El club de los poetas memos…, quiero decir, muertos


Maximiliano Bernabé Guerrero

Hace poco, casualmente, volví a ver “El Club de los Poetas Muertos”, “Dead Poets Society”, 1989, dirigida por Peter Weir e interpretada, entre otros por Robin Williams, Ethan Hawke, Robert Sean Leonard y Lara Flynn Boyle, aunque a esta última no recuerdo verla. La he visto varias veces; en el cine poco después de su estreno, cuando acababa mi Bachillerato, y, la verdad, salí maravillado de la sala. Maravilla que se me ha ido enfriando progresivamente durante veinte años, en los que he pensado bastante sobre esta película y su relación con nuestro sistema educativo inaugurado por la LOGSE en, precisamente, 1990. Creo que he llegado a la conclusión, y la otra noche lo confirmé, de que hay pocas muestras de entretenimiento popular tan manipuladoras como esta película, y pocas tan memas. ¿Por qué me maravilló? Lo primero y principal puede que fuera por mi corta edad y menos andamiaje cultural, lo que le hace a uno fácil pasto de las llamadas del Romanticismo. Porque se trata de una película romántica, no en el sentido de las novelas de Corín Tellado, sino en el del Romanticismo puro y duro, de la apelación total al Yo, la exaltación de las pasiones y el gusto por los escenarios crepusculares.

Veamos el argumento: La acción se desarrolla en un internado privado de la Costa Este Norteamericana, lo que por allí llaman “preparatory school”, al comienzo del curso 1959-60, el previo al paso a la universidad de los alumnos protagonistas. A esta escuela, para gente de alto nivel económico llega un nuevo profesor de Literatura, John Keating, papel interpretado por Robin Williams, antiguo alumno. Sus métodos, heterodoxos para lo que impera en la institución, su lema “Carpe Diem”, impactan a un grupo de alumnos fácilmente impresionables, quienes deciden constituir una sociedad, entre poética y rebelde, de confusos objetivos: escribir versos libres un poco descuidados, colar notas ingenuamente subversivas en el periódico escolar y ligar. Por el camino, uno se echa novia y otro descubre su vocación de actor aficionado, choca con los planes de sus padres y acaba suicidándose. Como consecuencia de este escándalo, Keating es expulsado del colegio.

En cuanto a la realización técnica, hay que reconocer el buen hacer de un director de reconocida trayectoria como es Peter Weir. La película no solo se deja ver, sino que entretiene y está construida sobre un guion equilibrado, aunque capcioso –esto lo veremos a continuación-. La fotografía es francamente buena y logra una estética lánguida, e inquietante en ocasiones, muy al gusto del Romanticismo anglosajón, incluso de la novela gótica y de ciertos poemas de Shelley y Wordsworth: Atardeceres, bosques brumosos, pasillos oscuros y una mansión llena de recovecos. Como curiosidad diré que, pocos años después del estreno de “El Club…”, una madrugada en la que estaba viendo la tele (lejanos tiempos de hábitos trasnochadores) vi una película de zombis, de ínfima categoría, cuya trama tampoco daba para mucho: Unos profesores de internado caro se convierten en zombis y se dedican a devorar a sus alumnos (estrategia no descartable aquí si la LOE sigue vigente mucho más tiempo). Lo que me sorprendió fue que había planos que aparecían calcados en “El Club…”, la estética era la misma e incluso el lema de los profesores zombis era “Carpe Diem”. Solo recuerdo de esta película que era varios años anterior a la que nos ocupa, no así el título; agradecería que algún lector “freaky” me lo dijera, le invitaré a una cerveza, por lo menos. Pero, sin dispersarse, es significativo que la realización de una película que propugna la llamada “innovación educativa” recurra a la inspiración en el mundo de los zombis. Y ya llegamos: ¿Por qué nos encontramos ante una obra maestra de la manipulación? Podemos decir que “El Club de los Poetas Muertos” es la cima de ese género cinematográfico que podemos llamar “Profesor guay que interacciona con sus alumnos”, casi siempre ambientado en el mundo angloparlante, pero con muestras también en el francófono, tal como “Los Chicos del Coro”. La mayor parte de los jóvenes profesores españoles de la era LOGSE-LOE conocen estas películas a través de los plúmbeos cinefórums que programan los psicopedas. Dos razones aúpan a esta película:

  1. El tratamiento de las ideas y de los personajes que estas expresan. La acción comienza con la ceremonia inaugural del curso en el “hall” del colegio. Una comitiva avanza por el pasillo central, estandartes al frente en los que pueden leerse inscripciones como “Excellence” y “Discipline”, al son de “Scotland the Brave”, en su origen una marcha militar. Los profesores, torvos carcamales, miran con ojos de lobo a los tiernos infantes; uno de ellos ronca ominosamente. A continuación, varios docentes de aire terrible van explicando su programa a sus aplicados discípulos: Básicamente consisten en una exaltación del trabajo y del mérito que la buena realización que aquel conlleva. En estas llega Keating, todo encanto, sonrisitas y eso que los cursis llaman guiños cómplices, silbando la obertura de “1812” de Tchaikovski (supongo que por aquello de la Guerra Fría). Propone a sus alumnos cosas tales como que se levanten, que deambulen sin rumbo, que se suban a los pupitres y que arranquen hojas de los libros. Todo menos estudiar esos contenidos tan opresores que le han permitido a él ser un sarcástico de salón. Los papeles están asignados de la forma más tendenciosa posible. Ahora vamos a ver cómo se despliegan en la acción.
  2. La “Welton Academy”, escenario de esta historia, podría ser el templo de la meritocracia, si ésta fuera una religión. El plan de estudios es riguroso, nadie lo oculta, y requiere esfuerzo; a nadie se le va a regalar el título. Además, el Welton es un colegio tremendamente caro. Los padres que llevan allí a sus hijos lo hacen por un doble motivo: El contenido y el método de la enseñanza les están garantizados. Sus hijos adquirirán relaciones sociales que les ayudarán en su futuro. La inversión se recupera con creces. Si a algún chico se le ocurre hacer el payaso en clase, será expulsado como perturbación que distorsiona la relación precio-servicio ofrecido. Nadie está dispuesto a tirar el dinero. Con estas premisas, esos profesores tradicionales tan malvados pueden impartir sus disciplinas si no con comodidad, al menos con respeto. Hasta alguien como Keating puede poner en práctica sus tontunas sin que el silencio se turbe. Estas reflexiones son importantes a la hora de considerar la influencia que ha ejercido esta película entre los profesores en los últimos veinte años. Si el amable lector me lo permite, voy a poner dos ejemplos extraídos de mi experiencia personal. Las dos caras de la moneda. Los angloamericanos se pueden quedar en la patochada; los españoles le damos la vuelta en chirigota siniestra:
    • Pocos años después del estreno de esta película, en mis tiempos de estudiante de Derecho, asistía a clases nocturnas de inglés. El profesor era de esta nacionalidad e impartía el nivel avanzado. Utilizaba un método bastante parecido a éste que acabo de describir de Keating: no se seguía linealmente ningún programa, no leíamos libros sino que nos centrábamos en canciones, prospectos, folletos, debates incesantes y enriquecedores, que muchas veces continuábamos en bares próximos hasta altas horas. En inglés, por supuesto. Sucedían varias cosas: Los asistentes a aquellas clases teníamos un nivel alto alcanzado tras años de hincar codos, pagábamos nuestros buenos dineros por aquellas clases que a cada uno le interesaban por un propósito concreto: Mejorar en su profesión, presentarse a algún examen de Escuela Oficial o “Proficiency”, etc. Creo que nos aprovechó, y cada uno suplió las carencias académicas de aquel curso a su modo, pues teníamos bagaje de sobra para ello. Recuerdo que yo leía mucha literatura inglesa y norteamericana por aquellos tiempos.
    • Bastantes años después, ya como profesor, me topé en un instituto con un sujeto que impartía Matemáticas en la E.S.O. Tampoco lo nombraré, pero si a alguien le interesa, aparece retratado como “Luismi” en mi libro “El Enigma Ortiz y los Pepoes”. Este hombre tenía tan asumido su papel de chachipiruli que había de demostrarlo hasta en sus andares. Además era el gracioso de claustros, CCPs… Sus clases eran un guirigay, un circo, y, según me enteré, consistían principalmente en hablar mal de sus colegas rancios, principalmente de quien había sido su antecesor. Sucedía que muchos de sus alumnos no sabían siquiera operar con decimales y algunos ni dividir. Allí nunca lo aprendieron. Recuerdo que fue felicitado públicamente varias veces por la directora y el inspector. También recuerdo que hablaba muy mal de mí a mis alumnos, sobre todo porque una vez cometí la osadía de expulsar a un alumno por… cantar el “Cara al Sol” en clase. El hecho de que yo aclarara públicamente que lo mismo habría hecho si hubiera cantado el “Himno de Riego” no atemperó las reprimendas oficiales que me cayeron por “privar a un alumno del derecho a la educación”.

