La lectura en los institutos

No sé qué manía les ha dado ahora a los que ocupan el poder por hacer que los estudiantes lean. Por fomentar, dicen, el hábito de la lectura. ¿Qué se les habrá pedido? Parto del principio de que al poder no les interesa para nada la lectura. Entiendo, por supuesto, la lectura como vehículo del conocimiento, ya sea desde la literatura o el tratado científico. No entiendo para nada eso de la lectura como entretenimiento. Por supuesto que la actividad de la lectura es placentera, pero porque estimula nuestras facultades del conocimiento, desde la sensibilidad a la imaginación y la razón. Y el que pone en ejecución estas actividades cerebrales obtiene placer. Un placer gratificante que no es más que el del funcionamiento de nuestras facultades del conocimiento. Placer que, curiosamente nos lleva a la liberación. Porque la lectura, al relacionarla con el vehículo del conocimiento -adviértase que existen múltiples soportes de lectura- es una forma de autoliberación en la medida en la que tomamos conciencia del mudo en el que vivimos y de quiénes somos. Por tanto, nos vemos obligados a tomar las riendas de nuestra existencia, es decir, a enfrentarnos a la carga de nuestra libertad. Y esto es lo que conlleva el atreverse a pensar libremente. Todo esto, y mucho más, conlleva la lectura.

No entiendo, pues, cuando seguimos la tesis que he expuesto más arriba, el interés del poder en el fomento de la lectura. Para empezar, el poder entiende la lectura como mero entretenimiento, lo cual no es más que pan y circo. Por eso lo que se ofrece es la lectura infantil y juvenil cercana a la vida actual de los adolescentes. Pura bazofia literaria. Y cando se habla de lectura, sólo se habla de literatura y, encima, de la mala. No se contempla que leer es también, leer un artículo de opinión, un reportaje, un ensayo histórico o filosófico, un tratado de ciencia o de historia de la ciencia, en fin. Que la lectura va más allá de lo que estos progres y pedagogos entienden. Pero no son tontos del todo. Ellos lo saben. Su fomento de la lectura no es más que opio. Pretenden mantener adormecidas las conciencias. Aunque la cuestión política viene de más lejos.

Me explico. Lo que ha ocurrido es que en los informes de evaluación internacional hemos obtenido una calificación por debajo de la media en capacidad lectora y matemáticas. Ambos conocimientos son instrumentales para el resto de las disciplinas. Si fallamos en los instrumentos no podremos acceder al saber del resto de las disciplinas. Tras este fracaso en nuestros niveles de conocimiento a nivel internacional, las distintas consejerías de educación se han puesto manos a la obra y han elaborado un plan de evaluación de centros. En el caso de Extremadura se ha evaluado en 2º de la ESO la competencia lingüística y matemática. Entiéndase bien, competencia básica, es decir, hablando en plata, lo mínimo que se despacha en conocimientos. En fin, la inmensa mayoría de los institutos están por debajo de la media de lo básico. Cualquiera habla aquí de excelencia. Y como esta autoevaluación del sistema educativo nos da un suspenso, pues ni cortos ni perezosos, nuestros políticos e ideólogos pedagogos de turno nos vienen a decir que hay que hacer un plan de refuerzo de las competencias lectoras y matemáticas. Toma ya. Otra vez la culpa y las tareas burocráticas para el profesor. Como si no tuviésemos que padecer ya, de por sí, esa incomprensión lectora del alumnado, entre otras cosas, en nuestras disciplinas. Pero yo me pregunto: ¿cómo es que estos genios de la pedagogía, estos nuevos salvadores que han reformado lo irreformable en la educación, de tal forma que ya no la reconoce ni la madre que la parió, ni nadie se entera ya de la terminología críptica que utilizan para recubrir de pseudociencia su ignorancia, no se han dado cuenta de que lo que realmente ha suspendido es la ley? La autoevaluación lo que nos ha demostrado es que la ley de enseñanza falla. Es decir, que los alumnos en primaria no aprenden a leer correctamente. Y el motivo es muy claro, la promoción automática. Si el alumno promociona desde la primaria sin saber leer, pues qué vamos a hacer ya en la secundaria. ¿Por qué estos políticos y demagogos, estos mesías pedagógicos, no son de una puñetera vez sinceros y reconocen su culpabilidad? La ley de enseñanza LOGSE-LOE es un entero fracaso. Nos lo dicen en el extranjero y nuestros planes de evaluación nos lo demuestran, por si no nos lo creíamos. Pues no, ellos no se bajan de la burra. Que el alumno no sabe leer, a leer diez minutos todos los días en clase. ¡Venga ya! ¿Qué asignatura no utiliza los textos como forma de acceso a los conocimientos, o, como mínimo, la lectura del libro de texto? Estos planes de autoevaluación no nos han venido a descubrir nada. Lo sabíamos por nuestra práctica docente. El alumno ni lee, ni sabe leer, ni le interesa. Pero el fallo está en la ley. Si no se contemplase la promoción automática la inmensa mayoría aprendería a leer.

