos políticos compiten por halagar a sus votantes. ¿Pero quiénes son sus respectivos votantes? Potencialmente todo el mundo. Repare el lector en esta cuestión, pues explica en parte porque tenemos la certera sensación de que, como dice nuestro querido David, no hay debate político. La sensación de que, cada vez más, los más grandes partidos se parecen más y más. Ello explica, por ejemplo, que unos y otros sean incapaces de decir algo nuevo en materia de enseñanza y muchos otras cosas. La explicación es fácil de comprender: todos los partidos con capacidad para gobernar deben conseguir el máximo apoyo popular, y éste se consigue prometiendo las mismas cosas, ensayando la misma forzada sonrisa. Si uno promete la Luna el otro no podrá menos que hacer lo propio y algo más. Cuando este mecanismo de competición demagógica alcanza su nivel más elevado, los políticos simplemente se dedican a comprar votos, y digo comprar votos en el sentido literal de la expresión: recurriendo al vil dinero, en forma de subvenciones, regalos y prebendas para conseguir el voto del ciudadano. La competencia acaba igualando (esta vez para mal) a los contendientes: la gacela y el guepardo corren mucho, los jugadores de baloncesto son todos muy altos, los bailarines del ballet ruso hacen todos cosas extraordinarias, los gimnastas olímpicos están cortados por el mismo patrón… La competitividad elimina la diversidad. La establecida entre los políticos españoles es de tal magnitud que la discusión política ha desaparecido, o tiende a desaparecer, en muchas cuestiones importantes. Entre ellas, como digo, la educación.

        Llegados a este punto, se acabó la política: ya no hay nada que discutir. Se trata sólo de seducir al potencial votante con promesas económicas: más ser-vicios, más ayudas, más subvenciones… Todo lo cual exacerba el victimismo de la población, que se acostumbra a pedir al Estado más y más, hasta dejar sus arcas públicas más secas que los páramos del Sahara. El círculo vicioso (y nunca mejor dicho) está establecido: una casta dominante que compite entre sí por halagar al pueblo y comprar el voto de la mayor parte de la población; una población acostumbrada a vivir subsidiada, arrullada y protegida por papá estado. Por supuesto, también nuestros niños, quienes, por éstas y otras razones, son el blanco perfecto para practicar la demagogia pancista y la hiperprotección constructivista.

        Lo siento, se me ha ido de las riendas el comentario.
        Un abrazo.

      • Raus
        1 enero 2011 a 10:43 #

        Por cierto, me ha faltado redondear el comentario: Los chinos no tienen un sistema político en el que sus gobernantes necesiten sonreir al ciudadano para mantenerse en el cargo. Las consecuencias de este “detalle” son contrarias a las de los países en qúe si necesitan sonreír. Dicho esto, espero que nadie crea que estoy haciendo una velada defensa o apología de guerra, la pobreza o la dictadura: precisamente todo aquello de lo que cualquier sociedad digna debe huir como de la peste. Lo que hay que buscar es maneras inocuas de estimular vigorosamente el progreso intelectual, semilla de todos los demás. Y para ello necesitamos, eso sí, una escuela seria y disciplinada que no huya de la competencia entre sus alumnos.

  15. Jesús San Martín
    31 diciembre 2010 a 17:54 #

    Hay una cosa divertida en todo esto, mi admirado Raus. Estos descerebrados, que buscan la muerte de la escuela, para no tener que encarar ciudadanos críticos, tejen su mortaja. Pauperizada la escuela, ya no hay nueva sabia de la que saldrán los científicos e ingenieros que sentaron la base de sus industrias y poder militar. Sin embargo China los produce, como vimos en el informe PISA, tanto en calidad como en cantidad. Parece mentira que entre todas las variables se les olvide esta tan evidente. La universidad no son sus bibliotecas, ni sus edificios, ni sus laboratorios, son sus estudiantes y profesores. Veré el primer encontronazo, que probablemente pierda China, pero el segundo lo ganará ella, por lo arriba expuesto.
    Me imagino que cuando Maximiliano habla de su Mad Max se refiere al fin del petróleo barato (pico del petróleo) y al agotamiento de muchas materias primas. Japón no tiene materias primas, pero ha sido una gran potencia gracias a sus ingenieros. Volvemos a encontrarnos con lo expuesto en el párrafo anterior.
    Un kilo de hierro (el propietario de de la mina) no compra diez gramos de muelles (el ingeniero).
    Al fin y al cabo el conocimiento seguirá progresando, me gustaría que mi sociedad contribuyera a ello, y se beneficiara, ahora parece muy difícil, pero seguiré disfrutando del conocimiento que el ser humano (lo que soy) produzca en cualquier parte.
    Feliz Año a todos y a no atragantarse con las uvas.

    • Raus
      1 enero 2011 a 0:57 #

      Querido Jesús, considera esta posibilidad: puesto que los que intentan pauperizar la escuela son, como bien dices, descerebrados, nada de particular tiene que se les olvide una variable tan evidente (evidente para ti y cualquiera que con sentido común). No es que se les olvide esa variable: es que ni se les pasa por la cabeza. Es muy corriente la tentación de pensar que esta debacle está programada por poderosos tahúres del mercado, la banca o la política, quienes, supuestamente, buscan idiotizar a la población para manipularla mejor y hacer de ella un monstruo bulímico que no se canse de consumir. El engaño no es cosa nueva. Lo encontraremos en las políticas de venta de las grandes empresas y, sin duda, en el gitanillo que vende quisicosas en el rastro de la plaza. El deseo de que tu cliente carezca de capacidad crítica, de juicio y autocontrol es el sueño de cualquier vendedor más o menos listillo. Sí, pero como tú muy bien adviertes, sólo un descerebrado pretendería pauperizar la escuela como hoy se está haciendo, pues las consecuencias son harto previsibles: tendrás una masa de ignorantes quizá fáciles de engañar, pero, válgame el cielo, sin un euro en el bolsillo. Una masa de ignorantes en paro o con trabajos precarios o mal remunerados no puede ser el sueño de ningún empresario o banquero con dos dedos de frente. Imposible. Una masa de sujetos condenados a la miseria o la emigración cuando aquellos de los ojos rasgados, u otros, nos barran del mapa.

      Entonces, ¿qué explicación tiene esto? A mi juicio ésta: la degradación intelectual y el batacazo que nos espera no están dispuestos o proyectados por nadie. La decadencia y óbito de la cultura no están programadas por ninguna mano operando a la sombra; a no ser que el programador desee, como bien indicas, el suicidio. Hay que tener en cuenta, por otro lado, que las clases altas de cualquier país desarrollado suelen estar compuestas por personas con estudios universitarios y elevados cocientes intelectuales, pero no por ello dejan de ser, en su mayoría, buenos consumistas. Los ciudadanos cultos no consumirán, ciertamente, determinados productos beocios, mas sí muchos otros que, igualmente, vigorizan el mercado y cuyas ventas aumentan las ganancias de muchas grandes empresas. Empobrecer la inteligencia de una sociedad (o un continente) equivale a empobrecer los bolsillos de todos, a depauperar gravemente la economía. Los jóvenes de este país no serán negocio para nadie, dado que carecerán de dinero con que comprar algo de más valor que una bolsa de pipas. Y esto no es algo que se prevea para el futuro, sino algo que ya tenemos aquí, a la vista de cualquiera que no se tape los ojos. Ignorancia y precariedad económica van de la mano.

      No hay misterio, amigo mío: estamos gobernados por tontos. Mira a la lerda de la Pajín diciendo que “el problema es que el PIB es masculino”. Alucinante: pues dejemos que sea ella, como mujer que es, la que tome decisiones sobre el PIB, como ya las toma sobre nuestra salud. Una caterva de memos nos “gobierna”, Jesús. Gentes con tan poco seso que, en la más espesa de las inconsciencias, nos llevan al más hondo y oscuro precipicio. Y duermen tranquilos, Jesús, pensando que lo están haciendo muy bien.

      • 1 enero 2011 a 12:49 #

        El PIB es masculino y esta PIBA es femenina. Habiendo como hay en España tantísimas mujeres con talento, Zapatero ha ido a coger para su cuota a memas como esta Pajín. Las conclusiones que se pueden sacar acerca de por qué elige nuestro presi a us colaboradores son muy poco edificantes.

    • Jesús San Martín
      1 enero 2011 a 12:21 #

      Optan por una política de 1+1=1.7, donde ellos se llevan 1.4 y tú 0.3. Consiguen ganar, pero a costa de un destrozo increíble. Se puede hacer 1+1=3 donde ellos tengan 1.8 y tú 1.2, y ganamos todos; a mí no me importa que ganen ellos más si también gano en el proceso. Sobre ello he pensado otras veces, reflexionando sobre el trabajo forzado. Si a la gente no le das oportunidad de obtener un merecido beneficio no mostrarán su potencialidad, y mucho menos pondrán en funcionamiento su pasión.
      Oigo decir que no hay ingenieros. No hombre, no, lo que no hay son ingenieros que quieran ser explotados por 1000 o 1500 euros al mes. Un antiguo alumno ha recalado en la enseñanza por esta circunstancia. Nuestro tejido industrial está destrozado, pero la gente no se imagina a que nivel. El futuro del país, en este momento, es ser camareros y limpiar las heces de los ancianos alemanes, no es una exageración, puede que más adelante saque estadísticas y números.

      Un mensaje optimista para Juan, que se preguntaba si la exigencia como profesor desembocaría alguna vez en amistad. Te puedo asegurar que sí, los ingenieros con los que hablo son antiguos alumnos y soy de los que pueden romper trece látigos por clase si no trabajan. Baste esta anécdota: a un alumno le había dado matrícula de honor en una asignatura y se matriculó en su continuación, me advirtió que mi clase coincidía con otra asignatura y le dije que cancelará la matrícula de mi asignatura y se presentara en septiembre, porque si faltaba un solo día a clase suspendería (mi asignatura no tenía examen, era participación en clase y trabajos), ya que de lo contrario alguien podría pensar que su matricula de honor era un regalo. Canceló la matricula y se presento en septiembre. Finalmente le dirigí el trabajo de fin de carrera, el otro día este ingeniero y amigo dejaba datos en este foro.

      • 2 enero 2011 a 9:38 #

        No como profesor, Jesús, sino como padre, responsabilidad no muy alejada de la de profesor, pero distinta. A veces tengo la impresión de ser excesivamente riguroso, y no sé qué dirá el futuro de ello, pero no me asusta, porque sé que siempre contaré con su respeto. Y relacionarse con personas respetuosas ya es casi un logro de la civilización. La prueba es este foro, en el que las discrepancias razonadas son una bendición de Hermes. Como profesor desde luego que mi exigencia y mi cortesía, que me lleva a tratarles de usted desde 1º de ESO hasta 2º de Bachillerato, forzosamente quiero que me distancien de ellos, que nunca se les ocurra confundir quiénes somos cada cual y cuál es nuestra función. Y sí, también da sus frutos. No niego que en la amistad con un exalumno pueda seguir habiendo cierta dosis de pseudopaternidad, pero la edad también nos condiciona, aunque es fácil descontarla. Estoy seguro de que la tribu de protestones que aparecemos por aquí, tenemos una hermosa cosecha de compensaciones personales, pero lo nuestro ha de ser meter el dedo en la llaga, de momento…

  16. 31 diciembre 2010 a 19:03 #

    Muy buen artículo, muy buena respuesta a todos los participantes entresacando lo positivo de cada comentario. FELIZ AÑO.

  17. 31 diciembre 2010 a 19:35 #

    Respecto de la relación entre padres y escuela me temo que habría que cambiar muchas cosas. Los padres han sido utilizados como arma para sacar adelante las nefandas reformas educativas. Y, además, en la sociedad hay tendencias que, desgraciadamente, refuerzan el proteccionismo, la irresponsabilidad, la devaluación de los maestros y profesores, etc.

    Desde el punto de vista legal, de los cambios educativos necesarios, habría que plantearse dos prioridades urgentes:

    1. Dejar fuera a los padres de los ámbitos de decisión de naturaleza académica y acabar con la idea de que pueden fiscalizar al profesor. En suma, hay que poner en tela de juicio la noción de “comunidad escolar”, como un concepto que ha fracasado y que debe someterse a revisión.

    2. Introducir, por ley, una carta de deberes de los padres en el ámbito educativo.
    En este punto tendrían que incluirse desde la obligatoriedad de colaborar con el profesorado en los asuntos de disciplina, como en implicarse en el apoyo a la función del profesor.

    Por supuesto que los padres deben tener los derechos reconocidos en la Constitución, aunque sin invadir el ámbito profesional de los docentes ni ejercer de inspectores educativos ni de grupo de presión para el aprobado. El derecho a elegir la educación moral y religiosa de los hijos, que yo no pongo en cuestión, aunque como todo derecho, ha de tener sus límites, debe también distinguir entre los ámbitos público y privado.

    Sólo los dos puntos antes citados supondrían un cambio cultural radical e impensable en la España actual.

    Sin embargo, no creo que el establecimiento de una carta de derechos y obligaciones de los padres de alumnos (menores de edad) sea ninguna idea descabellada.

    Por supuesto, debería romper con ciertos hábitos de muchas APAS y AMPAS (y HAMPAS), que han contribuido a ningunear y hasta intimidar al profesor. A las asociaciones de padres habría que ponerlas en su sitio, para emplearlas como elementos de apoyo a los equipos directivos y claustros de profesores, no como contrapoder. Esa es una de las herencias más envenenadas de la transición en el ámbito educativo,

    La gran dificultad es que los padres son tratados como clientes electorales…. En las familias la deseducación también impera con los hijos únicos y los vástagos de familias divorciadas… Todo son dificultades. Pero es obvio que hasta los propios padres constatan colectivamente que algo no marcha en la escuela. Otra cosa es que luego vayan a un centro como si fueran al Departamento de Atención al Cliente de El Corte Inglés, con el derecho a exigir lo que les dé la gana.

    • Jesús San Martín
      1 enero 2011 a 11:55 #

      A mí no es que no me parezca una idea descabellada tal carta de los deberes de los padres, es que me parece sencillamente genial. Propongo a todo el foro, que hagas una primera redacción, como padre de la idea, y luego aportemos matices, para finalmente colgarla en el blog, en la sección de PROPUESTAS.
      Tengo un amigo, que lee DESEDUCATIVOS, pero todavía no he conseguido que vierta su sabiduría socarrona en el foro, y afirma que a la hora de operarnos, especialmente del corazón, debemos decidir entre todos donde debe cortar el cirujano. La metáfora la propone asimilando “padres” a “quien decide el corte” y “profesor” a “cirujano”. Uno decide libremente si se opera o no, pero luego es el cirujano el que lleva la operación, te informará, te advertirá de las buenas o malas consecuencias, pero tú no tomas parte activa en el proceso que corresponde al profesional. La escuela es exactamente lo mismo, el padre decide llevar al hijo a tal o cual escuela, libremente, como la decisión de operarse, pero es el maestro quien decide sobre el proceso sin la intervención del padre, al que informará sobre la evolución de la educación de su hijo, pero sin ser invadido su ámbito profesional, como claramente indicas.
      Pones el dedo en la llaga con las sandeces de las HAMPAS, y si quieren fiscalizar que vengan a mostrar sus sinrazones, que les pasará lo mismo que a una reciente lectora, a quien Juan Pedro corto tan fina usando la filosofía que más parecía un microtomo.

      ¿Nos haces el grandísimo favor de escribir la carta? Los árboles que no abrazamos surgieron de una pequeña semilla.

      • 2 enero 2011 a 11:14 #

        No me comprometo a poner una fecha, pero sí llevo hablando con colegas de la necesidad de una carta de derechos y deberes de los padres (de alumnos menores de edad) en los centros educativos. Con los dos fines antes indicados: sacar a los padres de los territorios donde nunca debieron entrar y obligarlos a colaborar en algunos asuntos de la marcha del centro y a corresponsibilizarse de lo que hagan sus hijos. La carta debería incluir derechos y deberes de las APAS, que a veces hacen de fiscal improcedente y otras son un apoyo magnífico para las direcciones de los centros para conseguir mejoras. No todas las APAS son iguales.

