“Hoy es muy difícil educar a un niño”

INTRODUCCIÓN

Estimados compañeros de naufragio, en este artículo voy a intentar explicar el porqué de una difundidísima opinión acerca de la educación de los niños y jóvenes. La comparten la gran mayoría de los padres, muchos maestros y no pocos profesores. Es una opinión que se expone en pocas palabras, pero de tremendas repercusiones sociales por el sinsentido que encierra, a saber: “Hoy es muy difícil educar a un niño”. Quisiera mostrar su origen y, de paso, arrojar algo de luz a un fenómeno inédito en la historia de la humanidad, y es éste: que una cantidad enorme y creciente de padres está delegando la educación de sus hijos a maestros y profesores. Estoy dispuesto a emplear cuantas palabras sean necesarias para convencerles a ustedes, principalmente a ustedes, estimados y lúcidos compañeros de naufragio, de la tremenda trascendencia de aquella insólita delegación.

Otro de mis propósitos, tratado desde el principio, es describir el estado de general asolación intelectual en que han quedado diversos ámbitos de la cultura, por no decir todos, tras el encumbramiento de la ideología igualitarista.

Disculpen el tamaño del artículo, no estoy muy dotado para la síntesis.

LOCURAS IDEOLÓGICAS

Locuras hay de todos las formas y colores. Cada época, cada sociedad genera las suyas, a las cuales, poco a poco, termina acostumbrándose. Occidente lleva décadas tejiendo su propia mortaja, preparando su ocaso. Algunos países, como el nuestro, están a la vanguardia de la regresión y la decadencia, muy adelantados en todas las fórmulas de la involución y la caída. Asoma la selva en el horizonte. Oímos rugir al león. Ironía insomne, nos conducen a ella los oráculos de la progresía.

Conocemos una descripción detallada de las miasmas que han arrasado la salud de la educación y la enseñanza. Podemos contemplar un fiel y minucioso retrato del desastre en estas páginas. La galería de esperpentos y ocurrencias ideológicos impresionará a cualquiera que todavía conserve una visión realista de la vida y el mundo. Hay en ella bestezuelas de incomparable fealdad. “Aprender a aprender”, “ganarse la autoridad”, “negar la voluntad a favor de la motivación”, “evaluación continua (laxa)”, “aprobar por compensación”, “depreciación de los contenidos”, “libertad para copiar en los exámenes”, “educar en valores”… Da igual dónde se pose la mirada en esta galería: cualquiera de sus engendros pone el pavor en el cuerpo. ¿Por qué no hay una reacción social contundente contra semejantes disparates? La razón es clara: vivimos inmersos en una locura. No, obviamente, una locura orgánica, sino una locura ideológica. No estamos en nuestro sano juicio respecto de determinadas (pero muchas) cuestiones, así de claro. Hemos perdido el sentido común. ¿Hablo en serio o en sentido figurado? En serio, no me queda otra. Las incongruencias de los locos orgánicos no son necesariamente más espesas que las de los locos ideológicos. Si aquellas absurdeces, o semejantes, las oyésemos decir a un paciente psiquiátrico, enseguida comprenderíamos el porqué de su reclusión.

¿Y no seré yo el que esté loco? ¿No estaré, al menos, exagerando y dramatizando? ¿Sí? De acuerdo, prueben a entrar en detalles. Examinen de cerca los engendros pseudopedagógicos. Mírenles bien la cara, escudriñen la torva mirada que ellos nos devuelven. Piensen, por ejemplo, en algunas de las muestras de inteligencia logsiana que nos ofrecía en sus escritos Ricardo Moreno Castillo. Juzguen ustedes aquella ocurrencia aventada por un pedagogo logsiano según la cual es “vejatorio” para el examinando cercar con tinta roja las faltas o errores que haya cometido. Califiquen, por favor, aquello de que los fallos y los errores son una expresión de la creatividad de los niños. Pongan nota a la pamema de que es imposible la comunicación “horizontal” entre los alumnos debido a que están colocados en hileras (se me dispara el chiste fácil: “señor pedagogo, en hilera no perderán el hilo de la conversación”). La primera duda que me asalta es médica. ¿Cómo es posible que semejantes ocurrencias no colapsen el cerebro en que hayan sido segregadas? ¿Y no resulta increíble que a los autores de tales despropósitos no les fuera retirada la licencia de pedagogos al instante? ¿Acaso sería admisible que un arquitecto, por ejemplo, hiciera cálculos tan torpes que sus construcciones cayesen a plomo a la semana de levantadas? ¿Qué suerte debería correr un cirujano que confundiese el fémur con las amígdalas? ¿Por qué el pedagogo tiene licencia para malear su propia profesión y darnos material para elaborar pesadillas nocturnas?

¿Cómo explicar todo esto? ¿Cómo hemos llegado a esta situación crítica, preocupante y delicada? Amigos, debemos alzar el vuelo. Necesitamos una visión cenital para empezar a comprender este magnífico embrollo en que andamos metidos.

Ahora, desde lo alto, vista aquilina, se ve el verdadero alcance del desastre. Vemos, horrorizados, que la destrucción ha sido masiva y terrible. No queda ni un solo trozo de civilización que no haya sido arrasado por los bombardeos de la locura ideológica. Dios mío, no sólo están destruidas las escuelas, los institutos y las universidades: también han sido pasto de la barbarie los museos de arte, las bibliotecas y librerías, las canales de radio y televisión, las redacciones de prensa, los laboratorios de ciencia básica, los centros de reflexión filosófica… Todo, todo está en ruinas. Creímos por un momento que la locura ideológica se había cebado con el mundo de la educación y la enseñanza, que esa era nuestra particular maldición. Pero no, no estamos solos en la desgracia. Muchos otros nos acompañan. Es hora de enterrar a los muertos y de intentar curar a los heridos. Y es el momento de renacer. O de intentarlo.

