Pactus interruptus: la estabilidad amenazada

Mariano

Al final no ha podido ser. El tan solemnemente anunciado pacto educativo no va a tener las firmas y los apretones de manos que hubieran permitido rubricar un consenso general para que la escuela dejara de ser el centro de la polémica. Si bien, a medida que avanzaba el tiempo, el gran evento parecía quedar reducido a un acuerdo de mínimos, “el pacto de los montes”, y en su documento final (¿la solución final?) volvía a considerar intangibles los grandes principios irrenunciables de la pedagogía imperante, el dinámico titular de la cartera de Educación siempre pensó que no había que rendirse y que la llama de la esperanza aún no se había apagado.

Es más, en su fuero interno, el ministro quizá soñaba con el milagro de sentar en torno a la mesa de los salones más vistosos del MEC a todos los “representantes” del mundo educativo y político en torno a un documento compartido y unitario, fumando todos juntos la pipa de la paz. El gran pacto nacional sobre la educación ha sido un pactito feo, un aborto, o una interrupción abrupta de una gran quimera que ahora vemos quebrarse sin que otro reclamo publicitario se divise en el horizonte inmediato para que todos hablemos de lo que el poder quiera. Pues se sigue reservando el privilegio de marcar la agenda y decirnos a todos de qué tenemos que discutir y conversar.

Gabilondo, un profesional solvente y de más nivel que sus colegas del Consejo de Ministros, universitario de prestigio, acepta el papelón que le encarga Zapatero: una imagen de unidad que llevarse como baza a la incierta campaña electoral. Pero ese encargo tropieza con tantos obstáculos en el camino que termina en vía muerta.

En conclusión, la educación sigue siendo uno de los caballos de batalla entre las dos grandes fuerzas políticas, al menos nominalmente. Si Blas de Otero pedía la paz y la palabra, el presidente se conformaba con la foto y la sonrisa, galardones que la oposición le ha negado. Parece que en sus ansias por recuperar el poder los peperos consideran rentable electoralmente un mensaje diferenciado en materia educativa. Y que el gobierno lleve él solito la pesada cruz del fracaso en la enseñanza. ¡Qué egoístas y carroñeros!

Los hermanos Gabilondo lloran por un querer que no pudo ser. El ministro, fiel al guión, con modales más suaves y palabras menos toscas, repite el papel de oposición de la oposición que ya le han enseñado otros miembros y otras miembras del flamante gabinete paritario y talentoso de la España plural. El periodista de las ondas y de los telediarios, Iñaki, el telepredicador con más solera de cuantos pueblan los medios, ha lamentado en su homilía de Cuatro Televisión la actitud pecaminosa e irresponsable de quienes no han querido ni sabido estar a la altura de lo que requería con apremio inexcusable el sumo interés de la patria. Desde el púlpito, apocalípticamente, nos amenaza con la gran penitencia que llevaremos por el pecado original y que vamos a pagar todos los españoles: la inestabilidad del sistema educativo.

Este curioso argumento, o mero eslogan de la propaganda oficial, el de la estabilidad del sistema educativo, se ha magnificado hasta extremos que le confieren el carácter de nuevo sacramento. “Hay una demanda social de que los partidos pacten un modelo educativo estable” y no se peleen como verduleras o como escolares revoltosos en el recreo de las once. Es curioso que con mucha frecuencia, cuando se quiere que un asunto no se discuta en sus fundamentos y sea elevado a la condición de dogma intangible, se recurra a esa presunta demanda social, que justifica y sacraliza todo lo que toca y que no sé de dónde se la han sacado. Pero que cualquiera se atreve a contradecir. ¿Estaría usted dispuesto a navegar en contra de la demanda social? Responda, atrévase a decir que no.

Cierto es que sería una calamidad que cada vez que hubiera un cambio de mayoría parlamentaria se pusiera patas arriba todo el sistema educativo y estuviéramos en obras hasta que llegase la siguiente alternancia. Y así vuelta a empezar. Como en un fatídico eterno retorno, como si de Penélope se tratara tejiendo y destejiendo continuamente. ¡Qué sino trágico el de estos españoles que no se ponen de acuerdo por decreto en el sabroso manjar que han cocinado los corifeos del señor ministro!

Pero la realidad de las últimas décadas desmiente este temor a la inestabilidad permanente del sistema educativo, a la llegada de otro mal del milenio, como la destrucción del planeta, la gripe A que provocaría una pandemia cósmica o el advenimiento del fin del mundo que auguran algunos solitarios oradores pegados a las farolas de la Quinta Avenida de Nueva York.

