La educación en una democracia auténtica

Ejemplos como los de Irán, Honduras y Venezuela deberían recordarnos en qué consiste una democracia. En Cuba se celebran elecciones, pero eso no significa que la isla caribeña no esté sometida a una dictadura. Vivir en democracia significa tener el derecho a votar, pero también el de poder elegir al candidato que uno quiera y el de poder ser elegido para cualquier cargo público. En este sentido, sólo Estados Unidos y, en parte, el Reino Unido se acercan mínimamente a lo que debería ser una auténtica democracia.

Precisamente el principal agujero por el que sangra el sistema norteamericano es por el pésimo estado de su educación. En tres décadas se ha pasado de obligar a dimitir a Richard Nixon por mentir en algo que no le afectaba directamente a reelegir a George W. Bush tras mentir y meter a su nación en una guerra con clara motivación económica. Un voto en sí es poco. Pero es la base de una democracia. Y para que dicho voto sea puro y meditado necesita ser ejercido por sujetos preparados, capaces de asumir la ciudadanía con todas sus consecuencias, con todos sus derechos y deberes.

Winston Churchill afirmó que la democracia es el peor de todos los sistemas políticos posibles con excepción de todos los demás. Y no era ironía. El democrático no puede ser un sistema perfecto, pero sí es perfectible. Hay que intentar por todos los medios que los ciudadanos sean personas de bien con una mente objetiva y una gran capacidad crítica para observar y analizar qué ocurre en su país y votar en consecuencia. Que Bush, Berlusconi o Rodríguez Zapatero hayan sido reelegidos, por muy malos que fuesen sus oponentes, demuestra el deterioro al que puede llegar una democracia.

En los últimos tiempos se oye a menudo decir que las nuevas generaciones son las mejor preparadas de la historia. Mentira. Mentira podrida, malsana, perversa. Occidente, a imitación de Estados Unidos, ha construido unos sistemas educativos que adormecen el alma, matan la memoria, eliminan el espíritu crítico y, sobre todo, proscriben la excelencia. Desde el parvulario hasta los estudios universitarios de postgrado.

Y no lo digo solamente porque haya alumnos de la ESO que no sepan distinguir el océano Pacífico del Atlántico, o porque mover dos veces la coma hacia la izquierda cuando se divide por cien sea para otros una especie de truco de magia, o porque salgan licenciados universitarios incapaces de escribir un párrafo de seis líneas con unos mínimos de coherencia o cohesión. Lo digo porque hasta los mejores alumnos de nuestros días están peor preparados que la media de hace veinte años.

Uno de los baremos más utilizados para medir la calidad de la educación de un país es el nivel de fracaso escolar. Evidentemente, hay que luchar para que nadie abandone la enseñanza obligatoria y empujar a los chavales para que estudien toda su vida. Aunque, claro está, no siempre el camino del bachillerato o de la universidad son los más adecuados. Lo importante es que los graduados escolares -los que no “fracasan”- deben tener unas bases sólidas que garanticen su formación en cuanto sujetos en los que residirá la voluntad general, a la postre el cimiento de cualquier democracia.

Por eso he decidido dedicar una serie de artículos que analicen el problema y propongan soluciones. Un hombre, un voto, por supuesto que sí. Pero es esencial para la buena salud de una democracia la definición que demos a ese “hombre”, al votante. Desde luego, con nuestra educación laminadora, enemiga del esfuerzo y del mérito, fomentadora de la autocomplacencia y asesina del sentido crítico de la existencia ciudadana es imposible que lleguemos a considerarnos una auténtica democracia.

Ya digo que el problema es global. Peor aún es el conformismo imperante, a veces revestido incluso con la máscara de la pura satisfacción. Muchos creen y afirman que estamos educando bien a nuestros chavales. Pero no es simplemente una cuestión de que sepan los afluentes del Ebro, multiplicar o dividir o escribir sin faltas de ortografía. El sistema educativo tiene que asegurar que los futuros votantes, actores últimos del hecho político, sean personas éticas, cívicas, auténticos ciudadanos con capacidad para observar, analizar y decidir. Si no tiramos por ese camino, viviremos cualquier cosa menos una auténtica democracia.

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3 comentarios en “La educación en una democracia auténtica”

  1. Mari Cruz Gallego
    23 febrero 2010 a 16:47 #

    ¿No es la competencia crítica de los alumnos lo que continuamente se repite en el texto de la logse y sus modificaciones? No se puede desarrollar una capacidad crítica si antes no hay una formación sólida. Una obviedad vamos. Un saludo

  2. Alonxo
    24 febrero 2010 a 18:41 #

    Aznar también fue reelegido. ¿Por ciudadanos más preparados que los que votaron a Zapatero? No sé, pregunto. ¿Cuál es el nivel adecuado para poder votar?, ¿quién lo decide? Muchas dudas.

  3. Ana Belén Ferreiro
    22 marzo 2010 a 23:15 #

    Hola,

    en respuesta al mensaje anterior, creo que no ha entendido el mensaje que es telón de fondo del artículo. No es que haya un determinado nivel de conocimientos para poder votar con criterio, es que es ese criterio el que hay que alcanzar. Nadie lo decide. Solamente cada ciudadano sabe cuándo ha alcanzado una adecuada capacidad de crítica de todo lo que ocurre a su alrededor. Y para alcanzar eso hay que empezar por una educación adecuada, como bien apunta Mari Cruz. Un saludo.

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