Elogio y vindicación del profesor (Novena entrega)

Luisa J. D.

IV. Departamento de diagnóstico

1. Clínico

Estoy delante de una clínica esperando a un familiar, sentada frente a la puerta. El momento no es fácil, y mi expresión seguramente lo refleja. Hay un único carril para circular: naturalmente, no está permitido detener el coche ahí, porque la entrada y el paso quedan obstruidos para cualquier otro vehículo, notoriamente para las ambulancias. Por ese único carril llega conduciendo una señora, planta el coche justo a la entrada y se baja de él con un papel en la mano. Salgo un poco de mi ensimismamiento y me fijo en ella. Tiene unos cuarenta años, tiene un coche grandote -un cortijo imaginario de los de Antonio Elorza-, labios seudoturgentes, minifalda felina y un bolso disparatado, monstruoso -también tamaño cortijo- de marca o de imitación, da igual (¿o me equivoco yo, y no da exactamente lo mismo?).

No sé por qué se me ocurre que esta señora muy probablemente tiene un hijo en un instituto, que acaso podría estar en cierto 2º de Bachillerato. Nada más bajarse, tira el cigarrillo al suelo y descuidadamente lo pisa un poco (a metro y medio de ella, a ambos lados de la puerta, hay dos grandes ceniceros). Se la ve contenta. Me mira un momento -ya que estoy- en calidad de solución a su ligero problema y, a continuación, ahora casi sin mirarme, se encamina dinámica al interior de la clínica dejando el coche allí tal cual mientras con gran desenvoltura me encasqueta una orden:

– Si viene alguien, di que salgo enseguida ¿vale?

Esta señora está facultada para hablar pestes de los profesores todo el santo día: si no lo hace será porque no le apetece. También está facultada para ir y echarle una buena bronca al tutor, o al director, porque el instituto es un escándalo, y los alumnos hacen lo que quieren. Su imaginario hijo, a su vez, está facultado para suspender todas las asignaturas sin por ello dejar de estar sacándose el carné de conducir -o a lo mejor ni eso- para cogerle a ella el coche o sea cortijillo cuando le dé la gana. A las tres de la mañana de un sábado puede ir hasta el culo (simpática expresión que menudea los lunes) por la misma carretera por donde circulan todos los demás. Pero si en el instituto comete una imprudencia y de ahí resulta un accidente ligeramente más grave que un rasguño, la culpa de lo que le suceda la tendrán los profesores.

Por otro lado, a la mamá y a su marido -vamos a imaginarlo a él también- nuestras instituciones (educativas) los consideran incapaces de seguir con un poco de atención los estudios del muchacho, de preguntarle qué ha aprendido esta semana, o si ha faltado a clase más que alguna escapadilla…, de hacerle ver que están al tanto del asunto, que prestan interés, que engañarles no está chupao ni mucho menos. Y, en todo caso, si alguna vez les ha engañado, ya le han hecho saber que engañarles está mal, y que mejor será que no vuelva a repetirse.

No. Según nuestras instituciones (¡educativas!), ellos son incapaces de relacionarse con su hijo de este modo, del único modo normal de relacionarse con un hijo cuando este inspira a los padres un natural interés. Parecería chocante, ¿no? Pues no: en este bendito país de nuevos ricos habituados a exigir no parece que nadie, salvo Rafael Sánchez Ferlosio, perciba que tiende más a la indecencia que a otra cosa el dar por sentado que los padres, en general, son incapaces de enterarse por sí mismos de si su hijo falta a clase. Si yo fuera ese padre me daría por ofendido: tiene razón don Rafael, y mira que hace tiempo que lo dijo…

Sin embargo, qué va: bien lejos de ofenderse, buen número de padres exigen que se les juzgue incapaces al respecto. Y, en consecuencia, para que ellos no solo no se ofendan de verse pésimamente conceptuados sino que, antes bien, puedan tranquilamente ser padres con el máximo de comodidad y dejadez -y sentirse satisfechos de que su hijo asimile un tal concepto de educación– para eso, digo, están el profesor, el tutor, la jefatura de estudios y la dirección del instituto que entre todos les pagamos a todos los alumnos y a todos los padres y madres sin distinción: para rellenar partes y partes de faltas, pasarlos luego a ordenador y enviar centenares de cartas a sus domicilios cada quincena o cada mes.

