Elogio y vindicación del profesor (Primera entrega)

I. AÑOS DE SOLEDAD

1. Años de soledad

Muchos años después, frente al pelotón de irresponsables infantiloides, el profesor que ya nunca esperaba un buen día había de recordar aquel tiempo remoto cuando al entrar a una clase de adolescentes era posible decir la primera gansada que le dictara el buen humor, dar un par de voces algo más destempladas para cuadrar a quien tuviera el día díscolo, esperar unos minutos a que libros y cuadernos acabaran de llegar a las mesas y, hecho esto, ponerse al trabajo durante un buen rato. Ya le interrumpirían cuando el rato pasara de bueno, no había cuidado.

– ¿Cómo están ustedeeees?

– ¡Bieeeen!

– Me alegro. Pues buenos días. Venga, seguimos con los romances. Hoy vamos a empezar leyendo el de Mudarra, que va de venganza. Os va a gustar, ya veréis.  Es de esos que se pueden dibujar en viñetas como un tebeo, porque todo se ve o se oye. Tomás, no te dispares que aún estamos empezando la clase. Y tú, deja en paz a Ana. Página treinta y cinco, donde ayer. Ya sabéis que en la Edad Media casi nadie sabía leer y escribir, por eso hay tantos textos “audiovisuales”. Aquí las palabras solamente describen, o narran, o reproducen un diálogo… Tomaaaás, con esta van dos, no te lo digo la tercera. Treinta y cinco, he dicho página treinta y cinco. ¿A qué estás esperando, Bea? El de Mudarra, la treinta y ciiiinco…¿Estáis sorditos o qué? ¡TREIN-TAY- CIN-CO!

– ¡Jo, profe, cómo se pasa…!

– Pues Mudarra era un adolescente, como vosotros. Comparado con su enemigo -que es este don Rodrigo que va a cazar, el del primer verso- era prácticamente un niño. ¿Laura, nos lees hasta el verso 6?… Atención: ¿Cómo lo llama el narrador? ¿Lo veis?: Mudarrillo… Jovencito jovencito. Y tenía siete hermanos. Siete hermanos nos suena ¿no? Y él era el más pequeño, el que hacía ocho, peeero… solo era medio hermano… porque su padre lo había tenido más tarde, estando cautivo…

-¿Qué es ‘cautivo’?

-¿Quién sabe lo que significa ‘cau…? ¡Tomás! ¿A que ahora mismo te planto un cero?

Los ceros, aquellos utilísimos artículos de lujo, lejanos de ser la nada, como su propio nombre indica. Precisamente su solo nombre indicaba mucho, y lo hacía un instrumento bien útil en la vida del profesor. Indicaba “Bueno, ahora dejo de dar la lata un poco porque, si no, me complico la vida; se está cabreando en serio.” De pie frente al pelotón, el profesor añoraba el poder persuasivo del cero, o aquel mucho más terminante de “¿A que te echo de clase?” al que realmente recurría de uvas a peras… añoraba cualquier procedimiento expedito con que reducir la clase a eso: a los términos de una clase compuesta de adolescentes. Añoraba aquel tiempo cuando un grupo de alumnos de catorce años sabía distinguir entre ser -o estar- revoltoso y comportarse como un idiota. Manolito Gafotas y su pandilla, que tienen solo ocho años, distinguen perfectamente el momento en que la paciencia de la sita ha llegado al punto de caramelo: “somos pesados, pero no tontos”, sentencia Manolito dando una muestra de sabiduría que efectivamente parece estar al alcance de un niño de ocho años. Pero que hoy día, en la enseñanza pública, queda fuera del alcance de los grupos de quinceañeros… Manolito y sus colegas son seres de ficción… Los alumnos reales, hoy día, son de otro modo.

