Dogmas de la pedagogía oficial (8). La motivación

Desde hace algún tiempo venimos tratando aquí lo que considerábamos dogmas de la pedagogía oficial: ciertas ideas con estatus de intocables dentro del ámbito docente. Y que por intocables han servido para alimentar un gran fraude. Pero creo que la más perniciosa de todas ellas no la hemos tratado aún directamente, aunque sí de forma “transversal” pues está presente como argamasa en el resto de dogmas, se trata del dogma de la motivación.

La motivación es el concepto omnipresente en toda literatura educativa, en toda discusión y en toda ceremonia del sistema educativo español en las dos últimas décadas. En la teoría pedagógica la motivación puede tener consideraciones diversas, tiene sus defensores dogmáticos, pero también sus críticos: aquellos que limitan su valor. Es su uso dogmático -el que no examina sus fuentes, ni sus condiciones, ni sobretodo sus límites- lo que aquí rechazamos. Para nosotros la motivación es un factor secundario, y no puede ser el centro desde el que se articule la educación; un sistema educativo que quiera fundarse sobre la motivación está condenado inexorablemente al fracaso. La falta de motivación se esgrime como causa principal del fracaso escolar, y con cierta ingenuidad -no exenta de su pizca de maldad- se prescribe eliminar aquella para eliminar éste; los niños y adolescentes no están motivados, y por tanto se aburren, no prestan atención, ni trabajan con energía, aparecen los conflictos de disciplina y viene el fracaso escolar…; en cambio si los niños estuviesen motivados, estarían divertidos en el colegio, atentos, trabajarían con gusto enérgico y en armonía…

El diagnóstico está hecho, y la medicina recetada. Solo queda… ponerle el cascabel al gato. ¿Y quién se lo ha de poner? Pues está clarísimo, aquellos a quienes le corresponde: los profesores. Rigurosa lógica, rigurosa tautología. ¿Y los padres?, bueno, los padres también tienen que arrimar el hombro un poquito [perdón, implicarse], y cooperar junto al resto de la comunidad educativa, desde posiciones comunitarias y democráticas, -cuando no más democráticas- y desde normas al servicio de la prevención. Sí, todos juntos a motivar al infante. Y el infante, que se huele la trama -porque de tonto no tiene un pelo, sobreestimulado como está desde la cuna- se despatarra en su pupitre, echa los hombros hacia atrás, se despereza lentamente, y le dice con un cierto aire entre displicente y fastidiado al profesor: motíveme.

¿Se imaginan el resultado?

Hay otra forma de entender la educación en la que la escuela no se percibe como una actividad más junto a muchas otras posibles [por ejemplo la excursión Terra Mítica del fin de semana], en la que se concibe la educación como una necesidad para que el niño se convierta en hombre capaz. Esta concepción no se funda en la motivación, en el deseo, sino en la conciencia de necesidad. Y se entiende que el deseo nace de la necesidad.

Yo he sido educado en las letras desde mi infancia, y como se me persuadía de que, por medio de ellas, se podía adquirir un conocimiento claro y seguro de lo que es útil para la vida, tenía un extremado deseo de aprenderlas.”

René Descartes

P.S.: En este momento alguien me susurra a la oreja que el humanismo ha muerto.

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Categorías: Panlogsianismo, Soluciones

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15 comentarios en “Dogmas de la pedagogía oficial (8). La motivación”

  1. Mari Cruz Gallego
    24 enero 2010 a 11:13 #

    El dogma de la motivación es muy útil para crear profesores frustrados que se culpan a sí mismos del fracaso escolar porque no son capaces de “motivar” a sus alumnos, al menos, no a todos. Pero con esto on sólo se engaña al profesor, también al alumno: me pregunto si, tras acabar la enseñanza, seguirá pidiendo a su jefe que le motive para trabajar…

  2. RM
    24 enero 2010 a 14:18 #

    Hay profesores que pueden dormir a sus alumnos en las clases y otros que los despiertan.Todos tuvimos un profesor que supo motivarnos en su materia y otro que dando la misma materia nos aburría y dormía.

    No sólo hay que saber mucha historia,hay que tener metodologías que sean motivadoras para el alumnado,especialmente en cursos de alumnos pequeños.

