Elogio y vindicación del profesor (Cuarta entrega)

Luisa J. D.

II. Antes del advenimiento de la Ley

1. Un mundo de amigos

Era un mundo de amigos. Tanto si el instituto era grande como si era más pequeño, solía haber dos bandos (esto ha seguido siendo así: se ve que es consustancial a la especie), de modo que en ese caso los grupos o digamos bandos de amigos eran dos. Y, dentro de ellos, estaban los grupos -generalmente no reducidos- de amiguísimos que no solo trabajaban juntos sino que juntos pasaban mucho tiempo fuera del instituto, y juntos hacían planes frecuentes de fin de semana y vacaciones.

Aprender, divertirse, enseñar, estimularse los unos a los otros: las aspiraciones, miradas desde fuera y desde hoy, eran modestas, sí, pero diría yo que como aspiraciones juveniles eran realmente sanas, y muy en especial si se miran desde ahora. El futuro al que (no) aspirábamos era igual al presente, y el presente estaba muy bien: un trabajo que nos gustaba y que por tanto nos resultaba fácil, compañeros agradables, un sueldo que era el único que habíamos conocido (ya llegaría el momento de pensar en ser pagados con mayor justicia), y muchas vacaciones. Viajar. No había nadie que no aspirara a eso. Viajar y conocer. Y para todas estas cosas se necesita tiempo libre. ¡Cuánto amábamos nuestros horarios de trabajo, cuánto las largas vacaciones de la enseñanza, que a nuestro entender deberían ser las de todo el mundo!

Llegamos muchos, de golpe, todos jóvenes. No tardamos en conquistar nuestro lugar y en labrarnos una atmósfera en la que respirar a gusto.

Dudo que en ningún otro ambiente se hubiera podido encontrar mayor número de lectores. (Aquí quiero hacer un excurso dedicado a la inolvidable Margarita, profesora de Física y Química y una de las lectores más voraces que he conocido, cuyo excelente criterio literario admitía desde los clásicos consagrados hasta lo que un estudioso juzgaría pacotilla. Su clasificación de los escritores ha seguido pareciéndome formidable para siempre. Era en dos grupos, a saber: el de los que le gustaban a ella y el de los pesaos. No puedo imaginar un criterio mejor para un lector maduro. ¡Salud, Marga, donde estés, ojalá que volvamos a encontrarnos!)

Como además, naturalmente, no teníamos pensado envejecer… qué más queríamos. A ninguno de mis compañeros de entonces me lo hubiera imaginado yo desempeñando otro oficio. Y no me parecía extraño, ni reparaba siquiera en ello: me doy cuenta ahora. Entonces me parecía lo natural o, para más precisión, no me parecía nada; simplemente nosotros éramos profesores igual que éramos hombres, o mujeres: era nuestra manera de estar presentes en el mundo. Creo que nunca se me ocurrió que alguno quisiera cambiar de profesión, que lo que hacíamos pudiera dejar de gustarnos.

Nuestro tiempo transcurría enseñando, aprendiendo, pasándolo bien. Tanto en el instituto como fuera de él: vivíamos en una especie de intercambio continuo de entusiasmos, el que cada uno sentía por aquello que enseñaba.

Yo recuerdo tardes en la Alhambra -¡cuando pienso que fue así!- o mañanas de domingo en las que Juan nos explicaba, de aquella maravilla, hasta el significado de las inscripciones árabes que para él, oh asombros del saber, no eran jeroglíficos. Recuerdo a Antonio organizando una semana cultural en el pueblo adonde acabábamos de llegar -entonces no había Casas de la Cultura- y obligándome a dar una charla sobre Quevedo, Dios qué vergüenza: hala, a repasar Quevedo entero… Desconfiábamos -pero daba igual- del éxito que pudiera tener la cosa. ¿Les interesaría, a los del pueblo?: hasta la bandera. De no haberme obligado él, yo nunca hubiera salido a hablar en público; y sin embargo me sirvió para perder el miedo a expresarme ante un auditorio no compuesto de estudiantes. Me siguen imponiendo, esos auditorios, y donde verdaderamente me siento a mis anchas es viendo caras adolescentes, pero en todo caso, cuando me toca hablar ante personas mayores pienso en Antonio y me lanzo… igual que entonces.

