¿Por qué es mejor saber menos?

FANECA

(Por Juan Antonio García Amado*, miembro de FANECA)

Entre los misterios que algún día querrán desentrañar los historiadores, seguramente estará el siguiente: por qué en la universidad de este tiempo se consideró que es mejor saber menos que saber más. Pretendo aquí ofrecer, a modo de hipótesis, una explicación para tan arduo enigma.

El discurso pedagógico oficial (¿Hay otro? ¿Es redundante la expresión? ¿Por qué van de la mano el poder y la psicopedagogía?) precisará de inmediato que lo que con las nuevas teorías (pero ¿son en verdad teorías y son nuevas?) se pretende no es que la enseñanza transmita menos conocimientos, sino que los transmita de modo mejor y más efectivo. Como respuesta a esto, debemos matizar un poco.

En efecto, la cascada de reformas de la enseñanza, en todos sus niveles, y el machacón y asfixiante discurso psicopedagógico, ponen por delante que se han de cambiar los métodos de enseñanza, reemplazando los tradicionales más que nada porque son tradicionales y porque si no sustituimos esos métodos tradicionales, a ver cómo vamos a escribir comunicaciones y ponencias sobre métodos innovadores. Esta obsesión con el método y su novedad tiene una primera consecuencia: que el cómo se enseña importe más que el qué se enseña. Puesto que los que enseñan a enseñar, por lo general, no son capaces de enseñar nada, es decir, dado que esos enseñantes de la enseñanza carecen de conocimientos sobre cualquier otra materia -matemáticas, lengua, geografía, historia…-, pierden de vista que la docencia siempre habrá de tener un objeto que la justifique y por razón del cual se mida su efecto, y caen en una especie de remolino narcisista o de onanista autosatisfacción: piensan que la calidad de la enseñanza se mide en clave autónoma, autorreferente. Si el método aplicado es bueno, a tenor de las pautas de ese pedagogismo recursivo, la enseñanza es buena, aunque el estudiante no aprenda apenas, aunque lo enseñado se quede en nada. El método se justifica por sí mismo y operando en el vacío, de resultas de que el teórico de la educación no ve más allá de su ombligo y de que para ser capaz de medir resultados tendría que tener otros conocimientos y estar en condiciones de entender otras disciplinas (matemáticas, lengua, geografía, historia…). De ahí lo que todos hemos vivido alguna vez esta temporada: aterriza en nuestra facultad un sujeto que, sin dominar absolutamente nada de nada de lo que en esa facultad se enseña, sin poseer el mínimo conocimiento de la materia en cuestión, pretende aleccionarnos sobre el mejor y más moderno modo de enseñar eso que él ni entiende ni quiere entender.

En resumen, el problema de esas supuestas ciencias de la educación es que han perdido de vista su carácter auxiliar y subordinado. No es que no tenga importancia el cómo enseñar, sino que no puede pasar el carro delante de los bueyes y no debe el método docente hacer que se pierda de vista el objeto de la docencia. Un indicio más de que tal inversión ha acontecido es la pretensión de que en los nuevos grados universitarios el profesor de cualquier disciplina -Historia, Derecho, Física, Matemáticas, Geología- evalúe a los estudiantes sobre la base de cosas tales como la capacidad de expresión en público, el liderazgo, la iniciativa, la aptitud para trabajar en equipo, etc. Es decir, se quiere que se juzgue a los mismísimos estudiantes por su capacidad para asimilar y seguir métodos de trabajo, no por su rendimiento directamente referido al objeto de estudio respectivo.

Lo que acabamos de decir explica por qué -al menos en la universidad- se enseña cada vez peor, precisamente ahora que tanto pillo vive de enseñar a enseñar bien. Pero con esto todavía no hemos llegado al núcleo de la pregunta del título: por qué se enseña cada vez menos y nos parece estupendo y muy progresista así. Para poder responder a esto debemos partir de una constatación que parece difícil de poner en duda: hay un continuo y radical descenso del nivel de exigencia a los estudiantes; en términos de esfuerzo y rendimiento, los títulos están cada vez más baratos. Y ya que decimos baratos, señalemos de pasada una paradoja bien curiosa: a medida que económicamente se encarecen los títulos y allí donde más se encarecen en euros, es cuando y donde más se abaratan en exigencia.

Una expresión resume todos los equívocos y sintetiza todas las oscuras maniobras ideológicas y gremiales: fracaso escolar. Ya ha llegado a la universidad la infausta noción. El nivel de la educación de un país se mide por los índices de fracaso escolar, pero semejantes índices no se establecen mediante comprobación de si un estudiante aprendió o no lo que se supone que debe saber para que el título que recibe tenga sentido, sino que dichos índices dependen nada más que del dato formal de cuántos de los que empiezan acaban.

