Así de crudo

Estimados amigos, daré mi opinión, por si a alguien le interesa. La expondré con toda crudeza, pues, sin duda, la realidad a que nos enfrentamos también lo es. Gran parte de la población considera que ustedes, los profesores, tienen la culpa del fracaso en la enseñanza. Tanto para la Administración como para las familias lo más fácil es echarle la culpa al profesorado. Los padres no conocen con la hondura suficiente las aporías y absurdeces del sistema de enseñanza. Ustedes sí, porque las sufren a diario y de cerca, pero no los padres. Difícilmente entenderán hasta qué punto este desaguisado tiene uno de sus más claros orígenes en una mala ley. Lo que muchos creen es que ustedes son, en su mayoría, unos vagos redomados que no hacen caso de los expertos, de los psicopedagogos de postín: que no preparan las adaptaciones curriculares pertinentes, que no atienden la diversidad de las aulas, que no se implican, que no tienen suficiente preparación pedagógica, que sólo piensan en las vacaciones y el sueldo, que carecen de vocación y amor por lo que hacen, etc. Así de crudo. El problema, a juicio de demasiados, es que ustedes no han cumplido con la ley (con la LOGSE). Ignoran que es la ley la que les impide a ustedes hacer bien su trabajo. El mensaje de la secta pedagógica cala con facilidad en unas mentes adoctrinadas durante largos años en el “buenismo” y la corrección política.

La Administración, por su parte, jamás dirá a los padres (potenciales votantes) que ellos tienen un papel fundamental en la educación de los hijos (ojo, en la educación digo, no en la instrucción o formación) y que también ellos tienen culpa de lo que está pasando: no enseñan a sus hijos a respetar a los adultos; delegan en los profesores la educación de los críos pero luego, a la hora de la verdad, les niegan la autoridad para sancionarlos, e incluso montan en cólera si el maestro ha osado castigar a su hijo; transmiten ideas peyorativas hacia el profesorado; no los saben castigar adecuadamente; no les inculcan hábitos de trabajo; no les imponen horarios de estudio; los malcrían constantemente hasta el punto de convertirlos en chicos “hiperactivos” y neuróticos; los sobornan para que hagan lo que deben, etc. Los padres no deberían tener cabida en cuestiones formativas en las escuelas, pero sí en cuestiones educativas, y éstas están íntimamente relacionadas con aquéllas. Un crío mal educado por sus padres, difícilmente será bien formado por sus profesores. ¿Pero qué corajudo político saldrá a la palestra a pedir a los padres progres que dejen de malcriar a sus hijos de una puñetera vez? Nadie, eso no lo esperen. ¿Es un asunto menor esto de los padres? Me temo que no, pero ocasión habrá de hablar de ello más adelante.

La Administración (poco importa de qué gobierno o partido) actúa conforme al nivel de demagogia ya establecido. Saben ustedes mejor que yo cuántas medidas demagógicas han ensayado los diferentes gobiernos: que las familias (los potenciales votantes) tuvieran parte en decisiones puramente académicas, o que el alumno y el profesor discutan ante un “mediador” sobre los motivos de un incidente en clase, o que el alumno no tenga por qué dejar de hacer el examen si se le pilla copiando, o la promoción automática, o que el examen final de 6º que ahora se proyecta no sirva sino como mera información para unos y otros, etc., etc. Todo esto no es más que la cruz de las democracias: la demagogia. Los gobiernos tratan a los ciudadanos como clientes que hay que ganar o conservar. Hay entablada una feroz competencia en los partidos políticos por alcanzar el poder a base de halagar al votante. De la quema no se libran ni los partidos de izquierda ni los de la derecha. Por eso vimos que el PP no hizo nada cuando tuvo ocasión de hacerlo. No ha habido oposición a la LOGSE. No la hubo ni la hay, pues todos los partidos en liza tienen un miedo patológico a ser impopulares. No en vano unos se denominan “socialistas” y otros “populares”: trabajan (hacen promesas) para la sociedad o para el pueblo. Es lo mismo. No hay sustancial diferencia entre uno y otro porque ambos comparten el idéntico objetivo: ganar las elecciones a toda costa. El tío que más regalos haga al sobrino será el tío preferido.

