San Agustín va al cole

Gregorio Luri

Habla muy mal Agustín de sus maestros de escuela en las Confesiones. Los recuerda como tristes sádicos de mano larga y corta inteligencia, pero a los que, incomprensiblemente, sus padres hacían caso. Las cosas iban mal porque a él le gustaba jugar más que estudiar, mientras que los maestros, ciegos a sus necesidades lúdicas, estaban empeñados en que dedicara el tiempo de estudio al estudio. A veces sugiere que las cosas importantes las aprendió “sin la presión odiosa” de los maestros. En algún caso se deja llevar por la hipérbole, tan del gusto de la casa, y habla “del vino del error que nos propinaban maestros borrachos”. Nada hay nuevo en estas quejas. Todo esto no sería más que un recitado agrio de lugares comunes si no fuese por dos hechos relevantes. El primero es que Agustín se ve obligado a reconocer que eso de la inocencia infantil no hay que tomárselo al pie de la letra. El segundo, de más peso, tiene que ver con su paso de discípulo a maestro, y sus confesiones de fracaso cuando tiene que sufrir en sus propias carnes las gamberradas de sus alumnos.

Llevamos hablando mal de los maestros desde que los hay. Eso o significa que estamos todos locos, por mantener una institución dedicada al sadismo sañudo contra la infancia, o, simplemente, que el magisterio es una institución imprescindible… aunque diste mucho de ser perfecta (podríamos decir lo mismo de otras muchas profesiones, obviamente).

Tanto tiempo como llevamos hablando mal de los maestros llevamos investigando formas eficientes de aprendizaje que no nos exijan pagar el peaje del esfuerzo, de la evaluación, de la comparación y del fracaso potencial. No las hemos encontrado. De hecho hasta en los mejores sistemas educativos, y hasta en las mejores escuelas de esos sistemas, las más constructivistas, dinámicas, centradas en el alumno y generadoras de interés, los niños siguen remoloneando en la cama cuando los despiertan por la mañana para ir al cole.

Evidentemente, no cambiaremos la escuela hasta que no cambiemos la realidad, que se empeña, la muy terca, en ser tan conservadora.

Podemos dejar de utilizar la sangre para abrirle el camino del alma a la letra, pero ésta, la letra, no hay manera de que se aposente en nuestra inteligencia gratuitamente, sin ejercicio ni esfuerzo. Podemos evitar que las aulas sean mazmorras, pero no que dejen de ser aulas… mientras queramos seguir manteniendo abiertas las escuelas.

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Categorías: Diagnósticos, Soluciones

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5 comentarios en “San Agustín va al cole”

  1. Mari
    13 junio 2010 a 9:04 #

    Es interesantísimo lo que dice. La verdad es el comienzo, es conocimiento. Reconocer que aprender cuesta un esfuerzo es el primer paso.

  2. Francisco Javier
    13 junio 2010 a 12:41 #

    Lo de esfuerzo es algo tan evidente, que ya la expresión de moda en el desvarío educativo de “cultura del esfuerzo” resulta sintomática del despiste en que nos encontramos. ¿Pero es que hay alguna manifestación de la cultura que haya sido realizada sin esfuerzo? Se trata de una redundancia de lo más bobo. Ni tan siquiera, el poeta, cuando inspirado por la musa, parece obedecer al dictado de la diosa que le regala el poema, pasa de ser una metáfora. Tras el poema logrado hay siempre un esfuerzo enorme de reflexión, de trabajo literario, que cristaliza en el inconsciente del poeta, pudiendo dar sensación de espontaneidad a algo que de suyo es un proceso lento y laborioso

    Por otra parte del esfuerzo hay que hacer una lectura positiva: es una fuente de placer inmensa. La felicidad que produce entender algo complejo, escribir algo valioso, componer una sinfonía,……., todo eso no sería lo mismo si fuese gratuito, fruto de la molicie.

  3. 13 junio 2010 a 13:27 #

    http://www.elperiodico.es/es/noticias/sociedad/20100612/uno-cada-tres-ninos-anos-domina-lectura-escritura/317545.shtml

    El modelo educativo catalán

    Uno de cada tres niños de 12 años no domina la lectura ni la escritura

    Maragall juzga preciso «actuar» ante la insuficiente capacitación de los alumnos al final de la Primaria

    Los resultados de los exámenes de competencias básicas revelan un retroceso en materia lingüística

    Sábado, 12 de junio del 2010

    Los resultados de las pruebas de competencias básicas a las que se enfrentaron a comienzos de mayo los más de 66.000 alumnos catalanes de sexto curso de primaria (11-12 años) de escuelas públicas y concertadas han resultado, al menos en el apartado lingüístico, decepcionantes. Si hace un año, uno de cada cuatro niños del curso desde el que se accede a la ESO no contaba con los niveles de dominio del catalán y el castellano que se consideran indispensables a esa edad, según evidenciaron los exámenes, esta vez uno de cada tres no ha alcanzado los mínimos cuando ha tenido que demostrar que domina la lectura y la escritura en ambas lenguas.

    La presentación oficial de los resultados de la evaluación externa del alumnado de sexto de primaria, que se estrenó el pasado año, está prevista para los próximos días, pero en la sede del organismo que organiza las pruebas, el Consell Superior d’Avaluació del Sistema Educatiu, hace ya algunos días que afloró la preocupación, que se ha trasladado a los responsables de la Conselleria d’Educació, de quien depende.

