El nacional-constructivismo

El nacional constructivismo se siente puesto en cuestión, y está tomando su defensa como una cruzada, de manera que hoy por hoy el debate pedagógico -al menos en Cataluña– es, si no imposible, sí muy difícil, porque ya están establecidas las condiciones morales de su desarrollo. La defensa del constructivismo y de la comprensividad es moralmente buena, por lo tanto, si la pones en cuestión o eres un ignorante o un perverso.

Sin embargo el constructivismo es un término tan ambiguo que, a pesar de las fidelidades de reclinatorio que suscita, nadie sabe exactamente qué es lo que quiere decir. Se consideran constructivistas concepciones muy diferentes e incluso opuestas del aprendizaje. Se ha llegado a escribir (Suchting) que gran parte de la teoría constructivista es simplemente ininteligible y que lo que parece inteligible es confuso.

Las raíces del constructivismo se encuentran en la tesis del idealismo alemán que afirma que el sujeto crea el mundo a medida que lo va conociendo o, dicho de otra manera, que conocer es adaptar la realidad a las propias estructuras cognitivas. Pero o bien, de manera kantiana, la razón es común, y por lo tanto el constructivismo es la construcción individual de una razón común (y entonces el constructivismo es relativo) o bien lo que construye cada individuo es su propia razón (y entonces la comprensión mutua es una hipótesis imposible de verificar).

Si el conocimiento es una construcción individual, como parecen defender todos los constructivistas, entonces el conocimiento de la teoría constructivista está también sometido a los principios constructivistas. Con lo cual cada uno tiene su propia concepción del constructivismo y esto es todo lo que se puede decir al respecto. Pero para no liar demasiado la cosa, vamos a conceder que se puede conocer la teoría constructivista de manera no constructivista, es decir, objetiva. Claro que lo que objetivamente nos dice el constructivismo es que todo lo que puedo decir de mi conocimiento es que es mío, que tiene significado para mí, pero nunca podré asegurar que sea un reflejo más o menos fiel de la realidad. Por este motivo los constructivistas dan poca importancia a las materias, lecciones, niveles, exámenes y, por supuesto a las notas.

No es difícil comprender que esta teoría siga vigente en las facultades de pedagogía, porque en ellas hay cabida para todo tipo de extravagancias, pero a los constructivistas les cuesta reconocer que el prestigio pedagógico de su teoría nunca ha sido avalado por resultados incuestionables. Es cierto que ahora algunos constructivistas nos dicen que lo suyo es una teoría psicológica sobre el conocimiento, no una metodología de aprendizaje. Si lo hubiesen dicho en tiempos de la LOGSE nos habrían ahorrado muchos problemas.

Que la comprensión es siempre una actividad personal, es una obviedad. Pero eso no significa que necesariamente donde no hay comprensión no haya aprendizaje. Dominar determinados esquemas de comportamiento para facilitar la vida diaria parece bastante razonable, aunque no seamos capaces de comprender la lógica de su funcionamiento. La vida en comunidad sería imposible si tuviéramos que construir personalmente cada convicción y cada gesto. Por otra parte, el constructivismo ha dignificado en exceso una actividad que por sí misma no es ni buena ni mala, la de la búsqueda de información. Lo que es meritorio no es buscar información, sino buscar la información objetivamente relevante y encontrarla, y aquí el maestro pude mostrar atajos considerables. La escuela como institución está para proporcionar al alumno un conocimiento que por sí mismo nunca alcanzaría y para hacerlo de la manera más rápida posible.

El maestro está para ahorrarnos esfuerzos inútiles. Dar vueltas sin sentido sólo indica que estamos perdidos y el camino que conduce de la desorientación a la desmotivación es muy corto.

En los últimos años se han ido articulando diversas críticas al constructivismo:

  • Cincuenta años de experimentación constructivista no han demostrado las bondades pedagógicas del constructivismo.
  • Es dudoso que los niños posean esquemas mentales tan elaborados como para permitirles un aprendizaje autónomo.
  • La transmisión cultural es indisociable de los instrumentos que esta misma transmisión ha ido creando, como la escuela, el libro, la imagen o el maestro.
  • El constructivismo le resta valor a la relación entre el alumno y el profesor. Anima al alumno a recorrer por sí mismo el camino que la humanidad ha recorrido en siglos.
  • Cuando el alumno es abandonado a su ritmo de trabajo, acostumbra a dedicarse a actividades poco exigentes.
  • Si no puede haber programaciones constructivistas (ya que el aprendizaje autónomo, por definición no se podría programar), tampoco evaluaciones, con lo cual, es imposible comparar los conocimientos de dos alumnos. Es cierto que toda evaluación oculta alguna cosa de la realidad, ¿Pero acaso la renuncia a la evaluación nos ofrece más datos sobre la realidad del alumno?
  • La complejidad de la clase se reduce, porque el constructivismo es especialmente insensible al valor de la relación cara a cara entre el maestro y el alumno.
  • Reduce la autoridad del maestro y niega la objetividad del saber.
  • Con frecuencia los constructivistas se expresan como si el saber tuviese alguna propiedad que lo incapacitara para ser transmitido.
  • Los constructivistas parecen incapaces para entender la existencia de alumnos desmotivados y tienden a sospechar que detrás de cada fracaso escolar hay un maestro poco motivador. Pero se olvidan de indicarnos cómo formar profesores con una capacidad motivadora ilimitada, inagotable e infalible.