Recuerdo que Mariantonia, explicándome el proceso de formación de las margas de Despeñaperros, me descubrió la belleza de las piedras. Desde entonces he sido admiradora y hasta un tanto coleccionista, gratis total, de sugestivas esculturas naturales. Mariantonia, otra lectora voraz. Era geóloga de formación, pero a los bichos nos los describía como si fueran amigos suyos. Gracias a ella incorporé yo a las lecturas que recomendaba en clase Mi familia y otros animales, junto con otros títulos no menos atractivos para un adolescente, y que yo desconocía.

Recuerdo tardes con Teresa -en Esteiro, no era en Barcelona- cogiendo setas con los nombres más bonitos del mundo; recuerdo cómo Rosa me descubría otros nombres cautivadores de  flores y de hierbas, que parecían provenir de un Macondo gallego –herba da fameherba de namorar:.. aún siguen aquí conmigo, entre páginas de cuaderno- mientras paseábamos por los montes de Serres, y ella, a la vez que nombraba las hierbas, trazaba perspicaces apuntes sociolingüísticos sobre la gente que asistía -que asistíamos- a sus clases de gallego en el Ayuntamiento. Y en gallego Cristina nos contaba nuestros cuentos tradicionales, la mayor parte de los cuales  desconocíamos; y canciones, y dichos, y leyendas, y refranes…

Alicia daba inglés –entonces no impartíamos docencia: solo dábamos clase– pero a mí me enseñaba la gramática alemana. Ya la he olvidado casi toda, Alicia; pero sí siguen en mi memoria muchos nombres de cosas de la casa, que tú me hiciste rotular con papelitos. Aún hoy, muchas veces, miro hacia la ventana y, acordándome de ti, -¿Dónde estarás? ¿A quién le contarás ahora cómo es Montevideo?- digo ‘Das Fenster’, y tengo un movimiento de alegría.

Yo en casa conservo traducciones manuscritas de las que no me desharé jamás. Luz: no he olvidado nunca que tuviste la generosidad y la santa paciencia (solo más tarde supe lo que valían) de traducirme relatos del inglés para que yo los empleara en clase. A Paz, que era socióloga, le apasionaba el cine clásico. Daba filosofía, y pertenecía a esa clase de personas con las cuales la charla cae siempre del lado intelectual sin que uno se dé cuenta: era su forma de charlar informalmente. En su casa vi mis primeros grandes clásicos del cine. Luego, detrás, con sucesivos y numerosos compañeros también cinéfilos, vinieron muchos otros…

Ricardo amaba la música, y tocaba el piano. Daba filosofía… Federico estaba loco por la ópera, y no podía evitar instilarte el venenillo, así que, en este caso, dos pájaros de un tiro: tú, que ni conocías la ópera ni sabías gran cosa de italiano, empezabas a emplear -y a compartir- el tiempo libre oyendo grabaciones y leyendo los libretos. No hacía falta estar en una gran ciudad para sentirte estimulado, si convivías con aquellos compañeros. Y años después, cuando dejada atrás la vida retirada podías, por fin, ir a oír y a ver la ópera, no sabías qué te hacía disfrutar más: si lo que estaba pasando en el escenario o la marea agradable de recuerdos. O tener al lado a Pilar, profesora de historia, una de las más intensas amantes del conocimiento en general, y de la ópera en particular, que han existido en el universo.

Entre los tesoros de mis cajas y carpetas también hay retratos a lápiz, o a tinta, que te hacía “la gente de dibujo”: de Carmen tengo uno mío, hecho en aquellas tardes de charla y sobremesa; de Abelardo, los retratos de un grupo de COU entero, un folio único en todos los sentidos de la palabra. Por cierto, que en esos retratos -y lo mismo sucede con las fotografías antiguas del cuaderno del profesor- se aprecia una madurez física chocante. Nuestros alumnos de entonces, con dieciséis o diecisiete años, tenían el aspecto y la expresión de un veinteañero de ahora. Es algo que llama mucho mi atención siempre que los miro, y que no deja de ser indicativo, según creo. De Rubén tengo, además de un grabado que me regaló, un retrato de lujo: el de Gonzalo Torrente Ballester, nada menos. Pues si ponías en marcha una revista de instituto, allí estaba Rubén para ilustrar lo que hiciera falta sin reparar en tiempo ni en esfuerzo (¿pero era esfuerzo, aquello?)

