La tabla rasa de Vicente Verdú

Al contrario de lo que suele pregonarse, el esfuerzo para que los chicos lean a Cervantes o a Manolo Longares, aprecien los conciertos de Brahms o celebren la pintura de Manet y Ráfols-Casamada es una marcha atrás, con lo que en lugar de hacerles avanzar los convertirá en retrasados”.

Esto escribe Vicente Verdú en un artículo de El País. Parece una frase epatante, pero, en realidad, es un cliché tan viejo como las vanguardias de principios del Siglo XX. Lo que se desliza como un juicio visionario no es sino el repetido mito de la “tabla rasa”. El pasado, la tradición, la herencia cultural toda: un pesado lastre.

A eso se refería Marinetti cuando, en 1909, decía que un Ferrari era más bello que la Victoria de Samotracia: lo cual, por cierto, no significaba más que cambiar un icono por otro. El deportivo como metáfora de un progreso imparable. Al igual que Verdú, el italiano estaba convencido de que tal progreso consistía en demoler el mármol de los maestros antiguos. Pero el impulso artístico del ser humano no dejó por ello de investigar más allá de la fascinación por las máquinas veloces.

Cien años después, la historia se repite. Dice Verdú que “la cultura es la cultura de cada época”, como si con cada nueva generación la Humanidad se viese obligada a formatear su disco duro. Sostenemos que no existe un modelo cultural absoluto para concederle tal estatus a la Actualidad. Arroja al fuego los viejos libros, rechaza el viejo contrapunto, desecha lo que ya sabemos. Corre.

Tengo mis dudas de que se pueda llegar muy lejos tan ligero de equipaje. Sí, tal vez, si lo que se quiere es emular a un coche de carreras. Pero la vida es un poco más larga que el Circuito de Bahrein, y, para quienes no ejercemos de profetas, mucho más impredecibles sus caminos. Así que tal vez convenga avituallarse antes de tomar la salida.

¿Pinturas enmarcadas? ¿Sinfonías solemnes? ¿Lecturas parsimoniosas? El tiempo que ahora discurre es incompatible con la majestad, la jerarquía y la lentitud. Es incompatible con la reflexión, la concentración y la linealidad para ser, por el contrario, veloz emocional, complejo e interactivo”.

Puro “futurismo”. Es de admirar cómo elige Don Vicente las palabras para pintar nuestro legado artístico con los colores más grises. De veras que le dan a uno ganas de bostezar. Suele ocurrir cuando se vocea una premisa totalitaria: se acude a los estereotipos que mejor contribuyan a la vulgarización del adversario. Así, a esa herencia se le llama “el pesado fardo de otros siglos”. El presente, en cambio, es un paisaje de fascinante policromía.

Una idea semejante de la cultura no deja de tener su reflejo en lo que, según Verdú, debe ser la educación del Siglo XXI:

De este modo, cualquier profesor de universidad o de escuela que, impulsado por su entusiasmo, pretenda comunicar el disfrute de esa cosmología chocará con mentalidades extrañas, radicalmente apartadas de ese universo cultural”.

Así que no se entusiasmen, profes. Esa cosmología no mola, y ustedes deben entender que sus alumnos rechazen “radicalmente” todo aquello cuanto desconocen. ¿Qué enseñar, pues?

A la escuela se le escapó de las manos la enseñanza de la fotografía, del cine, de la televisión, de la publicidad o de la música pop por considerarlos fenómenos de baja calidad, totalmente indignos de llamarse cultos”.

Falso. Invito a Don Vicente a que eche un vistazo a las programaciones y libros de texto de los últimos años. Por ejemplo, de las asignaturas de Música y Dibujo. Todas esas manifestaciones contemporáneas, y otras como el cómic, se incluyen en el temario con tal celo que apenas dejan espacio a la música, así llamada, “clásica”. Hasta puede uno darse de bruces con una foto de los Estopa o de La Oreja de Van Gogh, ídolos fugaces que serán reemplazados en las fotografías por quienes les  hayan de suceder en el podio de los Super Ventas. Esto es así porque, a qué dudarlo, los rumberos catalanes son más interactivos, complejos y emocionales que Stravinsky, Mozart, Chet Baker, Stockhausen o la Velvet Underground. La Escuela de hoy, teledirigida por los nuevos idiócratas, ya está haciendo exactamente lo que usted demanda.