El profesor, que en este caso es profesora, echaba de menos poder ser momentáneamente autoritario, en beneficio de todos los presentes. Pero para el concepto de autoridad ya no había cabida en una clase donde los estudiantes no tenían noción de él: no que lo rechazaran deliberadamente, sino que, desconociéndolo por completo, malamente podían interpretarlo. Así que al profesor únicamente le cabía tratar de no perder la dignidad, y echar de menos sus antiguos instrumentos de trabajo. Ver cómo podía arreglárselas sin el cero (¡un cero, qué risa, ya tengo siete!), sin el temible “¿A que te echo de clase?”, sin que al menos cada estudiante tuviera delante su propio libro, y un cuaderno donde trazar una viñeta de don Rodrigo durmiendo la siesta debajo de un árbol con Mudarrillo asomando… don Rodrigo –no sabes la que te espera- que se delata, y entonces Mudarrillo conque sí, conque eres Rodrigo de Lara, pues vas a ver quién soy yo: “¡Aquí morirás, traidor!”. Fin de la historieta.

Arreglárselas con su propia soledad, con la soledad de sus pensamientos. ¿Y cuáles son los pensamientos del profesor? Pues, por ejemplo, el profesor medita con tristeza en que si el pelotón que tiene delante se comporta como se comporta no es porque todo él en bloque haya nacido tonto perdido, ni porque mancomunada y aviesamente haya decidido en algún momento amargarle a él la vida.

El profesor siente que ante él no tiene aquellos adolescentes que él tan bien conocía y conoce, esos que a veces actúan como niños y otras veces casi como adultos, personitas en ese estado intermedio y fluctuante en que aún eluden la responsabilidad siempre que pueden pero que, si no pueden eludirla, saben reconocerlo, y la aceptan. Esos que añoran la existencia de los Reyes Magos y quisieran prolongar la infancia engañada y tranquila que aún tienen tan reciente, pero que a la vez sienten gran curiosidad por lo que pasa en el mundo de los mayores, y la necesidad imperiosa de acceder a él cuanto antes. Los adolescentes. Esos extraterrestres. Que quieren que les sigan llevando de la manita y al mismo tiempo pugnan por soltarse de ella en busca de una autonomía a veces razonable, temeraria las más de las veces…

El pelotón que ahora contempla –medita el profesor– se compone mayoritariamente de criaturas aniñadas e inconscientemente arrogantes, avisadísimas en ciertos aspectos de la vida pero absolutamente inmaduras para dejarse enseñar lo que les correspondería estar aprendiendo a los catorce años;  exigiendo sin fin que les adulen, que les mimen, que les consientan: jamás que les enseñen. Y sobre todo –fundamental para lo que nos ocupa aquí– casi completamente in albis respecto a los conocimientos previos que para ello serían necesarios. Ni el profesor puede trabajar como debería, ni el pelotón puede beneficiarse de la gran ayuda que hace tiempo él estaba seguro de poder prestarle.

El profesor medita en estas cosas.

En momentos de desconcierto y tribulación ha pensado mal del pelotón que tiene delante, de otros pelotones análogos; pero acabó por avergonzarse. Que parecen idiotas sigue pensándolo muchas veces, para desconsuelo suyo (le consuela, y al mismo tiempo le desespera aún más, saber que una pequeña parte del propio pelotón comparte su dictamen y está igualmente desesperada) pero a estas alturas se da perfecta cuenta de que el estado de cosas que induce a actuar así a un grupo de estudiantes de esta edad, y a otro, y a otro… difícilmente puede haber sido proyectado por ellos mismos cuando eran niños, ni puede ser que en el año de su llegada al instituto de improviso se hayan vuelto unos inmaduros ignorantes, groseros, gandules y pretenciosos. Lo que ocurre no es esto, evidentemente, sino que desde pequeños han sido encaminados a comportarse ahora así, e inocentemente creen que este es el modo normal de comportarse a su edad ante un adulto que viene a darles clase.

El profesor es mayor. Y procura tener presente que está muy feo en los mayores echar la culpa a los niños.

Nota de la autora:

ACERCA DE ESTAS PÁGINAS

Amable lector:

No solo de melancolía vive el profe. Uno no puede mantenerse largo tiempo en estado melancólico sin caer en la amargura, y de la amargura él nunca ha sido partidario. Así que siguió yendo a clase a hacer aquello en que su oficio se había convertido, trató de explicar lo que estaba sucediendo con la enseñanza pública al mundo ancho y ajeno de fuera del instituto, comprobó que, sin hacerle mayor caso, la gente le tomaba por un quejica… y, como de esto tampoco es partidario, cuando muy pronto estuvo hasta la coronilla de hacer de involuntaria plañidera, se calló y se adaptó como pudo a lo que había.