Podemos vivir durante un tiempo instalados en la más pútrida de las demagogias gracias a que disponemos de recursos materiales ingentes que impiden ver el alcance de los errores con rapidez. Somos como el hijo de potentado que gasta y derrocha la fortuna de éste sin que ello la merme ostensiblemente. Por el contrario, una conducta casquivana del hijo de una familia de clase media pronto será advertida y corregida por los adultos. Nuestras sociedades pueden embarcarse en proyectos disparatados porque cuentan con recursos subsidiarios que enmascaran sus deletéreos efectos durante un tiempo. Para cuando se quiere reaccionar, quizá el problema ya sea irreversible.

La cuestión es que el chivo expiatorio más barato son ustedes, los profesores. Son la cabeza visible para todos: para padres, políticos, pedagogos e incluso alumnos (“el profesor no me motiva”). Son los protagonistas de la película. Es tan sencillo como decir: “si el entrenador lo hace bien, los jugadores jugarán bien. Si lo hace mal, los jugadores jugarán mal.”

Escribir artículos es necesario, pero no suficiente. El problema es tan grave que necesitarán pasar a la acción si quieren que alguien les escuche. Sus artículos son magníficos. Pero lo que hace falta es hacerse visible, hacerse notar. Internet es necesario para concitar fuerzas, pero no suficiente. Entiendo que urge darse a conocer en los grandes medios de comunicación: la televisión, la radio y la prensa de más tirada. También -por qué no- en las radios locales. Sería interesante, por otra parte, tener una idea aproximada de cuáles son nuestras fuerzas. ¿Cuántos maestros y profesores hay, siquiera a ojo de buen cubero, descontentos con esta situación? ¿Cuántos de los descontentos estarían dispuestos a luchar por cambiar las cosas? Decía Berkeley que “ser es ser visto”. Pues eso, mientras no nos vea una gran parte de la población, seguiremos sin “ser”, sin existir. Los gobernantes sólo prestan atención a aquello que la ciudadanía y los grandes medios de comunicación prestan atención.

De la huelga como medida de presión nada diré, porque creo que, antes que proponerla, sería necesario tener una estimación aproximada de cuántos estarían dispuestos a secundarla. Quejarse por lo bajini es fácil. Otra cosa es salir a la calle a por todas. No obstante, sería una forma eficaz de hacerse visible con independencia de cuántas fueran las fuerzas reunidas. Una cosa tengo clara: si no somos capaces de convencer a los maestros y profesores remisos (¡a los directamente afectados por la ley!) para luchar por el cambio, si esa “mínima” conquista no nos es posible alcanzar, me parecerá punto menos que milagroso que lleguemos a ver la luz al final del túnel.

Nota de Deseducativos: Damos la bienvenida a Antonio Gallego Raus, psicólogo y autor del blog Las saetas de la luz.

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Categorías: Diagnósticos, Soluciones

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4 comentarios en “Así de crudo”

  1. 29 enero 2010 a 18:22 #

    Interesante reflexión de conjunto, Antonio. Habría mucho sobre lo que comentar, pero seré breve e iré a tres cosas:
    1.- Coincido contigo: debíamos haber pasado de las palabras a los hechos hace ya mucho. Quizás Deseducativos sería una buena plataforma de germinación de algo más activo.
    2.- Esa fortuna de niños bien que dilapidamos -mira las noticias de hoy- tal vez no sea inagotable.
    3.- El excesivo papel que se ha querido dar a los padres en los centros: si lees la gabilóndica propuesta, parece que en eso se quiere ir aún más lejos.

  2. 30 enero 2010 a 10:01 #

    Gracias, amigo Pablo. Yo también espero que este blog sirva para aunar fuerzas y para iniciar algo de verdad prometedor. Y sí, es cierto, los recursos y las riquezas de nuestras opulentas sociedades no son inagotables.

