Tormenta

La última borrasca nos dejó sin luz y sin agua. El apagón vino precedido de una tormenta eléctrica considerable y los corrimientos de tierra partieron una de las tuberías del suministro de agua. Mirábamos cada dos por tres el cielo desde la ventana, oscuro y amenazador, mientras el viento sacudía los cristales y las mosquiteras. Ya se sabe. De arriba siempre han venido tanto la bendición como el castigo. ¿Y qué hacemos?, pues esperar, decíamos una y otra vez. Lo cierto es que no vivimos tiempos de sosiego ni de esperas.

Ya lo habían anunciado los partes meteorológicos de las televisiones, ese nuevo género de terror que está causando sensación y que cada día tiene mayor número de adeptos, o adictos, como dice Paz Padilla. Recuerdo haber vivido de pequeño tormentas parecidas y peores. Eran típicas de la época del año, del invierno, y aunque también mirábamos por los postigos del balcón a ver si granizaba, no teníamos esa sensación apocalíptica que los medios de comunicación nos transmiten ahora un día sí y otro también.

Cuando la lluvia, el viento, el frío y el calor se politizan, las alertas pasan de esporádicas a continuas. Ahora la culpa de los temporales las tienen los gobiernos, no las borrascas ni las corrientes oceánicas ni las bolsas de aire frío. Si una carretera se corta por nieve, el Ministerio de Fomento es el responsable. Qué locura la de los extremismos.

Entre las consecuencias de la llegada de temporales está la de la suspensión de las clases de los más pequeños. Aquí habría que recordar que quienes deciden cerrar los centros educativos no son los profesores, sino las Consejerías de Educación, y conviene refrescar la memoria porque empiezan a oírse cada vez con más frecuencias quejas del tipo “caen cuatro gotas y estos no quieren trabajar” junto con otras tales como “y qué hago yo ahora con mi hijo, si no tengo con quien dejarlo”. Habría que ver qué se diría en el caso de que un tejado saliera volando y cayera encima de dos estudiantes en su colegio. Si no van, porque no van, y si van, porque no tendrían que haber ido. Paradoja postmoderna, cuando menos.

Los colegios y los institutos son centros de enseñanza, no guarderías. Sus infraestructuras no están concebidas como las de una residencia, un albergue o un campamento de verano. Si hay riesgo real de que pueda ocurrir alguna desgracia, por pequeña que sea, hay que cerrar. La segunda parte del problema, porque es un problema, es la del cuidado de esos menores en situaciones como ésta. Y es ahí en donde tendrían que entrar los gobiernos, porque si lo que se quiere es producir y producir a toda costa, y para ello es necesario que los dos progenitores acudan a trabajar, cuando se da un caso de alerta meteorológica y cierre de centros educativos (una vez, dos veces al año como mucho) debería existir una cláusula que eximiera a uno de los dos trabajadores de sus obligaciones laborales para poder ocuparse (de nuevo una vez, dos veces a lo sumo) de sus hijos, puesto que no ha habido tiempo para programar o buscar una alternativa, como puede ocurrir durante las vacaciones.

La obligación de una escuela o un instituto es la de enseñar y preparar a sus estudiantes, no la de cuidarlos en situaciones adversas. Si el sistema capitalista es tan feroz que hasta impide esa armonía entre vida laboral y vida familiar habrá que alzar la voz para quejarse, no delegar responsabilidades en quienes no se dedican ni deben dedicarse a ello. O se lucha por ese derecho, el de poder hacerse cargo del propio hijo, o, simplemente, hay que plantearse tener o no descendencia, porque los niños no pueden ser cuidados y educados sólo por terceras personas, ni pueden llegar a los colegios sin desayunar, ni comer solos en el salón de su casa, ni pasarse la tarde a oscuras por la tormenta mientras esperan a que lleguen sus padres de trabajar. Es injusto tanto para los progenitores como para los pequeños.

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Categorías: Diagnósticos, Soluciones

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