    Eso no quiere decir que también admita que los alumnos actuales son difíciles de motivar o que les motiven sólo las frivolidades.

  3. serenuszeitb
    24 enero 2010 a 16:16 #

    RM

    Me lo comentaban hace poco, pensar que la educación es la base de la educación es como pensar que los futbolistas solo juegan por los aplausos. Que cualquiera haga la prueba con sí mismo, que se imagine con 12 años y diariamente recibiendo clases de lengua, inglés, historia, ciencias naturales, matemáticas, dibujo… por ejemplo a mí me gustaban mucho las ciencias naturales así que no sería difícil para un profesor motivarme en ellas, si además el profesor utiliza una metodología activa con prácticas sobre el terreno con animales, plantas… pues me imagino encantadísimo. Lo que no puedo concebir es que mantuviese un mismo nivel de motivación con el resto de materias por muy buenos que fuesen los profesores; la lengua o las mate no dejarían de ser para mí obligaciones. Aunque un alumno tenga diez profesores mágicos, su motivación personal no puede ir más allá de un par de materias por las que puede sentir auténtico deseo, ni tampoco puede tener más de dos profesores por los que sienta auténtica admiración. La motivación, el deseo, la fascinación, la admiración, todo eso está muy bien que duda cabe, pero está muy bien porque son excepcionales, y lo excepcional no puede ser el fundamento de la practica docente… lo que justifica la educación es nuestra absoluta necesidad de ella.

  4. serenuszeitb
    24 enero 2010 a 16:17 #

    Lo que no PUEDO concebir es…

  5. 24 enero 2010 a 17:48 #

    Hay, además, una cuestión que desconocen los pedagogos de la logse. Y es que los inicios de cualquier actividad son más bien anodinos, no pocas veces frustrantes. Tengo un amigo que es profesor de música en una academia. Me cuenta que bastantes de los padres de los alumnos, y éstos mismos, desean divertirse con la guitarra desde el primer momento que la cogen. Y eso es imposible. Hasta que a la guitarra le sacas una sucesión de sonidos mínimamente dignos de ingresar en oído propio o ajeno, ha de pasar mucho tiempo de duro entrenamiento. Y esto ocurre así con todo. La soltura, la gracia y la creatividad nacen de tediosas sesiones para memorizar y automatizar elementos simples. Sólo después de ese entrenamiento, nada divertido en sí, llegará cierta soltura, quizá la creatividad. Las producciones agradables tardan en llegar en cualquier actividad intelectual. Los inicios son duros, requieren de mucha fuerza de voluntad y disciplina. Los chavales necesitan aprender a dejarse seducir por resultados que no están al alcance de la mano, sino perdidos en el horizonte, en un futuro más o menos lejano. Pero la pedagogía logsera se guía por el imperativo hedónico del “aquí y ahora”: lo quiero todo y lo quiero ya. Imperativo afín, por cierto, a eso que licenciosamente se llama “cultura” del “pelotazo”.

  6. RM
    24 enero 2010 a 19:37 #

    Puntualizo:

    Ni motivación y juego permanentes pues en la vida todo no es motivador y divertido,pero tampoco aburrimiento y tedio permanentes en nuestras clases.

    Un ejemplo:yo puedo darles a los de 1º de ESO una charla magistral sobre un tipo de paisaje y clima o puedo explicar lo mismo a base de preguntas e interrogantes.
    Lo segundo es más motivador que lo primero.
    Ahora bien,hay actividades,que aunque sean poco motivadoras,también tenemos que hacerlas en nuestras clases.

  7. Mariano
    24 enero 2010 a 20:29 #

    SOBRE LA MOTIVACIÓN

    Coger el rábano por las hojas y no ir al meollo de las cuestiones es la forma clásica que los pedagogos oficiales tienen de abordar todos los asuntos que se relacionan con la educación.