Lo cierto es que en España desde la aprobación de la Constitución ha habido muchas leyes orgánicas que han desarrollado su artículo 27: el Estatuto de Centros de la UCD; la LODE, la LOGSE y la LOPEGCE, bajo el gobierno de Felipe González; la LOCE, en los años de José Mª Aznar; y la LOE, con la actual administración “socialista”. Sin embargo, desde el punto de vista de lo que es la estructura del sistema educativo, sólo ha habido dos modelos en los últimos cuarenta años: la ley/70, de Villar Palasí, promovida por los tecnócratas del Opus Dei, que extendió la escuela obligatoria hasta los 14 años y que introdujo en el poder a la secta pedagógica, entonces formada por teresianas, seguidores del beato/santo Escrivá y otros “expertos”. Y la LOGSE, de 1990, auspiciada por psicopedagogos y respaldada por todos los movimientos de renovación pedagógica, así como las direcciones de los sindicatos de “clase” y los partidos de “izquierda”. Más la prensa “maja”.

Las dos leyes orgánicas anteriores a la LOGSE no afectaban a la ordenación del sistema educativo, sino a la gestión, financiación y régimen de alumnado de los centros públicos y subvencionados, luego concertados. La LOPEGCE apenas tocaba el sistema educativo. Se hizo para corregir el modelo de gestión de los Consejos Escolares y la elección del director, la evaluación de la enseñanza, además de blindar en un nuevo cuerpo a los inspectores temporales que habían sido seleccionados en “concursos de méritos, no concurso-oposición” por afinidad y asentimiento. O sumisión y obediencia, por apropiarme de las palabras de Juan Pedro Viñuela. O si queremos, pancismo, por utilizar el término más caro a Pablo López Gómez. Aquello fue un auténtico fraude de ley. La Ley de Calidad (LOCE), tan denostada y raudamente derogada por quienes pregonan la estabilidad como tótem, maquillaba un poco la LOGSE, aun sin cambiar en esencia la estructura del sistema educativo. Y la LOE reafirmaba y -aun ahondaba más- los principios de la malhadada LOGSE. Era más LOGSE que la propia LOGSE. Si no quieres caldo, toma taza y media.

Por tanto, la tesis de que la estabilidad del sistema educativo está en peligro es una absoluta falacia, un pseudoargumento de quienes se han enrocado en lo que algunos llamamos el búnker pedagógico. Niegan la legitimidad de un cambio, por mínimo que sea, aunque los resultados del invento, casi veinte años después, sean un fracaso rotundo y desalentador que casi nadie puede negar. Aunque ya sabemos: hacen falta más medios, nuevos profesores y nuevas profesoras, más jóvenes y más jóvenas, nuevas tecnologías, más expertos, más autonomía de los centros y más cursos para formar a los profesores en los nuevos retos y de paso financiar a quienes todos sabemos. Para los más talibanes, el sistema educativo actual no se puede tocar, es como los Principios del Movimiento Nacional, que eran permanentes e inalterables. El secretario general de CCOO de Enseñanza ha llegado a exigir que para cambiar las leyes educativas haya mayorías cualificadas de 3/5. ¿Por qué este señor quiere cambiar por narices las reglas del juego? Obviamente, para hacer inviable la más leve modificación del statu quo.

Uno de los escenarios previsibles se ha cumplido. El MEC no ha cedido en nada de lo que era el núcleo duro de la LOGSE y la oposición no quiere regalarle ni una miaja a Zapatero y opta por el desgaste. Verdad es que no se han aceptado ninguna de sus posiciones. Y también que no nos dice qué haría con la educación si gobernara. Aunque ya lo vimos en 1996-2000. Y ya lo vemos en las Comunidades donde tiene el poder.

¿Y ahora qué? Pues el ministro no se resigna y quiere seguir pactando. El problema es que para llegar al clímax ya lo tiene que hacer solo, y no en compañía de otros. De la gran cama redonda soñada habrá que pasar al solipsismo y a la soledad, en suma, a un puro onanismo. Ante la falta de partenaire, la pactomanía, ironías del destino, terminará convirtiéndose en un vicio solitario.

No faltarán las malas lenguas que dirán que todo este rollo del pacto educativo ha sido una hábil maniobra distractora del presidente para tener entretenido al personal y desviar la atención de otros graves problemas para los que no tiene soluciones. En lugar de hablar del abandono escolar, de los malos resultados de todas las evaluaciones del sistema, de la violencia en las aulas y de otros asuntos nada gratos, nos inventamos una noticia. Le damos a un nuevo ministro con ganas y cierta vanidad un juguete para que anime a la peña. Y así hasta que se le acaben las pilas. Y después, ya se le ocurrirá algo a José Luis. Que el chico capacidad de maquinar e imaginar sí que tiene. Pronto volveremos con más diversiones. Porki, Porki, nuestro rey.