Venga kilos y kilos de papel al año: el chico se ha saltado montones de clases exactamente tal día a tal hora y a tal otra y a tal otra: no basta con que los profesores digan que ha faltado mucho, no. Hay que justificarlo y probarlo y consignarlo con exactitud, no sea que el instituto abrigue la perversa intención de acusarle en falso… Es el espíritu de la ley (¡naturalmente, un gran éxito de público!) Los padres no tienen por qué fiarse del profesor, que en modo alguno está ahí para que nadie se fíe de él, sino para… pues para motivar a los niños y aprobarles cuanto más mejor…, para rellenar partes de faltas…, cosas de esas.

Yo me vuelvo a quedar ensimismada, preguntándome qué les hubiera parecido todo esto a los grandes educadores de la historia…, y recordando a otra madre de minifalda felina que he visto en otra parte, quizá en un instituto, quizá en una cafetería que me abstengo de frecuentar para ahorrarme la posibilidad de coincidir con la minifalda -bueno, con la portadora- y sus amigas conversando a un volumen que hace imposible no oír cuánto cuánto, pero cuánto saben ellas sobre las causas del estado actual de la enseñanza.

A meditar. ¿Y si no fuera ocioso del todo, tal como parece, reflejar en un libro lo que en su vida diaria le pasa por la cabeza al profesor? En tiempos la profesora meditabunda ya escribió alguna cosita contando algo de lo que había podido enseñar en su asignatura: pensó que podía ser útil. Ahora se trataría de lo contrario, de contar cómo y por qué, desde hace unos cuantos años, apenas puede ejercer sus enseñanzas. Tal vez el explicarlo pudiera servir de algo a alguno; y si no sirve…, pues bueno…, ¿en el terreno personal, qué tiene que ganar ni que perder quien eligió ser sólo profe?

Un libro… Pudiera ser. Para contarlo.

Porque es que en definitiva, si quiere como si no, el profesor también piensa. Si fuese experto, o padre o madre o tertuliano, o público en general, podría perfectamente opinar sobre las causas de nuestros males educativos, y hasta diagnosticar, e incluso aventurarse a prescribir algún remedio. Sólo hay un inconveniente: que sabe desde hace mucho que nadie le va a escuchar.

Pero en su cabeza hay un rincón, una especie de cuartito pequeño con la puerta siempre abierta, donde entran sin parar datos y datos a instalarse amontonados por allí donde les da la gana, con permiso o sin él. De buen grado el propietario del cuartito cerraría la puerta casi todo el tiempo, o de una vez por todas. No puede: no hay manera. Y tampoco es capaz de vaciarlo, qué engorro de cuartito, hay que dejarlo estar por imposible.

La de dolores de cabeza que le han dado los habitantes del cuartito; pero ahora el profe ya es realmente veterano. Últimamente, en efecto, los deja allí a su aire amontonarse como quieran, y que residan en él. Ya ni le enfadan, ya no los aborrece. Cada vez que sin querer pasa al lado del cuartito y lo ve abierto, mira burlón hacia dentro y empuja un poco la puerta, una media culadita, una pequeña patada perfectamente ineficaz, un leve desahogo. “¿Qué hacéis ahí, so inútiles? Qué bobos me parecéis…, cuánto mejor no estaríais en la cabeza de un experto. Hasta luego, cocodrilos”, les saluda ya de lejos, pensando en otras cosas.

Con tonta mordacidad, al rincón de los datos cocodrilos lo llama “departamento de diagnóstico”.

Y en esas está él cuando un día, delante de una clínica, se encuentra esa puerta abierta, como siempre, y esta vez no pasa de largo sin más. Un libro. Venga, que no se diga que no ha habido manera de que sirvan para algo. Así como están. Cojamos por separado uno a uno cada vez y compongamos, con los datos y con las meditaciones que suscitan, un apartado de libro hecho de cuadros costumbristas que en conjunto reflejen en qué entorno trabaja el profesor hoy día. Podría abarcar una docena de capitulillos o una docena de docenas, según queramos. En fin, haremos lo posible por no abrumar al lector, que es de justicia: el lector, en tanto que lector, no tiene culpa de nada.

