Elogio y vindicación del profesor (Sexta entrega)

Luisa J. D.

II. Antes del advenimiento de la ley

3. Generación espontánea

Veníamos de un tiempo en que la vida se planificaba poco. En general, a la edad en que fuimos estudiantes, no nos habíamos planteado si nuestras carreras tenían “salidas”. Cada uno había hecho la suya; a continuación, aún muy joven, había entrado en la enseñanza; y allí estábamos. Como en tantas otras cosas, fuimos en esto una generación espontánea. Y más espontánea, aun, en lo que se refiere a cómo enseñar. En general, la lucha con los alumnos era con ellos, y con nada externo: era la de siempre. Lado de aquí: a ver si te aprendes todo esto, a ver si puedo explicar hoy un poco más, a ver si me prestas atención otro par de minutos que ya sé que me estoy alargando mucho, no he calculado bien, hoy estoy rollo; lado de allá: a ver si puedo estudiar un poco menos, a ver si esto no entra en el examen, a ver si te distraigo para que no lo expliques, a ver si te camelo con esta otra preguntita, a ver si me perdonas las dos décimas… Nos pusimos a lidiar con ellos con lo que habíamos aprendido cuando éramos alumnos y nos tocó lidiar con nuestros correspondientes antecesores.

“Los profesores nuevos llegan perdidos”, se lee ahora en un diario cualquiera de cualquier día (por ejemplo, EL PAÍS, edición digital, 24 de abril de 2007). Es un diagnóstico de experto -exaltado a titular- donde destella una vez más el aire de compasiva superioridad de aquel que juzga y la mísera y lamentable condición de los juzgados. El experto es psicólogo y pedagogo, por supuesto: la autoridad competente. Igual que por supuesto era militar aquella famosa autoridad competente que tanto se demoraba en llegar al Congreso. Mira por dónde: la autoridad competente militar no pudo dar el “golpe de timón” que por lo visto el país necesitaba, y en cambio la autoridad competente psicopedagógica se hizo con el poder y dio su “golpe de timón” sin despeinarse, lo que son las cosas… Pero vayamos al grano: ¿En qué sentido llegan perdidos los profesores? ¿En dónde y por qué se pierden? ¿Se han perdido ellos, realmente? ¿Por tan poca cosa como llegar a un instituto o a un colegio? ¿Qué les pasa: no saben Física, no saben hablar, no saben coger una tiza o manejar un mapa, no conocen el DVD ni el ordenador, no saben explicar su asignatura, plantear preguntas, dirigir prácticas? Qué raro es todo, ahora. Volvamos al pasado.

Nadie nos enseñó a enseñar. Fuimos dando palos de ciego, y seguro que al principio lo hacíamos peor. ¿Peor? Lo hicimos como habíamos visto hacerlo. Otra cosa quizá no, pero tiempo en las aulas habíamos pasado (ventaja grande de nuestra profesión: que a nadie pilla de nuevas). Y entre nuestros maestros los había habido flojitos, pero también había habido pedagogos admirables.

La primera vez que yo di clase en un instituto las únicas asignaturas que enseñaba eran latín y griego. Por entonces una y otra se daban en serio, y cualquiera que haya enseñado latín o griego hace treinta años y siga haciéndolo ahora sabe de qué estoy hablando. Pero no había nadie que me dijera lo que tenía que hacer. Allá yo: se suponía que estaba preparada. Y con razón, creo. Tus propios estudios de Bachillerato más los de Filología Románica te preparaban para enseñar latín y griego aun cuando esa no fuera tu especialidad, si habías estado un poco atento. Cierto que yo me quedaba traduciendo a Homero a veces hasta altas horas, pero también eso se te suponía: que si necesitabas suplir carencias, te las arreglarías. Los comienzos siempre son difíciles.

