Democracia, relativismo y educación

El problema de la educación tiene su origen en la democracia. Más bien, en la falsedad de la democracia en la que vivimos. Otra cosa es que quizás no puedan perfeccionarse las democracias y, por el contrario, tiendan a convertirse en oligarquías partitocráticas en la que los ciudadanos, debido a eso de la servidumbre voluntaria, abandonan la acción política. Es cierto que la democracia es el mejor de los gobiernos posibles. Pero no es menos cierto que hoy vivimos en democracias que no son tales. Que son formas de totalitarismos encubiertos. Probablemente el hombre no pueda desarrollar su libertad. El hombre quiere ser esclavo, quiere obedecer, prefiere la seguridad a la libertad. Éste es el asunto de Los hermanos Karamozov, de Dostoyevski. El de El gran Inquisidor. Cuando Jesús vuelve a la tierra en la ciudad de Sevilla, el Inquisidor le pregunta que a qué ha venido. Le dice que ellos han transformado su mensaje de libertad en orden y seguridad. Que en realidad los hombres no quieren la libertad. Es la mayor crítica a la religión. El hombre no ha nacido para ser libre. Eso de la libertad es un engaño del poder y un autoengaño. Creemos que vivimos libremente y que hemos alcanzado esta libertad en los regímenes democráticos, pero esto no es más que demagogia. La educación, como he sostenido en algunas ocasiones, es una réplica de la ideología del poder; es decir, es pura propaganda.

Se ha hecho mención aquí al tema del relativismo, por parte de Raus, y éste ha sido muy acertado. El relativismo no es más que una forma de manifestarse esa ideología de la democracia que pretende engañarnos. Pero el problema de fondo es que el hombre se autoengaña, quiere mensajes mesiánicos, sustituye la religión por la política y la tecnociencia. Y en ésas estamos. Somos animales tribales y vivimos jerárquicamente, por eso no todos pueden disfrutar de la libertad. El miedo nos atenaza y preferimos la seguridad autoengañándonos. Pero vamos con el tema del relativismo.

El relativismo es una doctrina filosófica muy antigua, de la época de los sofistas. Y hay que tener en cuenta que precisamente era la filosofía que le cuadraba a la democracia. Los sofistas mantenían que la verdad era relativa, que se identificaba con lo útil, por tanto dependía de la retórica, del arte de convencer. A los sofistas se enfrentan Sócrates y Platón, pero de sus reflexiones surgirá un estado totalitario gobernado por los filósofos verdaderos (esto tiene semejanza con el elitismo tecnocrático de hoy en día, pero merece otro artículo aparte). Lo que ha sucedido hoy en día es que ha surgido un pensamiento que defiende el relativismo, creyendo que ha descubierto las Américas. Es el posmodernismo. Pero esto ya lo había hecho Protágoras en el siglo IV a. de C. Lo que ocurre es que, igual que caló el relativismo sofístico en la joven democracia ateniense, también ha calado el posmodernismo en nuestras viejas y agotadas sociedades democráticas. El relativismo es la filosofía que se ajusta a las democracias. Pero aquí hay varias interpretaciones problemáticas. El problema, tanto en la sofística como en el discurso posmoderno, es que el relativismo se convierte o da paso a la demagogia, por lo que se transforma en un instrumento del poder que además se absolutiza. El relativismo mantiene que todo vale y esto es absoluto. Es una autocontradicción pero que interesa al poder. Porque cuando todo vale la opinión válida es la que defiende aquel que tiene más poder. Un sano relativismo mantendría que en democracia nadie tiene la verdad, que es una cuestión de consenso y de acuerdo, es decir, fruto del diálogo. Palabra griega que viene a significar que el logos, la razón, es lo común a los individuos. La democracia se desarrollaría por medio del diálogo. La razón es el instrumento, siempre provisional, por supuesto. Porque toda verdad es provisional y falible. Pero eso no quiere decir que sea relativa, que dependa de las circunstancias y mucho menos del poder. Este sano relativismo es la base de la democracia como diálogo crítico que exige la existencia de una comunidad de ciudadanos libres y autónomos. Cosa que nos hemos planteado y de la que tenemos serias dudas, por eso las democracias no acaban de cuajar, siendo la única alternativa al totalitarismo.