Lógico. A la gente no le gusta que le hables demasiado de tus problemas. Y además, siempre que alguien ha vivido atribulado porque, viendo acabarse su mundo, pensaba que el mundo se iba a acabar, ha salido chasqueado: no se acabó ni una sola vez, y lo único que consiguió el interesado fue haber perdido tontamente el tiempo.

En todas partes se aprende. Durante una excursión de domingo el profe almorzó en un bar de pueblo que, satisfactoriamente adaptado a los nuevos tiempos, había sustituido los rótulos donde la voluntad de prohibir y la alusión a realidades desagradables habían quedado sustituidas por una admonición que a nadie podía ofender, ni siquiera molestar. Un único rótulo bien visible recomendaba: “En beneficio de todos, se ruega la mayor moderación”.

Eso es, pensó el profe, moderémonos; dejemos en paz a la gente. Pero hagamos algo con la melancolía, el descontento, los buenos recuerdos, la satisfacción de haber enseñado, la experiencia acumulada y compartida, la preocupación por el presente y el futuro de todo esto… Escribamos. Haber, hay mucho que decir: vayamos poco a poco diciéndolo por escrito, y así el que quiera leerá y el que no, se evitará que le den la lata. Al fin y al cabo el profe llevaba mucho tiempo predicando en clase la libertad radical que para el lector ofrece la lectura.

Y a lo que vamos.

Estas páginas son, y pretenden ser, un libro. Lo son porque el libro ya está escrito, pretenden serlo porque no está publicado. Su título es el que arriba se lee, Elogio y vindicación del profesor; su comienzo, los tres capitulillos melancólicos de que constaba la primera entrega de esta versión virtual –y que componen el apartado I- a los cuales seguía la promesa del ‘continuará’.

Queda bastante libro, aún… Ahora trataré de buscar forma de publicarlo impreso. Como sé que, suponiendo que llegue a conseguirlo, no será pronto, si entre tanto el lector tiene la paciencia de volver por aquí alguna otra vez verá que se han incorporado más entregas. Y si al final no encuentro quien lo ponga sobre papel… pues no sé: tendré que pensarlo y dejar que, como hasta ahora, me asesoren los próximos. No se descarta que acabe entero en la red: mejor estará que en casa porque, como digo, lo he escrito para que se lea, para que lo lea quien quiera. Y ahora vamos a otra cosa.

A estas alturas huelga decir que estas páginas que por ahora solo llevan camino de folletón virtual no pretenden hablar objetivamente de la enseñanza: demasiado se ve que son un relato-meditación escrito desde dentro. Puede que al lector le parezca como a mí que la mirada subjetiva, si se orienta entre datos reales, posee una gran virtud aclaratoria tanto para quien se explica como para quien lee (sobre todo, por contraste con la de otros productos subjetivos que basados en fantasías más o menos ideológicas, se arrogan el estatuto de objetivos, consiguen ser aceptados como tales… y así nos ha ido a todos).

En fin esto es, fundamentalmente, un elogio y una vindicación de los profesores. Quizá el lector convendrá igualmente conmigo en que a los profes también nos gusta que se hable bien de nosotros: somos así… de raros. Y como elogiar siempre es agradable y elogiar con verdadero fundamento lo es mucho más, pues adelante…

Una última cuestión: la autora tiene poco interés y ninguna prisa en divulgar su nombre y apellido completos, pero tampoco intenta ser descortés ni esconderse tras un anónimo. Para quienes creen haberme reconocido, o lo creerán próximamente, en efecto las iniciales de mis apellidos son J D… y sí, soy Luisa. Soy yo, que me he metido a escribidora: mis saludos a todos. ¡Va por vosotros, queridos compañeros! (A quienes no me conocen, doy por sentado que para ellos el saber cómo me llamo exactamente es lo de menos.)

Y ya hoy nada más. Gracias, lector. Quedamos en que, por mí, hasta muy pronto.

Nota de Deseducativos: Damos la bienvenida a Luisa J. D., profesora de Enseñanza Secundaria jubilada desde septiembre de 2009. Ha ejercido en institutos de Andalucía, País Vasco, Galicia, Madrid y la C. Valenciana.