No por eso me sentía en inferioridad de condiciones ante los alumnos, pues en todo caso yo sabía mucho más que ellos, que no sabían nada, como yo cuando estaba en su lugar… exactamente igual que ocurre ahora, por mucha Internet que tengan en su cuarto. En inferioridad de condiciones, maniatada e impotente me sentí mucho después, cuando entre otras cosas ya llevaba un montón de años enseñando mi propia asignatura y además conocía toda clase de recursos para darla a conocer y para suscitar el interés por sus incontables atractivos

¿Cómo eran, entonces, las condiciones de trabajo? Bueno, pues normales. A mí me lo parecían. Había que trabajar bastante en casa, pero luego en la clase se enseñaba razonablemente. Los chicos me escuchaban casi todo el tiempo, igual que yo a ellos cuando hablaban. Unos aprobaban, otros suspendían -como siempre- pero las horas que pasábamos juntos eran agradables. Lo que no se entendía se explicaba otra vez, y aunque algunas nociones les resultaban muy difíciles, nadie ponía en cuestión ni las clases ni la asignatura ni a mi persona. Al contrario: se te estimaba porque, tratando de acercar las cosas al punto de vista de un quinceañero, contabas historietas para rebajar la sequedad de las declinaciones, que en todo caso nadie te reprochaba tener que aprenderse. Desde luego que unos las estudiaban y otros ni se lo proponían, pero -contrariamente a lo que ocurrió después- nadie pensaba que tú eras culpable de que la asignatura figurara en el Bachillerato, ni de su grado de dificultad ni de ignorar que no servía para nada. Así que en condiciones en principio desfavorables -inexperta y no especialista- yo enseñaba y ellos, si estudiaban, aprendían, y se estaba bien en clase.

El que un profesor no esté preparado al punto de dominar su materia -aun siendo mil veces preferible el que sí lo esté- no tiene por qué interferir demasiado en la enseñanza. Es cuestión de tiempo, y en general el profesor -bien entendido que no estarán todos dotados de igual talento o habilidad, como en cualquier profesión- aprende progresivamente sobre su asignatura, y sobre cómo enseñarla, justamente con la práctica, conforme va ejerciendo: muchos aprendizajes se producen así; y solo así, básicamente. En fin, pretender enseñar a enseñar a aprender a aprender a quien lleva algo de tiempo ya enseñando -en cuanto no sea hacerle alguna sugerencia sobre aspectos particulares- no pasa de ser arrogancia mezclada de ingenuidad, y un esfuerzo inútil por ambas partes. Últimamente puede leerse cómo algún profesor universitario lo llama estafa, directamente. No seré yo quien le desmienta, si bien encuentro que el juicio está formulado de manera un tanto desabrida (con todo, se comprende: estaban tan tranquilos en la Universidad y ahora ven las orejas al lobo; suerte sería, si llegaran a tiempo de evitarlo, pero mucho me temo que no será…) Y sí, es una gran vaciedad, esa pretensión: enseñar a enseñar a aprender a aprender… Vamos a ver, ¿a qué me suena a mí esto?… Pues a lo mismo que he visto hacer, sin llamarlo  así, a todos mis compañeros de más de treinta años: a los que acabo de describir y a tantos más cuyo prototipo serían estos pocos (y  que a su vez aprendieron de sus buenos maestros, aunque de estos últimos no aprendieron a hacer trabalenguas con estas cosas: a ellos no les hubiera parecido serio).

… Sí interfiere mucho, en cambio, que a los alumnos, o al propio profesor, les hagan creer que este no está preparado, que no está a la altura, que está en posición de inferioridad en algún sentido. A mí -como a tantas personas de mi generación- me dieron clase en bachiller no una, sino bastantes profesoras pésimamente preparadas. Aprendí poco, pero mucho más de lo que se puede aprender en una clase donde los estudiantes traen asimilado el derecho a despreciar lo que se enseña (y a quien viene a enseñar) sin siquiera esperar a que la clase empiece. El derecho a considerar al profesor un monigote que tal vez posee saberes, pero anticuados e inservibles.