María Teresa, que daba Francés, te animaba a que tradujeras junto con ella (pues sí, ese curso me tocó dar francés, además de literatura española; sobrevivimos todos, aunque segurísimo que no fui la profesora ideal, pero entonces en la enseñanza se podía no ser ideal sin sentirte una piltrafa). Qué pasatiempo estupendo, traducir a dúo: qué de ratos placenteros, qué de tropiezos, cuántos momentos de absurdo y carcajada de donde resultan complicidades imprescindibles y entrañables… Luego María Teresa insistía y tú acababas yendo a París en viaje de estudios –¡y aún más de placer, naturalmente!- anudando así amistades que habían de acompañarte toda la vida. Por mi memoria pasa ahora Alfonso identificando las estrellas, desgranando aquellos nombres luminosos en una noche de primavera entrada…

De Raúl, profesor de Química -cuántas noches, cuántas charlas- tengo una tabla “peryódica” con imaginativos nombres para cada uno de los elementos y con una caricatura asociada a cada nombre: he usado esta tabla durante años para explicar la función creativa del lenguaje. Mi primer viaje a Inglaterra fue un intercambio de instituto acompañando a Ana, que me enseñaba a decir lo elemental en inglés, porque yo no sabía nada. Y no era broma, allí, no saber inglés: en la Torre de Londres se nos perdió una alumna durante varias horas (Ana, ¿te acuerdas?) y aquella joven profe valerosa -vista desde hoy, jovencísima para la responsabilidad que se había echado encima- no tenía otra ayuda que la mía, prácticamente muda. Cómo podíamos atrevernos a aquellas cosas… A quien hoy pierda a una alumna en Londres por unas horas, mejor recomendarle arrojarse al Támesis directamente: muchísimo más digno y más estético un suicidio folletinesco que la orgía de histeria mediática -o sea aniquilación por linchamiento- que le espera a la vuelta si por desdicha a la niña le pasa algo…

Aquí están los vinilos: las canciones tradicionales catalanas cantadas por Serrat, María del Mar Bonet, grandes del jazz, romances, Jacques Brel… Evocarán para siempre a Luis A., y junto con él, a Marisa, queridos entusiastas, nuevos heridos de amor a la literatura incorporados a las compañías que ya serán para siempre. Los viajes a Italia, a Francia, a Holanda… a donde nos aguardaban la literatura y la historia y la pintura y la charla y los paseos por los bosques de Europa; con ellos, y con tantos más, monasterios, iglesias románicas, ermitas visigóticas… Asociado con Luis A.. y con Marisa, y con las literaturas todas, con los viajes y los paseos y las charlas, otra compañía cercana para siempre: Luis R., ingeniero de caminos metido a profesor, el hombre que lo sabía… todo, aunque no sabía cómo había hecho para saber tanto…  Y después Delia, y Esperanza, y Antonio, y Concha; Blanca, Isabel, y Miguel, y antes Braulio, y Miguel y Rosa juntos; y mucho antes Rafael, y más tarde María, y Joëlle, y Ana, y Pablo, y Elena, y Carmen y Reiné, y luego Nuria… Fueron tantos, son tantos… que tengo que conformarme con evocar solamente a unos pocos. Mis sucesivos compañeros de trabajo los profesores de instituto, amigos de privilegio, queridos amantes de la vida buena y de la buena vida con los que verse a diario y compartir el tiempo, amadas gentes siempre generosas de lo que eran y de lo que sabían… Hablo aquí en pasado porque, aparte de que a los más recientes no los nombro, muchos de los que nombro ¡ay! me los han alejado el tiempo y la distancia, inevitablemente; pero segura estoy de que no han cambiado mucho, a juzgar por cómo siguen siendo los que han continuado estando próximos.

– ¡Oh! Idealizas…

– ¿Sí? No creo. Esta antigua profesora de materias que no eran la suya ha tenido siempre la manía de la escritura. Y todo esto lo recuerda, pero si no lo recordara no tendría más que ir a buscarlo a donde están los dibujos y los cuadernos de años y de lugares sucesivos -de hasta ocho institutos diferentes de las cuatro esquinas del mapa, más el centro- donde menudean las anotaciones a propósito de excursión, cena, visita, Generalife, en San Baudelio de Berlanga, comilona, paseo al faro de Louro, a buscar setas, comida, San Pantaleón de Losa, vuelta de Grecia, por los montes de Serres, con Carmen y los niños pintando camisetas, intercambio con Brighton: apuro en la Torre de Londres, disfrazados para la fiesta de fin de curso, alemán con Alicia, escuchando Don GiovanniLes bas fonds en casa de Paz, en París con Mª Teresa…, etcétera, etcétera, etcétera.