Sin embargo no es este relativismo que he expuesto aquí el que se defiende en las democracias actuales, ni en la demagogia en la que derivó la democracia ateniense, sino otro muy distinto. El relativismo de hoy en día es la eliminación absoluta de la verdad. El conocimiento no es falible, sino que no existe. Lo mismo le ocurre al bien, la belleza y la justicia. Todo es cuestión de opinión. Y a esto hemos llegado por un falso entendimiento sobre qué sea la libertad. Hemos confundido, más bien se nos ha engañado y la ciudadanía lo ha aceptado, la libertad de expresión con el respeto a las opiniones. Y hemos confundido también el respeto a las opiniones con la equivalencia de las mismas. Puesto que yo tengo libertad de pensamiento y de opinión, mis opiniones deben ser respetadas y son igual de válidas que las de cualquier otro. Ahí reside el error. Las opiniones no son respetables. Y esto no es violar la libertad de expresión, sino fomentar la libertad como el uso autónomo y responsable, con esfuerzo, de la razón. Las opiniones están para ser discutidas y debatidas. Y no son equivalentes, las hay bien fundadas y mal fundadas. Las hay que son prejuicios, ideologías o creencias. Las hay doctas y documentadas por las pruebas y la razón. Las opiniones no son todas iguales. La tarea del ciudadano libre es traspasar el nivel de sus opiniones para transformarlas en ciencia, conocimiento bien fundado. Lo cual exige el autoconocimiento que viene mediatizado por la formación, es decir, la educación, la más bella corona.

Pero esto nada tiene que ver con lo que le interesa al poder, por muy democrático que se declare, ni con el sistema educativo que defiende. El relativismo está en la raíz del propio sistema educativo en la medida en que se pone en pie de igualdad al profesor con el alumno en el llamado proceso de enseñanza aprendizaje. Al profesor se le ha arrebatado la autoridad intelectual y moral con la intención de fomentar el relativismo del todo vale. El mal entendido respeto de las opiniones pone en pie de igualdad a los alumnos, profesores y padres, de tal forma que la enseñanza queda vaciada de contenido. El profesor no tiene nada que enseñar, puesto que está recluido en su opinión. Y esto es lo que realmente le interesa al poder. Que no se alcance ni la libertad ni la autonomía, pero haciendo pensar a la ciudadanía que son absolutamente libres y que sus opiniones son siempre válidas. Cuando se exige el respeto de las opiniones se cierran las puertas del conocimiento, cosa que al poder le interesa porque el conocimiento va ligado a la libertad y a la virtud pública. Y estos son enemigos del poder. Para conocer es necesario el reconocimiento de la docta ignorancia, el saber que no se sabe. El reconocimiento de que nuestras opiniones se pueden superar y que hay señores que tiene más conocimiento que yo y son una autoridad para mí de los que yo puedo aprender. Por ello, los que tiene el conocimiento tienen autoridad y yo les debo respeto. Éste es el fundamento de la enseñanza y la apertura al saber. Pero nada más lejos del sistema de enseñanza actual, que, como digo, no es más que un vehículo de propaganda; da lo mismo la derecha que la izquierda. El poder siempre es el poder. Desde la enseñanza se fomenta el relativismo identificándolo con la libertad. Pero esto es un error. El relativismo es una tiranía, la tiranía de las opiniones. Aquel que considera que sus opiniones son respetables y perfectamente equivalentes a las de cualquiera, empezando por su profesor, es esclavo de sus opiniones y está condenado a la ignorancia y al vicio, lo contrario de la virtud pública. Todo ello se hace en nombre de la sacrosanta libertad de opinión. Sin embargo la libertad de opinión tendría que ser la libertad de buscar las verdades provisionales y la virtud. Desde la razón que es lo común. Pero lo que interesa al poder no es la formación de ciudadanos, sino de máquinas, clones, que obedezcan sumisos al sistema y que crean disfrutar de una falsa libertad cuando, en realidad, no son más que esclavos de sus opiniones, que ni siquiera les pertenecen, sino que vienen de fuera, precisamente de lo que al poder le interese que piensen. Y esa es la situación de la enseñanza como sistema de propaganda para perpetuar el poder. Del sistema de enseñanza no salen ciudadanos, sino individuos intercambiables en el mundo laboral, engañados con una formación permanente (como si esto fuese una novedad: la educación no tiene fin, como decía Popper, educarse es vislumbrar la inmensidad de nuestra ignorancia) para enriquecer a los más ricos. Se trata de producir individuos autosatisfechos que tienen su capacidad de crítica extirpada en la medida en que se han convertido en esclavos de las opiniones. Son viejos de catorce años.

Cambiar el sistema educativo exige una reflexión seria y profunda sobre el sistema democrático realmente existente, que para nada es la democracia.

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Categorías: Diagnósticos, Soluciones

Autor:Juan Pedro Viñuela Rodríguez

Profesor de ética y filosofía. Autor de Fin de milenio y otros ensayos. Una mirada etica a la tecnociencia y el progreso y Filosofía desde la trinchera. Director del seminario de CTS del IES MELÉNDEZ VALDÉS, y de la revista de ensayos Esbozos.

