Elogio y vindicación del profesor (Tercera entrega)

1. Años de soledad

3. Tiempos modernos

– ¡Fiiir-bé! ¡Presenteeen líbr! ¡Presenteeen Cuadérn!-  Ahora hay que entrar en el aula así.

Entrar como si tuvieras tres veces más energías que ellos (¡a veces uno piensa que es verdad, viendo cómo aman la inercia, cuántas horas pueden pasarse sin hacer nada!) para que reaccione esa mitad que te recibe espachurrada encima de la mesa, la cabeza apoyada eternamente en la palma de la mano como si no se les sostuviera sola, y se calme la otra mitad que habla a gritos encaramada a las mesas de los otros, o se pelea en la parte de atrás, o saca más de medio cuerpo fuera de las ventanas y según llegas te propina un sobresalto que más vale tener el corazón fuertecito y los nervios bien templados.

Entrar jugando a tener aire marcial para afrontar con algún recurso el hecho de que al pelotón, por sí mismo, no se le va a ocurrir modificar en nada su conducta a causa de un acontecimiento por el cual no se sienten concernidos, que les resulta del todo insignificante: la llegada del  profesor.

– ¡Fiiir-bé!

Gracias a Dios, cierta ingenuidad conservan:

– ¡Profe, eres una máquina!

Una máquina. Si supierais. Si supierais que estoy a punto de marearme, solo con entrar. Si supierais que esto que estoy haciendo me parece una ñoñería y una solemne memez (pero nos faltan meses, aún, para que pueda explicaros un poco de lo que pienso). Que si yo no estuviera resignada a trataros como tontitos infantiles y mimados saludaría como antes con un “Buenos días” y una broma cualquiera, tranquilizaría a dos o tres, y en un par de minutos habríamos empezado a trabajar. Si supierais que aquí solo yo soy consciente de que eso ya no es posible, y de lo mucho que con ello perdéis.

Si supierais. Con qué antipatía empiezo por dar estas dos voces que tanta gracia os hacen para obligaros a que os enteréis de que estoy aquí. Pero más esfuerzo me costaría perder los primeros diez minutos en nada, en exasperarme y aburrirme, en gastar mi tiempo y el vuestro con mala conciencia esperando a que os sentéis, a que dejéis de hablar, a que –solamente unos cuantos– saquéis cuadernos y libros, a que guardéis las lapiceras llenas de colorines que se caen todo el rato al suelo, a que dejéis de pasaros cosas, de enseñaros el i-Pod nuevo… Y, entre tanto, gritar, gritar, gritar con la potencia de voz que ya no tengo, para no conseguir nada en absoluto. Si supierais que no me acostumbro a la idea de que podáis actuar de esta forma pueril todos los días de vuestra vida, todos los días que llego a clase, qué desazón me producen vuestras caras de cansancio, vuestros ojos faltos de sueño, vuestra falta de reparo en despanzurraros así en público… el que no sepáis ni sentaros siquiera, y el que ya se haga imposible haceros comprender que en una clase no se puede estar así, a los catorce años…

Prefiero sentirme ñoña, aguantar la repugnancia que me inspira el daros coba y dejar las reprimendas para mejor ocasión, condescender y abandonaros como si tal cosa a vuestra tontería infantil, con tal de salvar lo poquito que se pueda, con que al menos no me os pongáis en contra; fingir que a mí también me hace mucha gracia entrar en clase con mi grito de guerra. Y a vosotros, por el momento, también os conviene más. A cambio de eso tal vez me escuchéis –tal vez– y os pongáis al trabajo unos cuantos minutos y podamos tener un poco de normalidad para los tres o cuatro que quieren aprender. Unos minutos de clase como la que tienen a diario tantos coetáneos vuestros de la enseñanza privada, esos con los que luego tendréis que competir…

– A ver, los que no tenéis el cuaderno: un negativo y a hacer los ejercicios –oh, perdón, las actividades– que hay en este papel. Seguramente os aburriréis, es una pena… Si tuvierais todos el libro, y el cuaderno…

– ¡Lo pasaríamos mejoooor!

– Eso es, insensatos.

– ¡Insensaaaatos, incaaaautos… Haced caso a vuestra anciana profesoooora!

– Pues sí… Venga, a ello. Vale, a ello. Venga. A ello. Vale…

Qué lástima que vaya a ser sobre todo por esto por lo que alguna vez, en un futuro instante de vuestras vidas, os acordaréis de mí… No porque en clase cantamos “Gerineldo” con la guitarra –Gerineldo Gerineldo, / Gerineldito pulido, / quién estuviera esta noche / sólo dos horas contigo...; ni porque fuimos de visita a los castillos a imaginar la Edad Media-¿a qué hora, la mi señora,/ me tendrá abierto el castillo? –Entre las once y las doce,/ cuando el rey se haya dormido… (picardías que ya no casan con la vuestra), ni porque entre todos representamos Fuenteovejuna muertos de risa, cada cual semidisfrazado según su personal inspiración; ni porque me imitabais entrando en clase con cuatro bufandas, varias carteras y una pila de libros inverosímil y maliciosamente inestable. Ni porque Garcilaso, y Bécquer, y Pablo Neruda os tocaron la fibra sensible a esta edad tan bonita que en realidad no estáis teniendo, y que ya no tendréis… Ni caso vais a hacer, cuando dentro de poco lo leamos:  Coged de vuestra alegre primavera  / el dulce fruto… ¿Qué fruto, qué dulce fruto estáis cogiendo ahora mismo, qué significa en vuestro caso la metáfora?

Así que era esto, la melancolía cervantina. Eso es lo que el profesor medita ahora. Qué temprano ha llegado (como siempre). Sobrepasar los cincuenta, asistir a un cambio de época y ver que algunas cosas verdaderamente nobles del tiempo que uno ha vivido están llamadas a desaparecer, ver cómo van desapareciendo para no volver más, ante los propios ojos. Al profesor que en este caso es profesora le viene a la mente el espléndido libro de un compañero suyo de profesión –entre nosotros siempre ha habido gente de más valer, que no por ello desdeña enseñar en  secundaria– titulado Cervantes y la melancolía. Compañero de compañeros, nunca fue compañero suyo, pero estos días su libro le hace gran compañía, por si el Quijote en sí mismo le hiciera poca.

No volverá a haber una enseñanza pública como la que conocimos nosotros. Pues aceptémoslo.

Pero, ¿y estos que están aquí conmigo? Ellos no pasan de los cincuenta, no tienen un pasado risueño y estimulante incorporado a este presente junto con todo lo que dura desde entonces;  ellos deben aún construir sus vidas, y están perdiéndose lo mejor sin siquiera saberlo, y malgastando la edad inmejorable para aprender y el privilegio de poder ser enseñados. Desperdiciando la primerísima juventud –vuestra alegre primavera– que no por eso parece ser más excitante, ni más feliz, ni más provechosa, ni más llena de nada que la que vivió el profesor mismo, y tantas promociones de estudiantes que en su día pasaron por sus manos. Y esto ya no le corresponde aceptarlo al profesor.

Y aunque le correspondiera: no podría. Si estos fueran sus hijos bramaría de indignación. De una indignación que por momentos se alterna con la tristeza de ver tantos años juveniles echados a perder como van transcurriendo ante su vista sin que él nada, o casi nada, pueda hacer. Ahora mismo, por ejemplo, quedarse un rato mirando cómo juegan, y meditar. Aprender de la vaca Cordera a estar con los niños apaciblemente serena (nostalgia: el profesor que es profesora sabe mugir la mar de bien: en tiempos, esta solía ser una actuación de gran éxito, aparejada a la lectura de Clarín; otro lujo que ya no puede permitirse…)  Aprender, pues, de la vaca abuela, a rumiar la soledad y la nostalgia por el tiempo pasado, esperando a que llegue la jubilación.

Y por fin, dejarlos para siempre. Pero… ¿con quién van a estar mejor? Nadie es imprescindible, cierto. Y sin embargo, otras certezas tiene el profesor en mente, cuando le toca rumiar. Certezas que son preguntas con respuestas evidentes. Pero vamos a ver, ¿quién sabe más sobre ellos? ¿Quién, en ninguna parte, se habrá preocupado más por los alumnos de la enseñanza pública en conjunto sino precisamente nosotros, el profesor?

(Entrega anterior)


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Categorías: Crónicas del País de las Maravillas, Elogios

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6 comentarios en “Elogio y vindicación del profesor (Tercera entrega)”

  1. JGV
    25 abril 2010 a 9:36 #

    Estimada Luisa,

    tu escrito es muy hermoso.

    La melancolía es hoy en día un sentimiento cada vez más raro. Y sin melancolía, ¿cómo es posible aprender?

    Un saludo.

  2. Raus
    25 abril 2010 a 10:14 #

    Maravilloso, estimada Luisa.

  3. vmms
    25 abril 2010 a 23:45 #

    Chapeau.

  4. NADIe
    26 abril 2010 a 14:23 #

    Magnífico texto, melancólico sin duda.

    Pero ne se quedaría tranquila mi conciencia sin hacer un apunte. Y es que yo estudie en un colegio concertado, no publico; mi madre es profesora en ese mismo colegio concertado…y tiene los mismos problemas y los mismos sentimientos que expresas en tu texto…y si de verdad elogias a “El Profesor” deberias elogiar a mi madre tambien aunque no de clase en “la enseñanaza publica”. Quizas seria una buena forma de elogio si en un texto tan profundo y real como el que has escrito no menospreciaras a los que son al fin y al cabo tus compañeros.

    Saludos.

    • Luisa J. D.
      30 abril 2010 a 17:23 #

      Para Nadie, con afecto:

      Hola, Nadie, me encanta el nombre que has escogido, si sigues leyendo entregas sucesivas de Elogio y vindicación… sabrás por qué: explicarlo ahora sería largo, pero el caso es que nos identifica de inmediato a mí contigo y a ti conmigo, ya lo verás.