    La motivación, por supuesto, un factor muy importante para que cualquier ser humano se dedique a una actividad con interés, con resultados e incluso con pasión. Es esencial para lograr que el estudiante rinda y se implique, pero es asunto más complejo que relacionarlo mecánicamente con una enseñanza lúdica y un profesor guay. Pues un alumno puede motivarse por varios factores:

    1.- LA FAMILIA Y LA SOCIEDAD. A los padres les corresponde una responsabilidad inmensa en motivar el aprendizaje: si en el medio familiar no hay un ambiente favorable al estudio y un apoyo al profesor, hay que ser un Miguel Hernández para declararse amante del conocimiento y de los libros contra viento y marea, remando contra corriente. Por otro lado, la sociedad española actual valora menos la cultura que en otros tiempos. Esa desvalorización también está en la raíz de la falta de motivación entre muchos estudiantes. Muchos de los modelos sociales que se ven en los medios (incluyendo a dirigentes de la clase política) son personas francamente incultas, sin méritos ni capacidades en actividades intelectuales, profesionales o artísticas.

    2.- EL PROPIO SISTEMA EDUCATIVO. Una enseñanza poco exigente desmotiva al estudiante, porque no lo valora ni incentiva. Da lo mismo estudiar que no, al final vas a pasar de curso. Por otro lado, si no tienes casi ningún conocimiento previo al llegar al bachillerato o a la universidad, ¿cómo vas a estar motivado? Este factor lo olvida con frecuencia la pedagogía burocrática.

    3.- EL DOCENTE. Si el profesor sabe utilizar todos los recursos, trucos y efectos para lograr hacer atractiva su materia, conociendo los intereses, expectativas y gustos del destinatario de su enseñanza. Es patente que ningún docente puede hacer milagros dado lo expuesto en los puntos 1 y 2, pero todos recordamos a profesores que nos hicieron más atractiva su asignatura y que eran sugerentes y te hacían sentir curiosidad, en contraposición a otros que eran realmente plúmbeos y rutinarios y no transmitían ningún entusiasmo.

    LA MOTIVACIÓN NO LO ES TODO
    Por otro lado, la motivación no es el único elemento ni el principal que interviene en la enseñanza. Es obvio que un estudiante debe tener también un sentido de la responsabilidad y una conciencia de que como ciudadano es un sujeto con derechos, pero también con obligaciones.
    La presunta falta de motivación no puede ser una excusa para eludir deberes, ni en la vida académica ni en todas las manifestaciones de la vida social.

    ¿MOTIVAN LOS PEDAGOGOS Y LOS DESERTORES DE LA TIZA?
    Normalmente quienes hablan alegremente de que los alumnos no estudian porque los profesores no saben motivarlos (sandez que oí la primera vez que di clase en un instituto hace ya más de veintitantos años) son pedagogos (que nunca han dado clase a niños ni a adolescentes) o desertores de la tiza (que estaban auténticamente desmotivados para la enseñanza porque huyeron de ella a la primera oportunidad y se dedicaron a formular peregrinas teorías que, por supuesto, no aplicaban nunca en el aula). Es más, teniendo en cuenta el fárrago pesadísimo de su discurso lleno de circunloquios, seguro que eran de los que aburrían a las ovejas. ¿Hay algo más aburrido o pesado que un psicopedagogo?

    LA MOTIVACIÓN DEL PROFESORADO
    El evidente deterioro de todos los niveles de la enseñanza (desde la primaria a la universidad, pasando por las enseñanzas medias, las más perjudicadas en las últimas décadas) está provocando un cansancio y una desmoralización creciente entre el profesorado. No hay más que ver que lo que más motiva a un amplio sector de docentes en primaria y secundaria (¡y ahora hasta en la universidad!) es jubilarse anticipadamente.
    Una política educativa que quiera mejorar los resultados y progresar en lugar de retroceder debe empezar por motivar al profesorado, porque este es un factor que se descuida. Evidentemente, el “establishment pedagógico” no dejará de linchar a los docentes (no están al día, no saben enseñar, no saben motivar, no se adaptan a su nuevo rol, etc.,) defendiendo su expansión para lograr cada vez más poder e influencia. Pero el profesorado, salvo claudicar o huir tiene pocas salidas. Hay un espacio muy reducido –casi nulo- para la participación, no digamos para la contestación o la rebelión.
    Y cuando hablamos de motivación del profesorado no nos referimos sólo a incentivos económicos (que tienen mucha relación con la valoración social de la profesión, aunque esto es harina de otro costal), sino a un reconocimiento efectivo de la importancia de su labor, a la posibilidad real de enseñar en un sistema educativo eficiente y racional, donde el docente sienta que su trabajo ha servido para algo y en el que su función sea algo más que un empleado de una gigantesca guardería, que va desde Infantil hasta la inserción en el mundo laboral o la cola del INEM.