        Reconozco que sería un giro radical respecto de la cultura que hemos vivido durante décadas y también que chocaría con no pocas resistencias.

      • Jesús San Martín
        2 enero 2011 a 12:10 #

        Sin fecha, pero sin pausa. La mera existencia de la carta será un germen de reflexión sobre lo que indicas: “…sacar a los padres de los territorios donde nunca debieron entrar y obligarlos a colaborar en algunos asuntos de la marcha del centro y a corresponsibilizarse de lo que hagan sus hijos”. Que finalmente la sociedad opte por esta u otra carta no será tan importante como la semilla que habrás plantado: el hecho de que la gente reflexione sobre sus responsabilidades y expandir la reflexión desde este foro a la sociedad. Que tal carta se publique en “cuadernos deseducativos” puede ser un buen instrumento para que los docentes se la hagan llegar a los padres.

        Gracias.

    • Francisco Javier
      2 enero 2011 a 18:54 #

      Coincido con el comentario de Mariano. No me parece mala idea lo de la carta, pero podemos caer en la tentación de ser confundidos con orientadores o algo así. Tal como está la cosa, la verdad, es que si muchos niños dan miedo, ¡qué podemos decir de sus padres!

      • Ania
        2 enero 2011 a 20:35 #

        Estimado Francisco Javier,

        Creo que los dos puntos de la carta que propone Mariano son la antítesis de “comunidad escolar” a la que los orientadores al uso aspiran.

        Al menos en mi entorno ellos están más cerca de las cotutorías de clase y la participación activa en la misma de padres co-enseñando con el profesor y similares delirios algunos de los cuales algunos hemos visto ya llevados parcialmente a la práctica.

        En mi zona al menos, no tendría que haber confusiones al respecto aunque , a lo mejor los padres nos confunden con ellos, algunos no nos hemos enterado y habría que hacérselo saber de igual modo…Por carta.

        Como hoy en día los alumnos y padres , en lugar de hablar con el profesor se van al orientador, al director, al Jefe de -estudios 1º, al jefe de estudios 2º, al Secretario, al Subdirector, al Tutor, al Jefe de Departamento, a cualquier miembro de la comisión de convivencia-proliferan-, al Coordinador, al tutor que tuvieron el el primer ciclo y con el que se llevaban tan bién y sacaban tan buenas notas y nunca tuvieron problemas”, al Anpa, al Normalizador, ….como venía diciendo:

        Por carta;

        que cuando hablan con nosotros, muchos de ellos vienen ya demasiado “decididos” como para enterarse de lo que podamos decirles.

  18. Hiperión
    1 enero 2011 a 11:53 #

    Creo que este día de Año Nuevo no podía comenzar mejor que con la lectura de este artículo. Por lo difícil que se presenta el año 2011, no sólo en lo económico, sino también en lo social y lo educativo, qué bien nos sienta este soplo de aire fresco. Con su permiso, Antonio, me gustaría imprimir su artículo y repartirlo fotocopiado, a la vuelta de vacaciones, entre mis alumnos del máster de secundaria. Es preciso combatir todas las patrañas que les han dicho los “pedabobos” en el primer trimestre, dentro del bloque de contenidos “psico-pedagógicos”. Me siento en la obligación moral de hacerlo.

    • Raus
      1 enero 2011 a 14:21 #

      Muy amable, Hiperión. Y no, no me pida permiso para divulgar el artículo. Al contrario, le agradezco que así lo haga con éste y, me atrevo a decir, con cualquier otro artículo de los demás compañeros. Ojalá cundiera el ejemplo y muchos otros docentes se animaran a hacer esa divulgación y a combatir las psicomemeces que van soltando muchos de mis colegas.
      Es más, aunque yo ya conozco mucho de esas memeces en general, animo a cualquier docente o padre a que envíe aquí, a Deseducativos, una lista de las memeces particulares que hayan ido soltando los psicopedagogos de tal o cual centro escolar. Yo (y supongo que otros compañeros) estaré encantado de rebatirlas. Lo digo porque creo que sería buena idea pasar a padres y a alumnos una réplica sensata a las chorradas psicopedagógicas vigentes. Creo que esta actividad podría formar parte de la resistencia diaria para todo aquel que afronte el problema con gallardía. Es nuestro deber hacer pensar a la gente. Es demasiada la confusión que nos aflige.
      Un abrazo.

  19. 1 enero 2011 a 12:00 #

    Un gran artículo como siempre, estimado Antonio. Y como siempre yo podría una vez más estar aquí reflexionando sobre él horas y horas, pero claro, hay que resumir, e intentar ir un poco al grano, aunque desafortunadamente lo que describes no se soluciona fácilmente, porque como siempre digo es tal la maraña de responsabilidades e implicados, que no se puede deshacer en cinco minutos.

    Supongo Antonio, que te habrá llegado de alguna manera una noticia que a mi me parece trágica, y que estoy seguro que a ti particularmente se te habrá clavado como un puñal cuando la leyeras. Me refiero a la noticia de que el Abogado del Estado ha negado a unos padres que tengan el “monopolio” de la educación de sus propios hijos. Lo más sangrante de todo es la motivación de tal decisión que ha tomado la siguiente y escalofriante (seguro que especialmente para ti) forma (sic):

    “Frente a los recurrentes, que sostienen que la asignatura se asienta en el “relativismo moral”, el representante del Estado afirma que “la democracia no tiene que pedir perdón por ser un régimen esencialmente relativista, sanamente relativista”. “La concepción filosófica que presupone la democracia es el relativismo”, dice el abogado del Estado, “que no es más que el otro nombre de su connatural pluralismo ideológico”.”

    Yo cuando leí tal disparate (puesto que no se puede calificar de otra manera) la primera persona en la que pensé fue en ti. Porque fíjate, como se despacha el señor con frases que pueden incluso pasar por razonables. ¿Cómo puede uno resolver tal cosa amparándose en el relativismo moral? Es más, ¿cómo se puede resolver siquiera algo apelando a tal principio? Porque digo yo, si este señor decide por los padres amparándose en el relativismo…¿En qué basa que su decisión debe ser acatada por estos? Si tanto los padres y el abogado del Estado están en el mismo nivel moral…¿Por qué los padres deberían acatar su decisión, o voy más allá, por qué deberían acatar decisión alguna más allá de las suyas propias? Si la opinión del abogado es tan respetable moralmente como la de los padres…¿Con qué derecho éste impone su decisión ante los otros? Tú y yo sabemos la respuesta, pero mucho me temo que la mayoría de la población, para nuestra desgracia, puede llegar a pensar que la decisión es una decisión “justa” o incluso “razonable”.

    En cuanto a muchas de las cosas que dices en el artículo, pues evidentemente llevas una gran razón en ellas. Las que más me preocupan, personalmente, son las que atañen a la motivación de los alumnos para trabajar y estudiar. Y lo digo porque mucho me temo que ese ir “a contracorriente” del que hablan muchos comentaristas aquí, es algo de dificilísimo abordaje en la situación actual. Tan es así, que me repito en lo de siempre: para solucionar lo que está pasando en las aulas, y en la sociedad española en general, no hay que cambiar un par de leyes o sacar un par de decretos: es la sociedad entera la que necesita reformarse de arriba a abajo: las instituciones educativas, la actitud de los padres, la actitud de los niños, el sistema económico, los medios de comunicación, las relaciones laborales, el civismo (o falta de él) la ética imperante…y un larguísmo etcétera.

    ¿Cómo se puede motivar a un niño para que estudie si lo que le transmite implícitamente la sociedad es que el estudio poco influye para “triunfar” en la vida? Y entrecomillo triunfar porque la clase de triunfo y éxito que transmite esta sociedad, es como bien dices en el artículo algo que a la postre, lleva al más completo de los vacíos, y a un hedonismo compulsivo que raras veces puede llevar a la felicidad, y las más, lleva precisamente a lo contrario. Pero como me preguntaba, ¿cómo puede sentirse un niño motivado a estudiar si ve una y otra vez y percibe, incluso por experiencia propia que los que tienen éxito en este país son los toreros, los futbolistas, los concursantes de Gran Hermano, los Concejales ladrones de los Ayuntamientos o los especuladores inmobiliarios, cuyo único mérito es comprar una cosa y venderla por el triple de lo que la compraron? Es más…¿cómo puede convencerse a un niño de que por ejemplo, estudie idiomas, si luego nuestro propio presidente Zaplatero da bochornosos espectáculos no entendiendo dos frases seguidas en inglés? ¿Cómo puede motivarse a un niño para que estudie si los ministros, ministras y menestras en algunos casos ni siquiera han llegado a cursar estudios universitarios (y eso con suerte)? En una sociedad en la que en la práctica, se condena al excelente…¿Cual puede ser el papel del excelente dentro de ella, más que el cinismo o la huída?

    Y cuando ese niño o adolescente, salga del sistema educativo, ¿cómo le motivaremos para que se convierta en un trabajador que aporte valor a su empresa y sea productivo? ¿Cómo puede estar motivado un trabajador que sabe que puede ser despedido en cualquier momento por motivos imputables a “los mercados”? ¿Cómo puede implicarse un trabajador con una empresa que sabe que cuando que por cualquier circunstancia, muchas veces ajena al propio trabajo, las cosas se pongan feas solo recibirá una patada en el culo y una mísera indemnización? ¿Cómo puede estar un trabajador motivado para esforzarse cuando una y otra vez ve que los que ascienden son los “amigos de” en vez de los más preparados y esforzados? ¿Cómo puede un trabajador obedecer y mostrar respeto a un jefe que lo único que pretende, en demasiadas ocasiones es llenarse los bolsillos y salir corriendo? ¿Cómo puede un trabajador mostrar respeto por un superior con menos formación que él y que está puesto allí “a dedo” por, una vez más “ser amigo de”?

    Es todo el entramado social y de incentivos lo que está fallando, de ahí que la cosa sea de tan complicada solución. Y lo más inquietante de todo: “los de arriba” van a hacer todo lo posible por conservar su posición, lo cual, desafortunadamente implica muchas veces que no haya voluntad alguna de cambiar las cosas. Lo cual a su vez, lleva a lo que está pasando: a hacer el paripe de que se cambia algo, para dejarlo todo igual que estaba. Yo no sé si eso se hace o por incompetencia (que todo puede ser, vistas las titulaciones de los ministros) o por lo que digo, porque no hay voluntad real de cambiar nada.

    En cualquier caso, la realidad es la que tenemos. Cada uno que intente dentro de su pequeño ámbito hacer lo que pueda, ya que parece que los que de verdad podrían hacer algo desde su posición no están muy por la labor que digamos.

    • Raus
      2 enero 2011 a 10:28 #

      Estimado tocayo (cambiosocialya), tiempo hace que nos lamentamos tú y yo del relativismo reinante, reinado que a mí me parece una de las más gruesas raíces de la desolación intelectual creciente. El desierto avanza imparable, y no sólo el relativo al clima.

      Ciertamente, leí la mamarrachada del señor Abogado del Estado con una mezcla de rabia y resignación. Pero no me refiero a la resignación que acata, sino a la que admite lúcidamente que su destino es luchar contra una adversidad inexpugnable. Ya he explicado aquí y en algún otro lado que el relativismo no tiene nada de sano; o es tan sano como lo pueda ser la defenestración de la lógica y su principio de no contradicción. Dice este abogado (del diablo) que “La concepción filosófica que presupone la democracia es el relativismo, que no es más el otro nombre de su connatural pluralismo ideológico”. La reflexión en forma de preguntas que tú haces desbarata, en efecto, la pobre argumentación del luminoso jurista. Si la democracia es pluralismo ideológico sin más, ¿en qué razón nos habremos de basar para decantarnos por una opinión particular? ¿En qué, si todas son igual de válidas? Si todo vale lo mismo, se colapsa el sistema de decisión política: todos no cabemos por la puerta.

      El fundamento de la democracia descansa, en efecto, en la pluralidad de ideas y el diálogo que se establece entre ellas. Pero el diálogo está para lo que está: para buscar la avenencia. Es decir, para ir descartando las ideas erróneas e ir depurando el sistema de elementos extraños a la razón. Como muchas y muy complejas son las cuestiones políticas, es obvio que no podremos imponer una determinada ideología por las buenas: eso sería despotismo. Cualquier hombre razonable sabe que la enorme complejidad de las cuestiones políticas exige su discusión plural. De ahí la necesidad de fundar un sistema político en que la pluralidad de ideas sea posible. Ahora bien, la pluralidad de ideas ha de tener un límite, y ese límite lo establece la misma razón, la lógica. De antemano, sabemos que determinadas expresiones ideológicas no tienen cabida en un marco democrático. Es decir, sabemos que hay muchas ideas desechables por ser manifiestamente contrarias a la razón. Sabemos, por ejemplo, que la ideología del negrero (el que tiraniza látigo en mano al hombre negro) no puede formar parte del Parlamento democrático. Incluir su voz sería un acto de barbarie: un acto ilógico en cuanto que propugna tratar de manera diferente lo que es igual (al que es igual).

      Es decir, la pluralidad ideológica no puede ser infinita, pues sería contradictoria y colapsaría el sistema. De entrada, no es admisible cualquier idea que, a ojos vista, atente contra la razón (el esclavista, el estafador, el genocida… están descartados, no pasan el filtro de la razón). Sólo aquellas ideas que, de entrada, no sean manifiesta y evidentemente contrarias a la razón pueden formar parte de la pluralidad ideológica democrática. Y, como digo, esa pluralidad debe ir reduciéndose en buena lógica a medida que las ideas se discuten o se prueban en el plano empírico. Esto no es diferente a cualquier laboratorio de química y el método científico. Si una idea no funciona, pues trae más desgracias que otra cosa, hay que expulsarla del conjunto de ideas discutibles. Así, por ejemplo, el constructivismo en la escuela ha de ser expulsado del ámbito de lo lícitamente discutible, pues sus efectos son, a ojos vista, irracionales (en tanto que genera muchos males a la enseñanza). El diálogo (como el pensamiento personal) y la misma práctica política han de servir para descartar las malas ideas (ilógicas) y afianzar las buenas o que tal parecen.

      De modo que a este ignorante abogado de la sinrazón hay que decirle que es admisible y deseable un sistema político que defienda una pluralidad ideológica que ESTÉ DENTRO de la RAZÓN. El límite de la pluralidad es la razón. Las ideas claramente irracionales no han de formar parte de dicha pluralidad. Las ideas que, de antemano, no sepamos si son o no racionales por su complejidad, se admiten dentro de la democracia y se discuten y prueban. Se dialoga sobre ellas para ver si son o no lógicas. Cuando se demuestra por medio del razonamiento o de la prueba empírica que no son racionales, esas ideas deben ser combatidas y expulsadas. Tras breve razonamiento, queda probado que este abogado del estado debe ser expulsado de su cargo antes de que nos suponga más carga.

      En fin, Antonio, esto merece un artículo aclaratorio. Muchas cosas quedan en el tintero. Gracias por tus palabras y la atinada reflexión.
      Un abrazo.

      • Jesús San Martín
        2 enero 2011 a 12:28 #

        Querido Raus, el extremo del relativismo lo tenemos en el pensamiento del presidente:

        “”Ideología significa idea lógica y en política no hay ideas lógicas, hay ideas sujetas a debate que se aceptan en un proceso deliberativo, pero nunca por la evidencia de una deducción lógica (…)”

        http://www.elconfidencial.com/con-lupa/zapatero-20110102-6813.html

        Ya sabemos lo que los nazis debatieron, a grandes rasgos, lo mismo que los esclavistas en EEUU, o los conquistadores en América. El otro día, sobre esta misma premisa, le aconsejaba a una lectora que no comprobara la relatividad de su existencia poniéndose delante del metro.