Todos los constructivismos rechazan la idea de que el conocimiento sea una representación de la realidad. Parecen incluso dispuestos a negar la existencia de hechos objetivos, porque si el conocimiento es una construcción, ¿por qué razón los hechos deberían ser algo independiente de la mente del observador? Más aún: ¿Qué sentido tendría hablar de realidad? ¿Qué relación podría haber entre las diversas representaciones del mundo construidas por cada sujeto y una supuesta realidad común? ¿Puede evitar el constructivismo caer en el relativismo? ¿Qué pasa con la intersubjetividad?

Mario Bunge defiende que el constructivismo no solamente es falso. También es perjudicial, porque al negar la verdad objetiva, elimina las posibilidades de crítica y debate. Si no hay hechos objetivos, difícilmente podremos sostener la convicción liberal en unas normas objetivas de justicia.

La seducción del constructivismo entre los pedagogos tiene mucho que ver con su sintonía con los dogmas de la postmodernidad, además de con el hecho de que es la expresión pedagógica de la máxima corrección política. Por ejemplo, casa muy bien con la idea de que es el sujeto quien construye su identidad sexual o con las reticencias anti jerarquizadoras de un democratismo empeñado en concebir la libertad como un derecho universal a ser diferente.

El constructivismo está tan pendiente de la psicología individual que ignora la dimensión republicana de la escuela, por eso nunca podrá justificar una decisión política, como por ejemplo la de que todos los niños españoles deban conocer quién era Miguel de Cervantes o que compartan unos determinados conocimientos históricos. La imposición de una lectura común para todos los alumnos de una comunidad desborda la dimensión psicológica del aprendizaje porque su propósito es configurar una memoria cultural común, un sentimiento colectivo de copertenencia. La lógica del constructivismo hace del alumno el centro de su aprendizaje y el maestro, en conclusión, tiene que vérselas con tantos centros como alumnos. Y salir del empeño con la salud psicológica intacta.

Los constructivistas se vieron a sí mismos como el fruto de una revolución cognitiva que habría tenido lugar en los años 50 y 60 del siglo pasado. El rey destronado habría sido el conductismo. Pero en los años 90 -los de la LOGSE– comenzaba a ser evidente una “evolución de la revolución” que tenía mucho de contra-revolución. En 1996 uno de los constructivistas más notables, Bruner, ya se autocriticaba (“The culture of education“) y admitía que los procesos de conocimiento eran mucho más complejos de lo que inicialmente había sospechado.

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Categorías: Diagnósticos, Panlogsianismo

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9 comentarios en “El nacional-constructivismo”

  1. Mari Cruz Gallego
    16 enero 2010 a 16:38 #

    Excelente argumentación. Me parece fundamental la idea del constructivismo como principio pedagógico de la máxima correción política, esa es la clave de su triunfo.
    Un saludo.

  2. 16 enero 2010 a 18:10 #

    Muy bueno, sí. Así se explican muchas cosas. El coqueteo con el relativismo es inevitable para el constructivismo, y el relativismo conduce justamente a la idiotez (idio-sincrasia), contrapuesta a la razón, que siempre es universal. Un pequeño paso más y ya estamos empantanados en el más necio escepticismo. Y tras éste, para completar el estropicio, al solipsismo.

    “Que cada cual piense como le venga en gana”. Esta viene a ser la máxima del relativismo, la cual, ciertamente, matrimonia muy bien con las aspiraciones manumisoras de la política correcta. El sabio (la autoridad en tal o cual rama del saber) es, entonces, objeto de recelo oficial, pues se presenta como una amenaza a la interminable “revolución” del “progretariado”. La progresía pedagógica es, pues, aliada de todas las fuerzas que conspiran contra la filosofía. Lo suyo es la fobosofía.

    Nada tiene de extraño que los pedagogos progres hagan tanto hincapié en la educación “en” valores. Obsérvese, por cierto, cómo se evita la preposición “de”. La educación “de” valores sugiere la presencia de alguien que los transmita e imponga a los discentes: el maestro o profesor. Educar “en” valores indica otra cosa: que los valores se construyen entre todos, democráticamente; educar “en medio de” valores.