ARTE

Vargas Llosa va de luto. Le da el último adiós al arte. Éste llevaba muchos años anunciando su propia aniquilación. También fue atacado, hace décadas, por una feroz locura ideológica que al fin le quitó la vida. ¿Quizá otra exageración mía? Adelante, no tengan miedo a la verdad. Pasen y vean nuestras salas de arte moderno. ¿Contemplarán bellas obras, primorosos detalles, admirables composiciones, ideas enjundiosas, miríficas armonías cromáticas…? No. Ustedes encontrarán una legión de quisicosas terriblemente anodinas o repugnantes: ceniceros llenos de colillas, lienzos en blanco o manchados sin gracia, mierda enlatada, basura, torsos descuartizados, vísceras… Nadie en su sano juicio diría que eso es arte. Hace falta estar imbuido en las turbiedades de la locura ideológica para creer que cualquiera de esas cosas, sacadas de guarderías, morgues o estercoleros, nocivas a los sentidos y la inteligencia, es arte. Hace falta estar como una cabra para pretender que los excrementos enlatados, de humano o de paquidermo, lo son. El atónito espectador que todavía conserve la cordura se preguntará qué demonios ha pasado en el mundo del arte.

Reparen en otro fenómeno. El del crítico de arte. ¿Nos explicará qué es eso que estamos viendo en esa obra de arte moderno? Más bien lo que nos dará es algo parecido a esto:

La estructura matérica contingente a la composición del mundo freudiano está contenida en la versión del pecado intrínseco de la obra, como manifestación fugaz de una regresión infinita que el artista impone a la mirada del espectador tras previo examen de la conciencia colectiva. Ocluye, por tanto, el aperturismo a unas sensaciones que atraviesan las dimensiones cenestésicas del polo invertido de los valores capitalistas en alza. El artista, en esta obra, ha expresado la pulsión reprimida en su infancia, como así lo delata el trazo rasgado en amillo rojizo que ocupa la dimensión divergente del cromatismo de la regresión infinita…”

FILOSOFÍA

Seguramente conocerán ustedes el caso de Sokal y Bricmont. Son dos físicos nucleares que en 1996 decidieron poner en evidencia la “filosofía” de aclamados autores posmodernos: Kristeva, Lacan, Deleuze, Derrida, Lakatos, Irigaray… Mandaron a Social Text, prestigiosa revista posmoderna, un artículo pseudocientífico que, no obstante sus sonados sinsentidos, fue publicado porque se hacía eco de los prejuicios ideológicos de sus editores. En “Imposturas Intelectuales”, los físicos desmontan fácilmente los falsos conocimientos científicos de aquéllos. La filosofía también ha sido tomada por una turba de dementes ideológicos. Contemplen, si no, la belleza de estos ejemplares y juzguen, de nuevo, su cordura:

… Es así como el órgano eréctil viene a simbolizar el lugar del goce, no en sí mismo, ni siquiera en forma de imagen, sino como parte que falta en la imagen deseada: de ahí que sea equivalente a la raíz cuadrada de -1…”

Jacques Lacan.

No existe una topología más hermosa que la de Moebius para designar esa contigüidad de lo próximo y de lo lejano, de lo interior y de lo exterior, del objeto y del sujeto en la misma espiral, donde se entrelazan también la pantalla de nuestros ordenadores y la pantalla mental de nuestro propio cerebro. Según el mismo modelo, la información y la comunicación vuelven siempre sobre sí mismas en una circunvolución incestuosa, en una indistinción superficial del sujeto y del objeto, de lo interior y de lo exterior, de la pregunta y de la respuesta, del suceso y de la imagen, etc. –algo que sólo se puede resolver en un bucle, simulando la figura matemática del infinito.

Baudrillard.

El paso de una explicación estructuralista en que se entiende que el capital estructura las relaciones sociales de una forma relativamente homóloga a una idea de hegemonía en que las relaciones de poder están sometidas a la repetición, la convergencia y la reformulación suscitó la cuestión de la temporalidad en el pensamiento de la estructura, y marcó un cambio desde una forma de teoría althusseriana que considera las totalidades estructurales como objetos teóricos a otra en que las indagaciones en la posibilidad contingente de la estructura abren una concepción renovada de la hegemonía como vinculada a los enclaves y las estrategias contingentes de la reformulación del poder.”

Judit Butler.

LENGUA

Hace unos años nos dejó un ilustre de la lengua: Fernando Lázaro Carreter. En sus penetrantes y eruditos artículos (“El dardo en la palabra”) denunció, en vano, el macarrónico uso de la lengua que periodistas, locutores y demás profesionales de la palabra daban -y siguen dando- a nuestro denostado idioma. No hay telediario que no abarate, aplebeye y tunda la gramática, no hay periódico que se abstenga de patear el diccionario a placer, apenas hay políticos que no participen en el linchamiento idiomático. Impotentes ante el despojo, a algunos, no muchos, nos viene la arcada cada vez que encendemos los audiovisuales.

Pero, de nuevo, juzguen por ustedes mismos. Breve muestrario de cascajos idiomáticos captados en radio, prensa, televisión y libros:

“India ha sido el país que más muertos ha aportado al terremoto”. (Telediario).

“La caída del puente levantó una gran humareda.” (Telediario).

“Los políticos andaban propulsados por el deseo de ganar las elecciones.” (Telediario).

“Relájese: inspire, expire, inspire, expire, inspire, expire…” (Libro de psicología).

“Esta es la ex casa de Mazagatos”. (Programa del “corazón”).

“España ha respondido de manera inminente a la tragedia de Haití.” (Carmen Chacón, Ministra de Defensa).

“Señoría, usted para mí nunca será Van-Halen «Dixi» ni «Pixi…»”; (Parte de la respuesta de Carmen Calvo, Ministra de Cultura, al Senador Juan Van-Halen Acedo, quien había utilizado en su intervención la locución latina “dixit”).

No puedo aquí más que ofrecer unos ejemplos de la devastación. Quien desee un conocimiento detallado de ella, deberá leer, inexcusablemente, de “El Dardo en la Palabra”, del mencionado Lázaro Carreter.

EL PATRÓN IGUALITARISTA

Saben ustedes que el desastroso rumbo de la educación, la enseñanza, la filosofía, el arte, el idioma, etc., es, en esencia, el rumbo que el igualitarismo ha marcado para todas las disciplinas intelectuales y el mundo del entretenimiento y el ocio (pero no entraré aquí en esto del ocio). La veta iconoclasta y anti-elitista está presente en el arte moderno, en la filosofía, el uso del idioma, la educación y la enseñanza. En el arte es más que evidente. La consigna es clara: romper con el pasado (incluso romper el pasado, despreciarlo, infamarlo, demonizarlo), con sus técnicas academicistas sólo accesibles a los más dotados para el dibujo, la composición y el color. El arte debía abrirse a la ciudadanía, borrar su aire elitista. Pintar, componer un cuadro tendría que ser una actividad al alcance de cualquiera. La belleza es, nos dicen los gurús del arte contemporáneo, relativa al espectador. Todo puede ser bello o feo en función de quién contemple la obra. Ello explica, precisamente, que nuestros museos sean un canto permanente a la subjetividad y la idiotez. Lejos de los dominios universalistas de la razón, cada obra es la oportunidad para que cada cual vea en ella lo que le venga en gana. Arte, arte moderno, puede hacer cualquiera… Pero cuidado, ésta es la primera impresión, ésta es sólo la primera parte del asunto. Pronto veremos que no es exactamente así.

