Universidad

Se considera que uno de los grandes avances de nuestro tiempo es que la universidad se haya convertido en un bien común y accesible para la gran mayoría. España, con la mitad de habitantes, tiene la misma población universitaria que Alemania. Eso no es progreso en cuanto el único logro ha sido reducir la calidad de los títulos superiores. Ser licenciado, diplomado o, a partir de ahora, graduado no garantiza que esa persona tenga una educación seria, profunda y real. Siempre insisto en que hay gente con estudios universitarios a la que se puede considerar analfabeta fáctica.

A la universidad sólo deben llegar los mejores. Pero todos los mejores, sin importar su condición social ni familiar. Para eso deben existir buenas universidades públicas y un sistema de becas que garantice que los mejores lleguen a cursar estudios universitarios y así conformar una élite dentro de la sociedad democrática. Pese a quien le pese, la universidad es un concepto esencialmente elitista: en ella se cursan estudios superiores. Conviene no olvidarse nunca de esta circunstancia.

Al haber masificado enormemente el concepto universitario, tanto en número de alumnos como de campus y facultades, este ha perdido su validez. Actualmente tener un título universitario es algo tan común que apenas significa nada. De ahí que hayan surgido con gran fuerza los estudios de postgrado para convertir a los universitarios en personas preparadas. Se redunda en el viejo concepto a costa de que las personas de extracción más humilde tengan muchas más dificultades a la hora de acceder a estos cursos “requetesuperiores”. Se ha socializado el concepto universitario y se ha creado un remedo elitista para suplirlo y de nuevo se ha alejado el concepto original de las clases menores favorecidas. El absurdo de los llamados progresistas es infame.

A todo este asunto delirante y patético se une ahora lo de Bolonia que, teniendo algunos aspectos positivos -sobre todo la uniformidad de las titulaciones europeas-, sin embargo cae en muchos puntos oscuros que atentan contra la calidad de la enseñanza universitaria. Sobre todo se han aligerado muchos los contenidos para que sacarse el título sea más fácil, más accesible, lo que revierte en una peor formación. Que Oxford y Cambridge no hayan querido unirse a Bolonia es un dato revelador.

Lo que más me asusta de Bolonia -al margen del ya citado problema de los míseros planes de estudios- es la conformación del sistema de enseñanza. El profesor pierde peso y el alumno tendrá que suplir la reducción de las lecciones magistrales con sus propios trabajos de estudio e investigación que supuestamente serán supervisados y evaluados por el profesor.

Es decir, el alumno, siguiendo las pautas marcadas por su maestro, hará uno o varios trabajos para mejorar la nota de la asignatura, incluso para conseguir sacar los créditos, es decir, aprobar. El chaval, entonces, tendrá libertad para hacer un mejor o peor trabajo. Si el profesor sólo tuviera que corregir su trabajo, bien. Pero imaginemos que en una materia impartida por un solo catedrático se han matriculado 50 alumnos. Y que tienen que hacer un trabajo, sólo uno, de diez folios. Al final el evaluador se enfrentará a 500 páginas que leer, analizar y corregir. Y tiro muy, muy, muy por lo bajo. Suponiendo que luego el profesor devuelva los trabajos, hay que suponer también que los alumnos estén interesados en comprobar dónde cometieron errores. O, como es habitual, ¿los alumnos estarán tan solo interesados en pasar de curso?

Este sistema que se centra en el trabajo autónomo del alumno es una quimera. Los buenos alumnos harán bien su trabajo, pero dudo que el profesor vaya a corregir bien cada uno de los ejercicios. Los alumnos regulares harán las cosas de mala manera y jamás comprobarán qué han hecho mal, siempre y cuando la corrección sea buena y se les haya devuelto los ejercicios. Y los malos habrán copiado o encargado sus propias entregas y los profesores apenas tendrán herramientas ni tiempo para pillar a los tramposos.

Se ha proscrito la institución del examen que, sin embargo, es la única manera auténticamente seria de evaluar los conocimientos del alumno. Una vez más se han confundido churras con merinas, y el esfuerzo real y comprobable se ha sustituido por el presunto y siempre sospechoso, a no ser que haya un profesor por cada diez alumnos. Pero como hay masificación… A esto se unen los no siempre correctos ni limpios procesos de selección del profesorado.