No todos los episodios los ha protagonizado quien redacta: sólo la gran mayoría de ellos. Pero para simplificar -y de paso para no dar precisiones excesivas sobre dónde y en qué momento ha sucedido cada uno- los contaremos alternando la primera persona y la tercera, así, arbitrariamente. Lo que no haremos es contar ni una sola mentira. Mentiritas ya hemos tenido suficientes, acerca de la enseñanza.

 

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20 comentarios en “Elogio y vindicación del profesor (Novena entrega)”

  1. Ania
    24 octubre 2010 a 10:05 #

    ¡Ahí va! , si es la del abrigo de piel de zorra, mamá del de Diver, que vino a enmendarme la plana dando gritos y saltitos sobre sus tacones de aguja.

    Muy bueno, Luisa. : ¡Qué bien escribes!

  2. Francisco Javier
    24 octubre 2010 a 12:06 #

    “Ahora se trataría de lo contrario, de contar cómo y por qué, desde hace unos cuantos años, apenas puede ejercer sus enseñanzas. Tal vez el explicarlo pudiera servir de algo a alguno”

    Pienso que sí sirve, y mucho, explicarlo. Es incluso necesario. Una de las cosas más traumáticas de esta profesión es lo extremadamente difícil, con frecuencia imposible, que resulta enseñar. Sabiendo todo lo que uno podría dar, verse tan limitado, tan violentado, tan maltratado, resulta triste, muy triste. País de señoritos.

    Un saludo, Luisa.

  3. 24 octubre 2010 a 15:17 #

    Luisa, la imagen de la señoritinga me parece un hallazgo literario. Pero no creo que lleve a su hijo a un Instituto. “Los Institutos son sitios de alta peligrosidad social. Y en ellos, además, todo hay que decirlo, hay emigrantes” (esto lo acabo de oir hace pocos días en la Sala de un Juzgado de Familia de la casposa Madrid). La señoritinga llenará el cuatro por cuatro cortijero de herederos a las prontas de la mañana, saldrá del adosado, y los depositará en una empresa “educativa” de larga estancia donde hasta las tantas los tendrá recluidos y custodiados, a ser posible extendiendo el horario con interesantísimas y costosísimas actividades extraescolares, desde la edad del pecho hasta los dieciocho años. Todo ello gracias a una estafa de la máxima calidad. Realmente que falten a clase o no, que las clases sean provechosas o no, a ella le dará igual. Mientras la dejen en paz a lo suyo, lo demás le traerá al fresco. Y este es el sueño dorado de la burguesía retrocañí en materia de “educación”.
    Un buen texto, Luisa.

    • Jesús San Martín
      24 octubre 2010 a 16:31 #

      Antonio no sé qué describe mejor la sociedad en la que vivimos, si el artículo de Luisa o tu comentario. La verdad es que me desternillo, pero luego me pongo a llorar y no soy bipolar.
      ¿Has visto los anuncios en Madrid? “Respetemos a nuestros profesores”, también los he visto en el cine. Quizá fuese mejor que derogaran las leyes que han llevado a esa circunstancia, pero estos sabios politicastros sabrán lo que hacen; y que conste que lo digo sin sordina, a su lado yo me siento idiota: tengo que preparar las clases, incluso las de la materia que explico todos los años, y ellos pasan de un ministerio a otro como si tal cosa, cuando no aprenden economía en dos horas.

      • 24 octubre 2010 a 16:58 #

        Y lo más gracioso, Jesús, es que los mismos se cambian de cartera cada cierto tiempo, rotando las ocupaciones (como hacía Fraga) como si tal cosa, dándose atribuciones según pasan por allí, mientras el supuesto órgano de la comunicación ciudadana (TVE) aplaude la pantomima diciendo que es un “cambio” de Gobierno muy inteligente, y muy sabio, de un tío muy cojonudo, que renueva el asunto del copón bendito, y va hacia su tercera reelección raudo cual rayo que no cesa. ¡Hay que joderse!

      • Francisco Javier
        24 octubre 2010 a 18:36 #

        Yo también me he apercibido de esos anuncios de la campaña “Respetemos a nuestros profesores.” En los autobuses cuelgan una especie de señales de libro con el mensaje (también hay unos carteles pegados). La imagen es muy sugerente: una profa entrando en clase y unos alumnos de aspecto pulcro, que le ceden el paso con miradas de benévola complicidad. No leshe prestado apenas atención, pero ahora que lo dices creo que mi inconsciente sí. Y haciendo memoria lo que sentí fue una especie de “flashback”, en el que aparecían como vagos fantasmas escenas vividas, muy alejadas de las imágenes -en el fondo también horrorosas (y casposas)- propagandísticas de los carteles. (La sensación de ansiedad, de desagrado, de temor, al entrar en determinadas clases, es algo que he podido experimentar a menudo y que muchos de mis compañeros me han confesado.) En resumen, que tiene gracia y es para llorar a la vez: ¡Una experiencia romántica! (mala.)