La filosofía posmoderna, relativismo en ristre, está, igualmente, tocada por el sello igualitarista. Puesto que no hay verdad absoluta, puesto que cada cual tiene “su” verdad, la filosofía se introduce en los laberintos de la subjetividad insondable, de la idiotez. Apartada de la universal razón, el filósofo posmoderno tiene ya mucho de artista vanguardista. No pretende decir verdades para todos, sino lo contrario: mostrar que es imposible hablar de verdades para todos. Todo dependerá de la perspectiva tomada. Quienes mutilan el clítoris de las niñas en África lo hacen en atención a su singularidad cultural y mental. Quienes condenamos esa mutilación, ídem, lo hacemos por nuestra singular composición mental y cultural. Ni aquélla ni ésta están –nos dicen estos filósofos- en lo cierto. Todo vale. Así pues, si todo vale, la filosofía deja de tener aire exclusivista y esotérico. Cualquiera puede contar “su” verdad, “su” filosofía. De nuevo, pronto veremos que no es así. O que sólo es así en un limitado sentido.

LOS TENTÁCULOS DEL IGUALITARISMO

No tengo tiempo para entrar en muchos detalles. Quisiera que se fijaran en algunas cosas sorprendentes de nuestra (in)cultura igualitarista. ¿Cuánto ha calado en la población la ideología igualitarista? Ha calado hasta los huesos. Permítanme sólo un par de ejemplos de su desmesura.

-“Mi perro es uno más de la familia”. Cojonudo, tu perro a la altura emocional de tu madre o hermano. Y así es. A no pocos perros se les viste como a personas, se les da de comer manjares o se les lleva a pasar una temporada a lujosos hoteles concebidos sólo para perros. Ya se habla de “derechos animales”. Gran despropósito, porque los animales deben ser tratados humanitariamente, mas no como si fueran humanos.

-“Si les hablas a las plantas, crecen más deprisa.” Impresionante. ¿Cómo es posible tal prodigio si resulta que las plantas no tienen órganos para oír nada de nada?

En otra ocasión hablaré un poco más de este fenómeno de la proyección antropomórfica. Baste aquí con lo dicho para denunciar el estado demencial a que nos aboca este igualitarismo sin frenos.

“OLOR A VACA PODRIDA” O “YO MÁS QUE TÚ”.

Para comprender cómo es posible la proliferación y la aceptación de tantas absurdeces en nuestra cultura, creo indispensable hablar de un fenómeno comunísimo y de enorme importancia: le llamo “olor a vaca podrida o yo más que tú.

Caso real. Asisto a un curso bastante largo, e inútil, llamado “Formador Ocupacional”. Los primeros días todo el mundo quiere caer bien a los demás. A los pocos días de clase, volvemos al aula tras el almuerzo. Al abrir la puerta, una nariz muy despierta se espanta del “olor” a aire apelmazado del aula: “Oh, el aire está viciado.” Una segunda persona secunda el juicio olfativo: “Buag, es verdad, qué mal huele.” La tercera entra tapándose la nariz: “Por favor, abrir las ventanas”. La cuarta, que no quería ser menos en el festival de espantados narigudos, exclama: ” ¡Por Dios, qué peste!”. Yo, la verdad, temí por un momento haber perdido el olfato, hasta que alguien, más seguro de sí mismo y de sus napias que yo, se animó a decir: “Por favor, vais a acabar diciendo que huele a vaca muerta. No es para tanto.”

¿Qué quiero ilustrar con esto? Que cualquier juicio, valor o idea dominante en un grupo o sociedad puede llegar a desquiciarse fácilmente, pues la presencia de compañeros ideológicos, de quienes se espera su aprobación y reconocimiento, exacerba las convicciones propias hasta avecindarlas con el fanatismo. Andando el tiempo, lo que empezó, quizá, como una idea moderada, termina siendo radical y desaforada. Los seres humanos somos seres profundamente sociales. Hacemos muchas cosas para ganarnos el respeto de los demás, especialmente de los que consideramos “nuestros”. Gracias a esa dimensión social hemos podido concebir proyectos mancomunados de gran complejidad y levantar esplendorosas civilizaciones. Sin embargo, la cruz de la moneda, la cruz de esta sociabilidad es el fanatismo. El deseo de ser aceptado y reconocido como miembro de tu comunidad ideológica puede llegar a ser el fermento de la irracionalidad y el fanatismo. Así, por ejemplo, el creyente que quiera impresionar a sus compañeros, epatarlos, tendrá que hacer méritos, exhibir la fortaleza de su fe: hallará ocasión para fustigarse públicamente las espaldas con más furia y devoción, hasta hacerla sangrar más que sus correligionarios (“Yo, más creyente que nadie”); la adolescente deberá gritar más que sus compañeras de histeria ante su cantante de pop-rock favorito, hasta conseguir el preceptivo deliquio (“Yo, más fan que nadie”); la feminista que ambicione el prestigio entre sus camaradas propondrá lemas y medidas más andrófobos. Así, por ejemplo, que la cópula heterosexual consentida es un acto de violación (“Yo, más feminista que nadie”); el torero con pujos de grandeza se arrimará más y más al toro (“Yo, más valiente que nadie”).