Lo del hábito de lectura ya es otra cosa.

Leer es un hábito. Y el hábito, como costumbre, se adquiere con un ejercicio, una rutina que se repite y que primero se ha observado en los demás, fundamentalmente en la familia y después en el profesorado. Y pocos son los que en la vida adulta seguirán con este hábito, incluidos los profesores, también los universitarios. Advierto que no entiendo por leer la lectura de la basura de los best sellers apilados como tambores de detergentes en las librerías. Me refiero a lo que dije al principio. En la vida adulta empiezan otras prioridades y obligaciones que dejan poco tiempo para la lectura como formación en tu propia disciplina. Los centros de enseñanza están plagados de profesores que no han leído, en su disciplina, ni ensayos, ni literatura clásica, ni un simple artículo de opinión de un periódico serio. No pidamos peras al olmo. La lectura, hoy en día tremendamente amplificada, aunque transformada en una lectura fragmentaria y poco profunda por ese medio divino y diabólico a la par que es Internet, es cosa de pocos. Siempre lo ha sido y siempre lo será. Ahora bien, que la actividad intelectual sea de pocos no quiere decir que el sistema de enseñanza olvide la enseñanza de la lectura y el fomento de la misma. Es su obligación, pero lo que yo he querido decir aquí es que la evaluación de las competencias básicas lo que ha puesto en cuestión es el sistema legal de la enseñanza, que no se pueden poner parches cuando la cosa ya casi no tiene remedio. Lo que sí sería de interés es fomentar la lectura en todas las disciplinas. El saber está en los libros (ampliable a Internet, pero esto no es más que otro soporte para la lectura, viene a ser lo mismo potenciando, casi al infinito, la accesibilidad a la información), no en el libro de texto. Este último no es más que un esquema, un resumen, una serie de ejercicios, un saber normalizado y de contenidos mínimos fijados por el ministerio. En los libros trascendemos este saber y encontramos el sentido a la disciplina que divulgamos en nuestras clases. Cada departamento debe fomentar la lectura como vía de acceso a un conocimiento superior y más general de su disciplina. Pero para ello el alumno debe haber alcanzado los rudimentos básicos de la lectura: debe ser capaz de comprender lo leído y hacer una exposición oral y por escrito del contenido. Y esto tiene que ser algo obtenido en la primaria, si no, ¿cómo podrán acceder al conocimiento de los cursos superiores? En la secundaria la competencia lectora ha de presuponerse. Ahora bien, otra cosa es que la acumulación de los conocimientos por parte del alumnado puedan abrir el camino hacia lecturas más complejas y enriquecedoras. Ésta es la labor de los departamentos.

No quiero ni admito parches. Y que cada palo aguante su vela. Ya está bien de que el fracaso de los políticos lo paguemos los ciudadanos y, en este caso, los profesores.

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Categorías: Diagnósticos, Soluciones

Autor:Juan Pedro Viñuela Rodríguez

Profesor de ética y filosofía. Autor de Fin de milenio y otros ensayos. Una mirada etica a la tecnociencia y el progreso y Filosofía desde la trinchera. Director del seminario de CTS del IES MELÉNDEZ VALDÉS, y de la revista de ensayos Esbozos.