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7 comentarios en “Democracia, relativismo y educación”

  1. 25 febrero 2010 a 16:02 #

    Todo el vano ¿sistema educativo? actual se ¿fundamenta? en mentiras como el constructivismo, el buen rollito, la igualdad entre profesor y alumno, el relativismo, el igual peso de una idea sólida y una memez mentecata, el relativismo, la persecución de los contenidos y el aprobado general. Ahora bien, quiero decir una cosa: contra este estado de cosas, llevo lustros (desde antes incluso de la aparición de la LOGSE) usando un antídoto: la rebelión en las aulas, entendida como el cargarme de un plumazo en mis clases todas estas bobadas e instaurar el supuestamente antidemocrático régimen del estudio, del esfuerzo, del sentido común, del conocimiento, de la coherencia y de aquella vieja y entrañable Luz de la Razón de los ilustrados. Y me ha servido. De puertas para fuera y en esos mercados persas llamados juntas evaluación cada uno ha salido a flote como ha podido, pero, de puertas para adentro y en mi asignatura, yo he sido siempre el dueño de ella con esa receta (y he visto a muchos navegar mirando hacia el mismo faro) y me he dedicado siempre a lo que debe hacer un profesor: enseñar. Si enciendes una luz, aunque sea la de una vela, exorcizas a lols demonios aunque vengan respaldados por mil leyes. Ha servido incluso con la LOGSE y puede servir venga lo que venga (y nada hay hasta ahora que nos anime a ser optimistas). Encendamos la luz, seamos transmisores del conocimiento y veremos no sólo que la ignorancia se achicharra, sino que las caras de nuestros alumnos se animan y nos prestan cada día más atención.

    • 25 febrero 2010 a 16:13 #

      Estoy totalmente de acuerdo con su antídoto y es el que yo he utilizado. Pero los alumnos cada vez llegan en peores condiciones. En la actualidad son condiciones ya casi alarmantes. No obstante sigo con el método, pero, al contrario de lo que usted piensa, no sé si se podrá aplicar siempre. Puede ser que llegue un momento de imposibilidad de comunicación. En mi caso este año es el primero, después de veinticuatro, que comienzo a aburrirme terriblemente en clase. No es por falta de pasión, sino de receptibilidad. Espero que sea una cuestión circunstancial. Yo doy sólo segundo de bachillerato y bachillerato nocturno, y el segundo de bachillerato es especialmente malo, insulso y anodino.

    • Begoña Canivell
      25 febrero 2010 a 21:43 #

      Lo que están intentando hacer en Andalucía con el nuevo ROC (Reglamento de Organización de los Centros), y ya intentaron con la Ley de Incentivos (que ha fracasado), es precisamente acabar con eso, con la autonomía del profesor y la libertad de cátedra. Lo único que todavía no pueden controlar es lo que hace cada profesor dentro de su aula, y eso no lo pueden permitir los políticos. Por eso están intentando utilizar comisarios políticos en los centros que controlen al profesorado que no acata sus órdenes.

  2. 26 febrero 2010 a 10:08 #

    Muy buen artículo, Juan Pedro. Lo que tenemos es un sistema que crea la ilusión de libertad, cuando lo que genera, de verdad, es una masa de ciudadanos sin crítica y sin capacidad de auto-control. Como este asunto lo quiero tratar en un artículo, lo dejo aquí. Enhorabuena por esta acertada síntesis que aquí nos ofrece sobre estas cuestiones.

    Un saludo.

  3. 26 febrero 2010 a 20:53 #

    Muy interesante, Juan, esa denuncia de la igualdad imposible que hay entre las opiniones: unas, hijas de la vela, la reflexión y el estudio; otras, del capricho y la nesciencia. Mediante la legitimación política del todopoderoso votante como auténtico rey absoluto de la democracia hemos llegado a la situación actual en que, yendo un poco más allá de ese perjudicial relativismo, las opiniones se han acabbado convirtiendo en “derecho”. Todos hoy en día tenemos “derecho” a todo. Las mujeres de los pescadores del Alacrana tenian “derecho” a que el Estado pagase y les devolviese a sus hombres; los estafados de Afinsa también tienen “derecho” a que todos les paguemos su juego de especulación; dos padres adoptantes tienen “derecho” a que el Estado les traiga sus niños de Haití; Aminetu Haidar tiene “derecho”… Era previsible que acabase así. En el fondo, esa colección de derechos no expresan sino su dependencia del papá-estado y su absoluta falta de libertad, cono usted muy bien ha señalado y con lo que estoy plenamente de acuerdo. Aquí parece que todos seamos leninistas, “Libertad, ¿para qué?” Pasamos por ser un pueblo ultraindividualista, pero es un tópico insostenible. ¿O es herencia del paternalismo franquista? Hay pocos Lázaros de Tormes que aviven el seso y sepan como valerse, pues solos son…
    En fin, un artículo el suyo imprescindible. Enhorabuena.

    • 27 febrero 2010 a 10:10 #

      Gracias, Juan. efectivamente las cosas tenían que terminar así, pero las causas son más profundas que el franquismo o una insuficiente transición. No sólo son los males de nuestra democracia, sino de la democracia. Pero esto sería el objeto de otro artículo.

      Saludos.

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