Este segundo ejemplo es el que ha predominado, y el que ha sido jaleado por los psicopedas de cámara y las autoridades que los alimentan. Los alumnos que han caído en (mala) suerte a estos iluminados y prevaricadores (el tipo penal que corresponde a este género de funcionarios) no tenían padres que habían desembolsado un saco de euros, inversión que había que cuidar, como en el caso del Welton. Todos nos hemos dado cuenta demasiado tarde. Cuando se dice a los alumnos que arranquen páginas de un libro que no han leído, no se hace contracultura, sino incultura. Y algo más grave, se tira el futuro, y el presente, de un país por la borda.

Anuncios

Etiquetas:, , , ,

Categorías: Crónicas del País de las Maravillas, Panlogsianismo

Suscribir

Suscribirse a nuestros perfiles sociales y feed RSS para recibir actualizaciones.

33 comentarios en “El club de los poetas memos…, quiero decir, muertos”

  1. 21 diciembre 2010 a 9:51 #

    Excelente interpretación en la que estoy de acuerdo, Maximiliano. De todas formas, hay distintas maneras y perspectivas de ver las cosas. Me permito mandarte una reseña, sin afán de polemizar, pues tu interpretación me parece correta, aunque la que te propongo pueda servir también, que hice de esta película hace unos cinco años. Hay un ataque a la LOGSE, pero tambien a la educación tradicional y una defensa de la virtud (esfuerzo) y la libertad. Como decía Ortega son distintas perspectivas. Un saludo y enhorabuena por tu claridad.

    EL CLUB DE LOS POETAS MUERTOS. Peter Weir.1989.

    Nos encontramos frente a una película con temática de adolescentes y enseñanza. También de valores y arquetipos sociales. Se nos plantean problemas básicos: el crecimiento del adolescente, la enseñanza como institución, el placer y el amor, las formas sociales. En fin, hay diferentes formas de mirar esta película, como todo en la vida. Aunque he apreciado bien los diferentes ángulos siempre me he sentido atraído por la perspectiva del profesor y su tarea docente: ¿cuál es verdaderamente su misión?, ¿en qué consiste verdaderamente enseñar? Por su puesto, la perspectiva del alumno no deja de ser menos importante, es el que está aprendiendo los nuevos valores y las nuevas formas de vida. Pocos momentos hay tan intensos, creativos y de apertura al mundo y a la vida. Quien desaproveche esa inquietud originaria, que viene desde el más recóndito rincón de nuestra alma, habrá perdido la oportunidad para el resto de su vida. Algo de esto se quiere decir cuando se apela al antiguo Carpe Diem: vive el día, vive el momento.

    ¿Qué es lo que pretende enseñar este profesor excéntrico e incómodo para las rancias y esclerotizadas instituciones educativas inglesas? Creo que la respuesta se apoya en dos pilares. Al primero ya hemos hecho mención y se refiere a la necesidad de vivir el momento que se escapa y que nunca vuelve; el segundo, que tiene relación con el anterior, se refiere a algo mucho más profundo sin lo que lo primero no es posible. Alcanzar la autonomía; es decir, la libertad que se expresa en la posibilidad de pensar y de actuar por uno mismo. Ser capaz de darte a ti mismo la ley. Estos dos pilares sobre los que se alza la actividad didáctica del profesor se lanzan como proyectiles contra la concepción tradicional de la enseñanza. Tradición, honor y disciplina. Palabras con las que comienza la película y con las que se nos presenta la validez y solidez de la enseñanza tradicional inglesa. No se trata de innovar, sino de seguir la tradición. Tampoco se trata de crear, sino de someterse a la disciplina y, todo ello, preservará el honor de la clase a la que pertenecemos. Este sistema tiene probada eficacia, como el director del colegio afirma; pero, nosotros nos preguntamos si crea hombres o muñecos, clones, en definitiva.

    Por el contrario, la propuesta revolucionaria (conste que esto vale para nuestros días a pesar de tanta pedagogía progresista) consiste en una filosofía de la vida muy sencilla, pero incómoda y criticada. Carpe diem, vive el momento. Si somos capaces de interiorizar la idea de que cada momento es único y que puede ser el último, nuestra perspectiva de la vida cambiará totalmente. Es necesario disfrutar de ese momento. No vivir proyectado ni en el pasado (nostalgia, tristeza) ni en el futuro (angustia.) Hay que instalarse en el presente y beberse la vida a cada instante. Por su puesto que esta idea fue considerada desde siempre como peligrosa. Claro, donde hay placer no hay dolor, y donde no hay dolor no hay miedo, y donde no hay miedo no necesitamos de Dios ni de la autoridad arbitraria de sus guardianes. Nos bastamos a nosotros mismos y sabemos que somos lo único que hay. Pero esta visión no es la pérdida de la ética y la moralidad, como en todos los tiempos se nos ha intentado hacer ver y se nos muestra con claridad en la película. De lo que se trata, muy al contrario, es de saber que podemos ser más o menos felices si vivimos sin temores ni angustias, si sabemos disfrutar del placer. Pero los placeres no son destructivos (como han sido presentados desde la moralina religiosa e institucional) sino creadores y desinhibidores de la inteligencia. Los placeres nos hacen crecer en nuestro interior y sentir más intensamente todo lo que nos rodea. Pero para ello necesitamos del cultivo del espíritu. El placer no está en la mera sensación, sino en la inteligencia; y ésta se cultiva día a día y es creadora, no procesadora. Por ello el profesor intenta canalizar el grito de carpe diem a través del placer y el gusto por la poesía y el arte en general. Frecuentar estas actividades nos hace más sensibles, más creativos, más inteligentes; en suma, más felices. No se está hablando de la mera satisfacción animal, sino de la inteligencia y el espíritu.

