Elogio y vindicación del profesor (Quinta entrega)

Luisa J. D.

II. Antes del advenimiento de la ley

2. Autoridad

Fue uno de nuestros caballos de batalla. Porque llegamos, por ejemplo, a institutos de ciudad donde los catedráticos tenían reservada su propia zona en el bar de profesores (compartir el bar con los alumnos era cosa que allí a nadie se le pasaba por la cabeza). El catedrático daba clase de 9 a 12; tú conciliabas por ejemplo hijos pequeños con una jornada laboral repartida en mañana, tarde y nocturno: era una vida loca. Empezamos a protestar, a pedir moderación en los privilegios.

Protestar contra un autoritarismo realmente rancio. Recuerdo una polémica memorable sobre si hacer o no mixto aquel instituto, que aún era solo femenino. Memorable, digo. No era moco de pavo, una polémica en aquel sitio. Muchos serían clasistas y anticuados, pero qué categoría. Parece que lo estoy viendo: la directiva en el escenario del salón de actos, que era un teatro ni más ni menos, y los demás allí abajo… Los argumentos iban y venían de arriba abajo, de abajo arriba y en horizontal, pero en todo caso a una altura que hoy daría yo cualquier cosa por escuchar en un instituto. Ahora ya no hablamos. Rellenamos papeles que no va a leer nadie… Y en el bar, a la hora del recreo, forcejeamos con los alumnos para que nos sirvan el café antes que a ellos los bocadillos: veinticinco democráticos minutos de melée en medio de un griterío ensordecedor significan que a menudo resulta preferible quedarse sin café, a cambio de un poquito de descanso. Pero pedir otra cosa que poder retirarnos discretamente nos valdría el sambenito de defensores de privilegios…¡Vade retro! ¡Va de resto!, que decía el personaje de Buñuel… A callarse.

En el primer instituto adonde yo llegué todavía mandaba el cura. Era un instituto de pueblo, y aún no se concebía poner en cuestión la autoridad natural. La cuestionamos. Era una autoridad que habíamos disfrutado a fondo, y sabíamos que a este país empezaba a no hacerle ninguna falta.

Autoridad para nosotros, en tanto profesores, no reclamamos: ya la teníamos. En realidad nuestro problema fue más bien el inverso…

Casi todos los padres eran mucho menos conscientes que nosotros de que habían cambiado los tiempos y, verdaderamente, para ellos y para sus hijos apenas habían cambiado: así que ya era hora de que cambiaran. Nos pusimos a ello y, gracias también a la ayuda que de forma natural proporcionaban las circunstancias, lo que conseguimos no estuvo mal, y se prolongó durante años… nuestros años dorados de la enseñanza pública.

Sí. Durante mucho tiempo tuvimos gran autoridad sobre los adolescentes, autoridad en el sentido mejor de la palabra; no porque nadie nos la diera -que sí nos la daba el ambiente, aunque nosotros de esa autoridad ambiental más bien insistiéramos en desprendernos-, sino porque siendo alguien que está por encima, que debe mandar y dirigir sin necesidad de que se lo reconozcan los jueces -pues eso era entonces un profesor- teníamos una edad no lejana a la de ellos, les tratábamos con mayor camaradería y confianza que sus padres, y sabíamos muchas cosas que sus padres no sabían. En institutos de ciudad, con alumnado numeroso, a casi todos nos ha ocurrido que los primeros días el conserje nos tomara por alumnos. Nos encantaba esa posición como intermedia en que nos movíamos, y nos facilitó mucho las cosas.

Sabido es que un adolescente tiende a fiarse más de alguien cercano en edad que de ninguna persona mayor, por próxima que sea. Y si aquel alguien cercano en edad le hablaba de literatura, de historia, de filosofía, de cine, de viajes, de juergas, de sus tiempos de estudiante… todo ello de tú y sin circunspección… he aquí el contenido del prestigio que ni se nos ocurrió que estábamos disfrutando, y que mucho después descubrimos que -siendo el que a la enseñanza le interesa- nos lo había arrebatado la ley nueva y el nuevo medio ambiente. El que carezcamos de prestigio (social, lo llaman) ante los señores y señoras que van por ahí conduciendo prestigiosos 4×4 –“cortijos imaginarios”, según Antonio Elorza-, a la enseñanza en nada tendría por qué afectarle, con tal de que padres y madres sean prudentes en casa y tengan conciencia de que de las cosas del instituto saben menos que nosotros; con que pongan atención a la hora a la que se acuesta su hijo, y con que vengan a preguntar educadamente por él cuando sea necesario o conveniente.