En cuanto a los profesores que llegan ahora, y que según los titulares llegan perdidos, si uno lee más allá del titular encontrará que en opinión del experto necesitan que se haga con ellos lo siguiente, en palabras textuales: “…lo que se llama una inoculación de estrés, esto es, aumentar su tolerancia ante los conflictos.”  Acabáramos… Es que yo creía que se trataba simplemente de querer ser profesor, pero resulta que no es eso. Desde luego los antiguos hubiéramos salido todos corriendo nada más oír decir estrés, uno de los horrores que nos llevaron a descartar con cordura más o menos consciente otras posibles profesiones… En cambio los de ahora, por lo visto, deben estar dispuestos a dejárselo inocular de antemano, acudiendo para ello a estos “talleres”, otra vez en palabras del experto “casi nada teóricos y muy participativos” (atención a cuáles son, a su vez, los horrores que atemorizan al pedagogo, y aun a lo de casi nada teóricos seguramente le sobrará el casi) y empezar por relatar “las situaciones conflictivas que ya han vivido, que les han contado, o que más temen en clase”. Uno no se explica cómo aún hay quien quiere dedicarse a esto…

¿Los profesores, pues, llegan perdidos a la enseñanza, exactamente? Nada de eso. Llegan sobrecogidos al ambiente de trabajo propio de la actual enseñanza pública, más exactamente al contacto con aquello en lo que el experto se especializó en su día: y razones tendrá para haber podido o debido especializarse “en un tema que entonces apenas si tenía repercusión: la conflictividad escolar”, explica el redactor de la noticia. Vaya. (Ciertamente hoy día ya ha alcanzado una repercusión innegable, hasta el punto de que un experto máximo ha llegado a reconocer que “posiblemente ahora hay más violencia en los centros docentes que hace unas décadas, o al menos así se percibe”: eso declara el experto máximo, en tono dubitativo…).

Cuando el recién llegado descubre que a su papel de monigote debe añadir -contradictoriamente, pero en esto quién se fija- el de autorizado resolvedor de conflictos porque resulta que en las aulas públicas se tolera la amenaza, la agresión y desde luego el boicoteo constante sin que nadie ajeno al propio profesor haga nada consistente por impedirlo, no es que se sienta perdido, es que se asusta, como se asustaría cualquiera que esté en su sano juicio. Pero no de la enseñanza, sino de la perspectiva de lidiar con energúmenos y tiranuelos que campan a sus anchas -ellos sí, perdidos por completo- (des)amparados por la ley educativa. Y entonces, al parecer, resulta que, nuevamente en palabras del experto, “para el profesor es muy liberador darse cuenta de que no es el único que tiene esos problemas a la hora de dar clase”. El muy pánfilo no se había dado cuenta. Suerte que existe la ciencia pedagógica para hacerle caer en ello, elevándose a sí misma una vez más por encima del profesor… ese pobre infradotado.

Por encima de nosotros no trató de elevarse nadie; y gracias eso, a que nos dejaron en paz, en lugar de emplear el tiempo en pensar si nos sentíamos perdidos o no, nos pusimos a ello con sana espontaneidad, y poco a poco, tranquilamente, ayudados por la experiencia (verdadera, rica y varia) de quienes estaban a nuestro alrededor, fuimos ganando experiencia propia. Que es la que verdaderamente vale.

A todo esto, si el lector siente curiosidad por saber en qué gasta su tiempo y su talento el joven profesor que acude a estos “talleres casi nada teóricos y muy participativos”, sepa que, por ejemplo, “en cada sesión, tres profesores escenifican esa experiencia asumiendo un rol determinado, mientras que el resto actúa como lo haría una clase de ESO ante una pelea, una agresión u otra situación”. Tres profesores juegan a pelearse y a insultarse (rol determinado) y los otros juegan a participar en la pelea o a contemplarla saltando enardecidos, por ejemplo (rol sin determinar), lo cual hará aumentar su tolerancia ante la conducta que se da por sentado será la de sus alumnos.

