La magistral clase magistral

Juan Pedro Viñuela Rodríguez

El jueves 2 de septiembre aparece en El País, en la cuarta página de opinión un artículo, de José Lázaro, titulado, “Clases a la Boloñesa”. El escrito está realizado de una forma desenfadada y pretende defender los nuevos modos de enseñanza que la nueva religión de los nuevos redentores, los psicopedagogos, aconseja. Critica las clases magistrales de una forma simplona, como veremos ahora. Tiene un mérito, reconoce que la auténtica clase magistral, es decir, la que imparte un verdadero maestro en su saber, debe seguir, por el bien de todos. Pero, burlonamente, considera que todos los demás deben dejar sus clases magistrales porque en lo único que consisten es en la repetición memorística del profesor de la típica lección y la toma de apuntes de los alumnos. Bueno, esto es una simplificación y una aberración. Un credo con el que nos quieren hacer comulgar los nuevos redentores que persiguen enseñar la nada desde la nada. Son los pedagogos-demagogos. Y, para más inri, el autor se jacta de que si optamos por las clases a la boloñesa trabajaremos menos; se refiere a los de la universidad, los de enseñanza media se supone que ya habrán adoptado las formas de la nueva redención y están salvados. Y se trabajará menos porque ya no se trata de estudiar y repetir la lección, sino de que el alumno aprenda solo, tú sólo eres una guía que proporciona material e información y que te ayuda en la resolución de las preguntas, que en el proceso de aprendizaje van surgiendo. Esto sería un proceso de enseñanza activa en la que el papel activo es el del alumno y no el del profesor. El profesor debe ser el dinamizador de todo el proceso de aprendizaje, no el vehículo del conocimiento; éste, se nos recalca con otro mito, está en Internet. Esto, además de ser una farsa, es cinismo. Sobre todo viniendo de profesores de universidad con poca carga lectiva. Esta defensa burlona me resulta grosera y grotesca. Es impresentable.

Con lo de las clases magistrales ha ocurrido lo mismo que con lo de la autoridad. Se ha considerado que el profesor debe carecer de autoridad, y más con los conocimientos que se pueden obtener por medio de la red. Se ha confundido la autoridad con la violencia, cuando la autoridad tiene que ver con la inteligencia y la virtud. El profesor es la autoridad porque es el transmisor del saber y de los modos de acceder al saber, eso por un lado y, por otro, posee la virtud, al menos de la pasión por un ámbito del conocimiento. Es un ejemplo de dedicación y abnegación, un modelo para el alumno, un contraejemplo frente a los valores del éxito fácil, la fama, el dinero. El profesor es una autoridad porque su conocimiento, que libre y apasionadamente transmite, es el fruto del esfuerzo, no de la suerte, sino de la dedicación y del amor al saber y a la humanidad, en última instancia. Destronar al profesor es destronar a lo humano de la enseñanza. La autoridad debe ser recuperada para el profesor en su sentido auténtico. Tiene autoridad el que conoce algo y por ello su criterio es superior al nuestro. Pero a esta sociedad posmoderna y al poder que la acompaña, lo que les interesa es que todas las opiniones sean iguales. El profesor carece de autoridad, es más, la autoridad se transmite a la tecnología, reside en Internet. El profesor, dinamiza, motiva…y demás chorradas y entelequias de pedagogos-demagogos. La autoridad moral e intelectual es imprescindible en la enseñanza. Recuperarla exige un cambio revolucionario de valores en la sociedad.

Pues lo mismo que ha ocurrido con la autoridad del profesor ha sucedido con las clases magistrales. Éstas se ha considerado que se basan en una relación asimétrica entre el profesor, parte activa, que repite como un papagayo los apuntes de siempre, y los alumnos que, aburridos, intentan copiar lo que entienden de esa cháchara soporífera. Esto es una simplificación y aberración. Un malentendido a sabiendas. Y es a sabiendas, porque lo que intentan los nuevos redentores es mostrar que se puede enseñar sin conocer la materia. Y es lo que pretenden enseñar: nada desde la nada. Pero, porque en el fondo, en la sociedad ya no es necesario el conocimiento, sólo destrezas y habilidades. De lo que se trata es de producir piezas del sistema.