-Ángel, ¿quieres el sillón de ministro de Educación?

-Hombre, presidente, si tú me lo pides… ¿Y qué quieres que haga?

-Quiero que unas a todas las fuerzas de la enseñanza y logremos un pacto de Estado, histórico, la primera vez que en España todos llegan a un acuerdo sobre este tema. Te encomiendo una misión apasionante.

-Ahora voy a encargarlo, presidente, gracias por la confianza.

****

-Marchando una de pacto.

-Oído cocina.

-A ver, a ver, a ver, ¿Cómo ha salido el pacto que habéis guisado? Espero que se lo coman los del PP, porque le he dicho al chef que eche un poco de rigor y de esfuerzo y así les tiene que gustar.

-Oiga, que esto es un recuelo de la LOGSE, que está el currículum recalentado, pero que huele a lo de siempre. Lo quiero más hecho, por favor.

-Cocina, que lo cambiéis un poco, que a los invitados les sabe al plato que ya habían tomado hace años.

-Pues nosotros no vamos a renunciar a la deconstrucción de la tortilla de patatas. Lo importante no es el sabor, sino el concepto. No nos pidas que cambiemos el plato, porque es una conquista de la innovación gastronómica que sólo a los paladares antiguos les da asco.

Nada, que no se lo tragaron.

Entre medias, el ministro le comentaba al presidente que el pacto no iba a salir.

-Pues si no se lo comen, da igual. Que se hagan una foto. Quiero una foto. ¡Mi reino por una foto!

-Que dicen que ellos sólo se hacen una foto en bautizos, comuniones y bodas canónicas. Que contigo no se hacen una foto. Sólo con el fotógrafo de la iglesia.

-Se van a enterar.

El ministro Gabilondo, que ya se veía en los futuros libros de texto de historia como un personaje providencial, puede convertirse en otro de los juguetes rotos de la política efímera e insustancial de su jefe, damnificado por las ocurrencias de nuestro sonriente y optimista primer ministro. Y en esta nueva andadura es posible que se vea poseído por la melancolía, un sentimiento común de muchas de las víctimas colaterales de los juegos de artificio del imaginativo José Luis, quien siempre pensará que ha merecido la pena una iniciativa a la que han dedicado tantos minutos del telediario, pese a que era otro truco más de prestidigitación que iba a terminar en un nuevo “bluff”. Claro que en su optimismo antropofágico, él pensaría: “Pues si cuela, cuela. Y menudo pelotazo”.

De ahí que al igual que ha hecho Fray Josepho con Sonsoles Espinosa, a Gabilondo, por su gran categoría, también le vamos a componer una Sonatina, porque su melancolía tras el fiasco del gran acuerdo con el que iba a pasar a los anales de la Historia con moldes de oro nos inspira una profunda conmiseración con ese estadista que España podría haber tenido y que se diluirá en la nada y pasará a la colección de cadáveres políticos que el presidente guarda con indiferencia exasperante en los armarios de La Moncloa.

Gabilondo está triste, ¿qué tendrá Gabilondo?
Las palabras no brillan en su verbo redondo,
que ha perdido el carisma, que ha perdido el tirón.
Gabilondo está mustio en su triste oficina,
mientras ve que su tiempo sin remedio declina.
Y no hay pacto ni acuerdo sobre la educación.

El despacho está lleno de inanes asesores,
de expertos que hace siglos que fueron profesores,
y cien mil pedagogos que pregonan chorradas.
El Ministro no goza, el ministro no atina,
el Ministro no flipa ni harto de cocaína.
Y se acaba y marchita su gran cuento de hadas.

¿Piensa acaso en su cátedra donde volverá un día
o en vivir apartado con su filosofía,
contemplando en sus sueños toda la vida eterna?
¿O en sus tiempos de fraile de feliz mocedad,
donde sólo existían fe, amor y bondad?
¿O en lo dura que ha sido esta vida moderna?

¡Ay!, el pobre ministro, con su viva elocuencia,
quiere que se le trate como gran eminencia,
tener plenos poderes con los que destacar,
no depender del capo ni de los mequetrefes
y pasar por encima de quienes son sus jefes,
para no estar atado y de verdad mandar.

Pobrecito ministro de aspecto primitivo,
está solo en política y más muerto que vivo,
rodeado de envidia, celos y alta traición.
La banda de Marchesi intriga y desconfía,
con regocijo aguarda que llegue pronto el día
en que de la Moncloa le den un empujón.