¿Qué tal si aplicamos este mecanismo fanatizador a los pedagogos logsianos? El resultado lo conocen de sobra. El pedagogo ansioso por descollar entre sus colegas y aprendices hará bien en redoblar el espíritu anti-autoritario e igualitarista de su discurso. Sus compañeros, que también desearán el aplauso de los suyos, no tendrán más remedio que apostar todavía más fuerte por los valores vigentes, llegándose, al final, como era previsible, a la hipérbole y la distorsión demencial del pensamiento. Cada encuentro con los compañeros ideológicos será una ocasión para escalar puestos y merecer su reconocimiento. La competición social puede ser el trampolín de la excelencia o del fanatismo, de la virtud o del vicio, de la ciencia o la nesciencia. Todos los colectivos ideológicos cuyos miembros tengan la oportunidad de comunicarse entre sí con alguna asiduidad, propenden a la radicalización de sus tesis, a la “purificación” de sus principios. Nada más igualitarista que denunciar la sanción al hijo o al alumno, hallar “autoritaria” la clase magistral, denunciar como acto vejatorio lo de marcar las faltas del discente con bolígrafo rojo, advertir contra la costumbre de poner a los alumnos sentados en hilera, renegar de la evaluación exigente y objetiva de la enseñanza, etc., etc. Cada una de estas ocurrencias pugna por ocupar el trono del igualitarismo en boga (Yo, más democrático que nadie). Al final, irremediablemente, habremos de oír cosas grotescas, delirantes y demenciales de los “expertos” en educación. Se las creerán, la mayoría, con la ingenuidad propia del fanatismo. De quien es incapaz de criticar el troquel ideológico con que fue marcada su mente. Otros, simplemente actuarán como cínicos y ladinos.

DEMAGOGIA

Los máximos representantes del igualitarismo en cada una de las ramas de nuestra cultura ocuparán los puestos más elevados de mando. Serán ejemplares puros. Los más dotados para dirigir el cotarro. Los políticos actúan oportunistamente. Olfatearán el estado de opinión mayoritario y prepararán sus programas de acuerdo con dicho estado. Prometerán hacer lo posible para conformar a las mayorías. Para conseguir la mayor cantidad de votos, halagarán las tesis igualitaristas más acendradas y puras. Otorgarán prebendas y subvenciones a sus clientes. Esto complicará y radicalizará, a su vez, la enjundia igualitarista de quienes mejor la defienden. Igualitarista, por ejemplo, es dejar que los padres de los alumnos tengan voz y voto en la resolución de cuestiones puramente académicas. El pedagogo se lo hace saber al gobernante de turno y éste echará mano de sus chistera demagógica: “pues sea: los padres tendrán parte en los procesos de evaluación y promoción del alumnado”. O destinará subvenciones para las APAS. El círculo vicioso ya estará creado. Los pedagogos y las familias radicalizan sus mensajes igualitaristas. Los gobiernos, para no perder el favor (votos) de esas familias, propondrán más poder, ayudas y subvenciones para ellas. La radicalización de las tesis igualitaristas halla, así, apoyo en el poder demagógico.

Es posible que, pasado el tiempo, haya algunos ciudadanos que no crean ya en la bondad del igualitarismo en el mundo de la educación y la enseñanza; sin embargo, no pocos de esos ciudadanos seguirán defendiéndolo a capa y espada para no perder las prebendas, poder y privilegios conseguidos de mano de los gobiernos demagógicos. A la ingenuidad en la creencia le seguirá el cinismo y el autoengaño. Es posible que una parte de los ciudadanos esté ya en esta segunda fase: “No defiendo el igualitarismo por convicción sino por interés”.

Y EXCLUSIVISMO

El igualitarismo es falso se mire por donde se mire. En un principio pudo entenderse como un movimiento liberador de las masas amordazadas y oprimidas por gobernantes elitistas. Mirémoslo en el caso del arte. Realmente, el hecho de encontrarnos en las galerías de arte contemporáneo con cuadros que nuestros niños de dos años podrían hacer, es, en principio, esperanzador para cualquier hijo de vecino que tenga alguna inquietud artística pero carezca de talento para dibujar, componer y sacar buenos colores. “Ah, qué bien, yo también podré exponer en esa afamada sala de arte. Yo también podré tener mi minuto (o años) de gloria y vender mis obras. Me gusta el igualitarismo”. Sí, pero no. Suena muy liberador y exotérico, pero no lo es. No, porque resulta que para triunfar en el mundo del arte tienes que caerles en gracia a unos señores que se llaman “críticos” de arte, que son los que manejan el negocio y dan o niegan su bendición a los principiantes. Las puertas no están tan abiertas para todos, como se pudiera pensar en un principio. Bueno, ¿y qué hay que hacer para gustarles a estos gurús del arte? Ah, ni puñetera idea. Eso sólo lo saben ellos, los críticos. Ellos y sólo ellos conocen las misteriosas fórmulas del éxito. Puñetas, era de prever: si todo el mundo pudiera tener éxito en el mundo del arte, nadie lo tendría. Sería imposible comercializarlo todo, mover grandes sumas de dinero con los cuadros de todo el mundo. Cualquier pelagatos se apuntaría al negocio de la brocha y el pincel. ¿Qué hacer para proteger el negocio? Muy sencillo: estrechar las puertas para que sólo unos cuantos “elegidos” puedan tocar el cielo y para que por la obra de unos cuantos encumbrados se puedan pagar grandes sumas de dinero. No era tan fácil como llegar y besar el santo. Cualquier persona de buena voluntad que lea una recensión de arte moderno saldrá espantada, convencida, quizá, de que el arte es sólo accesible e inteligible para iniciados, para “entendidos y expertos” en arte, para personas con esotéricos conocimientos muy alejados de cualquier caletre normal. Los críticos de arte se convierten en porteros que permiten o deniegan el acceso a los santuarios más cotizados del negocio. Los artistas consagrados por aquéllos se benefician de esa labor sancionadora, esa función de filtro que desempeñan para cerrar el paso a todos aquellos artistas de verdad que deseen ser conocidos y reconocidos. Se consagrarán, aleatoriamente, las obras que sean fieles a los principios igualitaristas: chabacanería, iconoclastia, irreverencia, escatología, etc. Aquel pintor que se presente con una obra magnífica, de buen dibujo, color y composición tendrá, en general, cerrada las puertas. Si se le abrieran, el negocio de los inútiles se vendría abajo en dos tardes.

En filosofía pasa lo mismo. Los primeros encumbrados tuvieron que ingeniárselas para mantenerse en sus puestos. Idearon, como los críticos de arte por su lado, una jerga abstrusa sólo apta para iniciados. Vemos, entonces, que el igualitarismo, lejos de ser la oportunidad para todos, sólo lo es para unos cuantos, y, de éstos, sólo para los menos dotados para filosofar de verdad: los más memos, fanáticos o ladinos. El mundo de arte, de la filosofía, del periodismo, el derecho, etc., se ha llenado de cantamañanas únicamente preocupados en defender sus puestos y cargos. El igualitarismo ha devenido, por fin, en exclusivismo clasista, en latifundios de señoritos ridículos que hablan y piensan raro.