Metida entre las hojas de un cuaderno lleva diecinueve años una felicitación de Navidad. Es de Carmen, “la de Dibujo”, cuando ya había mudado de paradero y antes de que acabáramos por perder el contacto (¿volveremos a vernos, Carmen?). Un diablete gamberro, fumándose un cigarro, mira al espectador con cara de malicia. Está plantado ante el caballete, y en la mano sostiene la paleta: su imaginación se debate entre pintar un esquemático abeto adornado de bolitas o un portal de Belén elemental, con las tres figuritas indispensables (el diablo no quiere trabajar mucho: quiere sencillamente pasarlo bien y trabajar lo necesario). Feliz 1990. Por detrás, el texto escrito a mano termina dirigiéndose a mis hijos con “besitos de todos los colores…” Cómo me encanta pensar que, si esto que escribo llega a publicarse, tal vez a más de uno aún pueda volver a verlo…

Ya entonces teníamos cierto sentimiento de culpa por pasarlo tan bien… Algunos conocidos nos reprochaban nuestras vacaciones con verdadero ensañamiento, como si las hubiéramos instituido nosotros, o como si se las hubiéramos robado a ellos, que, por lo demás, también solían ser licenciados. Hubiera bastado con responderles: – Pero tú también podrías ser profesor… esto no es nada exclusivo. En cambio, no. Mis compañeros no solían responder así, sino más a la defensiva, como pillados en falta: era quizá un avance de lo culpables que un día habrían de sentirse.

Desde luego -y esto podrá deducirse fácilmente de lo que aquí voy contando- nada había más lejano a su intención que el convertirse en apóstoles y mártires. No se tomaban “la vida en serio” en ese sentido, no se atribuían a sí mismos tal trascendencia… En cambio, parece que sí podemos afirmar que a apóstoles quisieron meterse otros; en cuanto a si hubo mártires… eso lo dejo al pudor de cada cual, pero ¡ay de aquel a quien la salud no le haya acompañado en estos últimos tiempos!

Yo, en fin, tengo perfecta conciencia de que casi todo lo que sé, poco o mucho que sea, lo aprendí principalmente de mis compañeros -no en el colegio, ni en la Universidad, ni por cuenta mía buscando, sino principalmente a instancias o a través de ellos-. ¡Sabían tantas cosas, entre todos, y les gustaba tanto hablar de ellas!

Por eso ningún apóstol fallido puede venir ahora a contarme a mí que en realidad durante años y años estuve compartiendo trabajo y tiempo libre, y ganas de vivir… con una panda de sosos, de gente roma y estrecha de miras además de apocada y asustadiza, incapaz de entender los misterios del saber y de la educación… ¡Incapaces de reciclarse, incapaces de motivar, aquellos grandes amantes de la diversión que no tenían afición mayor que enseñar y aprender, precisamente! ¿Aquella gente despierta, de vitalidad atractiva y dinámica, desprejuiciada y abierta a todo lo nuevo, dedicada a disfrutar de su profesión y despreocupada de escalar en la vida porque con lo que hacía estaba más que satisfecha? ¿Aquellos eran en realidad los causantes futuros de la liquidación y el derribo de la enseñanza pública?

Venga, hombre. Un poquito de honradez, ¿no?, en el diagnóstico.

(Entrega anterior)

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21 comentarios en “Elogio y vindicación del profesor (Cuarta entrega)”

  1. Ana Belén
    16 mayo 2010 a 12:22 #

    Un texto precioso, del que manan dulzura y cariño a partes iguales, como en las anteriores entregas. ¡Cuánto daríamos muchos que empezamos ahora por desempeñar nuestra labor en un ambiente así!
    Un saludo

  2. 16 mayo 2010 a 16:52 #

    Preciosa la historia, Luisa, y precioso el post. ¡Cómo hemos ganado en Deseducativos, que empezamos siendo un puñadito de señores cabreados y espartanos, y ahora incluso podemos disfrutar contigo y con los recuerdos de un oficio que también tuvo sus momentos felices, y encima con un blog cada día más atractivo! Soy nieto y bisnieto de maestros. Por tí, y por ellos, está noche alzaré mi copa.

  3. Lozano Andaluz
    16 mayo 2010 a 23:23 #

    Querida Profesora,

    ” De toda tu memoria mucho vale el don preclaro de evocar los sueños¨
    machadiano me pones con tu pertinentisima y justa y emocionante evocacion…

    Eres hermosa y necesaria… Y nos libras de amargores y desdichas.

    Un saludo americano y andaluz.