La clase magistral requiere de la autoridad del profesor y va ligada a ella. En la clase magistral lo que se produce es una transmisión de conocimientos, de formas de acceder a él, una actitud ante el saber y la vida y unos valores morales. Entre estos valores morales está el de la entrega al conocimiento y a la transmisión del mismo de forma desinteresada, con la intención de mejorar al hombre que habita en el interior de cada alumno. La clase magistral muestra la realidad del conocimiento. Conquistar el saber requiere esfuerzo, tiempo, pasión…todo ello lo transmite el profesor. Y un valor muy importante: el conocimiento procede del diálogo. La base del saber no es la autoridad arbitraria, sino la razón. El profesor, en su clase magistral, como maestro del saber, enseña todo esto. Y transmite el valor de la tolerancia, que se basa en el diálogo racional, no en el guirigay del respeto a todas las opiniones. Pero el alumno, para seguir al maestro y adentrarse en este mundo de conocimiento y virtud, necesita del esfuerzo. Tiene que aprender conceptos, tiene que memorizar. El conocimiento es imposible sin la memoria, tiene que disciplinarse y no perderse en esa bagatela pedagógica del aprender a aprender. ¿Y eso qué es, sino un galimatías que se ha convertido en un mandamiento del credo demagógico-pedagógico? Se aprende a partir de los conceptos y estos deben ser memorizados para poder manejarlos. Desde la nada no se puede aprender. Por eso el alumno necesita la disciplina, que no es más que el esfuerzo y la dedicación. Ocurre igual que en el deporte: no se puede correr un maratón de la noche a la mañana, hace falta esfuerzo, dedicación y disciplina. El conocimiento es una maratón que dura toda la vida. Los maestros nos enseñan a dar los primeros pasos. Y nos enseñan el valor de la disciplina y el esfuerzo. Nos transmiten el amor por el saber y la virtud de la justicia que el conocimiento lleva aparejada. Porque el conocimiento es una forma de liberación. Conocer es luchar contra la superstición y el poder. Y todo ello el profesor lo hace desde la tolerancia como virtud fundamental, que se ejerce, por lo demás, desde el diálogo. Pero el diálogo sobre o desde la nada es imposible. No se puede aprender a aprender y ya está. Esto se basa en una concepción errónea de nuestro cerebro y en un interés del poder en vaciar de contenido el mundo del saber para transformarlo en meras habilidades.

La clase magistral es algo noble y elevado, es más, nunca hay dos iguales, porque en el clima de la clase magistral se da una complicidad entre el profesor y los alumnos que es irrepetible, es lo que de arte tiene la educación. Y el arte no se puede reducir a la ciencia positiva que pretende ser la psicopedagogía. Confundir lo que es la clase magistral  con las clases de los malos profesores no es más que demagogia y un intento de acabar con el conocimiento y con la educación como forma de humanismo y humanización.

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Categorías: Diagnósticos, Soluciones

Autor:Juan Pedro Viñuela Rodríguez

Profesor de ética y filosofía. Autor de Fin de milenio y otros ensayos. Una mirada etica a la tecnociencia y el progreso y Filosofía desde la trinchera. Director del seminario de CTS del IES MELÉNDEZ VALDÉS, y de la revista de ensayos Esbozos.

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29 comentarios en “La magistral clase magistral”

  1. sonia
    18 septiembre 2010 a 16:13 #

    Hago una pregunta ingenua: ¿Si se acaban las clases magistrales también se acabarán los mítines políticos? Porque qué son ésos sino una clase “magistral” para engañar a la plebe, haciendo proselitismo para que sigan sus doctrinas a fuerza de repetir y repetir lo mismo año tras año. Ahí hay que repetir de memoria (o con el papelito delante) una y otra vez las mismas consignas, los mismos gestos, las mismas patrañas. A fuerza de la escucha repetitiva, se adquiere el aprendizaje memorístico.
    ¿Nos libraremos de una vez por todas de todos estos politicastros cuando se acaben las clases magistrales? Si ellos no transmiten nada, y de la nada, nada se puede aprender, igual llega el día deseado por todos y los no-aborregados podemos ser libres de una vez por todas.

  2. 18 septiembre 2010 a 23:54 #

    Estoy totalmente de acuerdo con tu entrada, que comparto plenamente. El carácter creativo y único de una clase bien dada es una idea esencial que debería utilizarse en la réplica contra la necia pedagogía imperante. En cierta forma, me has pisado un proyecto de articulito sobre la cuestión, que iba a ir en una línea muy parecida a la tuya. Has sido más diligente y te me has adelantado a un escrito que pensaba hacer con motivo del mismo artículo que mencionas, el del profesor(?) José Lázaro. Ese texto ha recibido en EL PAÍS elogios de algún que otro lector friki,que achacaba a las “clases magistrales” en bachillerato un efecto perverso sobre el fracaso y el abandono escolar, pero también una interesante réplica: Empanada boloñesa, que desmonta algunas de las falacias psicopedagógicas que ya están empezando a infectar también a la enseñanza universitaria y arroja algo de luz en las páginas de un diario que lleva décadas formando parte del “búnker pedagógico”. La contrarréplica del tal José Lázaro no la he leído.

    En el satírico, pero burdo artículo del entusiasta rompedor de moldes a la boloñesa, José Lázaro, se habla de un hábito al parecer generalizado, los apuntes de los estudiantes, como un material ininteligible, absurdo, que debe memorizarse y que no sirve para nada. Los apuntes, según esta versión, son el producto de las clases magistrales de las facultades. Y representan la repetición de un conocimiento fosilizado o improvisado la víspera por el profe. Todo un exponente de una universidad obsoleta.
    Cuando desde hace varios trienios ciertos alumnos, al discutir un examen, recurren en el regateo de la calificación al manido argumento: “está en tus apuntes (o en sus apuntes, según los casos)”, yo les contradecía: “no, está en los suyos; yo no tengo apuntes. El profesor explica, guía, recomienda libros, resuelve dudas, aclara conceptos, pone ejemplos, expone, pregunta a sus alumnos, responde a sus cuestiones, si las hay… Y el alumno debe seguir la explicación, practicar y aplicar los conocimientos y leer los artículos y libros recomendados por el profesor, que se entenderán mejor a la luz de las explicaciones formuladas en clase. O bien, el alumno puede preguntar a partir de las dudas que le han proporcionado las lecturas.