La música pop, dice. ¿Qué pop, Don Vicente? ¿Cree usted que la inmensa mayoría de alumnos escuchan a grupos como Animal Collective, The Divine Comedy, Sr. Chinarro o John Zorn? No, por cierto. Y le aseguro que iniciarlos en la escucha de tales grupos es una tarea tan difícil como estimular su interés por los madrigales de Monteverdi. Lo que ellos conocen es lo que vomita la Radio Fórmula, que, como usted sabrá por Umberto Eco, suele corresponderse con productos artísticos de ínfima calidad y que, en cualquier caso, son sólo explicables por la tradición anterior. Fíjese cómo tira del hilo un errado profesor de instituto:

Dice usted:

Ahora está ocurriendo algo parecido. Las lágrimas derramadas porque los chicos no cojan un libro o no sepan valorar a Gerhard Richter impedirán ver la cultura que bulle en la red y donde, desde el net-art a las nuevas fórmulas narrativas, desde el rap o los grafiti, constituyen un sistema en el que la instrucción y el pensamiento crítico tienen mucho que hacer”.

Public Enemy, crucial grupo de rap, citaba como influencias a Ornette Coleman (free jazz) y Miles Davis (cool jazz). Miles Davis tiene como referente a Charlie Parker (Bebop), quien, a su vez, admiraba profundamente a Stravinsky. Y Stravinsky, vanguardista e iconoclasta, pasó también por una etapa neoclásica que era en realidad “neobarroca”, por cuanto gustaba de recrear formas musicales tan antiguas como la Passacaglia… Eso tirando de uno solo de los hilos de la madeja. Penélope no es un invento de Google, como Homer no es sólo un simpático gordito que devora rosquillas.

Lo referido a la música es extensible a cualquier arte, pero ya lo sabe usted de sobra. Si suprimimos la reflexión, la jerarquía, la lentitud y cualquier cosa que nuestros adolescentes no consuman a diario, ¿para qué la Escuela? Como decía Brodsky, “la cultura es elitista por definición”. Y no por razones sociales, sino porque exige los dos requisitos que usted parece negar a nuestros jóvenes: esfuerzo y tiempo. Mucho tiempo.

Si usted dispone de él, reflexione sobre ello.

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19 comentarios en “La tabla rasa de Vicente Verdú”

  1. Juan
    4 febrero 2010 a 10:19 #

    Excelente, David.
    El señor Verdú, por lo visto, debe de ser otro de esos que considera que la escuela ya está obsoleta y que no hay nada que transmitir, ni enseñar. Bueno, pues a ver si se aclaran, cerramos los centros educativos y los chavales a la calle y a internet y nos dejan en paz de una vez.
    Vaya gilipollas. (Lo siento por el “vaya”)

    • 4 febrero 2010 a 11:46 #

      Juan, el artículo no es mío -¡ya me hubiese gustado a mí!-. Ha sido un error de edición del que me acabo de dar cuenta. Pido disculpas a los lectores y a Nacho Camino, el autor.

      Un saludo

  2. 4 febrero 2010 a 12:49 #

    Enhorabuena, Nacho.

  3. 4 febrero 2010 a 13:00 #

    Magnífica recensión. Creo que no hay mejor manera de decirlo. Para quien no sabe siquiera prestar atención a sus oídos parece que cierta música “alternativa” (que generalmente designa una alternativa a la buena música) es una ruptura innovadora con respecto a la tradición, cuando lo que ocurre en realidad es que no es más que una simplificación paródica de la música de siglos pasados. Cuando se intenta hacer algo “nuevo” con acordes mayores y, si me apuras, menores, el intento no d amás que risa o lástima. Es imposible hacer algo valioso repitiendo hasta la obsesión secuencias esquemáticas de cuatro acordes. La gran innovación de esta música oficial reside únicamente en que nunca ha existido nada tan aburrido y carente de int´rés.
    La urgente obvsesión por eliminar todo resto del pasado, seña de la modernidad desde aquel Descartes que se empeñaba en dudar todo menos aquello que no le convenía, sigue siendo pensamiento de curso legal.

  4. 4 febrero 2010 a 16:15 #

    Muy buen artículo. Vengo leyendo a este autor, que me parece un auténtico demagogo, desde hace tiempo y me indigna cada vez más. Y en él detecto el vacío de la sociedad contemporánea. En realidad es un altavoz de la sociedad en la que vivimos. Lo curioso es que pretende hacer artículos y libros sociológicos, desde una supuesta objetividad, y lo que hace, simplemente, es confirma el sistema. Lo que podemos llamar: el nihilismo del posmodernismo. Y se cree que hace ciencia y es muy moderno. Desde su obra, El planeta americano, que tiene algo que decir, lo demás es demagogia. Que alguien le haga llegar el excelente artículo de Nacho Camino a este señor.

  5. Lozano andaluz
    4 febrero 2010 a 19:49 #

    Querido Nacho
    Mis más ultramarinas gracias por tu ” vapuleo ”
    ilustrado al PRISERO Verdú.

    Por cierto, ¿ Cuándo nos das un curso -fuera de los CEPos- sobre la música del siglo XX y sus relaciones con otras manifestaciones artísticas y culturales? Yo pago las cervezas.

    Appreciate your rage and you WIT.

  6. proyectotelemaco
    4 febrero 2010 a 20:17 #

    Felicidades por el texto, Nacho. Lúcido e implacable, armado de la argumentación de la que carece el postmoderno consagrado Verdú. El aspecto clave que merece destacarse, creo yo, es que el artículo en cuestión no es un mero entretenimiento para progres con conciencia de intelectuales, esos que se creen mejores que los telespectadores de programas basura porque ellos leen el suplemento cultural de El País. Se trata de la deriva intelectualoide triunfante en estas sociedades europeas en proceso de miserable descomposición, más que de venerable y elegante decadencia. Es la muestra perfecta del relativismo hegemónico y la consecuente ausencia total de pensamiento. Es el signo de los tiempos. Combatirlo dialécticamente es tarea indispensable del hombre libre.
    Un saludo.
    José Sánchez Tortosa

  7. Juan Ramón
    4 febrero 2010 a 20:48 #

    Voy a romper una lanza por Verdú: sus ensayos El planeta americano y El estilo del mundo, desde una aproximación más sociológica el primero y más filosófica el segundo, me parecen francamente buenas divulgaciones e ilustraciones de la postmodernidad y sus síntomas. Pero se la voy a romper en la cabeza: el tono era científico, analítico, distante, hijo de la reflexión, los conceptos, la tradición cultural, la lentitud que parece despreciar. Y más aún: recuerdo otro texto suyo como un elogio del epicureísmo, en el que definía el placer, casi oníricamente, de lentas conversaciones mirando al mar mediterráneo, con cervezas, amigos, meciéndose por el viento y la luz… Este hombre, de tanto estudiar la postmodernidad, se nos postmodernizó. Otra hipótesis, peor intencionada, es que esté sufriendo alguna crisis hormonal-sentimental, en la que aparezcan personas -biológicamente- más jóvenes. Es que no se me ocurre nada, si no.

  8. Nacho Camino
    4 febrero 2010 a 22:49 #

    Gracias a todos por vuestros comentarios. Como sugiere Juan Pedro, Verdú parece haberse convertido en un intelectual de cámara.

    Un apunte musical, a propósito de las palabras de Borja: En efecto, la música culta es la fuente de la que se nutren los géneros populares. Lo que no quita para que también en éstos se den con cierta frecuencia obras de altísima calidad. Todos los grandes del pop (Brian Wilson, Beatles, Velvet Underground, Dylan, Waits, Aphex Twin…) han reconocido, en alguna medida, su deuda con los maestros del pasado. Y, por cierto, también existe el rock atonal. Tengo la suerte de disfrutar con Bach, Ives o Schoenberg tanto como con Robert Wyatt, Scott Walker o The Magnetic Fields. Cada uno en su terreno. No es tanto un problema de lenguaje (tonal, dodecafónico, politonal o serialista integrado) como de elaborar un discurso coherente y rico con cualesquiera de esos materiales. Nuestra ventaja, en el siglo XXI, es disponer de una paleta tan variada. En este sentido, me gusta el enfoque desprejuiciado de Alex Ross en “El ruido eterno”, señalando las influencias y relaciones entre ambos mundos: el, mal llamado, clásico, y el pop. El problema es que Verdú, en su rendición intelectual, da la impresión de haberse quedado en Eminem o, aún peor, Shakira.

    Un afectuoso saludo a todos.

    P.S.: David, no hacen falta las disculpas. Yo hubiera firmado con gusto muchos artículos tuyos.

