De resultados y reformas

José María García Linares

Cada vez que muere una gran figura del mundo de las letras y veo a las autoridades españolas lamentar tan terrible pérdida, me siento absolutamente desvalido. No sé si es cinismo, si es simplemente ignorancia, si tal vez se trata de un fenómeno de esquizofrenia nacional o, sencillamente, guasa española. Primero Delibes y ahora Saramago. El ministro de educación lo elogia públicamente, a él y a su literatura, y junto con otras personalidades (¿?) de la política defiende su obra como necesaria en los tiempos que corren. Se les llena la boca al recordar la vinculación del Nobel portugués con nuestra España querida, el “iberismo” que une a los dos países y que tanto defendió el autor del Ensayo sobre la ceguera, y lo comprometido que estuvo siempre con la cultura y la educación de todos los seres humanos.

Estas declaraciones se han producido, desgraciadamente, siempre en el recuerdo, Saramago,  a pocos días de publicarse los resultados de las pruebas esas de diagnóstico que se han realizado en las Comunidades Autónomas, las mismas que siguen diciendo lo que ya sabemos desde hace mucho tiempo e intentamos, desde espacios como éste, denunciar. Nuestros chicos y chicas de Cuarto de Primaria no saben leer, ni saben calcular operaciones básicas. En los cursos superiores, tanto de lo mismo.

Nuestro sistema educativo está enfermo de ignorancia, de incultura. Esto no es ningún descubrimiento. Lo raro, lo extremadamente alucinante, es que el discurso oficial siga haciendo oídos sordos a un problema que lastra y seguirá lastrando el futuro de los alumnos españoles. Porque estos alumnos, por ejemplo, no llegarán a leer nunca a Saramago, por poner un ejemplo. Y no lo harán no porque no quieran, que seguramente será así, sino porque, cuando lo decidan, tal vez no puedan comprenderlo.

La gravedad de los resultados en la primera etapa es elevadísima, su impacto sonadísimo, tal vez porque estamos muy acostumbrados a oír que en Secundaria no hay nada que hacer. Siempre hemos pensado muchos que la semilla, indudablemente, tenía que estar en los cursos inferiores, los más importantes, desde mi humilde punto de vista. Después, el mal regadío termina por estropear la planta.

Hay dos asuntos que quisiera apuntar, de entre todos los posibles, que seguro son numerosos. Siempre he creído en la labor del maestro, en lo decisivo de contar con magníficos maestros y maestras para enseñar las cuestiones más importantes sobre las que se construirá todo el proyecto personal. Yo tuve algunos. Eché de menos a otros. El sistema español debería contar entre sus filas con los mejores profesionales de la educación primaria y, por supuesto, de la secundaria. Y para ello es imprescindible reformar la vía de acceso a la profesión. No estoy diciendo que no haya en España buenos profesionales. Lo que digo es que ser un  buen profesional no puede deberse a cuestiones únicamente como la buena voluntad, la necesidad de algunos de seguir aprendiendo, o la motivación subjetiva como motor de avance. Esto lo defenderé siempre: Todo el mundo no puede ser maestro, todo el mundo no puede ser profesor. Nuestro sistema educativo debería exigir la excelencia, como ocurre en otras disciplinas, para acceder a los estudios y, posteriormente, a la función docente. Quien no consiga estudiar su carrera preferida porque no le dé la nota media no puede estudiar Magisterio porque allí no pidan nada, o casi nada. Hasta que esto no se resuelva, seguiremos teniendo los mismos problemas. ¿Por qué no mirar a otros modelos, como el finlandés, en el que los docentes lo son tras toda una serie de filtros?