    Si es muy común que para muchos estudiantes el único material de estudio son los apuntes, sin acudir a las fuentes, es un error de método y un hábito pobretón de mínimo esfuerzo contra el que muchos son los profesores que les previenen. Frente a esta práctica mediocre siempre se les pueden hacer exámenes con libros, en los que tengan que resolver cuestiones que demuestren su capacidad de entenderlos, usarlos y aplicarlos.

    El papel del alumno no tiene que ser un taquígrafo que transcriba palabra por palabra la explicación del profesor. No digamos si construye una especie de texto surrealista con fragmentos incoherentes e incompletos de lo que el profesor ha enseñado en clase, porque varios compañeros se han turnado durante el mes para tomar apuntes alternativamente, sin saber de qué iban las clases inmediatamente anteriores a las que se habían ausentado. El estudiante debe tener la capacidad de síntesis de comprender y resumir sobre la marcha, seguir la explicación, anotar y resolver sus dudas. No tiene que ser un copista. Por este motivo, no es justo achacar al profesor los malos hábitos académicos de muchos estudiantes que no consultan las fuentes, asisten de vez en cuando e intercambian “apuntes” con sus compañeros para componer algo parecido a un “cadáver exquisito de los surrealistas franceses”. Por cierto, que en la reforma de la selectividad que pactó en 1986 el entonces secretario general de Educación, Alfredo Pérez Rubalcaba, con los representantes del sindicato de estudiantes, se incluyó la supresión de las PAU del resumen escrito de una conferencia, prueba que medía la capacidad de los estudiantes de comprender las explicaciones y sintetizarlas mediante esquemas, cuadros sinópticos o simples resúmenes escritos.

    Se asocia el fin de los “apuntes” y las clases magistrales en la universidad a la irrupción de Internet. Falacia, para variar. En una era donde la información es apabullante e inasible en su totalidad, es imprescindible que el profesor, entre sus explicaciones, aconseje –de forma graduada- el uso de las fuentes, aclare los conceptos, los explique y enseñe a ponerlos en práctica. El protagonismo del factor humano para conseguir el conocimiento, que no la información, es más necesario que nunca en la era de Internet.

    Hace unos meses, en el mismo diario de PRISA, el expresidente extremeño Rodríguez Ibarra, auguraba el ocaso de los trasnochados apuntes y su sustitución por un “clic” del ordenador. Pues no, el profesor, si quiere dar clase, que es una de las claves de esta polémica, tiene que informar a sus alumnos de qué fuentes son fiables y cuáles no, qué materiales, en la red o en la biblioteca, le van a ser útiles, imprescindibles o complemetarios. Y al mismo tiempo, el profesor tendrá que ir allanando caminos, transmitiendo conocimientos, actitudes y hábitos académicos que permitan que el alumno alcance el grado de formación que un día le permita ser autónomo en el aprendizaje, circunstancia que es el punto de llegada de la enseñanza en los niveles más elevados, pero que no es el punto de partida ni el método adecuado.

    -¿Da usted lecciones magistrales?
    -Lo pretendo, aunque me ruborizaría si alguien llegara a pensar algún día que mis clases merecen sin adulación ni hipérbole tan encomiable y superlativo epíteto.

    La irónicamente llamada lección magistral es uno de los muchos tópicos recurrentes y estúpidos de la pedagogía establecida, que lleva aparejada varias circunstancias:

    1.- Es una caricatura burda del quehacer diario del profesor, sobre el cual la pedagogía oficial siempre traza una generalización descalificadora a partir de un presunto docente “tradicional” para justificar la mera razón de ser de los psicopedagogos, que serían un cuerpo extraño si los profesores hicieran bien su trabajo y no necesitaran un ángel de la guarda que los protegiera de sus inveterados y casi incorregibles vicios profesionales.
    2.- Supone también la apuesta por la desaparición del trabajo del docente, cuyo protagonismo e importancia, e incluso casi su trabajo, desaparecerían si se lleva a la práctica el fin pregonado por el profesor de Humanidades Médicas José Lázaro: “Es posible que la implantación del llamado modelo Bolonia (que algunos profesores llaman “la amenaza Bolonia”) tenga muchos de los inconvenientes que nos predicen los agoreros, pero tiene sin duda una enorme ventaja: abre la posibilidad de acabar con el nefasto hábito medieval de dar y recibir clases. O, al menos, nos facilita mucho las cosas a los profesores que llevamos años intentando no dar ni una.”
    El profesor proboloñés autor de la genial frase subrayada no se dedicaría a dar clase, sino a hacer otras cosas (algunos exdocentes hace tiempo que consiguieron el inefable propósito señalado por el apologeta de la enseñanza boloñesa).
    Es la traslación de la mamarrachada constructivista (el nacionalconstructivismo del que habla Gregorio Luri) a las aulas a la boloñesa, dentro de esa visión futurista y supersónica del mundo feliz que se nos avecina.
    3.- No todas las clases son iguales, no todas las áreas de conocimiento requieren el mismo tipo de actividad en clase. No es igual una clase teórica que una práctica, no es igual una clase con quince alumnos que con cien. Hay materias y ejercicios que pueden requerir clases más o menos participativas, aunque siempre bajo la dirección del profesor. Pero lo que está en juego con este asunto es el cambio del rol del profesor, objetivo central de la secta pedagógica.