      • Francisco Javier
        24 octubre 2010 a 18:58 #

        Coincido plenamente con tus comentarios Antonio. En los últimos días, a raíz de los cambios de Gobierno, no he podido dejar de sentir asco al ver esas imágenes de familia , en que nuestros políticos cambian de cartera entre guiños, sonrisas, caricias, abrazos, achuchones: todos una gran familia unida, amorosa, feliz, admiradora del jefe-padre, dispuesta a todo con tal de no perder el empleo. (Los de la otra banda hacen lo mismo.) Entiendo que no hay que poner cara de funeral, ni ponernos patéticos, pero tal como está el panorama (con muchas familias que no duermen pensando en la hipoteca o llegar a fin de mes) , tanta alegría desbordante, tanta auto-complacencia, resulta un tanto insultante, además de frívola. Para remate, como seguramente sabréis, la neura antitabaquil da un paso más y ya ni siquiera nos van a dejar fumar en las cercanías del centro de trabajo. ¿Qué voy a hacer después de mi clase de música con 2º C (compensatoria)? ¿Pincharme que es silencioso? Creo que voy a estar una temporada en plan autista. Se me olvidaba, podía ya de paso haber mandado a nuestro Ministro de Educación al Trasmundo (aunque no sirva de nada.)

  4. Ania
    24 octubre 2010 a 21:26 #

    Esos carteles de los que habláis Francisco Javier me parecen un tanto humillantes. Aquí en mi tierra no han llegado y, personalmente, no tengo prisa. La verdad es que es bastante desagradable ver las caras de condescendencia y lástima que le ponen a una la peluquera, la tendera, la de la limpieza del instituto o la vecina del 5º cuando una se deja llevar por la queja y la denuncia de sus condiciones laborales.

    Muchas veces me digo que no voy a volver a quejarme porque soy una ganadora y tú también Francisco Javier , porque, si te da la gana de verdad puedes dejarlo y mandar a la compensatoria 2º C a tomar viento.

    Supongo que cada uno ha de encontrar el modo y lugar de hacer quejas útiles.

  5. 25 octubre 2010 a 9:27 #

    Excelente artículo. Parece mentira que ninguno de los comentaristas incluyendo al que suscribe, por más que nos empeñásemos, podríamos quitarle una coma de razón a lo que usted apunta. Es más, si nos paramos a pensar, podemos cambiar el coche-cortijo por una scooter, la vestimenta por un chandal y los tacones por unas deportivas – éstas sí serán de marca – y seguiremos teniendo a una protagonista que, al calor de un vermú con unas olivitas, también proclama a los cuatro vientos lo mal que está la educación y añadiendo que encima los profesores viviendo de puta madre – ésta protagonista es un poco peor hablada que la suya – casi todo el año de vacaciones.

    Y es que, aquí todo el mundo sabe de qué va esto, menos los profesores.

    Saludos desde la trinchera.

  6. Atticus
    25 octubre 2010 a 12:06 #

    Justamente por eso, soldadodesconocido. Seguramente esa es una de las causas, aunque no la única. Llegó la LOGSE y dijimos amén, al fin y al cabo era un a reforma progesista. Llegó el cambio del cambio, y el recambio del cambio del cambio, y sólo protestábamos (en la sala de profesores, que se está calentito) si uno de esos cambios era promovido por la bicha, eso es, el PP. Que hubiera razones o no, eso era lo de menos. La estupidez del profesorado no es algo ausente, al contrario. Me duele escribirlo, pero el sectarismo y la ceguera son caracterísiticas de buena parte de los profesores. Y también dijimos (dijeron, yo nunca, aún me duelen los capones de la secta progre) que había que constituir consejos escolares democráticos, esto es, paritarios, en los que estuviésemos representados por igual alumnos, profesores, etc. Dimos la bienvenida y agachamos la cabeza ante orientadores desorientados, y asumimos que eran nuestros jefes (y no lo son). Dejamos que nuestros jefes (estos sí) nos dijeran que había que evaluar en competencias básicas (el Santo Grial de la educación), hacer pruebas de diagnóstico, etc.