    Conclusión
    El hecho de que un profesor motive más o menos para el estudio es, pues, un factor importante, pero mínimo en comparación con todas las demás variables que hay que considerar para que el sistema funcione.
    Y si la tesis subyacente de que el establishment es que los profesores en general no saben motivar y nos hacen falta sus necias recetas pedagógicas para lograr que los alumnos vuelvan al redil, sólo los más dogmáticos y talibanes (y necios) pueden creerlo. Bien saben los que han huido de la tiza lo difícil que es incentivar el estudio en un sistema como el actual.
    Pero las recetas de los pedagogos o son simples eslóganes vacíos (puro nominalismo en el sentido más despectivo del término) o una manifiesta impostura por parte de quienes son conscientes de la estupidez de sus métodos y de su discurso, estulticia que no les impide tener un estatus y una posición a la que no están dispuestos a renunciar, máxime cuando todavía hay tantas instancias influyentes que les siguen comprando su mercancía averiada.

    • 24 enero 2010 a 22:30 #

      ¡Chapeau, Mariano! Un comentario que resume perfectamente las imposturas a las .

  8. 24 enero 2010 a 22:31 #

    que se nos ha querido acostumbrar. Un saludo.
    Perdón por el corte.

  9. 24 enero 2010 a 22:34 #

    Toda una ley no se puede sostener sobre un concepto ambiguo. ¿Cuál es la receta de la motivación? ¿Dónde los pasos que hay que seguir? Las obligaciones no son motivadoras, y la enseñanza secundaria lo es para todos. Estudiar es duro, difícil, muy aburrido en ocasiones y entretenido en otras, depende de la asignatura o el buen hacer del profesor. Lo que falta es hábito en las casas, preparación desde pequeñitos, costumbre. Al arbolito, desde chiquitito. ¿Qué motivación hay que tener para analizar una oración o resolver una ecuación de segundo grado? Hay que hacerlo porque hay que aprender y aprobar, sin más. Todo lo demás son subjetividades. Si nos hubieran dado a elegir, nosotros también nos hubiéramos tirado en el pupitre a esperar divertimento y juerga a propósito de un problema matemático.
    La utopía logsiana es paradójica porque pretende que, obligatoriamente, todo el alumnado se motive y juntos, hechos una piña, vayan directos a la sabiduría. Estupideces. Estar seis horas sentado frente a profesores no le gusta a nadie, ya está bien de tonterías. Es agotador. Para soportarlo es necesario el entrenamiento diario, que es lo que falta.
    Que después depende en muchas ocasiones del buen hacer del profesor, evidentemente, pero eso pasa en todas las profesiones. No se puede achacar el fracaso escolar a cuestiones de motivación o sociales. Se está desviando el tema. Se fracasa porque no se estudia. Y no se estudia porque se pueden obtener los mismos resultados tocándose las narices que trabajando. El sistema es equitativo, por supuesto, ahí la logse sí que consiguió sus objetivos. Todos iguales, sí, pero igual de ignorantes.

    • Mariano
      25 enero 2010 a 0:22 #

      Estoy totalmente de acuerdo con tu razonamiento y con el fondo de las tesis que defiendes expresa o implícitamente. El rigor frente a las pamplinas cuando el estudiante tiene que empezar a madurar. No puede ser toda la vida Peter Pan. Las palabras de la jerga burocrático-tecnocrática suelen esconder meras formas connotativas deliberadamente resonantes y muy útiles para la propaganda, pero escasamente esclarecedoras en un debate serio, que además, ellos no buscan ni maldita la gracia que les hace que se produzca. Lo rehúyen deliberfadamente. Lo que sucede con el uso del término motivación por parte del “establishment pedagógico” es que sólo piensan en la labor milagrosa del profesor cambiando al alumno como una de las panaceas de la enseñanza. Y establecer una ecuación entre el quehacer del estudiante y la existencia de una motivación que sólo viene del profesor (nada importa su familia, la realidad social) es absurdo.