A los padres de entonces nadie les daba alas. Teníamos que dárselas nosotros. Encontraban inapropiado que sus hijos nos trataran de tú, ¡qué tiempos!… Pero imponer el usted realmente ya resultaba forzado: teníamos solo veintitantos años. En cambio el  quedaba perfectamente natural, y esto era lo que buscábamos entre todos. ¿Te acuerdas, Cristina, de aquella madre que vino a hablarte de su hijo, que era mal estudiante, y te animaba con energía a que le dieras un cachete “si hacía falta”? “Vosté déalle, déalle”. Estaba en COU, el muchacho… Era un tío estupendo y, a todo esto, nos sacaba la cabeza… Con expresión eternamente risueña, razonaba sobre su propia situación como un hombre cabal, al explicar por qué nunca estudiaba: “Pero mujer, tu tranquila… tú no lo pases mal, no te preocupes… ¿No ves que yo el año que viene me voy a ir a la mar?… ¿Para qué quiero saber la esa, la metáfora? Tú me lo cuentas y yo lo oigo, y ya está… ¿No ves que mi vida ya está pensada? Yo este año aquí estoy bien… No te preocupes, tú no te preocupes…” Naturalmente, ni mucho menos pretendía que le aprobáramos.Tampoco la madre. Pero ella quería que, ya que estaba en un sitio adonde uno iba a estudiar, él hiciera buen papel y estudiara… Bendito sea el recuerdo de aquellos padres.

Empezamos a conocer muy bien a los adolescentes. Algunos no tardaron en estar dispuestos a contarnos ciertas cosas, no todas, claro: digamos las que le cuentan a algún hermano mayor; y cobramos gran ascendiente sobre ellos. Veníamos de fuera, del mundo desconocido; éramos, como personas, gente moral: no enseñábamos nada inmoral ni con nuestra apariencia ni con nuestras vidas ni con el contenido de nuestras clases. Ellos y nosotros sentíamos que en nuestras manos estaban bien. Éramos algo a medio camino entre la autoridad paterna y el amigo al que se le pueden confiar ciertas cosas que en casa serían “fuertes”. Se nos veía ir de juerga, a veces decidíamos que alguna lección era un rollo que servía para poco y decidíamos saltarla… (pues, por supuesto, de parte de ellos era impensable que nadie discutiera los programas o las lecturas, así que empezamos nosotros mismos a podar por donde parecía sensato).

Nos tocó esta labor e, insistamos, el resultado fue bueno. Establecimos gran  camaradería con los alumnos sin por ello dejar de estar “socialmente” en nuestro sitio. Como cada vez iba habiendo más institutos, y por tanto mayor número de estudiantes de secundaria, colaboramos en gran medida al cambio que se fraguaba en el país…Y en cuanto a las tensiones, las gamberradas, la haraganería, los suspensos –los cuales no  han gustado nunca a los estudiantes, es más, a aquellos les causaban mucha más preocupación que a los de ahora- los roces inevitables entre un grupo de gentes que conviven a diario se iban resolviendo como se resuelven en tantos otros ámbitos de trabajo: poco a poco y sin que la sangre llegue al río.

Era la ley, y la costumbre.

Con un grupo que yo tuve durante los tres años del BUP recuerdo que, al margen del programa,  por decisión mía podían elegir para trabajar en clase lecturas de otro tipo que presentaban la ventaja de ser más fáciles y, por otro lado, la de estar más cercanas al interés del quinceañero. Naturalmente, se acostumbraron. Así que cuando llegó el COU con solo clásicos españoles del siglo XX, de donde no nos salíamos porque ahí el tiempo apremiaba y era necesario limitarse a leer y comentar solo esos autores, al empezar con el tercero o el cuarto una de mis alumnas me miró con desánimo pero con confianza en mí y dijo resignada: –Desde logo este ano, non hai un con xeito (desde luego este año, no hay ni uno apañao)-, ¿Te acuerdas, Rosa, con qué sentido de lo prudente y posible opinabas tú, y con qué naturalidad te escuchaba yo, que en absoluto me sentía presionada por tu actitud y que, por lo demás, carecía de autonomía para cambiar aquel programa?

Había una madurez en aquellos adolescentes (hasta sus fotografías la dejan ver, como ya he dicho) y un ambiente en sus casas, que los profesores de ahora no pueden ni imaginar. Como jamás, ni en la más loca pesadilla, hubiéramos nosotros imaginado que un día nuestros compañeros saldrían en los periódicos a título de gente maltratada (mártires sin haberse propuesto hacer de apóstoles), que llegaría a existir tal cosa como un “Defensor del profesor” o que acabaríamos teniendo que acudir a los tribunales para que, si en clase está prohibido sacar el móvil, la profesora que lo retira –tal como está obligada a hacer por el reglamento de régimen interno- no quede expuesta a que la insulten y la amenacen.