    Pero este imperativo del placer y del buen vivir no puede ir desvinculado del otro pilar: la autonomía y la libertad. Mal podremos disfrutar y sentir nuestra vida si somos “vividos” por otros, si nuestros comportamientos no son más que la monótona repetición de los arquetipos establecidos. Y la adolescencia es el momento de romper con ellos; o, al menos, de ponerlos en cuestión. Y esto es lo que trata de enseñar el profesor. (Recordemos la imagen del patio: cada uno debe andar a su modo; y recordemos también la mirada inquisidora del Director: guardián del orden y la tradición.) Pensar por uno mismo es la libertad de pensamiento, actuar conforme a los pensamientos es la coherencia ética. Esto último es una virtud mucho más difícil de adquirir. Recordemos como los alumnos pertenecientes al club de los poetas muertos van doblegándose al poder.

    La tarea del profesor debe ser la de crear las capacidades en el alumno para llegar a ser sí mismo. (Que no es lo mismo que realizarse íntegramente como ciudadano, clonarse, que nos dice la LOGSE.) Como nos decía el viejo Platón de lo que se trata es de orientar la mirada hacia lo que es verdaderamente. El ojo de por sí ya ve, hay que enseñarlo a mirar. La mirada es propia de cada uno, el ver es común. Y es cuando alcanzamos esta autonomía cuando estamos preparados para vivir el momento, porque es cuando somos dueños de nosotros mismos, cuando somos nuestra ley. Nótese que la autonomía no es la anarquía. Pero el poder siempre ha tenido miedo a los espíritus libres porque han hecho tambalear sus cimientos. Por eso, desde el poder, a la libertad de pensamiento se opone la tradición.

    Muy importante también es que no hay libertad, ni disfrute del momento, sin valor. La valentía es una virtud que afecta a todas las demás. Para ser libres hay que atreverse a ser libres: hace falta valor. Virtud en latín es fuerza. El virtuoso es el hombre fuerte. El vicio, en todas sus dimensiones, se relaciona con la debilidad. Y esto es un tema importante en la película. La relación con los demás, en este caso el grupo de amigos, es auténtica si hay valentía. La amistad se basa en el valor, no en la comodidad. De ahí que se encuentren pocos amigos y que a uno le cueste hacerse amigos, es una responsabilidad, una tarea, un proyecto. Una amistad, una pareja, se conservan si hay valor. Cuando falta la valentía hay debilidad y traición, que es precisamente lo que ocurre al final de la película. Hay una traición al profesor (se le acusa de la muerte-suicidio de uno de los compañeros) con el afán de preservar un bien individual. Somos lo que hacemos. Si nos comportamos cobardemente, somos unos cobardes y esto –si no lo enmendamos- condiciona nuestras vidas. Las virtudes no sólo se aprenden, como quería Sócrates, sino que necesitan del ejercicio continuado, como le ocurre al deportista. Y el ejercicio de la virtud necesita valor. Como valor necesita el vivir el momento. Pero sólo en la virtud (fuerza) somos libres. Y enseñar esto es, ni más ni menos, que la misión que tiene asignada el buen pedagogo.

    Hay que conseguir que el alumno ame la vida (pero no la que nos despachan por televisión y las teleseries) que no pase de puntillas, que no sea un viejo de quince años. Lo tenemos que hacer a partir de nuestra disciplina particular, enseñándoles que es algo vivo, fruto de la pasión y la creación. El conocimiento no debe ser una forma de esclavitud, por el contrario, es la única forma de liberación realmente existente. Los muchachos están empezando a andar solos, no hay que darles muletas, hay que dejarlos a la intemperie a ver qué son capaces de hacer con su vida: una repetición vulgar o una obra de arte digna de admiración e irrepetible.

    • Jesús San Martín
      21 diciembre 2010 a 13:10 #

      Me ha encantado el matiz que muestras, porque muchos lectores equivocadamente creen que el esfuerzo está lejos de la pasión y del gozo, siendo sencillamente instrumentos, medios, que te llevarán a ellos; además de permitirte el descubrimiento de placeres desconocidos, a los que sólo se llega tras la formación, la música de la que nos habla Francisco Javier es un claro ejemplo. Recuero un viaje a Colombia, mi deseo era probar muchos zumos de fruta distintos, pero mi lengua no encontraba nada intenso en ellos, hasta que me bebí un zumo de naranja y mi boca explotó de placer: mi cerebro no podía diferenciar la cantidad de matices que había en las nuevas frutas, porque no estaba entrenado para ello. Desde mi interés por la crisis, y los tejemanejes para hacerse con el poder, veo la historia desde otra perspectiva, dándome acceso a clave desconocidas anteriormente.

      Para encuadrar: “Para ser libres hay que atreverse a ser libres: hace falta valor”, mucha gente, cree que la libertad la tienes por vivir en democracia y destilan cobardía por los cuatro costados.

      Por otro lado, de acuerdo con lo que Maximiliano advierte, juegan con un arquetipo facilón en la película para encandilar a cualquier persona aprobatoria.

  2. Francisco Javier
    21 diciembre 2010 a 12:14 #

    Tan sólo una apreciación: los románticos eran muy serios con su formación y entre los modelos educativos existentes en la época de Keats, Byron, Shelley , Hölderlin, Novalis, Hegel,…..y los de ahora media un abismo. Un saludo, Maximiliano.

  3. Maximiliano Bernabé Guerrero
    21 diciembre 2010 a 13:00 #

    Queridos Juan Pedro y Francisco Javier:
    Naturalmente, lo que he pretendido no es enjuiciar la película en sí, sino la influencia que ha tenido en los círculos partidarios de la reforma de la enseñanza española en vigor desde 1990. Y llegado el caso, este escrito es un ajuste de cuentas personal porque, ya digo, a mí, cuando la vi con 17 años, la peliculita me gustó; probablemente porque la vi con un alma más pura que la que tengo ahora. A lo largo de estos 20 años me he encontrado con bastantes patanes que justificaban que sus alumnos se quedaran sin una enseñanza digna de tal nombre basándose en esta película. Eso es lo que quería atacar, cómo se usa una muestra de cultura popular como arma muy interesada. Y por supuesto, claro que los románticos del s. XIX eran rigurosos con su educación, por esa razón (además de por su inspiración y cualidades) nos han quedado obras de arte imperecederas. Si embargo el uso que se hace de una obra literaria, musical o cinematográfica nunca es inocente. Tenemos el ejemplo de Hitler con la música de Wagner, o el de otros nazis que invocaban las obras de Nietzsche. Naturalmente ninguno de los dos es digno de reproche, incluso yo disfruto con ambos (bueno, con Wagner un poco menos), aunque no dejo de pensar que “El Club…” tiene un planteamiento narrativo capcioso de buenos y malos. También me parece una película un pelín ñoña, y como tengo comprobado que el camino del infierno está empedrado de buenos sentimientos, la verdad es que en cuanto a enumeración de principios morales prefiero el alegato final de John Wayne en “Fort Apache”.