EL CASO DE LA EDUCACIÓN

¿Y qué hay de la educación? Exactamente lo mismo. Los más memos de nuestros pedagogos fueron haciendo fortuna a base de pavonearse ante el asombrado gentío con sus largas colas igualitaristas, las cuales llamaron pronto la atención de nuestros demagógicos gobernantes. Lo que ellos sostenían es que la educación debía ser comprensiva, accesible para todos. Mensaje que pronto captaron los políticos y con el que, interesadamente, estuvo de acuerdo la mayoría de los padres, pues los hijos de éstos tendrían, sin grandes esfuerzos, un titulo con que colarse en el mercado laboral. Nadie quiso reparar en el detalle de que las empresas no exigen “títulos”, sino conocimientos, y que éstos no se adquirían con el demencial sistema igualitarista.

Y ahora, la segunda parte. Tras anunciar pan y vino para todos, los pedagogos logsianos necesitaron, al igual que sus colegas filósofos y críticos de arte, crear una jerga para iniciados, una jerga abstrusa que sólo ellos pudieran realmente entender para enrocarse en su particular negocio. Su maniobra defensiva ha sido clara: “Haré creer a todo el mundo que soy imprescindible, que educar a un niño es cosa extremadamente difícil, sólo posible para gurús e iluminados de la pedagogía como yo.” Poco importa si el pedagogo cree o no cree en las tonterías que dice. Si actúa ingenua o ladinamente es cosa sometida a discusión, pero que no abordaré aquí.

No había tiempo que perder. A la población le llegaron constantes mensajes de culpa: “educar es muy difícil y de gran responsabilidad. No pegues nunca un cachete a un niño, que se traumatizará. No le niegues sus deseos, o dejará de quererte. No le castigues nunca, o se volverá contra ti. Ríele las gracias y las palabrotas, para que crezca con una sana autoestima. Hazle partícipe en las decisiones de familia: él es uno más, igual que tú. Háblale y dialoga con él, sé democrático. Explícale las cosas para que las haga por voluntad propia y no por la fuerza. Hazlo siempre feliz. Motívalo. Juega con él horas y horas para forjar el lazo padre-hijo. Sé su mejor amigo. No le impongas la ingesta de verduras y frutas, o las acabará odiando. Pídele las cosas por favor y dale las gracias, para que se sienta respetado y para que aprenda buenas maneras, etc., etc., etc.

Claro, ahora pongámonos en lugar de cualquier padre que se crea todas estas cosas. Su tarea como educador será hacer feliz al crío, que crezca con una autoestima elevada, que aprenda valores democráticos, que se sienta seguro de sí mismo… “Fantástico, ¿pero qué instrumentos tengo para educarlo?” “Ah, cuidado, señor padre, porque no lo puedes sancionar, ni castigar, ni prohibir nada, ni darle órdenes, ni imponerle disciplina alguna, ni nada por el estilo. Cualquiera de estas cosas te convertirá en un mal padre, en un déspota de modales brutales. Te las deberás apañar con sugerirle cosas, con invitarle a hacer sus deberes, con dialogar con él, con procurar ser su mejor amigo, con ganarte su confianza, con jugar con él, con explicarle mil veces lo que esperas de él, con engatusarlo, con suplicarle si es necesario…” “¡Ya, pijo, pero es que resulta que con todos estos métodos lo único que consigo es una lucha continua con el crío, que me saque de mis casillas!” En efecto, esto es lo que ocurre en casi el cien por cien de los hogares españoles: luchas continuas entre padres e hijos que acaban en gritos desquiciados, cachetes… y divorcios. No porque los padres no hayan hecho caso de los pedagogos, sino porque les han hecho caso. Es que con los instrumentos igualitaristas no es que sea difícil educar, es que es imposible. Y como los padres no consiguen sacar derecho de sus hijos, ni siquiera de los más dóciles, al final acaban pensando que esto de la educación es cosa de magos, de profesionales de la educación, es decir, de maestros y profesores. Ya hemos cerrado el círculo.

El padre está convencido de que no puede educar al crío según las pautas igualitaristas. No posee, según cree, los conocimientos necesarios para ello. Quien los posee es el maestro, que para eso ha estudiado estas cosas y que para eso le pagan. Fantástico, ya tenemos la patata caliente en manos de los maestros y profesores. En sus manos, queridos compañeros de naufragio, en las de ustedes. ¿Y por qué la mayor parte de ustedes guarda silencio ante las reiteradas acusaciones que las familias y de los políticos les lanzan? Amigos míos, porque una buena parte de ustedes ha mordido el anzuelo. Porque, a la postre, opinan como muchos de esos atribulados padres: creen que desconocen los métodos pedagógicos necesarios para educar en valores, para que el crío crezca feliz, para ganarse la autoridad ante él, etc. Su silencio es, probablemente, el silencio del que se siente culpable y agacha la cabeza por vergüenza. Y ustedes, en realidad, se sienten tan impotentes como los padres de familia. Lógico, porque tampoco ustedes tienen la autoridad real que les permitiría educar bien al niño. Al igual que los padres, no pueden castigar al chaval, no le pueden levantar la voz, ni darle órdenes, ni imponerle un mínimo de disciplina. Si hacen cualquier cosa de éstas, corren el riesgo de recibir un repaso de director, del inspector o del padre del angelito. Éste, el padre, le reprochará que haya usado la orden o el castigo. Usted no lo debe castigar, pues para eso ha estudiado pedagogía, o debería hacerlo. Mal está que el padre, que no es profesional, recurra al castigo o la orden seca, ¡pero un profesional de la educación, hasta ahí podríamos llegar!

El maestro que se ha tragado la oblea igualitarista se siente impotente, tanto o más que el padre de familia. Y, entonces, mira al pedagogo para que lo instruya. “¿Qué debo hacer, señor pedagogo para que la clase no se convierta en un gallinero todos los días?” Y el pedagogo, magnánimo, consentirá en darle las lecciones adecuadas a través de cursos bien remunerados sobre formación en valores, resolución de conflictos, mediación en el conflicto, atención a la diversidad y mil memeces más por el estilo.