        Este planteamiento encaja en la disertación de que el relativismo está en la escuela como reflejo de nuestra sociedad. Y la sociedad, lógicamente, no se limita a uno de los dos grandes partidos, el otro no le va a la zaga, con ese no hacer, esperando que se desangre el contrincante a costa de nuestra sangre.

        Si hay algo que parecen valorar absolutamente es el poder, todo queda subordinado a esa meta y se vuelve relativo, la cabeza al cuerpo también lo es, y sonrío cuando David acompaña su artículo de la guillotina. Los politicastros ponen las marionetas en el teatro y la Historia las mueve. Julio Cesar, con el poder absoluto, fue cosido, de ahí para abajo cualquiera va a la costurera.

  20. Ania
    1 enero 2011 a 20:24 #

    Lo habéis dicho casi todo. Y muy bién.

    Pero si de lo que se trata es de conseguir que el alumno titule como sea, no podemos dejar vivos esos cártel que permiten prácticas de abandono académico y disciplinario de grupos de asignaturas y de profesorado para que otras “triunfen”-aúque sea salven la cara justito- y poder presentar el informe que vista al rey desnudo.

    Cuando los cártel incluyen direcciones que no dudan en utilizar inspecciones y administración para intimidar al profesor que no acepta participar del fraude y , dichas prácticas les salgan “bién”.-Se traslada a la(s) víctima(s ) y el colectivo-inmundicia, in-comunicatividad escolar o como quiera que se llame al engendro, perdura y va salvando la cara año tras año pues resulta que es un cártel ….de éxito.

    El cártel prepara y consigue que los datos cuadren y el instituto triunfe . Para resaltar el triunfante índice de titulados se perpetra sin pestañear el índice anual de “trasladados” que con su “fracaso”-todo vale para conseguirlo-, contrapuntean año tras año el triunfo del sistemoide.

    . Si no se desenmascara y se connive con el cártel , y el que no lo ve, padres, inspectores – susun corda incluido- es porque no le da la gana de verlo, malamente podremos reformar el sistema educativo.

    Harto difícil para muchos de nosotros mantener la cordura que Raus nos desea pero imprescindible y necesario si queremos tener un año mental y físicamente productivo y saludable( salud).

    Saludos .

    • Ania
      5 enero 2011 a 15:50 #

      Os recuerdo que algún “trasladado”, como el profesor andaluz , ése que después de muerto ha ganado en los tribunales la causa por la que fué expedientado, ya no se encuentra en este mundo con nosotros.

    • Francisco Javier
      7 enero 2011 a 17:02 #

      La proliferación de estudios empíricos estadísticos es inversamente proporcional a la capacidad de pensamiento de la sociología actual, así como de la generalidad de animales de departamento de Universidad. Personalmente desconfío de todo tipo de encuestas y “análisis” de campo, casi siempre tendenciosas y sometidas al imperio de la ideología única.

      El que el medio familiar influye decisivamente en la educación de los niños es algo tan evidente que no creo que sea necesarios estudios científicos para mostrar semejante obviedad. En un hogar en el que hay estanterías repletas de libros, se escucha buena música, los padres leen, llevan a sus hijos a las bibliotecas, museos, les financian estudios en el extranjero, etc., las posibilidades de éxito escolar son mucho mayores que las de aquellos pobres niños en los que en sus casa la única posibilidad de acceso a la cultura es la que proporciona Belén Estebán, cuando expresa su tan “original” como ordinaria visión del mundo. Pero eso no quiere decir que el esfuerzo de aprender sea algo intransferible y que precise de una participación activa, responsable y esforzada del aprendiz. Yo, como a casi todas las personas de cierta edad, no recibí nunca ayuda de mis padres, entre otras cosas porque no estaban en condiciones de explicarme lo que era un logaritmo, ni el complemento directo, ni a Kant. (Con el atarme los cordones, las cartilla, la hora del reloj, las cuentas, algo colaboró mi madre.) En resumen, que si se me resistía la física, lo que hacía -como todo el mundo- era darle vueltas y vueltas hasta que mis entendederas vislumbraban algo de la luz, o se abismaban en las tinieblas de mi incompetencia. Recuerdo también, que los profesores están para resolver las dudas y en lo que yo llevo visto, la mayoría no suelen poner dificultades para en un recreo o fuera de horario ayudar al alumno (y desde luego en clase, donde los alumnos deben de forma racional exponer sus problemas de comprensión, para que el profe ponga remedio.)

      • Raus
        7 enero 2011 a 17:30 #

        Sí señor, fenomenalmente dicho. Creo que llevas mucha razón al decir lo de la proliferación de estadíticas y la calidad del pensamiento. Obervación muy aguda.
        Y que ahora venga Coleman a decirnos que los alumnos pre-logse no salían mejor formados que los de la logse.

  21. 1 enero 2011 a 22:27 #

    No sé por qué se genera tanto problema con los padres y las AMPAS. Personalmente no soy quien para decirles lo que tienen que hacer, por eso tampoco les dejo que opinen sobre mi tarea diaria. Si su hijo merienda chocolate o choped y si duerme más o menos es tarea suya, no mía. Posiblemente debería exigírseles el carné de padres para poder engendrar un vástago, pero eso tampoco es tarea mía. Mi tarea es ocuparme de ese alumno durante cinco horas, sin que nadie me moleste; y al cabo de un tiempo ofrecer resultados. No insistamos con los padres, la administración y el “Sursum corda”. Yo respondo de mis cinco horas de trabajo y ellos, los padres, si quieren, de sus 19 horas. No es tarea mía fiscalizarlos, en el pecado llevan la penitencia.

  22. 3 enero 2011 a 9:23 #

    Amigo Antonio Raus permíteme una reflexión añadida a tu artículo sobre democracia y relativismo.

    La relación entre el relativismo y la democracia nos es isomórfica. Además habría que matizar lo que se entiende por democracia y lo que se entiende por relativismo. Incluso, podrían ser excluyentes. El relativismo moral y epistemológico entendido estos como la ausencia de criterio moral objetivo y de una verdad objetiva excluye la democracia y nos adentran en la demagogia y la tiranía.

    Si nos acercamos a los orígenes de la democracia en Grecia, veremos que ésta surge de la mano de la filosofía, es decir, del logos. Esto quiere decir algo importante. El pensamiento racional griego que hemos heredado la tradición occidental nace con la intención de explicar el mundo por medio de la razón. Es decir, que considera que el mundo es un cosmos un orden que se rige por la ley, el logos. La tarea de la ciencia es la de descubrir estas leyes. Lo que se desprende de est es que la physus, la naturaleza obedece a leyes intrínsecas, necesarias. Por ello, la naturaleza no es arbitraria ni obedece a la voluntad de los dioses. De esa manera nos vemos libres del mito y la superstición. Cuando surge la democracia en Atenas, ocurre algo parecido. De lo que se trata es que el poder emerge del ciudadano, el hobre libre. El hombre es e que se da a sí mismo la ley, no los dioses, ni el dinero, ni la fuerza. Así, el poder deja de ser arbitrario y alcanza su legitimidad en el pueblo. Bien es cierto que las leyes de la polis son “nomos”, normas producto del acuerdo, la convención; pero, en última instancia, objetivas. Lo del relativismo legó con los sofistas que sobre esta base montaron la retórica y su teoría del relativismo moral y epistemológico, en el que la verdad y el bien se convierten en algo subjetivo. De esta manera, el bien, la verdad y la justicia dependen del discurso. En última instancia, el poder reside en la palabra y ello es lo mismo que decir que en el más fuerte. Por eso la democracia ateniense degenera en demagogia. Y de ahí las denuncias y críticas de Sócrates y Platón. A democracia es el poder del pueblo, que es lo mismo que el poder de los ignorantes.

    Algo similar ocurre hoy en día. El pensamiento posmoderno defiende el relativismo y la irracinalidad. Y este discurso ha calado hondo en la sociedad. Porque se ha confundido el hecho de que las normas, los derechos, las leyes, son conquistas del hombre, con un fundamento histórico-pragmático, nunca absoluto, pero sí objetivo, con la subjetividad de que todo vale o la equivalencia de opiniones y culturas. Esto es un tremendo error porque supone el fin de la democracia en manos de la demagogia y el poder del más fuerte. Si toda opinión es respetable y todas son equivalentes, todo es subjetivo. Ahora bien, alguna triunfará. Y la que triunfa es siempre la del más fuerte, ya sea militar o económicamente hablando. La democracia no puede admitir de ninguna de las maneras el relativismo. Éste, por el contrario, es su fin, su sepultura y la coartada del poderoso. Otra cosa es que la democracia parta del supuesto, necesario, de que nadie tiene la razón. Por eso la base de la democracia no es el relativismo, sino el diálogo, palabra que en griego nos viene a decir que la razón, el Logos, está entre ambos. O, dicho de otra manera, que la razón, el lenguaje es el vehículo que nos lleva y nos une para alcanzar la verdad. Verdad que nunca será definitiva, ni absoluta, pero sí objetiva. El relativismo se convierte en dogmatismo, lo mismo que el absolutismo. Y frente a ello se enfrenta la ironía socrática, el sólo se que no sé nada. O la más actual, de Nicolás de Cusa, Docta Ignorancia. Por eso no se puede defender que la democracia participa del relativismo, ni de un sano relativismo. La democracia defiende la objetividad de las normas y el derecho, así como la universalidad de los valores humanos. Sin universalidad, que es lo contrario de relativismo, no hay posibilidad de democracia. Si no existe un marco general de referencia, no es posible el diálogo. Otra cosa es que a los poderes hegemónicos actuales le interese identificar democracia y relativismo, aunque se diga sano relativismo, porque ésta es la manera de contentar a todo el mundo. De hacer todas las opiniones equivalentes. Dicho de otra forma, es la manera sutil de dominar, de convertir al ciudadano en vasallo. Porque en última instancia el relativismo es la imposibilidad del dialogo, la eliminación del conocimiento y la sabiduría, el triunfo de la mediocracia y la barbarie. La crítica no es nueva, es lo que sucedió con la decadencia de Atenas y lo que Sócrates denunció en su polémica con los sofistas que, salvando las distancias, serían los posmodernos de ahora.
    Un saludo.

    • Ania
      3 enero 2011 a 13:52 #

      Esta reflexión de Juan Pedro al artículo de Antonio Raus sobre las graves implicaciones del relativismo en la escuela en general traspolado y reflejo a su vez de nuestra sociedad en particular me parece esencial y un artículo en sí mismo.

      Hay algunos aspectos que me interesan tan especialmente que me permito entresacar e incluso refundir a mi manera, para-aun a riesgo de redundancia-llamar la atención de los lectores hacia ellos:

      “El relativismo entendido como la ausencia de criterio moral objetivo y de una verdad objetiva excluye la democracia y nos adentran en la demagogia y la tiranía.”

      “El pensamiento posmoderno relativista supone el fin de la democracia en manos de la demagogia y el poder del más fuerte.. . Éste, por el contrario, es su fin, su sepultura y la coartada del poderoso.”

      …La base de la democracia no es el relativismo, sino el diálogo…

      …El relativismo se convierte en dogmatismo, lo mismo que el absolutismo.

      …No se puede defender que la democracia participa del relativismo, ni de un sano relativismo.

      … Sin universalidad( un marco general de referencia) que es lo contrario de relativismo, no hay posibilidad de democracia ni de diálogo.

      …A los poderes hegemónicos actuales les interesa identificar democracia y relativismo, para contentar a todo el mundo, hacer las cosas y opiniones equivalentes para, de forma sutil, dominar y convertir al ciudadano en vasallo.

      …En última instancia el relativismo es la imposibilidad del dialogo, la eliminación del conocimiento y la sabiduría, el triunfo de la mediocracia y la barbarie.

      Feliz año a todos.

    • Raus
      4 enero 2011 a 10:14 #

      Estoy totalmente de acuerdo contigo, estimado Juan Pedro. Puedo decirte que he mantenido largas discusiones con varios filósofos relativistas (valga el oxímoron). Y, en efecto, como bien apuntas, lo que propone el relativista no es otra cosa que la imposición del más fuerte. No es la fuerza de la razón universal lo que triunfa, negada desde el principio, sino la razón de la fuerza. Es una consecuencia inevitable del relativismo. Por otro lado, aboca al conflicto social permanente: puesto que todas las opiniones valen lo mismo, nadie se siente en la obligación de escuchar al otro ni de ceder. El relativismo supone el fin del diálogo, pues diga el otro lo que diga nunca valdrá más que lo que yo diga. Entonces ¿qué sentido tiene escuchar y dialogar? Es abono de la injerencia y del intrusismo profesional. En fin, ya hablaremos más despacio de algo que nos toca tan de lleno.

      • Ania
        4 enero 2011 a 13:22 #

        El relativismo en cuanto a la muerte del diálogo que conlleva es el perfecto abono de la injerencia e intrusismo profesional que nos asola . Estimado Raus, si dieras clase en la Secundaria hoy en día no podrías enunciar mejor ese problema

        Te agradecemos de antemano tu implícita promesa de hablar más despacio sobre el tema y te animamos explícitamente a ello.

        Estás aireando y dando luz a cuestiones silenciadas . Al menos estás contribuyendo a ponerlas en claro para que el colectivo tenga ocasión de ver claro y poner los medios para solucionar los problemas. Al menos lo habrás,-lo habremos- intentado.

        Un abrazo

    • Raus
      4 enero 2011 a 13:51 #

      Gracias, estimada Ania. Para mí es muy gratificante saber que en algo puedo ayudar a enderezar un árbol tan torcido. Tan graticante como aprender de los integrantes y participantes de este foro y, en general, de quienes habéis elegido la nobilísima profesión de enseñar y formar a niños y jóvenes, hoy secuestrada por la turba psicopedagógica. Sí, Ania, hablaré más despacio del relativismo y sus efectos en la escuela.
      Un abrazo.

  23. Tineo
    3 enero 2011 a 11:52 #

    Estimados docentes:
    Como diría el clásico “Je suis désolé’”.
    Resulta que según su docta opinión estoy (estamos) siendo mal/os padre/s.
    Les pongo en antecedentes.
    Con la parejita (ahora adolescentes), nos pasa que tenemos la agenda copada (mal por nuestra parte).
    La niña le tira el ballet español, clase por la mañana en el colegio, por las tardes desde las 17:30 bailoteo en el conservatorio, su madre va a buscarla unas veces a las 20:00 otras a las 21:00.
    El bachillerato….no sé, mejor enseñanza profesional? Una gran duda. Podrá vivir de ello?
    Al niño le tira la natación, clase por las mañanas, por las tardes entreno, dos o tres días por semana incluso de 6:00 a 7:30. Su club es el actual campeón de España. El CAR? De la natación no se vive, no es ni baloncesto ni por supuesto fútbol, alabo los que se enganchan pero…….. de todas formas no he tenido que tomar esa decisión.
    Resulta que estamos liados con ellos todo el día, toda la semana, actuaciones, eventos, competiciones, desplazamientos….etc……..

    ¿QUÉ DEBEN HACER LOS PADRES EN RELACIÓN CON LA ESCUELA?
    1. Educar bien al hijo. Discutir con los niños, además de ridículo e inútil, despoja al adulto de su autoridad.
    (Me encanta discutir con mis hijos, que hagan valer sus puntos de vista, que razonen, la comunicación es lo primero, conozco infinidad de padres que se quejan de falta de comunicación).
    2. No consentirlos ni obsequiarlos de continuo.
    (Vale chicos…..les dan medallas, diplomas, trofeos por conseguir objetivos y nosotros los padres nada…..pues yo les obsequio por conseguir objetivos………faltaría más.)
    3. Ordenar al hijo que respete y obedezca a sus maestros. Hablarle de éstos en términos respetuosos y laudatorios.
    (¿Ordenar el respeto? Mal, el respeto hay que ganárselo y, evidentemente, a mis hijos en un espacio en el que yo no estoy no puedo ordenarles nada. Dirigirse en términos respetuosos, por supuesto. ¿Laudatorios? ¿Va en serio esa propuesta?)
    4. Enseñar al niño a tratar de usted a los maestros (a los adultos en general).
    (Andalostia! Perdón por el exabrupto! Quiere que le tilden de “fascistas” a mis hijos? A mí me gustaría en cambio que los profesores cuando reciben a los padres les trataran de Ud (el próximo que lo haga será el primero) aunque nosotros, la primera vez, sí lo hacemos)
    5. Imponerle un horario razonable para hacer los deberes.
    (Lo siento no puedo imponerlas nada, su agenda está tan cargada que ellos mismos se ponen en marcha para ello)..

