Autoridad, democracia y educación

Leo el último libro de José Antonio Marina, La recuperación de la autoridad, y no tengo más remedio que coincidir con él en su análisis contra la educación permisiva y autoritaria, pero también en la necesidad de recuperar la autoridad, aunque, como siempre hemos dicho, en un sentido etimológico y clásico.

El problema de la democracia y de la educación, a mi modo de ver, y coincidiendo alegremente en ello con José Antonio Marina, es el de la falta de autoridad ligado al fomento de la mediocridad y a un desconocimiento o equivocación entre la democracia y la igualdad. Es un error histórico haber abandonado la educación de la virtud, es decir, de la areté, que es la excelencia en los griegos. De ahí que los problemas que vemos en la escuela son los mismos que se reflejan en la sociedad y a la inversa. La crítica a los falsos valores que se nos están transmitiendo en la democracia es la misma crítica que podemos hacer a la educación en el sentido de que ambas han descuidado la educación en la virtud y han fomentado los falsos valores individualistas, antisolidarios, el relativismo del todo vale, lo superficialidad, el hedonismo romo y ramplón. A ello hay que sumarle también el terrible efecto del triunfo de una filosofía posmoderna que defiende el relativismo como el fin de los grandes relatos de la humanidad y, con ello, el fin de un discurso ético. Todo este conjunto de circunstancias disuelven la humanidad y la conquista de ese gran discurso y proyecto ético en busca de la dignidad. Como he dicho en muchas ocasiones considero que la Ilustración es un proyecto, no caduco -como defienden los posmodernos y relativistas haciéndoles un flaco favor a las distintas formas de poder- sino inacabado. Y el centro de este discurso es el proyecto ético universal de la humanidad en busca de su propia dignidad, algo que no se tiene sino que se conquista. Si queremos una democracia saludable, tenemos que tener una ciudadanía docta, en el sentido de virtuosa, que conozca sus derechos y sus deberes. Esto sólo se alcanza por medio de la educación.

Pero vamos por partes. De lo primero que tenemos que hablar es de la autoridad. Hay que diferenciar entre el poder y la autoridad. El poder viene dado por la institución a la que se pertenece, la autoridad es algo que viene dado por el reconocimiento; ahora bien, este reconocimiento tiene dos ámbitos, el primero es el que dona la propia institución y la sociedad y el segundo el que emana del propio individuo. Y es aquí donde está la cuestión. La sociedad y las instituciones tienen que velar por la autoridad que emana de las propias instituciones porque los individuos, salvo excepciones, no tienen por qué tener autoridad. De lo que se trata -también habría que decirlo- es de que han de conseguirla en su proceso de educación. Porque la autoridad está ligada a la virtud. La autoridad, a diferencia del poder, que es frío e institucional, emana del propio sujeto y tiene que ver con la virtud y la excelencia. De lo que se trata es de fomentar esa autoridad. Yo creo que tiene dos dimensiones, la moral y la intelectual. En este sentido, la autoridad, unida a la institución, es objeto por sí mismo de respeto. Hay una cosa curiosa que apunta José Antonio Marina y es la siguiente. Resulta que la democracia la definimos como el poder del pueblo; si queremos que la democracia funcione, el pueblo no sólo debe tener el poder, sino que debe poseer la autoridad. Esto es muy importante porque es una consecuencia directa de la Ilustración. Un pueblo con autoridad es un pueblo libre, con criterio propio y autónomo. Y el tema aquí está en cómo alcanzamos una ciudadanía que, además de tener el poder, tenga la autoridad. Pues para ello es necesaria una refundación de la democracia que tiene como objetivo una moralización de la misma. El problema de la democracia es un problema de debilidad ética, es decir, de falta de virtud (fuerza) o areté, (excelencia). Y la única manera de solucionar el problema es por la vía de la educación.

En las democracias actuales, en este mundo globalizado mercantilmente en el que el único valor es el mercado y en el que los ciudadanos sólo miran hacia sí mismos, nos encontramos ante una crisis ética. Se ha perdido la confianza en la virtud, de ahí que no se considere la autoridad como un valor fundado en la excelencia. Es más, se ha perdido incluso la capacidad de reconocer la excelencia. La corrupción impera por todos lados y, frente a ella, la respuesta de la ciudadanía es el desencanto y el comportamiento mimético en su propio campo. No se cree en las conquistas de la humanidad, en ese gran proyecto ético del que hemos hablado y que nos ha llevado desde la barbarie a los derechos humanos. Hay que decir también que, aunque disfrutemos de los derechos humanos, seguimos teniendo barbarie. Es más, como conquistas éticas de la humanidad, están seriamente amenazados.