      Lo que pasa es que el estudio diario, en el aula y fuera de ella, tiene en ocasiones momentos de dificultad, de esfuerzo y de un trabajo nada lúdico, pero el estudiante, para seguir adelante, puede tener elementos que lo motiven a currar (el querer acceder a la universidad, el obtener un título, el tener un prestigio social, el responder a las expectativas de su medio –padres, hermanos, etc.) o, por el contrario, puede estar desmotivado: da igual lo que hagas, pasas. O realmente no le interesan los fines ni los medios de los centros escolares, con o sin optativas, con o sin talleres, con o sin asignaturas innovadoras. Y realmente hay tramos del sistema educativo en los que hay alumnos que no quiere estar y no tienen ningún interés en continuar. Y frente a esa desafección, esa negativa, es un discurso naïf pensar que las ovejas descarriadas volverán a la escuela con ganas de aprender porque el docente tenga magia potagia y tras un fastuoso cursillo de “innovación educativa” organizado por los hoy olvidados “formadores de formadores” ya esté en posesión del bálsamo de Fierabrás para conseguir que el estudiante torne su natural pereza y recelo al estudio por su integración placentera en un mundo feliz. Ahí radica uno de los dogmas –o mitos- de la doctrina de los más flojitos del discurso de la secta pedaógica. Con dos o tres gotitas de motivación, procedentes del laboratorio TERAPIAS PEDAGÓGICAS SOBRENATURALES ya verá cómo su hijo se convierte en un empollón porque por fin irá contento al cole.

      La motivación de un estudiante no es distinta de la de un trabajador o un profesional: puede realizar actividades más o menos agradables en su profesión, alienantes, tediosas, creativas e ilusionantes. Y también hay días que se hacen interminables, en los que el trabajo se hace cuesta arriba, es el último lugar del mundo en el que te gustaría estar. A muchos docentes no nos gusta demasiado corregir exámenes. Sin embargo, entendemos que es algo que hay que hacer para que el sistema funcione, para que el alumno se dé cuenta de en qué ha fallado y para ser un elemento en el que se base una promoción que no todos merecen. Un profesional tiene que tener una motivación para aguantar los aspectos más negativos o costosos de su quehacer (un ascenso, un incentivo económico, un reconocimiento social, la obtención de algún resultado material o moral). Si no espera nada, si no hay expectativa de mejoras, materiales o de condiciones de trabajo, termina rindiendo menos o pasando a un absentismo crónico. Esta lógica explica el fracaso del sistema productivo soviético (no había incentivos a la producción) frente a lo motivados que estaban los empleados trabajando en el mercado negro, que es el que les sacaba las castañas del fuego. Algo parecido termina pasando con los funcionarios públicos en España. La seguridad de que no les van a echar y la convicción de que buena parte de los ascensos se relaciona con la arbitrariedad del poder termina generando una desmotivación que deviene mediocridad: ni me esfuerzo porque pueda perder mi trabajo. Ni me merece la pena hacer mi trabajo mejor para ascender, porque en la libre designación no influyen –pese a lo que diga la ley- ni el mérito ni la capacidad.

