Elogio y vindicación del profesor (Séptima entrega)

III. De expertos y profesores

1. Una conversación con Don Gonzalo

Cuando el profesor contempla el entorno de adultos dimitidos donde se mueven sus alumnos y la avalancha de propaganda antieducativa en que les dejan perderse, animándoles a pensar que su opinión y sus caprichos valen lo mismo que el criterio del profesor -tanto monta- se pregunta cómo es que quienes hablan así no advierten la (in)consecuencia: -¿Entonces por qué crees que el profe soy yo, y no tú? ¿Crees que yo a tu edad estaba preparado para hacer lo que ahora hago, que no he tenido que aprenderlo?-, y encuentra inexplicable que tantos supuestos adultos olviden tantas verdades elementales que poco tienen que ver con que cambien los tiempos, pues las necesidades de una persona que está empezando a formarse pueden cambiar, y mucho, en lo accesorio; pero, en lo esencial, o no cambian o cambian bien poco.

Una cosa parece clara: que precisamente ellos deben estar a resguardo de tener que decidir sobre su propia educación. Solo muy gradualmente, paso a paso, deben ir aprendiendo a tomar las riendas de su vida. A los niños y a los adolescentes no se les puede pedir que sean consecuentes, ni que sean justos, ni siquiera que sean sensatos. Ellos no lo son por naturaleza: no saben serlo aún. Los que tienen obligación de serlo son sus padres, sus profesores, sus inspectores, sus gobernantes. A los chicos se les puede pedir que vayan desarrollando una tendencia a ser prudentes, justos y razonables que consiga doblegar la tendencia opuesta, de la que nadie nace exento. Pero es difícil lograrlo si el criterio moral del educando empiezan por viciarlo los mayores, y justamente a costa delprestigio de quien le enseña.

Cuando yo daba clase en el instituto “Gonzalo Torrente Ballester” celebramos un homenaje a nuestro escritor epónimo, que vino y nos dio una gratísima conferencia de escritor y de profesor experimentado. Luego comió con nosotros, y durante la comida yo, que coordinaba La (j)aula, la revista del instituto, le pedí que de sobremesa me respondiera a dos o tres preguntas acerca de la enseñanza. Su generosidad no se contentó con tan poco. Me invitó a visitarle en su casa de Salamanca, a comer con él y con su mujer, Fernanda, y a pasar una de las tardes más placenteras de mi vida hablando de lo divino, lo humano, lo literario, lo gallego, lo americano, lo divertido y humorístico, de ciertas realidades que inspiran melancolía… y de la enseñanza. Una mínima parte de lo que hablamos se publicó en la revista, acompañada del estupendo retrato a tinta que Rubén le había hecho.

El alumno es insensato por naturaleza, porque para eso está en edad de serlo -me dijo, entre otras cosas, don Gonzalo-. Quienes tienen que aplicar la sensatez para tratar de encaminarle por donde le conviene, y que no se perjudique a sí mismo más de lo inevitable, son los adultos. A los adultos se les debe pedir que velen por ellos, por sacarlos de la insensatez: que les toleren una rabieta, pero no que al final les den la razón o les concedan lo que con la rabieta pedían…

Fue una conversación que influyó no poco en mi forma de tomarme la enseñanza. Por edad y por experiencia, don Gonzalo estaba en situación de reflexionar muy sabiamente sobre nuestro oficio. Por él supe yo que este oficio nuestro no tiene -no tiene por qué tener- compensaciones visibles. No solemos ver al adulto que ha salido de nuestras manos… y que unas veces se acuerda de nosotros y otras veces nos conserva poco o nada en el recuerdo.

– Es ley de vida, que cada cual siga luego su camino. Yo no he solido tener contacto después… Pero sé que he ayudado a que una persona se haga persona. Lo de menos es que sepa o no distinguir el complemento directo, que maldita la falta que le hace a nadie, igual que la raíz cuadrada a casi todo el mundo… lo importante es el tiempo que han pasado contigo -en el caso de nuestra asignatura- ejercitando la mente con los complementos o con las metáforas, distinguiendo lo moral de lo inmoral, educando el gusto… en fin haciéndose personas, que era de lo que hablábamos hace un momento, y que es de lo que se trata. Y ese es el valor de lo que nosotros hacemos, que igual podría estar haciéndolo cualquier otro… pero es una satisfacción saber que lo has hecho tú… Y no hay más: es solo esto. Nuestra compensación es lo de ahora: es el enseñar, en sí mismo.

Aprecié en lo que valía esta lección de modestia, porque no suele uno recibir muchas, de personas que son (o que se creen) importantes.

Hablamos de la reforma que se anunciaba. Don Gonzalo se mostró escéptico. En un momento dado, me hizo una declaración que entonces, careciendo yo aún de ciertos elementos de juicio necesarios, no supe bien en qué sentido interpretar; si bien no había de tardar mucho en poderla interpretar perfectamente (al primer cursillito que me endilgaron). Él había vivido y enseñado en Estados Unidos, era muy sabedor de por dónde iban los tiros de la inminente reforma y debía de prever con claridad qué parirían al final los montes…

– No me fío de los pedagogos -decía don Gonzalo, y explicaba su razón en palabras diáfanas-  porque ellos saben –o dicen que saben- enseñar inglés, francés, geografía, matemáticas…: pero inglés, francés, geografía y matemáticas… no saben. Entonces, yo no entiendo cómo es que saben enseñarlo.