  4. Raus
    21 diciembre 2010 a 15:20 #

    Me pasa a mí aquí como le pasó a Fernando Fernán Gómez en una ocasión en que participaba en una tertulia televisiva. Tras oír las sesudas consideraciones, totalmente opuestas entre sí, de otros dos invitados (no recuerdo el tema), Fernando, en su turno de palabra, mostró su desconcierto al comprobar que estaba de acuerdo con ambos intervinientes. Ciertamente, las observaciones de Juan Pedro me parecen certeras. En “El nombre de la rosa”, un severo monje benedictino bramaba contra la risa, pues ésta aleja el miedo, necesario, según él, para creer en Dios. La risa puede ser iconoclasta e irreverente. El miedo, una mordaza para el espíritu libre y la inteligencia. Lógicamente, ninguna institución escolar debe recurrir al castrante miedo, por más seria que se pretenda. Ahora bien, dicho esto, a mí la película del famoso club no me gustó cuando la vi (tendría yo veintitantos años). Cierto es que Robin Williams me caía muy gordo, me resultaba –y me resulta- empalagoso. No hubiese sabido explicar muy bien en aquel entonces qué me disgustó del film. Lo encontré sensiblero e irrealista. Hoy, todo el mundo tiene bastante claro que la escuela no debe ser represiva ni inspirar miedo. Nada de eso necesitamos. Pero tampoco el extremo contrario: la desvergüenza y la ausencia de disciplina, que son los verdaderos males que arrasan la escuela actual.

    Para que el individuo llegue a ser él mismo; es decir, autónomo y capaz, primeramente “ha de ser otros”. El niño no tiene capacidad para producir un pensamiento original de calidad, y me parece risible que hoy los pedagogos y maestros progres digan que los docentes también aprenden de los alumnos. No, el niño y el joven sólo pueden construir su propio yo, su propia personalidad, copiando, imitando y repitiendo lo que dicen sus adultos más capaces. La autonomía se alcanza tras largos años de heteronomía. A mis alumnas de pintura les digo que antes de empezar a experimentar personalmente, debe aprender el método tradicional de dibujar y pintar. Sólo cuando ya lo dominen podrán aventurarse a investigar un lenguaje propio. Antes de ser “uno mismo”, el sujeto necesita “ser los demás”. Los más grandes pintores copiaban a grandes predecesores: los hacían suyos.

    Cuando uno no ha interiorizado suficientemente bien las voces de los otros (de los maestros), la propia está condenada a ser mero ruido. Así pues, a mí me parece que la escuela debe huir (como ya ha huido) de cualquier modelo que incluya el miedo o cualquier otra mordaza de la inteligencia y la creatividad, pero también de la exaltación ingenua de la expresividad libre del alumno que no ha interiorizado las enseñanzas de sus adultos y maestros.

    Gracias a todos por estas valiosas reflexiones.

  5. 21 diciembre 2010 a 15:55 #

    Pues querido Maximiliano, yo sí voy contra la películita, y a degüello; antes te haré unos comentarios al margen:
    -¡Por favor, consigue averiguar cuál es la peli de profes zombis, tiene que ser la caña!
    -Que el pedorro ese de Keating iniciase su ofensiva con la obertura 1812 es ya muy significativo: no en vano nuestro admirado Pedrito Tchaikovsky escenifica en esa magnífica partitura una victoria del himno del zar sobre nuestra amada Marsellesa. Está claro que el tío iba con los malos desde el principio.
    -Qué curiosa la fauna de los Luismis (yo también he conocido algunos): incompetentes declarados a los que las fuerzas vivas logsianas acaban premiando por su servil peloteo: tan significativo como deprimente.
    Y ya yendo al club: a ti te pilló con pocos años, pero a mí me pilló con treinta y tantos y con unos cuantos de brega en la EGB, con los suficientes como para que me repugnase la figura de ese profesor pernicioso que encarna el listillo de Keating. Me parecían absolutamente inmorales todas sus propuestas vacías, todos sus cantos de sirena que llamaban a sus alumnos hacia las conductas más desaconsejables, todo ese muestrario de cursilerías que Weir pretende hacer pasar como el colmo de la originalidad educativa: ¡esa gilipollez de leer un verso antes de lanzar un tiro a puerta! ¡El que la parió no tenía ni idea de fútbol, de poesía ni de educación!
    Esta película no la pude ver terminar. Me encendía. Me salí del cine cabreado como un mono, pensando en el daño que gente ignorante sobre la educación podía hacerle a esta al pontificar con sus estúpidas ensoñaciones. Supongo que se ve de otra manera cuando se ve con ojos de profesional. Me pasó algo parecido con la clase, de Begadeau, pero esta es una película muy seria que me merece todos los respetos. Si quieres saber mi opinión sobre ella, métete en mi blog.

    • Francisco Javier
      21 diciembre 2010 a 18:05 #

      Muy bien, Pablo. Una película tontorrona, sin más. ¡Y yo también quiero ver la peli de los profes zombies comiéndose a los niños!

  6. Francisco Javier
    21 diciembre 2010 a 17:56 #

    Creo que en la tan estúpida como falsa auto-representación que nuestros queridos profetas de la pedagogía se hacen, está presente la idea de que la pedagogía progre es vitalista – en contraposición a las enseñanzas académicas del pasado, que eran rancias, mortecinas, nada creativas, autoritarias, etc. Pero la verdad es que justamente la jerga más fashion, esa que no se cansa de emplear gente como Punset -ya un verdadero gurú de los nuevos tiempos que se avecinan-, es la que huele a muerte. Pues como puede verse cada vez con mayor claridad no es sino la empresa, el Capital, el que mueve aquí los hilos: competencias, rendimiento, cultura de la evaluación, gestión, autonomía, tics, operatividad, capacidad de adaptación a un entorno competitivo y cambiante (de trabajo claro está), creatividad (aplicada al mundo de la empresa).., términos todos extraídos obviamente de la ideología dominante. Vivir es en gran medida un continuo diferir, un empeñar toda nuestra vida en un futuro que nunca termina de llegar y al que por regla general se le adelanta la muerte: muerte a crédito, como el título de la extraordinaria novela de Céline.

    Que yo sepa, como muy bien dice Juan Pedro, la inteligencia, el saber, no está en absoluto reñido con el disfrute de la vida. Todo lo contrario: son los espíritus más libres, más críticos, más luminosos, los que con mayor plenitud viven, aunque sean a menudo también los que experimenten con mayor intensidad el sufrimiento. Y ello no tiene nada que ver con la molicie, el gozo inmediato del consumo, el infantilismo, el puritanismo noño y todas las monsergas de los pedacocos.

  7. 21 diciembre 2010 a 18:17 #

    Hola! Por aquí les dejo este blog de Terence Tao.

    http://terrytao.wordpress.com/career-advice/does-one-have-to-be-a-genius-to-do-maths/

    Does one have to be a genius to do mathematics?

    The answer is an emphatic NO. In order to make good and useful contributions to mathematics, one does need to work hard, learn one’s field well, learn other fields and tools, ask questions, talk to other mathematicians, and think about the “big picture”. And yes, a reasonable amount of intelligence, patience, and maturity is also required. But one does not need some sort of magic “genius gene” that spontaneously generates ex nihilo deep insights, unexpected solutions to problems, or other supernatural abilities.

    Y de la misma manera para aprender (ya no para crear) cualquier otra cosa.
    Sorprende que los alumnos y los padres de familia entiendan muy bien que para ser deportista se necesita disciplina y esfuerzo, pero no para las cuestiones académicas.