Desde la Ilustración hacia acá hemos ido saliendo del autoritarismo basado estrictamente en el poder y la fuerza arbitrarios. Esto es lo que ha hecho que, tanto a nivel social como a nivel educativo, la autoridad haya sido menoscabada. Hay que sumarle también, y el daño aquí no es poco, que la educación ha caído en manos de psicólogos y pedagogos, que intentan hacer de un arte, una ciencia. Han intentado reducir al hombre a meros hechos empíricos y generalizaciones inductivas. Estos “científicos” han rehuido de la ética y de la moral como algo de lo que no se puede hablar y que hay que desechar de la educación. Estos psicólogos y pedagogos han producido un tremendo mal en la enseñanza porque, en definitiva, han eliminado la ética, y la educación, que debe estar basada en la autoridad de la que aquí hemos hablado, es una tarea ética. Por ello se ha pasado del autoritarismo arbitrario, al dejar hacer, sin sentido y sin norte, a la ausencia de los deberes en virtud de la omnipresencia de los derechos. Pero así lo que hemos producido es individuos esclavos. Porque la educación es la educación de la voluntad, es decir, de aquello que se sobrepone a nuestras pasiones. Y para ello se necesita autoridad y disciplina. La personalidad no surge por sí misma, ni está marcada genéticamente. Es un mecanismo de retroalimentación entre ambiente (entre ellos la educación) y la genética. La ausencia de autoridad en la sociedad y en la escuela produce ciudadanos esclavos de sus pasiones, que sólo contemplan sus derechos, no sus deberes. Y aquí está el problema, porque si no se posee la virtud, y esto requiere de la educación, la disciplina (discere: aprender), la autoridad, no se posee la libertad. Se ha confundido la autoridad basada en la virtud que es de la que aquí hablamos con la autoridad arbitraria, por eso se rechaza. Se exige libertad absoluta. Pero esto es un engaño, no hay libertad sin cumplimiento del deber, no hay libertad sin ejercicio de la virtud, no hay libertad sin disciplina.

En educación se ha oscilado en torno a dos modelos del hombre. Dos teorías antropológicas. Una: que el hombre es un ser caído, malo por naturaleza, que necesita del poder y de la fuerza para ser disciplinado. Esta es una concepción del hombre subhumana, y es la base de las sociedades tradicionales anteriores a la Ilustración. El modelo opuesto es el rousseauniano, esto es, que el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad lo corrompe. Si la sociedad corrompe al niño lo mejor es no hacer nada, dejar que desarrolle sus instintos “libremente”, es decir, el capricho, el egoísmo y el caos social. Hay que recuperar la autoridad en el sentido de excelencia, así recuperaremos la libertad. Ahora estamos bajo la tiranía del individualismo y el egoísmo. Es necesario partir de una teoría más correcta del hombre. Ni lo uno ni lo otro. Confío más en Kant que habla del fuste torcido de la humanidad, pero a la vez, es el forjador del concepto de dignidad, autonomía y libertad. El hombre es un fin en sí mismo, por ello es un sujeto de dignidad, no puede ser tratado arbitrariamente. Todos somos iguales en tanto que somos sujetos, por ello, dignos y respetables. Pero también es cierto que debemos conquistar nuestra libertad y nuestra autonomía por medio del proceso de ilustración. Estamos, como dice Kant, en una época de ilustración -todavía, después de doscientos años- no ilustrada. Y en qué debe estar basada esa educación-ilustración, pues a mi modo de ver en recuperar la autoridad, a nivel social y a nivel educativo. Pero ello lleva aparejado que el objetivo fundamental de la educación es una educación ética. De lo que se trata es de que el ciudadano se sumerja en ese gran proyecto de la humanidad que es el proyecto ético ilustrado que consiste en la conquista de la dignidad humana. Y esto, sin la unión entre el poder institucional y la autoridad ética reconocida por los ciudadanos es imposible. Pero para aplicar esta educación en la escuela es necesario recuperar la disciplina en el sentido que aquí le hemos dado. Disciplina no es castigo, sino ejercicio, esfuerzo, práctica. Debemos recordar la práctica deportiva para recuperar el concepto de disciplina. Hay que desenmascarar esta palabra de los prejuicios psicopedagógicos y posmodernos. Y el profesor es el que debe impartir esa disciplina, es decir, el ejercicio en la exigencia del cumplimiento de los deberes. Y sólo así, por medio de este ejercicio, nos haremos libres, porque nuestra voluntad dominará nuestros apetitos que son volubles, caprichosos y tiránicos. La educación, en fin, debe estar basada en la autoridad y la disciplina, que tienen como objetivo la educación de la voluntad para que el futuro ciudadano conquiste su libertad y se convierta, él mismo, en una autoridad. Y de esta forma la ciudadanía tendrá, no sólo el poder, sino la autoridad. Ahora, discúlpenme ustedes, no le concedo ninguna autoridad a la ciudadanía ni, por tanto, a la democracia. Como no se produzca este cambio ético, seguirá teniendo razón Platón y la democracia será el gobierno de los ignorantes, y recuérdese que el ignorante en Platón es esclavo -de esta manera se cierra el círculo de nuestra argumentación-. Es necesario, en definitiva, acabar con ese discurso fácil del posmodernismo, ese discurso que considera que los relatos se han terminado, que todo vale, y gracias al cual al final lo que tenemos es el poder del más fuerte o el triunfo de cualquier ideología oscurantista. No debemos olvidar que la conquista de la humanidad es una lucha permanente.