    Evidentemente, no es lo mismo que te expliquen la poesía de Góngora Don Dámaso Alonso o Don Fernando Lázaro Carreter que recibir esas enseñanzas a manos de dos docentes con menos conocimientos que los citados. Es que ahí es donde radica la función y la importancia del profesor.

    De la misma forma, es común que los cursillitos de pedagogía adopten las convenciones del género “enseñanza catecísmica”, donde te transmitan unas verdades inmutables que otros repiten como papagayos. No es una enseñanza creativa; es una herencia de un adoctrinamiento clerical que está en la raíz de la pedagogía infiltrada en el poder en España desde 1970. (Ya sé que algunos de los cursos de pedagogía no son catequesis con un magíster dixit: otros son dinámicas de grupos, juegos de rol, corros de la patata, numeritos circenses, trabajos por parejas y por tríos, lanzamiento de pelotas de goma para romper el hielo. Pero cuando hablan los gurus, vuelven al púlpito y repiten cual papagayos la doctrina que luego se difunde “ad pedem litterae” “urbi et orbi”.)

    Por eso, algunos señalábamos, a la hora de hablar de la selección de futuros docentes, que la desaparición del examen oral en las oposiciones a los cuerpos de profesores de secundaria, escuelas de idiomas, enseñanzas artísticas y formación profesional y su sustitución por la defensa de una programación didáctica, significaba un desprecio por comprobar un aspecto crucial de la capacidad docente de un protesor: cómo explica, cómo se expresa, cómo organiza su discurso y cómo es capaz de preparar una clase y exponerla en público. Medir esas cualidades es despreciado por los burócratas y gerifaltes de las administraciones educativas (tenemos 18 en España), porque la “lección magistral” es tan carca como volver a los oscurso tiempos del medioevo y se ha convertido en una de las bestias negras de los modernizadores de la enseñanza.

    Todas estas campañas (como la de los modelnos contra la lección magistral) ejercen un papel intimidador contra el que no comparte los dogmas y chorradas de la psicopedagogía. Por eso, la respuesta tiene que hacerse llegar para desactivar una nueva arma cargada del veneno estúpido de los psicopedagogos, enemigos de la docencia, del docente y del conocimiento.

    Finalmente, es verdad que podemos encontrarnos con muestras apuntes –tomados por un estudiante o un equipo rotatorio de amanuenses- que son infames. Hubo un tiempo en el que aleatoriamente me llevaba una muestra de los presuntos “mis apuntes” a mi casa y luego se los devolvía anotados a sus autores, los que después erróneamente me atribuirían a mí la autoría de las incoherencias y disparates que contenían muchos de ellos. Enseñar a tomar notas, hacer resúmenes sobre la marcha, etc. también es tarea del profesor. El problema es que con tanta frecuencia la base previa es tan pobre y la capacidad de comprensión oral de la lengua culta en su propio idioma es tan limitada que el aprovechamiento que un buen número de los estudiantes hacen de una clase (a veces con 15 alumnos, otras con 50, en ocasiones con 100), resulta un arduo asunto.

    • 19 septiembre 2010 a 1:20 #

      Mariano, poco que añadir. Lo que explicas con toda la paciencia del mundo es algo que cualquier profesor de verdad, y no los soplagaitas que menudean por doquier, es capaz de entender por pura experiencia profesional. Sin los buenos apuntes de los discípulos de Aristóteles no tendríamos sus obras, y sin los alumnos de Hegel tampoco. Lo que pasa es que en estos casos sí había estudiantes, y no mequetrefes medio analfabetos. El tipo éste de EL PAÍS es un patán. Los apuntes de sus alumnos, a los que dará clase, seguro, de la manera más convencional, no pasarán a la Historia de las Humanidades Médicas.

      • 19 septiembre 2010 a 7:55 #

        Totalemente de acuerdo.

      • 19 septiembre 2010 a 11:29 #

        Se me olvidaba. Un gran artículo, Juan Pedro.

      • Francisco Javier
        19 septiembre 2010 a 12:44 #

        Totalmente de acuerdo.

    • 19 septiembre 2010 a 7:54 #

      Lo siento, Mariano, por haber pisado tu artículo. De todas formas añades cosas muy importantes. Ya comenté, también aquí, aquel artículo de mi antiguo presidente. Hablama sobre el mito de la información y las nuevas tecnologías. Saludos.

      • 19 septiembre 2010 a 8:14 #

        Me parece maravilloso que se ataque como tú lo haces uno de los tópicos que más me irritan de la pedagogía oficial: la lección magistral. Y además es un buen síntoma que nos llamen la atención las mismsas cosas.

  3. Francisco Javier
    19 septiembre 2010 a 11:03 #

    Estupendo artículo, Juan Pedro:

    La idea de que todo está en la INTERNET es una estupidez gigantesca propia de quiénes todos ya sabemos.