    La liebre saltó ayer cuando el conseller Ernest Maragall avanzó, durante una entrevista en Catalunya Ràdio, que las primeras conclusiones mostraban «una especial dificultad [de los alumnos] alrededor de la lectoescritura [el aprendizaje de la lectura y la escritura]», en la que la educación catalana «no está al nivel que ha de tener». «Hemos de procesar el mensaje que las pruebas nos dan y actuar», añadió.

    REACCIÓN Maragall ya dijo el año pasado, cuando un 27,4% de los examinados no superaron la prueba de castellano –un porcentaje ligeramente superior al 24,2% que suspendió los ejercicios de catalán y matemáticas–, que los resultados no eran «aceptables como país».

    Ahora el índice de los que se han quedado por debajo del aprobado ha crecido en unos ocho punto porcentuales en ambos idiomas, según la información a la que ha accedido este diario. Las mismas fuentes no han sabido precisar si ese retroceso también se ha registrado en el examen de matemáticas, aunque a tenor de lo dicho por el conseller esa situación no se habría dado.

    Los expertos educativos consultados coinciden en señalar que es altamente improbable que un retroceso de tal magnitud pueda registrarse en el lapso de un solo curso. Y apuntan que un diseño deficiente de las pruebas puede explicar al menos una parte del diferencial entre los dos últimos años académicos. El periodo para preparar y poner a prueba los ejercicios, entre febrero y abril, coincidió en el tiempo con el relevo, al frente de la dirección del Consell Superior d’Avaluació, del historiador Joaquim Prats por el economista Jorge Calero, lo que podría haber influido en su distinta configuración.

    Fuentes próximas a Maragall indicaron que «lo malo es que, con independencia de que este año las preguntas tuvieran un grado distinto de complejidad, llueve sobre mojado porque el año pasado los resultados ya fueron negativos». Entonces se estableció que el porcentaje de aciertos exigidos en cada ejercicio para darlo por superado se situaría en un 75%, una decisión contra la que se alzaron algunas voces que argumentaron que si se trataba de competencias mínimas la proporción satisfactoria de respuestas correctas debería haber sido mayor.

    HALO DE FIABILIDAD Las pruebas de competencias básicas al final de la primaria se diseñaron para poder disponer de un indicador externo sobre el aprendizaje del alumnado y la marcha de las escuelas. El hecho de que sean profesores ajenos al centro los encargados de supervisar y corregir los exámenes y que los padres sepan, a final de curso, cuáles han sido los resultados obtenidos por sus hijos, les confiere un halo de fiabilidad del que carecen las pruebas similares que se efectúan en cuarto de primaria y segundo de ESO.

    A diferencia del curso 2008-2009, en el que se concentró en una única jornada, esta vez el test se prolongó a lo largo de dos sesiones matinales, celebradas el 5 y 6 de mayo últimos, e incluyó como novedades un dictado, en el que solo había que completar algunas palabras de un texto ya escrito, y la audición de una grabación en una lengua extranjera, que mayoritariamente fue en inglés, para poder constatar el grado de comprensión del idioma por parte del alumno.

    Los alumnos tuvieron 45 minutos tanto para la prueba de catalán como para la de castellano. La estructura del examen fue idéntica en ambas lenguas. Primero había que escuchar el dictado y rellenar los espacios en blanco, después leer dos textos (sobre escorpiones, barcos de piratas, tortugas y un fragmento de Tom Sawyer, de Mark Twain) y responder a preguntas y, al final, escribir una redacción.

  4. Ania
    13 junio 2010 a 15:33 #

    No se enteran de nada pero¡¡¡ ¡los quieroooooo!!!!!

    Yo por mi alumno ¡¡¡¡¡matoooooooo!!!!!!

    Disculpen mis frases de profesora- tutora y diversificadora panlogsiana zumbada y quede constancia de mi felicitación al autor por su excelente artículo.

    Con todo, parece mentira que la dignidad y la pertinencia de la profesión docente haya de de ser defendida hoy en día.

  5. 13 junio 2010 a 18:24 #

    Hay quien ha aprovechado su experiencia traumática en la escuela para construir toda una teoría y hasta un negocio floreciente, pues ha hecho carrera así, me imagino que sin gran esfuerzo intelectual. Podemos leer una reseña de un catedrático de Pedagogía que habla de lo que sufría en el colegio en su libro La aborrecida escuela, donde defiende una “pedagogía de la felicidad” que ya le hubiera gustado disfrutar a Agustín de Hipona en sus atribulados tiempos. Si todavía queremos saber por qué hay que apoyar la obra de este insigne defensor de una escuela guay pero que muy guay e impregnarnos más de una defensa de esa “pedagogía sin esfuerzo”, podemos acudir a este enlace donde se previene de la “vuelta” a una enseñanza tradicional, que será para los futuros escolares otro valle de lágrimas.
    Habrá que preguntar a los discentes de este gran genio de la renovación pedagógica cuánto han gozado en las clases de tan lúdico y moderno profesor, o mediador, o animador, u orientador, o bufón del reino. Porque a mí siempre me han aburrido sobremanera todos los cursos y cursillos de pedagogía a los que he tenido que asistir, por narices. Por cierto, coincido con el iconoclasta y hoy instalado en el “establishment pedagógico” escribidor: las catequesis pedagógicas también me han parecido aborrecibles y tampoco me han hecho muy feliz. A lo mejor es que algunos tenemos el colmillo muy retorcido y no sabemos apreciar los néctares de esa “escuela nueva”, que siempre nos ha sonado a algo así como “el nuevo BioDixán” o el “nuevo Big Mac del McDonalds”.

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