En definitiva, la masificación de la universidad ha conseguido que ésta pierda su esencia. Bolonia, por otro lado, se ha construido sobre unos utópicos supuestos donde estudiantes y profesores darán siempre lo mejor de sí aunque sea un hecho que vivimos en una sociedad altamente amoral. Seguiremos teniendo títulos universitarios. Pero estos perderán aún más su condición de garantía de una educación superior. Y encima no sé hasta qué punto los que hagan un curso de postgrado serán los que más se lo merezcan.

Realmente, Occidente está desnortado; ha olvidado por completo cuáles son los principios sobre los que se ha construido. El caso de la educación superior es realmente grave en cuanto se renuncia definitivamente a una élite bien preparada que sirva para ocupar puestos esenciales en la sociedad. Cada vez se ahonda más en la desoladora dictadura de lo mediocre.

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4 comentarios en “Universidad”

  1. Mariano
    28 febrero 2010 a 15:37 #

    – La decadencia de la Universidad y las Enseñanzas Medias.

    Leyendo el artículo de Daniel Martín tengo que admitir, por desgracia, que su análisis sobre la decadencia de la universidad española y la devaluación de sus títulos es fidedigno y certero. Ya me gustaría tener algún dato empírico para poder afirmar lo contrario y rebatir sus pesimistas tesis. Es más, con la forma en la que se está aplicando el proceso de Bolonia en la universidad española han aumentado el localismo (léase feudalismo) y la endogamia en los innovadores y modernizadores programas académicos. Y en lugar de buscar una convergencia real con las universidades del viejo continente, es de temer que se vayan a dar más pasos en la dirección equivocada. En realidad, los nuevos planes de estudio “a la boloñesa” están aumentando la dispersión entre las facultades españolas. (Véase el artículo del profesor Laporta. url: http://tinyurl.com/yhhdss5)
    Es por esto por lo que es dudoso que nos acerquemos al espacio europeo de educación superior, más allá de la mera estructura formal de los grados y los postgrados, porque lo que se puede producir en los próximos años si nadie lo remedia es la disolución del espacio común español de enseñanza universitaria.