      Los inspiradores del invento del profesor Franz de Copenhague, que luego pasaron la broma de mal gusto al BOE para convertirlo en norma jurídica, defendían una ideología blandita, buenista, demagógica, naïf e idiota que llamaban “pedagogía de la felicidad”. Se oponía esa concepción pretendidamente utópica, filantrópica y hedonista a una “enseñanza tradicional” opresiva, competitiva y estresante, en la que el alumno sufría mucho y, además, se marginaba, “segregaba” y “excluía” a los estudiantes que en la dura lucha darwinista habían resultado los más débiles. De la “pedagogía de la felicidad” ya no se habla, al menos yo no he vuelto a oír hablar desde hace más de una década. Es una aporía y una falacia como todo el discurso de los inefables psico-socio-pedagogos. El mundo feliz que dibujaban es como una película mala de Walt Disney. Cuando nos hemos despertado hemos visto a unos preadolescentes, adolescentes y jóvenes a los que se ha maleducado literalmente (en casa en buena parte, también, pero ese es otro capítulo) y se les ha hecho un daño que quizá cuando sean adultos a algunos les repercuta en su felicidad: generalización de un nivel pobre de conocimientos (sobre todo en los centros públicos), violencia escolar (que en las áreas geográficas en las que es más abundante quienes más la sufren son los propios alumnos) y un porcentaje de estudiantes para los que no hay salida laboral ni académica (ni superan la ESO ni tienen acceso a la FP de Grado Medio; ahora se empieza a introducir una nueva iniciación profesional para no dejar a la intemperie a los que en teoría se trataba de salvar). ¿Es esto un mundo feliz? Steiner ya nos previno hace tiempo contra las utopías reaccionarias. No ha sido un éxito la pedagogía de la felicidad, aunque sus autores se hayan tomado muchas alegrías y deben de ser dichosos a juzgar por la autocomplacencia con la que defienden sus peregrinas ideas.
      No digamos ya, por seguir jugando con las palabras, que la secuencia motivación-lúdico-felicidad sea progresista frente a un monstruo reaccionario, tradicional, un ogro que se come a los niños crudos y tiene detrás a los dinosaurios del pasado más retrógrado.
      La pedagogía naïf, que se difundió como doctrina de pensamiento débil, pese a inspirar las rutas educativas de quienes se reclaman del progresismo, izquierda, innovación y demás palabras desemantizadas que hoy ya sólo son la etiqueta de un marketing que –por desgracia- sigue vendiendo pese a no tener un significado referencial delimitable. Aunque a veces, en cartas a los directores de los periódicos, en escasas columnas en la prensa, en el laberinto enmarañado de la red, empiecen a oírse cada vez más voces que piden el libro de reclamaciones y recomiendan a la ciudadanía no comprar el infame producto que ha convertido la educación en un juego de niños. En un juguete diabólico.

  10. 25 enero 2010 a 11:09 #

    Estupendas reflexiones. Les aplaudo.
    Los ingredientes para cocinar un potaje sin sustancia son, entre otros, éstos: 1. motivar al alumno (divertirlo); 2. No competir por ser el mejor o por mejorar; 3. Creer imbécil al niño.

    Para que los menos capaces no se desmotiven, se elimina toda forma de competición. Para que los más capaces no acaben tomando más ventaja, se les impide competir. Es decir, se premia tanto al que más rinde como al que menos rinde. El resultado es que sí que hay establecida una competición: se compite por rendir menos. Y este tipo de competición conduce, precisa e irónicamente, a la más recia de las desmotivaciones generales, pues cuanto menos motivado se esté para aprender, menos se rendirá y, por tanto, antes se alcanzará el “éxito”. Es decir, la pedagogía de la motivación (de la felicidad, como bien nos cuenta Mariano) arriba en la más acabada desmotivación. Si ampliamos la perspectiva, observaremos que los efectos de esta lógica invertida no sólo están presentes en las escuelas: también están presentes en la Administración. Ahí tenemos a toda esa pléyade de ministros y ministras, miembros y “miembras” que no saben el día que nacieron. ¿Cómo han llegado a tan altas cumbres? A dedo, por paridad, cuotas, mas no por méritos intelectuales. Están ahí porque son ejemplares paradigmáticos de la ideología que defienden. Ni siquiera tienen astucia: se les ve el plumero a la legua. La mayoría carece de seso para ser maquiavélica. Andan felices por Bobilandia, exhibiendo vergüenzas en la más adánica de las impudicias.

    ¿Pero por qué se piensa que los niños no son capaces de competir para mejorar y rendir más? Ya lo sabemos todos: Rousseau no anda lejos. Pero quizá convenga reparar en el hecho notable de que la teoría del Buen Salvaje deviene teoría del Salvaje Tonto. Del bueno al tonto no hay gran techo según los herederos roussonianos. ¿Por qué? Porque se supone que un niño bueno (y todos los son según nuestros inagotables pedagogos) no demostrará ser más capaz que sus compañeros. Si lo demostrara (es decir, si demostrara ser más inteligente), ya estaría estableciendo una suerte de competición con los demás, ya estaría “intimidando” a sus iguales y dando muestras de que él podría llevarse una mayor porción de tarta. Por tanto, en la lógica pedagógica, si eres bueno, también eres tonto. O dicho de otra manera: si eres inteligente, no eres bueno. La máxima aspiración docente será adoctrinar a los niños para que sean tontos y buenos (ciudadanos). Así se explica lo que nos decía otro compañero: que algunos maestros criticaban, increíblemente, a los buenos estudiantes. El más abyecto y torcido matrimonio conceptual ha sido consumado: “la estupidez es bondadosa”.