    • Jesús San Martín
      21 diciembre 2010 a 18:50 #

      La misma idea la dejó el otro día Raus respecto a Ramón y Cajal

    • Jesús San Martín
      21 diciembre 2010 a 19:39 #

      Traduzco, para los que el inglés no sea la lengua extranjera que dominan

      “¿Tiene que se runo un genio para hacer matemáticas?

      Claramente, la respuesta es ¡NO! Para hacer buenas contribuciones matemáticas y útiles, uno necesita trabajar duro, conocer bien el campo, aprender otras materias y herramientas, preguntar, hablar con otros matemáticos, y reflexionar sobre la gran estructura subyacente. Y sí, también, se necesita una razonable cantidad de inteligencia, paciencia y madurez. Pero uno no necesita ninguna clase de mágico “gen del genio” que espontáneamente genera de la nada profundas revelaciones, inesperadas soluciones a los problemas, o cualquier otra habilidad sobrenatural.”

      Cambiamos matemáticas por cualquier otra actividad y la reflexión es igual de útil.

  8. 21 diciembre 2010 a 18:44 #

    He visto la película más de veinte veces y podría citar de memoria varios fragmentos. Dicho lo cual, me parece un exceso hablar de “manipulación” y otras “-ciones”. Como película que es, necesita de una abstracción, pues difícilmente se puede resumir en noventa minutos toda una experiencia educativa como la que se pretende mostrar. Si no somos capaces de ver más allá de la sonrisa de Keating o de la bruma del bosque, pésima crítica se puede realizar.
    ¿En qué parte de la película se hace alusión al no-esfuerzo, a la no-autoridad…? Bien al contrario, se incide constantemente en estos valores. Recuerden la escena de la llamada…”de Dios”. Recuerden la reprimenda de Keating porque, precisamente, no han sabido comprender su mensaje.
    ¿Por qué la enseñanza ha de ser necesariamente aburrida, repetitiva y desmotivadora? ¿Creen que alguien puede hacer un Posgrado, en un aula sin pupitres ni sillas, sin libros…, de forma dinámica, motivadora, trabajando los contenidos de forma práctica…? Pues si, eso existe y desde hace muchos años. Claro que, ha de llover mucho antes de que llegue a nuestra Universidad, tan tradicional ella. Puede un chico de ESO aprender poesía sin necesidad de recitar de memoria “La vida es sueño”? ¿Puede aprenderla jugando con los versos, creando, relacionándola con otras áreas…? Y cuando llegue el momento, si tiene que aprenderse el monólogo de Segismundo,… ¿por qué no?
    Considero que debemos aprovechar todos los recursos a nuestro alcance, y no limitarnos a un solo método. Eso es lo que yo, personalmente, veo en la película, que no hay que descartar nada; que en ningún caso debemos estar condicionados por los demás, que nuestra vida es nuestra y la felicidad no está en el número de títulos que tengamos en la pared ni en la cuenta bancaria (cada uno tiene sus valores). Más bien, nuestra felicidad, la de nuestros alumnos, va a estar en que hagan lo que realmente quieren hacer y en eso, sea lo que fuere, intenten ser los mejores. Esta misma tarde he estado montando con un grupo de chicos un escenario para la fiesta de mañana. Os aseguro que en este momento no hay nadie más feliz que ellos en todo el mundo. ¿Por qué he de atosigarlos con subordinadas de relativo o logaritmos neperianos si prefieren estar entre cables y máquinas y a buen seguro que serán grandes profesionales de la carpintería, o la mecánica…y además ganarán más que yo? Y seguro, que con esa disposición que tienen, jamás estarán en paro. Un empresario, yo si lo fuera, contrataría antes a una persona hábil, que disfruta con su trabajo, que produce, antes que a alguien con un currículum brillante que no es capaz de resolver un problema, que no tiene alternativas, que no ve posibilidades…Y eso, eso se aprende viviendo, experimentando, creando, inventando…Y eso, por ahora, la escuela no lo proporciona. Ya sabemos cómo generar problemas donde no los hay, ahora necesitamos profesionales que tengan otra opción, una mirada divergente ante los problemas. En educación también necesitamos personas así. Lo otro ya nos lo sabemos; y los que hemos vivido ambas “películas” entendemos que no se debe renunciar a nada.
    Por cierto, pasados ya diez años del posgrado, sería capaz de recordar y explicar una buena parte de las cincuenta unidades de que constaba. ¿Por qué será que lo que experimentamos se fija mejor que lo que solamente memorizamos? Cuantos más sentidos ponemos en lo que hacemos, más y mejor lo asimilamos. Eso es lo que acierto a ver en la película, pero la subjetividad es libre y la parte que no se cuenta, que se intuye, cada uno es libre de interpretarla como quiera. Hay quienes no comprenden “El cabo del miedo” ( R. de Niro), porque se perdieron algo que no aparece en la película, y es lo ocurrió en los catorce años anteriores a los hechos que se muestran, y sin lo que no tiene sentido alguno. Si “El club de los poetas muertos” hubiera querido mostrar todo un método pedagógico, hubiera sido una serie de unos 200 capítulos. La mirada convergente nos deja en la anécdota, la divergente nos permite ver un poco más allá. Eso también se aprende en la escuela, si no te limitas a cantar la tabla de multiplicar, claro.

  9. Maximiliano Bernabé Guerrero
    21 diciembre 2010 a 19:13 #

    Recuerdo que “El Club…” sirvió a los de la clase de COU de al lado para fumar en pipa, entre atragantamientos, y para darse aires de intelectualones. A una muy querida amiga, para escribir poemas muy sentimentales. Hoy, veinte años después, ni unos ni otra han proseguido en estos retozos juveniles. Quiero decir, que nunca he pretendido sacar “El Club…” de lo que era, un entretenimiento para adolescentes. Luego, han venido los “luismis”, quienes como tenían la cabeza bastante vacía de poesía de verdad, la han rellenado con dos o tres películas, ésta una de ellas, y se han lanzado a predicar a sus clases de la ESO. Alonxo, nadie dice que memoria y experimentación tengan que estar reñidos. Precisamente, recuerdo que cuando estrenaron la película, Fernando Savater en un artículo de opinión en EL PAÍS, la puso a caer de un burro al tiempo que hacía un alegato a favor de la memoria. Ahí dio una de cal, ya me entendéis.
    Por supuesto que la película de zombis, a pesar de estar hecha con cuatro duros, estaba mucho mejor. Ésos si que entienden de la vida.
    P.S. Pablo, a ver si ahora me da tiempo y leo lo que piensas de La Clase, como los dos somos francófilos… Yo, cada vez menos, la verdad.

  10. Polícrates
    21 diciembre 2010 a 21:10 #

    No añade nada a la discusión, pero no me he podido resistir:

    http://idle.slashdot.org/story/10/12/21/1616209/Oregon-To-Let-Students-Use-Spell-Check-on-State-Exams?from=rss

    Oregon To Let Students Use Spell Check on State Exams

    Posted by samzenpus on Tuesday December 21, @03:06PM
    from the is-there-a-proofreader-in-the-house? dept.

    Starting in 2011, the Oregon Department of Education will let students spell check their work before submitting state exams. From the article: “The move is supposed to help the assessments focus less on typos and more on their writing skills. ‘We are not letting a student’s keyboarding skills get in the way of being able to judge their writing ability,’ said state Superintendent Susan Castillo. ‘As we’re using technology to improve what we’re doing with assessments as a nation, we believe that spell check will be one of those tools.'”