Y así tenemos el panorama que tenemos:

1. Unos padres que delegan la educación de sus hijos a los profesionales de la educación porque, según les ha contado la nefasta turba de pedagogos, educar es un arte dificilísimo, sólo al alcance de grandes hechiceros conocedores de la mente de los niños y los jóvenes, de iluminados de la pedagogía que sabrán hacer felices a los chavales con técnicas de increíble sutileza y sofisticación.

2. Unos maestros (y también profesores) acomplejados ante el fracaso en la enseñanza que también se han tragado con patatas la fementida ideología igualitarista de los pedagogos logsianos.

3. Unos pedagogos, a quienes nunca llega la patata caliente, porque ellos se ocupan solo de la investigación y de la teoría, no de la práctica educativa.

4. Unos alumnos que ni reciben educación ni enseñanza de nadie. Que crecen asilvestrados, ociosos, carentes de urbanidad, de respeto, ansiosos, sin tolerancia a la frustración, propensos a la violencia y la evasión continua (juegos, drogas, diversión, pandillas, sexo…).

La presión para que los profesionales de la educación se dediquen a educar (y no a enseñar) viene tanto por arriba como por abajo. Por un lado, los padres, que son millones y millones. Por otro lado, la misma Administración y sus nefastos pedagogos. La Administración no se atreve a plantar cara a los padres de familia: son sus clientes potenciales (y es muy probable que nuestros ministros crean de buena fe en el igualitarismo). Nadie saldrá al escaparate público a pedir a los padres que se olviden de las majaderías de los pedagogos logsianos, que educar deben educar ellos y con los métodos tradicionales propios del sentido común de toda la vida.

La enseñanza de contenidos está, por tanto, cada vez más arrinconada. A la enseñanza se la ha tragado la demanda de educación, nacida del caletre de los pedagogos y aprehendida por la mayoría de los padres. Si los padres creen no saber educar a sus hijos por considerar la educación algo muy difícil, la delegarán en los profesionales. Y si una buena parte de éstos cree que es su deber educar (y no sólo enseñar), lo que tenemos es lo que hay: niños que no son educados de verdad ni en sus casas ni en las escuelas. Y, por supuesto, niños a los que no se les enseña nada o casi nada. Y también, y no menos importante, a maestros y profesores igualitaristas que estarán dispuestos a señalar a sus compañeros no igualitaristas como los culpables del fracaso escolar que hoy sufrimos.

¿Cuál es la solución? Pasar la patata caliente a quienes dicen que ellos pueden educar con principios igualitaristas. ¿Por qué? Porque el movimiento se demuestra andando.

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Categorías: Crónicas del País de las Maravillas, Diagnósticos, Panlogsianismo

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10 comentarios en ““Hoy es muy difícil educar a un niño””

  1. MLL
    18 febrero 2010 a 15:43 #

    “Relájese: inspire, expire, inspire, expire, inspire, expire…” (Libro de psicología). O sea: tome aire, muérase, tome aire, muérase… Joer! Nivelazo!

  2. Alejandra
    18 febrero 2010 a 17:13 #

    Como madre le agradezco mucho este artículo, Raus. Aunque es un poquito largo merece la pena porque toca un problema muy actual y real. Yo llevo algún tiempo preguntándome cómo es posible que haya tantos padres y madres incapaces de poner un poco de orden en sus hijos. A diario lo veo en la escuela al dejar o recoger a mi hijo. O en el parque. Madres que llegan agobiadas a la guardería y le piden a la maestra que le quite el abrigo al crío de dos años, que ella no puede, y cosas así. ¿Cómo es esto posible? Supongo que es lo que usted explica aquí. Nos han ido calando una serie de ideas poco juiciosas sobre la educación de los niños. Los padres nos vemos también acusados por la sociedad. Si alguien te ve dando un azote a tu hijo te puede llegar a amenazar con denunciar. Tantas veces hemos oído decir eso de que a los niños no se les debe castigar para que no se traumaticen y mil cosas por el estilo. Y muchas veces he oído decir a madres que son los maestros quienes también deben educar a los alumnos. Lo que no sé es la solución que hay. Más bien parece que la cosa va en aumento.

  3. 18 febrero 2010 a 18:18 #

    Lo suscribo por completo. Me parece un análisis serio y pormenorizado y además que parte de lo que yo siempre he pensado. Confundir la democracia con el igualitarismo. Y esto es una falsificación de la democracia que después nos lleva al relativismo y a partir de estos dos principios Raus analiza la realidad social que nos rodea, el naufragio de nuestra civilización, con maestría. Enhorabuena.

  4. RM
    18 febrero 2010 a 20:37 #

    La educación que no haya dado la familia “desde muy pequeño” a su hijo,es muy difícil que la recupere en el Instituto.El niño ya llega demasiado maleducado.

    Muchísimos padres y madres no ejercen como tales,le han dejado ese papel a la play,tv,pandilla,al cine…

    Así nos encontramos con muchísimos cafres en la ESO,que le temen hasta sus padres.

  5. Ania
    18 febrero 2010 a 22:53 #

    Cuando veo en parques y lugares públicos a los enanos pidiendo la merienda a gritos y patadas en las espinillas a sufridas mamás que apenas respiran y apenas reaccionan, acomplejadas y alienadas…

    Otras tragan bilis en los vestuarios de los grandes almacenes porque su niñita se pone borde con mamá, apoyándose en papá…Y notar el resentimiento hondo, sordo y totalmente reprimido acompañado de reconvenciones suaves y políticamente correctas…

    Situaciones en las que me ha apetecido intervenir pero no lo he hecho.

    En el primer caso por conocida y por no ser señalada( mi vástago va con su hija mayor a la escuela).

    En en el segundo, estuve en un tris de darle el permiso expreso desde el vestuario contiguo para que “actuara contundentemente”: no lo hice . La gente da salida a su mala leche de formas muy extrañas y en esas circunstancias tiende a no sentirse agradecida sino avergonzada. Y una no anda sobrada de amigas como para hacer enemigas.

    El caso es que de esos polvos , se nos acumulan a los profesores los lodos que nos llegan en la adolescencia.:

    ¿De qué nos vamos a extrañar ?

  6. 18 febrero 2010 a 23:34 #

    Hola a todos. Aprovecho para corregir una errata. En el epígrafe “El patrón igualitarista”, donde pone “anti-iconoclasta”, debe poner, obviamente, “iconoclasta”.