Pongamos un ejemplo que parece una pura reducción al absurdo o una simple hipótesis de trabajo, pero que no está tan lejos de la realidad de hoy y, más aún, de la de mañana. En la Facultad F se imparte la titulación T. En F los profesores, todos, se ponen de acuerdo para aprobar a absolutamente todos los estudiantes que se matriculen en tal titulación, de modo que el cien por cien de los inscritos obtienen e título de T. Naturalmente, esos profesores, bien aleccionados por los especialistas en engaños, disimulan y gastan su tiempo de docencia en todo tipo de juegos y se adornan con mil alardes tecnológicos. Pero, a la hora de la verdad y más allá de que los estudiantes hayan estado entretenidísimos y hayan discutido de lo divino y lo humano, visto películas variopintas y proyecciones de variadísimos dibujos, esquemas y tablas, el profesorado no hace ni la más mínima comprobación de si algún conocimiento pertinente ha quedado a sus alumnos, aunque sea de modo inadvertido y por las cosas del azar. En F, pues, no habría fracaso escolar, aun cuando los titulados no tengan ni remota idea de lo que supuestamente debieran dominar. ¿Y si resulta, por ejemplo, que el título es de Filología Inglesa y que de todos los graduados ni uno habla palabra de esa lengua ni tiene mayor noticia de Shakespeare? Pues habrá mañana fracaso profesional o lo que queramos, pero el fracaso escolar habrá sido erradicado con apabullante éxito. Muerto el perro, se acabó la rabia; suprimidos los suspensos, se terminó el fracaso escolar.

¿Quién puede razonar con una lógica tan aplastante, sin duda equivalente a la de aquél que, ante la noticia de que en los accidentes ferroviarios era el vagón de cola el que tenía más víctimas, pedía que se quitara en todos los trenes ese último vagón? Pues sí, ellos, los mismos; ha acertado usted. Pero de la mano de esos politicastros que sólo piensan en el corto plazo y que tratan de legitimarse con la pura espuma de las cifras más superficiales y engañosas.

El razonamiento de esos psicopedagogos se puede descomponer en los siguientes pasos.

Primero. Cambian los papeles de los actores, de manera que cuando un estudiante suspende una asignatura no es el estudiante el que fracasa, ni siquiera en el caso de que sea un redomado incapaz y, para mayor gloria, un zángano de libro. No, la culpa es del “sistema” y de las instituciones. ¿Y si resulta que la institución de turno es una facultad que tiene los profesores más competentes y dedicados, especialistas de fama mundial que han formado a los más eximios profesionales durante las últimas décadas? No importa, si hay muchos suspensos, hay mucho fracaso, y si hay mucho estudiante que fracasa no es porque esos estudiantes fracasen, sino porque fracasan la institución y sus profesores. Así que si ese profesorado no quiere ser un fracaso, ya sabe lo que tiene que hacer. ¿Enseñar mejor? No, aprobar más.

Segundo. El psicopedagogo nos dirá que hay trampa en esta última frase, ya que enseñar mejor será lo que llevará a que más aprueben con toda justicia. ¿Y cómo hay que enseñar para enseñar mejor? Como él diga. Ya tenemos el problema, que es el fracaso escolar, y la solución, que es la renovación de los métodos docentes. Lo que los profesores deben hacer es simplemente aplicar los métodos de enseñanza que elaboran y proponen los especialistas en métodos de enseñanza de cualquier cosa. En el método está la solución.

Tercero. Pero tenemos que ver si el método funciona o no. No olvidemos que se trata de un método para evitar el fracaso escolar, pues éste se debe siempre a defectuosa praxis del docente, sea porque no presenta su materia como debe, sea porque no acierta a motivar a sus estudiantes de la mejor forma. Pero si el fracaso escolar depende de cuántos estudiantes suspenden, no de cuánto saben los que aprueban o de cuánto ignoran los suspensos, la cháchara del método, el paleto “discurso del método”, termina en una conclusión arrasadora: cuantos más aprueben, menor será el fracaso escolar y, en consecuencia, mejor será la enseñanza y, de propina, más acreditado quedará, como apropiado y certero, el método docente que se haya aplicado.

Conclusiónpara que los nuevos métodos demuestren su ventaja, debe haber más aprobados. Y como hemos quedado en que el fracaso escolar no se da cuando el estudiante que obtiene su título no sabe hacer la o con un canuto, sino cuando, sepa hacerla bien o mal, suspende y no culmina sus estudios, si usted quiere demostrar que los métodos docentes son buenos, sólo tiene que convencer al profesorado para que apruebe a todo quisque. El día que en aquella facultad F de nuestro ejemplo todos los inscritos se gradúen, el experto en Educación nos dirá que ahí tenemos la prueba de lo bien que han funcionado las discusiones en círculo y los trabajos en grupo. ¿Y si los titulados no saben ni palabra de lo que deben conocer, sea Historia, Matemáticas o Ingeniería de Telecomunicaciones? Ah, de eso no estábamos hablando. Aquí nos ocupábamos nada más que de los métodos de docencia y acreditado queda que funcionan. Ya no hay vagón de cola, pues hasta hemos eliminado el ferrocarril. Ya no existirá el fracaso ferroviario. Perfecto.