    A partir de 2011, el Departamento de Educación de Oregon permitirá a los estudiantes revisar la ortografía de su trabajo antes de presentar los exámenes estatales. Cita del artículo:. “El cambio supondrá una ayuda para que las evaluaciones se centren menos en los errores tipográficos y más en las habilidades de escritura. ‘No estamos dejando que las habilidades de un estudiante ante el teclado constituyan un medio para juzgar su habilidad para escribir ‘, dijo la superintendente estatal Susan Castillo. ‘Como estamos utilizando la tecnología para mejorar lo que estamos haciendo con las evaluaciones como una nación, creemos que el corrector ortográfico será una de esas herramientas.’ ”

    Tontilandia en estado puro. Ya sabemos en que terminará la cosa esa de la Escuela 2.0

  11. 21 diciembre 2010 a 21:21 #

    ¡Vaya temita que has sacado Maximiliano! Cuento mi experiencia con la película de marras. Cuando la vi me pareció divertidísima, semejante pantomima de la “liberación poética” en un College de clase alta a la británica usanza. ¡Pobrecitos los futuros senadores y fiscales, que sus profes no les dejan ser creativos! De cualquier manera, los cachorros de la burguesía lo tenían casi todos muy claro: al fin y al cabo los estaban educando para mandar, para ser los únicos que gozasen de autonomía en el sentido moderno. Cuando se dieron cuenta del asunto abandonaron al profesor anómalo, porque la libertad prometida por la Institución era mucho más atractiva que la que el excéntrico exhibía. No me preocupó mucho más, porque desde el punto de vista de un docente aquello era pura patochada. Nada que pudiese ser tomado en serio.

    ¡Ay! Pero hete aquí, justamente por esos tiempos en la experimentación de lo que luego sería la Reforma, que me llaman al Instituto y que me preguntan DESDE LA DIRECCIÓN PROVINCIAL que qué me ha parecido la película. ” ¡Coño! -me dije. ¿Habrá alguien tan memo como para andar fantaseando en un despacho la posibilidad de que este panfleto tenga algún sentido en mi trabajo? ” Mis alumnos no eran señoritos norteamericanos llamados a ser pastores de hombres, ni mi Instituto era una institución inveteradamente tradicionalista, sino todo lo contrario, muy libre en el sentido contemporáneo, y muy creativa, y éramos todos muy jóvenes, y no hacía falta hacer el cretino y subirse a las mesas para sobrecoger a nadie, y teníamos una camerata de música antigua y un buen grupo de teatro, y buenos estudiantes que ahora son ingenieros o cómicos o filósofos, y profesores loquísimos y rigurosísimos, y una dirección amigable y honesta… ¿Qué se han creído estos gilipollas? -pensé. Después supe lo que se estaban creyendo. Llevo ya veintitantos años haciéndome cruces. ¡Maldito sea el día en que entonaron su “carpe diem”!

    • 22 diciembre 2010 a 12:43 #

      En “carpe diem” se agazapa “miedo a pecar”. Acabo de verlo al leer tu aportación. Es decir, que hay en esa eufórica rebeldía sajona, supuestamente dionisiaca, un puritanismo que, al final, acaba imponiéndose como cura de los pecados de juventud. En fin, la mediocridad de la película es tanta que la compasión fuerza a no ensañarse en el comentario crítico. Ahora bien, que hubiera alguien en la dirección de los asuntos educativos que considerara esta ficción deplorable como una propuesta educativa o una sugerencia de recursos pedagógicos, explica tantas cosas…

  12. 21 diciembre 2010 a 21:31 #

    ¡Ah! Se me olvidaba. El otro día no pude reprimir cien mil exabruptos cuando leí en los papeles del concurso de traslados que ese Instituto magnífico en el que aprendí a ejercer mi profesión está actualmente considerado “Centro de especial dificultad”. A algunos les subía yo a una mesa. Para colgarlos de la lámpara.

    • Francisco Javier
      22 diciembre 2010 a 9:37 #

      En mi centro sucedió lo mismo hace ya unos cuantos años. Según me cuentan hubo un tiempo antes de en que el instituto rebosaba de bachilleratos y según me cuentan tenía fama en Madrid por sus excelentes resultados en la selectividad. Pero vino la LOGSE, empezaron a proliferar los concertados, tuvo lugar la espantada, pasó a ser centro de especial dificultad y en la actualidad sobrevive con dos bachilleratos (si fallan se acabó el centro.) Lo mismo ha pasado en muchos centros de Madrid capital. Por supuesto, hemos progresado adecuadamente.

    • Jesús San Martín
      22 diciembre 2010 a 12:19 #

      Me alegra daros una buena noticia. Le pregunté a un alumna, con buenas notas en los parciales y en la evaluación continua, por su instituto. El instituto en cuestión es Alfonso VIII de Cuenca, donde los profesores de matemáticas y física están haciendo muy bien su trabajo, por lo que deduzco que debe pasar lo mismo con el resto de profesores. Todavía hay esperanza.

      A la espera del último parcial, la alumna es candidata a matrícula de honor.

      Mis felicitaciones para los profesores del instituto.

      • 22 diciembre 2010 a 19:50 #

        Gracias, Jesús.

  13. Limbania
    22 diciembre 2010 a 15:42 #

    Pues yo, cuando vi esa película hace una pila de años la calé desde el principio y me dí cuenta de lo capciosa y peligrosa que era para nuestra profesión. Me dí cuenta que nos echaba tierra encima. (Como si eso hiciera falta), así como la mencionada “Los niños del coro”. De hecho algún jefe de estudios-capataz logsiano me la puso como ejemplo de lo que debían ser las cosas.
    Así se lo hice ver a una compañera que a punto estuvo de ponérsela a un curso de cafres en un día de estos tontos antes de Navidad. Y yo le dije: “lo que hace falta, encima de lo que tenemos…”

    • Ania
      22 diciembre 2010 a 19:49 #

      Amén Limbania . a mí me han ofrecido ponerla, la tengo grabada porsiaca pero no la pongo ni a tiros.

      • Ania
        22 diciembre 2010 a 20:27 #

        En mi caso “Los niños del coro” la ponía todo el mundo…menos yo.

        Tú pareces haber tenido más predicamento.

        Feliz Navidad, potxol@s.

  14. 22 diciembre 2010 a 18:43 #

    Vamos a ver, dije que no quería polemizar. La interpretación que propongo es absolutamente legítima. Es más, aún coincidiendo con lo que se viene diciendo por aquí, y yo mismo lo he defendido en mi artículo, así como en todas mis intervenciones en el blog, no se demuestra la falsedad de mi interpretación. Creo que se confunden diferentes niveles, Uno es la valoración de la película, y, dentro de ésta, la valoración, de Robin Wiliams como protagonista. Otro nivel es nuestro pensamiento sobre los errores en la educación y nuestras propuestas.