  9. Mariano
    4 febrero 2010 a 23:01 #

    Me uno a todos los elogios dirigidos al lúcido y atinado comentario de Nacho Camino sobre el artículo de Vicente Verdú, que no había leído.
    Tras leer al visionario sociólogo de guardia, pese a su razonamiento sugerente, aunque falaz y peligroso, no deja de tener una huella de esa sensación posmoderna de fin de la historia y el pensamiento único. Dos grandes descubrimientos intelectuales que resultaron ser a la postre una monumental parida.
    “Melancolía del fin” es quizá un juguete cómico, una travesura de un pequeño burgués displicente, en manos de quien busca epatar con su genial hallazgo, que hará rasgarse las vestiduras a algún que otro lector convencional y nostálgico. Transmite un discurso nocivo porque alimenta el nihilismo pedagógico imperante.
    Según Verdú, los adolescentes y los jóvenes han tirado por la borda el arte, la cultura, el cine, la música que seguía la generación del ilustre articulista. Aparte de que eso no siempre es verdad, afortunadamente, sería como celebrar la tendencia al analfabetismo que puede provocar un sistema educativo tan vacío y una cultura de masas.
    Dejando aparte posmodernidades, esnobismos y ansias de notoriedad, tirar todo el pasado por la borda no sólo no es una idea tan original, sino que aboca inevitablemente a la barbarie. Ya la han defendido todos los totalitarios. Borrar toda huella cultural de unas raíces sin las cuales no se entiende el presente. Y seguramente ni el futuro. Menciona Nacho Camino a Marinetti: recordemos la relación de los futuristas con los fascistas italianos y españoles.
    Plantea implícitamente el insigne columnista de EL PAÍS una falsa dicotomía (la pedagogía oficial está impregnada de ellas, como todo discurso demagógico, maniqueo y manipulador): la tradición cultural versus el último grito. No hay ninguna incompatibilidad en que la escuela esté adaptada a la cultura de su tiempo y a la vez vaya más lejos de lo inmediato (el empobrecedor “entorno” de la pedagogía oficial, a la que se suma el aldeanismo nacionalista) para ir un poco más lejos en el tiempo y en el espacio.
    Un ejemplo: los poetas del grupo del 27 cultivaron todas las variantes de las vanguardias de su tiempo y a la vez reivindicaban a los clásicos españoles y la poesía popularista. De ese mismo espíritu estaba impregnado el republicanismo en la educación y en la cultura. La Barraca, con la participación entusiasta de García Lorca, llevaba a Lope a los pueblos más alejados y con más índice de analfabetismo. Y no por ello los intelectuales y escritores que frecuentaban la Residencia de Estudiantes sentían ninguna melancolía de ningún fin.
    Si Vicente Verdú quiere borrar de su disco duro todo lo que se haya producido hace más de veinticuatro horas, él es muy libre de leer, de ver, de oír o de hacer lo que le plazca. Si así se siente más moderno y entiende más a los jóvenes (y de paso a las jóvenas, una innovación léxica de nuestros días). Pero de ahí a proponer el desarraigo cultural de las generaciones futuras hay un gran trecho.
    Por cierto, en esa tabla rasa que desea hacer el sociólogo descubridor de mediterráneos no aclara si incluye sólo las manifestaciones estéticas o también deben suprimirse los conocimientos históricos, lingüísticos, filosóficos. Si también le parece bien dejar de invertir en la conservación de las iglesias románicas y las catedrales góticas. O hay que derruirlas y reemplazarlas por una arquitectura de diseño, minimalista y ultramoderna.
    Por desgracia, el desatinado artículo que Nacho Camino despelleja con acierto y desenmascara en sus sofismas contribuye a la apología del analfabetismo, que al fin y a la postre es uno de los “objetivos” perseguidos por la pedante, desdeñosa y nefanda doctrina didáctica dominante en los ecos de la posmodernidad, corriente de pensamiento acertadamente calificada en su día por Vázquez Montalbán como “chucherías del espíritu”.

  10. Luzroja
    4 febrero 2010 a 23:23 #

    Pero dentro de ese mismo discurso del no al pasado, se levantan historietas para enaltecer el terruño.
    En los libros de texto de primaria aparece la comunidad autónoma de turno repujada con: instituciones políticas, nociones de historia de libre interpretación, geografía de las costumbres, de las ermitas, de los ríos y riachuelos,de hierbas y matojos, de arte y artesanía, de canciones y chanzas, de dimes y diretes…,y hasta clases de lengua vernácula (aunque esta lengua nunca se haya escrito y sea otra cosa la que se enseñe) en fin un mirarse el omblligo para buscarse….qué, ¿la pelusa?

