Glosas en torno a “Los dogmas del ocaso”, de Antonio Gallego Raus

Francisco Javier González-Velandia Gómez

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El devenir de la Ilustración es el de su propia autodestrucción. En fecha tan temprana como 1801 August Wilhelm Schlegel pronunciaba unas lecciones bajo el título “Crítica a la Ilustración” –en el marco de una serie más amplia de escritos sobre literatura y arte. En dicho escrito el mayor de los Schlegel sometía con fina ironía a crítica las pretensiones unilaterales de la Ilustración y reivindicaba el poder irreductible de la poesía, sin por ello dejar de resaltar sus logros. Los románticos llevaron a cabo una crítica implacable de la Razón ilustrada y de su proyecto desmesurado de convertir a la Razón en omnipoderosa y exclusiva legisladora del Universo.

El alma romántica fue muy sensible a las profundas transformaciones del mundo moderno. Verdaderos visionarios, los románticos intuyeron los peligros inherentes al proyecto de la Ilustración: la conversión de la Razón en Razón instrumental, en Razón científico-tecnológica. El mundo racionalizado era para los románticos un mundo sin poesía, o lo que es peor: un mundo en el que ya no era posible la poesía. Y de ahí  la nostalgia infinita por el pasado –idealizado y sublimado: la Edad Media cristiana y mística de Novalis; la Grecia de Hölderlin; la edad dorada de la infancia. No se trataba en modo alguno de un prejuicio o una mera veleidad propios de la subjetividad romántica. Ni tampoco de un síntoma patológico. La industrialización avanzaba con pasos de gigante transformando el paisaje de la Tierra. Todo lo real se hacía racional, hecho a la medida del Sujeto todopoderoso.  La crítica romántica a la Razón alcanza su cénit en la obra de Martin Heidegger – el último romántico. El Rhin como recurso hidroeléctrico –nos dice Heidegger-, con sus gigantescas chimeneas, no es el Rhin que cantan los himnos de Hölderlin. Nietzsche –un ilustrado romántico- lo expresaba de modo estremecedor: el desierto avanza.

La pérdida del sentido de la Tierra, la imposibilidad de la poesía, el sentimiento de no estar ya en casa: todo eso es nihilismo. Que la Razón es esencial en este acontecimiento, que es responsable de él, es algo incuestionable.  La impronta totalitaria de la Razón –ya claramente perceptible en La República de Platón– y su asimilación a la Razón instrumental no puede, ni debe dejar de ser sometida a crítica.

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Y sin embargo, la renuncia radical a la Razón constituye un error gravísimo, que además de no liberarnos de ningún mal, ni ofrecer soluciones, nos conduce a nuevos abismos aún más terribles. Del mismo modo que hemos de estar alerta contra las oscuridades de la Razón –que los románticos, la Filosofía Crítica neomarxista y la Posmodernidad, se han encargado de poner de manifiesto-, no podemos dejar de subrayar, defender y conservar sus logros innegables. Además de falso, sería una tremenda injusticia y una irresponsabilidad no reconocerlos: la Libertad –de la que no gozan millones de seres, oprimidos por totalitarios regímenes teocráticos, sometidos y condenados a la superstición más absurda, sin posibilidad de escapatoria; los Derechos de los trabajadores –inexistentes en amplias zonas del planeta y cada vez más amenazados por el Capital- ; la Sanidad y la Educación como derechos fundamentales y extendidos universalmente –hay seres humanos (lamentablemente demasiados), que jamás han visto a un médico, ni han visitado una escuela; la Ciencia y la Técnica, que contribuyen a mejorar notablemente nuestras condiciones de vida y que incrementan nuestras potencialidades de pensamiento y de creatividad; etc. Todo ello es producto de la Razón, de su esfuerzo creador, de su lucha titánica, heroica.