    Empecemos por el principio. Creo que la película no es una buena muestra en el sentido de que pertenezca al séptimo arte. Tampoco veo un alegato educativo claro en ella, con su programa y sus principios. Hay que entender una cosa, y esto lo digo por los que se ensañan demasiado con ella. Vamos a ver, no estamos ante un tratado ni un ensayo que sí es criticable argumentalmente. Estamos ante el arte, aunque la película no de el nivel, por supuestísimo. Y el arte muestra, no demuestra. En la película aparecen temas muy claros y bien marcados. Pero se apuntan cosas más complejas. Tampoco podemos simplificar, como en muchos de los comentarios se ha hecho. La película en mi caso sirvió para hablar de la ilustración, como aparee en mi artículo. Y creo que nadie puede demostrar lo contrario. Ésta es la ambigüedad del nivel de la mostración. Considero que el valor de la autonomía, regirse por uno mismo es importante. Y considero que aparece un tema crucial sobre la naturaleza humana. El problema de la sociable insociabilidad del hombre, aquello que decía Kant, o la paradoja de Hume: el hombre, lo que más valora es la libertad pero en pos de la seguridad renuncia a ella plácidamente.

    Desarrollo un poco estas cosas, aunque Robin Williams contamina toda la película con su sensiblería y la vuelve débil y pasional, no quiere ello decir que, por debajo no se pueda encontrar algo para reflexionar. Y aunque los nuevos pedagogos vean un ejemplo en esta película, no es más que superficial. Por eso creo que los análisis contra ella son superficiales. Quizás lo mejor será, ya que no es una obra maestra del cine, pues no decir nada. No creo que la película por sí sola haga excesivo daño. Las causas del malestar en la educación y en la sociedad en su conjunto los hemos analizado aquí muy detenida y pormenorizadamente, y seguiremos haciéndolo. No creo que haya que perder el tiempo en este tipo de películas y polémicas, para, en el fondo, decir lo mismo. Pero, como se han dicho tantas cosas, quiero yo explicarme algo más. Maximiliano, por supuesto que me quedo con John Ford, en cualquiera de sus películas hay más enjundia ética que en toda la educación para la ciudadanía junta, efectivamente. Y este maestro del cine, como el Western, es para mí una debilidad. Y, entre otras cosas, por el mensaje moral. Por lo de la moral del héroe, del que abre camino, por el ser de frontera, tanto física como moral. Ese héroe en el que se produce la contradicción de la sociable insociabilidad humana. Ese héroe primigenio que trae la civilización, pero que al llegar la sociedad, al normalizarse su moral, pasa a ser un exiliado, un solitario, o, incluso, un forajido, un fuera de la ley… el western está plagado de estos ejemplos. Ya mencioné también aquí el diálogo final de los siete samuráis…”al final siempre vencen los campesinos”, la moral inferir, la hipocresía, el miedo, el rencor, el resentimiento…en definitiva. Y esto es una de las cosas que quería señalar.

    Al principio de la película se contraponen el modelo tradicional de enseñanza basado en la excelencia, el trabajo y el esfuerzo. Pero, el problema es que el vehículo de transmisión de estos auténticos valores, no es la verdadera escuela, sino una sociedad de poderosos e hipócritas, que sólo quieren poder y ocultar sus debilidades. Por eso no aplican disciplina, ni esfuerzo, sino la fuerza arbitraria, porque desconfían, en definitiva, de su virtud, de su autoridad y, en fin, de su excelencia. Pero su poder y su situación se conservan por la tradición. La fuerza de la tradición, la sociabilidad del hombre a la que no podemos renunciar. La que nos arrastra y anula nuestra individualidad. Por otro lado, aparece el nuevo profesor, con los nuevos métodos, e ideas, en verdad, impracticables e inservibles. Muchos de ellos, meras payasadas. Pero hay un trasfondo, no hay que quedarse sólo con la melodía, hay que ir a la letra, no hay que mirar el dedo, sino la luna. Hasta una mala película nos puede hacer pensar, sobre todo si uno está explicando a Kant, como me ocurrió a mí cuando escribí mi artículo hace cinco o seis años. Este profesor algo payaso, anárquico, representa, como he intentado explicar, algo importante. El principio de autonomía. Frente a la tradición está la creación. Frente a la sociabilidad del individuo está la libertad del ciudadano. Creo que éste es el antagonismo que subyace a toda la película, que no es más que el antagonismo de nuestra propia naturaleza. La autonomía es el canto de la libertad. Pero ésta no se consigue sin el esfuerzo, sin ser capaces de apartarse del grupo, sin caminar por uno mismo, sin miedos. La autoculpable minoría de edad es la pereza y la cobardía, al decir de Kant. Este nuevo profesor enseña a vencer la pereza y el miedo, a tratar de ser uno mismo, no sin esfuerzo. Y nosotros sabemos, que los métodos que apareen en la película, son paparruchas, y que alimentan a los nuevos pedagogos. El método real es el del conocimiento y el conocimiento exige disciplina y esfuerzo y es lo que nos llevará a la virtud que solo se conquista por la libertad y en la libertad, autonomía.

    Creo que al final de la película, en su fatal desenlace, es donde reside esto que vengo diciendo. El suicidio de uno de los alumnos no es más que la prueba del poder de la tradición, o estás en ella o condenado al ostracismo. No hay virtud ni excelencia en esa tradición, hay máscara e hipocresía, ocultamiento de la debilidad y la verdad, como queda reflejado en el padre del suicida. Éste no ha sido lo suficientemente fuerte. Y luego quedan los compañeros, que se van doblegando, cobardemente, al poder de la fuerza. Un poder arbitrario. No es la excelencia, lo que los convence, sino el miedo, que es el sistema de control que utiliza la tradición. Pero es que nuestra naturaleza nos impele a ello. Nuestra sociabilidad nos hace gregarios y obedientes, nuestra insociabilidad, libres y solitarios. Todos tenemos que bregar con esta tensión interna y de elegir el justo medio en cada momento depende nuestra virtud y libertad. El peso de la tradición ha doblegado a los alumnos, que en definitiva, lo que aceptan no es un mundo más justo y mejor, sino pertenecer a esa clase elegida, no por ser los mejores, los excelentes, sino, en este caso, los más ricos y que supuestamente encarnan los valores de los elegidos, pero que guardan muertos en sus armarios. En definitiva, lo que han elegido es la adaptación, han renunciado a ser sí mismos. Y es la adaptabilidad y la obediencia la forma de transmitirse la tradición. Y eso, curiosamente, es también lo que sucede en nuestra tradición, la neoliberal. El valor fundamental de la nueva universidad a la boloñesa es la adaptabilidad a la sociedad del cambio. Es decir, el aborregamiento, la obediencia y la ausencia de crítica. La tradición se perpetúa a través de un sistema de valores a los que se obedece ciegamente, funcionan como creencias en las que se está, no como ideas. Bien, el sujeto libre tiene ideas, ejerce la crítica y ello le puede llevar a la soledad y al ostracismo, por eso requiere de valentía. Por eso pierden los samuráis y los viejos pistoleros se retiran a vivir fuera de la ley, ley que ellos, han creado, esa es la paradoja. Gracias y un saludo a todos.

  15. Ania
    22 diciembre 2010 a 20:39 #

    En mi ámbito se pone para que los profesores de historia, que se encargan de marear la perdiz impartiendo la asignatura “afín “de música en 3º de la ESO amenicen las dos horas semanales perpetradas al efecto con la venia de la administración educativa que lo consiente.