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6 comentarios en “La lectura en los institutos”

  1. 29 enero 2010 a 11:33 #

    Completamente de acuerdo. Mientras se reduzcan, como ha ocurrido, horas en matemáticas en Primaria y se descienda la exigencia en disciplinas lingüísticas, hay poco que hacer en Secundaria. Llevo pocos años trabajando de profesor, pero ya tengo la convicción de que el sistema, lejos de favorecer la educación y la cultura, sólo se preocupa por que aumenten los porcentajes de alumnos que promocionen, ¡como si un mayor número de alumnos aprobados implicara una educación mejor¡……. Muy bueno el post, y gracias por vuestros análisis tan provechosos….

    • 29 enero 2010 a 16:02 #

      Efectivamente, de lo que se trata es de enmascarar las cifras de fracaso escolar. Lo único que les importa son las apariencias. Se han propuesto dogmática y fanáticamente defender el sistema educativo que tenemos, que no quieren ver la evidencia. Si los resultados fallan, lo que se hace es trucarlos. Les importa un bledo la calidad de la educación y el futuro de la ciudadanía. Quieren mentes sumisas y dominadas. Ni virtud, ni excelencia, ni conocimientos. Los imprescindibles para adaptarse al sistema.
      Gracias.

  2. Mari Cruz Gallego
    29 enero 2010 a 20:15 #

    “Los centros de enseñanza están plagados de profesores que no han leído, en su disciplina, ni ensayos, ni literatura clásica, ni un simple artículo de opinión de un periódico serio. No pidamos peras al olmo”

    Si le sumamos esto a lo que comentas del sistema, que todos conocemos, tenemos todos los ingredientes del desastre. Hay profesores que tienen el título de su materia como podrían tener el de mecánica y la situación será peor cuando lleguen al aula los estudiantes de hoy. No se puede exigir excelencia si se ofrece mediocridad.

  3. Luzroja
    30 enero 2010 a 20:10 #

    Leer no puede depender de que el alumno tenga la suerte de haber nacido en una familia donde se lea, el sistema escolar debe, necesariamente, corregir esta circunstancia y debe procurar para aquellos alumnos en los que en su casa no se lee nada de nada, la oportunidad de la lectura.

    La lectura como placer se abandona pronto porque cualquier otro ocio proporciona mucho más placer y entretenimiento inmediato que la lectura.
    Es precisamente la virtud de la lectura: su capacidad para satisfaccer el intelecto (virtud que no se encuentra en ningún otro medio audiovisual, e incluyo el cine “con mensaje”) la única que hará lectores a nuestros alumnos. Cualquier habilidad que uno tenga lo enorgullece, pero ninguna tiene parangón con la intelectual, por ello, tras los duros empezares con los textos, se arriba a un plano de satisfacción porque lo que se logra con este ejercicio es placer intelectual.

    El argumento: padres que no leen, niño que no leerá es una falacia, a mi me suena a condena bíblica.

    Muchos de mi generación crecimos en hogares en los que no había ni un sólo libro, en los que los padres no leían nada de nada, todo lo más se escuchaba la radio. Pero hubo profesores que pusieron ante nosotros el libro “llave” aquel que nos dio a probar “del árbol prohibido”.

    La figura del profesor es imprescindible, de hecho es la única que puede ser referente para aquellos alumnos en cuyos hogares la vida intelectual es gris, si estos profesores le tienen miedo a los textos y se dejan engatusar por la basura “escritológica” están definitivamente cargándose la única posibilidad que tenían esos alumnos.

    Fue “Utopia” de Tomas Moro, ese librito tan corto, el que puso en mi cabeza un pricipio y un fin, fue “la llave” y a él le siguieron otros muchos.

  4. 31 enero 2010 a 19:39 #

    “Querer es poder”, se decía, y hoy se vende la trola manola de que no hace falta querer saber para poder saber, que únicamente con “estar” en los centros educativos saldrán de ellos las criaturas con el saber aprehendido. Nos movemos en un espacio público en el que la propaganda sustituye al razonamiento, y contra eso es muy difícil luchar desde las razones, porque muy a menudo pueblos enteros se embaucan a sí mismos con esas imágenes celestiales que los políticos les ponen delante para mercarles el voto. Se ha corrido la especie de que los niños son esponjas y de que, por el mero hecho de serlas, ahí se acaba su participación en la dura tarea del aprendizaje. Dejando de lado la humillante comparación, dado el humilde escalafón de la esponja en la jerarquía de los organismos complejos, nadie se atreve a decir que sólo en esas criaturas está la llave capaz de abrir la puerta para poder asomarse al conocimiento y luchar por adquirirlo.
    El primer conocimiento de todos, y no puede ser de otra manera, es el de la propia lengua, en el que raramente somos competentes en el grado en que deberíamos serlo.Si echamos la vista atrás y comprobamos desde cuándo se enseña la propia lengua a los alumnos, nos daremos cuenta de que hablamos de siglos de experiencias didácticas. Con todo, cada vez que oigo hablar a un pedagogo, tengo la impresión de que la enseñanza de la lengua ha nacido con él, que parte de cero. Lo único que me pregunto es si después de tantos siglos intentando buscar la excelencia en la competencia comunicativa y de obtener unos tan magros resultados, no deberíamos empezar a pensar que la suerte de “café para todos” que se busca en esas evaluaciones disparatadas, es decir, la incompetencia general básica, no es sino un trasunto fiel de algo que ya no se puede seguir obviando: el dominio de la lengua, de las lenguas, por más que se democratice la escuela, no depende de las inversiones, sino de las capacidades humanas puestas en juego. ¿O descubrir la incompetencia tradicional española para el aprendizaje de lenguas extranjeras es un invento antipatriótico?
    De la lectura difícilmente se saca placer si quienes leen tropiezan cada dos por tres en la sintaxis y en el léxico, amén de en la propia dificultad de los propios mensajes. Enseñar a leer es, en realidad, enseñar a pensar. Y en eso estoy de acuerdo con el autor: no interesa. Por eso no tocan las ratios ni reducen el currículo.
    Finalmente, que me alargo demasiado, y vuelvo al principio, nunca se puede enseñar a quien no quiere aprender. ¡Cuántas veces he lamentado ante mis malos alumnos el devastador poder de autodestrucción que poseen!, un poder contra el que nada pueden los padres, los profesores, los jueces ni nadie
    P.S. Que sé de lo que hablo lo prueba el que haya pasado por clases de recuperación de Lengua, en aquel bachillerato que empezaba a los 10 años, y el hecho de no haber leído un libro completo hasta los quince años.

  5. 1 febrero 2010 a 19:20 #

    Es que hay una paradoja tremenda en todo esto. El placer no tiene nada que ver con la obligación. No se puede fomentar el placer desde la imposición. El verbo leer, como amar, no admite imperativos. Además la lectura es un derecho, como lo es no leer. Habría que reflexionar algo más sobre el tema. Recomiendo a Pennac, en Como una novela.
    Un sistema educativo debe enseñara a leer, y leer es en gran medida, comprender. Que luego guste más o guste menos depende de muchos factores. Unir ocio con lectura es complicado, porque a nadie se le obliga a ir al cine o a hacer un resumen de un capítulo de la serie favorita. Es un terreno resbaladizo. Hay que andar con cuidado, desde mi punto de vista. A mí me está funcionando ofrecer todas las semanas una hora para que mis alumnos lean lo que quieran. Hay quienes no terminan ni la primera página y otros que se beben los libros. Cuando la lectura se ofrece como voluntaria, como entretenimiento, debe contemplar que todos no somos iguales, que no tenemos los mismos gustos ni las mismas aficiones. Ahora, cuando analizamos algún texto, todos lo leen para hacer las actividades. Esto, para mí, es esencial. Estamos hablando del terreno de la intimidad, y en ocasiones lo hacemos a la ligera. Quieren burocratizar la lectura, y se van a estrellar. Y yo me alegraré, porque no pueden hablar ni legislar la lectura quienes no leen absolutamente nada.

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