    Ahora bien, tan desquiciada teoría no se sustenta de la objetiva observación de los hechos. Al contrario, se basa en una utopía sobre la naturaleza humana. No se basa en lo que hay, sino en lo que “debería haber”. Por tanto, no queda más remedio que embarcarse en un portentoso embeleco, en un fastuoso autoengaño: negar lo que nos dicen los ojos. El sistema, para tragarse su propia mentira, ha dispuesto las cosas “como si” lo observado fuera como “debería ser”. Así, puede constatarse que, en efecto, los psicopedagogos explican cosas a los chavales como si éstos fueran retrasados mentales. Recordemos, por ejemplo, su ramplona instrucción para leer correctamente, en la cual se explayan en bobas obviedades: “lee con la luz adecuada, ponte un zumo al lado y ve bebiéndolo a sorbos cada 10 minutos, descansa la vista cada…” O fíjense en esas campañas para prevenir embarazos no deseados: canciones que emplean la jerga juvenil para que todos entiendan el mensaje. O fíjense en los juguetes (el contagio pedagógico es de endemia): se lo dan todo hecho a los alumnos. El coche ya pita, corre solo, relampaguea para despertar al dormido infante. O en los deberes prefabricados por las editoriales colaboracionistas: ahora el niño sólo tiene que rellenar un espacio en blanco; se le evita el dictado, que tenga que escribir por su cuenta y riesgo.

    A los tontos, cómo no, hay que protegerlos, que híperprotegerlos. Darles todo mascado, allanarles el camino, abrirles el paso. Ello explica que este invertido sistema sea un sistema caro, subsidiario, “centrado en las inacabables necesidades del alumno”. Siempre se dijo aquello de: “Me vas a salir más caro que un hijo tonto.” Pues sí, nada más caro que la tontería.

    Saludos.

  11. 25 enero 2010 a 12:21 #

    El cuadro no ha quedado completo. Sigo, pues. Las legiones de chavales que rinden muy poco, y cada vez menos, no están integradas, necesariamente, por tontos. Y los tontos de verdad, por otro lado, no son necesariamente “buenos”. Aquéllos, los que rinden poco, y cada vez menos, son de la estirpe de los oportunistas. Han aprendido a la perfección la ley del mínimo esfuerzo, del nulo esfuerzo. No se premia al brillante o al esforzado. ¿Entonces, a quién? Al astuto, al ignorante que se abre paso mediante la intimidación, la bravuconería y los aires chulescos.

    Por tanto, a partir de estas lógicas y leyes torcidas, tenemos un sistema que premia al ignorante, al gandul, al astuto y al bravucón sin escrúpulos. Ese “buenismo” arriba en puerto pirata. Hemos consentido ser gobernados por una caterva de gilipollas cuya máxima ejecutoria intelectual es el oportunismo, el servilismo o la suerte de ser designado por un dedo arbitrario y antojadizo. En contra de todas las aspiraciones psicopedagógicas sobre el papel, lo que hoy tenemos es el más puro darwinismo social, pero primitivo, selvático; ése en que, en ausencia de selección natural de la inteligencia y el talento, medra el insulto, la ley de la fuerza, la intimidación y la brutalidad tabernaria. Y me callo, que me inervo.

    Saludos.

  12. Edgar - Perú
    19 agosto 2010 a 18:25 #

    Tremenda desajuste a la realidad, pareciera que el artículo o panfleto virtual escrito, pueda haber salido del solo ocio y audacia de su autor; no sustenta o por lo menos argumenta su negativa a la motivación y por que cree que un sistema educativo pueda estar adscrito al fracaso si se ciñe a concebir los preceptos de la motivación, ahora bien, para que un artículo tenga al menos cierta estimación o aceptación por los lectores de la red, por lo menos hay que escribirlo con seriedad evitando los argot que no tipifican a un científico que posee base empírica para decir lo que intenta comunicar.
    El internet, hoy, soporta todo, he allí su comprobación

    • Julio José
      20 agosto 2010 a 12:50 #

      Señor Edgar-Perú.

      Parece no estar usted de acuerdo con el articulista . Por lo demás no se le entiende a usted nada.

      Será a causa de que “el internet” “”soporta todo” : ¡Qué le vamos a hacer!

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