Hemos arribado a la respuesta que andábamos buscando. El empeño en que las carreras duren menos, en que los programas y temarios sean más simples, en que los materiales y textos de apoyo se vuelvan elementales y simplones, en que el profesor no se explaye en alardes de erudición y dominio de la materia, en que en las evaluaciones de los estudiantes se tomen en consideración curiosos atributos personales que poco o nada tienen que ver con lo que se habría de dominar, todo ello tiene una explicación sencilla: interesa que todo el mundo logre su título, para que los pedagogos y compañía puedan legitimarse ante esa clase política que sólo quiere cifras para la galería y que tampoco sabe ni quiere saber nada de ciencia ninguna. Se aparean esos dos sistemas hoy convertidos en perfectamente autorrecursivos, autorreferentes, el sistema político y el sistema pedagógico, y de dicha unión contra natura, nace un ratón. Qué digo un ratón, un topillo ciego que se cree Dios. Una plaga.

Querido colega, permítame que me tome la confianza de darle y de darnos un consejo final: no se convierta usted, no nos convirtamos, en alimento para topos y ratones. Pongamos más bien a las ratas en su sitio y sigamos enseñando con toda la seriedad que podamos a esos buenos estudiantes que merecen un respeto y que tienen derecho a que les inculquemos una buena formación en lugar de tomarles el pelo con jueguecitos pueriles a la medida de esos profesionales de la nadería metódica.

(*Juan Antonio García Amado es Catedrático de Universidad de Filosofía del Derecho en la Universidad de León y autor del blog Dura Lex.)

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Categorías: Diagnósticos

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26 comentarios en “¿Por qué es mejor saber menos?”

  1. 14 junio 2010 a 7:54 #

    Con un razonamiento lógico impecable, el profesor García Amado desmonta nociones tan absurdas como el propio pseudoconcepto de fracaso escolar, el aprender a aprender, el metodismo didáctico vacío y todas las sandeces de la pedagogía establecida.

    Su llamamiento a la resistencia debería ser seguido en todos los niveles del sistema educativo.

    Ya estábamos avisados de la extensión de la metástasis a la enseñanza superior.

    Y una de las claves de la cuestión es un asunto del que ya hemos hablado en DESEDUCATIVOS; la ficción estadística por encima del crudo análisis de la realidad. Es una obsesión de la clase dirigente para vender a la sociedad la titulitis y la mentira.

    Llevo oyendo análisis de lo más variopinto sobre el desastre educativo (que si fue culpa del neoliberalismo, que no bubo medios, que lo gestionó el PP, que fueron los herederos del mayo del 68, que si no hay autoridad, que si la culpa la tienen las APAS, que si la sociedad es más hedonista, bla, bla, bla….) Las causas de todo lo que está pasando serán muy complejas y a lo mejor a algunos se nos escaparían muchos datos, pero lo que sí es indubitable es que LA PEDAGOGÍA INSTITUCIONAL ES UNA MÁQUINA DE DESTRUCCIÓN DE LA EDUCACIÓN Y DE EXTENSIÓN DEL ANALFABETISMO. Y QUE SU DISCURSO ES CORROSIVO Y DEJA LA ENSEÑANZA (PRIMARIA, SECUNDARIA, UNIVERSITARIA, TODA) REDUCIDA AL VACÍO.

    !Muerte a la pedagogía! Tiene que ser el grito de nuestra supervivencia como profesionales de la educación.

  2. Juan
    14 junio 2010 a 8:03 #

    Excelente, no tiene desperdicio. A ver si ahora que ya está llegando la avalancha psicopedagógica a la universidad se denuncia con más contundencia, y sobre todo con más éxito, las barbaridades y pamplinas que exigen los “expertos-en-no-coger-una-tiza”. Esa mismas barbaridades y pamplinas que los profesores de secundaria llevamos años denunciando sin que nadie parezca enterarse y nada ocurra. Por cierto, nombro explícitamente a los profesores universitarios y a los de secundaria: queda pendiente hasta no se sabe cuándo que también terminen por abrir los ojos los profesores de primaria, que ni se les ve ni se les oye por estos andurriales de crítica y disidencia.

    Saludos desde Crísis Educativa.

  3. Francisco Javier
    14 junio 2010 a 8:46 #

    Perfecto.

    Una Universidad ha de ser exigente. Y si la pedagogía sobra en al Secundaria (e incluso en la Primaria), resulta dadaista que ahora se esté infiltrando en la Universidad. Los títulos universitarios hay que ganárselos con estudio, trabajo y dedicación. Todo lo demás son sandeces y mentiras. Añado: la exigencia debería ser aún mayor de lo que era antes de la LOGSE. Me refiero a las disciplinas de letras. No sólo los de Telecomunicaciones deben estudiar en grado máximo, sino también los flólogos clásicos, los historiadores y los futuros abogados, jueces o notarios. Muerte a la pedagogía.

    Mi enhorabuena por tan estupendo artículo. ¡Ojala lo pudiese leer todo el mundo!