No me digan que no mola.

(Entrega anterior)

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Categorías: Crónicas del País de las Maravillas, Diagnósticos, Elogios

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8 comentarios en “Elogio y vindicación del profesor (Sexta entrega)”

  1. Fancisco Javier
    20 junio 2010 a 12:35 #

    ¿Y hay profesores que visitan estos talleres? ¿Se reirán, llorarán, sentirán náuseas, vergüenza ajena, deseos de agredir al psicopedabobo que imparte semejante “boutade”? ¡Y estas bufonadas las pagamos entre todos! ¡Qué asco!

    Como siempre, un placer leerte.

  2. Limbania
    20 junio 2010 a 19:18 #

    En otras palabras…los pedabobos nos quieren enseñar de antemano a aguantarnos con las agresiones. En los cursillos prematrimoniales podrían enseñar las mismas técnicas…así no habría tanta queja de mujer maltratada, lo tendrían asumido, como los profesores.

  3. Lozano Andaluz
    20 junio 2010 a 21:47 #

    Querida Luisa,
    He recordado mientras te leia (disculpame las tildes, estoy en USA) las clases de Latin y Griego y a mi chica (que hoy es mi companera) como un ” hacha” de los ? infinitivos ? concertados y no concertados ,,, y de como nos enamoramos entre el primer trimestre ( De bello gallico ) y la primavera ( Ovidio y la Eneida vigiliana) y de como el instituto, sin uno saberlo, era un lugar feliz y acogedor y, ahora, leyendote, se me pone el corazon como una frutilla almibarada… y os doy gracias a esos profes TAN BUENOS, TAN SALAOS y a los que respetaba con devocion y he aprendido a querer… Los quiero tanto que ahora intento emularlos…

    Sigue tan sensible y tan necesaria Luisa y tan inspirada e inspiradora.

    Un abrazo, bella profesora…

  4. Ania
    20 junio 2010 a 22:41 #

    Te felicito Luisa.

    Es el artículo que más me ha gustado de todos los que has escrito hasta ahora.

    Es una pasada que nos hayamos hecho clientes de semejantes cursillos ( espero que no me metan con calzador obligatorio de Formación algo así) ,y que los compañeros que rodean a una en los Departamentos te digan que “entra en el sueldo” aguantar desprecios y agresiones y que “lo que hay que hacer es alegrarse de tener trabajo” . Es triste que tus propios compañeros interinos -incluso los que llevan más de 20 años de servicio- interioricen que su único derecho es aceptar sin rechistar lo que les sobre a los caciques de turno y reírles las gracias como algo normal , sin discrepar ni llevarles la contraria:”Tú harías lo mismo que ellos en su lugar” te dicen”- : ¿Por quién me toman?-.¿Desde cuándo el comportarse altiva e indecentemente es algo normal ? Desde cuándo hemos de aceptar éstos comportamientos en personas cuyo trabajo es educar a niños y a jóvenes?.

    Cuando te quejas o pretendes articular acciones conjuntas para reivindicar participación democrática y respeto te encuentras sóla ante las Direcciones y Administraciónes. Es triste que el entorno de una se muestre tan estúpido, inhumano y amorfo.

    En el País Vasco no tenemos un sindicato específico profesional de interinos.

    Estas páginas en Deseducativos me reconcilian con mi condición de persona( docente) normal. Encuentro rebeldía, sentido del humor, humanidad , contundencia y tolerancia que brilla por su ausencia en los institutos que vengo ejerciendo estos últimos cursos.

    Así da gusto.

    Salud y felices días a todos.

  5. Xoia
    23 junio 2010 a 18:05 #

    Estupendo relato otra vez, Luisa, da gusto leerte.

