Elogio y vindicación del profesor (Segunda entrega)

I. AÑOS DE SOLEDAD

2. Melancolía

Y pensar que va a sentir gran tristeza, cuando los pierda de vista. ¿Vivir en un mundo poblado sólo de adultos? Qué perspectiva tan poco apetecible… En realidad, lo que al profesor que en este caso es profesora le hubiera gustado es haber seguido siendo estudiante hasta hoy: será por eso por lo que siempre se ha sentido tan a gusto entre estudiantes. El profesor piensa en sus compañeros recién jubilados (cuánto disfrutan los muy ladinos, no hay uno que no tenga mil cosas en que emplear el tiempo y la libertad, para sí mismo y para otros), recién liberados de esta penosa, constante impotencia, del castigo de la diaria decepción. Piensa en ellos con afecto y con nostalgia, y siente que si ella les envidia en algo, tampoco ellos dejan de envidiarla un poco. Les sabe encantados de su nueva situación, pero reconociendo que echan de menos enseñar, seguir enseñando; por eso hay tantos que a modo de hobby ahora enseñan… a quien se lo pide, a quien se deja, a quien lo agradece…

Cómo no echar de menos la enseñanza. Cómo no añorar lo que más que nuestra profesión ha sido nuestra vida, sabiendo como sabemos que en pocos sitios se está mejor que en una buena clase con gente que quiere aprender y un profesor que quiere enseñar: quienes lo hemos disfrutado durante mucho tiempo sabemos qué lujo es ese. Y si los que están allí para aprender tienen alrededor de quince años, crea el lector que pocos trabajos habrá tan estimulantes en esta vida. Se pueden gastar energías a espuertas y no tener la sensación de que se está trabajando. Se puede pasar en grande, y así se lo ha pasado durante muchos años el profesor que hubiera querido seguir siendo estudiante para siempre, porque según es sabido ser estudiante y ser profesor viene a ser más o menos lo mismo. Pero para seguir siendo profesor ahora hace falta (no solo, pero primordialmente) una gran fortaleza física. Y es ley de vida que, aun quien la haya tenido, la pierda con la edad. A un profesor de la actual enseñanza pública no le hace falta llegar a la senectud para saber que las mañas y ligereza / y la fuerza corporal de juventud / todo se torna graveza…y que ya su energía, en estos tiempos modernos, resulta insuficiente. En realidad, a él tampoco le falta mucho para ir a pasarlo bien en otra parte… Y sabe que ese otro pasarlo bien no será sin nostalgia.

Aunque –medita el profesor– también es una gran verdad que hace ya mucho tiempo que ni sus alumnos ni él están en una buena clase con gente que quiere aprender (sí con un profesor que quiere enseñar: al profesor nada le complacería más, una vez que está allí). Siente un presagio de melancolía, sí, pero disuelta en un mar de escepticismo. El profesor, no nos engañemos, lleva demasiado tiempo gastando a espuertas la energía que ya no tiene sin apenas recibir a cambio sensaciones gratificantes. Hace tiempo que el ir a clase tiene para él un significado bastante menos amable –y menos noble– que el que solía tener: se trata sólo de trabajar para vivir, para cobrar a fin de mes. Como prácticamente todo el mundo… Y tantos, pero tantísmos otros, en condiciones peores… Es verdad. Habría que tener muy estrecha experiencia del mundo y de la vida –habría que permitirse una visión adolescente–para quejarse de semejante cosa. Y sin embargo… él sabe bien que en su caso el trabajo solía ser, a la par, disfrute. Él escogió una profesión privilegiada, que le venía como anillo al dedo. Y sabe que hizo bien, y así lo experimentó durante mucho tiempo… En cambio ahora…

Ahora hay que ir a trabajar como van tantas veces los mayores: sabiendo que es grande el esfuerzo que a uno le espera, y que va a resultar casi del todo inútil… que muchas veces, muchos días, de nada va a servir el llegar a casa exhausto. Se trata de hacer lo que es el deber de cualquiera… ir e intentarlo, de todos modos, y guardarse con pudor la melancolía. Pues sí, como es de razón. La vida es injusta a veces, a veces se hace ingrato cumplir con el deber. Así medita el profesor, acordándose de sus ausentes compañeros, y echándolos de menos… mientras sonríe para sus adentros evocando a la señora venida de Vallecas que, manifestándose contra la invasión de Irak, resoplaba apretujada y sudorosa abanicándose el sofoco, recibiendo empellones por todas partes, con los pies destrozados a pisotones y medio muerta de sed…  pero aguantando el tirón. Ella no tenía delante a sus alumnos, sino que iba rodeada de sus iguales. Por eso meneaba la cabeza y recomponía el gesto como el profesor trata de hacer ahora, expresando en voz bien alta lo que él en este momento sólo puede pensar entre sí: ¡Ahú, ehtamoh tó lo mal que queremoh!

Pero la melancolía del profesor no le viene sólo de la conciencia de lo mal que está: de ahí vienen el disgusto, la desazón, muchas veces la rabia. Su inmensa melancolía proviene principalmente de una frustración que va más allá de lo personal. Es la melancolía de una época, tal vez una melancolía… literaria. El profesor enseña Lengua y Literatura Castellana. Una lengua en la que seguirán hablando millones y millones de personas y una literatura que dentro de muy poco ya no leerá prácticamente nadie.

(Entrega anterior)

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Categorías: Crónicas del País de las Maravillas, Elogios

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One Comment en “Elogio y vindicación del profesor (Segunda entrega)”

  1. Guadalupe Del PIno Amor
    18 abril 2010 a 12:01 #

    Profesores así para mi los quisiera. La enseñanza del lenguaje y la Literatura Castellana no morirán. Como efectivamente has comentado Luisa no sólo se va a clase para cobrar un sueldo sino para ver recompensada esa afición “ La de dar clases como se debe”. No creo que sean para nada clases inútiles en los tiempos que corren pero seguro que tomarán ejemplo del programa impartido. El ejemplo es el que prevalece; siempre queda impregnado el oído y la vista, razón por la que actúan las causalidades de la vida de los estudiantes.

    Nota de optimismo para profesores que ponen todo la carne en el asadero en la educación.

    Un Saludo
    Guadalupe

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