¡Oh, quién fuera vasallo de un señor con más clase,
quién se hubiera hecho antes militante de base!
¡Oh, visión adorada de sus más dulces sueños!
¡Oh, nostalgia infinita por el tiempo perdido!
¡Oh, la pena infinita por lo no conseguido!
¡Oh, el fracaso sonoro después de tanto empeño!

Mira, mira, ministro, sueña en su pesadilla,
con el casco ceñido viene a toda pastilla,
con un sobre lacrado y un gesto aterrador,
el veloz motorista que te anuncia tu cese,
que te manda un mensaje, por mucho que te pese,
de que dejas el cargo por orden superior.

(Imagen: “Rendezvous”, David Low. 1939)

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5 comentarios en “Pactus interruptus: la estabilidad amenazada”

  1. Xoia
    12 mayo 2010 a 15:59 #

    Estupendo poema. Pobrecito Gabilondo… Se queda sin foto, él que tanto creía en el “diálogo”…

    Gabilondo, en mi opinión, no quería reformar nada. Simplemente quería que todo el mundo le diese el visto bueno a la LOE-LOGSE y que el PP se comprometiese a tragar con esa ley de por vida. Y el PP sí que quería hacer reformas, pero fundamentalmente basadas en seguir trasvasando dinero y prestigio a la enseñanza privada, lo cual sólo puede conseguirse hundiendo económica y socialmente la todavía resistente enseñanza pública. Así que, muchos nos alegramos de que no haya pacto.

    Por otro lado, ¿cómo va a pactar el PP para que se perpetúe un modelo que no ha creado y que no le gusta? Es lógico, yo tampoco firmaría si fuese del PP. Lo normal habría sido molestarse de verdad, trabajar de verdad y crear una ley totalmente nueva entre ambos partidos. Una ley en la que los dos tendrían que haber cedido bastante, pero de la que ambos se hubiesen sentido autores y responsables. Y eso no se puede hacer en nueve míseros meses. Eso habría requerido trabajo de verdad.

    Por otro lado, si además de buscar un pacto se buscase una ley realmente eficaz, deberían consultar a los auténticos expertos, es decir, a los profesores. Y eso sí que no le interesa a ninguno de los dos partidos. Hay que tener en cuenta “las demandas de la sociedad”, aunque sea una sociedad que se dirige feliz y sin ningún rubor hacia la autodestrucción. Para hacer una buena ley hay que plantarle cara a muchas “demandas sociales”, hay que arriesgarse a perder votos. Y eso, ninguno de los dos partidos va a hacerlo…

    • 13 mayo 2010 a 18:43 #

      Xoia, ñera, el obstáculo más mayúsculo para que alguna vez pudiera darse una situación como la que describes, un análisis serio de la situación, lo constituye la monstruosa turba de clientes, advenedizos, lameculos, jetas, vividores, parásitos, pancistas y sinvergüenzas que han medrado gracias a este disparate, ingeniado y bendecido por los mismos partidos políticos que supuestamente tendrían que corregirlo. Por otra parte, un saludo Mariano, y gracias por el artículo.

  2. 12 mayo 2010 a 22:17 #

    Algo parecido a esa propuesta bienintencionada ha sido la gestación de la LEC aquí en Cataluña, una ley en la que se han puesto de acuerdo el PSC y CiU, que suman casi el 70% de la representación popular, pero les ha salido una porquería de cuidado que deja a la enseñanza publica convertida en mero auxilio social y fomenta la escuela concertada y la privada. Lo que queda de la pública, además, con el poder concedido a la diirección nos retratrae a los tiempos el franquismo en el que los directores contrataban a quienes les daba la gana. Vuelve el amiguismo, la camaradería, el compadreo, el cuñadísimo y el recomendado. De aquí a poco acabaemos cantando lo de las banderas victoriosas y el pomporrutas imperiales… De pena.

  3. Juan Pedro Viñuela
    13 mayo 2010 a 9:07 #

    Excelente artículo y poema, Mariano. El pacto era una apariencia. No se hablaba de lo importante, como aquí se ha sugerido. Sólo se pretendía mantner más de lo mismo, pero con el acuerdo de todos. En definitiva, blindar la LOGSE-LOE, para siempre. El cambio, como sabemos, debe ser desde los fundamentos mismos. Pero esto require un trmendo esfuerzo para derribar veinte años de LOGSE y toda una ideología política de la que se ha hablado en otros lugares.

  4. 13 mayo 2010 a 10:34 #

    Otro análisis de franco tirador. Poco puedo añadir a lo dicho por ustedes sobre un asunto que conocen harto mejor que yo. ¡Qué condena! Como no ha habido pacto, todo seguirá igual. Si hubiera habido pacto, también. Es como para hacer las maletas y salir zumbando al quinto pijo.

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