    Dicho de otro modo, que dimitimos de nuestras funciones, delegamos nuestro trabajo y acabamos por admitir lo inadmisible: que otros se ocupen de lo nuestro, se autodenomien especialistas y nos digan lo que tenemos que hacer en clase quienes no han visto a un alumno más que de lejos.

    Así que tienes razón: todo el mundo, salvo nosotros, sabe de qué va esto.

    Hace dos años se me ocurrió suspender a una alumna en Junio en Educación para la Ciudadanía. Vino la madre, brava como la del post, primero a pedir explicaciones (esto es, que la aprobásemos), y después (visto su fracaso) a pedir un examen en julio o en la primera semana de agosto, porque ya tenían billetes para Ecuador comprados, pensando que la niña aprobaría. Les causábamos un problema, claro. Sutilmente deslizó la cuestión del inmigrante que tiene que volver a su país, que no damos facilidades y esas cosas. Se enfadó porque le “jalamos” una asignatura, bueno, y dos más. Menos mal que mi jefa era de las de antes, de las que lleva tatuado en la frente “The Boss”. Le dio el calendario de Septiembre y la despachó. Si, como la del post, hubiera dejado el coche en la puerta, no sólo habría llamado a la grúa: la habría conducido ella misma.

    • 25 octubre 2010 a 13:24 #

      Buen retrato, Atticus (¿lo de Atticus es por Atticus Finch?). Hay que gritarlo: las mamás son muy malas, los burócratas son una plaga, los orientadores son la policía política de un sistema deplorable, todo eso es cierto, pero los profesores hemos sido pasivos y pusilánimes hasta para reclamar a esos sindicatos que supuestamente nos representaban que nos defendieran de verdad. Y todo se debe, en gran parte, a eso que señalas: que como somos tan progres y la LOGSE, el PSOE, los orientadores y los sindicatos eran progres, pues… No hay que olvidarse de nuestros méritos a la hora de analizar por qué estamos dónde estamos. Es difícil mejorar si no detectamos nuestros errores, los reconocemos e intentamos corregirlos: si eso vale para los alumnos que suspenden, tendrá que valer también para nosotros. Y la última: ¿sigue siendo directora esa joya de la que hablas? ¿Todavía queda algún directivo sin bisagra abdominal ante los padres y la adminsitración?

    • Jesús San Martín
      25 octubre 2010 a 15:16 #

      Una respuesta que suele cocienciar a la gente de las implicacionhes de lo que piden. ¿Me está pidiendo que cometa prevaricación? ¿a mí, funcionario de carrera? ¿sabe que tiene pena de cárcel?

  7. Atticus
    25 octubre 2010 a 14:53 #

    Atticus es por Atticus Finch, of course, ese padre, ese pedagogo. No se ha filmado nada mejor sobre educación que a ese Atticus Finch enseñando a sus hijos por qué hay que cumplir con el deber.

    No era la directora, sino la Jefa de Estudios. No digo su nombre porque a ella no le gustaría. Una prusiana en el mejor sentido de la palabra. Así le ha ido. Y te lo digo, querida Jefa de Estudios, con todo el cariño. Aquí no debo añadir más. Pero pocos pueden levantar la cabeza con tanto orgullo. A veces me dabas miedo, pero no: tú has tenido siempre claro que ser jefe implica ciertas obligaciones, decisiones difíciles y la renuncia a comtemporizar. Has sido magnífica. Con tus errores, pero con tu intensísima dedicación. Luego vendrán los divinos, los que están por encima del bien y del mal, a decirte que no has aplicado adecuadamente el plan proa o el pti o el acompañamiento tutorial o el diseño molecular (¿o era curricular?) base. Y a eso has de responder lo que le dijo Bogart a Peter Lorre en “Casablanca”: “Si pensase en ti por un segundo, probablemente te despreciaría”. Eres una magnífica porfesora, aún mejor que jefa: hemos salido ganando, tus compañeros, tus alumnos.

    • 25 octubre 2010 a 17:15 #

      Mis saludos, Atticus, colega en la vetusta sabiduría filosófica (aunque resulte que al cabo seguimos siendo los más modernos) y a tan admirable compañera. VALETE!