    Yo leí hace algunos días ese artículo sobre lo “perdidos” que llegamos los profesores a los institutos actualmente y se me revolvió la sangre. Exactamente igual que se me revuelve cada vez que algún “experto” o algún politicucho insinúa que los profesores no estamos bien preparados o que los problemas se resolverán dotándonos de una buena formación…

    Ya va siendo hora de decir alto y claro que estamos sobradamente preparados. Seguramente estamos cien veces mejor preparados que muchos “dirigentes”. Pero somos tan imbéciles, porque no se puede decir de otro modo, que incluso entre nosotros mismos a veces decimos eso de “es que yo no estoy preparado para esto…”

    Pues sí, yo no estoy preparada para tratar con aprendices de delincuentes, ni con padres amenazadores, ni con boicoteadores sistemáticos de las clases, ni con aulas en las que te encuentras a la vez alumnos de diez niveles distintos. Por supuesto que no estoy preparada para eso, ni pienso estarlo jamás, ni nadie podría estarlo. Pero sí estamos sobradamente preparados para algo que debería ser tan sencillo como “dar clase”. Algo que en principio sólo necesitaría un encerado, una tiza, ilusión y ganas por nuestra parte. Algo muy simple que se han empeñado en convertir en algo totalmente imposible de llevar a cabo.

    Nunca debemos seguirles el juego a los que dicen que no estamos preparados. Siempre hay que seguir estudiando y preparándose, eso no lo niego, eso sí debería entrarnos en el sueldo. Pero estudiar cosas serias, no hacer cursillitos de “rol playing” en los que escenificamos situaciones chachiguays.

    • Francisco Javier
      23 junio 2010 a 19:51 #

      Hola Xoia,

      acabo de leer dos post tuyos y lo que leo es como si me viese a mí mismo perfectamente radiografiado. La estrategia, como ya sabes, es la de volvernos locos, que interioricemos traumáticamente como culpa, aquello de lo que no tenemos ninguna. Darse cuena de ello es un primer paso paso para preservar nuestra salud mental. Ya lo dije una vez, y lo vuelvo a decir, cuando alguien te dice que a él / ella los alumnos ni se le mueven, etc., todos sabemos que no es cierto: se mueven y cómo… Ciertamente, con unos más que con otros, dependiendo de múltiples factores que forman parte de la psique pueril del adolescente. Para mí dar determinadas clases es algo terrible, pues no he conseguido, ni pretendo ya hacerlo, y me niego a darle más vueltas, eliminar esa violencia tensa que con frecuencia experimento en el ambiente laboral (tanto de alumnos como de jefas -que son peores aún que los jefes (es mi experiencia). Nuestra profesión es una profesión de riesgo (mental y a veces hasta físico). Cuanto menos nos reprimamos y más conscientes seamos, más mecanismos de defensa tendremos para luchar contra la ansiedad y la depresión, algo que afecta cada vez más a todos los docentes (en todo el mundo).

  6. profesorinstituto
    29 junio 2010 a 7:00 #

    La culpa la tiene la administración y sus sindicatos pesebreros, ellos nos han vendido aquello de que enseñar debe ser divertido. Qué mentira más grande, enseñar requiere esfuerzo por parte del alumno, lo que no quita que la clase sea lo más didáctica posible, que es algo diferente a divertida como norma.
    Y encima de soportar todo tipo de agresiones verbales, como un monigote, también nos venden que no hay conflictividad dentro de las aulas y que los conocimientos no tienen importancia. Todos estos señores del psoe que son los que amparan estas ideas, son los que han hundido la enseñanza pública hasta la miseria en la que hoy se encuentra. Y encima dicen de estar del lado de los pobres y necesitados, ¡A quien quieren engañar¡

  7. Ana Belén
    29 junio 2010 a 17:18 #

    Ania, Xoia, Francisco Javier y profesorinstituto, yo también me veo reflejada en absolutamente todo lo que decís, en todo. Un saludo!

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