No se trata de cultura: nuestros alumnos de entonces, muchos de ellos, tuvieron padres notoriamente más ignorantes que los actuales. Se trataba de educación, es decir, de prudencia y contención, de ausencia de atrevimiento. Y sobre todo, ¡ay!, de que la ley no fomentara la adulación barata y la democracia de pega que en lo sustancial, en lo que más importa, no beneficia a nadie: tenga usted a su hijo hecho un zopenco y diga que tiene problemas de aprendizaje y que encima el psicólogo tiene que trabajarle la autoestima en vez de que alguien le haga el favor de ponerle en su sitio para que deje de comportarse como un tirano malcriado al que desde que nació nadie ha tenido el buen juicio y la valentía de pararle… Y ahora le viene la profesora con que el móvil se lo lleva ella para entregarlo en Jefatura de Estudios, sí hombre: mañana vienen mis padres y te vas a enterar, mentecata insolente, tú no sabes a quién te has atrevido a quitarle el móvil. Elabórese un democratiquísimo reglamento de régimen interno y apruébelo un Consejo Escolar compuesto por profesores, alumnos, padres y personal no docente… y luego, cuando la profesora lo aplique en clase, permítasele al chiquillo y a sus papás venir a discutir su autoridad y a exigirle explicaciones sin que nadie les dé con la puerta en las narices. ¿Que tampoco la directiva del instituto le da la razón? No dé usted su brazo a torcer… insista, a ver si consigue que algún otro padre de la asociación se sienta ofendido por tamaña arbitrariedad e insulte a la profesora e incluso le envía cartas amenazantes… y así hasta los tribunales. Ahí, por fin, como el juez no está al tanto de los nuevos catecismos pedagógicos, queda claro que la razón la tenía la profesora. Se necesita una sentencia judicial, hay que fastidiarse. (Paciencia, este pobre juez no se da cuenta de que está obsoleto: habrá que reciclarle).

(Entrega anterior)


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6 comentarios en “Elogio y vindicación del profesor (Quinta entrega)”

  1. Francisco Javier
    13 junio 2010 a 12:26 #

    Estimada Luisa,

    tu testimonio es siempre revelador. El conjunto de textos que estás redactando es un documento maravilloso, que refleja a la perfección los cambios acontecidos y que debería ser motivo de reflexión y de sonrojo para nuestros ilustres progresistas posmodernos de la educación. No sé si sabrán reconocer la verdad de lo que dices, o si su mente está ya tan trastornada que no querrán entenderlo, viendo en tu escrito el canto de cisne de una profesora nostálgica, trasnochada y retrógrada. Así nos va de bien.

    Tu reflexión sobre la autoridad del profesor refleja con perfección la estupidez y la degradación social tal como se manifiesta en el aula, y es a mi juicio el mayor fracaso del cambio educativo que se inició con la LOGSE. Con un alumnado ensoberbizado, malcriado, consentido y con demasiada frecuencia violento, la única forma de comunicación es esa que Adorno denominaba “discurso distorsionado por la violencia.” Y así es imposible enseñar y aprender.

    Espero ya a tu próxima entrega.

    Un saludo.

  2. Ana Belén
    13 junio 2010 a 16:25 #

    Estupendo artículo. ¡Cuántas verdades! ¡qué tiempos los de aquellos padres! Aún sigo sin comprender por qué se ha producido tal cambio en la generación de padres de los alumnos que tenemos ahora, generación que, desde luego, ha fracasado estrepitosamente en su papel de padres, cuyo deber no es sólo que al hijo no le falte de comer sino ocuparse de su educación. Y no sólo no les falta de comer, sino que les sobra de todo: ropa, ordenadores, playstations, móviles, televisiones…, ¿qué le ha ocurrido a esa generación de padres? porque no son de la Logse… (cuando sean padres los de la Logse… qué Dios nos coja confesados…) o esto cambia o se acercan toros difíciles de torear…desde luego para los que estamos empezando el paisaje es, simplemente, desolador. Por no decir que no hay paisaje. Un saludo y enhorabuena a la autora por este conjunto de hermosos artículos.

  3. Xoia
    14 junio 2010 a 15:02 #

    Como todos tus relatos, estupendo, Luisa.

    Algunas vivimos esos tiempos que narras desde el otro lado, como alumnas… Y qué estupendos recuerdos tenemos del instituto. La admiración que sentíamos por el trabajo de nuestros profesores, aquellas personas que parecían felices con su labor y a las que daba gusto escuchar, es lo que nos llevó a pensar que tal vez nos dedicaríamos también algún día a la enseñanza.

    Pero lo que no sospechábamos es que la enseñanza se transformaría en este despropósito que vivimos ahora.