  4. 14 junio 2010 a 10:52 #

    ¿Qué tenéis contra la ignorancia? ¿Quién quiere ciudadanos críticos y complejos? Serían un estorbo para los tiempos que han de venir en que los mercados tienen la palabra, y los mercados no necesitan de culturetas sino de ciudadanos que estén por trabajar más por menos y que no recuerden los ideales del pasado. La adaptabilidad es la clave. Hemos de poder adaptarnos a la flexibilidad del mercado, producir más y procurar no quedarnos al margen. Los que se queden al margen serán parásitos a los que la sociedad no tendrá la obligación de mantener. La cultura y el conocimiento no son objeto del sistema educativo. Esto estará restringido a las clases rectoras que seguirán conociendo a Shakespeare o a Sófocles o a Hume, pero el ciudadano medio tiene bastante con la televisión, los centros comerciales, el fútbol, Gran hermano o similares, y alguna droga de diseño que pronto aprenderemos a comercializar para mantener el ánimo en tiempos desasosegantes. No pidáis al sistema educativo lo que es privativo de las minorías.. Estáis equivocados. Lo que pretendéis no es el futuro. Adaptabilidad, flexibilidad, productividad son las palabras clave, no cultura. ¿Para qué?

  5. Carlos Hoyos
    14 junio 2010 a 11:41 #

    Los pedagogos son científicos que hacen experimentos en niños. Pedagogía = propaganda con disfraz de ciencia. Un pedagogo y una babosa son la misma cosa. ¡Mueran los pedagogos! La “pedagogía” hasta ahora no puede apuntarse triunfos, y sí millones de fracasos, por lo que si ahora mandan en la universidad, es porque lo obliga el PSOE, pero por culpa del PSOE tenemos la LOGSE y la LOE, que aun maquillando las cifras de fracaso escolar con coacciones (forzando a los profesores a aprobar a los alumnos), todavía dejan entrever un 33% de abandono de estudios, lo que es una burrada, y más sabiendo que la realidad es aún peor. Ahora van a destruir las universidades como ya lo hicieron con los colegios, para terminar de producir un país de borregos y de criminales (un 25% de violencia en aulas desde que está la LOGSE).

    ¡Toda la cúpula del PSOE debería a la trena por negligencia criminal! Destruir A SABIENDAS el tejido productivo y educativo de un país debería ser considerado CRIMEN DE ESTADO y ALTA TRAICIÓN, porque de esto no nos vamos a recuperar en 50 años. Es matar el país, y ya lo están haciendo, por eso ya ha comenzado la imparable fuga de cerebros y capitales de España.

  6. Ana Belén
    14 junio 2010 a 12:47 #

    Estupendo y revelador artículo. Ojalá la desgracia de la llegada de la Logse a la Universidad sirva para que nuestras protestas sean escuchadas por toda la sociedad. Me alegra mucho que se unan a nuestras protestas profesores de Universidad. Es cierto que se nota la ausencia del cuerpo de Primaria, a ver si poco a poco empiezan a hacer acto de presencia. Ojalá. También es muy acertado el último comentario, de ese tema ya se ha hablado en Deseducativos: la finalidad, lo que busca todo este entramado político-pedagógico: efectivamente, adaptabilidad, flexibilidad y disposición para todo tipo de trabajo basura. Pero los profesionales debemos estar por encima de todo eso, luchar al menos y si esta absurda situación se consolida, que no sea porque no lo hayamos intentado.

  7. Borja Contreras
    14 junio 2010 a 14:52 #

    Estupendo artículo.
    Lo triste es que demasiada gente -ahora en la Universidad, antes en la extinta Enseñanza Media- sigue pensando que los discursos pedagógicos no son más que palabrería inocua. Son, desde luego, palabrería, pero de inocua no tiene nada.

  8. Luzroja
    14 junio 2010 a 16:56 #

    Me gustaría ilustrar con un ejemplo el magnífico escrito de don Antonio.

    Durante una charla explicativa sobre las pruebas de las competencias básicas de 4º de Primaria, a las que nos convocaron a algunos de mi colegio, el menda se atrevió a formular la siguiente pregunta:

    “Con respecto al contenido de las pruebas me gustaría saber qué criterios se han seguido para determinar cuál es la media que permita situar a los alumnos por encima o por debajo de ella”

    La contestación fue:

    “La media la marca los propios alumnos, no hay una media a priori, sino que es todo el conjunto de alumnos que hacen la prueba los que según sus resultados ordenan la media ” (más o menos eso vino a decir)

    Evidentemente mi pregunta estaba mal formulada, porque siempre la media estadística se obtiene tras los ensayos, no se fija a priori.
    Me explico: midamos a 10 chicos de 8 años, saquemos la media y con ella ordenaremos a los que estén por debajo y por encima de la media. Evidentemente no puedo fijar a priori la media de la altura que deben tener estos niños de 8 años

    Por lo tanto, para el próximo curso, en la evaluación de diagnóstico, se generará otra media distinta en función de la prueba que entonces se haga y así la curva de Gauss siempre se cumple.

    Si aplicamos esta fórmula a nuestro quehacer diario, nos encontramos con un nuevo método de calificar: ¿Deberemos sacar la media de las notas obtenidas por nuestros alumnos en el examen que les hagamos y con ello fijar la nota media que es la que supondrá aprobar o no aprobar el examen, de tal suerte que los alumnos de 10 perjudiquen a los alumnos de 2 o 3, con lo que se deduce que cuantos más alumnos saquen 2 o 3 en el examen, la nota media que se obtenga beneficiará a sus compañeros?

    La mentira está servida.