    6. Obviamente, no asistirle de la manera que ya ha sido denunciada aquí. La ayuda excepcional es admisible. Lo que no es admisible es que se convierta en norma.
    (Pues que quiere que les diga, me encanta ayudarles, repaso los temas, si piden ayuda para las tareas se la brindo. Si no ayudo a mis hijos………¿a quien voy a ayudar entonces?….Uds no son padres?).

    7. Cuando un alumno haga bien los deberes pero éstos no estén curiosos o limpios, los padres, en colaboración con el maestro, deben exhortar y presionar al muchacho para que los haga con orden y limpieza.
    (Pues yo con que los hagan lo mejor posible me vale, aunque ya se sabe las niñas los presentan mejor).
    8. Los padres deben colaborar con el maestro a la hora de alentar, premiar o sancionar al alumno en casa en función de cómo se porte en la escuela.
    (Ya me gustaría, ya, pero los maestros no suelen comunicarse con los padres, al menos en mi caso)
    9. De suma importancia. El niño no suele ver como una amenaza que le suspendan, ni sirve de mucho sermonearle sobre la conveniencia de estudiar para lograr un buen trabajo el día de mañana. No ve la amenaza pues, en definitiva, él sigue gozando en casa (y en clase) de todos sus privilegios. Para modificar su indiferencia, los padres deben privarle proporcionalmente de esos privilegios domésticos o familiares. De otra manera no se comprometerán con los estudios.
    (La verdad no entiendo el asunto y eso que es de suma importancia)
    10. Los padres no deben tener ni voz ni voto en las juntas de evaluación. Son cuestiones que les interesan, mas no les competen. Deben acatar las decisiones de los docentes, salvo que, como es lógico, haya razones de peso para impugnarlas.
    (Mejor que todo así de claro y lo de las ampas que desparezca, como dato decirles que en la última elección de vocales en el instituto de mi hijo el primer vocal tuvo 30 votos, el segundo 10, el total de alumnos asciende a 470).
    11. Enseñarles buenos hábitos alimentarios.
    (En mi caso los menús no los decidimos nosotros, tanto los profesores como los entrenadores imponen, pero me hago una pregunta los comedores escolares ¿funcionan regularmente?)
    12.Limitarles el uso de los juegos digitales.
    (No puedo, ellos deciden el tiempo que les sobra).
    13. Enseñarles a llevar una vida ordenada y ofrecerles una visión realista de la vida, de modo que aprecien los bienes de que gozan y sepan de la necesidad de esforzarse para conseguirlos.
    (Ellos mismos saben el esfuerzo que es ganar una décima de segundo o un papel principal, yo al contrario intento desmitificar el asunto si no lo consigues hoy siempre tendrás una segunda oportunidad, participar es lo importante, no quiero ser ese padre que agobia).

    14. El papel de los padres es, en fin, educar la voluntad de los hijos y mostrarles la conveniencia y necesidad de reflexionar y ponderar las consecuencias de su conducta.
    (pues mi intención ha sido y será acompañar a mis hijos y ofrecerles apoyo y cariño, que veo que es una palabra que no aparece en ningún sitio y será que la dan por supuesta como el valor en los soldados).

    • Jesús San Martín
      3 enero 2011 a 13:38 #

      Cuando se entra en el cine nadie se gana el derecho a ver la película en silencio, se tiene, lo mismo sucede en clase. No me imagino a los alumnos pegándose entre sí, por el derecho a recibir la clase, lo tienen a priori. Me imagino que a usted le respetan cuando va por la calle, sin necesidad de ganárselo. ¿No es un derecho por ser persona?

      Cuando ha ido a hablar con un maestro, tras saludar habrá comenzado a hablar. Me resulta caro creer que habiendo empezado un tratamiento de usted le hayan respondido de tú. Si quiere ser tratado de usted, cuando lo hacen de tú, no tiene más que pedirlo ¿Lo ha hecho? ¿Conoce algún profesor que exija a los alumnos ser tratado de usted y no les dé el mismo tratamiento?

      Cuando uno lleva a su hijo al médico no le habla mal de sus competencias, porque no seguirá sus consejos y no se curará. Si se habla del profesor ¿El alumno seguirá sus consejos?

      A mí no me vale que el mecánico lo haga lo mejor posible, tiene que hacerlo bien, y el médico no es necesario ponerlo como ejemplo. A la vista de algunas lecturas me pregunto si alguna persona no ha meditado adecuadamente sus ideas o paga por trabajos no realizados. De todas formas, quizá a algún padre le baste con lo que hace su hijo, pero ese hacer puede que sea muy poco para la sociedad en la que se desenvolverá y que le condenará al paro.

      Cuando a una persona le llaman fascista por tratar de usted no se convierte en tal, sólo en burro quien califica. ¿Qué ejemplo encontrará en sus padres aquel hijo que reciba por consejo no tratar de usted para no ser llamado fascista?

      Una cosa es dialogar, donde se exponen los puntos de vista, y otra discutir. No son, ni por asomo, sinónimos. Ni es cariño lo que unos consideras como tal, cuando sólo es malcriar, hay personas que lo confunden, no digo que sea su caso.

      Los consejos valen lo mismo que el aire de las palabras que los transportan, igual que las opiniones de si una persona es buen o mal padre. La solución, a la vuelta de unos años.

      • Raus
        3 enero 2011 a 15:51 #

        Querido Jesús, diversos comentarios deseo contestar en este hilo, aunque no sé si tendré tiempo y ocasión de hacerlo hoy. Te agradezco las muy inteligentes palabras con que respondes a este señor (no me niegues que no “se ha ganado” este término de cortesía) que con tan ponderadas razones nos interpela o, quizá, cita, cual torero a morlaco. Mucho me ahorras, Jesús, con la réplica. Habrá de responder el señor Tineo, a fuer de su refulgente nobleza, de la grave acusación que me hace. Pues grave es decir que, en mi opinión, él (y otros como él) está siendo “mal padre”. Pues, que yo sepa, en el saco de los “malos padres” caben cosas de mucho espanto y reprobación. Se merecen ese despectivo epíteto los padres que, por ejemplo, maltratan o descuidan negligentemente a su vástago. A tales progenitores les encaja bien lo de “malos padres”. ¿Mas dónde he vertido yo acusaciones contra los padres para que esté justificado decir que, a mi juicio, los padres de hoy son “malos padres”? ¿Dónde, si precisamente he repetido muchas veces que andan cargados de buenas intenciones, que se desvelan por sus retoños y los atienden y protegen en exageradas proporciones?

        Pero mira, Jesús, si bien lamento mucho que haya quien se conduzca con tan mala fe y boto entendimiento, también es cierto que me alegro de que se dejen caer por aquí quienes defienden las perniciosas prácticas permisivas, dado que su presencia y sus “razones” justifican mis artículos y los vuestros, y prueba que el retrato que yo hago sobre la confusión paterna reinante no es fruto de mi imaginación o prejuicios, sino que se corresponde fielmente con la realidad familiar y social que tenemos y que nos ha llevado a una situación realmente calamitosa.

      • Jesús San Martín
        3 enero 2011 a 17:47 #

        Querido Raus:
        La gente se sabe la tabla de multiplicar (en base 10), pero lo importante es comprenderla, así no tendrás problemas para trabajar en base 2 ó 16 como hacen los informáticos (en base 2, 2×2=100; en base 16, 16×16=100 y ningún cien ha sido escrito). En clase suelo jugar a la matemática democrática, para probarles que tal cosa no vale: cuando toda la clase ha afirmado que el resultado es correcto demuestro lo contrario; si hubiesen comprendido no habrían afirmado, algunos dudaban pero fueron arrastrados por el número del rebaño. Me temo que este desaguisado viene de una toma de valores relativos al número, es decir, de la opinión de la mayoría, y bien sabemos que la mayoría de ciertos países opina que las mujeres adúlteras deben ser lapidadas. Se construye una escala de valores relativa al número, se confunde la cantidad con la calidad, y si la mayoría piensa que es de fascistas tratar de usted entonces aceptado queda. “Y sin embargo se mueve” aunque todos afirmaban lo contrario.

        Juan Pedro lo indica claramente en sus intervenciones, una y otra vez, se pierde el contexto y las raíces, parece que se acaba de descubrir El Mediterráneo y lo nombramos nosotros: cuando estoy enfermo no vale lo mismo la opinión del doctor que la mía, cuando estoy estudiando valen más las opiniones del maestro que las mías, lo que vale lo mismo es el voto de ambos, a ver si no confundimos; y es fácil no confundir, si tu opinión vale tanto o más que la mía ¿por qué vienes a perder el tiempo escuchándola en clase?

        Donde va una van todas, y todas acaban en el mismo sitio: el matadero.

    • Raus
      4 enero 2011 a 19:39 #

      Aun a riesgo de repetir buena parte de los argumentos de nuestro amigo Jesús San Martín, paso a responder al señor Tineo con algún pormenor. No porque crea que las esperpénticas sandeces que ha soltado sean acreedoras de particular atención, sino porque, por desgracia, la manera de pensar de ese hombre es compartida, en diferentes grados, por buena parte de la población; y porque, sin duda, todas esas tonterías aquí desparramadas por este paladín del colegueo paterno, la sobreprotección y la permisividad hogareñas son las que han destrozado la escuela, cuya cabeza está hoy regida por quien carece de ella. ¿A qué extremos de fanatismo hemos llegado para que haya quien asocie el trato de usted con el fascismo? ¿Somos capaces de entender a donde alcanza el disparate y el esperpento nacional?

      Pienso que Ana Belén lleva razón. Por algo Alemania y Japón son países punteros. Por cierto, he oído en el telediario que Alemania ha batido recientemente el récord de creación de empleo. Por algo será. Y lo es porque tienen algo más claro que nosotros que los niños deben ser educados en el respeto a sus mayores, porque sin ese respeto ninguna sociedad puede avanzar ni progresar más de lo que un niño puede avanzar por sí solo. Y porque tienen claro que la ignorancia no trae más que miseria. En todos los sentidos.

      Voy con Tineo. Empieza usted, señor Tineo, manifestando su aprecio por los docentes con ese “Estimados docentes”. ¿De verdad los estima o sólo era broma? No es preciso que me conteste: ya sabe usted lo que es una pregunta retórica.

      Luego pasa usted a contarnos lo mucho que se preocupa de sus hijos adolescentes, sus muchas actividades y las preocupaciones y dudas que le ocasionan. Y se va haciendo preguntas sobre tan ardua cuestión (a lo moderno, por cierto; esto es, sin abrir el signo de interrogación. Así, con la mutilación, queda más juvenil, más fresco el texto). Y con todo ello supongo que me quiere hacer ver lo buen padre que es usted. Le felicito por su nivel de comprensión lectora, señor Tineo, pues ha debido usted entender que yo tachaba a los padres de hoy (una gran parte se entiende) como “malos padres” por no estar preocupados de sus hijos ni hacerles caso, cuando, precisamente, lo que denuncio es que se ocupen en exceso de ellos, que los hiper-protejan y no les dejen madurar y crecer. Pero eso no los convierte en “malos padres”, sino en padres errados y confundidos. Es distinto.

      Dice usted: “Me encanta discutir con mis hijos, que hagan valer sus puntos de vista, que razonen, la comunicación es lo primero, conozco infinidad de padres que se quejan de falta de comunicación”

      – ¿Qué edades tenían sus niños cuando empezó a discutir tan fructíferamente con ellos? ¿2, 3, 4 años? ¿Cuándo descubrió usted que sus niños podían discutir con usted de igual a igual? Imagino que muy pronto.

      Dice usted: “Vale chicos…..les dan medallas, diplomas, trofeos por conseguir objetivos y nosotros los padres nada…..pues yo les obsequio por conseguir objetivos………faltaría más.”

      – ¿Y los padres “nada”? De nuevo le felicito por su inabarcable capacidad de comprensión, porque lo que yo he dicho es que “no (hay que) consentirlos ni obsequiarlos de CONTINUO”. Consentirlos nunca. Obsequiarles materialmente, en ocasiones muy señaladas, pero no de continuo. Ese “no de continuo” lo traduce usted por “los padres…nada”.

      – Por otro lado, ¿es bueno que les den tantos obsequios y trofeos? Me pregunto qué objetivos consiguen nuestros niños para merecerlos en tal cantidad, pues, si de deportes hablamos, mucho me temo que a la mayoría le sobra peso como para hacer nada memorable, y si hablamos de lo académico mejor no seguimos.

      Dice usted: “¿Ordenar el respeto? Mal, el respeto hay que ganárselo y, evidentemente, a mis hijos en un espacio en el que yo no estoy no puedo ordenarles nada. Dirigirse en términos respetuosos, por supuesto. ¿Laudatorios? ¿Va en serio esa propuesta?”

      – No lograré nunca ponderar sus dotes lógicas, señor Tineo, que con tan buen pulso muestra aquí, ni lograré entenderlo, pese a su manifiesta perspicuidad. Primero sentencia que “el respeto hay que ganárselo” y, dieciocho palabras después, dice que hay que “dirigirse en términos respetuosos, por supuesto”. ¿Cómo deshacemos el entuerto? ¿Usted les habla de los docentes a sus hijos en términos respetuosos o les pide que los empleen al dirigirse al maestro? ¿Pero no habíamos quedado en que son éstos, los docentes, quienes se deben ganar el respeto del niño?

      – Si usted lleva a su hijo de, digamos, seis años al médico, ¿le ordenará que guarde silencio en la sala de espera por respeto a los demás pacientes y al médico, que necesita trabajar con tranquilidad o, más bien, le pedirá usted a los demás y al facultativo que se ganen el respeto del niño para que éste se digne guardar silencio?

      – ¿Y por qué no laudatorios, señor Tineo, cuando gracias a los maestros ese niño suyo llegará a ser algo en la vida, profesionalmente hablando? ¿Y por qué no laudatoriamente si gracias a los docentes su hijo será desasnado y dotado de cierta capacidad lógica y crítica? Si a colación viniese, yo también le hablaría a los niños laudatoriamente de los mineros, los pescadores, los médicos, las parturientas, los barrenderos, los abogados o los ingenieros… ¿Y por qué no intentar que el niño repare en que esas profesiones (y otras) satisfacen importantes necesidades humanas y que detrás de cada bien que disfrutamos se esconde la esforzada labor de un semejante? ¿No es propio de padres civilizados tratar de que el hijo aprenda a ser agradecido con la labor de los demás?

      Dije: “Enseñar al niño a tratar de usted a los maestros (a los adultos en general)”.
      Dice usted: “(Andalostia! Perdón por el exabrupto! Quiere que le tilden de “fascistas” a mis hijos? A mí me gustaría en cambio que los profesores cuando reciben a los padres les trataran de Ud (el próximo que lo haga será el primero) aunque nosotros, la primera vez, sí lo hacemos”

      – ¡Oh, sí, amigo, de usted! Veo que usted me trata de usted. ¿Acaso es usted un fascista? Vaya, qué curioso, qué conmovedor: un señor padre que encuentra lógico dar trato de usted a otro adulto (yo), pero que, mira por dónde, no encuentra lógico que un niño trate de usted a un adulto. Todo muy lógico.