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Categorías: Diagnósticos, Soluciones

Autor:Juan Pedro Viñuela Rodríguez

Profesor de ética y filosofía. Autor de Fin de milenio y otros ensayos. Una mirada etica a la tecnociencia y el progreso y Filosofía desde la trinchera. Director del seminario de CTS del IES MELÉNDEZ VALDÉS, y de la revista de ensayos Esbozos.

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29 comentarios en “Autoridad, democracia y educación”

  1. 4 enero 2010 a 16:55 #

    Me parece a mí que no se puede con la inercia histórica… Los ciclos y todo eso… Que ha coincidido una hiperinflación tecnológica con la decadencia del humanismo…

  2. 4 enero 2010 a 17:19 #

    De más está decir que estoy de acuerdo en el diagnóstico y en el tratamiento… pero no veo nada claro cómo se pueda producir el milagro. ¿No se ha llegado a un punto de no retorno?

  3. serenuszeitb
    4 enero 2010 a 18:05 #

    Mi planteamiento les puede parecer simplón, y desde luego tiene nulo fundamento metafísico, ni siquiera de la más vulgar metafísica de la historia. A mi juicio el problema de la autoridad se limita al problema de quién manda. Cuando representantes de padres de alumnos, pedagogos, sindicatos, políticos, o las mismas direcciones de centro repiten aquello de que la autoridad –y hasta el respeto a veces, lo cual es ya directamente bochornoso- hay que ganársela –referido a los docentes- lo único que están afirmando es que la autoridad la detentan ellos, y que piensan seguir haciéndolo, que consideran –y quieren- a los docentes como una colectivo a su servicio y saben que cuanto mayor sea la autoridad del docente menor será el dominio que puedan ejercer sobre ellos. Aquí juega algo más simple que el desarrollo de las ideas. Está en juego algo más concreto: el dominio sobre el otro. Los múltiples juegos de dominio. Lo que aquí parece enigmático es que los mismos docentes han hecho propio este discurso y también ellos repiten el ensalmo: la autoridad hay que ganársela –y se hacen cruces al diablo del autoritarismo- Pero el enigma y la maravilla ceden pronto en cuanto no apercibimos de que ellos –nosotros-, los docentes, también son (somos) padres, -y tienen (tenemos) también sus afiliaciones políticas y sindicales- y en fin, ya lo veía Machín, la dificultad de tener dos amores a la vez y no estar locos.

    Pero si algo hay cierto en todo este asunto es que la autoridad hay que ganársela –pocas cosas valiosas se regalan-. Sí, pero que sepa todo. Que se sepa que también hay quiere mantenerla a nuestra costa.