  11. 5 febrero 2010 a 0:52 #

    Gracias por el artículo, Nacho. Es un placer leer un texto tan preciso y perspicaz.
    Yo no sé qué ocurre en las columnas de EL PAíS, pero parece que atrofian incluso a quienes, sin ser nada del otro jueves a pesar de los laureles (otorgados por el partido), por lo menos parecía que tenían dos dedos de frente. Vicente Verdú no era de los que peor me caían. Con este artículo ingresa directamente en la nómina de escritor-articulista-tontoelculo.
    Los otros se han ganado a pulso su sueldo ya hace mucho tiempo. Ese especimen de novelista amparado por el periódico para opinar taxativa, ética, sentimentalmente, de lo divino y lo humano, con igual grado de pedantería y estupidez, ha acabado revolviéndonos las tripas. En mi blog ya tuve ocasión de poner de manifiesto lo que considero el premio Nobel de la idiotez articulista: una pamema de Clara Sánchez sobre la enseñanza que alcanza las más altas cimas de la estulticia http://www.elpais.com/articulo/madrid/vuelta/cole/elpepiespmad/20080921elpmad_12/Tes.
    Esta especie de párrocos laicos, aquilatados demócratas, solidarios militantes, tolerantes del copón, que el periódico ha elevado al grado de comentaristas únicos, porque en la mayor parte de los temas la opinión versada brilla por su ausencia, y sólo se le ofrece al lector el golpe de efecto, el articulillo moraleja, esta caterva de imprescindibles intelectualillos se ha conferido a sí misma la tarea de llevar a la Humanidad de Hispanistán a la bondad democrática, y ahí los tienes día a día diciéndonos lo que hay que pensar, lo que hay que sentir, y a quien hay que votar. La inclinación proselitista del articulero novelista es tal, que bien se puede decir que el periódico ya no huele a tinta. Huele a monja demócrata. López Millás nos ha torturado con su feminismo antimaltratador y su buenismo zapaterista largas temporadas, Maruja Torres oficia de madre Teresa de Calcuta pero en macarra, Clara Sánchez se cayó de un guindo antes de ayer, a Rosa Montero no hay quien le aguante tanta baba… Todos plenamente instalados en lo que hay y sin ninguna intención de pensárselo dos veces. Al fondo de la escena Juan Cruz, que es como la mamá que cuida de sus polluelos.
    En esta ocasión nos encontramos al señor Verdú esgrimiendo el concepto de contemporaneidad más ridículo que he tenido ocasión de leer. En efecto, como dice Juan Ramón, se le ha postmodernizado la sesera, se le ha pegado la marca de la casa, y se ha vuelto blando, gagá, bobo.
    Quizás lo más interesante de este “Deseducativos” es que poco a poco vamos atisbando la clave del enredo. Se nos va desvelando, gracias a los artículos de unos y otros, a los comentarios de todos, una tópica fétida, un a modo de edificio ruinoso articulado por meras consignas de baratillo, una red ideológica que se ha lanzado para impedir la mínima percepción de la realidad y, por supuesto, dificultar la posibilidad de transmitir el más humilde de los conocimientos.

    • Juan Ramón
      5 febrero 2010 a 14:57 #

      Muy interesante el artículo que citas, Antonio. Pero yo estoy convencido de que Clara Sánchez no se leyó el libro de Pennac sino cualquier reseña evangélica sobre él de la sección de educación de su diario; libro al que por otra parte en este país se puede citar sin mayores problemas: otra cosa sería citar los que tú y yo sabemos de redacción nacional y bastante (creo yo) más substancia.
      Por cierto ¿bajo que categoría tienes archivado su análisis? Y enhorabuena por tu blog.

  12. 5 febrero 2010 a 18:24 #

    Verdú chochea sin remedio cuando huye de su chochez por el temor a no reconocerse en quien es, y da un zapatazo a la educación y se declara abanderado de cualquier mamarrachada por más que él sea consciente de la devoción perenne que profesa a las vacas sagradas de esa cultura que denigra. Viste mucho la iconoclastia, aun procediendo de personas firmemente establecidas.
    Simplemente le recomendaría la lectura de El asno de oro. Igual le sorprende descubrir que la ultramodernidad es, muy a menudo, ultraantigüedad.