Con sus luces y sombras, la Razón  es lo único que tenemos para no caer en el infierno; nos guste o no, nuestro destino está ligado  indisolublemente a ella. Sin Razón no existe moralidad posible, es dudoso que sea tan siquiera pensable; sin razón, sólo queda la barbarie.  El prejuicio del relativismo o el positivismo son dos casos de Error. Hay una hybris de la Razón y otra de la Sinrazón. La barbarie nazi es un ejemplo definitivo de lo que es la irracionalidad desatada, pura (los nazis son relativistas, aunque políticamente nada correctos). Otro ejemplo lo tenemos en los Nacionalismos –oscura y perniciosa herencia del Romanticismo, con su amor por todo la oscuro (la sangre, la tierra, la identidad irrepetible, etc.) El Positivismo –verdadera religión de masas (Comte acertó por desgracia) con sus dogmas tecno-cientificistas es otro caso, no nos confundamos, de relativismo encubierto de aparato científico-técnico.

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La educación del presente vive inmersa de lleno en los dogmas de la Sinrazón. Lo curioso –misterios de la dialéctica- es que la pedagogía posmoderna toma como fundamento a la Razón instrumental para imponer dogmáticamente sus ideas delirantes. En ella confluyen y se sintetizan lo peor de la Razón: la Razón instrumental (dogmática, positivista, nihilista) y lo peor de la Sinrazón posmoderna (relativista, arbitraria, nihilista). Como muestra el reciente artículo de Raus publicado en este espacio, la pedagogía posmoderna no renuncia a la ciencia. ¡Todo lo contrario!: la potencia hasta el  paroxismo. Y es que la ciencia del presente –esto es algo que vio bien un pensador hoy en horas bajas: Edmund Husserl (principal representante de la filosofía fenomenológica y  maestro de Heidegger)-  no aspira propiamente a la Verdad –como razón última de su tarea, sino otra cosa: el dominio. No se trata de estar en la verdad, sino de ser eficaces, de control. Y por eso las competencias, el modelo de gestión, la obsesión por las tecnologías (tic) y toda la parafernalia de pseudo-conceptos (que diría un positivista), que caracterizan al discurso pedagógico. Nuestra educación del presente si carece de algo es de poesía. Y  negando la Razón nos avoca a potenciar lo peor de Ella: su carácter instrumental, dominador y absurdo. Mundo feo, competitivo, sin alma.

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Categorías: Diagnósticos, Elogios

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8 comentarios en “Glosas en torno a “Los dogmas del ocaso”, de Antonio Gallego Raus”

  1. Raus
    5 octubre 2010 a 19:36 #

    Estimado Francisco Javier, muchas gracias por hacerme el honor de glosar ese artículo mío. Y gracias por la lucidez, tino y erudición con que lo haces. Ahora ando algo liado. En cuanto pueda, comentaré tus reflexiones. Adelantaré lo siguiente: el positivismo tiene una concepción de la ciencia y el conocimiento misérrima, pues, para empezar, no es posible eso que llamamos “experiencia” sin el concurso de la razón. De hecho, vemos lo que nos permite ver el entendimiento, no los ojos. Nosotros, los humanos, podemos ver una “operación quirúrgica”. Nuestro gato, no. Podemos ver un “guateque”. El gato no. Y no será porque el gato ande peor que nosotros de la vista precisamente. Vemos lo que nos permiten ver nuestros conceptos, los cuales pueden estar más o menos ajustados a la realidad. Pero los conceptos no son, necesariamente, meras invenciones adaptativas y arbitrarias de nuestro cerebro (pretender eso sería caer, de nuevo, en el relativismo, en el subjetivismo y en la falacia naturalista, también humeana). A veces nuestros conceptos son falsos y engañosos, y ese es, ciertamente, un problema a tener muy en cuenta. Sin embargo, la existencia de ese tal problema no justifica la desconfianza sistemática en la Razón. Una cosa es que sea buena la precaución y la cautela respecto de nuestras creencias y convicciones (o de algunas al menos) y otra el escepticismo radical (humeano) que niega la posibilidad de conocimiento objetivo. El escepticismo radical incurre en contradicción: niega la posibilidad de conocimiento objetivo, pero sólo se puede negar la posibilidad del saber en la medida en que, implícitamente, se sabe qué forma tiene el saber. Por tanto, es una negación contradictoria. En fin, lo dicho, amigo, ya seguiremos. Y gracias de nuevo.