      Dice usted: “Lo siento no puedo imponerlas nada, su agenda está tan cargada que ellos mismos se ponen en marcha para ello”

      – En tal caso, la recomendación no era para usted. Usted sabrá disculpar esta mi torpeza de no haber adivinado que sus hijos, adolescentes, no necesitan que se les imponga horario para hacer los deberes. ¡Cómo no habré caído! Si lo hubiese sabido adivinar, bien sabe el cielo que no habría puesto esa sobrante recomendación. La próxima vez le prometo consultar con la bola de cristal. Salgo a comprarla.

      Dice usted: “Pues que quiere que les diga, me encanta ayudarles, repaso los temas, si piden ayuda para las tareas se la brindo. Si no ayudo a mis hijos………¿a quien voy a ayudar entonces?….Uds no son padres?”

      – No se olvide de sentarse al lado de su hijo en el examen y de echarle una mano cuando tenga alguna duda. ¿Eh, como dice? ¿Que ahí no le permiten ayudarle? Bueno, es el colmo: qué fascistas.

      – Lamento, señor Tineo, que sus hijos no sean capaces de resolver solos los deberes. Otrora sí fuimos capaces de hacerlos solos (usted no sé), y le aseguro que eran mucho más difíciles que los que les ponen ahora.

      Dice usted: “Pues yo con que los hagan lo mejor posible me vale, aunque ya se sabe las niñas los presentan mejor).”

      – Con que lo intenten, vaya. Pues como dice mi amigo Jesús San Martín: cuando lleve el coche al taller, con que el mecánico se haya esforzado en arreglar la avería será suficiente para que usted acoquine… aunque el coche no rule.

      Dije yo: “Los padres deben colaborar con el maestro a la hora de alentar, premiar o sancionar al alumno en casa en función de cómo se porte en la escuela.”
      Usted responde: “Ya me gustaría, ya, pero los maestros no suelen comunicarse con los padres, al menos en mi caso”

      – Ellos se lo pierden: con la estima que siente usted hacia ellos…

      Dije: “De suma importancia. El niño no suele ver como una amenaza que le suspendan, ni sirve de mucho sermonearle sobre la conveniencia de estudiar para lograr un buen trabajo el día de mañana. No ve la amenaza pues, en definitiva, él sigue gozando en casa (y en clase) de todos sus privilegios. Para modificar su indiferencia, los padres deben privarle proporcionalmente de esos privilegios domésticos o familiares. De otra manera no se comprometerán con los estudios”.
      Dice usted: “(La verdad no entiendo el asunto y eso que es de suma importancia”

      – Querrá usted decir que “no lo entiende, y eso que es muy fácil”. No por importante ha de ser fácil de entender. Aunque sí lo es en este caso.

      Dije: “Los padres no deben tener ni voz ni voto en las juntas de evaluación. Son cuestiones que les interesan, mas no les competen. Deben acatar las decisiones de los docentes, salvo que, como es lógico, haya razones de peso para impugnarlas.”
      Dice usted: “Mejor que todo así de claro y lo de las ampas que desparezca, como dato decirles que en la última elección de vocales en el instituto de mi hijo el primer vocal tuvo 30 votos, el segundo 10, el total de alumnos asciende a 470).”

      – Usted lo ha dicho.

      – Gracias por la información numérica. Inestimable.

      Dice usted: “En mi caso los menús no los decidimos nosotros, tanto los profesores como los entrenadores imponen, pero me hago una pregunta los comedores escolares ¿funcionan regularmente?)”
      – Ah, vale, que sus hijos no comen nunca en casa. Los niños que se inflan a patatas y hamburguesas en su casa o en los bares lo hacen por imposición de maestros y entrenadores. No lo sabía.

      Dije: “Limitarles el uso de los juegos digitales”.
      Dice usted: “(No puedo, ellos deciden el tiempo que les sobra”

      – Ellos son perfectamente autónomos por lo que veo, por más que, eso sí, los pobres no son capaces de hacer los deberes solos.

      – ¿De verdad son ellos quienes deciden el tiempo que les sobra? ¿Quiere usted decir que sus hijos van voluntariamente al colegio? ¿No será que se lo impone usted, caballero; o que, al menos, alguna vez hubo de imponérselo? ¿Y los demás niños de las demás casas? ¿Deciden ellos ir al cole voluntariamente? No sé yo, no sé yo… ¿Vale hacer apuestas con dinero de por medio?

      Dice usted: “Ellos mismos saben el esfuerzo que es ganar una décima de segundo o un papel principal, yo al contrario intento desmitificar el asunto si no lo consigues hoy siempre tendrás una segunda oportunidad, participar es lo importante, no quiero ser ese padre que agobia”

      – Por lo que veo usted sólo está para hacerles los deberes.

      – Tranquilo: es usted un padre chachipiruli, un colega-padre. Enhorabuena.

      Dije: “El papel de los padres es, en fin, educar la voluntad de los hijos y mostrarles la conveniencia y necesidad de reflexionar y ponderar las consecuencias de su conducta.”
      Dice usted: “pues mi intención ha sido y será acompañar a mis hijos y ofrecerles apoyo y cariño, que veo que es una palabra que no aparece en ningún sitio y será que la dan por supuesta como el valor en los soldados”

      – En efecto, el cariño paterno lo doy por supuesto.

      – Si su hijo hace una trastada (bueno, los suyos no, que son modélicos desde la cuna por lo que veo), ¿usted no se encarga de enseñarle las consecuencias y de que debe responsabilizarse de sus actos?

      – Cambiemos la recomendación: si su niño se burla de otro niño porque está cojo (sirva de ejemplo), acompáñelo y ofrézcale apoyo y cariño (al hijo burlón digo, no al cojo, no nos confundamos).

      • Jesús San Martín
        4 enero 2011 a 20:44 #

        ¡Para que luego nieguen la utilidad de la clase magistral! ¡Soberbio! Recibe mis felicitaciones, por una clase, que hasta escrita parece escuchada.

      • Raus
        4 enero 2011 a 21:16 #

        Gracias, Jesús. Lo malo es que, me temo, la lección no será aprendida por quienes más necesidad tienen de entenderla.
        Un abrazo.

      • Polícrates
        4 enero 2011 a 21:50 #

        “Por lo que veo usted sólo está para hacerles los deberes.”

        Impagable.

      • Jesús San Martín
        4 enero 2011 a 22:04 #

        Acabará calando, no te preocupes. Conocerás “Psicología de las masas” de Le Bon, creo que estamos en las circunstancias descritas en la obra, y que responde a la pregunta de Ana Belén. Nadie se ha propuesto terminar con las normas básicas de respeto, ni se ha orquestado una campaña contra los docentes, sencillamente ha ocurrido por el comportamiento de las masas que caracteriza al ser humano (incluidos nosotros). La transición llevó a denostar el tratamiento de usted, mientras que la psicopedagogía ha traído unas ideas que por prometer duros a pesetas se han seguido, además de que al adornarse de antiautoritarismo se realimentaban en el mismo círculo vicioso que desprecia la cortesía: un mal entendido antifascismo. El resultado ha sido un mar de fondo, que determina la escala de valores, pero no son valores pensados, sino de masa, de borrego, todos los peces nadan con la corriente, sólo los muy fuertes pueden remontarla. El comportamiento es irracional, pero parece racional, porque todo el mundo lo adopta. Nadie cree, ni ve, que se esté haciendo nada incorrecto, no hay maldad, es sencillamente estupidez humana, pero que en las manos de locos produce genocidios: en la Alemania nazi o en la España de La Inquisición. Creo que era Baltasar Gracián quien decía, que la gente se vuelve loca de golpe y cuerdos de uno en uno, y de uno en uno vendrán a leer tu carta: tiempo. Lamentablemente, los comportamientos descritos no serán los peores comportamientos de masa que veremos en el futuro próximo. ¡Ojala no nos manchemos de rojo, ni mucho, ni poco! ¡Qué todo quede en rifirrafes verbales y dinero perdido!

      • Raus
        5 enero 2011 a 11:14 #

        Perdón por el gazapo: donde dije “parturienta”quise decir “partera”.
        Pues ojalá cale el mensaje que en este blog se está lanzando, Jesús. Lo sorprendente es lo actuales y familiares que nos resultan las descripciones de Le Bon. Lo que está por ver, creo yo, es si la bola de nieve que corre para abajo puede o no pararse, porque, quién sabe, quizá con tanta psicología de masas ya se haya alcanzado la “masa crítica” (más bien la “masa acrítica”) de una irracionalidad irreversible, ya me entiendes. Que las masas vuelven a la cordura es cosa cierta, ¿pero a qué costa? Si es sólo de tiempo y dinero, firmo donde sea, pero no las tengo todas conmigo. Hay que tener en cuenta, pienso, que no debemos confundirnos con la creencia y la esperanza de que “cuando toquemos fondo”, reaccionaremos, pues la degradación de una sociedad no tiene fondo, como no lo tiene la irracionalidad, o tiene un fondo demasiado truculento y oscuro como para poderlo asumir. En fin, sólo estoy conjeturando. El tiempo dirá. Nosotros no podemos hacer más intentar oponer toda la resistencia racional que podamos.

      • Ania
        5 enero 2011 a 15:44 #

        Creo que son esos hijos de Timeo los que te dicen que estés tranquilo, que “no le había importado estudiar para el examen la tarde anterior porque se había suspendido el entrenamiento” de…O que “no le cuesta nada leerse el libro “, porque no tiene otra cosa que hacer, que si no lo ha hecho en fecha es porque no se lo has pedido personal y cariñosamente en su individual orejita …Que ellos te hacen el favor de hacer las tareas personalmente, por ser tú, y “no les cuesta nada” que si no…vas fresco. Es que cualquier prueba que hagan es “un favor al profe” que pueden elegir hacérselo o no -los profesores que no sean cariñosos o carismáticos como dicen los sicopedagogos- orientadores enloquecidos que se vayan olvidando- La monda oye . La repanocha ¡¡Es que…!!

      • Tineo
        7 enero 2011 a 11:27 #

        Coleman, J. S. (1988). “Social Capital in the Creation of Human-Capital.” American Journal of Sociology 94: S95-S120.
        Crosnoe, R. (2004). “Social capital and the interplay of families and schools.” Journal of Marriage and the Family 66(2): 267-280.
        Farrell, A., C. Tayler, et al. (2004). “Building social capital in early childhood education and care: an Australian study.” British Educational Research Journal 30(5): 623-632.

        http://obrasocial.lacaixa.es/StaticFiles/StaticFiles/f0e90d9e7c8ef010VgnVCM1000000e8cf10aRCRD/es/es05_c4_esp.pdf

        La influencia de la implicación de los padres
        en el rendimiento escolar

        Como conclusión a este apartado, aportamos una mínima evidencia sobre la discusión acerca de los efectos del capital social familiar en el rendimiento escolar de los niños, en la línea de los argumentos de Coleman expuestos en el capítulo II. Para Coleman, el capital social es, en síntesis, aquella cantidad de confianza susceptible de ser convertida en un rendimiento económico, de status o educativo, que se acumula en las relaciones interindividuales y depende de las características de éstas.
        Al hablar de capital social familiar, Coleman extiende, quizá en exceso, el concepto a las relaciones dentro de la familia, para afirmar, por ejemplo, que a igualdad de capital humano (nivel educativo de los padres, nivel social de los padres), un niño puede obtener mejor rendimiento escolar que otro debido a que las relaciones en el seno de su familia le permitan acumular más capital social. Coleman habla en concreto de madres que ayudan a sus hijos en los estudios. Nuestra encuesta contiene una variable similar: «frecuencia de ayuda a la hora de hacer los deberes». En general, esta variable se asocia negativamente con el número de suspensos que obtiene un estudiante de ESO: los hijos de los padres que les ayudan muchas, bastantes o algunas veces suspenden 1,47 asignaturas, una media algo inferior a la de 1,96 de quienes sólo se ven ayudados pocas veces o ninguna (no hay relación con la variable equivalente para los estudiantes de primaria).
        El status de la familia se relaciona también negativamente con esa variable de rendimiento: cuanto mayor el nivel, menos suspensos. El efecto de la ayuda paterna seguramente opere en dos niveles de status, el medio alto y el medio bajo/bajo, pero las diferencias de medias sólo son significativas en este último (cuadro 4.48). En este caso, es notable el cambio que supone que los padres se impliquen personal y directamente en la educación formal del hijo en el hogar (de 2,98 suspensas a 1,76). Se puede decir que esa implicación de los padres sirve para superar los límites que pone el punto de partida del nivel social en que se nace, al menos como para alcanzar la media del nivel inmediatamente superior.
        Sin embargo, donde queda meridianamente claro el efecto de esa forma de «capital social» es en su asociación con el hecho de que un estudiante haya repetido curso o no (cuadro 4.49). Por lo pronto, la variable «ayuda en los deberes» es la que muestra una asociación más fuerte con la repetición de curso, y esa asociación se mantiene aunque distingamos grupos de status o de nivel de estudios. Por ejemplo, entre los niños y jóvenes cuyos padres ni siquiera completaron los estudios primarios, han repetido el 22% de quienes reciben menos ayuda, y sólo el 8% de quienes reciben más (porcentaje menor que el correspondiente al nivel de estudios inmediatamente superior).
        Algo así sucede para cada nivel de estudios, de manera que, teniendo en cuenta sólo estas dos variables, la más relevante para explicar el rendimiento (medido en términos de ausencia de cursos repetidos) es la de capital social, y no la de capital humano.

        http://obrasocial.lacaixa.es/StaticFiles/StaticFiles/fc6f75cd4a2ef010VgnVCM200000128cf10aRCRD/es/es05_esp.pdf

        Unos padres se ocupan más de complementar la educación formal de sus hijos y otros menos. Unos montan a sus hijos en el carrusel de las actividades extraescolares (o se dejan embarcar por éstos); como regla general, ese embarque, especialmente en algunas, va asociado a un rendimiento escolar por encima de la media. Otros prácticamente no lo hacen. Por otra parte, unos se implican más en la ayuda a sus hijos en casa, al hacer los deberes, al tomarles la lección, al leer con ellos, y otros no lo hacen tanto. Los que lo hacen, especialmente los de status socioeconómico por debajo de la media, consiguen que sus hijos superen a lo largo de su historial escolar (por ejemplo, repitiendo menos) los límites que marca el capital humano que es su punto de partida (el nivel educativo de sus padres). Quienes no lo hacen, no los superan. Por último, unos hacen de pedagogos, acompañando a sus hijos a disfrutar y aprender con representaciones teatrales o musicales, de lo cual obtienen éstos un rédito. Otros no lo hacen.

        http://obrasocial.lacaixa.es/StaticFiles/StaticFiles/f0e90d9e7c8ef010VgnVCM1000000e8cf10aRCRD/es/es05_c2_esp.pdf

        Los cambios reseñados parecen apoyar la idea de que la familia ha perdido peso como agente de educación en favor de otras instancias, como la propia escuela (y las guarderías), los medios de comunicación y los amigos de los niños y los jóvenes. Con frecuencia, se enfatizan los efectos negativos de este fenómeno y se resalta que el debilitamiento de la institución familiar es el gran responsable de buena parte de los problemas a los que se han visto sometidos los sistemas educativos en las últimas décadas. Por ejemplo, Juan
        Carlos Tedesco (un experto en educación de la UNESCO) afirma que se ha producido una disociación entre la familia y la escuela, porque los niños llegan a esta última con un núcleo de desarrollo de la personalidad caracterizado bien por la debilidad de los marcos de referencia, bien por que tales marcos son distintos a los que la escuela sostiene. Sobre estas premisas, en realidad muy débiles, Tedesco construye un argumento según el cual antes la escuela era una continuación de la familia en lo que se refería a la socialización moral y los estilos de vida, en el sentido de que en ambas instituciones regían las mismas categorías, tanto en términos de valores como en la aceptación de la jerarquía y la disciplina, mientras que, en la actualidad, la familia habría experimentado un cambio mucho mayor que la escuela, porque en la primera se habrían consolidado otros principios, como una relajación de la disciplina o un mayor respeto a la diversidad y la elección individual, lo que chocaría con el formalismo y el tratamiento indiferenciado que se daría a los alumnos en la escuela (Tedesco, 1995: 44-45).