  13. Borja Contreras Ortiz
    6 febrero 2010 a 9:46 #

    Sois muy duros con Vicente Verdú. Tiene una obra larga y estimable, aunque en mi humilde opinión patine de vez en cuando. Pero eso es lógico cuando se desarrollan reflexiones de ese estilo, practicando un análisis que busca ir más allá de lo empírico para analizar el trasfondo de la realidad social.
    Desde luego este artículo me parece totalmente desenfocado y esto ocurre, tal vez, porque la observación distante necesaria para un buen análisis en ocasiones puede producir dificultades para la visión y si uno no atina con lo que ve difícimente puede analizarlo con lucidez.
    De hecho me parece que alguien capaz de leer los ensayos de Verdú debe disponer de referencias culturales y de “lentitud, majestad y jerarquía”. Su propia obra se autoinmola con su rendición a la prisa. Si queremos entender algo – o intentar entenderlo- debemos partir del conocimiento y practicar “la paciencia del concepto”, que decía Hegel. Único camino que puede llevar a la comprensión incluso del pop, el hip-hop o cualquier otro producto sea o no de nuestro gusto.
    No se trata de “celebrar a Manet o a Ráfols-Casamada”; se trata de conocer para celebrar o denostar. La falta de referencias -sean éstas aplaudidas o polémicas- sólo genera falta de criterio e incapacidad de juicio. Desgraciadamente los alumnos actuales no ya no celebran a Manet ni a Ráfols-Casamada, sino que la mayoría no conoce al primero y me juego el cuello a que ninguno conoce al segundo…

  14. 6 febrero 2010 a 12:28 #

    Algo parecido pasa con Gilles Lipovetsky. Tras leerlo, uno no sabe exactamente si denuncia o celebra la posmodernidad que tan bien describe. Alain Finkielkraut, en la “Derrota del pensamiento” (si no recuerdo mal) también se lamentaba de la ambigüedad de aquél. A mí, lo reconozco, me resulta particularmente irritante, porque ese continuo juego de “sí pero no” de “sí y no” es, en sí mismo, muy relativista y muy posmoderno. A la vista de cuál es el panorama que nos deja la posmodernidad, tras largos años de hegemonía ideológica, creo que hay poco lugar para el champán, y sí, más bien, para las velas y las flores.

    No es ya hora de tibiezas y ambigüedades, que se traducen, al fin, en acatamiento y sumisión cobarde a lo que hay. No juzgar moralmente es, precisamente, uno de los bobos mensajes morales de esta posmodernidad firmemente anclada en el relativismo, el laissez faire, la irresponsabilidad, la condena de la sanción, la espontaneidad roussoniana y el canto al exabrupto. Verdú todavía era capaz de decir en “El Planeta Americano” que los excesos de la cultura estadounidense estaban bien para ellos, sus creadores, pero no para nosotros. Lógicamente, tampoco para ellos está bien, pero, al menos, Verdú quiso entonces advertirnos contra los vicios-USA que estudió con exagerado pormenor.

    Pero me decepcionó un día en que salió en televisión dando su bendición a “Operación Triunfo”. Demasiado para mí. La (pretendida) ausencia de juicio moral a la hora de describir la ausencia de juicio moral del mundo posmoderno es, en sí misma, relativista y posmoderna. Y yo condeno esa ausencia tan propia de quien quiere nadar y guardar la ropa. No diré que la obra de Verdú sea insignificante, ni que nada se pueda aprender de ella, pero sí que sus coqueteos con la posmodernidad son, al fin y al cabo, cosas que otros nos vemos obligados a denunciar y combatir.

    Saludos.

  15. Adrián
    6 febrero 2010 a 15:05 #

    Yo dejé de leer a Verdú el día que se metió con Indurain (hace casi 20 años).

  16. 26 mayo 2015 a 13:07 #

    Hola buenas tardes tengo una hija que tiene una minusvalía y por razones tuve que meterla en un colegio especia aunque ella no lo necesitaba pues su minusvalía es visual y ahora quiere trabajar y la piden el graduado escolar donde lo puedo solicitar tiene algún teléfono es importante para ella gracias

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