    1. No todo está en INTERNET. La práctica totalidad de la bibliografía sigue sin digitalizar y lo que hay es -lógicamente- de pago: si prefieres el libro en formato digital, pues lo compras -si es que existe- y ya está. Nada muy distinto de lo que hasta ahora teníamos. Yo personalmente (y una gran mayoría), prefiero encargar el libro en papel, que se puede leer sin que duela la cabeza (leer en la pantalla del ordenador es una tortura y los libros electrónicos todavía están en pañales… y me gusta el papel) y además es un poquito más caro que el virtual (por 2 o 3 euros más prefiero el papel), por lo que sale más rentable (la única desventaja es que en las casas pequeñas hay problema de espacio).

    2. Pero la estupidez de la estupideces reside en la idea de que el papel del profesor pase a ser el de mero documentalista. Es como si el profesor , al empezar sus clases, dijese a sus alumnos: “Miren, todo está en los libros, así que si quieren aprender, lo que deben hacer es consultar el ISBN o el catálogo de la Biblioteca del Congreso de Washington. Así que hoy, tan sólo me voy a limitar a indicarles una página (copien) en la que se explica como manejar los operadores booleanos para hacer búsquedas un poco más refinadas en los catálogos.”

    3. Nada hay más motivador para un alumno que la escucha de una autoridad en la materia de que se trate. Ello no es incompatible -jamás lo ha sido- con el empleo de otras fuentes de conocimiento (libros, documentos, etc.) Tomar apuntes no tiene nada de malo, todo lo contrario (fuerza la atención, desarrolla la capacidad de síntesis y de construcción, es un modo de conservar y preservar un conocimiento vivo y único,….) El abandono de esta práctica en la ESO y en el BACHILLERATO ha sido algo desastroso: los alumnos son absolutamente incompetentes para seguir en vivo una clase, conferencia, etc., ya que carecen de este hábito y se han acostumbrado a lo que es mucho más cómodo (para la muñeca y para el coco) : dormitar en clase (en el mejor de los casos), semi-atender o dar el coñazo (lo peor, pues impiden al resto atender).

    4. El rechazo de la clase magistral no es otra cosa que un acto de resentimiento (el resentimiento domina la pedagogía). Nace de la envidia, de la mediocridad, de la pereza y los malos humores. Como son incapaces de dar una clase magistral (no son Maestros de nada), arremeten con cinismo contra aquello de lo que adolecen y proclaman la muerte: los Sócrates, Jesús de Nazareth, Kant y tantos y tantos sabios, todo eso es del pasado, es cosa de viejos,….

    ¡Larga vida a la clase magistral!

    • 19 septiembre 2010 a 12:56 #

      Esa situación de resentimiento hay que explorarla, Francisco Javier. El victimismo revanchista, resentido, parece el motor de la política patria, desde las pedanías hasta las altas esferas de los Ministerios. Dicen que la Guerra Civil fue algo que ocurrió. Pues en absoluto. Sigue latente.
      La mayor parte de los grupúsculos que apoyaron la LOGSE constituían facciones de resentidos. Maestros, profesores de FP, interinos, pedagogos…

      Los maestros se sentían muy dolidos por su reducido sueldo y porque ellos eran los que sabían enseñar y “cuidar” de los alumnos, y no la panda de agregados de Instituto ésa de cabrones asustaninios, torturadores de la tierna infancia. A pesar de que su formación era muy escasa y la Oposición incomparable, pugnaron por alcanzar el mismo status que el agregado de Instituto, bestia parda de la enseñanza, y se echaron a los brazos de los Sindicatos y de los Renovadores Pedagógicos con el objetivo de alcanzar los ansiados baluartes. Suárez ya les otorgó un sueldo digno (que se lo merecían, por supuesto), y la LOGSE les trajo el ansiado reconocimiento (promoción a la ESO; incremento de sueldo en esta circunstancia -como un profesor de Instituto-; traslado de los séptimos y octavos, porque, a pesar de todas las virtudes pedagógicas que los maestros esgrimían, resulta que no sabían qué hacer con ellos; posibilidad de la jornada continua; mimo de los Sindicatos, que trabajaban para ellos, porque mayoritamente eran ellos mismos; oposiciones para interinos, porque se valoraba más la práctica docente que la formación, un asunto éste de contenidos y “clases magistrales” frecuentado por los horrorosos agregados de bachillerato; promoción de los maestros pedagogos a los equipos de Orientación de los Institutos; potenciación del cursillito renovatorio, como quintaesencia del “reciclaje”, lo que puso un piso a los hasta entonces insignificantes Departamentos de Pedagogía de las Facultades… En fin, que la liaron parda, los señores maestros (con todo el respeto, por descontado, pues corre por mis venas sangre de cinco generaciones de maestros). Sólo con estas medidas se puede decir que el tinglado de la farsa ya estaba montado.