  4. 4 enero 2010 a 18:47 #

    ¿Hay algo más metafísico que la voluntad de imponerse (y el orgullo que auto/genera?? Y justo porque esta es universal, sin barreras mentales/cortapisas éticas ni de ningún tipo, es por lo que no le veo yo remedio… Y lo que nos queda. Aunque el pesimismo tambiñén es metafísica…

  5. 4 enero 2010 a 19:00 #

    No creo yo en los determinismos históricos, ni en los ciclos de la historia de forma necesaria. Si hay un determinismo, es físico y biológico. Y es dudable. Pero éste es otro tema. No pienso que hayamos llegado a un punto de no retorno. Y no creo ser optimista. Todo lo contrario. Creo que nos reducimos a biología y habría que ver lo que dice la evolución. Es lo que se ha llamado la peligrosa idea de Darwin y la darwinización del mundo. Tampoco creo en determinismos tecnológicos, ni en el imperativo tecnológico ligado al primero. No sé qué se puede entender por deshumanización. La técnica es lo más característicamente humano. Las conquistas técnicas van desde el hacha de silex, pasando por la domesticación de las plantas y los animales, por la creación de un orden democrático y las instituciones que lo respaldan (cuidado que son un crítico de la democracia, no un ingenuo) y llegando hasta una lavadora y la bomba atómica. No se puede caer ya en el discurso de las dos culturas. Esto es un error y tremendo para la educación. Estoy de acuerdo, por su puesto, con que la autoridad se gana, pero cuidado, no hay que olvidar que detrás puede haber intereses de los grupos de poder. Creo que la democracia debe basarse en la educación de la virtud que daría lugar a la ejemplaridad pública. Y esta ejemplaridad es la que da la autoridad. Y el ideal de la democracia es que fuese alcanzada por la mayoría. Por eso nuestro sistema educativo está tan errado y educa, precisamente, en lo contrario. Y no hay educación de la virtud sin autoridad. Toda crisis es una crisis de valores. Y los valores no cambian hasta que n cambia el paradigma. Esto es, hasta que no aparece una nueva visión del mundo, que por su puesto, nace de la crítica o discurso crítico, como el que se viene haciendo en este blog.

  6. serenuszeitb
    4 enero 2010 a 19:01 #

    No es lugar para entrar en disquisiciones metafísicas, mll, no vayamos a espantar al público, ya sabes que la metafísica no es del gusto de muchos. Pero bueno un poquito de dilentantismo espero que no me lo tomen a mal, creo que el juego del poder no es algo metafísico sino fenoménico. La voluntad no es el fondo metafísico de la vida, el oscuro corazón del mundo, que afirmaba Schopenhauer o Safranski comentando a aquel. Con Nietzsche la voluntad de dominio es la fórmula misma de la vida, su algoritmo universal. Una fórmula que brilla en todos esos discursos que la niegan.

    Saludos y no me lo tengan en cuenta.

  7. 4 enero 2010 a 19:35 #

    Estoy de acuerdo con el comentario de Serenus. Niegan la autoridad al profesorado (esto es, a la función, la personal es asunto de cada cual) aquéllos que la han usurpado. Estoy en parte también de acuerdo con MLL, recuperarla parece asunto de milagro. ¿Por qué? Atendamos la misma cita de la entrada.
    El profesor Marina, experto como nadie en nadar y guardar la ropa (salvo cuando se pone delante de Gustavo Bueno, ocasión en la que se ahoga sin remedio), es capaz de ensayar sobre qué sea lo de la autoridad para arriba y para abajo y al mismo tiempo aplaude enfervorecido la bellaquería de la “Educación para la Ciudadanía”, escribiendo un libro y todo, y en este afán le importa una higa que la asignatura se cargue los horarios de los Seminarios y la poca dignidad que les quedaba a los profesores de Filosofía. Él aparece en la televisión defendiendo los buenos que somos todos y lo mejores que vamos a llegar a ser, lo importante que es el diálogo y lo cojonuda que es la existencia de los seres dialogantes y democráticos. Y se queda tan pancho.
    Claro, así no hay más remedio que dar la razón a MLL. Es más, es que, con estos pájaros dando charlas por ahí, ni la autoridad, ni la dignidad, ni nada… Es que ni de milagro.

  8. serenuszeitb
    4 enero 2010 a 19:50 #

    Muy bueno Antonio. Suscribo tu comentario.