    Uno de los valores más prestigiados por la pedagogía progre es la tolerancia. ¿Por qué? Porque la tolerancia es absolutamente necesaria en un sistema en que, desterrada la razón universal y unificadora de ideas, no queda sino un guirigay de sujetos solipsistas, encastillados en sí mismos, egoístas, siempre en conflicto. Si la razón presidiera nuestra escuela (y nuestra sociedad), si fuera una de nuestras más elevadas aspiraciones, no se apelaría con tanta insistencia a la tolerancia, sino a la comunión de ideas, al entendimiento mutuo. Como el relativismo implica “diversidad” irreductible y diferencias solipsistas, el valor estrella debe ser la tolerancia.

    Saludos.

  3. 17 enero 2010 a 1:30 #

    Don Gregorio, teje usted un hilo preciso, y precioso. Sigamos un poco más. Con Raus. Entonces tenemos que la labor del gobernante no consistirá ya en atenuar el conflicto proponiendo una razón común que elimine la disensión y favorezca el acuerdo, sino en cuidar de la perpetuación del conflicto, en su constante estimulación, porque el sujeto con plenos derechos, aquél al que hay que respetar y para el que hay que legislar, es el sujeto idiota, el que ha alcanzado la plenitud de lo exclusivo e incomunicable, de tal manera que la ley que el gobernante dicte habrá de reforzar las tensiones e incrementar las fracturas: hacer inhabitable la relación de pareja, enfrentar a los sexos como determinaciones irreconciliables, imposibilitar las relaciones domésticas entre padres e hijos convirtiéndolas en relaciones penales, establecer la relación entre profesores y alumnos como relaciones entre iguales y, por tanto, en constante lucha, disponer el territorio como territorio de constante reivindicación, y así, de guerra, plantear las relaciones laborales como relaciones de poder, no sólo en lo que atañe a la relación del empresario con sus trabajadores, sino a la relación de los trabajadores entre sí… Esto es, entender la diferencia no como lo que hay que gestionar y resolver, sino como lo que hay que producir e intensificar.

  4. 17 enero 2010 a 9:45 #

    Exacto, Antonio, esa es la cuestión. Hace ya unos años escribí un artículo para un blog sobre educación que titulé “igualitarismo e individualismo posmodernos”. Quise explicar todo esto lo que tú has ejemplificado con agudeza ahora: que el igualitarismo no está emparejado con la fraternidad ni el respeto mutuo, ni mucho menos. Al contrario, es la antesala del individualismo más feroz, de la selva. ¿Por qué? muy sencillo, porque en una relación de iguales ninguna de las partes tiene por qué ceder ante el otro. ¿Por qué habría de ceder el alumno ante el profesor o el hijo ante el padre si resulta que esos adultos son sus “iguales”? Se cede sólo si se con-cede la autoridad al otro (en estos casos, si la sociedad y los gobiernos la conceden a los adultos y éstos pueden ejercerla sin temor a ser acusados de déspotas o maltratadores). En un sistema igualitarista no hay razón para que los que menos saben dejen de oponerse cerrilmente a los que más saben. Así, tenemos que el aficionado “sabe” tanto o más que el profesional. El hijo tanto como el padre. El alumno tanto como el profesor. El analfabeto tanto como el catedrático. El imberbe tanto como el adulto…

    El resultado es un conflicto perpetuo, un todos contra todos irrefragable y desquiciante. Y en esa forzadísima relación de igualdad (el igualitarismo es igualdad a presión) surge, entonces, el supremo despropósito pedagógico de que aquel al que se le niega la autoridad legítima (el profesor, el padre…) “debe ganársela”. Y que deba “ganársela” a través de prácticas democráticas en las que el alumno se sienta respetado y escuchado. Es decir, que ganarse la autoridad significa, en el colmo del sinsentido, repartir igualitariamente la autoridad. Cuando te hayas despojado de todo signo de autoridad, ¡te la habrás ganado! “Tengo autoridad cuando no la tengo, y no la tengo cuando la tengo”.

    Las sociedades que apelan profusa y constantemente a la tolerancia son aquéllas que han renunciado a guiarse por la razón: el entendimiento mutuo. La acepción “tolerar” tiene diversos significados: sufrir, soportar, permitir, consentir, respetar. A la que se acogen los pregres es a la última, a la que mejor suena: respetar. Pero, como se ve, el diccionario recoge aspectos semánticos menos dulces. No resuelvas tus diferencias con el otro: aprende a sufrirlas, soportarlas, consentirlas… respetarlas (ja, ja, ja).

    Evidentemente, ninguna sociedad, ni siquiera las más cohesionadas, están libres de tener que invocar la tolerancia en algún grado. Pero cuando el buque insignia de una población es la tolerancia, podemos estar seguros de que nos hallamos en una sociedad dividida, atomizada, fragmentada por una pluralidad de opiniones falsamente enriquecedora. Una cosa es que nos tengamos que prevenir de las visiones monolíticas y megalómanas y otra que hagamos añicos el cristal de la convivencia a base de idiotez y anomia.

