Los crucifijos en los colegios y el laicismo

Desde luego es que este país no tiene remedio. La que se ha montado otra vez con lo de los crucifijos a raíz de la sentencia del tribunal de Estrasburgo sobre su eliminación de las escuelas. La comisión de educación española aprobó esta medida, con el apoyo del PSOE, lo cual es curioso. Pero el ejecutivo frena la acción y la aplaza hasta la elaboración de la Ley de Libertad Religiosa. Otra vez bajada de pantalones de los socialistas frente al clero. ¿Cómo tienen tanto poder los unos y tanto miedo los otros? No creo que exista ningún conflicto social si se retiran los crucifijos, mientras que no se atente contra la libertad de conciencia, opinión y religiosa. Igual que es necesario eliminar cualquier simbolismo religioso en los actos oficiales. Es lo que se deriva de la aconfesionalidad (estado laico) de nuestra constitución. No habría conflicto porque nuestra sociedad es cada día más indiferente. Lo que le queda de religión es meramente cáscara, ritual. Estamos en la fase terciaria de la religión, que diría el filósofo Gustavo Bueno. Pero, en realidad, por parte del poder hay miedo.

La iglesia debe ser un lobby. Lo que no entiendo es la actitud exigente de la iglesia, su actitud dogmática que quiere tergiversar la democracia, convirtiéndola en una teocracia, cuando, encima, no tiene dónde caerse muerta. La iglesia es una institución muerta. No tiene vocaciones, su discurso es rancio, pero peligroso. Ha abandonado la modernización y el progreso del Vaticano II, con lo que ha perdido el paso y la oportunidad de participar en la sociedad plural y democrática con su voz ética (el mensaje evangélico). La iglesia es financiada por el estado. Sin él no subsistiría. No se debe morder la mano que te da de comer. La iglesia debe reconducir su acción y dirigir sus empeños a la realización de su ideal ético que yo fijaría, junto con el jesuita Jon Sobrino e Ignacio Ellacuría, en el siguiente lema: fuera de los pobres no hay salvación. Este lema sustituye a ese otro lema intolerante que dirige a la iglesia desde las profundidades de la edad media: fuera de la iglesia no hay salvación.

Son muchas las injusticias y miserias del mundo, mucha pobreza, mucho egoísmo, mucha riqueza mal repartida, mucho abuso del poder, y connivencia del poder político con el económico y militar. Hay una inmensa tarea ética por delante. Hay injusticias arbitrarias que jamás se restituyen. A esa tarea debería dedicarse la iglesia y su apostolado. No centrarse en la parafernalia ritual. El ritual, si bien necesario para las instituciones, es vacío sin la acción que debe estar orientada desde un conjunto de ideas. En el caso de la iglesia, sugiero, debe ser la ética evangélica. No voy a entrar aquí en un análisis y una crítica de la misma. Sólo decir que de ella se desprende el concepto de dignidad del hombre y de justicia universal. Y eso es lo primero. Pero esto no tiene nada que ver con la intolerancia de la que hace gala; encima, amparándose en la libertad religiosa. Parte de la libertad religiosa para imponer sus ideas fundamentalistas, dogmáticas y excluyentes.

Vamos a ver, la iglesia, como institución, es profundamente antidemocrática. No admite la libertad de pensamiento. La interpretación de los textos viene dada por la autoridad. No existe el debate. Lo que no se entiende es misterio. Y los horrores que han causado en la historia por su intolerancia son achacados a meros errores humanos. Esto es una auténtica barbaridad. La criminalidad de la iglesia es un hecho probado históricamente. Lo más cercano que tenemos es la Guerra Civil y la connivencia con los cuarenta años de franquismo. Y de ello nunca se han arrepentido y son cientos de miles los muertos, de los que aún sobreviven hijos y hermanos. Esto es una desfachatez y una falta de vergüenza.