  8. Xoia
    26 octubre 2010 a 15:30 #

    Muy buena descripción de la supermamá moderna, aunque vale igualmente para gran parte de los seres que integran esta sociedad de prepotentes, sean madres, padres o sin descendencia. La humildad es un rasgo difícil de encontrar actualmente, y tal vez sea lógico, pues cuando somos humildes, nos toman por tontos. Es triste, pero a veces pienso que esas mamás y esos papás prepotentes en el fondo hacen bien, en esta vida parece que tienes que ir “repartiendo leches” para que se te tenga en cuenta.

    Por cierto, respecto a los cartelitos de marras… En la taifa castellano-leonesa hace un tiempo pusieron unos carteles similares. “El profesorado sigue trabajando para ti y para tus hijos”, creo que ese era el lema, con una foto de una flamante mujer que salía toda feliz de un centro de enseñanza y que nunca llegué a saber si era una profesora, una madre o una stripper (llevaba un escote muy curioso que dio lugar a muchos comentarios en la sala de profes de mi centro…)

    Esos carteles me recuerdan a otros que se ven actualmente por los centros sanitarios y que rezan “Espacio de salud, espacio de respeto”, así como otros que dicen “La agresión no es solución”.

    Vamos a ver, que se debe respetar a los profesionales debería ser evidente, ya sean profesores, conserjes, celadores, médicos o limpiadores. Exactamente igual que se debe respetar a todas las personas que se comporten como tales. Que haya tanto empeño por parte de nuestros políticos en colgar cartelitos que evidencien algo que debería estar perfectamente asumido por todos nosotros, es para mí una muestra de lo enferma que está nuestra sociedad, de la decadencia en la que hemos caído y de lo difícil, por no decir imposible, que va a resultar que recuperemos el sentido común.

    • 26 octubre 2010 a 19:28 #

      Mira, Xoia, yo hubiera preferido que la Comunidad de Madrid, en lugar de despilfarrar dinero en campañitas tan hipócritas y demagógicas como inútiles, lo hubiese dedicado a paliar los efectos del descuento del 5%, aunque solo me hubieran correspondido 20 céntimos. Hubiera sido más útil y, sobre todo, más honesto, pero, claro, ten en cuenta que el propósito real de este tipo de campañas es cuidar la imagen de los políticos que las organizan. Me da la impresión de que, en el caso de la Comunidad de Madrid, lo que pretende la señora Aguirre es congraciarse con el profesorado de cara a las elecciones, después de su sistemático ataque a la enseñanza pública y de ser una de las políticas que más fobia antifuncionarial han demostrado, ahí están las hemerotecas.

  9. Xoia
    26 octubre 2010 a 20:41 #

    Comparto totalmente contigo el repelús que te produce doña Espe. Y eso que yo no sufro sus consecuencias “directamente” en mi taifa, pero te aseguro que el ataque frontal hacia los funcionarios y hacia todo lo público que lleva a cabo esta “señora” me toca bastante las narices y, al fin y al cabo, me afecta como empleada pública que soy.

    En algunos mensajes de este blog leo con horror que tal vez el cambio de gobierno que se avecina nos beneficie. Pues vive dios que el PSOE me parece una auténtica inmundicia política, pero que si algo tengo yo bien claro es qu el PP significará la puntilla a todo el sector público, sobre todo en la enseñanza. No seamos ilusos, al PP no le interesa la calidad de la enseñanza, ni publica, ni privada, al PP lo único que le interesa es que desaparezca la enseñanza publica, que a los empleados públicos nos despidan con una mano detrás y otra delante y que los colegios concertados proliferen como setas, y si no, al tiempo…

    Así que, difícil coyuntura tenemos en este país. MIres donde mires, toda la política, sea del color que sea, resulta repugnante.

    • 26 octubre 2010 a 21:57 #

      Completamente de acuerdo, Xoia. Un placer volver a leerte por estos foros.

  10. Xoia
    26 octubre 2010 a 20:43 #

    Por cierto, no he tecleado con suficiente fuerza la tilde en la palabra “pública”, es lo que pasa cuando una se acelera. Saludos.

  11. El pobrecito profesor
    28 octubre 2010 a 18:14 #

    ¡Qué bien escribes, Luisa! Te lo dice un amante de la lectura. Así que ánimo y a por ese libro.

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