  2. Raus
    5 octubre 2010 a 20:05 #

    Por cierto, perdón, se me ha olvidado comentar lo más atinente al artículo: lo de la Razón como oponente o asesina de la Poesía o la Belleza. Ya ahondaré en ello. De momento, diré lo siguiente. Creo que es erróneo entender a la Razón como enemiga del sentimiento o la emoción (Romanticismo). Y también creerla instrumental en el sentido positivista (técnica). Intentaré mostrar que son distinciones falsas. La Razón está detrás de las más altas elucubraciones filosóficas y éstas son cualquier cosa menos inútiles. Lo que pasa es que no son útiles en el sentido técnico o diréctamente práctico. A ver si hallo momento y me explico.
    Un abrazo.

  3. 6 octubre 2010 a 7:34 #

    Francisco Javier, realizas una glosa muy interesante. Raus, estoy deseoso de leer tus aportaciones. Yo también quisiera decir algo sobre la razón, la ilustración, el cientificismo y el relativismo. Y como confluye todo ello en la enseñanza. Tengo que encontrar un momento. Saludos a los dos.

  4. Francisco Javier
    6 octubre 2010 a 11:09 #

    Estimado Raus,

    no era mi intención entrar en un debate tan infinitamente complejo. Desde luego, que me encantaría poder escuchar tu voz al respecto. Lo que planteas es tremendamente radical y por ello de enorme interés. Plantear una interpretación de la Ilustración contraria a la que han planteado con tanto vigor pensadores como Adorno o Heidegger es desde luego una empresa valiente. En realidad, mi propósito era una vez más denunciar las incoherencias bestiales que están a la base de la ideología educativa posmoderna: moderna pero posmoderna, de izquierdas pero de derechas, afirmadora de valores pero relativista, integradora pero desintegradora, ……………………………., y así hasta la náusea. En ella confluyen las tendencias más discordes para generar un cuerpo deforme, pesado, oscuro, venenoso y perverso, pero justamente por ello extremadamente difícil de combatir.

    Gracias Juan Pedro, tambien me encantará leerte cuando encuentres un momento apropiado para ilustrarnos con tus reflexiones.

    Un saludo.

    • Raus
      6 octubre 2010 a 11:43 #

      Por supuesto, Francisco Javier, si esa denuncia de la incoherencia en nuestra enseñana queda muy bien subrayada en tu artículo. Ocurre que estas reflexiones que aportas encierran, a mi juicio, una muy interesante materia para analizar (o re-analizar), y nos brindan la oportunidad de ahondar un poco más (no sé con qué acierto por mi parte) en las complejidades y antinomias de nuestro tiempo y nuestra escuela. Voy a intentar exponer a lo largo del día de hoy (cuanto antes si es posible) lo que pienso al respecto. Y sí, ciertamente, la cosa puede ser en extremo compleja, pero creo que debemos intentar hincarle el diente.
      Juan Pedro, lo mismo digo. Estoy deseoso de leer tus reflexiones al respecto. Todo lo que sea arrojar luz sobre las muchas sombras en que están sumidas la sociedad y la escuela actuales, es digno de la máxima atención, pues estamos, a mi juicio, en la cuerda floja, en un periodo crítico de la historia de la civilización occidental. Si las fuerzas críticas que aún subsistimos no reaccionamos ya con enjundia, corremos el riesgo de llegar a una situación de decadencia irreversible.
      Un abrazo a ambos.

  5. Raus
    6 octubre 2010 a 15:44 #

    Como sabéis, Francisco Javier, Juan Pedro y demás interesados en la filosofía, mi intención ha sido, desde un principio, analizar la mentalidad de quienes hoy, consciente o inconscientemente, rigen los destinos de la sociedad y, más en particular, de la escuela. Los psicólogos logsianos, como expliqué, dividieron el mundo académico entre asignaturas útiles e inútiles, basándose para en ello en un criterio positivista y cientifista. Por eso cayeron en desgracia asignaturas como Latín, Griego, Literatura, Filosofía… Lo útil para ellos era aquello que producía bienes tecnológicos. Por antonomasia, las ciencias físicas, a las cuales tienen una enorme envidia. El progreso lo aportaba la ciencia pura, no las especulaciones filosóficas, la literatura o el arte. Todo esto pertenecía al mundo de lo antiguo y oscuro o, por lo menos, de lo subjetivo. La belleza aneja a las obras no científicas no tenía cabida en una escuela dominada por un pensamiento pretencioso y cientifista.