      Los profesores de FP, dolidos enseñantes que proclamaban entres ayes su falta de reconocimiento social a los cuatro vientos, y que se sentían algo así como el culillo del sistema educativo, obtenían la comprensión pública de todos nuestros próceres legisladores al grito de combate de: “¡hay que dignificar la FP!”. ¿Y en qué consistió la dignificación? ¿En montar unos buenos planes de estudios, exigir más formación a los profesores, que algunos ni siquiera tenían la diplomatura, promover nuevos aprendizajes de nuevos oficios, exigir notas a los alumnos y titulación, meter más pasta en el asunto? NO, DE ESO NADA. La dignificación consistió en equipararlos con los joputas esos de los agregados de bachillerato, a pesar de que sus estudios, su oposición, su formación docente, se parecía como un huevo a una castaña. En esta época de diferencias y relativismos, que algunas comentaristas en otros hilos defienden tan alocadamente, lo cierto es que nadie quiere ser diferente ni relativo cuando de los que hablamos es de la pasta y del Poder. Que, al fin y al cabo, es lo que cuenta.
      ¡Ni que decir tiene cómo lo podía pasar un agregado que aterrizaba en un FP reconvertido (yo, por ejemplo)!. ¡Y encima, doctor!. Si eras catedrático ya la cuestión podía llegar a las manos, porque nada más ínfame, más liberticida, más desigualitario, que un catedrático de Instituto. No importaba que los profesores de FP no estuvieran ni por asomo preparados para su “reconversión”. Que no hubieran tenido que pasar por el C.A.P. (menos da una piedra) ni poseyeran formación pedagógica suficiente para afrontar una Comisión de Coordinación Pedagógica sin salir de ella con la seguridad de que el cabrón del doctor en Filosofía les había hablado en chino. Por supuesto poco les importó que después del apaño la FP quedase mucho más mierda y más indigna de lo que era antes, que perdiese la continuidad, que se disolviese modularmente -IKEA fashion-, que el Grado Medio fuese un aparcamiento de malos estudiantes de la ESO y el Grado Superior un simple cursillo para adultos del INEM. A ellos ésto se la traía floja. Habían logrado, por fin, ser profesores de Enseñanza Secundaria.

      Los interinos dominaban, y dominan, la política. Constituyen la quinta columna de los Sindicatos de estofa (baja estofa, para ser más precisos). Durante una época, aquélla en la que si sacabas la Oposición te mandaban a las Chafarinas, muchos optaron por llegar al ejercicio para simplemente firmarlo, con el temor de que una buena nota les podía acarrear el terrible pesar de tener que abandonar su Fuenlabrada natal y hacer las maletas hacía recónditos territorios, convertido uno además en un funcionario del Estado, cosa para la progresía de aquellos tiempos soez y esclavizadora donde las hubiera. Total, era cojonudo, porque el Gobierno ampliaba las bolsas de interinos, y siempre había un Fuenlabrada 16 o 17 en el que dar clase. Además, cuantos más años, más puntos. Si al final, gracias a la esforzada labor sindical de tantos decenios, al interino se le reconocen los trienios y tiene los mismos derechos que cualquier otro profesor, porque “hace el mismo trabajo”, pues miel sobre hojuelas. A la chita callando ahí les tienes. P.S.: Más, todavía hay más. Si eres interino bífido (perdón, bilingüe), habilitado chachipiruli, entonces lo que tienes es un chollo de la muerte. ¡Un chalet, te han puesto un chalet!

      Sobre los pedagogos no voy a decir nada que en este blog ya no se haya dicho. De constituir la mediocridad andante en ratoneras de las Facultades de Filosofía o Psicología, pasaron a conseguir palacete propio y a cortar el bacalao (hablando de todo un poco, tengo hoy domingo al fuego un bacalao a la vizcaína de chuparse los dedos). Todos conocemos bien sus gestas. Prefiero no hablar de ellos. Mucho mejor el bacalao.

      Un abrazo a todos. Y salud, compañeros.

      • Francisco Javier
        19 septiembre 2010 a 17:13 #

        Mira Antonio,

        lo que más me ha alegrado de todo lo que has dicho (que es bestial y refleja perfectamente este clima de asco y rabia que padecemos) es lo del bacalao, que deseo hayas disfrutado como se merece tan magistral invento de la extraordinaria cocina vasca.

        Y gracias por la información (que desconocía). (¡Me imagino que va a levantar ampollas!)

      • 19 septiembre 2010 a 18:10 #

        Antonio:

        Tienes toda la razón en tu análisis de la historia de quiénes han fraguado todo esto. Y es muy conveniente que se conozca. La hemos sufrido en carne propia. Es la sociología de la mediocridad, el resentimiento y el igualar por abajo. Esos colectivos que mencionas son los que han estado en la cocina influyendo en los sindicatos, MRPs y gabinetes ministeriales. Y así ha salido lo que ha salido.
        Algunas veces he traído a colación la frase lapidaria de una compañera: “La LOGSE fue la conjura de los necios”.

