Universidad a la boloñesa

El viernes, la Junta organizó en el instituto una sesión de propaganda sobre el llamado “Plan Bolonia”, el proyecto de reforma de las universidades caído, como los inexplicables bienes divinos, del cielo de “Europa”. En el salón de actos, ante la indiferencia de los alumnos y el aspecto rutinario de las paredes, una burócrata “ad hoc” elevó su voz sobre los ocasionales murmullos y las toses irregulares. La charla comenzó. El discurso caía sobre nuestras cabezas como un peso monótono, como una invitación al sueño y al olvido; no obstante, también tomaba la forma de una amenaza: la que se cierne sobre la educación al ritmo de reformas y reformillas que, como objetivo declarado, se proponen “cambiar” lo que tradicionalmente han llevado a cabo el profesor y el alumno. Una vez más, algunos adoradores del Estado están empeñados en eliminar todo aquello que no esté modelado a su imagen y semejanza, todo aquello que pueda albergar indocilidad ante su férrea mano, todo lo que pretenda escapar al imperativo de reducir cualquier acción al método y los planes quinquenales. No creo que exista algo más alejado del cálculo que el inexplicable hecho de aprender, pero los reformadores a los que prestaba voz y figura nuestra conferenciante están convencidos de lo contrario, y dispuestos a usar de todos los recursos a su alcance -los ejércitos de inspectores, los delatores informales, la contundencia formidable de los formularios, las circulares, las estadísticas- para convertir la educación en el desarrollo de protocolos automáticos e interminables.

La mujer, cuya cara ya no recuerdo, siguió hablando durante más de una hora, sometiendo al auditorio a una prosa pesada y, a menudo, carente de significado. El despliegue magnífico de una multitud de gráficos y letras coloreadas ocultaba unas pocas verdades terribles cuyo carácter se veía amortiguado por expresiones acarameladas. De toda esa verborrea llamaron mi atención dos principios fundamentales que parecen articular el concepto de “educación” presente en el plan de reforma de las universidades, así como también en las reformas de los restantes tramos del sistema educativo:

1. En primer lugar, la nueva organización de la enseñanza se basa en que no hay saber alguno que enseñar. El conocimiento, dijo la mujer, está constantemente cambiando. Ya no es “como antes”, cuando se suponía que existían objetos, criterios y contenidos que conformaban el saber. Ahora tenemos que abandonar esa concepción “inmovilista” y concebir el conocimiento como una masa fugaz y tornadiza de puntos de vista inmediatamente sustituidos por otros. En rigor, ya no es preciso perseguir ni conservar conocimiento alguno, porque su validez es limitada a un instante y sería ocioso querer convertir en inmutable lo extremadamente caduco. La labor de la universidad, por consiguiente, no puede ser la transmisión de conocimientos, sino la doma y preparación del animal humano para la actividad laboral y la inserción en los engranajes de la fábrica y la empresa. Dado que es inútil querer conocer, es egoísta y desalmado pretender saber, el objeto dela educación y la vida completas es el hacer, el trabajo. La enseñanza sólo puede tener como objeto la forja del perfecto homo faber.

2. En segundo lugar, la superfluidad del saber exige la superfluidad del profesorado. En realidad, nos explicó la mujer, la figura y función del profesor han de redimirse de la vinculación con el conocimiento, ya que éste es vano como la entelequia; el profesor no puede -según la completa reforma de su identidad- transmitir saber alguno, y únicamente tiene como función “orientar al alumno para que éste sea capaz de obtener por sí mismo la información adecuada”. La exigencia de completa sumisión al Estado requiere un profesorado que, lejos de esforzarse por la búsqueda y comunicación de lo verdadero, tenga como único cometido ser “guía” de los alumnos hacia una ignorancia hecha de opiniones y fragmentos inconsistentes. En los nuevos planes universitarios -tal y como apuntó la mujer mientras gesticulaba imitando la acción minuciosa del amanuense- la autoridad del Estado precisará todo lo que el profesor haya de llevar a cabo en sus clases, con lo que éste será miniaturizado hasta convertirse en el “profesor-cualquiera”; el profesor que, sin objeción crítica alguna, conduzca al alumnado al marasmo y la debilidad intelectuales precisos para convertirse en fieles repetidores de consignas y estupideces; el profesor ejercitado él mismo en la obediencia, en la observancia de lo “políticamente correcto”, en el silencio y la adulación.

Convertir la universidad en un sistema organizado de represión del talento en favor de la productividad, convertirla en la extensión indiscriminada del no-saber, en el absurdo paraíso del hombre sin atributos es una de las más siniestras dimensiones de estas reformas educativas que parecen pensadas con el fin de acabar con todo rastro de enseñanza. Cuando la mujer terminó su charla y los alumnos se levantaron ruidosamente, el paisaje se despejó de muchos interrogantes, pero sólo para mostrar la certidumbre de la desolación, pues, ¿en qué consiste un sistema educativo en el que el saber ha sido desterrado y los profesores son una especie de buscadores de información sin las ventajas evidentes de la rapidez informática de “Google”? Me temo que, simplemente, en el absurdo o la nada.