    Estimado Gregorio, disculpe si estas reflexiones son una digresión del su excelente artículo. Pero, en fin, creo que quizá sea pertinente analizar las diferentes derivaciones o atingencias del constructivismo.

    Saludos.

  5. Mateo
    17 enero 2010 a 23:01 #

    La pedagogía actual sólo es una patraña para justificar las políticas educativas rastreras de ciertos paises. Cuanto más rastrera es esa política más importancia se le da al gilipolleo pedagógico (dudo que en Alemania se le dé la mínima importancia).

    Hay que perder el pudor y decir claramente lo que es imposible, y más aun lo que es PERJUDICIAL. Gracias a esas idioteces hemos perdido esos exámenes de 5 temas que requerían un esfuerzo intelectual de comprensión, síntesis, desarrollo… Ahora los exámenes son de una hoja, y los alumnos se los estudian de memoria, porque es fácil aprenderse 20 frases.

    Los resultados son claros, pero los gobernantes tienen comprados a CIENTOS de charlatanes con sus cátedras, sus congresos, sus conferencias… para que cale su discurso mierdoso, sus calumnias, sus caricaturas del profesorado, sus listas de los reyes godos…

    LA CONSIGNA ES CLARA… EL QUE NO NOS PONGA COMO EL TRAPO SE QUEDA FUERA Y NO PILLA. EL OBJETIVO NO ES OTRO QUE ATRIBUIRNOS LA CULPA Y JUSTIFICAR LAS MISERAS POLÍTICAS EDUCATIVAS DESDE “ENTES EXPERTOS INDEPENDIENTES”

  6. 18 enero 2010 a 20:23 #

    Hay una manera muy democrática de conseguir que nadie escuche a nadie: que todos hablemos a la vez. Será el triunfo de las clases sociales creativas.
    Hace tiempo que vengo diciendo que las dos enseñanzas más revolucionarias hoy son la lectura lenta y la escucha atenta.
    Me he dado cuenta de que muchos adultos -no digamos ya adolescentes- simplemente no entienden qué es eso de “lectura lenta”.

  7. 27 enero 2010 a 18:46 #

    Ahora que se empeñan los políticos en vender la idea de que un ordenador obrará milagros en las cabezas de los alumnos y que por el hecho de teclear y observar una pantalla, es decir, por el arte de birlibirloque, van a alcanzar cotas de excelencia para las que, seguimos con la venta demagógica, todos ellos están preparados; ahora, digo, sigo pensando que las tres herramientas revolucionarias para el aprendizaje son el lápiz, el papel y el profesor. El proceso de ordenación de las ideas en las cabezas de los alumnos sólo puede venir de esa relación académica afectuosa, exigente y prudente que ha de llevar a cabo un profesor. ¿Más revolución? Una ratio de 12 alumnos por profesor. ¡Dadme doce alumnos, papel y lápiz y moveré el mundo…!
    La política vende una idea falsa que tendríamos que denunciar con todas nuestras fuerzas: que todos estamos capacitados para seguir estudios superiores y para aprender tres o cuatro lenguas. Es legendaria la incapacidad española para el aprendizaje de los idiomas -comenzando por el buen uso del propio-; pero más legendaria es la capacidad demagógica de vender humo, ¡y muchos aires!, al común de los mortales.

    • 27 enero 2010 a 19:25 #

      Amigo Juan:

      Qué alegría que haya salido usted de su manzana para hacernos una visita.

      ¡Con cuánto alborozo recibiríamos sus escritos por aquí!

      Un abrazo (de Andrés Hurtado ;))

      • 29 enero 2010 a 19:01 #

        ¡Caramba, David, qué sorpresa! Había dejado recientemente otro mensaje en “Náufragos” con ánimo de saber de usted y de si ese blog había que considerarlo, finalmente, un pecio en este mar enredado y tornadizo, cuando, casi por arte de birlibirloque, me lo encuentro transmutado en este David hondero que trata de vencer al ufano y presuntuoso Goliat gubernamental -¡ojalá fuera un goliardo!- con las buenas armas de la contundencia dialéctica, que usted tan bien maneja, de igual modo que maneja el registro lírico y el ensayístico. Aparecí aquí por casualidad, que es como las cosas gratas de la vida siempre ocurren. Leí el artículo de Luri y me convertí, de una semana acá, en frecuentador de estas reflexiones con las que tanto empatizo y la mayoría de las cuales suscribo.
        Bueno, David, pues será un placer seguir leyéndolo en esta aventura para que le deseo -nos deseo, en realidad- la mejor de las fortunas, es decir, que se imponga la racionalidad.
        Un fuerte abrazo.

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