      • Jesús San Martín
        7 enero 2011 a 13:20 #

        Lo que se transcribe es parte del pdf referenciado, no los artículos previos.
        En el pdf falta la muestra sobre la que se ha realizado el estudio, por lo que no se puede deducir nada. No obstante, en el pdf se advierte “No pretendemos un análisis exhaustivo en cada una de esas dimensiones.” “aportamos una MÍNIMA evidencia sobre la discusión”, evidentemente, puesto que no es un estudio serio y formal. Razón por la que se encuentran expresiones como: “…. Coleman extiende, QUIZÁ”, “…El efecto de la ayuda paterna SEGURAMENTE opere…”, “unos se implican MÁS …. y otros NO LO HACEN TANTO”. Creo que es suficiente para darse cuenta de la no validez de las deducciones del trabajo, ni siquiera MINÍMAMENTE como en él se advierte.
        Cualquiera de las palabras reseñadas en mayúscula sería suficiente para que el comité editorial rechazara un artículo, no digo ya nada de los referees.

        No olvidemos que los espurios datos aportados sólo se refieren al tema de la ayuda en casa, no al resto de temas tratados en el artículo de Raus.

      • Raus
        7 enero 2011 a 16:21 #

        Gracias, amigo Jesús, por reparar en esas debilidades metodológicas. Tu formación y talento científico son inestimables.

        Ya va quedando más claro quién es aquí el que considera que los padres españoles “están siendo malos padres”. La lógica lo esclarecerá. Porque, veamos:

        PRIMERO:
        1º. ¿Cómo es nivel académico de los alumnos españoles? Pésimo.
        2º. Según Coleman la ayuda de los padres en los deberes del hijo es importante para evitar el fracaso académico.
        3º. Por tanto, se deduce que los padres españoles no ayudan gran cosa a sus hijos a hacer los deberes.
        4º. Es decir, el señor Tineo está diciendo (con Coleman) que el fracaso de los alumnos españoles es debido en parte a que los padres se desentienden de sus hijos y no les ayudan en los deberes. En sus propias palabras: “Están siendo malos padres”. Lo que yo digo es que, en muchos casos, lo que hacen los padres es comprometerse demasiado con los deberes de sus hijos. Lo que nos dice el señor Tineo es, se deduce, lo contrario: que el fracaso se debe (en parte) a que los padres se desentienden de los hijos. Repárese bien en la diferencia de lo que uno y otro decimos para ver quién está acusando a los padres de ser malos padres.

        SEGUNDO:
        El estudio está viciado desde el principio. Lo digo por una SENCILLÍSIMA razón: si un sistema de enseñanza evalúa numéricamente la calidad de los cuadernos y deberes (hasta en un 20% de la nota final), NO tiene nada de particular que los alumnos que no son ayudados por sus padres acaben teniendo peores resultados académicos que aquéllos que sí reciben ayuda de sus padres. Al recibir la ayuda paterna, consiguen elevar (falsamente) la nota muy SUSTANCIALMENTE. Esto es DE CAJÓN. ¿Lo tuvo en cuenta Coleman?

        Los alumnos que yo llevé en aquel curso en que ellos debían hacer solos sus deberes, TAMBIÉN experimentaron un BAJÓN en sus notas mientras duró el curso. Claro, no te fastidia: como que no podían competir con las notas que sacaban ellos mismos cuando eran ayudados por sus padres; ni competir, obviamente, con las notas que sacaban los alumnos que no hicieron el curso y que seguían recibiendo la ayuda de sus padres.
        Sólo este “detalle” es suficiente para invalidar ese estudio.

        ¿Qué comparaciones habría que hacer, entonces? Pues hombre, comparar un sistema de enseñanza en que los padres no ayuden a sus hijos a hacer los deberes con un sistema en que sí lo hagan. Así, por ejemplo, podemos comparar el nivel académico de los alumnos de antes de la LOGSE, cuando los alumnos hacían (hacíamos) los deberes solos (en general) y el nivel académico de los alumnos después de la LOGSE, donde sí se evalúa el cuaderno y muchos padres ayudan a sus hijos a hacerlos. Ese es el tipo de comparación que vale. Y si alguien se atreve a decir que el nivel de ahora es mejor que el de antes de la LOGSE, apaga y vámonos.

        TERCERO:
        Pero si de lo que se trata es de citar poner sobre la mesa el testimonio o la investigación de algún estudioso, no hay problema: yo opongo a lo que dice Coleman y otros lo que dice sobre la cuestión el reputado Robert. J. MacKenzie en su “Poner Límites”, que es justo lo contrario a la conclusión de Coleman, y que yo ya he expuesto largamente en los artículos. Si alguien desea que lo trascriba literalmente, algún extracto transcribiré, pues le dedica al asunto un artículo (“la danza de los deberes”) que, obviamente, no puedo reproducir en su totalidad.

        Estoy dispuesto a escuchar críticas serias, pero ésta no lo es.

  24. Maximiliano Bernabé Guerrero
    3 enero 2011 a 16:10 #

    Señor Tineo:
    Tratar a alguien de usted no es fascista. De hecho, una de las primeras cosas que hicieron los fascismos fue suprimir el “usted” en los tratamientos administrativos. En Italia, ya en la década de 1920. En España, la retórica falangista siempre abominó del “usted”. En “Los Nacionales” de Francisco García Pavón se refleja esto de forma admirable, y con una prosa excelente.

    • Raus
      3 enero 2011 a 16:42 #

      Notable apunte, querido Maximiliano. La eliminación de la cortesía ante el mérito o la diferencia es simple barbarie. Eso es el igualitarismo. Y lo de “ganarse el respeto”, el principio de la selva. Veis, conmigo, que todo esto supone la aniquilación del estado de derecho, pues al igual que, según estos preclaros, el respeto hay que ganárselo, tambén la (presunción de) inocencia habrá de ser ganada por el sujeto. Por esta regla de tres, digamos que la inocencia hay que ganársela. ¿Cuál es la explicación psicológica que lleva a estos señores a decir que el respeto hay que ganarlo? Pues que ellos presumen que el docente no es inocente y, que, por tanto, como el reo ante la prueba de ordalía, debe probar su inocencia. Estimados amigos, ya no partimos de una situación de buena fe en que se admite de antemano la respetabilidad mínima y esencial del otro, sino un estado de delación en que el otro es el enemigo y presunto culpable que ha de hacer algo para limpiar la sospecha que sobre él recae. Esto, como digo, es contrario a las maneras y normas con que se conducen las sociedades democráticas, las sociedades que se rigen por el sagrado principio de presunción de inocencia. Estos preclaros han acabado fundando un estado invertido según el cual el otro es, de entrada, el enemigo. Nada puede extrañarnos, entonces, las condiciones de humillación a que se somete o quiere someter al docente… hasta que demuestre su inocencia.

      • Francisco Javier
        3 enero 2011 a 18:01 #

        Lo más grave del asunto es que eso de “ganarse el respeto” ha calado hondo en la vida de los centros con consecuencias desastrosas para muchos docentes, que han sido víctimas de este despropósito. No sólo muchos padres y alumnos, sino incluso mucho colegas han caído en el error – con una notable ausencia de empatía y de solidaridad. Y es así como muchos profesores, absolutamente correctos y merecedores de todo respeto, pero -¡aquí está la madre del cordero!- que “no han sabido adaptarse al entorno de las aulas en los tiempo nuevos” (LOGSE y lo que vino), han sido sometidos a un trato vejatorio por parte de los alumnos (con la connivencia frecuente de sus progenitores), sobre la base de que no sabían hacerse respetar. ¿Y qué es eso de no saber hacerse respetar? Pues ya sabemos: sus clases son muy aburridas, no reacciona, es raro, es antiguo, ¡no sabe imponerse! (es decir: no es autoritario), castiga poco (¿cuántas veces me habrán dicho en clase: “profe, tienes que ser más duro, castiga, expulsa,…”?) El respeto, a ver si de enteran de una vez, es un principio incondicional, no hay que ganárselo. Y si el niño se aburre, pues que lo lleven al circo. Si esto no somos capaces de entenderlo es que algo no funciona.

  25. 3 enero 2011 a 20:23 #

    Después de unos días desconectado, se encuentra uno con este estupendo artículo de Antonio Gallego Raus. Luego de una lectura inicial, suelo imprimirlo ( ahora con permiso expreso del autor), porque aún disfruto más con la lectura en papel del artículo y sus comentarios. Mis felicitaciones para Antonio y mis mejores deseos para todos los que hacéis posible este espacio de libertad.

    • Raus
      4 enero 2011 a 4:07 #

      Un placer tenerte de nuevo por aquí, José Antonio. Haz cuanto desees con el artículo. Me alegro de que te guste.
      Feliz año, amigo. Un abrazo.

  26. Ana Belén
    4 enero 2011 a 15:31 #

    Hola,

    le ha quedado la cabeza descansada al señor Tineo con su comentario acerca del tratamiento de usted. Pero, ¿cómo se ha llegado a tener esas ideas en este puñetero país? tal comentario es, en mi opinión, una simple muestra de mala educación y ninguna consideración hacia el prójimo (cosa que queda clara en alguna otra afirmación como la del respeto). Sepa usted que en Alemania es norma y obligación el tratamiento de usted ya a partir de la adolescencia. Lo mismo en Francia. En Japón es impensable dirigirse a un profesor en los términos que vemos aquí. Nadie se cuestiona esa demagógica cuestión de “el respeto hay que ganárselo”. Es más, los alumnos se levantan cuando entra el profesor en el aula. Lo que yo daría por que algún día lleguemos a disfrutar aquí de sistemas educativos como los suyos. Seguiré soñando con ello. Y por si alguien me va a responder diciendo que son sistemas segregacionistas y clasistas y no sé que tonterías más, que se lo ahorre. Antes ese discurso me cabreaba, ahora me aburre. Son las verdaderas potencias y motores del mundo, por algo lo serán. ¿Por qué no tomaremos ejemplo de los países que nos pueden aportar cosas buenas?
    ¿En qué momento, por qué y quién decidió terminar con las normas básicas de respeto y educación en este país?

    • Francisco Javier
      4 enero 2011 a 16:47 #

      Estimada Ana Belén,

      yo no pido que se levanten los alumnos cuando entro en clase. Por lo general, es más bien al contrario, tengo que pedir por favor, que dejen de dar vueltas como un satélite y se sienten de una vez, que hoy me gustaría para variar dar clase. Ahora bien, no entiendo porqué en esta profesión hemos de ser una excepción y tengamos que ganarnos el respeto. Cuando el albañil viene a nuestra casa a hacer obra, cuando nos dirigimos a un médico, cuando nos cruzamos con la señora de la limpieza, etc., esas personas tienen todo nuestro respeto y como tal actuamos. Los partidarios que aconsejan a los profesores que se “ganen el respeto” de sus maestros, haciendo un muy flaco servicio a la educación de sus hijos, tendrían que meditar : ¿qué les parecería que al entrar a trabajar su superior les previniese de que en ese puesto de trabajo, uno no es merecedor de respeto sino que, como el sueldo, hay que ganárselo?

      • Ana Belén
        4 enero 2011 a 17:16 #

        Está claro que hemos sido y seguimos siendo víctimas de una campaña de acoso y derribo. No quiero ponerme pesimista, pero, ¿qué podemos esperar de un país que ha permitido que se tirasen semejantes piedras contra un sector tan importante como el del profesorado y que ha permitido que la sociedad asimilase tal actitud, que vemos perfectamente reflejada en el comentario del señor Tineo, que dice ser padre y que hace que sus hijos la asimilen también?
        Un saludo Francisco Javier!

  27. 5 enero 2011 a 16:26 #

    Raus, gracias por tus observaciones. Tenemos que seguir profundizando sobre el asunto del relativismo como sugieres. En ello está una de las madres del cordero del mal educativo y social. Todo lo que insistamos en ello, será poco.

    • Raus
      5 enero 2011 a 17:44 #

      Gracias a ti, Juan Pedro. Totalmente de acuerdo, por ese hilo sale toda o casi toda la madeja. No lograremos sobrevalorar su importancia.

  28. 7 enero 2011 a 16:38 #

    Efectivamente, la argumentación de Coleman que nos muestra Tineo deja mucho que desear desde el punto de vista metodológico. No son más que generalizaciones inductivas. Pero, de todas formas, la pedagogía, no da más de sí, en tanto que ciencia. Es más, quieren hacerse pasar por ciencia, cuando eso es caer en una ideología, la del cientificismo, que es pensar que ciencia es igual a verdad. Pues como decía el físico y filósofo Bunge, hay más verdades en una guía de teléfono que en toda la ciencia junta. La ciencia es otra cosa. Por otra parte, en nada ataca al núcleo del argumento de Raus, como él mismo ha dicho. De lo que se trata es de que en España hay un gran fracaso escolar y, precisamente, la tendencia en la LOGSE, es la de ayudar a los hijos con los deberes. Por tanto nos encontramos con una contradicción. Las conjeturas pedagógicas tendrían que aceptar el método deductivo, el modus tollens. Si la teoría predice un fenómeno y no se da, la teoría queda falsada. Pero, como sabemos, la pedagogía no es deductiva, sino generalizaciones empíricas cargadas de ideología y de interpretaciones. Y esto queda muy claro en los artículos comentados por Tineo.

    • Raus
      7 enero 2011 a 17:22 #

      Claro, Juan Pedro, es que hay poner mucho cuidado en lo que se dice. Porque, vamos, si lo que descubre Coleman es que, en un sistema que premia notablemente la calidad de los deberes, los alumnos que reciben ayuda paterna tienen más éxito académico que quienes no la reciben, si esto es lo que descubre, ¡vaya descubrimiento! Si en la nota final computa la calidad de los deberes, los críos que reciben ayuda siempre estará en ventaja respecto de quienes no la reciben. Poco misterio hay aquí.

      Es uno de nuestros males, Juan Pedro: que el modus tollens ya no sirve para decidir casi nada. La lógica se ha quedado muda, sin poder. ¿No te parece, amigo, que esto es debido, igualmente, a la extensión y éxito del relativismo, al menos en parte? Lo que ha hecho éste es debilitar los métodos racionales de alcanzar la verdad de las cosas: la lógica y la misma evidencia empírica. Por eso, creo yo, asistimos al inaudito espectáculo oficial y ciudadano: el de ser cada vez más ajenos a la evidencia y la lógica, el de ningunear la realidad como si pudiéramos vivir en la ficción y de la ficción, como si pudiéramos vivir en el limbo.

  29. Jesús San Martín
    7 enero 2011 a 17:43 #

    Un experimento es una pregunta, con la que se busca la falsación o la corroboración (que no la justificación) de la hipótesis. Por eso es necesario conocer la muestra (sobre la que se ha hecho el experimento), pues harán implicaciones inductivas (como advierte Juan Pedro) falsas. Hay que cuantificar todas las variables que entran en juego, y no sólo está la de ayudar al hijo, sino la formación del padre, e incluso su actividad. Si Francisco Javier y yo ayudáramos a nuestros hijos, por mucho empeño que pusiéramos ambos, ni Francisco Javier conseguiría enseñar integrales ni yo música; y si los dos padres tuvieran el mismo bagaje, digamos matemáticos, pero uno trabajando en informática y otro como profesor de matemáticas, el segundo padre transmitiría mejor el conocimiento matemático. Y apuesto tableta de choco a que esas cosas no se han tenido en cuenta en los estudios. Las personas no son conscientes de lo extremadamente complicado que es la realización de un experimento, y no se dan cuenta de la gran cantidad de variables que entran en juego. La falta de formación científica de los pedagogos les lleva a cometer errores por desconocimiento, e inducir “la verdad” de lo que desean.
    Dan Ariely, autor de “Predictably irrational” (un libro que merece la pana leer para ver que nuestro comportamiento irracional es muy predecible), ha sido recientemente atacado por el simple hecho de que sus experimentos los realiza con alumnos universitarios, por lo tanto no debería generalizar los resultados a toda la población humana.
    Canta el gallo y sale El Sol, mucho cuidado, correlación no implica causalidad. Habría que falsar la hipótesis: hacer cantar al gallo a las 12 de la noche (en España) y ver si sale El Sol. Por lo tanto tampoco se puede deducir que la ayuda de los padres mejore el rendimiento, podría ser que el hijo se sienta apreciado y aumente su trabajo. Raus nos puede poner ejemplos de estudios donde se consiguió aumentar la productividad (en las empresas) por este simple hecho, cuando las hipótesis del incremento eran otras.