    Sí, MLL, y lo malo es que estas pifias lingüísticas no son la excepción, sino la norma. Todos nos equivocamos. Lo malo es la indiferencia ante el error. O peor, que se llegue a celebrar. Que estamos en una “idocracia” lo prueban cada día las bochornosas declaraciones de nuestros ministros y ministras.

    Hola Alejandra. Creo que, en efecto, es hora de que aquí empecemos a tener en cuenta el tremendo bombardeo de memeces que han recibido los padres de nuestros inefables pedagogos. Un bombardeo que, al final, ha derivado en una incapacitación emocional para educar correctamente al crío. A mí me asombra, pero es así. Quisiera tratar este punto en otro artículo, porque la cosa tiene miga.

    Gracias por sus palabras, Juan Pedro. Viniendo de usted son un honor. Pues fíjese, por no extenderme más, no he querido hablar del acusado declive actual de la curiosidad científica. En “La Razón Estrangulada”, Carlos Elías, da la voz de alarma sobre un fenómeno que está ocurriendo en todo Occidente: cada vez hay menos alumnos que se matriculen en ciencias puras, como física y química. Este declive no es independiente del declive de la filosofía. Al revés: el declive en filosofía precede al declive en ciencia. La ciudadanía igualitarista carece de crítica, no parará de festejar la ruptura nihilista con el pasado, y esto supone, sencillamente, no saber nada o casi nada del mundo: Nadie puede conocer el presente sin conocer el pasado. Nuestros queridos posmodernos viven en una burbuja de fantasía. Creen que el pasado sólo es una rémora de la que zafarse. La excesiva confianza que mata a un hombre concreto, matará la civilización.
    El deterioro en la enseñanza viene precedido por un deterioro en la educación. El igualitarismo/relativismo es el origen de la degradación de la urbanidad, el respeto y las buenas formas. El igualitarismo se traduce en “mira, yo soy tanto como tú, por tanto, yo no tengo porqué ceder ante ti en nada. Tú no eres quien para enseñarme nada. ¿Por qué tendría yo que prestarte atención si no eres ninguna autoridad para mí?”. Esto, por tanto, nos aboca a la sordera y el conflicto permanentes. Entonces, ¿qué le vas a enseñar a un “sordo”? Un maleducado es aquél que hace caso omiso de sus semejantes, que va a suya. Por tanto: el igualitarismo conduce a la mala educación; la mala educación es “sordera”; y la “sordera” del ignaro impide la enseñanza.

    Así es, RM y Ania, a partir de cierta edad, es muy difícil sacar provecho de un chaval malcriado. Nuestro principal problema, y ojo que tenemos muchos, es la mala educación reinante: Niños y jóvenes que pasan de sus mayores olímpicamente porque jamás se les ha enseñado que es el adulto quien, por lógica y sentido común, debe mandar en casa y en la escuela.
    Mientras haya una tendencia por parte de los padres a delegar la educación a los maestros y profesores, la llevamos clara, porque nuestros queridos gobernantes jamás querrán navegar contra corriente.

    Saludos.

  7. 19 febrero 2010 a 10:03 #

    Efectivamente Raus. El libro de Carlos Elias La razón extrangulada es claro y contundente. Un poco cientificista, pero mucho mejor que el naufragio que está produciendo la sinrazón del posmodernismo. El igualitarismo/relativismo es el fin del pensamiento. Y esto procede de la filosofía. El caso del declive de la ciencia no es más que una consecuencia. Como ocurre en el arte y usted muy bien ha analizado. O como sucede en política. Pero, en definitiva, el relativismo y el igualitarismo, en fin, el menosprecio de la auténtica democracia que la encontramos en la oración fúnebre de Pericles y que aboga por la excelencia, es interesado. Quiero decir con ello que al poder le interesa esa ideología. Y no debemos olvidar que la educación no es más que un mecanismo de propaganda de la ideología del poder. Con ese igualitarismo lo que se nos quiere hacer pensar es que vivimos en una democracia plena, casi en un mundo feliz. En definitiva, esto es opio. Porque ese igualitarismo, como conlleva el relativismo, que sufrimos en la enseñanza, porque va aparejado a la pérdida de la autoridad moral e intelectual, no es más que una falsificación para justificar el poder del fuerte. Si todo es relativo y todo se puede defender, entonces la opinión que más vale y que se impone es la del más fuerte. Pero el más fuerte no tiene la razón, sólo la fuerza. Y esto es lo que viene ocurriendo en la política internacional y en la nacional. Y lo que sucede en educación no es más que una consecuencia de esto. La ideología posmoderna igualitarista/relativista se ha impuesto por la fuerza, no por la razón. Para eso se ha vaciado de contenido las conciencias de los ciudadanos y se les ha alimentado con pan y circo, una falsa felicidad. Lo que es la sociedad del consumo que ha producido a un ser individualista y egoísta que no es capaz de mirar más allá de su propio ombligo y de su placer inmediato, un señorito satisfecho, un caprichoso y consentido, carente de voluntad, fuerza y carácter. El sistema de enseñanza es el vehículo de esta ideología. La cosa tiene mala solución en la media en la que los futuros profesores, ya muchos, han pasado por la LOGSE y el sistema de oposición ideologizada para acceder al cuerpo de profesores de secundaria Son un engranaje más dentro del sistema. Pero todavía tienen que llegar los que procedan del plan Bolonia. La universidad se vaciará de sus contenidos y las carreras que tengan su salida en la secundaria, las teóricas, para más gravedad, están viendo reducidos sus contenidos en un porcentaje altísimo. Y a ello hay que añadirle la ideologización que sufrirán por los masters psicopedagógicos, una comedura de tarro que no serán capaces ni de distinguir porque su capacidad crítica ya ha sido extirpada de antemano Los profesores, para lo poco que tendrán que enseñar, se podrán dividir entro los de humanidades y sociales y los de ciencias. Cualquiera podrá dar cualquier asignatura. Se acabó lo de la afinidad. Los contenidos son mínimos y hace falta saber poco. Y los futuros licenciados sabrán muy poco, pero de unas cuantas disciplinas de su ámbito, se acabó el conocimiento profundo y especializado, la excelencia del saber en la que se basa la autoridad en su raíz latina, vuelta a la escuela en peor versión, porque la enseñanza en la escuela es la más importante, pero ésta ya se anuló previamente. Nos aproximamos políticamente a una época neofascista y nihilista y la educación es el instrumento que se está utilizando para adoctrinar. Estamos asistiendo al fin de la modernidad, de la civilización basada en la razón, el respeto, la tolerancia, la libertad. Es más, todo ello se utiliza como neolengua en un mundo orwelliano orquestado por el poder. Urge recuperar la ilustración que considero que no es un proyecto frustrado, sino inacabado. Pero éste es otro tema.