    Habría que hacer, a mi juicio, no obstante, algunas observaciones y precisiones al artículo que comentamos.
    Por un lado, en la universidad española en 2010 no existe una masificación como la que existía hace varias décadas. De hecho, en la actualidad hay carreras universitarias con poquísimos alumnos, como consecuencia de la proliferación excesiva de facultades en casi todas las provincias de nuestra geografía. Lo que sin embargo sí es un problema muy serio que parece no preocupar mucho en ámbitos oficiales es el pobrísimo nivel de conocimientos –teóricos y prácticos- del alumno medio de la universidad, especialmente en determinadas carreras.
    Por otro lado, no estoy muy de acuerdo con una definición elitista de la universidad. O al menos habría que aclarar qué se entiende por este concepto. La enseñanza universitaria, en un Estado Social y Democrático de Derecho, debe ser un servicio público, no exclusivamente reservado a una minoría privilegiada, como eran las facultades y escuelas técnicas a finales del XIX y durante parte del siglo XX. El estudio en la universidad debe ser un derecho, aunque un derecho a cuyo ejercicio deberían exigirse unas contrapartidas de preparación previa y asunción de compromisos académicos. No un derecho incondicional, sin obligaciones, sino un beneficio que el estudiante universitario tendría que merecer y ganarse por méritos propios. Para dar valor a lo que hace. Para que la enseñanza superior cumpla su función de proporcionar a la sociedad profesionales adecuadamente preparados.
    En este sentido, lo que sí es racionalmente defendible es que se exijan unos mínimos académicos por debajo de los cuales ningún alumno debería poder acceder a los estudios universitarios. Es absurdo y hasta aberrante que se pueda entrar en un centro de enseñanza superior escribiendo con faltas de ortografía, con un vocabulario paupérrimo, sin apenas referencias culturales, en suma, con el nivel medio con el que sale un porcentaje demasiado amplio de los estudiantes que han terminado el actual minibachillerato. Que se recorten las astas de las pruebas de acceso a la universidad hasta convertirlas en unos potitos o una papilla de fácil ingesta permite mantener el porcentaje de aprobados en las PAU de antes de la LOGSE exigiendo menos, claro está. Y todo ello contribuye a seguir alimentando la ficción de que hay una selectividad universitaria. Hace tiempo que las pruebas de acceso a la universidad son más una prueba de clasificación cuya función es distribuir a los estudiantes entre carreras de mayor o menor demanda, de mayor o menor rango o importancia. Y las PAU siguen existiendo con esta función ante la clara y justificada desconfianza en la picaresca de tantos centros privados que practican la competencia desleal y hacen trampa inflando las notas de los expedientes académicos de sus alumnos. Si no, con las notas del bachillerato sería suficiente. Y no deja de ser curioso que se haya seguido manteniendo el porcentaje establecido por un gobierno del PP de conceder un 60% al expediente y un 40% a las pruebas, distribución que favorece claramente a la privada. ¿Es que alguien en la clase dirigente lleva a sus hijos a institutos públicos? Sería interesante analizar las cifras, cuando te las proporcionan, de los resultados de las PAU de los centros públicos y privados.
    Por eso, en la radiografía rápida de las dolencias que sufre la educación “superior”(¿?) en España se echa en falta una mención a una de las raíces del galopante e innegable deterioro universitario: la situación de la enseñanza media. Con el actual bachillerito (no es una errata) una universidad digna de tal nombre es simplemente inviable. No sólo por la carencia generalizada de unos conocimientos básicos e instrumentales observable en una buena parte del alumnado que llega a las facultades, sino sobre todo por los malos hábitos académicos que la pedagogía dominante ha ido dejando en los estudiantes: el derecho a aprobar sin dar el nivel, el regateo de las notas en las tutorías, el absentismo, la apatía, la falta de espíritu crítico, la ausencia de una inquietud intelectual, la inexistencia de un sentimiento de vergüenza por la ignorancia que deberían dar las lagunas que todos hemos tenido alguna vez en nuestra formación y que a algunos no nos producían un sentimiento de indiferencia ni de orgullo pasota. Es la desvalorización del saber y del conocimiento, que están en el vértice axiológico de la pedagogía necia que nos gobierna. La degradación de la enseñanza media se ha prolongado en la enseñanza universitaria como una continuación de una gigantesca guardería-aparcamiento en la que ha devenido el sistema educativo.
    De forma que una condición necesaria para cimentar la enseñanza universitaria sería contar con un bachillerato más largo y con más sustancia. Y sobre todo con una actitud ante el estudio y un espíritu académico radicalmente alejados de la pedagogía cutre, blandengue y analfabetoide que padecemos. Y es obvio que si anhelamos llegar a un bachillerato medianamente exigente y decoroso, es preciso a su vez replantearse las bases pedagógicas de la secundaria y hasta de la primaria. Replanteamiento que tendría que reconocer los efectos perversos de las doctrinas comprensivas y constructivistas, responsables en buena parte de un hecho ocultado durante años y que hoy es un secreto a voces en la sociedad: el desastre educativo.
    Esta inadecuación de la base previa de los universitarios se constata, además, indirectamente, en otro asunto del que se habla poco: el número de abandonos en el primer año de carrera en España. Si uno se acerca a las investigaciones que hay al respecto, verá que los datos sobre la deserción en las aulas de la universidad española son muy preocupantes. Doblan la media europea. Los diseñadores de la nefasta LOGSE ya decían que el bachillerato no debería ser propedéutico para la universidad. Y en eso cumplieron sus objetivos. El abandono universitario está incrementándose en España. Los trabajos al respecto no mencionan, sin embargo, un hecho clave: la falta de base y de hábitos de estudio desmotiva a los alumnos a seguir leyendo y aprendiendo, no les proporciona el bagaje intelectual que van a necesitar si se van a dedicar a estudiar. Es que se les ha enseñado desde muy pronto a promocionar año tras año sin una exigencia académica como conditio sine qua non. Y el paso a la universidad, incluso unas facultades tan devaluadas como las de estos últimos años, resulta un salto en el vacío para muchos de los alumnos del minibachillerato.
    Y uno se pregunta: ¿Esa obsesión de los tecnócratas, los autoexpertos burocratizados y los prebostes de la Administración Educativa por maquillar las estadísticas de la enseñanza en lugar de ir al fondo de los problemas? ¿Esa pertinacia falaz en pensar que el aumento per se del número de titulados –bachilleres y universitarios- sin más exigencias es un indicador objetivo del progreso del país? Si un título universitario –que ya de por sí significa hoy bien poco- cada vez va a valer menos, entonces, ¿por qué nos jactamos de que es igual o superior al de otras naciones desarrolladas nuestro número de licenciados o diplomados?, ¿qué indicará un porcentaje x de titulados “superiores” en España? Nada. Una sombra, una ficción. Ni siquiera un sueño. Papel mojado.
    La realidad de la educación en nuestro país es más bien gris –siendo benevolentes- pese a que las versiones oficiales traten de autoengañarse mediante una presentación manipulada de los datos estadísticos que les interesan, muchos de ellos, por lo demás, bastante inanes. Exhibición de cifras que implican, por otro lado, una ocultación de los datos que a las autoridades educativas les desagradan. Del abandono de los universitarios, de su subempleo, del descrédito de sus títulos en el mercado apenas se habla. Por supuesto, no hay estadísticas del nivel de conocimientos de los universitarios.
    Imaginémonos que encargamos un estudio estadístico que por supuesto no sería nunca del agrado ni del interés del ´establishment pedagógico´: ¿Qué porcentaje de alumnos de determinadas facultades es capaz de analizar un texto literario o humanístico? ¿O simplemente de resumir bien cualquier escrito, el editorial de un periódico o un artículo científico? ¿Cuántos estudiantes de ciertas carreras pueden escribir un texto coherente de 200 ó 300 palabras con un vocabulario rico y preciso y sin faltas de ortografía? Por no preguntar, ¿cuántos titulados recientes de la “generación mejor preparada de la historia de España” leen habitualmente, excepción hecha de apuntes, chuletas del rincón del vago y poco más? ¿Cuántos de los actuales estudiantes universitarios aprobarían el examen de ingreso al bachillerato que se hacía tiempo ha, antes de la ley 70? Si se publica el dato del número de bachilleres y titulados superiores semianalfabetos o bastante ignorantes, entonces tendríamos un dato estadístico muy ingrato para las autoridades. Podría ser “una verdad incómoda”, “an uncomfortable truth”, parafraseando al llamativo, sagaz y astuto documental del ex-vicepresidente norteamericano Al Gore sobre el aún no demostrado cambio climático, de momento muy rentable y productivo para su autor.
    Pero no nos preocupemos por la universidad: ese panorama se soluciona cambiando el método. No podría ser de otra forma. Con Bolonia llega la modernidad. Al respecto es muy ilustrativo el inquietante artículo de Fernando Savater y otros autores en “Preguntas sobre Bolonia” (http://tinyurl.com/c95zlt)
    Sustituyendo las aburridas y tradicionales clases magistrales por el estudio en la biblio o en el ordenata y haciendo trabajitos, individuales o en grupo. Postergando los reaccionarios exámenes, tan retrógrados, memorísticos y carcas. Sin referencias previas. Sin hábitos académicos. Sin un mínimo bagaje de lecturas. Es un imposible que careciendo de una base real se pueda empezar a aprender investigando casi autónomamente, con el profesor como mediador. Cuando los cimientos que sostienen el edificio son tan endebles. O las autoridades no lo saben –y entonces son ineptas- o huyen hacia delante con un fraude del que en su fuero interno son conscientes. A lo sumo esa proliferación de trabajos se hará a base de ciberplagios, un pega y recorta, subraya, pinta y colorea. O de pseudoinvestigaciones triviales, trabajillos de la antigua EGB. Ahora bien, así justificamos un aprobado casi general. Que no nos fastidien las estadísticas, por favor.
    Si la ESO es una mala EGB, más macarra y faltona, y el bachillerito es un maratón que parte de la nada y picotea un poco de programas inabarcables, pues la universidad en nuestro país ya va camino de ocupar el espacio vacío dejado por la enseñanza media, convirtiéndose en un bachillerato, no generalista, claro, sino especializado. Aunque en ocasiones no llega ni a bachillerato. Ponga usted un examen de COU de hace 25 ó 30 años en un cuarto de carrera. Haga la prueba y no se asuste de los resultados. Toda esta cruda realidad significa que la verdadera cualificación, muy difícil dentro de las aulas de las facultades (al menos de las que no requieren una nota superior al 8 en la selectividad), o se obtiene fuera de España o se conseguirá -si se consigue- en postgrados caros. Será complicado que sea accesible para todos en estas condiciones.
    De esta forma se cierra el círculo: se consigue que el sistema educativo entero sea una institución muy poco eficiente en su conjunto, una absurda fábrica de ignorancia, de conformismo sin esfuerzo y de generalizada mediocridad (como correctamente señala el autor del artículo), un sistema que iguala por abajo y en el que cualquiera de los títulos académicos apenas acredita nada.
    Cerremos este comentario volviendo a la relación entre enseñanza media y universidad. Los futuros profesores de instituto, cuando se jubilen los que ahora están entre los 45 y los 55 años, serán estudiantes que han cursado la ESO, el bachillerito, la universidad boloñesa y un máster en didáctica, que a su vez “formarán” a alumnos provenientes de un sistema devaluado y deteriorado. Aterrador panorama. Muchos de esos futuros profesores, hoy en la primaria o en la secundaria, quizá terminen adquiriendo una formación autodidacta para despertar inquietudes en sus alumnos, a lo mejor buscarán fuera del sistema la formación que éste no les dio a fin de dar sus clases con un mínimo de dignidad. Pero los que se dejen arrastrar por la corriente, los conformistas, aquellos a quienes no se exigió nada ¿qué preparación tendrán? En otro comentario habrá que hablar del Máster de Formación del Profesorado y de los requisitos de acceso a la función pública docente.
    Para terminar, una pregunta insolente: ¿hasta cuándo el autoengaño?, ¿cuándo quien corresponda va a dejar de cerrar los ojos y se va a decidir a hacer un diagnóstico sincero, ecuánime y real de la educación en España, atreviéndose a mirar hacia el abismo sin sentir vértigo?

  2. 28 febrero 2010 a 17:10 #

    Mariano, ¿puedo publicar tu comentario en mi blog (http://desdelacavernadeplaton.blogspot.com/)?
    Espléndida síntesis.
    Un saludo.

    • Mariano
      28 febrero 2010 a 17:12 #

      Sí, por supuesto. Mis comentarios los hago para que se difundan. Yo, de hecho, en la modesta medida de mis posibilidades, difundo DESEDUCATIVOS allá donde puedo.

      Un saludo

  3. Confuso
    1 marzo 2010 a 22:20 #

    Triste estoy viendo que mi hijo va a empezar la universidad el pròximo curso. Lo que antes era el orgullo de muchas famílias, al menos en la mía lo fue por representar no solo el esfuerzo paterno sinó también el mío i la perspectiva de un futuro mejor, hoy en día casi me avergüenzo del paso que darà mi hijo. Dudo de su preparación al igual que la de muchos de sus compañeros. A pesar de la pobreza en la que se basan sus conocimientos, serán todos capaces de acceder a alguna universidad que han aparecido como flores de mayo por toda la geografia y de las que en algunos casos, el nivel de conocimiento y de trabajo de profesores no está a la altura de lo que uno espera. Mucho amiguete y pariente hay en este mundo, mucho despacho y poca asistencia cuando se la requieren… Y uno lamenta que los que nos van a suceder ya no tendrán más nivel que el que tenía la generación anterior, pero esos sí, tendrán muchos más títulos i posgrados. En fin admiro a Medicina y a Arquitectura porque han sido capaces de desmarcarse de Bolonia.

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