La democracia debe admitir, como principio, la libertad de pensamiento y de opinión, así como de creencia. Eso se recoge en el artículo 16 de la constitución. Aunque la iglesia se ampara en un subapartado y es el que dice que el estado deberá tomar en consideración las creencias de los españoles. Ahí se abre la puerta a los crucifijos en las escuelas y actos oficiales. Pero esto ya es pasado, la sociedad es cada vez más indiferente. Se cumple minoritariamente con los rituales de la iglesia. Y, para nada, se cumple con los mandamientos de la religión y, aún menos, con los mandamientos de la iglesia. La situación en treinta años ha cambiado mucho. Han aumentado los indiferentes, los ateos y los de otras religiones procedentes de la inmigración. El laicismo es esencial en la democracia. Distinguir entre laicismo y laicidad es un error. O hay laicismo, separación absoluta entre la religión y el estado, o no lo hay. Aquí no hay medias tintas. Además, el laicismo, al garantizar la democracia, como pluralismo y libertad de conciencia, lo que está garantizando es la libertad religiosa. Esto es, favorece el libre desarrollo de las religiones. Pero el problema del catolicismo es que, como todas las religiones monoteístas, las del libro, es excluyente y lleva en sí el germen de la intolerancia y la teocracia. Las religiones del libro, y hablamos aquí del cristianismo católico, que es el que nos compete, al proclamar un dios único son excluyentes. Lo que significa que no admiten otro sistema de creencias; por lo tanto, atentan contra la libertad religiosa. Esto por un lado, por otro, al considerar que son la verdad, porque sus textos son de inspiración divina y la interpretación de los mismos también, entonces quieren anular cualquier verdad. Ello implica que la religión atenta contra la libertad religiosa por su propia naturaleza. De ahí la intolerancia secular de la iglesia. Pero hay un tercer aspecto. Como la iglesia es la verdad y su visión del orden ético-político es, de suyo, la verdad, tiende a ser reflejada en el poder político. Esto quiere decir que en la iglesia cristiana, no menos que en el islam, está el germen de la teocracia, que es, en definitiva, lo que quiere recuperar: la alianza entre el trono y el altar, más bien la subordinación. Y el legado de la historia, lo que nos muestra, es que cuando la religión ha tenido este poder lo ha utilizado para exterminar al disidente, al hereje (el que es de otra opinión).

Y, para concluir, respondo a José M. Rouco Varela, a mi modo de ver, un impresentable desde el punto de vista moral por el fanatismo e intolerancia de sus ideas que atentan contra la esencia misma de la democracia, la libertad. Y, encima, un cínico, ya que somos todos, el estado democrático, los que lo mantenemos. Dice este señor que renunciar al símbolo de la cruz es negar a nuestros hijos el símbolo de nuestros padres, de nuestra nación, de nuestra identidad cultural, en fin, de nuestra civilización. Pues bien, es verdad, pero lo que hay que ver es lo que está detrás de ese símbolo y esto lo deberían aprender en todas las escuelas.

Aquí hay tres cosas que decir. La primera es que el símbolo de la cruz representa al cristianismo en su visión primitiva, la ética cristiana. Aquí nada que objetar por lo dicho anteriormente. Sólo decir que sería interesante que esto lo conociesen todos los alumnos de mano de un historiador o filósofo, no de un cura intolerante y adoctrinador. En segundo lugar, la cruz muestra una forma ética de vida que es cuestionable. Para mí hay dos paradigmas que son los pilares de la civilización occidental: la filosofía y la ciencia griegas y el judeocristianismo. La filosofía nos muestra el camino de la serenidad frente a la muerte, la vida racional, la vida buena o virtuosa. El ejemplo es la muerte de Sócrates y la idea de muerte y suicidio de los estoicos. En cambio, lo que se desprende de la muerte en la cruz es la pasión, el sufrimiento, e, incluso, la desesperación: dios mío, por qué me has abandonado. En última instancia la ética que se desprende del símbolo de la cruz no es la de la virtud, sino la de la resignación y el resentimiento. Y, en tercer lugar, la cruz es el símbolo de la intolerancia y de la guerra, del exterminio y del genocidio. Y esto, como también lo segundo, debe ser conocido en los colegios de mano de los historiadores y los filósofos. Por supuesto que no podemos olvidarnos del símbolo de la cruz. Pero tenemos que saber qué significa. Y esto sí es enseñanza de la religión vista desde fuera. No desde el dogmatismo interno.

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Categorías: Diagnósticos

Autor:Juan Pedro Viñuela Rodríguez

Profesor de ética y filosofía. Autor de Fin de milenio y otros ensayos. Una mirada etica a la tecnociencia y el progreso y Filosofía desde la trinchera. Director del seminario de CTS del IES MELÉNDEZ VALDÉS, y de la revista de ensayos Esbozos.

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6 comentarios en “Los crucifijos en los colegios y el laicismo”

  1. Juan
    9 enero 2010 a 13:50 #

    Perfecto análisi; nada que objetar.