El segundo aspecto al que me refería es que si la educación de un Estado se rige por una ley, si es un sistema obligatorio, el incumplimiento de la misma debería sancionarse. El problema aquí es que lo que se sanciona es únicamente la no asistencia de los chicos a la escuela. Los resultados no se contemplan prácticamente para nada. ¿Cómo es posible que una chica con ocho años pueda suspender todas las asignaturas de Cuarto? ¿No se van a pedir responsabilidades a sus padres? ¿No es eso también una forma de abandono, la falta de preocupación por los estudios de los hijos? De la misma manera que el Estado invierte una cantidad anual por alumno, debería exigir su devolución en casos como el que cuento. Es decir, ¿por qué se tolera que haya un porcentaje de alumnos que no hagan nada? Porque no hay sanción. Así las cosas, tal vez sería muy positivo un planteamiento parecido a los de los países del norte de Europa, fundamentados en becas, ayudas y mejoras que se van devolviendo con el paso de los años. No se puede invertir a fondo perdido. Estoy seguro de que si una familia sabe que con seis asignaturas suspendidas tiene que devolver miles de euros, se preocuparía porque sus hijos no estuvieran todo el día en la calle, o en actividades extraescolares o jugando. Los tendrían sentados delante de los libros. ¿Cómo es posible que con seis años el niño llegue a la escuela sin haber hecho los deberes? Estamos llegando a un punto en el que la irresponsabilidad familiar parece no tener límite. Un planteamiento como este tal vez en otro tiempo pareciese disparatado. Seguramente. Hoy, creo, que podría tener cierto sentido.

Creo, por tanto, que necesitamos reformar estos dos aspectos, pero reformarlos de verdad. De la misma manera que reconocemos que no todos los alumnos son iguales, también hay que decir que tampoco todos los docentes lo somos. Hay un elevadísimo porcentaje de profesores que están aquí porque no pudieron estar en otro sitio. No digo que no tengan derecho a hacerlo, sino que para estar deberían demostrar que valen. Para ello, un buen sistema de elección, unos requisitos elevados, como les pasa a los médicos. Para tener los mejores médicos es necesario, primero, que entren en las facultades los mejores estudiantes. Con ellos y con la concienciación de las familias, caminaríamos mejor. De la misma manera que el cinturón de seguridad, la sobriedad al volante, el respeto a los límites de velocidad y demás no pueden depender sólo de la buena disposición del conductor, sino también de un buen sistema sancionador, así la implicación de la familia en el proceso educativo de sus hijos, porque para eso se les paga e incluso se les regala los libros.

(Imagen: Segei?

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6 comentarios en “De resultados y reformas”

  1. Eloy Oliván Martínez
    21 junio 2010 a 8:39 #

    Totalmente de acuerdo con tu post. Te copio un pequeño apartado del Libro “La dictadura de la Incompetencia” que acabo de leer, y abunda en tu comentario…

    <>

    La dictadura de la incompetencia
    Xavier Roig

  2. Juan Poz
    21 junio 2010 a 8:49 #

    Una puntualización. Los padres han dejado de ser padres: son posibles votantes, es decir, clientes que se han de “fidelizar”. A partir de ahí, ¿cómo se te ocurre pensar que el Poder va a exigirles nada? Todo lo contrario: conforme a las leyes de Mercado, nuestro auténtico y único jefe de gobierno, “el cliente siempre tiene razón”. Todo ello explica, quizás, que hayas interiorizado la convicción de que somos nosotros, los profesores, los responsables de ese fracaso escolar, cuyas cifras reales -las que nosotros no queremos poner en las actas, porque nos mueve la compasión mal entendida- si que serían un escándalo mayúsculo, si, al final, emergieran. Me permito insistir en un argumento al que es necesario concederle la capital importancia que la corrección política le niega: no todas las criaturas “sirven” para los estudios, que se solía decir antes, y no sólo decir, sino reconocer, de ahí que los padres no insistieran mucho, una vez que constataban que sus retoños y los libros, el trabajo intelectual, era como juntar aceite y agua, en que permanecieran en un sistema que sólo conseguiría convertirlos en más vagos e ignorantes de lo que ya lo eran.
    Que las familias reconocieran las limitaciones de sus retoños: esa sería la primera obra de caridad hacia nuestros discentes y sus familias. Y después, buscar las vías de desarrollo académico y laboral que les permitan asumir con total dignidad su rol de ciudadanos libres a los que nada les está negado ni prohibido, una vez que motu proprio decidan seguir el camino de la formación que, en el pasado, rechazaban.
    Siempre he comenzado mis cursos recordándoles a los alumnos que tienen un poder que no deberian de tener, porque les supera: sólo ellos serán, cada dia y cada hora del curso, quienes decidan si quieren estudiar o no si quieren atender o no, si quieren comprender o no, etc. ¿Por qué las autoridades son incapaces de reconocer la existencia de ese hecho y actuar en consecuencia? Ni con la tortura, y con ella menos aún, se puede conseguir que quien ha decidido no abrise al conocimiento se abra y lo abrace. Pues eso.