  4. Mari Cruz Gallego
    17 mayo 2010 a 15:08 #

    ¡Cómo me hubiera gustado trabajar en tu instituto y en tus años!

  5. Fancisco Javier
    17 mayo 2010 a 18:24 #

    ¿Aquella gente despierta, de vitalidad atractiva y dinámica, desprejuiciada y abierta a todo lo nuevo, dedicada a disfrutar de su profesión y despreocupada de escalar en la vida porque con lo que hacía estaba más que satisfecha? ¿Aquellos eran en realidad los causantes futuros de la liquidación y el derribo de la enseñanza pública?…….

    Pues por una cuestión generacional me temo que sí, que esa gente que tanto despotrica del antiguo academicismo en el que se criaron y que por lo visto, sólo generaba gente incompetente -¡a excepción de ellos claro está-, son la que ha dado lugar al ocaso de ese mundo que tú describes y que yo lamentablemente no he llegado a conocer. Lo que es seguro, hoy en día, es que los futuros cirujanos, ingenieros, poetas,…, si es que llegan a alcanzar un grado de excelencia como el de muchos de nuestros viejos cirujanos, ingenieros, poetas,…, será a pesar de ellos, en contra de ellos: los iconoclastas de la cultura, los progres, los charlatanes de la pedagogía, los policías de la “educación”.

  6. Mari
    20 mayo 2010 a 14:41 #

    ¡Qué bonito!, pero creo que ni todos eran buenos, ni todos somos hoy malos, los profesores quiero decir. Lo que ocurre es que entonces eran pocos (estudiantes y profesores), sólo los elegidos; hoy somos muchos, todos, además los fines – de unos y de otros – muy diferentes. Hoy el vértigo informático – robótico – modelo económico – etc. nos deja sin palabras. Sí, han cambiado mucho las cosas, no obstante, tenemos que ser justos, tenemos que decir que no todo tiempo pasado fue mejor, aunque es cierto que la poesía es para disfrutarla (y en este caso, esta casi poesía poética – lírica subjetiva -, suena muy bien), pero la realidad era y es otra cosa.

    • Polícrates
      20 mayo 2010 a 16:18 #

      ¿Y usted de que tipo de poetas es, estimada Mari?

      De los buenos, supongo. De otra manera no se explica semejante desfallatez: desautorizar a una presunta poeta con una poesía.

      ¡Muerte al disidente! ¿Lo he entendido bien, Mari?

    • Fancisco Javier
      20 mayo 2010 a 16:48 #

      El mito de los elegidos es, con perdón, uno más de los topicazos repugnantes de la Ideología pedaboba (que en cierto sentido -el peor de los sentidos- tiene mucho de lista). En la época del BUP no se le prohibía a ningún estudiante cursar el Bachillerato, como tampoco se le prohibía ir a la Universidad -que en aquellos años rebosaba de gente-, y además era gratuito (los institutos eran públicos y gratis y las matrículas de la Universidad Pública prácticamente (en la Complu eran unas tasas irrisorias)). A mi instituto no iban niños de papá (esos debían ir a privados), sino los niños del barrio en que vivía (Maravillas, hoy Malasaña) y cuyo perfil social era: joven de familia pequeñoburguesa o hijos de proletarios venidos de otras regiones pobres a la Urbe. Jóvenes a los que sus padres impulsaban a estudiar, para no repetir la vida miserable que habían abandonado en los pueblos de Castilla, Extremadura o Andalucía. Una gran mayoría estudiaba y se hicieron médicos, abogados, músicos, etc.; algunos (muy pocos) se fueron a FP. Y eso es todo.

      • Xoia
        20 mayo 2010 a 17:33 #

        Lo has clavado, Francisco Javier.

        Algunos estamos bastante hartos del topicazo de que antes estudiaban sólo unos pocos”afortunados” y ahora el sistema admite a todos…

        Otra cosa sería en la posguerra, época que evidentemente yo no conocí, pero cuando la democracia era “muy joven”, es decir, en los años 70-80, el sistema admitía a todo aquel que quisiese estudiar, fuese cual fuese su condición social. De no ser así, ni yo, ni muchísima gente que conozco, habríamos conseguido una titulación superior.

        La diferencia no es que ahora el sistema admite a todos, es que ahora el sistema mantiene dentro también a los que no quieren o no valen para estudiar, pese a que supongan un lastre (y muy caro además) para el progreso de los que sí tienen cualidades para el estudio.