  4. 19 septiembre 2010 a 11:33 #

    El asunto es además que la fobia contra la lección magistral es un falso debate: como ya habéis apuntado algunos por aquí y entendería cualquiera con dos dedos de frente sin necesidad de dedicarse a la enseñanza, serán mejores o peores en función de quién y cómo las dé, porque lo importante no es el método, sino el acierto con que se aplique. Este es uno de los grandes vicios de los pedagógicos: como son tan terriblemente despóticos y rígidos, son incapaces de entender y admitir que hay muchas formas válidas de organizar la actividad de un profesor. Eso revela también una cierta ignorancia de lo que se traen entre manos. También, miedo: es lo que a menudo se oculta tras los anatemas contra lo ajeno, en este caso, tras el de esta secta contra la clase magistral, en la que, como muy bien apunta Mariano, en realidad simbolizan a la figura de su mayor obstáculo: el profesor que actúa como elemento activo de la transmisión del saber, es decir, de ese profesor libre, responsable, preparado e inteligente que no comulga con sus dogmas. De ese profesor que no quiere convertir la clase en una pérdida de tiempo. En este sentido, me deja perplejo José Lázaro, porque puede organizar sus clases como quiera y, de hecho, he de decir que por lo que cuenta veo que hace algunas cosas que hago yo también, pero no entiendo que, siendo profesor, afirme su disposición a no dar clases: ¿qué es lo que da o pretende dar entonces? Si lo que defiende es un modelo regido por las pautas del pedagogismo, que se ande con cuidado: los que llevamos veinte años o más bregando con esas pautas sabemos muy bien lo destructivas que son para la enseñanza, lo que la empobrecen. ¿Lo sabe él? ¿No lo sabe? ¿Qué es lo suyo, ignorancia o irresponsabilidad?
    Termino con una curiosidad: tengo ante mis ojos un libreo titulado “Política razonable”. Es una serie de entrevistas y escritos en los que figuras señeras de UPyD o próximas a este partido nos transmiten las ideas principales en que se sustenta. Están ahí, entre otros, Savater, Vargas Llosa y Martínez Gorriarán. El editor, recopilador y entrevistador es… José Lázaro. ¿Qué opinarán los tres personajes que he citado sobre las ideas sobre el saber y su transmisión subyacentes en el artículo “Clases a la boloñesa”?

    • sonia
      19 septiembre 2010 a 14:04 #

      “no entiendo que, siendo profesor, afirme su disposición a no dar clases: ¿qué es lo que da o pretende dar entonces?”

      Pues qué va a pretender, tocarse los kinders sorpresa como suele hacer toda esta pandilla basura. En cuanto te ven que no les sigues el juego y actúas del modo “tradicional” te van a la yugular. En el fondo, todo es envidia, ya se sabe: “Si la envidia fuese tiña …”.

  5. David Arboledas
    20 septiembre 2010 a 6:50 #

    Excelente artículo y excelentes comentarios. Yo, de momento, en la programación del departamento bien clarito se recoge en la metodología que se emplearán clases magistrales como fuente fundamental de la transmisión de contenidos conceptuales… Ya veremos qué dirá el Sr. Inspector si lee la misma… aunque espero con ansias su discurso.
    Saludos

    • 20 septiembre 2010 a 7:06 #

      Muchas gracuas David. Y a todos. Creo que coincidimos todos bastante en el asunto de las clases magistrales. Por mi parte, yo también recojo en la programación que la metodología fundamental será la clase magistral, o, como se ha dicho por aq

    • 20 septiembre 2010 a 7:08 #

      Muchas gracuas David. Y a todos. Creo que coincidimos todos bastante en el asunto de las clases magistrales. Por mi parte, yo también recojo en la programación que la metodología fundamental será la clase magistral, o, como se ha dicho por aquí, intentar hacer clases magistrales en al auténtico sentido, que no es poco…saludos.

    • Francisco Javier
      20 septiembre 2010 a 8:08 #

      Una idea estupenda:

      la añadiré a la programación con mayúsculas para que quede bien claro.

  6. Raus
    20 septiembre 2010 a 8:44 #

    Magistral artículo, Juan Pedro. Y oportunísimo ante la avalancha de memeces posmodernas que la quieren desacreditar. Los comentarios, excelentes. Y sí, que en el centro se entere quien tenga que enterarse de que se empleará la clase magistral cuando se crea oportuno. Que parece que tenga el docente que ir callándolo o diciéndolo con vergüenza.
    Saludos.

    • 20 septiembre 2010 a 15:39 #

      Gracias Raus. Me parece muy bien eso de ir perdiendo la vergüenza. No hay que esconderse de nada, hay que proclamar la excelencia por doquier.

  7. Cupidito
    20 septiembre 2010 a 19:03 #

    Antonio: te felicito sinceramente por tu descarnada pero acertada exposición. Sí señor, eso ha pasado para nuestra desgracia y vituperio, aunque se diga en voz baja por no ofender a quienes ofendieron y destrozaron nuestra profesión. Sólo te falta exponer una tercera línea de fractura: el tiempo en que la inquina de bastantes agregados contra “sus” catedráticos terminó con la mini-jerarquía departamental basada en oposiciones libres diferenciadas. Esta batalla se saldó, con “¿Queréis igualdad ? Pues tomad igualdad por abajo: todos profes de secundaria…. Y para el que se sepa mover entre el comisariado inventamos aquel engendro de “condición de catedrático” (¡¡¿?)”.
    Así que, finalmente, los “profesores de primaria” (a bastantes no les gusta que les llamen maestros) han conseguido o están en camino de conseguir la secundaria: su escuela de Magisterio es ya una Facultad boloñesa, las demás Facultades han sido degradadas al Grado, se les convalida la parte psico-pedagógica del máster de secund. y pueden escoger aquella especialidad que les pete en función de número de plazas: total son sesenta temillas de generalidades competenciales que además sólo valen 1/3 o menos de la mal llamada oposición.
    Como nuestros jóvenes-chachipiruli son “listos” ya saben bien “por donde van los tiros” y en este último curso Magisterio (Facultad, of course) ha tenido que subir la nota de corte ante la sobredemanda de plazas, mientras que otras Facultades, desde luego Humanidades, han tenido que poner el cartel de “barra libre” para ver si se matriculan aunque sean “las sobras” (Universidad de C-LM, campus de Toledo).