Nota de Deseducativos: Damos la bienvenida a Borja Lucena Góngora, Licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, profesor de Filosofía del IES “Picos de Urbión” de Covaleda (Soria), y uno de los autores del blog Feacios.

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Categorías: Crónicas del País de las Maravillas

Autor:borjalucena

Profesor de Filosofía Secundaria

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7 comentarios en “Universidad a la boloñesa”

  1. 3 marzo 2010 a 19:36 #

    Bienvenido, Borja. Ya sabes que ahora Deseducativos es tuyo también.

    Un saludo.

    • 3 marzo 2010 a 19:55 #

      Muchas gracias, David. Aunque no soy muy frtil a la hora de escribir, espero que lo que se me ocurra est a la altura de lo que publicis.

      Un saludo

  2. Luzroja
    3 marzo 2010 a 22:08 #

    Siempre me impresionan los buenos escritos y admiro hasta el tétuano a aquellos que los construyen.
    Sin duda un buen escrito tiene tras de sí horas de estudio, de preparación, de conocimiento, de reflexión y sobre todo de cuestionarse lo que viene dado.
    Nadie nos podrá argumentar que los conocimientos son inútiles, porque la argumentación exige conocer y sin este “detalle”, lo vertido en forma de palabras son meras opiniones.
    Los detractores del aprendizaje de conocimientos son seres que jamás han tenido una aproximación, siquiera, a ellos y los desprecian por la resistencia que éstos presentan a ser aprehendidos, y no por lo abutados que sean.

  3. Luzroja
    3 marzo 2010 a 22:29 #

    Olvidé saludarte, Borja.

    Bienvenido y magnífico escrito.

    (Ah, en mi escrito anterior corríjase “abutados” por “abultados”).

  4. JS
    3 marzo 2010 a 23:50 #

    Algún día alguien se ocupará de la catalogación y descripción del tipo de desorden mental que sufren estos tipejos y tipejas. Será que la lógica, de Aristóteles a nuestros tiempos, ha quedado obsoleta por el devenir de los tiempos pues hasta ahora una proposición y su negación tenían prohibida su coexistencia.

    Veamos. Proponen un nuevo rumbo en lo educativo basado en dos “dogmas”:

    1º) No existen verdades absolutas ya que el mundo muta tan aprisa que cualquier conocimiento se torna obsoleto en poco tiempo; llegado el caso durante el transcurso de escasos milisegundos.

    2º) El “sistema educativo”, incluido su mascarón de proa, la universidad, tiene como función ayudar a potenciar las habilidades y destrezas demandadas por el sistema productivo. No abundaré en que consisten estas destrezas, bastante hemos oído hablar de ellas.

    Y lo que me pregunto es en qué lugar encajan los gogós y demás tecnócratas en este escenario.

    ¿Será el suyo un conocimiento, vaya el palabro por delante, “obsoletable”? Porque si es así no se a cuento de que viene perpetuarlo en forma de leyes de obligado cumplimiento violentando el primer principio, a saber, que no existen verdades que merezcan ser perpetuadas y enseñadas en virtud de su caducidad. Estaríamos estableciendo una excepción que amenazaría con echar abajo la bellísima arquitectura del no-saber postmoderno. Pero si no es “obsoletable” de nuevo negamos el primer principio. De género bobo.

    Llegado a este punto tengo que admitir la debilidad de mis razonamientos. No consigo cerrar el círculo pero se me antoja que estos individuos incumplen el segundo principio lo miremos por donde lo miremos. Al atribuirse la capacidad para liderar y ordenar el funcionamiento del sistema educativo por encima de todo y todos se constituyen en una excepción: el profesional pedagogo, lider organizador de la maquinaria formadora de empleados,.por siempre necesario. Es de suponer que están tan seguros bien por ciertos saberes que nunca caducarán o bien por ciencia infusa. Como lo primero nos situaría en clara contradicción con el primer principio, debemos concluir lo segundo, lo que nos deja en manos de una caterva de agoreros que la universidad no podrá formar (primer principio una vez más).

  5. Mari Cruz Gallego
    4 marzo 2010 a 15:41 #

    Magnífico artículo. A mí, lo que realmente me da pavor es ver cómo se está realizando todo lo expuesto aquí y todos los temores que hay (o había) en torno a Bolonia. Un ejemplo que conozco directamente: la UDIMA (Universidad a Distancia de Madrid):

    1. Los docentes de esta Universidad, recién creada a modelo de Bolonia, no tienen ningún horario de investigación. De hecho, la “Universidad” no investiga, no publica ni subvenciona proyectos, sólo la docencia.
    2. La docencia se limita a las tutorías con los alumnos: 6 horas diarias en los que deben responder a todas y cada una de las preguntas que los alumnos planteen en los foros y llamar personalmente a todos los alumnos (y hablamos de unos 100 por profesor) cada semana para conversar con ellos sobre el estudio.
    3. No preparan el temario de sus asignaturas, sino que la misma universidad les da el temario a los profesores (relación directa con las empresas editoriales que manejan el chanchullo) que se tienen que limitar a preparar “actividades motivadoras haciendo uso de las TICS” para los alumnos.
    4. Presiones constantes para aprobar a los alumnos. Reuniones al final del cuatrimestre con los “jefes” donde deben rendir cuentas del número de aprobados y suspensos.
    Despidos si no cumplen con la normativa (nunca menos de un 60% de aprobados).
    5. La “institución” era, en su origen, una afamada academia de oposiciones que, desde hace dos años, funciona como Universidad. En la página web se puede ver como su lema es el alumno como cliente.

    En definitiva, la Universidad reducida a la empresa, que no es otra cosa que lo que pretende Bolonia.

    Un saludo.

    • Mariano
      4 marzo 2010 a 16:26 #

      Bueno, la UDIMA es una universidad privada que surge del CEF (Centro de Estudios Financieros, academia bastante veterana en la preparación de oposiciones). Y tendrá su política de empresa, que será la de satisfacer al cliente como medio para ganar dinero. El espíritu mercantil es lógico que lo tengan las instituciones con ánimo de lucro, que se plantearán una política de rentabilidad. Es el mismo sistema de las academias de toda la vida, que hoy se atreven con la enseñanza universitaria a distancia, que merced a las nuevas tecnologías y a unas condiciones de trabajo muy duras para el profesorado (lo que no es nuevo en ese mundo) pueden abrir un nuevo mercado, un nuevo espacio para su negocio.

      No debe confundirse la UDIMA con los centros asociados de Madrid de la UNED, que es una universidad pública, el único centro universitario que depende directamente del MEC y al que hace tiempo le salió un competidor en Cataluña: La Universitat Oberta.

      No sé cuál será el futuro que les deparará el plan Bolonia a las universidades privadas. Ni tengo muy claro que la mercantilización sea una consecuencia de ese nuevo “espacio europeo de educación superior” De momento, los másteres oficiales de las públicas les están haciendo daño en la competencia a esos centros universitarios. Porque hasta ahora los másteres de la privada eran casi únicos en algunas áreas. Podían cobrar lo que quisieran. A partir de septiembre de 2009 los másteres oficiales son títulos reglados, todos los anteriores y los que no se ajusten a ese requisito legal (como los títulos propios) se convierten en títulos casi decorativos. Por eso, el sector privado tiene que estar muy preocupado, porque desde hace varias décadas ofrecía estudios de postgrado (sobre todo en ciertas áreas universitarias) en los que competía en posición de ventaja frente a la pública.

      El escaso debate sobre Bolonia ha generado fundamentalmente dos discursos, que son los que más eco han tenido:
      a) el oficial, futurista y de Alicia en el país de las maravillas, pura ficción en la línea de una propaganda de un mundo nuevo y feliz. Vamos hacia el progreso y a una nueva era.
      b) una leyenda urbana que relaciona Bolonia con el capitalismo y la globalización, para animarse a ir a la barricada. No me explico todavía de dónde se lo han sacado.

      También se han publicado análisis críticos muy rigurosos en la prensa (sin ir más lejos en DESEDUCATIVOS y en DURA LEX, en FANECA, etc…), pero con muy escasa difusión.

      Creo que los dos discursos antes mencionados están más basados en la imaginación o la invención que en hechos reales.

      Lo que sí es consecuencia de Bolonia (mejor dicho, la nueva reestructuración del sector aprovechando que Bolonia pasaba por aquí) es:

      1- La reconversión de la universidad pública busca su redimensionamiento (así se habla en la jerga burocrática aborrecible). Traducción: Como la universidad pública ha crecido mucho estos años y el coste por alumno es insoportable, hay que ahorrar, disminuir los gastos y mejorar los ingresos. De ahí se deducen necesariamente las consecuencias 2 y 3.

      2- Obtener un título equivalente a licenciado en una universidad pública va a ser más caro a partir de ahora. (El Máster más barato en la Comunidad de Madrid cuesta unos 1.440€, casi el doble que un curso regular de la universidad).

      3- El número de horas lectivas que va a recibir el alumno va a ser menor. Van a contar una serie de horas y de estudio y tutoría que el alumno no recibe.

      4- Los títulos de grado van a tener muy poco valor (de mercado y de preparación).

      5- El cambio metodológico que se avecina es una excusa para terminar de adaptar y encajar la flojísima preparación del bachillerato en la nueva universidad.

      6- En la pública la endogamia y los intereses más corporativistas prevalecerán sobre una visión del interés general en el desarrollo de las carreras. La receta que la universidad española tiene para la salsa boloñesa incluye más feudalismo y una universidad más encerrada aún en sí misma.

      7- El sector privado buscará nuevas estrategias para readaptarse a un cambio que, de momento, no le beneficia. Pero supongo que sabrá encontrar el segmento de mercado que le permita rentabilizar la nueva situación.

      Ahora bien, mi tesis es que Bolonia no se ha hecho para privatizar la universidad, sino para reducir costes y de paso aumentar el poder del “establisment” creado a partir del abuso de la autonomía universitaria.

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