        E incluso se incentiva desde la más tierna infancia el desprecio hacia toda actividad que requiera esfuerzo intelectual y constancia, tanto desde la sociedad, como desde el sistema de enseñanza. Estoy convencida de que con unas leyes más exigentes y una sociedad que valorase y apoyase el trabajo del profesor aumentaría el porcentaje de alumnos que tendrían buen rendimiento académico.

  7. Ana Belén
    20 mayo 2010 a 17:30 #

    ¿Y cómo es la realidad ahora, Mari? ¿Podrías describirla?

  8. Mari
    21 mayo 2010 a 14:55 #

    Me he asustado, nunca quise suscitar tal revuelo, pero en fin, somos libres y cada uno puede pensar como quiera; supongo que seré una pedoboba para algunos. Creí hacer un análisis un poco más ajustado a la realidad, igual mi percepción esté equivocada. Yo no soy poeta y mi trabajo intento hacerlo lo mejor que puedo, esforzándome cada día un poco más, cumpliendo mi horario e intentando ayudar a los alumnos en todo lo que puedo, a veces, algunos, me confunden, no sé si lo que les ocurre es que no quieren estudiar o es que tienen algún problema o es que yo no sé llegar a ellos…

    • Fancisco Javier
      21 mayo 2010 a 15:43 #

      Mari,

      disculpa si el tono de mi respuesta ha sido demasiado seco o beligerante. Como ta habrás apercibido en este foro hay más una y más de uno algo cabreados con una situación que ya dura más de lo soportable y que encima tiende a profundizarse. Si lees algunos artículos más te darás cuenta. No creo que los problemas que a un docente hoy en día le puedan surgir en su trabajo diario provengan de una falta de entendimiento con los alumnos o a una deficiencia en su preparación profesional. Esta es una tremenda trampa, que han tramado los pedagogos para hundir en la miseria a profesores (y a la sociedad toda) y despistar el carácter superfluo de toda su palabrería seudocientífica. Forma parte de su táctica de asalto al poder.

      Por otra parte, haces muy bien en expresar tus ideas con toda libertad. Para mí sería fantástico que personas contrarias a las ideas que sirven de leitmotiv en este foro, manifestasen sus razones (lo cual me parece muy difícil). Todos saldríamos ganando.

      Un saludo y bienvenida seas.

  9. Mari
    22 mayo 2010 a 23:22 #

    Bueno, Francisco Javier, gracias. Creo que la condición humana es como es, por ello no creo que exista ni época ni situación donde todos hayan sido o seamos estupendos. Ya nos gustaría que todos los médicos que nos atienden a lo largo de nuestras vidas, asesores que nos asesoran, políticos que nos gobiernan, dependiente que nos atienden en la tienda, etc. hayan sido o sean excelentes, ya nos gustaría. Sólo quería decir esto.
    En cuanto a los pedagogos, supongo que habrá de todo, muy excelentes, menos excelentes y nada excelentes. La excelencia no debería depender de ninguna ideología o cultura determinada. Imagino al excelente como a una persona que está por encima de todo esto; lo imagino como a alguien que busca la verdad, que comprende todo, que se para ante los opuestos e intenta enlazarlos, aunque tenga sus preferencias ideológicas, de las que seguramente, imagino, no estará totalmente convencido…
    No sé si habrás visto el último capítulo de Redes (Eduardo Punset)

    Un saludo

    • Fancisco Javier
      23 mayo 2010 a 10:52 #

      Tengo mis dudas sobre que haya pedagogos al mismo nivel de excelencia de médicos. Tengo en más alta estima a la medicina que a la pedagogía, por la sencilla razón de que considero la medicina como una ciencia en sentido fuerte. Simplemente no son equiparables en calidad, enjundia y seriedad. Son inconmensurables. Ya quisieran tener los pedagogos un nivel de investigación y de solvencia equiparable al de físicos, químicos, matemáticos, biólogos, etc. Basta con mirar las publicaciones al respecto. No, la pedagogía es una seudociencia y si se eliminase de las Universidades, no se perdería gran cosa. En cualquier caso, de lo que se trata es de su efecto global, al margen de ciertas individualidades. Te pondré un ejemplo de mi disciplina. Hoy por hoy lo mejor que se ha hecho en pedagogía musical sigue siendo la obra dedicada a los más pequeños y principiantes llevada a cabo por compositores, que no tenían ni idea de las teorías modernillas: Bartók, Orff, Kodály, Schaeffer y más recientemente Kurtág (al que seguro ni conocen nuestros pedagogos).
      No he visto el último programa de Punset, aunque no siento ninguna simpatía por él, ya que me parece terriblemente dogmático e irresponsable. En un programa hiperdivulgativo, uno debe limitarse a exponer ideas y no a sentar cátedra haciendo afirmaciones a la ligera sobre esto sí y esto está superado. Me molestó mucho un programa en el que este señor invitaba a tirar los libros de Freud a la basura. ¡Qué sabrá de Freud! Y no es porque yo admire a Freud, pero he leído lo suficiente como para ser más prudente y no hacer este tipo de afirmaciones chelis.