    Lo que yo quiero defender aquí es la idea de que la filosofía y el arte no son en absoluto “inútiles”, como así quieren las fuerzas cientifistas que nos gobiernan. Baste con la siguiente observación: sólo la crítica filosófica podrá cambiar para mejor una escuela que se ha deteriorado alarmantemente por culpa, a su vez, de una concepción filosófica errónea y suicida. La situación de calamidad actual viene provocada por un mal uso del razonamiento. En efecto, el relativismo, como ya intenté explicar, conculca el principio de no contradicción, lo cual no puede sino acarrear consecuencias calamitosas en todos los ámbitos sociales y escolares. Si alguien puede poner orden en este estropicio escolar es el pensamiento lógico, cuyo descubrimiento y sistematización fueron, como todos sabemos, obra de un filósofo genial: Aristóteles. ¿Para qué sirve la filosofía? Pues nada más y nada menos que para pensar con lógica, con orden y sentido. Sirve, entre una infinita cantidad de cosas, para desinfectar la escuela de argumentos falsos, absurdos o ilógicos. Es el filósofo (o la reflexión filosófica, la que respeta los principios del pensamiento lógico) el encargado de sanear los desvaríos del pensamiento posmoderno. Claro está que el estudio de la filosofía no servirá para, directamente, diseñar coches o sintetizar medicinas; eso le corresponde a la Razón en su vertiente lógico-instrumental. Pero lo “útil” no sólo es el coche o las medicinas. También lo es organizar la sociedad y la escuela en particular bajo conceptos racionales, lógicos, libres de aporías y contradicciones.
    Por eso creo que llevaban razón los románticos cuando advirtieron de los peligros anejos a una Razón ilustrada convertida (degenerada) en científico-tecnológica. Claro, es que esa misma concepción de la Razón es la que yo he intentado criticar en mis artículos: la Razón instrumental del positivismo; la cual, como ya dije, degenera en escepticismo (de raíz humeana), nihilismo y falsa ciencia (cientifismo). Hoy vemos que no, que la Razón no es aquélla que, al final, se niega a sí misma en su enredo positivista e instrumentalista, sino la que da forma a la crítica filosófica que nos permite vivir de acuerdo con los principios del pensamiento lógico. La que nos permite, en fin, pergeñar un sistema escolar razonable y enemigo de la falsedad y el absurdo.

    Por eso digo, Francisco Javier, que me opongo a la idea de que la Razón sea, únicamente, la Razón instrumental, aquélla que despoja al mundo de poesía y sentido. La Razón instrumental debe ser sometida a crítica. ¿Pero quién se encargará de someterla a crítica sino la misma Razón? ¿Quién sino una Razón autocorregida (mejor dicho: un razonador autocorregido)?

    Por desgracia, la filosofía (la pseudofilosofía, en realidad) lleva muchos años anunciando su propia muerte. ¿Pero qué clase de filósofos son ésos que, precisamente, niegan la posibilidad de conocer objetivamente el mundo? Obviamente no se trata de FILÓ-sofos, sino de FOBÓ-sofos; se trata de falsos filósofos; es decir, profesionales del escepticismo que, adscritos al relativismo y el gusto por la contradicción, niegan que sea posible el conocimiento. Si fueran honrados, lo que deberían hacer es despedirse de sus trabajos y renunciar a sus falsarias cátedras. Pero no, son más cínicos que honrados.

    Pero la pretendida muerte de la Razón no sólo afecta al pensamiento filosófico. El arte, en sus más variadas manifestaciones, también lleva decenios pregonando su óbito. También se trata de falsos profesionales: de pseudo-artistas. ¿No os llama la atención que tanto el arte (que entra en el terreno del Romanticismo: pasión, emoción, belleza…) como la filosofía (epistemología, razón, ilustración…) actuales se nieguen a sí mismas? ¿Es una coincidencia? No lo creo. Fijaos que ambas sucumben bajo el empuje del mismo principio destructor: la negación de un orden racional universal; y la celebración de lo subjetivo, lo plural y lo concreto. Por eso, al renunciar ambas, filosofía y arte, a lo racional-universal, acaban diluidas en el matraz de lo subjetivo, del ácido solipsista. Por eso tanto el fobósofo (el filósofo posmoderno) como el pseudo-artista son ininteligibles para el lector o el espectador. Ambos proponen cosas absurdas cuya intelección universal es imposible. Nadie entiende la jerga absurda y abstrusa del filósofo posmoderno y nadie entiende ese lienzo colgado en las paredes de Arco.