    La gabilóndica propuesta es, como bien sabes, una floritura más del laberinto demagógico en que estamos perdidos. El objetivo es mantener contenta a la población con todo tipo de concesiones y prebendas. El igualitarismo “democrático” se ha convertido en la mejor moneda para comprar votos. En realidad, en muchos sentidos, nos acercamos a una “democracia directa”, en la que se prescinde de representantes ilustrados que defiendan peritamente los intereses de sus representados. El político no trabaja para administrar eficazmente los bienes de la población, sino para repartir prebendas entre sus integrantes. El éxito de un político es proporcional a su habilidad para hacer que el ciudadano se sienta cercano al poder directo. Los títulos nobiliarios eran una forma de demagogia, de halagar para controlar. El rey los imponía a los ciudadanos poderosos para que éstos se sintieran partícipes de su poder, para que se identificaran con él. Los titulados “introyectaban” en parte los atributos del soberano (hacían psicológicamente suyos los atributos del rey), se sentían “él” en alguna medida. Si consigues que el otro se identifique contigo, no se alzará contra ti. Hoy, los gobernantes tienen que detectar los “bancos” de votos más nutridos y numerosos y tratar de atraerlos a sus redes, a despecho, claro está, de los bancos menos numerosos. Se les atrae mediante el soborno y el halago. La obsesión del demócrata transmutado en demagogo es estar enterado puntualmente (digo “puntualmente” en su sentido recto) del estado de opinión de la ciudadanía. El instrumento imprescindible es la demoscopia. No hay diferencia reseñable entre la obsesión del político y la obsesión de las cadenas de televisión o radio por conocer los “índices de audiencia” propios y ajenos.

    El temor del político a pasar por impopular es de tal alcance que, hoy, una buena parte de cuestiones sociales se tratan en función del impacto emocional que las portadas de los periódicos o telediarios tienen en los espectadores. Se gobierna en función de esas portadas. Algunos magistrados, por ejemplo, ya han levantado su voz contra esta forma de hacer política. Se quejan de que se está legislando a salto de mata. Si los medios de comunicación hacen hincapié en algunas cuestiones de moda, el legislador temerá que la ley vigente no esté a la altura de la circunstancias, por lo que reformará la ley ad hoc, con desazón y premura. Pero como los medios pueden seguir presentando casos del problema en cuestión, el legislador se verá de nuevo presionado a modificar la ley. Y así sucesivamente. Al final tenemos leyes grotescas, rayanas en la locura, como las que atañen a la enseñanza o como las de la violencia de “género”.

    Los políticos, como bien saben ustedes, andan rodeados de asesores de imagen, de psicólogos y sociólogos que les informan sobre cómo caer mejor al ciudadano. Nadie dice ya “Vota al PP” (o al PSOE o lo que sea), sino “Vota PP”. No votar “a” X, sino votar X. De esta manera parece que se elimina la distancia entre el votante y el partido votado. El votante “forma parte” de lo votado. Digo todo esto para que reparen en cuál es la máxima preocupación del político que vive en una democracia corroída por la demagogia. Su preocupación es la misma que la de cualquier firma comercial: que sus clientes, actuales o potenciales, se identifiquen con él.

    Cuando el padre del alumno vea que la solícita Administración ha dado un ordenador a su hijo para sus estudios, dirá: “Joer, más que hace la Administración… Si hay fracaso educativo no será por molicie o desinterés de los gobiernos.” Pero el fracaso va a aumentar todavía más, con lo cual las culpas irán directas, de nuevo, al mentón del profesorado. Y esto es muy grave. La ley impide al docente hacer bien su trabajo y, sin embargo, la mayor parte de los docentes guarda silencio. La mayor parte de la población señala al profesorado como la principal causa del fracaso educativo y, pese a todo, el profesorado (en su mayor parte) guarda silencio. Estimados amigos, a mí no me tienen que convencer de dónde está el foco del problema o la causa del naufragio. Lo malo es que el silencio de tantos docentes es percibido como signo de culpabilidad, porque el que calla, otorga.

    Pregúntense, por favor: ¿Por qué han sido tan tibias las propuestas de Gabilondo? ¿Por qué son meramente continuistas? Porque la percepción ciudadana (¡que es la que le interesa al demagogo gobernante!) es que la culpa del desastre reside sobre todo en las malas prácticas del profesorado. ¡Ése es el clamor popular! En tal caso: ¿Por qué se va a cambiar radical o sustancialmente la ley si la población no considera que el problema sea la ley? Gabilondo tiene ojo y medio apuntando al estado de opinión de sus votantes, y medio ojo dedicado a considerar las “posibles” fallas de la ley. Los gobernantes demagogos gobiernan a cortísimo plazo, a salto de mata. Sólo les interesa sortear el obstáculo de las próximas elecciones, por eso se pasan todo el día consultando al tío de las demoscopias e intentando sortear la borrasca que se avecina para mañana.