    • Raus
      7 enero 2011 a 18:29 #

      Es que, Jesús, comparar la suerte académica de los alumnos asistidos y los no asistidos por sus padres EN un sistema que PREMIA sistemáticamente a los asistidos, no sirve sino para corroborar lo que es lógico: que los asistidos tendrán mejores resultados. Pero no porque esos niños sepan más, sino porque las notas finales quedan falseadas al alza debido a la asistencia paterna. Es como si midieras la altura de una persona que lleva zapatos con tacones largos. Hombre, eso no vale.
      Un estudio serio debería comparar los resultados académicos de un sistema no asistencial (pre-logse, digamos) y un sistema asistencia (logsero). Evidentemente, aislar la variable que nos interesa podría ser de una complejidad enorme, pero, en teoría, ese es el estudio que nos valdría.

      O podría hacerse un experimento: coger a un amplio grupo de niños a los que los padres asistieran y otro en que no fueran asistidos, y, entonces, pasado el tiempo, comparar resultados. Y ojo, porque nunca he dicho que los padres deban despreocuparse de los estudios de sus hijos, sino que deben preocuparse en un sentido muy diferente al actual. Francisco Javier nos podría informar: nadie puede aprender a tocar un instrumento por ti. Sólo lo que tú entrenas te sirve para dominar el instrumento.

      Aunque de todo hay, Jesús, la mayor parte de los niños asistidos por sus padres no se muestran agradecidos por la ayuda. Lo que predomina es una lucha diaria entre padres e hijos, pues a éstos nadie les ha enseñado que los deberes son SUS deberes. Si tú, Jesús, no te sientes responsable de una determinada tarea, ¿cómo te sentaría tener que hacerla todos los días? Pues mal. Protestarías por tener que hacer algo que no consideras de tu incumbencia y responsabilidad. Eso les ocurre a muchos críos de hoy. Y es un drama, te lo aseguro.

  30. Tineo
    10 enero 2011 a 7:37 #

    Fernando Savater
    EL VALOR DE EDUCAR
    EDITORIAL ARIEL, S. A.
    BARCELONA

    A mi madre,
    mi primera maestra

    “La función de la enseñanza está tan esencialmente enraizada en la condición humana que resulta obligado admitir que cualquiera puede enseñar, lo cual por cierto suele sulfurar a los pedantes de la pedagogía que se consideran al oírlo destituidos en la especialidad docente que creen monopolizar”

    “Para un maestro sensato la ocasional insolencia de sus alumnos es un síntoma positivo, aunque pueda resultar por momentos incómodo. Digo un maestro «sensato» y aclaro que entiendo la sensatez como la forma adecuada de reconciliar magisterio y autoridad. Esta reconciliación incluye lo más difícil: practicar una enseñanza que se haga respetar pero que incluya como una de sus lecciones necesarias el aprendizaje de la irreverencia y de la disidencia razonada (o burlona) como vía de madurez intelectual.
    El profesor no sólo, ni quizá principalmente, enseña con sus meros conocimientos científicos, sino con el arte persuasivo de su ascendiente sobre quienes le atienden: debe ser capaz de seducir sin hipnotizar.”

    • Jesús San Martín
      10 enero 2011 a 11:24 #

      En ciencias no es válido el argumento de autoridad. Las afirmaciones necesitan pruebas, aunque vengan de Einstein. Puede enseñar quien domine la materia y sea capaz de transmitirla, momento en el que cual es profesor. Yo jamás podré enseñar música, entre otras materias, eso refuta la afirmación .
      Por otro lado, Savater habla de disidencia razonada, lo que en otro post yo indiqué como dialogo y no discusión, lo que refuerza mi argumento.
      La técnica de entresacar párrafos de artículos y libros mostrando lo que nos interesa, perdiendo el contexto general, es una técnica muy mal vista en la argumentación científica. Y fácilmente se pueden oponer otras fuentes indicando lo contrario, como indicaba Raus.

    • Fº Javier González-Velani
      10 enero 2011 a 12:51 #

      1. Si entendemos que para enseñar no hace falta tener especiales conocimientos de pedagogía, okey. Totalmente de acuerdo. Otra cosa, sería una majadería. Para enseñar ciertos contenidos, hay que disponer de los mismos, lo cual es tan obvio que no merece explicación.

      2. Sofistería necia. Una cosa es la ironía y otra cosa es la insolencia, que es siempre negativa e impropia. Definición RAE:

      insolencia.
      (Del lat. insolentĭa).

      1. f. Atrevimiento, descaro.
      2. f. Dicho o hecho ofensivo e insultante.
      3. f. Acción desusada y temeraria.

    • Raus
      10 enero 2011 a 13:47 #

      Gracias, Jesús y Fracisco Javier, por vuestras certeras precisiones. Recibid un abrazo de gratitud. Pero mirad, yo lo que creo es que este señor no me lee con atención, y a toda costa quiere refutarme. Eso se nota. Yo le reconozco el esfuerzo. Pero, a diferencia del sistema de evaluación actual, para mí el esfuerzo no es suficiente para aprobar.

      ¿Es eso, señor Tineo? ¿Podría ser, señor Tineo, que usted no me leyera con la suficiente atención? Si acaso fuera eso, ahora se lo pido por favor: si me lee, hágalo con atención y, a ser posible, despojado del pernicioso prejuicio. Su primera objeción, la del estudio de Coleman, no era tal, sino, más bien, una corroboración de lo que yo expongo y denuncio: que en un sistema que premia la ayuda paterna, los niños asistidos por sus padres obtienen mejores notas. Obvio: es que el sistema está preparado de ex profeso para ello. Pobre del crío que no reciba asistencia de los padres en un tal sistema. Sus notas relativas a la evaluación continua siempre serán peores que en los alumnos asistidos y, al hacer la media…

      Su segunda objeción, la de Savater, también es curiosa, digo improcedente. Déjeme que le cite a usted a otro autor, nada famoso. En relación a lo de que los padres ayuden a sus hijos en los estudios, este autor se muestra contrario, pero puntualiza:

      “Conste, si acaso no estaba claro, que hablo de niños perfectamente normales, sin ningún tipo de discapacidad intelectual ni nada por el estilo. Ni de niños a los que, por su corta edad, haya que enseñarles a leer.”

      Ni de niños, dice el autor, que, por su corta edad, haya que enseñarles a leer. Porque si de eso se trata, de aprender a leer, también puede valer la madre como primera maestra, siempre que sea mínimamente culta e inteligente. Y también en lo aprender a contar y cosas así (básicas).

      Respecto de la “disidencia razonada” también le puedo citar al mismo autor nada famoso. Dice este autor desconocido, y no siempre bien leído, en uno de sus artículos:

      “En todo caso, la actitud obediente es condición necesaria para formar ciudadanos cultos, críticos, inteligentes y, llegado el caso, críticamente desobedientes.”

      “Y llegado el caso, críticamente desobedientes”, dice el tío éste. Algo muy parecido a lo que dice Savater sobre el aprendizaje de la disidencia razonada, ¿no?
      Como el autor en cuestión no es nada conocido por el gran público, le diré como se llama… como yo, qué casualidad.

  31. Raus
    10 enero 2011 a 15:11 #

    Queridos amigos, un colega me acaba de mandar un artículo sobre educación. Lo trascribo entero, pues su contenido guarda un parecido de gemelo con las ideas que yo he expuesto aqui en diversos artículos. Abunda en las mismas cosas que yo no me canso de denunciar una y otra vez en este foro. Léanlo, por favor. Es de interés.

    la tribuna

    Señores padres con hijos en la ESO

    Jaime Martinez Montero | Actualizado 29.03.2009 – 01:00

    768 votosLO que más sorprende a los especialistas extranjeros que visitan nuestros institutos es el mal comportamiento de los alumnos en el aula, la confianza de amigachos que preside su relación con los profesores (siempre con el tú por delante), lo escandalosos que son y el descuido con el que tratan el material que se pone a su disposición. Si los visitantes son coreanos o japoneses, la impresión les puede provocar un shock.

    No es fácil conseguir mejoras significativas en los resultados escolares. Pero, desde luego, si no se aborda con seriedad y decisión el cambio del comportamiento de los alumnos, poco se puede conseguir. Para que el alumno pueda rendir en clase es preciso que, en primer lugar, atienda y, en segundo lugar, que lo dejen atender. Es el requisito previo, como lo es comprar un décimo para que te toque la lotería. Muchas de las correcciones que se ponen en marcha para atajar este mal son poco compartidas por los padres de las criaturas, que optan más por la impunidad de sus hijos que por su educación. Parece como si la mala conciencia del poco caso que les hacen la pudieran salvar poniéndose incondicionalmente de su lado a la mínima dificultad con la que tropiezan en el instituto.

    Se ha llegado a una situación en la que no producen alarma y se dejan pasar comportamientos intolerables. Los que narro a continuación los he visto yo visitando aulas, exhibidos por mozalbetes de trece, catorce o quince años, mayoritariamente varones, y sabiendo ellos que yo era el inspector. Están los que no reprimen las exigencias de su cuerpo por pequeñas que éstas sean. Así, uno bosteza de la forma más larga y ostensible que se pueda imaginar, desperezando todo el cuerpo. Otro se rasca y hurga, a modo, en axilas, ingle, nariz y oído. El de más allá está prácticamente tumbado en su silla, en una postura en la que alcanzar el tablero de la mesa para leer o escribir es francamente imposible. Hasta a alguna parejita he debido mirarla con reprobación para impedir no sólo que hicieran manitas, sino hasta que fuera algo más lejos. Repito: todo esto mientras el pobre profesor (o profesora, porque como corresponde a la condición humana, suelen ser más groseros y aprovecharse más de quien juzgan que es más débil) intenta explicar su lección o corregir un ejercicio.

    ¿Y los padres? ¿Qué ocurre cuando se sanciona a sus hijos y se les comunica el castigo? Pues en muchos casos se ponen de su lado, exigen datos y pruebas como si la vida escolar y sus procedimientos disciplinarios fuesen un juicio por la vía penal. Les hacen ver a sus vástagos que su centro de educación y enseñanza actúa arbitrariamente, que persigue sin motivo a sus alumnos, que emprende procedimientos sancionadores contra ellos sin argumentos ni hechos: un día, sin que haya ocurrido nada, los profesores y el equipo directivo acuerdan porque sí sancionar a unos pobres inocentes, e inician procedimientos muy costosos, que requieren mucho trabajo extra y que les van a traer a los que los emprenden un sin fin de preocupaciones.

    Señores padres: no es sensato creer antes a los propios menores implicados que a adultos expertos en problemas de disciplina como son los profesores. Los docentes son imparciales (por supuesto, más que los mismos menores o que ustedes), conocen bien a los chicos porque a lo largo de su vida profesional han tratado a miles de ellos, y saben calibrar la trascendencia de las acciones de los que ocupan las aulas porque, además de que se les prepara para ello, tienen la experiencia de haber pasado ya por cientos de casos anteriores.

    Señores padres: no deben enseñar a sus hijos de qué manera pueden salir indemnes o cómo se pueden librar de las consecuencias de conductas inadecuadas, sino a que asuman sus responsabilidades, a que corrijan lo que hayan hecho mal, a que acepten los castigos que se les impongan, a que tengan confianza en los profesores y en los centros en los que están escolarizados. Porque, señores padres, no hay mayor despropósito que ayudar a sus hijos a que queden por encima de su profesor y de su instituto.

    Señores padres: a sus hijos no les quedan tantos años para enfrentarse a la vida. Enséñenles también a tolerar la pequeña injusticia, el posible error. Porque en el mundo adulto van a encontrar muchas más arbitrariedades de las que puedan sufrir en la escuela. Déjenles bien claro que a sus profesores no les pagan para aguantarlos y reírles las gracias, sino para educarlos. Sus profesores son, para ellos, el anticipo de lo que luego, en el ámbito laboral, van a ser los jefes. Y, como decía Bill Gates, si cree que su profesor es duro con él, que espere a tener un jefe. Éste no va a tener ni la paciencia ni la vocación de su docente.

    Señores padres: un viejo consejo decía: “Si vas a sufrir una operación peligrosa, deja todos tus papeles y todos tus asuntos en regla. Es posible que sobrevivas”. Aplíquense el espíritu del anterior dicho. Queremos su colaboración y su ayuda para conseguir la mejor educación de sus hijos. Pero no para hacerle la vida más fácil a los docentes. Al fin y a la postre, lo más que convive un profesor con ellos es, durante algún año, dos o tres horas a la semana. Lo queremos porque en última instancia son ustedes los que van a tener que soportarlos durante toda su vida.

  32. Tineo
    11 enero 2011 a 8:35 #

    “Nuestra encuesta aporta cierta evidencia acerca de la relación positiva entre el tiempo dedicado a hacer deberes y el rendimiento escolar. Esta relación parece no darse en los estudiantes de primaria, pero es relativamente clara en los de secundaria. Como muestra el cuadro 4.42, la media de asignaturas suspendidas en la última evaluación aumenta a medida que disminuye el tiempo dedicado a hacer deberes. Aunque la diferencia entre los que dedican de dos a tres horas (1,44) y los que dedican más (1,04) no es estadísticamente significativa, sí lo es la de los segundos con los que dedican de una a dos horas (1,80), y la de todos los anteriores con los que dedican menos de una hora (3,17). Más tiempo dedicado a hacer deberes va acompañado de un mejor rendimiento escolar aunque, de nuevo, no podemos decir mucho acerca de la dirección de la causalidad o de si, probablemente, ocurra que los niños que son, por ellos mismos, aplicados, saquen mejores notas y, además, hagan más deberes. Sea como fuere, los deberes proporcionan una gran oportunidad para la implicación directa y concreta de los padres en el aprendizaje de sus hijos.”

    “Según el 25% de los padres, su hijo dedica menos de una hora diaria a hacer los deberes. La mayoría relativa de aquéllos (46%) se sitúa en el tramo «de una a dos horas», y son bastantes los que dicen que su hijo dedica «de dos a tres horas» (19%) o «tres horas o más» (9%) (gráfico 4.15). Hacen más deberes los estudiantes de secundaria que los de primaria, y no hay ninguna otra variación significativa digna de mención.
    Según sus propias declaraciones, los padres estarían medianamente implicados en ayudar a sus hijos a hacer deberes. Un 28% les ayudaría siempre o casi siempre, y un 12% bastantes veces. Por el lado del debe, un 23% no les ayudaría nunca o casi nunca, un 16% lo haría pocas veces y un 21% sólo algunas veces (gráfico 4.16).
    La ayuda se concentra, sobre todo, en el ciclo de primaria (43% dice «siempre o casi siempre», 14% «bastantes veces») y en el de secundaria es, prácticamente, testimonial (porcentajes respectivos de 9% y 9%) (cuadro 4.43). Esto es lógico, pues esta prestación de ayuda está ligada al nivel educativo de los padres y así lo reconocen éstos. Aunque también reconocen que la diferencia de nomenclatura y técnicas de aprendizaje puede representar un obstáculo en la ayuda que pueden prestar a sus hijos.”