    Las críticas de M. Heidegger y demás románticos a los excesos de la Razón instrumental son, en tanto que RAZONABLES, críticas hechas por la misma Razón. Sin poesía, sin belleza, el mundo se convierte en extraño e inhóspito para el hombre. ¿No es, por tanto, RAZONABLE, invocar la belleza y la poesía del mundo? No sólo de pan vive el hombre. Toda doctrina filosófica que conciba una Razón que aniquile la belleza del mundo y aboque al nihilismo, es una doctrina IRRAZONABLE, pues no tiene en consideración cuestiones esenciales de la compleja realidad humana. Un mundo sin poesía no es un mundo que funcione bien para el hombre (ni la naturaleza). No es, en realidad, un mundo racional.

    Por otro lado, no me parece del todo cierto que la poesía no sea racional. Ya sé que esto que digo puede sonar muy extraño, pero no lo es. Una poesía puede hablar del absurdo que resulta el mundo para el autor, pero no ser ella misma absurda. Los grandes poetas (por extensión los grandes artistas) son heraldos de grandes verdades. Si las grandes obras de la literatura conmueven al espectador inteligente, es porque cuentan verdades de manera elocuente y bella. El arte cuenta armoniosamente cómo nos hace sentir el mundo. Se ocupa de lo subjetivo, cierto. Pero, si es buen arte, tratará de lo subjetivo-universal. Si es malo, sólo se ocupará de lo subjetivo-particular (personal). Por eso se habla de artistas universales: con ello estamos diciendo que sus obras manejan contenidos racionales e intemporales, accesibles a todas las personas de cualquier época dotadas de sensibilidad e inteligencia. Es por eso que las grandes obras de arte son inmortales y siempre actuales. Por el contrario, el peor de los artistas es aquel cuya obra nadie entiende salvo él, de suerte que te la tiene que explicar. Precisamente por este motivo el arte actual –de suyo contrario a lo universal- precisa tanto de la recensión, de la “explicación” de la “obra de arte”. Una explicación que no es tal, sino, de común, una disertación arbitraria tan abstrusa como la misma obra a que se refiere.

    La escuela de hoy recoge lo peor de la Razón y lo peor del Romanticismo. Incapaz de conjugar armónicamente el saber y la belleza, sus musas son la Tontería y la Fealdad. De la Razón ha cogido su vertiente positivista. Del Romanticismo, la sensiblería, el sentimentalismo barato y el victimismo. El positivismo, como he intentado explicar en otros escritos, conduce directamente al escepticismo (y al nihilismo; parten de aquél en realidad) y al cientifismo. El cientifismo consiste en traficar con falsedades vestidas con la bata blanca del científico o en decir obviedades engoladamente. Irrespetuoso con la lógica y la verdad, acaba siendo, simplemente, un enorme generador de patrañas e ideologías rocambolescas de utilidad únicamente para intereses particulares (en general, el poderoso de turno).
    Por tanto, los contenidos disciplinares de cada asignatura están amenazados, por un lado, por un positivismo-cientifismo que abomina de la teoría y de la lógica. Pero, por otro lado, también están amenazados por el igualitarismo social hoy dominante, el cual acoge para sí lo peor del Romanticismo: la versión cutre y chabacana del romanticismo. Aniquilada la Razón a manos del positivismo-cientifismo-relativismo, nos quedan las personas y sus relaciones. Lo importante, entonces, es que éstas se lleven bien, que se toleren (no que se entiendan, sino que se toleren). Al pensar en nuestros inefables pedagogos logsianos, nos viene a la cabeza la idea “romántica” de unos profesores megaguays y unos alumnos encandilados con los poderes comunicadores de aquéllos. Es ese romanticismo de pacotilla que pudimos ver en películas como “El Club de los Poetas Muertos”. El romanticismo en su peor versión ha calado en la escuela logsiana. Ésa en la que ya no son importantes los contenidos y la teoría, sino las relaciones amorosas y comunicativas entre los alumnos y los comunicadores (los profesores).
    Tenemos, insisto, lo peor de ambos mundos: lo peor de la Razón (instrumentalismo, escepticismo…) y lo peor del Romanticismo (buenismo…).
    Te agradezco, Fco Javier que hayas sacado a colación esto del Romanticismo, pues creo que merece un análisis más detallado que el que yo he hecho aquí a vuelapluma. Ese romanticismo de pacotilla que predica la sensiblería a cuenta de poesía, merece nuestra atención.