A este no saben había yo de darle muchas vueltas en tiempos venideros. En aquel momento me pareció obvio que no podían saber de todo, sino que poseerían un conocimiento más abstracto y amplio sobre el proceso de aprender, aplicable a la enseñanza de nociones relativas a áreas diferentes -¿es que no es eso, la pedagogía?- y que a su vez luego afinarían ese conocimiento investigando sobre la enseñanza específica de las distintas ramas o saberes. Pero poco después, cuando empecé a leer y a oír en qué español explicaban ciertos pedagogos cómo había que enseñar el español –precisamente- aquella frase acudía una y otra vez a mi memoria. A esas alturas ya eran muchas clases y muchos cursos los que un profesor de mi especialidad había recibido en nuestro idioma, a cargo de conocedores y estudiosos profundos… Así que, al igual que mis colegas de asignatura, durante los cursillos pedagógicos, aburrida -perdón, desmotivada–  como una ostra, desconectaba de contenidos procedimentales, de estrategias educativas y de banalidades expresadas abstrusamente y pensaba para mí: “Entender no se entiende mucho, pero una cosa al menos sí se percibe bien: estos señores, español no saben. En español español, poquito pueden haber leído cuando solo son capaces de emplear este “discurso” del vocabulario mostrenco y la sintaxis cojitranca que nos está durmiendo a todos, porque es que de puro vacío no se deja siquiera ni acompañar con gestos… Conque esto de la enseñanza es cosa de motivar… Ya veo.

Ricardo Moreno Castillo se pregunta en su Panfleto antipedagógico cómo es que en el momento de emprender la reforma no se consultó a grandes expertos verdaderos -esto es, a profesores de gran experiencia- entre ellos a Gonzalo Torrente Ballester. Es una buena pregunta. Por un lado, recordando esta conversación yo he pensado más de una vez que, de haberles consultado, quizá se hubieran (a)cometido algunos disparates menos de los que por desventura se (a)cometieron; de otro lado, tal vez esta declaración de don Gonzalo contenga la respuesta -siquiera parcial- a por qué, efectivamente, con gran cuidado se evitó que fueran consultados ni él mismo ni otros ilustres expertos verdaderos…

Una de mis preguntas versaba sobre cómo creía él que podía y debía diseñarse una buena programación de la asignatura de Lengua y Literatura Castellana. Era la cuestión que a mí más me preocupaba. Había que ajustar las cosas. Se trataba de conjugar factores: edad del alumnado, número de cursos y de horas semanales asignables a la materia -que iban a disminuir, con la reforma- importancia jerárquica del conjunto de nociones donde había que elegir… Se imponía desbrozar los programas del BUP, actualizar algunos enfoques, desechar otros que sin duda ya resultaban anticuados, dejar caer los que eran producto de meras modas… Le pedí su opinión. El estudio de la literatura, en el BUP, se abordaba a los quince años, y el programa abarcaba la entera historia de nuestra literatura: ¿le parecía a él que en un curso que ya no tendría cinco horas semanales, sino cuatro -tres, en las comunidades con dos lenguas- podía o debía estudiarse toda la historia de la literatura?

-No sé… Sí -me decía-, posiblemente haya que hacer ajustes, es menester hacerlos cada cierto tiempo. ¿Toda la historia de la literatura? No, no tiene por qué ser necesario estudiarla entera, pero eso sí: habrá que seleccionar a partir de un criterio muy bien fundado, ponderado con esmero… Yo he conocido varias reformas de la enseñanza y he de decir que mi plan favorito es el que yo mismo estudié…. ¿Sabes? El primer año de literatura lo dedicábamos sólo a leer romances. Éramos casi unos niños, realmente, pero terminábamos el curso sabiendo distinguir, a primera vista, entre un romance con calidad literaria y un mal romance de ciego: nos habían ido educando el gusto. Y, de paso, habíamos conocido innumerables aventuras y aprendido un poco de todo sobre nuestra lengua y sobre nuestra historia, porque lo legendario, lo literario todo, tiene siempre una base real, y nunca deja de reflejar acciones y circunstancias y actitudes reales. En cualquier caso, el criterio histórico yo lo encuentro imprescindible, porque la literatura, como todas las artes, es el producto de una evolución, y así conviene aprenderla. Mal puedes explicar ciertos rasgos literarios o, en general, estéticos, sin mostrar de dónde sale cada cosa y qué transformaciones ha sufrido para llegar a un cierto estado, qué rasgos suponen continuidad con lo anterior y cuáles se producen como una reacción o por una necesidad de cambio … también así el conocimiento de esos rasgos arraiga mejor en la memoria.