  9. Luzroja
    14 junio 2010 a 17:01 #

    Se me olvidaba la conclusión:

    Por lo tanto es mejor saber menos, tal como apunta don Antonio, es más solidario.

  10. Mari
    14 junio 2010 a 20:52 #

    ¿Pero de verdad creen que los niños de ocho o diez años son mejores en otros lugares del planeta?
    Ni la mayoría de profesores son poco válidos, ni la mayoría de los alumnos lo son, al menos, así lo creo. El problema es que, en esta época (aún, y aunque parezca mentira) de vacas gordas, las cosas cuestan poco esfuerzo conseguirlas, al menos, así lo creo.

  11. almediodia
    14 junio 2010 a 21:54 #

    Mari, creo que no me he explicado bien a tenor de tu comentario.

    En esencia, en estadística, se saca la media tras la obtención de los datos de la muestra elegida.

    Eso mismo han pretendido hacer con las pruebas de las competencias básicas (sacar la media de los varoles obtenidos)

    Mi ejemplo se refería a medir (la altura física) de los niños de 8 años y con esas medidas sacar la media de altura de los niños de esta edad. Pretendía ser un ejemplo sobre qué es la media y su utilidad.

    En la enseñanza JAMAS la media debe crearla la muestra, la media que se fije es un conjunto de conocimientos a alcanzar que se consideran de obligada asimiliación.
    Un profesor jamás hará las media de las notas obtenidas por sus alumnos para fijar con esa media la nota que determine quién aprueba y quién no. El profesor tiene ya fijado de antemano qué nota hay que sacar para aprobar o no.

    En las pruebas de competencias básicas se situa al alumno con respecto a la media obtenida y no con respecto a una media fijada de antemano.
    Un alumno de cuarto puede no saber resolver un problema por medio de una división, pero si la media de los alumnos que han hecho la prueba tampoco saben, el alumno en cuestión está en esa media (que la prueba fija en 500)….lo que no deja de ser una media de mierda.

  12. almediodia
    14 junio 2010 a 22:07 #

    Siguiendo con este artículo que me mueve a interés.

    Otra razón de por qué es mejor saber menos…

    ¡¡¡Una ronda de emociones en la educación superior!!!
    Ya se pueden ir preparando los profesores universitarios.
    Que aparquen a Platón, a Espinosa, a Euclides, a Shakespeare, a Mozart, a Boticelli…la cultura es un camelo que nos hace desgraciados, hay que ser emotivamente inteligentes..y… ¿Quiénes impartirán docencia de las emociones?….fácil ¿no?

    • 15 junio 2010 a 12:55 #

      Dice la señora del vídeo que la inteligencia emocional es más valiosa que la inteligencia, los conocimientos, la cultura. Lo será para ella. ¿Qué es preferible: que te opere una eminencia de cirujano o saber respirar hondamente tras ver el estropicio que te ha hecho un cirujano mediocre? ¿Montar en un avión diseñado con estraordinario ingenio y saber o tener que apaciguar el miedo de volar en un avión de mala calidad? ¿Estar seguro de que el edificio es tan estable que aguantará un movimiento sísmico grande o saber “gestionar” el miedo en un edificio convencional? Yo no tengo dudas al respecto. Evidentemente, bueno será que uno tenga mecanismos para afrontar los inevitables malos momentos que trae la vida, pero de ahí a decir la sandez que se dice en el vídeo.
      Por otra parte, es la vida inteligente la que forja el carácter de niños y adultos. La necesidad de alcanzar metas intelectualmente elevadas forja el carácter y la voluntad. Es la disciplina aneja a la actividad inteligente (aprender a tocar el piano, matemáticas, filosofía…) lo que nos saca de la animalidad de la motivación, la ansiedad y el capricho. No obstante, reconozco que saber respirar hondo me viene muy bien cuando leo a estos inefabales destructores de la civilización. Pero no me conformo con sobrellevarlos. El deseo inteligente (beneficioso) es hacer lo posible para no tener que aguantarlos.

      • 15 junio 2010 a 22:28 #

        Antonio, cuando yo estuve en el ejército, tuve un capitán de paracas que un día pretendió demostrarnos que la autodelación era una forma sublime de compañerismo; naturalmente, a nosotros nos pareción que lo decía para ver si nos colaba ese anzuelo que hubiera facilitado mucho su labor de tirano; pues bien, como digo un poco más abajo, el autocontrol de los dulces especialistas del vídeo andaluz me parece un hermano gemelo de la autodelación del áspero militarote: un intento de meternos en el cerebro el chip de la autodomesticación. El sistema político actual es alérgico a la discrepancia y busca procedimientos para eliminarla “homologables” en una democaracia: una ciudadanía que se controle solita y educada para que, por convencimiento propio, le repugne el montar pollos o el dejarse llevar por sus deseos o sus sentimientos sería el sueño dorado de cualquier dictador. ¿No te parece a ti que los docentes nos vamos pareciendo cada vez más a ese modelo? Un saludo.

  13. 14 junio 2010 a 23:14 #

    muy interesante. totalmente de acuerdo con la reflexión.