    En fin, queridos amigos, esto es parte de lo que puedo decir de momento. Quizá no me haya explicado suficientemente bien. El asunto es complejo y yo ando con alguna prisa.

    Saludos.

    • Francisco Javier
      7 octubre 2010 a 16:59 #

      Estimado Raus:

      comparto en gran medida (siempre queda un rescoldo de sana duda) tu lúcida y valiente defensa de la Razón. La Razón tiene unos enemigos terribles. El nombre de todos se engloba en lo que ha de denominarse simplemente como EL MAL. Las formas del mal son innumerables, siendo una de sus más terribles manifestaciones LA ESTUPIDEZ.

      Y llevas razón, desde luego, en que la Racionalidad no es enemiga (ni incompatible) de la Poesía. La poesía, el verdadero arte, posee un contenido de verdad tan riguroso y con frecuencia mucho más fuerte que las propias ciencias empíricas. La poesía nombra la verdad y al convertirse en puro esteticismo, en puro narcisismo es cuando deja de cumplir con su esencia, deviniendo artilugio, producto cultural o vaya Usted a saber. La filosofía ha contribuido decisivamente en este juego, sellando así su propia muerte tan anhelada. Como ha renunciado a la verdad, lo único que queda es la propia autoafirmación onanista. Se busca la innovación por la innovación, la originalidad artificiosa, la profundidad forzada, el pseudoarte, .., cuanto más incomprensible, más incontestable, más propensa al dogmatismo y la chulería. La pedagogía simplemente es el bufón que cierra esta procesión de seres grotescos. No merece ni una palabra, que no sea de profundo desprecio.

      Un saludo.

      • Raus
        7 octubre 2010 a 17:25 #

        Totalmente de acuerdo, amigo Fco Javier. La estupidez es la mayor máquina de maldades a que nos enfrentamos. Sobre esto hay poca duda ya. Rigurosamente cierto esto que dices de que “cuánto más incomprensible, más incontestable, más propensa al dogmatismo y la chulería.” La claridad y la argumentación sometida al reino de la lógica quedan expuestas a la crítica de la inteligencia ajena, asumiendo la necesidad de corregir posibles errores. Las jergas oscuras, como las que utilizan nuestros cientifistas psicólogos y pedagogos de postín (y artistas modernos, etc.), son por completo refractarias a la crítica y la consideración de nuevas evidencias. Simplemente se enrocan en sus posiciones y señalan al detractor como hereje. La oscuridad, la ausencia de lógica y la negaón cerril de las pruebas son los instrumentos de todo poder tiránico.

        Potdata: Sólo una aclaración respecto de la Razón, por si hiciese falta. Cuando hablo de la Razón y la defiendo no estoy pretendiendo que el hombre (ni siquiera el más genial de los hombres) pueda descubrir las leyes del mundo sin recurrir al experimento. Eso sería un disparate. No, lo que quiero decir es que la estructura del mundo es racional (no contradictoria) y, por ello, accesible al entendimiento. De lo contrario, la ciencia y la filosofía no serán posibles. Por otro lado, lo que digo es que no es posible la experiencia sin el concurso decisivo de la razón, del concepto. Por eso dije que el gato no puede ver un guateque, ni una operación quirúrgica, ni una infinidad de cosas que sin son “visibles” para nosotros, pues vemos a través de las lentes del concepto.

        Un abrazo.

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