      Precisamente porque no somos nadie –los profesores somos muy muy muy conscientes de que es así, y no nos molesta- mal estaría que encima de que me pongo a hablar por mi cuenta y riesgo en nombre de todos mis compañeros de la pública, lo cual ya encierra cierta pretensión que me permito porque creo saber un poco de lo que hablo, extendiera la pretensión a hablar también de lo que no conozco. Para un nadie sería demasiado pretender…

      No solo numerosos profesores de la enseñanza concertada, sino también los de la primaria pública podrían suscribir total o parcialmente cuanto se va relatando en el Elogio: lo sé yo, lo sabes tú y lo sabemos todos. Todos tenemos, como tú, familiares, conocidos o amigos de uno y otro sector, y nada me complacerá más que el que se sientan igualmente retratados e incluidos en mi elogio, ojalá. Compañerísimos somos, qué duda cabe (dale un abrazo a tu madre), pero es que yo… yo desde dentro sólo conozco esos institutos de Dios, y no puedo ni debo escribir de lo demás.

      ¿Menosprecio? ¡No pienses eso, por lo que más quieras, no habría nada más contrario a mi intención! Es más, ver esas dos palabras juntas, “menosprecio” y “profesor” se me hace hasta doloroso. Si no las palabras, los dos conceptos que ellas significan los hemos visto juntos tantas, pero tantas veces, que hace tiempo que pasan de demasiadas; y nosotros somos los más conscientes de que casi todos los males que se han abatido sobre la enseñanza provienen justamente de ahí, de cuánto los han juntado los que no tienen ni idea de lo que es ser profesor.

      Ay, perdóname el tono melodramático, pero es que me ha salido así, mejor no me vuelvo atrás.

      La verdad, querido Nadie, es que yo no me proponía responder a los comentarios, porque soy una Gutenberg –¡antiiiigua!- y lo que he hecho es escribir un libro, más o menos…, y un libro no es un blog. Un libro es algo cerrado, se escribe y queda escrito, te lleve el tiempo que te lleve (unos tres o cuatro años), y eso fue lo que yo me propuse en su momento. Para un blog yo no doy, ni por carácter ni por disposición actual: mi vida ahora va despacio, con calmita, y los menesteres internáuticos requieren energía y agilidad.

      Para Todos, con afecto igual:

      Energía y agilidad. Pues tengo poco de las dos. Así que quiero dar las gracias de corazón también a todos los demás por los comentarios que habéis ido dejando a cada entrega sucesiva, y por todos los que hagáis. Ni mucho menos me desentiendo de ellos: al contrario, me acompañan cálidamente –estaba segura de que no estábamos tan solos como parecía, ¡viva Deseducativos y viva toda la red!-, pero no sirvo para estar pendiente de estas cosas, y, sobre todo, me lleva un montón de tiempo contestar (mirad qué rollo llevo, y aún me falta un par de cosas por decir).

      Cuando amablemente los meritorios y muy energéticos Deseducativos me invitaron a reproducir en su página las entregas de Elogio y vindicación del profesor yo acepté agradecida y encantada; pero no oculté que me sentía incapaz de comprometerme a nada más. Y amistosamente lo digo aquí ahora, para no engañar a nadie respecto a lo que se puede esperar de mí: este libro que no es un libro y las gracias a sus lectores, de corazón. No es gran cosa, pero teniendo en cuenta que no somos nadie, algo es…

      Bueno, total, ya que no hay manera de que escriba breve, me enrollo otro parrafito: si habéis llegado hasta aquí, es que tenéis paciencia para leer.

      Uno de los escritores que más admiro es Leonardo Sciascia. Lo admiro porque lo encuentro admirable (estamos entre compañeros, puedo hacer una coña, ¿no?), y una de las razones por las que lo encuentro admirable es que nunca malgasta palabras, qué tesón. Madre mía, con el trabajo que lleva eso… Al final de El día de la lechuza él añadió una nota explicativa donde cita a cierto francés o francesa que se disculpaba por lo extenso de un escrito suyo, alegando modestamente que no había tenido tiempo de hacerlo más breve. Así que no soy la única que padece esa maldición. Por favor, tomadlo así: he hecho lo que he podido, y ya no pretendo más.

      Mis mejores deseos y animo, mucho ánimo, para todos. Cordialísimamente,

      Luisa J. D.

  5. Balor
    27 abril 2010 a 11:00 #

    Muy hermoso texto. Muy real, por más que pasado por el tamiz de unos ojos poéticos. Gracias.
    No es extraño que la depresión nos amenace y atenace, porque ese sentimiento de ver las cosas echarse a perder predomina hasta sobre los gritos y los desesperos, los malos modos, la burocracia y el todolodemás.
    En mis años de profesión tuve incluso la terrible experiencia de ver morir de una forma estúpida a dos de mis alumnos, no en clase, desde luego, pero sí de la forma tan inane como habían “vivido” esa primavera a la que -¡cagüensós!- yo me agarro como a un clavo ardiendo.
    (Balor, que solo tiene un ojo)

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