Poco imaginaba yo durante aquella entrevista que algunos logsistas, entre otros hallazgos de gran mérito, se habían puesto a descubrir la enseñanza de la literatura “marcha atrás” y que poco después me iban a conminar a que pusiera en práctica este gran descubrimiento.

-¿Los métodos? -respondía don Gonzalo-. Yo veo que los alumnos entienden mejor las cosas si se va de lo concreto a lo abstracto, de lo particular a lo general… y que el profesor debe atenerse a esta máxima dentro de lo posible… pero con esto no estoy diciendo nada nuevo… fuera de eso, cada maestrillo tiene su librillo, cada cual su manera de hacer y de entender -incluso de improvisar- las enseñanzas, y justamente es importante que su quehacer sea más bien personal, que no se haga rutinario… En la enseñanza no caben grandes inventos…  Lo que es imprescindible es ejercitarse

Recuerdos. A mí la conversación me sirvió de mucho, y durante largo tiempo también a  mis alumnos les resultó útil sin ellos saberlo.

Por lo demás, el mundo ha cambiado mucho desde esta conversación, y a mí sí me ha cabido la satisfacción de seguirle la pista a más de un antiguo alumno. Mucho, mucho ha cambiado el mundo: hace poco supe que en un sitio de la red se hablaba de los profesores de un instituto donde yo estuve dando clase, de mí entre ellos. Había comentarios cariñosos, laudatorios. Lo cierto es que correspondían a una época en la que yo ya no lo estaba pasando muy bien en el oficio… pero en esta profesión, por mal que vayan las cosas, raro es el año en que no te encuentras al menos un grupo capaz de hacerte olvidar cualquier preocupación siquiera por una hora (evidentemente, con esto quiero decir que a mí me ha cabido esa suerte). Me agradaron los comentarios, claro: dan calor, aunque no sepas de quién vienen, y hacen pensar en rostros y en escenas que se presentan envueltos en auténtico afecto, por muy desdibujados que ya estén en la memoria. Acudamos a las apoyaturas visibles y palpables: los romances a coro musicados por un alumno, Miguel Ángel: tengo aquí la partitura; los castillos en una sucinta viñeta descacharrante donde una profe hecha con cuatro rayas se descalabra desde una almena, porque es que en la Edad Media el día a día estaba lleno de peligros, que nosotros vivimos en una era privilegiada, que no os dais cuenta de que vivimos como príncipes, que nada es seguro nunca, pero entonces lo era muchísimo menos…

Un comentario en particular me emocionó como solo lo hace la evocación de la amistad y los afectos intensos. Era escuetísimo. Decía, nada más: “¡Oh, (y aquí mi apellido), qué recuerdos!”

Eso mismo digo yo: queridos treintañeros desconocidos, almas adolescentes de mi recuerdo, insensatos, latosos, generosos, protestones, caprichosos, comprensivos, revoltosos, alegres, malhumorados, curiosos, inseguros, osados, atolondrados,  prudentes, ojalá que la vida os esté tratando como a los quince años os merecíais… Sé que no habéis tirado la Antología de la lírica amorosa… (no la tiréis, aunque haga tiempo que ya no la abrís nunca… Quién sabe cuánta compañía os podrá hacer en algún momento, los libros son pacientes…)  Adolescentes eternos de mi memoria, única verdadera eterna juventud que sea dado contemplar en este mundo, ojalá os vaya bien… ¡Oh, qué recuerdos!

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Categorías: Diagnósticos, Elogios

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6 comentarios en “Elogio y vindicación del profesor (Séptima entrega)”

  1. 29 agosto 2010 a 14:10 #

    Gracias, Luisa, por compartir experiencias tan hermosas con nosotros.

    Sus textos son un lujo.

    Un saludo.

  2. Ana Belén
    29 agosto 2010 a 15:26 #

    Un texto bellísimo, como las anteriores entregas…
    La Antología de la lírica amorosa… es un libro estupendo. Yo todavía lo tengo y espero tener la ocasión de utilizarlo en clase. Ojalá algún día yo también pueda hablar de experiencias tan gratificantes en mi profesión y sea capaz de contarlar con ese mismo sentimiento.

    Un saludo, Luisa.

  3. 30 agosto 2010 a 8:54 #

    Magnífico texto y excelente experiencia. La pedagogía, al intentar establecerse como ciencia, anula al homre. Educar es introducirte en la interiroridad del otro para forjar personas. Saludos.

  4. Francisco Javier
    7 septiembre 2010 a 12:54 #

    Un placer leerte siempre. Tan sólo con este artículo deshaces de forma luminosa todo el desvarío de la educación pogreposmoderna (ya no sé ni como llamarla) y de su mundo de sordos. Seguro que ya te lo habrán dicho más de una vez, pero “Elogio y vindicación del profesor” es el título de un futuro libro que, es mi humilde opinión, DEBERÍA ser publicada. Y digo DEBE porque harías un gran servicio a la sociedad. (No me gusta nada la tendencia narcisista a publicar por publicar, pero cuando algo es de verdadero interés, es una pena que no trascienda al público.

    Un saludo, Luisa.

  5. una lectora.
    7 septiembre 2010 a 20:30 #

    Gracias.

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