      Un saludo.

  10. Mari
    23 mayo 2010 a 22:18 #

    ¿Tampoco crees en ninguno de los científicos con los que habla Punset?, ¿en ninguno de los estudios que se hacen a nivel de ciencias seudo, como llamas a la pedagogía?; la música no es ciencia, es un arte, creo. Digo creo, porque… sinceramente nunca oí hablar de ella como ciencia; me resulta cuando menos peculiar que no creas en los pedagogos; imagino que tampoco creerás en los psicólogos. Freud, para mí tenía razón en algunas cosas, pero no en otras; hoy sus teorías son respetadas, aunque creo que superadas. Imagino que también los filósofos serán sospechosos para ti, ya que fueron los primeros pedagogos, psicólogos, sociólogos, etc.
    No sé cada uno tiene sus ideas, pero esto es como desperdiciar el pensamiento de muchos hombres y mujeres, de mentes privilegiadas, de teóricos – prácticos. No, no creo que estemos como para tirar por la borda tanta inteligencia, tanto conocimiento, tantas horas de trabajo, tanto afán por mejorar la situación educativa y cultural del hombre. Esto para mí no es justo, pero en fin cada uno es cada uno.

    Un saludo

    • Fancisco Javier
      24 mayo 2010 a 9:09 #

      No, me malentiendes absolutamente. Yo no he dicho nada en contra de la inteligencia. Si lees algunas de las cosas que he publicado, te darás cuenta de ello. Tan sólo me he referido a la acción que considero en extremo perjudicial de un tipo de pedagogía -la imperante, y que como puedes comprobar en tu día a día es la causante de la degradación en la que estamos inmersos. Nada más. Yo no he hablado para nada de la música como una ciencia, aunque tiene un componente científico bastante serio. Lo único que te he dicho es que la mejor contribución a la pedagogía musical ha sido llevada a cabo por compositores que conocían muy bien su arte y no por pedagogos de la Universidad, que no suelen ir mucho más allá de jugar al corro de la patata. Respecto a la filosofía la tengo en un altar, lo que no quita para que sospeche de ella, lo cual es por otra parte condición indispensable para filosofar. Los filósofos son los primeros en sospechar sobre la actividad del ser humano. A su mirada no escapa ni la ciencia, ni la política, ni desde luego la propia filosofía, ni nada (y menos la pedagogía, considerada por lo general una mera herramienta del poder.) Ricoeur, un filósofo, habla de la “escuela de la sospecha”: Nietzsche-Marx-Freud. Para terminar, yo creo que uno debe pensar y respetar las cosas en su justo término. Eso no implica tragarse como un papanatas todo lo que diga un eminente estudioso de una Universidad de los EEUU en la tele. En breve, espero poder aclarar algunas dudas en un artículo.

      Un saludo.

  11. Mari
    24 mayo 2010 a 14:35 #

    Ya hay quién dice que es necesario que cambie el papel del profesor, sino queremos que desaparezca esta profesión tan, para mí, maravillosa. Pero digo yo que para que no ocurra esto tienen que mejorar muchas cosas, entre otras, que asumamos de una vez que nuestra función es educar y orientar, no sólo enseñar una materia; para esto último están los libros, los programas interactivos, los videos, etc. (un sólo profesor puede exponer un tema a un montón de alumnos a través de un video, por ejemplo), pero para educar son necesarios, padres, maestros, profesores y como dice Marina “toda la tribu”. Debemos hablar de educar el carácter, las emociones, etc. Esto no está reñido con el exigir a los alumnos el esfuerzo necesario para superar una materia, el cumplimiento de normas, etc.

    Un saludo

    • 24 mayo 2010 a 21:33 #

      En el razonamiento de Mari hay argumentos entremezclados que conviene diseccionar.

      Clarifiquemos.