  9. Raus
    4 enero 2010 a 21:29 #

    A mí, amigos, eso de “ganarse la autoridad” me parece una trampa más de más del igualitarismo ramplón que nos acosa por todos lados. Lo que implica esa expresión es, en realidad, algo muy grave: que hay que considerar que profesor y alumno (o adulto y niño) están, en principio, a pie de igualdad en cuanto autoridad se refiere, y que sólo si el docente se da las mañas suficientes, se ganará el respeto y la autoridad del niño y ante el niño. Eso es como si yo le pidiese al médico que se ganase la autoridad médica ante el paciente, como si éste estuviera, en tales lides, a la altura de aquél. Hombre, entonces, ¿para qué sirve estudiar medicina durante largos años? Un adulto, en condiciones normales, no tiene que ganarse la autoridad ante el chaval, hasta ahí podíamos llegar. Lo que tiene que hacer es ejercerla, como le corresponde por lógica y por ley. Cuando no la ejerce, porque no le dejan o por propia confusión mental, es cuando jamás se hará de respetar por los críos. Pues eso de que se puede educar a base de sugerencias, invitaciones o recomendaciones es sencillamente falso. Es imposible educar sin dar órdenes. Imposible. Cuando se intenta educar sin darlas, el resultado es calamitoso. Evidentemente, las órdenes deben ser sensatas y adecuadas al destinatario, huelga decirlo.
    Ejercer la autoridad es la única manera de no perderla. Otra cosa es que, andando el tiempo, los chavales no necesiten órdenes de tal o cual adulto, y a éste le baste con decir lo que piensa para que aquéllos se ajusten voluntariamente a ello. Pero esto sucede cuando el adulto ha dado, previamente, bastantes órdenes.

    Saludos.

  10. serenuszeitb
    4 enero 2010 a 22:24 #

    Se disfraza de igualitarismo –uno de los muchos disfraces mediante los cuales se ha buscado siempre el poder. La denominada “comunidad escolar” no es tan calma como aparenta… dormitan allí fuerzas y anhelos inmemoriales 🙂 .

    saludos.

  11. Raus
    5 enero 2010 a 6:16 #

    Escapar de la ideología igualitarista es como intentar escapar de un laberinto. A estas alturas, cuando la indisciplina, la insolencia y la golfería de niños y jóvenes está presente en infinidad de hogares y aulas, colea con fuerza lo de “ganarse la autoridad”, cuando lo que nos debería preocupar, a mi juicio, es no perderla, o no perderla más. La insolvencia de tantos y tantos adultos para controlar a sus hijos o alumnos, asombra y asusta, al menos a mí. ¿A qué se debe dicha insolvencia? De nuevo, a ese espantajo que llamamos “corrección política”. Todos esos atribulados adultos que no se saben hacer de respetar por sus críos o jóvenes, emplean métodos inútiles, cuando no irrisorios, para tratar a éstos. Esos métodos son, entre otros:
    – Insinuar. (“Cariño, ¿qué tal si te pones a hacer los deberes?”)
    – Aconsejar. (“Te aconsejo que hagas ya los deberes”)
    – Razonar. (“Si haces los deberes y estudias, el día de mañana podrás vivir bien.”)
    – Suplicar. (“Por favor te lo pido: ponte a hacer los deberes ya, anda.”)
    – Sobornar, negociar. (“Te daré tu postre favorito si te pones ya ha hacer las tareas escolares.”)
    – Discutir, reprochar. (“¿Pero por qué no me haces caso nunca? ¿Por qué lo haces todo tan difícil?…”)
    – Engatusar. (“Anda, guapo, ve a tu cuarto a hacer tus tareas, que tú eres muy responsable y bueno”).
    – Amenazar de balde. (“O te pones con los libros o te quedas sin tele… Pero luego sí hay tele”).
    – Embroncarse.