  8. 19 febrero 2010 a 14:25 #

    Esos espectáculos entre padres e hijos que todos los días podemos observar, estimada Ania, en centros públicos, tiendas, parques, etc., son los mismos que tienen al llegar a casa. Las criaturas han aprendido a desafiar constantemente a sus mayores, y como rara vez se les niega nada, crecen altivos e intratables. Mejor dicho: nadie les ha enseñado a no mostrarse desafiantes. La quiebra de la enseñanza sucede a la quiebra de la educación. Un chico analfabeto o ignorante puede, no obstante, estar bien educado (esto mismo dice Moreno Castillo respecto de los niños inmigrantes). Y, en su condición de bien educado, obedecerá a sus adultos. Por tanto, éstos le podrán enseñar matemáticas, lengua o lo que sea. Pero la cosa cambia cuando tenemos un chico maleducado. No importa que proceda de una familia de buen nivel cultural, ni que asista a un buen colegio: por ser maleducado será también un ignorante.
    La prueba es contundente: hay una altísima correlación estadística entre grosería, insolencia e ignorancia. A más insolencia, más ignorancia. E insisto, no necesariamente a más ignorancia le corresponde más insolencia. Y creo que esto debería darnos que pensar sobre cuestiones de causa-efecto.

    Sí, estimado Juan Pedro, el igualitarismo/relativismo es el fin del pensamiento. Es decir, el fin de la socialización del ser humano. Es terriblemente irónico que los pedagogos logsianos sitúen la socialización en los altares, cuando, precisamente, la aplicación de sus principios está estrangulando la educación y la socialización de los niños y jóvenes. El fin del pensamiento racional es una consecuencia de la recusación de la prueba pública, aquélla que se muestra como evidencia a las mentes preparadas. Por el contrario, la hegemonía del relativismo recluye a cada individuo en el tugurio de sus convicciones personales. Ya no será posible el entendimiento mutuo y la convivencia pacífica, sino la convención y la tolerancia.

    Si el padre y el maestro no están jerárquicamente por encima del niño, si éste es “igual” que aquéllos, lo que tenemos es la imposibilidad de educarle y enseñarle.

    A ver si encuentro tiempo y seguimos hablando del resto de su comentario.

    Saludos.

  9. 22 febrero 2010 a 0:56 #

    Y no deja de ser una hilarante ironía, Juan Pedro, que el igualitarismo/relativismo, orgullo de la armada progresista, sea la caja de pandora de cualquier programa izquierdista serio. Pues, en realidad, el relativismo presta impagable servicio a la maquinaria del consumo desaforado. Si algo necesitaban los grandes mercaderes de este mundo es que el relativismo penetrara en las conciencias de la ciudadanía. El más caro trofeo para la posmodernidad es la conquista de la “libertad” política a través del igualitarismo (“Nadie hay por encima de mí”) y el relativismo (“mi opinión vale tanto como la de cualquiera”). En apariencia, el hombre posmoderno queda redimido de sujeciones espurias o subyugantes, libre de autoridades absolutistas. La posmodernidad es el gran momento de la subjetividad desparramada. Es decir, de que cada cual organice su vida a su manera, ajeno a preceptos, normas y reglas mayoritarios, comunes o racionales. Han desaparecido, en efecto, las etiquetas, los protocolos, las prédicas ecuménicas sobre el bien y el mal, el gusto universal sobre lo bello y lo feo… Dicho de otra manera: se ha desvanecido el sentido común. ¿Merecen los excrementos de elefante mostrarse en las salas de arte? Hace unas décadas –pero ya bastantes- se hubiera dado una respuesta común: “No, qué ocurrencia, no lo merecen”. Hoy, como vemos, no está claro: unos dirán que sí y otros que no. ¿Está bien o mal mutilar el clítoris de una niña? Otrora, esta pregunta, hubiese recibido una respuesta unánime, común: eso está mal. Hoy, el relativismo imperante ha abierto el abanico de respuestas: “depende, quizá, para los de aquellas sociedades sí…”

    Y he aquí, en esta inopinada variedad de opiniones, en esta desaforada y demencial liberación de las subjetividades cautivas en la modernidad por el sentido común, donde el mercado encuentra ocasión para diversificar sus productos hasta límites inimaginables. ¿Quién se iba a imaginar antes de semejante liberación que los excrementos pudieran llegar a ser objetos de arte sometidos a pública subasta? ¿Quién hubiera imaginado en los viejos tiempos del sentido común que llegaría el día en que los fabricantes de pantalones fabricarán, de ex profeso, pantalones raídos y rotos por cualquier parte? La desaparición del sentido común favorece la penetración y diversificación del mercado: ahora, cada persona/cliente merecerá una atención personalizada del vendedor, cada producto podrá ser “tuneado” a gusto del consumidor, la oferta de servicios será una combinación hecha a medida del comprador.

    El relativismo, al fin, es el mejor aliado del mercado y el consumismo desaforado; y por más que las huestes de la progresía lo presenten en sociedad como el pináculo de las liberadoras conquistas políticas y sociales de la izquierda piji-progre, lo cierto es que, a la postre, ese relativismo no es otra cosa que el más rendido fámulo del mercado.

    El totalitarismo asoma el hocico tras la esquina. El triunfo de la subjetividad frente al sentido común aboca a un conflicto de anomia cuyo remate es el despotismo de los más fuertes, en el sentido más primitivo y brutal de la expresión.

    Saludos

  10. Andamiajes
    7 agosto 2011 a 16:19 #

    Y como complemento a este excelente y clarificadorartículo sobre la educación patria, he aquí una interesante película, que bien merece un visionado durante la cena familiar:

    SEMILLA DE MALDAD (Blackboard Jungle, 1955) de Richard Brooks

    Los americanos nos llevan unas cuantas décadas de ventaja en este tema (y en muchos otros)…

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