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Categorías: Crónicas del País de las Maravillas, Elogios

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7 comentarios en “Elogio y vindicación del profesor (Primera entrega)”

  1. 29 marzo 2010 a 9:16 #

    Un placer y un honor contar contigo en esta nuestra comunidad. Bienvenida, Luisa.
    “A cazar va don Rodrigo, y aún don Rodrigo de Lara,
    con la grande siesta que hace arrimádose ha a un haya,
    maldiciendo a Mudarrillo, hijo de la renegada,
    que si a las manos le hubiese que le sacaría el alma”.

  2. diego martínez
    30 marzo 2010 a 10:15 #

    Pues así está la cosa, de profesores nos han reducido a meros animadores sociales para mayor gloria de la progresía y del nacionalismo (si vd. ha trabajado en la C. V. lo habrá padecido en sus carnes) Pues cómo no van a estar idiotas los niños.

    • Ania
      30 marzo 2010 a 13:19 #

      Es cierto. Yo he llegado a leer en una programación la promesa de: “no aburrir a los alumnos”!!

      El caso es que en Secundaria la mayoría de profesores carecemos de formación como monitores de tiempo libre y ello , por el momento, no se contempla en los “planes de formación”. Sin embargo el Personal viene haciendo horas por su cuenta y ya empezamos a contar con exitosos docentes en macramé, manualidades, animación de patios y entretenimientos varios que es una maravilla lo integrados y valorados que están por los equipos directivos.

      Ya que tenemos que hacer obligatoriamente las horas de formación : exijámoslo en dichos Planes de Formación.

      Hay mucho que reciclar en esta nuestra Enseñanza Secundaria y habrá que ser consecuentes entre las teorías y las prácticas, digo yo.

  3. Raus
    30 marzo 2010 a 13:18 #

    Bienvenida, Luisa. Excelente artículo.

  4. Ex-buscavidas
    1 abril 2010 a 15:32 #

    Gracias Luisa. Una reflexión que me hice un momento en que una desconocida y tierna criatura de 3 años me pegó en una cola con un bolso de juguete y cuyos padres casi me agreden y amenazan de muerte cuando se me ocurrió decirle algo tan educado como que eso no se hace (como si tuviera la obligación de reir la gracia a la bestezuela).

    Estos niños y después adolescentes están mayoritariamente acostumbrados a que nadie les lleve la contraria. Se les consiente todo y se les maleduca para que sean soberbios, arrogantes y gritones, como si no lo fuera bastante un adolescente de por sí (y es lo natural, forma parte del proceso de maduración de una persona), y luego no se dejan corregir, por tanto no se dejan enseñar. A nosotros nos llega a los IES el resultado final de dejar a los niños ir a su bola durante toda su vida.

    Creen que todo lo saben y su solo instinto no es suficiente para aprender técnicas complejas. El famoso dominio de la informática que tantas veces se nos pone a los docentes como prueba de inteligencia de los alumnos se limita en muchísimos casos a arrancar un ordenador, matar marcianitos y chatear.

    • Balor
      12 abril 2010 a 20:34 #

      Me ha gustado el texto. Yo escribía cosas así en los tiempos en que me encontraba frente al pelotón. Incluso cuando estaba frente al pelotón y ya no aguantaba más ruido ni más ná. Ahora lo tengo lejos, G.A.D.
      Es cierto el privilegio de los que ya estamos jubilados, pero el hueco de haber perdido al menos los últimos 10 años de nuestra vida laboral no lo rellena ni siquiera el sentirse reflejado en estas melancolías literarias, ni en tantos de los aciertos de Deseducativos/Manifiesto. ¡Qué valor, con v!
      He firmado el manifiesto con la esperanza de que algo se pueda hacer con algún ladrillo de los que se desprendan cuando el edificio se caiga del todo.

  5. Ana Belén Ferreiro
    3 abril 2010 a 14:44 #

    Un artículo precioso. Gracias por compartirlo.

    El comentario de Ex-buscavidas, un fiel reflejo de la realidad, desgraciadamente. Unámonos para cambiarla.
    ¡Un saludo a todos los deseducados!

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