    Y he aquí el quid de la cuestión, amigos. Que tenemos que convencer al sector político (Administración, partidos, sindicatos…) de que es necesario cambiar la ley; pero resulta que el sector político sólo se deja influir por el estado de opinión general, por lo que opinen sus clientes, y éstos (los votantes) creen que el problema principal reside en el profesorado. ¿Entonces qué? ¿Cómo vamos a cambiar la opinión general? Tarea de titanes, bien lo saben ustedes. Pero no hay otra. Luchando cada cual en su localidad, con los medios de difusión a su alcance: periódicos y radios locales. ¿A qué partidos o sindicatos dirigirnos? A todos, pero debemos estar prevenidos para el revolcón. Los partidos y sindicatos con más votantes y afiliados tienen tanto miedo a ser impopulares como cualquier mortal a un escorpión plantado en la nariz. Ninguno arriesgará tanto como para cambiar la ley de arriba abajo si con ello teme perder clientes. Es que viven de sus clientes, a quienes necesitan halagar de contino. Es que ése es su negocio. Sólo los sindicatos o partidos que no estén tan agobiados por los recados de la demoscopia accederán, quizá, a escucharnos. Entre otras cosas porque éstos necesitan un “programa” alternativo al que ofrecen los más poderosos, y porque no tienen gran cosa que perder. Si ofrecen lo mismo no van a ningún lado.

    Nuestra desgracia es ésta: necesitamos con urgencia modificar una ley que nos ha llevado a la bancarrota académica, pero nos topamos con un poder impermeable a todo lo que no prometa éxito inmediato (sonrisa del cliente), y sordo como una tapia a los mensajes de las políticas impopulares.

    Saludos.

  3. 30 enero 2010 a 16:00 #

    Excelente, Antonio Gallego; buen análisis y acertado en su totalidad, de principio a fin, en nuestra opinión.
    En Crisis Educativa llevamos ya tiempo animando a pasar a la acción. En nuestra ciudad, Huelva, ya hemos convocado varias concentraciones ante la Delegación de Educación; nunca hasta ahora han sido masivas, cierto, pero como tú dices, lo importante es hacerse notar, hacernos visibles, decir “aquí estamos y decimos esto”. Antes fue contra el Plan de Calidad y ahora contra el nuevo ROC (Reglamento de Centros), pero no olvidamos nuestro objetivo principal: un cambio radical del sistema educativo. Ni LOGSE, ni LOCE, ni LOE, ni LEA, ni LEC, ni nada que se parezca a esa leyes, todas imbuidas de lo nosotros llamamos el “espíritu LOgsE”.
    Desde aquí animamos a todos a seguir luchando por la enseñanza pública.
    Saludos

  4. 31 enero 2010 a 8:09 #

    Muchas gracias, Juan, muy amables. Pincho en tu nombre para acceder a crisiseducativa, pero me da problemas de conexión. Me gustaría leeros o participar, si ello es posible.

    Ojalá todo esto empiece a cambiar pronto. Creo que se perciben livianos signos de cambio en el ambiente. Pero a soplidos no vamos a derribar ninguna torre. En mi opinión, hacen ustedes lo correcto: manifestarse ante las puertas de las impertérritas y maleducadas autoridades educativas. Hay que plantarse y decir: “yo en estas condiciones no puedo trabajar”. A la ciudadanía le tiene que llegar un mensaje muy claro: “las gabilóndicas “reformas” no conseguirán frenar el desastre; el fracaso educativo seguirá en aumento hasta que no se cambie radicalmente la ley y, ojo, también las prácticas “educativas” empleadas en la inmensa mayoría de los hogares.” Y añadir la siguiente coletilla: “luego no digan que no se lo hemos advertido”. Y este mensaje alarmante -que no alarmista- debe repetirse hasta la saciedad, hasta que no exista bicho con orejas en este farandulero país que no lo haya oído treinta pares de veces cada semana.

    Como creo que esto es importante, lo dejaré para otro artículo.

    Saludos.

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