  14. 14 junio 2010 a 23:44 #

    Que los pedagogos son una amenaza para la libertad es algo que ha podido constatar cualquiera que haya ejercido la enseñanza en un instituto en los últimos diez años: sin el menor miramiento, pretenden imponer sus objetivos (el “éxito” escolar) mediante la coacción y la presión cada vez más feroz sobre el profesorado para que aruebe, al mismo tiempo que imponen sus métodos (y la rigidez metodológica es algo que repugna en el oficio de enseñar) por la vía del boletín o del lavado de cerebro en sus estúpidos cursos (estúpidos por el contenido, no por la aberrante intención de controlar). Y, paradójicamente, he conocido a más de un pedagogo que como profesor resultaba un incompetente de proporciones patéticas. Ahora, viendo el documentalito ese de Canal Sur, siento un escalofrío al intuir que pasa algo parecido con esas clases en apariencia blanditas y vanas: detrás de tanto interés por el control y el autocontrol de las emociones me parece que asoma el propósito de crear un modelo humano de autómatas acríticos, incapaces de un gesto de rebeldía, absolutamente dóciles al sistema. Ese sistema es la corrección política, con sus amables pautas: ahí están Canal Sur y Andalucía: ¿ha visto alguien un gobierno más integrador, más favorable a la igualdad entre sexos, opciones ideológicas, preferencias sexuales y razas, más nivelador de las diferencias sociales, más tolerante con la diversidad de cultos? Pero eso no parece incompatible con una televisión casposa y que es un vergonzoso aparato de propaganda, la cultura de la subvención, el voto cautivo, las becas sonrojantes, la persecución del saber, la especulación brutal y la corrupción. Y las demás comunidades no le van muy lejos. Y ahora, por si fuera poco, la crisis. Como sostenéis algunos de este foro, el hundimiento de la enseñanza no es más que un síntoma de las carencias de nuestro sistema democrático.

  15. 18 junio 2010 a 11:40 #

    Qué cachondo el capitán, Pablo. Es un problema de toda la sociedad, Pablo. Especialmente grave en el caso de los docentes: si la vena crítica está exangüe en personas en permanente contacto con el conocimiento, apaga y vámonos. Como sabes, considero que el poder que cuestionamos actúa con la fuerza ciega del fanatismo (especialmente este poder poblado de necios). Sus mecanismos son, no obstante, eficaces. ¿Por qué no hay reacción docente cuando todo el mundo señala al profesor como culpable del fracaso académico? El refranero lo sabe: “El que calla, otorga”. Maestros y profesores creyeron en las pamplinas igualitaristas. Creyeron que sería un acto de rancio clasismo mantener un sistema escolar basado en el esfuerzo y la competencia. Quien más quien menos se tragó con unción la oblea logsera. Muchos colaboraron de buena gana con las nuevas directrices sociales. Por convicción plena, sin dobleces ni conciencias de doble fondo. La mayor parte de la sociedad dio su visto bueno a las (nuevas) políticas sociales igualitaristas.

    ¿Qué pudo ocurrir con los pocos que se mostraran renuentes al cambio? Aquél que se salía del redil era señalado como el facha retrógrado del grupo. Esa presión pudo ser enorme durante los primeros años de la implantación de la LOGSE. Fíjate, Pablo, que todavía hoy la secta pedagógica recurre a esa acusación tan extemporánea y ridícula. La LOGSE penetró sin resistencia en la escuela. Es más: Sus principios igualitaristas penetraron sin resistencia en la sociedad. Pero ha pasado el tiempo y ha habido lugar para la crítica y la autocrítica. Cualquier docente inteligente sabe que ha colaborado con una política escolar desastrosa. Aquí tienes un segundo momento para el sentimiento de culpa. Primero el sentimiento de culpa si no apruebas al alumno “difícil” y “socialmente excluido”. Sentimiento que dominó las prácticas docentes durante los años en que todavía no había meridiana constancia del desastre logsero. Después, libres los ojos de legañas igualitaristas, el sentimiento de culpa por haber aprobado al alumno vago y de haber coadyuvado al desastre. Y ahora el problema es que el enemigo es tan grande y ubicuo que para muchos docentes es preferible seguir con la pantomima que rebelarse. Ahora que algunos empezamos a cuestionar públicamente la LOGSE, el gobierno necesita mecanismos de control más opresivos (ROC). No pocos pensarán que ya esto no hay quien lo pare. A la impotencia y al miedo a ser represaliado le suele seguir el autoengaño y la vista gorda. Por eso tantos profesores ponen exquisitas pegas a un Manifiesto en cuya bondad creen, detalles aparte.