  16. César
    22 diciembre 2010 a 21:35 #

    Como aquel que tras ver la película Superman se lanza por la ventana convencido que también puede volar, el personaje interpretado por Robin Williams ha inspirado a cientos de profesores para intentar enseñar como él. Pero en la mayoría de casos, se convierten en burdas imitaciones. Ser un buen comunicador no es nada fácil.

  17. 23 diciembre 2010 a 0:35 #

    El profesor Keatig, por muchos años que tenga la película, no inventó nada. Por tanto, nadie se apunta a un carro que desconoce, sino que, en todo caso, lo que hace es reafirmarnos en algo que veníamos haciendo o estaba ya en nuestro ADN para cuando fuésemos loq ue ahora somos: maestros.
    Personalmente no me averguenzo en absoluto de huir de métodos tradiconales ni considero que sean mejores que otros. Insisto, no voy a prescindir de ningún recurso, pro muchos calificativos que se les ponga. Y tampoco voy a prescindir del esfuerzo, ni de la memoria, algo que en modo alguno se intuye en esta cinta. No tergiversemos y no hagamos interpretaciones en base a no se sabe qué. Por otra parte, no veo que esa película y otras parecidas hayan influido en profesor alguno. Estamos muy por encima de lo que se le pueda ocurrir a un director de cine, faltaría más. Sencillamente porque tampoco me ha dado nunca por matar romanos o cristianos viendo películas del género. Desconozco si alguien ha bajado a ese nivel de “absorción”, y pensar que alguien puede caer en él me semeja un principio de prepotencia.
    En todo caso, no me parece ninguna atrocidad, bien al contrario, que a un grupo de adolescentes se les motive, se les oriente, se les “provoque” desde la literatura, o desde la música en “Los chicos del coro”. Algunos chicos no están por las subordinadas de relativo, pero disfrutan enredando con cables o motores. No es mejor llegar a ellos por esas materias y orientarles en lo que relamente les va a hacer felices en lugar amargarles la existencia con contenidos absurdos? Claro, que un mecánico que sepa analizar una subordinada de relativo debe de ser la leche. Mañana le pregunto al que me va a pasar la ITV.

  18. 23 diciembre 2010 a 23:23 #

    Gracias, Jesús.

  19. Francisco Javier
    26 diciembre 2010 a 11:10 #

    De la filmografía que trata el tema de la educación destacaría dos películas geniales, que seguramente ya conoceréis: “El pequeño salvaje” de Truffaut y “El enigma de Kaspar Hauser” de Herzog. La diferencia entre estas obras y las mencionadas de “El club…” y “Los niños del coro”, sin que con ello cuestione su calidad cinematográfica, es la que hay entre una obra de arte y un producto “de calidad” de lo que cabe denominar “industria cultural” (esa que está ahora tan enfadada por el fracaso de la “Ley Sinde”.) De Herzog hay un corto, que trata directamente el tema de la educación y que en su simplicidad extrema me parece un material altamente recomendable: “Nadie quiere jugar conmigo.” Merece la pena.

    • 26 diciembre 2010 a 16:07 #

      Muy al estilo de Herzog, Javier, este interesante corto presenta una historia muy simple y un final tan abierto como desconcertante, para que sea el espectador quien saque sus propias conclusiones. Si te fijas, apenas se reflexiona sobre la enseñanza (es notorio el hecho de que ni siquiera aparece un profesor), sino más bien sobre asuntos que la superan, como conviviencia, marginación, rechazo o cariño. Este último es, a través de una ingenua transacción de monedas tan nobles como cuervos y ratas, el elemento que consigue que Martin sea aceptado, pero no perdamos de vista el hecho de que él rompe su aislamiento dando primero para recibir después. Llegamos entonces al que a mi juicio es el gran vínculo de este corto con el mundo de la educación, la gran pregunta que le plantea a un maestro: ¿cuándo y por qué empieza un niño marginal y “malo” a hacerse marginal y “malo”? ¿Cuál es el “clck” o la deriva de hechos que lo determinan? A lo largo de mi carrera, he tenido unos cuantos “malotes” de los que por uno u otro conducto he llegado a saber que solo un par de años atrás eran niños encantadores. Parafraseando a Vargas Llosa, siempre me he preguntado: ¿Cuándo se jodió Fulano? ¿Hubiera sido posible evitarlo? A veces he llegado a la conclusión de que hubieran bastado unos papás menos ausentes o más responsables, pero otras me temo que la respuesta hubiera sido un cuervo y dos ratas a tiempo. En otras muchas, no tengo ni idea. Una última observación: en las películas que citas acerca de la enseñanza, te olvidas de “La clase”, que creo que es la que con más acierto retrata los males de la escuela actual.

      • Francisco Javier
        26 diciembre 2010 a 22:30 #

        Muy interesante la lectura que haces, aunque a mi me desconcierta un poco. Yo creo que de lo que trata el corto es de la enorme crueldad que es capaz de ejercer el grupo -ya desde la infancia y con tanta mayor pureza que en el mundo de los adultos- sobre el individuo. Y también de la generosidad. Martin no es ningún niño “malo” (es más bien encantandor, generoso, valiente, sufrido, neccesitado de atención), sino un excluido por razones sociales (sólo come pop-korn, va poco aseado y huele mal, su padre le pega, su madre no puede atenderle pues está enferma de cáncer, está abandonado). La capacidad de suscitar empatía por el pobre Martin (y en nuestros coles e institutos hay muchos Martin), de solidarizarnos con él y de sentir cariño por él (como hace con tacto la madre de la amiguita de Martin), creo que esta es la lección tan simple como valiosa de este film. Sensibilizar nuestro sentido moral, fomentar valores, hacernos reflexionar y además hacerlo poéticamente: yo creo que Herzog lo hace muy bien. (A mi me encanta este director: Kaspar Hauser, Wozzeck, Grizzly Man, ….)

        Intentaré ver la película que mencionas. Un saludo, Pablo. (Hablamos en breve.)

  20. 29 diciembre 2010 a 11:26 #

    Muy interesante la lectura que haces, aunque a mi me desconcierta un poco. Yo creo que de lo que trata el corto es de la enorme crueldad que es capaz de ejercer el grupo -ya desde la infancia y con tanta mayor pureza que en el mundo de los adultos- sobre el individuo. Y también de la generosidad. Martin no es ningún niño “malo” (es más bien encantandor, generoso, valiente, sufrido, neccesitado de atención), sino un excluido por razones sociales (sólo come pop-korn, va poco aseado y huele mal, su padre le pega, su madre no puede atenderle pues está enferma de cáncer, está abandonado). La capacidad de suscitar empatía por el pobre Martin (y en nuestros coles e institutos hay muchos Martin), de solidarizarnos con él y de sentir cariño por él (como hace con tacto la madre de la amiguita de Martin), creo que esta es la lección tan simple como valiosa de este film. Sensibilizar nuestro sentido moral, fomentar valores, hacernos reflexionar y además hacerlo poéticamente: yo creo que Herzog lo hace muy bien. (A mi me encanta este director: Kaspar Hauser, Wozzeck, Grizzly Man, ….) Intentaré ver la película que mencionas. Un saludo, Pablo. (Hablamos en breve.)

Trackbacks/Pingbacks

  1. Slaps 2010/01/10 | Qmunty - 22 enero 2011

    […] El club de los poetas memos. De la quiebra educativa al colapso económico. Pasión y trabajo duro. La falta de excelencia en PISA. Videojuegos y hábitos de lectura. […]

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: