“La secta pedagógica”

Si ustedes tienen conocidos o familiares en el mundo de la enseñanza, si varios amigos suyos son profesores o maestros, o simplemente si van a un bar frecuentado por los docentes de un instituto próximo, es seguro que les habrá llamado la atención un hecho singular: Esta gente está incapacitada fisiológica o mentalmente para proferir otras frases que no sean alguna del tipo de:

Cuando sea jefa de departamento de extraescolares lo primero que voy a hacer es exigir que en la PGA se implemente todo lo relacionado con las TICS.

Pues si tienes dos alumnos disruptivos psicofuncionalmente lo que tienes que hacer es hacerles una adaptación curricular no significativa, pero ¡Ojo! Que no te los pongan como ACNEAES, porque entonces el orientador…

No le aguanto una más. Como en otra CCP me salte con que el coordinador de ciclo es él, va a hacer los informes curriculares personalizados quien yo me sé. Que yo me tengo que poner a preparar mis unidades didácticas sobre la competencia básica emocional todas las noches a las tantas, y luego me duermo cuando tengo que interactuar con los chicos con eso del aprendizaje cooperativo.

Seguramente piensen ¿Les habrá pasado algo? ¿Todos los que enseñan son así? En realidad no, pero los disidentes han seguido varios caminos: O se esconden muy bien, o no se relacionan con otros de su gremio, o beben en silencio. O simplemente, cada vez son menos. De esto trata este libro: “La Secta Pedagógica”, de Mercedes Ruiz Paz, publicado en Grupo Unisón, primera edición Madrid, 2003, donde en escasas 150 páginas se desmenuza de modo magistralmente lógico la mecánica del proceso que en veinte años ha hecho de un sistema educativo, el español, que, con pocos medios si se quiere, cumplía su cometido de modo razonablemente digno, un engendro donde se enseña poco, se aprende menos pero donde se producen toneladas de papel de documentos inútiles. Y ello a pesar de repetir machaconamente consignas de un ecologismo simplista y ramplón. Todo para que cuando nuestros escolares de Secundaria Obligatoria van a otro país de intercambio les tengan que poner poco menos que en aulas de educación especial para evitar que el ridículo sea demasiado ofensivo.

Ya se ha expuesto muchas veces, para tener que repetirlo en esta reseña cómo se ha desmontado el sistema de enseñanza español desde 1990, incluso antes. Ese año apareció la Ley de Ordenación General del Sistema Educativo (LOGSE), y hace poco menos de cuatro la Ley Orgánica de Educación (LOE) que han consagrado el dominio de los psicopedagogos, hechos carne en el orientador de cada centro; el esfuerzo desterrado de las aulas y suplantado por una interpretación vacua de lo lúdico, y el profesor con su función bifurcada entre un burócrata con dominio de la jerga pedagocrática-bizantina y un elemento que debe interactuar con sus alumnos en el espacio común, por no decir un payaso. Esto ya lo han contado mejor otros, entre otros este libro. Aparte de esto, su rasgo esencial es que disecciona cómo los psicopedagogos y todos los trepas que se les fueron sumando por el camino se infiltraron en el sistema educativo durante el ministerio de José María Maravall, en el primer gobierno del PSOE a partir de 1982, y comenzaron su labor de zapa del sentido común, sustituido por un procedimiento en cadena con profesores y maestros como cobayas similar al que utilizan las sectas para lavar el cerebro de sus adeptos, a saber:

1.-Vaciar la mente de contenidos efectivos haciendo ver que no importan los contenidos sino las habilidades (cómo si se pudieran disociar), que el tesón, el superarse o emular a compañeros aventajados son conceptos reaccionarios que hay que evitar.

2.-Llenarla con un nuevo catecismo de consignas y letanías progres, de ecologismo barato para el que ignora todo de Biología, multiculturalista para el que no sabe Geografía, todo adobado con un estilo pedante y ortopédico y, lo que es más importante, con una inculcación a ultranza de un punzante sentimiento de culpa: “Soy culpable porque si les pongo un examen exigente soy un facha, amén de un mal profesor. No tengo vocación (Señores, que ser profesor no ha de ser lo mismo que ser misionero). Tenemos que implementar el aprendizaje cooperativo, qué malvado soy, si además reciclo poco y matamos a los pobres indios en América. Soy un elitista, voy a ir al infierno”.

3.- Hacer que el profesor no estudie, no sea que comience a pensar. Varios métodos:

– Sustituir la formación por cursillos de risoterapia o ejercicios espirituales.

– Que no pase tiempo solo, sino entregado a rellenar documentos inútiles o en reuniones redundantes y tediosas.

4.- Por si todo esto no fuera suficiente para convertirlo en un hare krishna -siempre quedan disidentes recalcitrantes-, convertir a los inspectores en una especie de policía política para preservar los valores pedagógicos, y a los orientadores en los comisarios políticos de los centros.

Y todo esto ¿Para qué? Si lo que se trataba era de generalizar la educación ¿Significaba esto degradarla? ¿O condenar a quienes desean realizar estudios profesionales a la vía única de la Enseñanza Secundaria Obligatoria hasta los dieciséis o dieciocho años?

Además de la descripción de este proceso, este libro tiene otros puntos valiosos: Paralelo a este camino de “desenseñanza” se produjo otro  en el que las comunidades autónomas asumieron competencias educativas, lo que se tradujo en que vamos hacia diecisiete sistemas diferentes, y en que el plan de estudios (desde entonces currículo) dejó de ser común. Cada uno cuenta la geografía de su cachito y una particular visión de la Historia en la que las pobres “naciones” eran oprimidas por eso tan tenebroso llamado España que ya no se podía ni nombrar. Recuerdo que en un libro de Bachillerato de Literatura Gallega que leí hace unos años, para referirse a la España de los siglos XVI y XVII, decía “los países del estado español”. Con un par, sí señor.