    El poder lo que quiere es que haya gresca entre la población, pero no sublevación contra él. Las políticas de izquierda llevan muchos años creando falsas divisiones y conflictos entre la población. Si un socialista puede tener miles de las antiguas pesetas, desempeñar varios cargos públicos y trabajar en un mundo absorbido por el más feroz liberalismo (“especulación”), su mensaje no es diferente del de las derechas de toda la vida. Para diferenciarse y reputarse imprescindible ante el electorado, ha necesitado introducir el igualitarismo que hoy conocemos: lo del género, las autonomías, la escuela inclusiva, las cuestiones idiomáticas, lo de la memoria histórica y todo el discurso políticamente correcto que hoy infama cuanto toca. Ha necesitado criminalizar cualquier signo de autoridad, convirtiéndolo en autoritarismo. Lo que ha contribuido a la ahondar la división entre los españoles. Las relaciones entre hombres y mujeres se han enrarecido bajo una política de género delirante; las relaciones entre docentes y padres también son de pena; las de maestros y alumnos, tú me dirás; las de padres e hijos, ídem; las de diferentes hablantes, lo mismo… El juego socialista (y nada comulgo con el pp) se libra en un difícil equilibrio de trapecista circense: por un lado se ve obligado a fomentar la división y el conflicto a falta de discurso realmente izquierdista y a aventar el victimismo de los supuestas víctimas sociales del autoritarismo y, por otro, apela a la bandera de la tolerancia para evitar un enconamiento de ánimos excesivo (“señor maestro, tolere usted las insolencias del alumno-víctima, respire hondo”) y, encima, se reputa como mesías del amor y la tolerancia al prójimo. Es decir, crea enemigos constantemente y, colmo de la ironía, luego les pide que se toleren y respeten. Azuza a unos contra otros y luego intercede cual apaciguador y recadero del buen rollo. Y mientras la gente atiende a conflictos creados sin fundamentos racionales, los políticos que los han promovido se anuncian como defensores de las víctimas seculares y quedan justificados en el panorama electoral. Y, por supuesto, se van de rositas y silbando. Y pocos caen en la cuenta de que son este tipo de políticos el que merece estar en el punto de mira de la rebelión social. Porque viven de crear malestar entre la población: alumnos contra profesores, hijos contra padres, padres contra profesores, hablantes minoritarios contra hablantes mayoritarios, mujeres contra hombres, gandules contra trabajadores… Ya está bien, ¿no?

    Un afectuoso saludo.

  16. 18 junio 2010 a 13:17 #

    Perdón, donde dije “miles de pesetas” debe poner cientos de millones de las antiguas pesetas.

  17. Fancisco Javier
    18 junio 2010 a 15:59 #

    ¿En Andalucía blanditos?

    El CASO RABASCO. ¿Qué habrá sido del enchufado que ha ocupado la plaza del tristemente fallecido José Manuel Rabasco? ¿Se puede vivir así sin sentir asco por uno mismo?

    http://www.magisnet.com/noticia/6131/INFORMACION/justicia-contin%C3%BAa-amparando-profesor-perseguido-ideas-pedag%C3%B3gicas.html

  18. Fancisco Javier
    18 junio 2010 a 16:13 #

    Estimado Raus,

    muy atinados tus comentarios, que comparto plenamente. A ese fomento de la división y la crispación social, llevado a cabo de forma sistemática los socialistas españoles, se le une el de los nacionalistas: muchísimos de los conflictos que agitan este país sólo existen en sus cabezas corrompidas (desde las que envenenan todo). “El duelo a garrotazos” de Goya refleja con exactitud esta furia hispana. ¡Respiremos hondo!

    • 19 junio 2010 a 15:36 #

      Estimado Francisco Javier:
      En efecto, estoy de acuerdo. Como dice en otro comentario reciente nuestra compañera Ana Belén, los nacionalismo encuentran caldo de cultivo en la ideología que sustenta la LOGSE. Obedece a la misma lógica ya señalada: la defensa del supuestamente débil. En este caso las minorías nacionalistas frente a un (supuestamente también) despótico poder central. Como ya se ha dicho aquí, debajo de ese igualitarismo charro y ese localismo aldeano, se esconde la mano ubicua del relativismo, para el cual no hay verdades universales, sino verdades particulares (opiniones); necedad ésta de un poder corrosivo potentísimo. Por eso tengo tanto interés en que sepamos refutar los argumentos intelectualmente misérrimos en que se funda ese relativismo.
      Un abrazo.

      • 19 junio 2010 a 15:45 #

        Estoy totalmente de acuerdo, Raus. Tengo ahora entre manos un libro de uno de los filósofos que mejor se enfrenta a ese relativismo que tú tan rigurosamente denuncias y que no es más que una de las formas ideológicas de mantener el statu quo. Se trata de “La Filosofía, otra vez” de Alain Badiou, Madrid, Errata Naturae, 2010. Te lo recomiendo encarecidamente, e incluso, si puedes leerlo, quizás nos salga un artículo a medias. Un saludo.

  19. 19 junio 2010 a 20:24 #

    Lo leeré encantado, tocayo, faltaría más.
    Un abrazo.