    Hay algo que, a mi modo de ver, resulta sintomático. Los profesores de instituto de antes no necesitaban de ninguna artimaña especial para hacer valer su autoridad. Los alumnos en el cambio de hora salíamos a los pasillos, bromeábamos con los compañeros de otras clases… Pero en cuanto veíamos al profe acercarse a lo lejos, echábamos a correr para clase y, cuando éste llegaba, ya estábamos todos sentados y sacando el libro. Y por supuesto, en cuanto el profesor abría la boca, ya hacía rato que todos habíamos guardado silencio. Y todo ello de modo natural, sin expulsiones de alumnos, sin amonestaciones verbales ni escritas, sin expedientes disciplinarios, sin ni siquiera saber que existiese un documento llamado “reglamento de régimen interno”. El profesor mandaba y punto, no se nos ocurría nada más, las cosas eran así porque el sentido común dictaba que debían ser así. Y nunca nos pareció por eso que los profesores fuesen ogros, nunca observamos que la autoridad se confundiese con el autoritarismo.

    Sin embargo, ahora… mucho reglamento, mucho plan de convivencia, mucho papeleo aprobado por los consejos escolares… y no sirven de nada. Llega el profesor y los alumnos prácticamente ni se dan por enterados. Allí siguen, unos remoloneando por los pasillos, otros a voz en grito en clase, otros subidos a las mesas… Y una tiene que sacar fuerza de donde no la tiene, una no sabe si es mejor dar cuatro voces, echar a tres de clase, empapelar al gracioso de turno con un par de amonestaciones escritas, llamar por teléfono a los padres de las criaturas para ver si les enseñan educación, callarse y dejar pasar el tiempo hasta que los alumnos se den por enterados, hacer como que no ves… Da igual lo que hagas, la batalla la tienes perdida ya antes de entrar en clase. Como mucho podrás conseguir cierta “calma” y una relativa “normalidad”, podrás “ir tirando”, sobrevivirás con la mayor dignidad posible, conseguirás que la cosa no sea un desmadre… Pero nunca conseguirás que durante una hora seguida estén todos en silencio y atendiendo sin tener que llamarles la atención. Nunca. Eso ha pasado a la historia. Lo de ahora es una lucha continua, una tensión constante en las clases, un tira y afloja en el que puedes caer rendida en cualquier momento.

    • Ana Belén
      19 junio 2010 a 15:17 #

      Me identifico totalmente con tu respuesta, Xoia. Yo también viví la época de la que la autora se ocupa con tanto cariño desde el otro lado, el del pupitre. También decidí que quería ser profesora en un contexto como aquel, ni mejor ni peor, sino como aquel y tampoco pensaba que la enseñanza degeneraría en esta situación que tu describes perfectamente.

  4. Aurelio
    19 junio 2010 a 11:38 #

    Te quiero, Julia. No sé de dónde eres ni qué materia imparte, pero como otros muchos de la generación que se va a jubilar (LOE mediante) en este mismo curso, después de 38 años de predicar, a menudo en el páramos, cuando no en el desierto, he visto mi experiencia reflejada en la tuya. Gracias, porque en tu espejo me veo más humano y más favorecido.

  5. Aurelio
    19 junio 2010 a 14:39 #

    Primero, mil disculpas por haber confundido tu nombre en mi anterior correo. Ahora ya sé quien eres, querida amiga Luisa (permite que te llame querida y amiga, pero es lo que siento tras haberte leído). Ya sé que has recorrido siete u ocho institutos, del Norte al Sur de España, y que puedes tener más o menos mi edad y unas experiencias bastante parecidas. Esta tu quinta entrega me ha impresionado tanto, que me he puesto a buscar en este extraño mundo que es la web -como un Aleph de Borges- que permite leer y saber cualquier cosa y hace pequeño el mundo. En tres o cuatro horas he leído también las anteriores y el conjunto del libro -al menos lo editado- que quieres publicar. Ya tienes un lector y varios compradores, porque voy a comprarlo y regalarlo en cuanto lo publiques a varios compañeros que sin duda comparten las mismas experiencias, y a otros, mucho más jóvenes, que debieran saber cómo eran las cosas antes de que llegara este inconmensurable Diluvio de la Logse (aunque puede que tanto tú como yo las veamos a la luz de colores de una cierta nostalgia por nuestra juventud). Desde luego, te digo que he gozado contigo -en el mejor sentido, claro está, porque yo ya no estoy para otra cosa, y además nunca he sido lo que se dice Adonis- como hacía mucho tiempo no lo hacía leyendo.
    Dices que a los lectores que no te conozcamos nos dará igual saber tu nombre y apellidos. No es verdad. Yo quisiera haberte conocido y haber pasado juntos las que hemos pasado separados, aunque creo que tanto el uno como la otra hemos tenido amigos -que son un poco más que simples compañeros- con los que hemos vivido buenos y malos tiempos en esta profesión bendita y a menudo poco gratificante.
    En fin, si alguna vez quieres algo de mí, ahí tienes mi correo. Un saludo de un compañero y amigo.

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