Todo ello expuesto de un modo impecable. Incluso en la vertiente política: El desaguisado educativo fue y es perpetrado por el PSOE, en sus dos etapas de gobierno. Sin embargo, el PP, en sus ocho años hizo poco o nada por remediarlo, de hecho sacó su Ley de Calidad en el penúltimo año. Este libro fue publicado en 2003, cuando gobernaban ellos. Y ahora, mi reflexión personal: Como denunciar la situación de la enseñanza española va camino de convertirse en un clásico del tipo de la crisis del teatro, quizá además de realizar brillantes exposiciones del desastre deberíamos pasar a la acción y remediarlo. Ahora nuestro ministro Gabilondo habla de un pacto educativo. ¿Pactar qué? ¿Cómo se apuntilla la enseñanza en España definitivamente? Dejémonos de zarandajas. Hay que derogar casi todo lo legislado en Educación a partir de 1990. Que alguien asuma el gobierno y lleve a efecto (“implemente”, que dicen ellos) lo siguiente:

Transformación de la ESO en un Bachillerato Elemental y el Bachillerato actual en uno Superior, como paso previo a la Universidad. Y que en ambos se exija un nivel adecuado a la importancia del texto.

a) Estudios Profesionales a partir de los 12 o, al menos, de los 14 años.

b) Puentes fluidos para poder pasar de una vía a la otra.

c) Mandar a los psicopedatontos a freír espárragos de una vez.

Delenda est Carthago, que decía el otro. Ah, que ya no se enseña Latín.

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Categorías: Diagnósticos, Panlogsianismo, Soluciones

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5 comentarios en ““La secta pedagógica””

  1. MLL
    30 enero 2010 a 18:09 #

    “Hacer que el profesor no estudie, no sea que comience a pensar. Varios métodos:

    – Sustituir la formación por cursillos de risoterapia o ejercicios espirituales.

    – Que no pase tiempo solo, sino entregado a rellenar documentos inútiles o en reuniones redundantes y tediosas.”

    Siempre queda el recurso de esconder un libro (ese objeto nefando) detrás del material del curso y leer. Combatir la necedad agudiza el ingenio… Libros enteros se han leído así, y sale uno con el contento añadido de que la tontería que han soltado en el cursillo por un oido ha entrado y por el otro ha salido sin hacer escala (en el cerebro). Además, que así se ahorra uno la mala leche de encabronarse con memeces…

  2. Luzroja
    30 enero 2010 a 19:26 #

    Memeces siempre superables, a saber:

    “No por mucho que uno sepa es más competente”

    Señores, ahora hay que enseñar por competencias.
    Nos esperean unos cuantos años de idiocia increíble.

  3. MLL
    31 enero 2010 a 13:01 #

    El Señor nos asista…

  4. Marc
    3 agosto 2011 a 7:58 #

    Brillante comentario del libro.
    Lástima del ramalazo nacionalista español de siempre. Ya se sabe: .”..estos periféricos, siempre dando la nota… no entiendo porqué se empeñan en hablar en catalán o vasco o gallego, con lo universal que es nuestro español”. Me recuerda a una tía facha que yo tenía: “… no sé porqué os pasáis la vida viajando al extrenjero, con lo bonitos que son los pueblos de España…”.

    En fin, lo dicho, por lo demás buen comentario.

  5. Fernando J.
    3 agosto 2011 a 12:15 #

    El anuncio del nombramiento del señor Gabilondo como Ministro de Educación despertó en mí una cierta esperanza al saber que era catedrático de Metafísica. Éste, pensé, seguramente sabrá diferenciar entre “materia” y “forma” y además no confundirá la división con dos “entes” con posibilidad de existencia real diferenciada, sino como dos aspectos de una “realidad única” -no hay materia sin forma ni forma sin materia- que, a efectos “inteligibles”, se separan artificialmente para el estudio y comprensión del “ser”.
    Perdonad los entrecomillados, pero es que he querido alardear un poco de mis ya lejanos recuerdos del texto de filosofía que “estudiábamos” –sí, he dicho estudiábamos- en los institutos en aquellos tiempos de la “oprobiosa” cuando “se abusaba” de nosotros, los alumnos, obligándonos a aprender los textos con el convencimiento de que si no lo hacíamos suspenderíamos con toda probabilidad. Hace ya tiempo que falleció mi respetado y querido profesor de filosofía. Siempre encontraba la explicación adecuada para que entendiéramos sus palabras y todo ello sin haber estudiado pedagogía, psicología, orientación, competencias, … Todo su papeleo consistía, al final de curso, en colocar en el tablón de anuncios una copia del acta de calificaciones entregada en Secretaría. Se estudiaba la Filosofía en 6º de Bachillerato y la Historia de la Filosofía en PREU. Contaban que algún año hubo alguna reclamación resuelta felizmente en los pasillos en amistosa charla entre alumno y profesor. Duros tiempos aquellos.
    Viene todo ello a cuento de que mi impresión primera sobre el señor Ministro cayó en un pozo. La enfermedad del “formalismo pedagógico” está tan extendida y arraigada que ni a una mente tan preclara y sistemática como la suya se le ha ocurrido pensar en la “materia” e insiste tercamente en la “forma”.

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