  20. 19 junio 2010 a 22:18 #

    Te comento un par de cosas, Raus. La primera es una que yo vengo constatando como simple experiencia desde hace ya tiempo, aunque sé que otros la tendréis más meditada y estudiada: la corrección política es la tiranía de nuestros tiempos, una tiranía muy parecida a la inquisitorial, porque establece unos dogmas indiscutibles y unos anatemas (donde en el XVII decían “luterano”, en el XXI, pon “machista” o “xenófobo” o cualquier otra etiqueta) y al final esos anatemas se están convirtiendo en el terreno práctico en etiquetas un tanto vacías, pero muy útiles para condenar al adversario con razón o sin ella, como en aquellos tiempos bastaba con que una mujer fuera vieja y hubiera paseado por el campo en un día de tormenta para que acabaran quemándola por bruja. PÑor suerte, en estos tiempos ya no queman a la gente, aunque conozco a algunos que, si por ellos fuera, mañana mismo se reinstaurban los autos de fe. Esa nueva dictadura fiscaliza a nuestra sociedad y es la causante en parte de ese miedo a hablar que hoy predomina en muchos claustros. Y otro resultado es que muchas de nuestras conductas sociales y formas políticas se sustentan en colosales mentiras, ahí está esa aberración que tú mismo mencionas de la justificación del débil que se defiende de la agresión del fuerte como sustento de todo el tinglado nacionalista. O del pobrecito niño que en realidad es un gandul redomado y se queja de lo exigente que es el profesor X. Una sociedad pautada sobre mentiras que todos saben que lo son apesta a pescado podrido.
    Luego está otra cuestión, la de esa LOGSE “igualitaria” que en realidad es un instrumento del clasismo más feroz, o la de esa supresión de la competencia (en el sentido de “competir”) en la educación: ¡me río yo! Al final, este sistema hipócrita tiene una ratonera llamada selectividad y, cuando llegan a su antesala, es decir, a 2º de Bachillerato, a los pobres chavales les entra una obsesión por la nota digna del trepa más consumado, una pena. El sistema es tan demencial que ha conseguido justo lo contrario de lo poco bueno que predica. En fin, Antonio, son divagaciones sueltas al hilo de tu comentario, cosas que ya tenemos un tanto trilladas. Un abrazo.

  21. 20 junio 2010 a 9:42 #

    Así es, Pablo. Esas etiquetas brujescas son bastantes y de uso sistemático: machista, fascista, racista, patriota, capitalista, centrista, colonialista, imperialista (al fin, occidental), intolerante, absolutista, tradicional… La mayor parte de las veces son utilizadas sin ningún fundamento. Por ejemplo, nos cuelgan la etiqueta de fascistas con absoluta arbitrariedad, despóticamente. En ocasiones esos calificativos podrían ser ciertos (aunque no referidos a nosotros), pero se emplean en la falacia ad hominen: “como eres un fascista, todo lo que digas es falso”. La acusación arbitraria y la falacia ad hominen constituyen recursos ofensivos inestimables de la panoplia posmoderna. Les sirve para no tener que argumentar.

    Diré más, Pablo, en el inconsciente de la población general la argumentación compleja, los razonamientos sólidos y la palabra rigurosa están registrados como amenazas fascistas. Recuerdo aquí una vez más la definición de posmodernidad (RAE): “Movimiento artístico y cultural de fines del siglo XX, caracterizado por su oposición al racionalismo y por su culto predominante de las formas, el individualismo y la falta de compromiso social.” Ojo: por su oposición al racionalismo. La teoría profunda e informada repele a la mentalidad posmoderna de los Marchesis que hoy pueblan el poder. También el simple hecho de escribir con corrección, no digamos ya brillantemente; pues observar reglas y preceptos (gramaticales o de otro tipo) es para ellos un reflejo y una compulsión absolutistas. Por eso mismo, nuestros devotos cabecillas de la ignorancia celebran el lenguaje mutilado y libérrimo que nuestros jóvenes perpetran en las pantallas digitales. La ignorancia es sinónimo de libertad y rebeldía crítica: soy libre porque no me sujeto a ninguna norma establecida. Libertad e ignorancia quedan, así, unidas en sagrado y vitalicio matrimonio. Pero es la libertad del bebé, del niño, del bruto o del loco. Es por eso mismo, queridos amigos, que se hacen tantas reverencias al adanismo de los niños. Ellos, como es lógico, discurren espontáneamente, libres de normas y preceptos, ajenos a todos los corsés a que nos somete la razón. Son ingrávidos exponentes de una libertad atávica que el adulto posmoderno reclama para sí. El deseo de hacer lo que te dé la gana, libre de cargas, responsabilidades y sujeciones impuestas por la razón o el sentido común.
    Nada puede extrañar, entonces, que la ignorancia, la falta de discurso y la ausencia de rigor en el decir y en el hacer formen parte del ideario de nuestros áulicos pedagogos, pues ellos son heraldos de la libertad sin límites.

    Las etiquetas brujescas cumplen la inestimable función de desprestigiar al que las recibe y de cortar limpiamente la posibilidad del discurso de la razón y el diálogo inteligente; operación ésta que es recibida muy gratamente por una población que desdeña la inteligencia en la misma medida en que desdeña toda sujeción a normas y reglas de cualquier tipo. Así pues, cuanto más rácano, informe y desarbolado es el discurso, más atractivo resulta para las personas que se guían por un concepto de libertad tan adánico que es indistinguible de la ignorancia y la idiotez.

    Un abrazo.

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  1. ¿Por qué es mejor saber menos? - 14 junio 2010

    […] ¿Por qué es mejor saber menos? deseducativos.com/2010/06/14/%C2%BFpor-que-es-mejor-saber-me…  por lise_meitner hace 2 segundos […]

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