    Saludos

  2. Libertad
    13 enero 2010 a 11:47 #

    Buen análisis pero como tantas veces falta el punto de vista del alumnado. ¿Qué representa la cruz para unos niños de 3 a 7 años que se la encuentran como imagen habitual presidiendo su espacio educativo?. Cada cual puede llegar a su propia conclusión pero para mí les supone algo que no es más que la imagen de la tortura y la muerte. Una persona adulta sentenciada a morir entre estertores de dolor y violencia, Pues la verdad, no lo veo muy edificante en un aula de infantil.
    Lo que me resulta curioso es el bajo nivel de interés por comentar este detallado análisis del Sr. Viñuela. El único comentario hay que reconocer que no se explaya. Me gustaría equivocarme pero creo que el sector docente “antipedagógico / deseducativo” piensa en general que esto son “chorradas” de progresistas logsianos. Rescato a menudo el capítulo sobre la enseñanza de religión del “Panfleto Antipedagógico”. Con esta asignatura suspendida en septiembre pasan de curso muchos docentes “deseducados”.

    • 13 enero 2010 a 16:15 #

      De Acuerdo con libertad sobre el asunto de la educación infantil. Es verdad que esto se me escapó en mi análisis, pero lo he considero. La cruz es el símbolo de una religión y, por tanto, de una confesión y en un estado laico o aconfesional, esto no a lugar en las instituciones públicas. Es más, una vez aprobada la constitución debieron ser retirados de oficio. Llegar a las tonterías pseudodemocráticas de hoy en día en el que se le pretende dar la autoridad en este asunto a los consejos escolares es, simplemente, anticonstitucional. Es confundir la democracia con el relativismo y con el todo vale. En segundo lugar, la cruz es un símbolo de pasión, violencia y tortura, que es menester ahorrar, tanto a los menores como a los mayores. Ha generado la ética del la resignación y del débil y el resentimiento. No es ningún modelo a seguir, no es más que una construcción mítica, muy respetable, desde luego, en el ámbito de lo privado. Pero creo que en los niños, por lo menos en mi caso así fue, el símbolo produjo en mi infancia perplejidad. Es algo incomprensible y que tortura la mente. Exponer la pasión, el dolor y la tortura es hasta cruel y masoquista.
      En cuanto al último asunto de libertad, me gustaría no equivocarme y pensar que la ausencia de comentarios es por la claridad del tema. Es decir, que de este tema no se debería hablar más y pasar a la acción exigiendo que se cumpla la constitución, sin más.

      • 13 enero 2010 a 19:11 #

        La exposición del tema es clara, y lo que éste trata es un detalle más de todo lo que hay que reformar en la enseñanza española. Ahora bien, Juan Pedro, de tu respuesta a Libertad sólo me gustaría hacer una insignificante apostilla: no hay que pedir que se reforme la Constitución, pues la Constitución en este aspecto -como en muchos otros, como en el del idioma o el de las autonomías- es tramposa. Lo que hay que exigir, para que se respete la separación de Iglesia y Estado -esto lo tuvieron muy claro los padres de la patria americana, por eso su Carta Magna es una maravilla- es una reforma de la Constitución de 1978.

        Un saludo.

        P.S.: Libertad, no sea usted tan cizañero, hombre de Dios.

  3. 14 enero 2010 a 8:55 #

    Efectivamente, David, la constitución, en este aspecto, como en otros caso, el del idioma, las autonomías, y muchos más, es tramposa. Hubo que pactar mucho. En el caso de la iglesia tenemos, los acuerdos con la santa sede y la ideología nacionalcatólica del momento, que todavía perdura en los sectores más radicales de la iglesia. En fin, sí es necesario una reforma de la constitución. Pero en el caso que nos ocupa, creo, que en el artículo 16 queda claro el laicismo del estado, pese a su encubrimiento con el término aconfesionalidad y con el apartado 16.3 en el que se le otorga a la iglesia católica un trato especial por parte del estado. Pero todo ello, no afecta al tema de los crucifijos. Ahora bien, si queremos profundizar aún más en el laicismo, y esto significa profundizar más en la democracia, y por su puesto ésta es mi intención, entonces sí debemos reformar la constitución y, revisar, de una vez por todas, esos acuerdos preconstitucionales y anticonstitucionales con el estado del Vaticano.

  4. Libertad
    14 enero 2010 a 9:29 #

    Un hombre de Dios no puede ser nunca cizañero. Sería pecado de soberbia.

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