  3. Francisco Javier
    21 junio 2010 a 9:30 #

    “¿Por qué las autoridades son incapaces de reconocer la existencia de ese hecho y actuar en consecuencia? Ni con la tortura, y con ella menos aún, se puede conseguir que quien ha decidido no abrise al conocimiento se abra y lo abrace. Pues eso.”

    Yo tengo muy claro que es así. El porqué del tabú es un asunto complejísimo y que daría para abrir un debate muy interesante. Tengo la impresión de que la idea de libertad, de autonomía moral, es el problema. Sencillamente está negada. La libertad-responsabildad es dolorosa, el reconocimiento de nuestras limitaciones, por eso el adolescente sinte como una crisis el abandono de la niñez, en la que la responsabilidad propiamente no existe. La moral ha sido sustituida por la psicología. Estamos en el imperio de la psicología. Los psiquitras y psicólogos velan por nuestra felicidad, ellos nos permitirán nunca la exclusión, los desvíos, la melancolía. Ellos nos dan la felicidad.

  4. Fancisco Javier
    21 junio 2010 a 12:44 #

    Para nuestros políticos tanto la cultura como la educación son un instrumento para perseverar en su puesto de trabajo. En realidad les importa un carajo la educación y aún menos Delibes y Saramago, por no hablar de otras personalidades de la cultura menos mediáticas, como fue el caso del poeta José Ángel Valente, cuyo fallecimiento pasó prácticamente inadvertido en los mass media. En resumen, cualquier medida antipopular, que no ahonde en lo maravillosa que es la ciudadanía, en su felicidad y en sus derechos sagrados, no será acometida en la medida que pueda poner en peligro los votos Por supuesto que habría que pasar factura a los padres que delegan su parte de responsabilidad en el sistema educativo, así como endurecer el sistema de becas y ayudas para todos aquellos alumnos que muestran con toda claridad un rechazo a las ayudas recibidas (como si fuese gratuito). Las becas, los libros y ordenadores gratuitos, la posibilidad de repetir reiteradamente, el absentismo injustificado, las conductas destructivas, etc., etc., no pueden ni deben ser contempladas con permisividad, pasividad o, lo que es peor, como una compensación basada en una victimización mal entendida que a nadie favorece, empezando por los propios alumnos. Cuando todo es gratis y da igual que da lo mismo el resultado no puede ser otro que la decadencia (académica y moral).

  5. Jesús Alemán
    21 junio 2010 a 14:49 #

    Totalmente de acuerdo con lo que decís. Mientras en España tengamos una sociedad y, por tanto, una enseñanza y un alumnado subsidiados por unos políticos que sólo miran por los votos, nuestro sistema educativo va aviado. Y sólo nos faltaba esta panda de “pedabobos” empeñados en redimir a todo quisque de su propia responsabilidad y su propio destino, que es personal, invididual e intransferible. No hay mal que por bien no venga: o la crisis actual pone de una vez por todas a las claras que este sistema es económicamente insostenible, o tendremos más de lo mismo por otros veinte años mínimo.

  6. Borja Contreras
    22 junio 2010 a 6:31 #

    Ayer precisamente escuchaba una entrevista a Saramago del año 1999 en el Canal + . En ella expresa su preocupación por la existencia en Portugal de un 20 % de analfabetos funcionales entre los que han pasado por la escuela y tienen el título básico.
    Lo vincula con la baja participación ciudadana y la baja calidad democrática… Nada diferente de lo que aquí tantas veces hemos expuesto.

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