    “La introducción de nuevas nomenclaturas y teorías aplicadas a la enseñanza de los saberes más básicos, a las tradicionales «cuatro reglas», como el estructuralismo en gramática
    y la teoría de conjuntos en las operaciones matemáticas básicas, supone un obstáculo muy difícil de salvar para muchos padres. Les resulta especialmente difícil la traducción de lo moderno a lo tradicional a los padres con menor nivel educativo, precisamente aquéllos cuyos hijos más podrían beneficiarse de la colaboración paterna en los estudios.
    Esta ruptura ha tenido dos consecuencias principales. Por una parte, dificulta la conversación de los padres con sus hijos sobre las tareas escolares y, por tanto, la posibilidad de ayuda o de mero seguimiento. Por otra parte, en la medida que ocurre lo anterior, impide que los padres ejerzan un control mínimamente fundamentado sobre el comportamiento de los profesores y su rendimiento profesional, teniendo que fiarse, cada vez más, de indicadores como el número de asignaturas suspendidas por los hijos (véase más arriba). Con ello se ha dado un paso más en la substracción de los hijos del ámbito de responsabilidad de los padres en lo que toca a la educación formal de los primeros.”

    “En nuestra encuesta planteamos la cuestión de la utilidad de esos contactos para los padres que los mantienen. En general, según ellos mismos, esa utilidad es bastante elevada. Un 83% de los padres que han asistido a ese tipo de reuniones afirma que han sido muy (41%) o bastante (42%) útiles para ellos (gráfico 5.12). Esto parece indicar un elevado nivel de satisfacción de los padres con sus tratos con los profesores. Lo cual se compadece bien con el juicio tan favorable que hacen de la preparación de éstos y de la atención que prestan a sus hijos
    Si en las secciones anteriores ya se atisba una sensación bastante extendida entre los padres de satisfacción con el funcionamiento del centro escolar al que envían a sus hijos, ésta se confirma nítidamente en su juicio acerca de los profesores. Para centrar la discusión en una persona concreta, referimos las preguntas al tutor (cuadro 5.19).(12) Por una parte, preguntamos a los encuestados por la preparación de este profesor. La opinión mayoritaria es clara: para las dos terceras partes (67%), se trata de un profesor con un nivel de preparación muy (19%) o bastante (48%) alto. Sólo un 2% piensa que su nivel es bajo. Una quinta parte (22%) responde espontáneamente que su nivel es, más bien, regular.”

    La familia española ante la educación de sus hijos

    Víctor Pérez-Díaz
    Juan Carlos Rodríguez
    Leonardo Sánchez Ferrer

    Clases particulares y tareas escolares
    Casi el 60% de los alumnos y alumnas de Secundaria asiste a clases particulares pagadas, la mitad de los cuales afirma hacerlo “porque lo necesita para aprobar”. Esto significa una presión curricular excesiva y un fracaso del sistema pues ese alumnado necesita apoyos que la escuela no le proporciona.
    Al analizar los resultados por redes educativas, la red privada no concertada alcanza el 71,84% de alumnado que afirma asistir a esas clases, la privada concertada llega al 60,13% y la pública se queda en el 57,23%. Si tenemos en cuenta los diferentes tipos de centro de cada red, en los centros con una composición social de sectores más favorecidos socioculturalmente (IES urbanos del centro o privados) el porcentaje de asistencia es mayor, mientras que en los rurales y, sobre todo, en los urbanos de barrio el porcentaje desciende sensiblemente. También es muy significativo que, al analizar el porcentaje de asistencia a clases particulares en relación con el nivel de estudios de los padres, sea el alumnado con padres con nivel de estudios más altos, aquellos que más acuden a las clases particulares. Esta misma desigualdad se observa al cruzar los datos de asistencia a clases particulares con la profesión de los padres: los mejor situados económicamente son los que alcanzan mayores porcentajes.

    Juan Jorganes
    Presidente de FIES
    Alejandro Álvarez
    Coordinador de FIES-Asturias

    • Raus
      11 enero 2011 a 14:25 #

      Antes de decir algo sobre el estudio que nos trae el señor Tineo, y como esto es un foro sobre educación y enseñanza, aprovecho para arremeter contra el uso del “condicional francés”, hoy plaga entre los medios de difusión y la misma ciudadanía. En el texto pegado por el señor Tineo aparece dicho condicional varias veces: “Un 28% les ayudaría siempre…” ¡Mal dicho!: es un 28% les ayuda siempre. Otra cosa es que se utilizara como condicional español: “un 28% les ayudaría siempre si (a condición de que…).
      Error garrafal ya muy corriente. Cuando vas a pagar el menú, el camarero suele utilizar ese condicional francés: “Serían 12 euros, señor”. ¿Cómo que “serían”? ¡Son! Bueno, ya me he desahogado un poco, pero sólo un poco. Me QUEDARÍA más tranquilo SI ese pernicioso uso se desterrara de los medios de difusión, pero no: es que son medios medio analfabetos.

      Vayamos con los datos.
      PRIMERO:
      Se nos dice que hay una relación positiva entre el tiempo dedicado a hacer deberes y rendimiento escolar. Nada que objetar. Los chinos también lo saben. Y cualquiera. Cuanto más te entrenas en algo, mejore eres, siempre que se evite el agotamiento o se alcance la asíntota.

      SEGUNDO:
      Luego tenemos los datos sobre lo que los padres ayudan o no a sus hijos:
      “Un 28% les ayudaría siempre o casi siempre, y un 12% bastantes veces.”
      “un 23% no les ayudaría nunca o casi nunca, un 16% lo haría pocas veces y un 21% sólo algunas veces (gráfico 4.16).”

      Los autores dan por hecho que es bueno que los padres ayuden a sus hijos en las tareas. Ni se dignan explicar por qué. Si estos datos son ciertos, queda confirmado la sublime perversión de nuestro sistema: padres que hacen de docentes y docentes que se ven obligados a hacer de padres. Padres que enseñan (o intentan enseñar) contenidos académicos y docentes obligados (o por vocación algunos) a educar a los alumnos. Sí, señor. Padres que enseñan y docentes que educan.

      TERCERO:
      “La introducción de nuevas nomenclaturas y teorías aplicadas a la enseñanza de los saberes más básicos, a las tradicionales «cuatro reglas», como el estructuralismo en gramática
      y la teoría de conjuntos en las operaciones matemáticas básicas, supone un obstáculo muy difícil de salvar para muchos padres. Les resulta especialmente difícil la traducción de lo moderno a lo tradicional a los padres con menor nivel educativo, precisamente aquéllos cuyos hijos más podrían beneficiarse de la colaboración paterna en los estudios.”
      De lo cual se deduce que una sociedad de padres incultos no podrá medrar académicamente, puesto que no sabrán cómo ayudar a sus hijos en los deberes. Por tanto, lo que debería hacerse es que esos padres volvieran a la escuela con sus hijos, para que aprendieran también la lección. Lo que yo no sé es cómo yo pude sacarme la carrera, dado que nunca mis padres jamás me ayudaron en los estudios. Yo y tantos como yo.

      CUARTO:
      “Esta ruptura ha tenido dos consecuencias principales. Por una parte, dificulta la conversación de los padres con sus hijos sobre las tareas escolares y, por tanto, la posibilidad de ayuda o de mero seguimiento. Por otra parte, en la medida que ocurre lo anterior, impide que los padres ejerzan un control mínimamente fundamentado sobre el comportamiento de los profesores y su rendimiento profesional, teniendo que fiarse, cada vez más, de indicadores como el número de asignaturas suspendidas por los hijos (véase más arriba). Con ello se ha dado un paso más en la substracción de los hijos del ámbito de responsabilidad de los padres en lo que toca a la educación formal de los primeros.”

      Porque ahora está penado lo del insulto que si no… Dicen que “impide que los padres ejerzan un control mínimamente fundamentado sobre el comportamiento de los profesores y su rendimiento profesional…” ¿Pero qué clase de mentecatos (pago multa, me da igual, no me he podido reprimir) son éstos? Y ya con los profesores universitarios ni te cuento la falta de control de los padres sobre los profesores. Me lo puedo imaginar: a nuestro amigo Jesús San Martín no hay padre que lo controle académicamente (y a los demás compañeros tampoco, solo que con los números pocos se atreven). ¡Qué tragedia!: tenerse que fiar del profesor, cuando ya habíamos quedado que los profesores son el enemigo público número uno. ¡Terrible! Terrible que los pacientes de un médico no sepan si éste les está curando o matando. Espantoso que el que compra una casa tenga que fiarse del buen hacer del arquitecto. Intolerable que yo no tenga ningún control profesional sobre el trabajo del ingeniero que construye la central nuclear. Ah, no, esto no quedará así. Yo me empeño y acabo siendo un Leonardo da Vinci. Me empeñaré y sabré absolutamente de todo, y así evitaré no poder controlar a cualquier profesional que se me cruce. Hombre, por Dios. Ahora mismo cojo y me matriculo en catorce carreras y ya veremos quién me toma a mí el pelo, pero bueno.

      QUINTO:
      “Por una parte, preguntamos a los encuestados por la preparación de este profesor. La opinión mayoritaria es clara: para las dos terceras partes (67%), se trata de un profesor con un nivel de preparación muy (19%) o bastante (48%) alto. Sólo un 2% piensa que su nivel es bajo. Una quinta parte (22%) responde espontáneamente que su nivel es, más bien, regular.”
      Preguntaron sobre la preparación del profesor, dicen. Tienen vocación de comisarios. Hombre, yo, hasta la fecha, creía que un determinado profesional podía ser evaluado por un colega, pero no, me equivocaba. Ahora, ese señor padre, dedicado, digamos, a la hostelería, es capaz de saber si el profesor de filosofía está bien o mal preparado, o el de matemáticas, o el de lengua… ¿Qué criterios han seguido esos padres para saber si los profesores son buenos o malos? ¿Han empleado todos los mismos criterios? ¿Cuáles son? ¿Y qué hay de los profesores? ¿Pueden ellos evaluar la preparación de los padres para educar a sus hijos (no para enseñar)? ¿Pueden los profesores valorar la competencia de ese padre que es, digamos, electricista? El estudio no dice nada de esto. Una pena. Con lo democráticos que se les ve a estos señores del estudio.

      SEXTO:
      Casi el 60% de los alumnos y alumnas de Secundaria asiste a clases particulares pagadas, la mitad de los cuales afirma hacerlo “porque lo necesita para aprobar”. Esto significa una presión curricular excesiva y un fracaso del sistema pues ese alumnado necesita apoyos que la escuela no le proporciona.”
      Vaya por Dios: una presión curricular excesiva. No saben hacer una o con un canuto, pero la presión es excesiva. El alumnado, dicen, necesita apoyos que la escuela no le proporciona. Un pequeño tirón de orejas sí que habrá que darle al sistema. Señores profesores: apoyen un poco más a sus alumnos, que van presionadísimos. Pero también podrían decir estos señores que quien falla son los padres por no apoyar a sus hijos o por no saber apoyarles.
      Los estudiantes chinos también anda “algo” presionados, pero ellos, con la presión, alcanzan la excelencia. Los nuestros sólo van a clases particulares para aprobar.

      Conclusiones:

      – La escuela presiona mucho a sus alumnos y los apoya poco o nada.
      – El fracaso de nuestro sistema escolar es debido en buena medida a que muchos padres no ayudan a sus hijos con los deberes, bien porque no les da la gana, bien porque no saben.
      – La poca preparación de los padres los acaba distanciando de sus hijos en cuanto que alumnos, pues sólo pueden saber cómo van éstos en función de las notas que sacan. Es lamentable que los padres tengan que fiarse de la labor de los profesores, con lo malos que éstos son. Maldad comprobada científicamente.
      – Los padres deben: o bien estudiar de lo lindo para poder apoyar a sus hijos, o bien tener que fiarse de los profesores. Como esto último no es no es posible ni recomendable, mi consejo es que los señores padres se pongan a estudiar como locos. No es tan difícil: sólo se trata de aprender a compatibilizar el trabajo fuera de casa, las tareas domésticas, la ayuda a los niños y los estudios para poder ayudarlos. No creo yo que sea para tanto.

      Vamos a ver, señor Tineo: lo que usted propone, junto con los ínclitos estudiosos de que se acompaña, es la ELIMINACIÓN de la EVALUACIÓN CONTINUA. ¿Por qué está usted en contra de la evaluación continua? Yo sí estoy a favor de ella, pues considero que evaluar los deberes diarios es una manera de consolidar lo dado en clase por el profesor, y porque es una manera de crear un hábito de estudio en el chaval. Pero, mire, resulta que la ayuda de los padres en los deberes de los hijos eleva la calidad de dichos deberes. Esto es obvio. Si no la elevara, poco sentido tendría esa ayuda. Los padres ayudan a sus hijos porque se eleva la calidad de los trabajos. Los ayudan, de hecho, para elevarla. Entonces, fíjese lo que pasa: que el maestro se ve obligado a poner nota a un alumno por un trabajo que no es enteramente suyo, sino que está hecho en comandita con sus padres. Por tanto, el maestro no puede saber qué parte o porción de ese trabajo diario viene de la mano del alumno o de la mano de los padres. Simplemente puede conjeturar, suponer, pero nada más. No cuenta con datos objetivos para saber si tal o cual ejercicio está hecho por el alumno o por sus padres.
      Y hay más. Es imposible que sepa si Fulanito ha sido más ayudado por sus padres que Menganito. De modo que tendrá dudas sobre qué nota poner. ¿Es justo que a Fulanito le ponga más nota que a Menganito si sospecha que Fulanito ha recibido más asistencia paterna que Menganito? ¿Qué culpa tiene Menganito de tener unos padres que no le ayudan por la razón que sea? ¿Usted encuentra esto justo?
      Aclarémonos, señor Tineo. La ayuda paterna contamina la evaluación que el profesor haya de hacer de cualquier trabajo. La hace imposible. Nunca sabrá si está corrigiendo y poniendo nota a un trabajo hecho por el alumno o a un trabajo hecho por sus padres, o en qué proporciones. EN CONSECUENCIA, ESA AYUDA ARRUINA POR COMPLETO LA EVALUACIÓN CONTINUA, la hace imposible. Pienso que usted y yo podemos estar de acuerdo en que es así. Y yo le pido encarecidamente que lo medite. Se lo pido por favor.

      • Jesús San Martín
        11 enero 2011 a 20:39 #

        Vista tu respuesta, estimado Raus, no creo que necesites considerar mi formación científica inestimable, como comentabas en otro post: ha sido un perfecto análisis, y no bromeo cuando digo que lo utilizaré para que los doctores aprendan el trabajo de referee. Si algo malo tienes es lo bien que escribes, me he quedado embelesado, y se me ha quemado la salsa. Pero el París que has escrito bien merece una salsa.

        P.S. Por cierto, que un 60% reciban clases particulares me parece tan falso como aquel que siempre compra en el mínimo y vende en el máximo de la bolsa. Puedo estar equivocado, los números no son mi fuerte, pero de ser cierto, le daría el mismo valor al resto de las estadísticas: ninguno, el mismo que a sus autores.

      • Raus
        12 enero 2011 a 4:04 #

        Gracias, Jesús. De verdad, no acabo de entender cómo puede haber discrepancias en esto de los deberes. ¿En qué concurso o certamen para niños se permite la participación y ayuda de los padres? ¿Se vería lógico que un padre echara una mano a su hijo en un certamen de pintura, o en un torneo de ajedrez, o en una competición de tenis…? Evidentemente, no: el jurado no estaría evaluando el rendimiento del crío únicamente, sino el de los padres, lo cual es inadmisible y absurdo. Cuando un tenista infantil juega en un campeonato, el entrenador tiene prohibido dirigirlo desde la grada con palabras o gestos. No puede ser más lógico. En la absurda escuela que tenemos, sin embargo, parece que se ve de lo más normal la asistencia paterna, sin reparar en el hecho de que esa asistencia imposibilita una evaluación objetiva de los deberes. Los padres, si son honrados, deberían poner en las hojas de los deberes: “deberes hechos por el alumno Menganito CON asistencia paterna”. Así, con las cartas boca arriba, ¿qué maestro estaría dispuesto a poner nota a Menganito?
        Una pena lo de la salsa. Si alguna vez concertamos alguna reunión, ya te invito a una cerveza para compensar. Un abrazo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: