Yo toco el timbre y tú babeas. La libertad de educación y la libertad de enseñanza

Hay confusiones lingüísticas que han provocado más desmanes que muchas plagas. Algunas además han nacido ya con el afán de hacer daño. Tener el derecho a determinar la educación que uno otorga a sus hijos no quiere decir tener derecho a elegir la enseñanza que éstos han de recibir. Si hubiésemos sido capaces de diferenciar con un poco de sentido común estos dos conceptos gran parte de los problemas que actualmente abordan los centros de enseñanza tal vez no serían más resolubles, pero sí se podrían plantear con más lucidez. En todo caso, el respeto a esta diferencia, de haberse mantenido, sería señal que pondría de manifiesto la voluntad de los implicados, y ese pequeño pero crucial detalle sin duda se habría hecho notar, habría puesto de manifiesto la intención de no enredarlo todo, de no fastidiarlo todo, intención que, como más adelante se verá, ni por asomo tenían los que así se ocuparon de convertir la enseñanza, taimadamente, en un fraude mayúsculo.

Desde el principio en “Deseducativos” algunos colegas no vieron con buenos ojos que el título de este blog tachase un vocablo que había sido tan reverenciado. La palabra “educar” ha sustituido, en todos los territorios sobre los que se ha extendido la pedagogía reinante, los términos que utilizábamos para caracterizar la tarea docente: instruir, formar, enseñar. Curiosamente el nuevo vocablo andaba traído por los pelos, y además de ningún modo revestía mucha más dignidad que los anteriores.

Por una parte, se trataba de un término confuso, ambiguo. No parecía razonable caracterizar propiamente a un centro de enseñanza como “educativo” cuando lo educativo se podía atribuir igualmente a infinidad de entidades e instituciones: los padres, los familiares, los Ministerios, el Presidente del Gobierno, la Policía Municipal, los medios de comunicación, los libros, las ONGs, la Iglesia, las empresas, las consultas médicas, la Dirección General de Tráfico, la Agencia Antidroga… ¿Por qué “Radiotelevisión española” y no “Radiotelevisión educativa española”? ¿No nos hemos fijado en que desde que empieza hasta que acaba la emisión nos están diciendo reiteradamente lo que es bueno y malo y lo que debemos pensar y hacer? ¿Por qué Ministerio de Sanidad y no de Educación de Salud Pública? ¿Acaso no se pasa la titular del ramo su mandato dirigiendo nuestros cuerpos hacia un Alzheimer de considerable larga duración? ¿Qué mejor educación que ésta? Veamos un ejemplo:

Por otra parte, en el vocablo “educativo”, tan caro a los supuestamente progresistas, se escondía una actitud por lo menos sospechosa. Resulta que, sin que esto fuese manifiesto más que para cuatro que se acordaban del Latín, “educar” provenía del verbo “ducere”, que significa “dirigir”. Y eso de dirigir, que es lo que hace el duque o lo que hace el Duce, o hace Cristo con las almas hacia la salvación, hubiera parecido a primera vista tarea directriz poco apetecible para los pedagogos constructivistas, presuntamente modernos y libertarios, y lo que hubiésemos esperado de ellos, que nos venían a salvar de los terrores de la enseñanza académica y autoritaria, es que hubiesen rechazado tal vocablo, máxime cuando nos habíamos pasado tantos años aguantando a los funcionarios de Dios empeñados en conducirnos por las sendas de la Virtud y en educarnos para la Gloria.

Cariacontecidos observábamos cómo poco a poco se iba operando una transmutación. Los progenitores, olvidando que su obligación era educar a sus hijos (y Manolete, si no puedes, para qué te metes, sin condón) demandaban que esta tarea fuese llevada a cabo por unas instituciones de enseñanza que poco tenían que ver con esto de la educación pero a las que se forzaba a abandonar su cometido y sustituir falazmente a los que habían abandonado sus obligaciones (por supuesto con sólidas e indiscutibles razones: el trabajo agobiante, la necesidad de pagar la hipoteca, la vida moderna tan estresante, el empleo femenino…). No sólo se atendía demanda tan insensata, sino que pronto veíamos que a las instituciones de enseñanza se les cambiaba el nombre y así quedaban por arte de birlibirloque convertidas en “centros educativos”, y todavía más, se lograba que el propio sistema de enseñanza se convirtiese en “educativo”, y que, en la misma Constitución que venía a bendecir las intrigas de la Santa Transición, apareciese recogido de manera palmaria el enredo sentando una ceremonia de confusión capaz de mezclar lo términos sin ton ni son diciendo, por ejemplo:

Art. 27.

  • Todos tienen el derecho a la educación. Se reconoce la libertad de enseñanza.
  • La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales.
  • Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones.

Y así resulta que leyendo el texto sagrado se nos junta en lo mismo el “derecho a la educación” (¿cuál?, ¿cualquiera?, ¿la que guía para ser un buen chorizo corrupto, tal vez?), con la “libertad de enseñanza” (¿cuál?, ¿la de ser libre de enseñar o aprender “cálculo diferencial” para saber matemáticas?, ¿y esto qué coño tiene que ver con llegar a ser chorizo corrupto?), con el pleno desarrollo de la “personalidad humana” (¡¡¡ándale!!!) y con las “convicciones paternas religiosas y morales” (¿cuáles?, ¿las de un progenitor chorizo corrupto de misa diaria?, ¿y esto qué coño tiene que ver con el “cálculo diferencial”?). El follón no había hecho más que comenzar (el follón por supuesto no incomodó en absoluto a nuestros “padres constitucionales”, un grupete, con alguna excepción, de devotos y fieles cristianos).

Claro, la diferencia entre un término y otro, cuando nos los tomamos a chirigota, como se lo toma la Declaración Universal de Derechos Humanos o nuestra Constitución, no parece ser muy preocupante. Pero en cuanto nos ponemos serios, esto es, dando clase, el asunto empieza a ser decisivo: por ejemplo, supongamos que me pongo a enseñarles a mis alumnos de Psicología en qué consiste la pederastia. La cosa no va mal, de todo hay que saber en Psicología, hasta de lo más deleznable. Pero supongamos que lo que me pongo es a educarles en la pederastia. La cosa empieza a torcerse. Aquí hay algo que empieza a oler mal.

Vamos con otro ejemplo. Supongamos que recibo de los poderes públicos la obligación de enseñar religión católica. La idea no anda desencaminada, porque si no se acomete esta tarea, no vemos cómo van nuestros alumnos a entender la Historia del Arte o mis lecciones sobre Santo Tomás. Y de forma sana y objetiva un profesor de Historia les enseña lo referente a lo divino y lo humano según Yahvé y sus ministros. Pero supongamos que alguien va y entiende que esto tiene algo que ver con educar en la religión católica, y con el derecho que tienen los padres de encomendar la educación de sus hijos a quien a ellos se les ponga, por delegación infame, y que entonces el que enseña también tiene que educar por encomienda de los padres, y que la libertad de enseñanza entonces consiste en que hay que asegurar los medios para que los padres puedan elegir quién va a educar a sus hijos y quién les va a transmitir los principios morales y religiosos que los tales padres juzguen más convenientes y tengan a bien, y entonces tenemos que de enseñar qué es la religión católica se nos ha obligado a aceptar que sea un deber educar religiosa y moralmente por obra y gracia de unos padres que lo quieren así y de unos poderes públicos que lo amparan. Y a río revuelto, ganancia de pescadores de almas.

Porque a quienes les puede interesar esta confusión es a aquellos que no dan un verdadero valor a la enseñanza, pues lo que les viene bien es tenerla como un simple instrumento, un medio, no un fin, y no encuentran ningún reparo en confundirla con la educación porque realmente sólo ésta es a la que aspiran y la que promueven. O dicho de otro modo, a la Iglesia Católica, y a los empresarios metidos a educadores, la enseñanza sólo les preocupa como medio para obtener otros objetivos.

Les preocupa sin duda mucho, porque tal como se ha puesto, tal como se ha tergiversado, ha acabado siendo un buen medio. Y si no lo creen, atiendan ustedes a los siguientes textos, extraídos de entre los miles que se pueden encontrar usted en Internet:

1) Una conferencia titulada “El derecho de los padres a la educación de sus hijos según sus convicciones” de D. Joaquín Mantecón Sancho, profesor de Derecho Eclesiástico del Estado, en unas jornadas de estudio de “Educación para la Ciudadanía” promovidas por la Conferencia Episcopal Española. El profesor demuestra, con la ley en la mano, que la libertad de enseñanza ampara el derecho de los padres a elegir el sistema educativo que coincida con su determinada concepción filosófica, ideológica o religiosa de la realidad. Por supuesto, ni una vez se cita en el artículo el rigor científico de la enseñanza, que a un profesor de Derecho Eclesiástico del Estado se la trae floja, porque el rigor científico resulta que está por encima de los padres, lo filosófico, lo ideológico y lo religioso, y por tanto no se elige, sino que se admite por demostración, lo cual es un asunto fatal que hay que intentar eludir, como bien lo hace la ley.

2) Un texto del “Partit Familia y Vida” en el que no sólo la “libertad de enseñanza” ha sido secuestrada por los “padres” que eluden su deber pero se arrogan el derecho a fiscalizar, sino también la “libertad de cátedra”, que incluso los tales “padres” se pueden permitir el lujo de inspeccionar, todo esto con la ley en la mano. En uno de sus notables párrafos el escrito dice así:

En los centros públicos, las asociaciones de padres podrán exigir la formación moral y religiosa acorde con sus convicciones, cuando no sea conforme a la que se imparte. La libertad de docencia de los educadores tiene el límite de la libertad de los padres para que sus hijos sean educados conforme a unas convicciones concretas. Su libertad de cátedra se materializará en la libre elección del centro en el que desean impartir sus enseñanzas; pero, una vez elegido éste, deben ceñirse al ideario que el centro ha ofrecido a los padres.”

Lo del “ideario” es que es para mearse de risa.

3) Un texto de un autor uruguayo, Daniel Iglesias, titulado “Hacia una mayor libertad de enseñanza” que encabeza su alocución diciendo: “Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo”, lo cual bien justifica que muchos de mis alumnos, tras recibir la hoja del examen, se pongan a mirar a las alturas, esperando la venida del Único que podrá arrojar Verdad y Luz sobre sus humildes entendederas. Aunque el autor trata el asunto según los pormenores legales de su país, Uruguay, es muy interesante comprobar lo mucho que se parecen los alegatos a los que en este país nuestro estamos acostumbrados a oír, de tal manera que si no digo que el autor es uruguayo hubiera pasado por autor cañí sin problemas. Al cabo dice D. Daniel:

Por supuesto, muchas de estas propuestas encontrarán una dura resistencia, pero la Iglesia no debe dejarse arredrar por esto. Ella sabe que, como su Divino Fundador, será siempre un signo de contradicción. Es importante recordar que no se trata de solicitar privilegios al Gobierno, sino de exigirle el reconocimiento de derechos de la Iglesia y de las familias uruguayas. En esta tarea el rol de los laicos será seguramente decisivo.

Al final de este artículo, quiero destacar la enorme importancia que la tarea educativa tiene para la Iglesia y la gran energía con que ella defiende la libertad de enseñanza. Gran parte de la suerte de la nueva evangelización se jugará en el ámbito de la educación, por lo cual debemos extremar los esfuerzos para que la educación católica llegue a todos los que desean recibirla. Tengo la esperanza de que, con la ayuda de Dios, surjan pronto iniciativas concretas en ese ámbito que sirvan como punto de partida para la nueva evangelización de nuestro descristianizado Uruguay”.

Al fin y al cabo, la cosa venía de atrás. La declaración sobre educación cristiana del Concilio Vaticano II «Gravissimum Educationis», presentaba las directrices que debían guiar la educación según el supuestamente progresista Concilio. Entre ellas se destacaban los siguientes puntos:

  • Todos tienen un derecho inalienable a una educación. Una educación verdadera tiene como objetivo la formación de la persona humana en la búsqueda de su fin último y del bien de las sociedades.
  • Todos los cristianos tienen derecho a una educación cristiana. Esto no se reduce a una mera maduración de la persona humana sino también a la meta de permitir al bautizado el hacerse más consciente del don de la fe que ha recibido, y aprender además cómo rendir culto a Dios y conformar sus vidas personales según el hombre nuevo creado en la justicia y la santidad de la verdad.
  • Los padres tienen la muy seria obligación de educar a sus descendientes y se les debe reconocer como los primarios y principales educadores.
  • Entre todos los instrumentos educativos, la escuela tiene una importancia especial. Está pensada no sólo para desarrollar con especial cuidado las facultades intelectuales sino también para formar la capacidad de juzgar con rectitud, para entregar el legado cultural de las generaciones precedentes, fomentar el sentido de los valores y preparar para la vida profesional.
  • Los padres tienen el derecho primario e inalienable y la tarea de educar a sus hijos, y deben gozar de verdadera libertad en su elección de escuelas. En consecuencia, los poderes públicos, que tienen la obligación de proteger y defender los derechos de los ciudadanos, deben considerar, en su preocupación por la justicia distributiva, que los subsidios públicos se utilicen de tal manera que los padres sean verdaderamente libres de elegir según sus conciencias las escuelas que quieran para sus hijos.
  • La Iglesia tiene en alta estima a aquellas autoridades civiles y sociedades que, considerando el pluralismo de la sociedad contemporánea y respetando la libertad religiosa, ayudan a las familias de manera que la educación de sus hijos se pueda impartir en todas las escuelas según los principios morales y religiosos individuales de las familias.
  • La escuela católica persigue metas culturales y la formación humana de la juventud. Pero su función propia es crear para la comunidad escolar una atmósfera especial animada por el espíritu evangélico de libertad y caridad.

El enredo se completa cuando en el Concordato con la Santa Sede el Estado español, al que ya ningún lector se atreverá a llamar laico después de haber leído lo que viene a continuación, se compromete a lo siguiente, tras haberse encomendado a la Santísima Trinidad:

Artículo XXVI

  • En todos los centros docentes de cualquier orden y grado, sean estatales o no estatales, la enseñanza se ajustará a los principios del Dogma y de la Moral de la Iglesia Católica.
  • Los Ordinarios ejercerán libremente su misión de vigilancia sobre dichos centros docentes en lo que concierne a la pureza de la Fe, las buenas costumbres y la educación religiosa.
  • Los Ordinarios podrán exigir que no sean permitidos o que sean retirados los libros, publicaciones y material de enseñanza contrarios al Dogma y a la Moral católica.

Tras la ratificación de 1979, dulcificando los tonos sombríos del franquismo, se acuerda que:

ARTICULO I

A la luz del principio de libertad religiosa, la acción educativa respetará el derecho fundamental de los padres sobre la educación moral y religiosa de sus hijos en el ámbito escolar.

En todo caso, la educación que se imparta en los Centros docentes públicos será respetuosa con los valores de la ética cristiana.”

Por supuesto, es obvio que cuando los monseñores Rouco o Cañizares aparecen en el telediario defendiendo para el bien de su congregación que el Estado cumpla sus compromisos lo que tenemos que hacer es callarnos, porque una vez que nuestros próceres firmaron eso nosotros ya a cerrar la boca, y a dejarle al monseñor de turno que se explaye todo lo que quiera.

En el caso de la Iglesia Católica, se trata de utilizar la enseñanza para, tomándola como coartada, conducir las almas hacia el Señor. Por supuesto, esto sólo es posible una vez que se ha operado la extirpación de todo lo que en la enseñanza pudiera haber de peligroso para la virtud, esto es, una vez que hemos convertido la enseñanza en educación moral y religiosa. ¿Pero no ha sido la Iglesia la gran maestra, la que nos ha ofrecido una verdadera enseñanza de calidad? -preguntarán algunos-. ¿No se nos abren las carnes cuando oímos hablar de los Jesuitas o de los Pilaristas, instituciones que han formado a tantos prohombres de la patria? (la Modernidad, el período ese en el que esta nuestra patria empieza a hacer aguas por todas las cuadernas, se abre con una declaración en la que un tal Descartes sostiene tajante no haber aprendido nada digno de consideración en uno de los mejores colegios de Jesuitas de Europa, el de la Flêche. Nosotros seguiremos siglo tras siglo creyéndonos que la Divina Compañía tiene algo que enseñar. Y así nos irá).

INCISO PARA ESTIRAR LAS PIERNAS Y TAL VEZ ENCENDER UN PITILLO: recién llegado a la profesión docente compartí Seminario (ahora sería “Departamento·) con un compañero entusiasta defensor de los nuevos métodos pedagógicos (hace 22 años ya habitaban el planeta), profesor que aplicaba con convicción las estrategias de la “Filosofía para niños” promovidas por un tal Lipman, santón iluminado que había conseguido que los poderes de los Estados ya detrajesen una parte suculenta de sus presupuestos generales para tamaños menesteres, esto es, para fomentar sus vacías elucubraciones y las de sus acólitos. Por supuesto mi colega impartía “Filosofía para niños” a muchachotes de ambos sexos con pelos en los genitales que debían prepararse para estudiar con profundidad a los filósofos para adultos, pero la extemporaneidad de su ocurrencia no parecía incomodarle lo más mínimo. Ni que decir tiene que este aguerrido neopedagogo llevaba a sus dos hijas a un colegio de monjitas de los de toda la vida porque no estaba dispuesto a que sus hijas cayeran en manos de uno como él. Los experimentos, siempre, en carne ajena (por supuesto, ni que decir tiene también que en aquella época, todavía casi a salvo de la neopedagogía que se acabaría imponiendo, el Instituto del pueblo le daba cien vueltas a todos los colegios de monjitas que cupiera imaginar).

Volvamos a lo que íbamos. Se trata -nos dicen- no de enseñar algo, sino de educar para ser algo. Toda la retórica de la “persona” que sobrevuela sobre la Constitución y sobre los principios de las leyes de “educación” se concentra sobre el hecho de que lo importante no es el aprendizaje de las cosas, sino la formación doctrinaria de las personas. Al fin y al cabo el engendro de la “Educación para la ciudadanía” no puede ser más agradable a los oídos episcopales, ávidos por escuchar que hasta los poderes políticos de un Estado presuntamente laico y socialista coinciden con ellos en reconocer que lo de la enseñanza, como siempre han defendido, sólo está en función de un proyecto de “educación de la persona” (y que el hecho de que la persona sea “ciudadana”, “santa”, “opusdeísta”, “demócrata”, “feminista”, “talantosa” -permítaseme la licencia-, “legionario de Cristo” o “nacionalista” ya no es más que una cuestión de “libertad de enseñanza”).

Este desaguisado cala profundamente en la población. El mismo progenitor que ha eludido la tarea que sólo él puede práctica y legítimamente realizar (educar a su hijo) exige a gritos que las instituciones de enseñanza le formen al muchacho como persona y hagan de él un ente de provecho, y tolerante, y solidario, y buen cristiano, y no fumador, y preocupado por el género (femenino siempre, se entiende), y todo eso que tanto le mola a unos y a otros y que ninguno está dispuesto a asumir porque presuntamente para eso pagan sus impuestos. Para poder disfrutar del servicio de Guardería Estatal. Si Platón levantara la cabeza vería que su teórico proyecto de “educación pública” se había puesto en marcha gracias a las democracias partitocráticas. Pero no precisamente regido por filósofos-reyes (como mucho gobernado por metaministros).

El servicio estatal de educación poco a poco va aumentando sus posibilidades y ofrece alternativas a quien no le guste mucho el servicio de guardería común y gratuita, que se empieza a considerar de una vulgaridad espantosa, y así, ampliando la “oferta educativa” gracias al chanchullo de los “conciertos”, permite a las “familias” elegir el Centro que mejor se acomode a su buen gusto, sus tendencias morales o religiosas, su pedigrí, su coche o su estilo en el vestir. La Iglesia, por supuesto, aplaude como loca esta medida tan libre y chachipiruli, sobre todo teniendo en cuenta que el asunto ocurre por “elección familiar”, y eso de la “familia” y del “libre albedrío” a la Iglesia le pone mucho.

Por supuesto, de lo relativo a la enseñanza nada de nada, porque ya hemos dicho que al cabo este asunto es secundario. No es necesario plantear si los padres tienen derecho a exigir una buena enseñanza para sus hijos (asunto por otra parte que se soluciona con la engañifa de la concertada -cobrar por algo que ya había y era gratis-, una vez que se ha hecho todo lo posible por desacreditar la pública, sin que nadie diga ni pío) y ni siquiera hay entre los Centros una verdadera propuesta en lo que a este particular atañe, porque unos se ajustan fielmente, como funcionarios, a lo que la Ley dicta, y los otros, empresarios religiosos o profanos, hacen lo que el Estado manda para cobrar los conciertos. Diversidad real, ninguna. Las dos redes a la postre son la misma. No van más que a reproducir hasta la saciedad las condiciones familiares y geográficas del alumno, sin otro cometido, pues la función que se les ha encomendado es la de velar por que los alumnos lleguen a ser como sus papás, a tener los mismos vicios y practicar las mismas virtudes. Meros comparsas del amaestramiento social. A este procedimiento de amaestramiento los pedagogos orgánicos le empiezan a llamar adecuarse a una “sociedad que ha cambiado mucho”. Esto es, estar a la altura de la estupidez de los tiempos. La consecuencia del despropósito la ha resumido con precisión nuestro colega Antonio Gallego Raus en una entrada de este blog:

La presión para que los profesionales de la educación se dediquen a educar (y no a enseñar) viene tanto por arriba como por abajo. Por un lado, los padres, que son millones y millones. Por otro lado, la misma Administración y sus nefastos pedagogos. La Administración no se atreve a plantar cara a los padres de familia: son sus clientes potenciales (y es muy probable que nuestros ministros crean de buena fe en el igualitarismo). Nadie saldrá al escaparate público a pedir a los padres que se olviden de las majaderías de los pedagogos logsianos, que educar deben educar ellos y con los métodos tradicionales propios del sentido común de toda la vida.

La enseñanza de contenidos está, por tanto, cada vez más arrinconada. A la enseñanza se la ha tragado la demanda de educación, nacida del caletre de los pedagogos y aprehendida por la mayoría de los padres. Si los padres creen no saber educar a sus hijos por considerar la educación algo muy difícil, la delegarán en los profesionales. Y si una buena parte de éstos cree que es su deber educar (y no sólo enseñar), lo que tenemos es lo que hay: niños que no son educados de verdad ni en sus casas ni en las escuelas. Y, por supuesto, niños a los que no se les enseña nada o casi nada.”

Espero por lo menos haber ofrecido alguna pista sobre quien está detrás, o quien se aprovecha, de los “pedagogos logsianos” y su “igualitarismo” (más falso que la falsa moneda).

Se comprenderá ahora que cuando algunos espíritus virtuosos se quejan de la pérdida de valores en la enseñanza o de la relajación moral de los cristianos están muy desencaminados. La enseñanza en nuestro país se halla estofada de grandes principios y grandes valores que dirigen las almas de nuestros muchachos hacia la visión de Dios, mediante una enseñanza que gracias a múltiples leyes y concordatos ha alcanzado su verdadero objetivo, que no era, como pensaban los ilustrados herejes y blasfemos, el conocimiento de las ciencias y de las letras, sino la educación del alma para su encuentro con el Altísimo. Hasta un Concilio tan moderno y progresista como el Vaticano II, con las guitarritas en misa y el buen rollo entre los parroquianos de ambos sexos, insiste en esta gran misión. Es obvio que nuestro deber es pedir que se deriven los fondos públicos destinados a la enseñanza hacia las “familias” (cristianas, por supuesto, que las que no son cristianas no son familias como Dios manda), que pongamos un cheque en blanco en sus manos (¡gracias FAES, legionarios de Cristo y “Familia y Vida” por este gran consejo!) y que elevemos nuestras plegarias hacia el Señor.

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Categorías: Crónicas del País de las Maravillas, Diagnósticos, Panlogsianismo

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12 comentarios en “Yo toco el timbre y tú babeas. La libertad de educación y la libertad de enseñanza”

  1. Ignacio casado
    28 febrero 2010 a 14:30 #

    Muy bueno

  2. Ania
    28 febrero 2010 a 14:33 #

    Estoy de acuerdo en la mayor parte de lo que dices. Sin embargo quiero añadir y poner de relevancia el efecto multiplicador y empobrecedor de los hechos que mencionas por parte del ideario adoctrinador y excluyente del Nacionalismo en comunidades como la vasca, donde, hasta el conserje, viene fiscalizando el contenido de los textos provenientes de revistas y periódicos que utilizamos los profesores y donde, la exclusión y autocensura del profesorado no nacionalista, es una realidad, más sangrante y empobrecedora, si cabe, que la que se da en otras comunidades.
    Aquí, los únicos medios de comunicación que se permiten en la escuela son publicaciones en euskera, escasas en calidad y variedad a más de fuertemente ideologizadas, dándose la paradoja de ningunear y proscribir en la práctica el uso de materiales que no estén en euskera
    En las Escuelas Públicas los periódicos realmente más vendidos y leídos por los padres de los alumnos: aquí hasta los padres vienen tragando con lo que les vienen marcando los Comisarios Político-Lingüísticos de las escuelas e Institutos.

    El uso de cualquier material que no esté en euskera en clase te pone en el punto de mira y es un arma arrojadiza que planea constantemente sobre el profesor, para perjuicio infinito de la formación del alumno, desgraciadamente.

  3. Ania
    28 febrero 2010 a 14:44 #

    Con la prisa, no he terminado el anteúltimo párrafo:

    Los periódicos más vendidos y leídos por los padres brillan por su ausencia en las bibliotecas y salas de profesores de los institutos. Si algún profesor lo lleva al instituto o lo utiliza para sus clases es mal mirado y represaliado.

    Paradójicamente Antonio, y ésto tal vez te va a extrañar: hay centros públicos donde no se oferta en absoluto la asignatura de Religión y lo hacen sin ningún problema con la Conserjería de Educación: ésto es habitual en centros públicos regidos y controlados por la izquierda abertzale( patriota vasca).

  4. Ania
    28 febrero 2010 a 15:04 #

    El NACIONALISMO vasco ES la RELIGIÓN. ¿ para qué otra?

  5. 28 febrero 2010 a 16:50 #

    Pues es muy sorprendente, estimada Ania, porque si hay un nacionalismo catolicón en los Reinos de Taifas es por antonomasia el vasco. Lo de por Dios, la Patria y el Rey sigue resonando por aquellos montes montejurrianos. Unamuno no pudo sacar adelante la Ley de Instrucción Pública en la República porque se le opusieron los jesuitas catalanes y los jesuitas vascos, gracias a los partidos “nacionalistas” que representaban estos divinos intereses. De la empanada que se monta en aquellas tierras mezclando catolicismo, nacionalismo y marxismo, aderezado todo con una gotas de victimismo (a pesar del apoyo descarado a Franco de los requetes) y otras gotas de mitología neolítica son fieles testigos los acontecimientos de la Historia Contemporánea de España.
    Yo no sé si podrás, pero sería interesante un artículo analizando todo esto, y su repercusión en la situación actual de la enseñanza.
    Coraje y salud, compañera.
    P.D.: Como dice el anuncio: “y el señor obispo, ¿qué opina de esto?”

  6. 1 marzo 2010 a 14:57 #

    Gracias, Antonio, por este esclarecedor artículo. Nos permite entender mejor la trama de intereses ideológicos y privilegios que se esconde detrás de la supuesta libertad educativa. Probablemente, nuestros jóvenes no salgan de las escuelas haciendo mucho caso de los dogmas eclesiales, pero lo que sí es cierto es que la Iglesia tiene, como dices, respaldo legal para colarse en los centros escolares. Al cabo, lo que tenemos es que unos y otros arriman el ascua a su sardina ideológica. Los progres con todo aquello de educar en valores democráticos, la Iglesia con lo de pastorear almas, los nacionalistas con lo de nacionalizar a los jóvenes… Entre tanto, el chaval sin despejar la equis.

  7. Salao
    1 marzo 2010 a 15:40 #

    Madre mía, que sarta de barbaridades.

    D. Antonio, ex jesuita o ex opusiano? Me inclino por lo segundo, no sé bien la razón pero salen más radicales.

    Le invito a acompoñarme a un comedor de Caritas el sábado que prefiera. Le sorprenderá la cantidad de gente de cualquier confesión que está dispuesta a ayudar a los demás.

    Un saludo,

  8. Borja Contreras Ortiz
    4 marzo 2010 a 16:41 #

    Un artículo excelente, Antonio.
    Ahora que estoy explicando Kant y la Ilustración salgo a diario con ganas de llorar. O de ir a las barricadas. O de meterme debajo de la cama y no salir.
    Qué país más desgraciado, llegando siempre tarde a todas partes.
    Y el espíritu de Casandra nos sobrevuela veinte años ya…

  9. 5 marzo 2010 a 0:09 #

    Gracias por vuestros comentarios, Raus y Borja. Yo también empiezo a Kant en esa especie de carrera de velocidad absurda en que se ha convertido la Filosofía de 2º. Me agota. Salgo a gran autor cada cuatro sesiones. Y el metaministro le ha escrito al grupo “En defensa de la Filosofía” que los males de la cuestión son asunto de las Comunidades Autónomas, y que al Ministerio no le compete porque cumpliendo los mínimos se cumple la Ley. ¡Apañaos estamos!

  10. 25 marzo 2010 a 18:21 #

    Felicidades por el artículo, Antonio.

    Me permito simplemente recordar, al hilo del análisis del uso del término educación (educativo, educador…), que es Franco en 1938 el que cambia oficialmente de denominación al ministerio correspondiente. De Ministerio de Instrucción Pública pasa a llamarse Ministerio de Educación.

    Un saludo
    José Sánchez Tortosa

    • 25 marzo 2010 a 23:43 #

      Gracias José. El detalle que apuntas no puede resultar más pertinente.
      Un cordial saludo.

    • Libertad
      26 marzo 2010 a 13:11 #

      El nombre original en realidad era “Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes” y lo fue así durante 37 años. Del 37 al 39 el ministerio cambió a Ministerio de Instrucción Pública y Sanidad, también con extraño compañero de viaje. En el 36 y 37 Franco creo la “Comisión de Cultura y Enseñanza de la Junta Técnica del Estado”. Más tarde, del 38 al 68, entre asesinato y asesinato, lo que hizo el dictador fue crear un ministerio que se ocupara exclusivamente de la educación. Luego en el 68 le entró la universidad, más tarde la cultura, luego el deporte, … Hasta últimamente que se llamaba Ministerio de Educación, Política Social y Deporte. Supongo que como los que se ocupan de la educación son las comunidades autónomas, a la ministra Cabrera le daba para otros tajos. Con este último Gabilondo vuelve a ser monotemático el ministerio desde el año pasado.
      No creo que los que abogan por la instrucción pública sean monárquicos o republicanos. No creo que el entender que la instrucción sin educación no va a ningún sitio, (o que para eso no hacen falta docentes), suponga que se haga apología del franquismo.

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