      1. ¿El profesor tiene que enseñar o educar?
      Falsa dicotomía. El profesor tiene que enseñar el área de conocimiento o asignatura que conozca.
      Si queremos que los alumnos sepan algo, alguien les tiene que guiar por la senda de los distintos saberes teóricos y prácticos. Es tan obvio que aburre tener que repetirlo mil veces ante la propaganda pedagogista que quiere vaciar de contenido la enseñanza.
      Esa labor del profesor como transmisor de conocimientos es indisociable de que también eduque, en el sentido crítico, en el respeto por la cultura y en todo lo que pueda predicar cada uno con el ejemplo. Pero no en perder el tiempo con chorradas transversales. Ni en adoctrinamientos, que no deberían tener cabida en la escuela de un país democrático.

      2. ¿Qué papel tienen los profesores y los libros u otros materiales?

      Todos tenemos la experiencia de que gracias a los profesores buenos que tuvimos fuimos más capaces de adentrarnos en los libros y entenderlos mejor. Sin las enseñanzas de muchos de ellos me habría resultado muy difícil aprender de verdad una materia.

      Admiro la fe que tiene la doctrina pedagógica imperante en el autodidactismo: un estudiante él solito en la red y en la biblioteca sin que nadie le enseñe nada… La experiencia demuestra que eso es muy difícil. Y que aprender con un buen maestro es más rápido, más factible y más provechoso. Hay que tener mucha base (no infusa sino aprendida) para poder desenvolverse intelectualmente sin ayuda de nadie.

      La pregunta que le lanzo a la comentarista es la siguiente: Si el autoaprendizaje es tan potente, ¿por qué no pueden los estudiantes aprender valores en los libros, en Internet y en otros materiales didácticos? ¿Es que el autodidactismo se reduce sólo a adquirir conocimientos? ¿O es que las personas adquieren el saber en la soledad y con ciertas herramientas pero las pautas educativas requieren un monitor?

      P.S. Comparto plenamente el razonamiento de Borja Contreras. Nada que añadir

  12. Borja Contreras
    24 mayo 2010 a 14:56 #

    Lo siento, pero estoy en absoluto desacuerdo contigo.
    Yo soy profesor y estoy orgulloso de serlo. Veo muy claro que mi trabajo consiste en enseñar filosofía.
    Yo tuve buenos y malos profesores, como todo el mundo. Los malos son aquellos que no me enseñaron nada, cuyas clases resultaban prescindibles, en ocasiones porque se lanzaban a discursos “educativos” y a sermones plenos de moralina que no han dejado en mí la menor huella.
    Todos hemos podido estudiar en libros, algunos de ellos excelentes, que en cualquier caso requerían de la aportación del buen profesor para cobrar todo su sentido.
    Si yo ayudo en la educación de mis alumnos…pues bien. Mejora añadida. Pero eso lo puede hacer cualquiera. Yo estoy allí porque sé filosofía y puedo hacérsela accesible.
    Siempre hubo quien decía que todo está en los libros, que no es necesario un profesor. Y en ocasiones es cierto: vale mucho más un buen libro que un mal profesor. Hoy nos vienen con que todo está en internet. Es la misma milonga, que tiene más años que Matusalén. Estaremos perdidos cuando nos la creamos.

  13. Mari
    24 mayo 2010 a 22:03 #

    No entiendo bien en que estás en desacuerdo conmigo. La filosofía por si misma educa, es tan necesaria como comer, es moral, es ética, implica visiones del mundo, del hombre, etc. diferentes, implica métodos, razones contrarias y todas parecen posibles y uno acaba tomando partido. A fin de cuentas es lo que hacemos aquí y en nuestra vida diaria, discutir, elegir, defender nuestra posición, aliarnos con los que piensan como nosotros. La moralina es otra cosa, es manipulación, es mostrar una sola visión del mundo, la “buena”, según los que intentan moralinizar, es en el fondo imponer esa visión con piel de cordero. Me gustaría que la filosofía y demás ciencias “seudos” inundaran a todas las demás materias desde el comienzo de la escolarización; filosofía para niños…

  14. Mari
    24 mayo 2010 a 22:31 #

    Perdona Mariano, no leí tu comentario, el ratón no me funciona bien, lo acabo de leer, por ello no contesté a tu pregunta.
    El profesor educa enseñando. Si lees mis comentarios verás que en ningún momento digo que no se deba enseñar la materia; digo que no sólo se debe hacer esto, quería decir que no se trata de explicar el tema y haceles a los alumnos el examen, sin asegurarnos antes de que entienden los contenidos, que le sacan partido, que entienden para qué pueden servir éstos, que relación pueden guardar con contenidos de otras materias, etc.

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