    • 20 septiembre 2010 a 21:22 #

      Totalmente de acuerdo contigo, Cupidito. Una matización magistral. Ya podías dar tu nombre y sumarte a esta aventura deseducativa.

  8. Mari Cruz Gallego
    20 septiembre 2010 a 19:21 #

    La clase magistral es tan necesaria como la clase participativa con el alumnado. De hecho, no se puede dar la segunda de manera conveniente y productiva, si antes no se ha dado la primera. Lo del aprendizaje individual, sólo dirigido por el profesor, de los alumnos, sólo es posible cuando antes han sido formados convenientemente a través del discurso del docente. Otra cosa es lo que cada uno bien pueda dar en un aula hoy día: si en un gran porcentaje de las mismas no se puede dar una clase magistral sólo es una muestra más del fallo del sistema. Excelente artículo. Un saludo.

  9. 20 septiembre 2010 a 20:43 #

    Defendiendo de punta a cabo la concepción de la clase magistral, que yo también uso, quiero destacar el peligro que conlleva su uso excesivo en Secundaaria, pongamos en bachillerato, y no es otro que el fomento de la pasividad del alumnado y el consiguiente desinterés por la materia, por bien explicada que esté. Un buen dia, después de no haber usado otro método que la clase magistral, caí en la cuenta de que la distancia entre mi discurso y la capacidad de comprensión del alumnado se ensanchaba prodigiosamente, y ello hasta el punto de abrir un abismo que éramos incapaces de salvar, ellos por su escasa competencia lingüistica y conceptual, yo por evitar la humillación de rebajar los contenidos. Otro buen día me dije que en las clases el único que trabajaba era yo, es decir quien ya se lo sabía todo y lo explicaba con, digamos, corrección…; pero ellos se iban convirtiendo en un hatajo de holgazanes que no activaban las neuronas ni para las fantasías sexuales. Conclusión, los puse a trabajar y sólo a partir de su indagación en la materia, de su estudio previo -a la vieja usanza del “para mañana, la lección 5ª, la letra pequeña también…- irrumpía yo en el proceso del conocimiento con toda suerte de aclaraciones, matizaciones, añadidos, etc. De aquel día acá no ha variado el porcentaje de alumnos que se avienen al método, lo emplean y sacan provecho; no muchos, pero éstos sí que sí, ya lo creo.
    Tu artículo Juan me ha traído a la memoria las clases que recibí de José Manuel Blecua, un auténtico “maestro”, una “autoridad” por excelencia. Estaba ya muy sordo, te hablo de 1976, pero con ningún otro profesor me comuniqué más y mejor. Fruto de aquel buen entendimiento fue la invitación a conocer su casa y, sobre todo, su biblioteca. Quienes hemos tenido un “maestro” así y lo hemos visto actuar con la suma de conocimientos, humildad, experiencia, afectuosidad, educación y fino sentido del humor no ignoramos que somos seres muy afortunados. Con que algún alumno mío me recordara con la mitad de afecto con que yo recuerdo a Blecua, daría mi via profesional por bien empleada.

    • 20 septiembre 2010 a 21:29 #

      Querido Juan:

      la clase magistral no creo que consista en largar un soliloquio detrás de otro a los alumnos. Ayer uno de mis mejores maestros, hablando del artículo, me refirió la mejor clase magistral que él había recibido, de un tal Platón. Era corta, concisa, desveladora: “Porque amo el pensamiento, amo la vida”. Después se trata efectivamente de que el alumno trabaje con esto, que lo deguste, que se pelee con ello. Todos los buenos profesores nos hacen pelearnos con sus clases magistrales. Y en eso reside el misterio. De un tal Sócrates.

    • 21 septiembre 2010 a 8:07 #

      Sí, Juan, pero la clase magistral es diálogo. No se puede olvidar eso. La cuestión es la mayeútica.

  10. Luzroja
    20 septiembre 2010 a 22:32 #

    La clase magistral es uno de los mayores ejercicios de decencia que el maestro tiene para con sus discípulos, pone a éstos en un plano de igualdad al entender que pueden seguir su discurso, comprenderlo, interpretarlo e incluso recrearlo, todo ello envuelto en la facultad más humana: la intelectual.

    Quien considera nefastas las clases magistrales es porque cuando las recibió, estaba sordo.

  11. Ana Belén
    20 septiembre 2010 a 23:35 #

    Un artículo estupendo que también comparto plenamente, acompañado de muy buenos comentarios, como ya han señalado. Saludos!

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