    Nada de todo esto funciona, créanme. O muy rara vez funciona. Cada vez que se utiliza cualquiera de los anteriores “recursos” (¡y se utilizan masivamente!), se está perdiendo autoridad ante el niño y se achica la posibilidad de que nos llegue a respetar. Lo que funciona es algo tan sencillo como dar un mensaje claro y sencillo sobre lo que esperamos que haga el chaval (y lo que pasará si no obedece): “Hijo, ve a tu cuarto y haz los deberes ya. Hasta que no los hagas, no saldrás a jugar con tus amigos”. Y a esto se le llama de toda la vida dar una orden, por muy mal que siente a los eufemísticos espíritus de los pedagogos posmodernos. Por supuesto, es preciso cumplir lo prometido: si el niño se niega a hacer sus deberes, el adulto debe impedir que salga a jugar con sus amigos. ¿Les parece a ustedes que esto sea un método cruel? Les aseguro que hay mucha gente que sí se lo parece.

    Si alguien de los que lean todo esto piensa que hay alguna manera de conseguir que el chaval cumpla con su deber sin necesidad de recurrir a la orden, estaré encantado –lo digo de veras- de escucharlo con toda la atención del mundo. Y de rectificar si las pruebas son contrarias a lo aquí expuesto.

    También estaría dispuesto a discutir con quien lo deseara si dar órdenes a los chavales y sancionarlos y corregirlos moderadamente cuando no cumplen con su parte son cosas que los traumatizan, como dicen no pocos psicólogos. Lo digo porque no es la primera vez que alguien, escandalizado por mis palabras, me ha tachado de déspota, fascista y lindezas por el estilo. Quizá me sirva de descargo alegar que quienes más se suelen escandalizan con mis palabras son los guardianes del sistema educativo: pedagogos, psicólogos o psicopedagogos.

    Saludos.

  12. 5 enero 2010 a 10:20 #

    Vamos a ver. Hay dos ideas fundamentales que han salido en la discusión. La primera es la de la igualdad y la segunda la de la autoridad. Con respecto a la igualdad se viene a decir que es, más o menos, un mito. Que es el origen de los males de nuestra mal entendida democracia y de la educación. Estoy con ello de acuerdo. Lo que sucede es que hay que matizar mucho en este asunto. Pero aquí hay que ser breve para no cansar. Habría que escribir un artículo sobre igualdad y democracia. Precisamente sugiero la lectura de dos obras que tengo ahora entremanos que son “El odio a la democracia” de Jacques Rancière y “Ejemplaridad pública” de Javier Gomá. Estas lecturas sustituirían mi argumentación. No obstante pretendo escribir un artículo sobre estos libros en mi blog. La igualdad es una entelequia. Quiere esto decir, que no existe ninguna igualdad ontológica o natural. La igualdad es una idea adaptativa, de orden social y político, que permite un modo de vivir. Los que confunden la igualdad de oportunidades, invento técnico-jurídico y político, con la igualdad natural-ontológica están tergiversando interesadamente el concepto para obtener beneficios; y, en el caso de la educación, defender una ideología que enmascara una educación que sólo genera mediocracia, sino algo peor. En ese sentido la igualdad es un mito. Pero ya en el mismo comienza de la democracia en Grecia, y me refiero a la oración fúnebre de Pericles, se viene a decir, que la igualdad no puede ser el menoscabo de que el gobierno esté encarnados por los mejores. Es decir, que la misma democracia defiende una educación en la meritocracia. De ahí lo de las virtudes públicas y la ejemplaridad del ciudadano. La igualdad no puede eliminar las diferencias del mejor. La igualdad es de oportunidades para eliminar las diferencias de poderes, que, en definitiva, se reducen a las de la riqueza, enmascarada de lo que sea: aristocracia, timocracia… Así, coincido con aquellos que atacan a la igualdad, pero sólo en lo que se refiere al mito de la igualdad. La democracia, por muy deficitaria que sea y muy en desarrollo que pueda estar, lo que hace es darle la vuelta al poder. El poder reside en el pueblo, aquel que no tiene nada para erigirse con el poder. Ya sé que esto es iluso en tanto que teórico, pero quién ha dicho que la democracia sea algo dado. La gobernanza humana es siempre imperfecta, pero la democracia es el único gobierno perceptible.

    En cuanto a la autoridad quiero hacer dos observaciones. La primera es que yo no tengo que defender al señor Mariana, él se podrá defender sólo. Tampoco voy a atacar a Gustavo Bueno. A los dos autores los he leído y he sacado lo mejor que he podido de ellos. Pero a ninguno se me ha ocurrido endiosarlo, con perdón, como hacen los “buenistas”. Coincido absolutamente en que la autoridad viene dada por la situación social. Pero la situación social se consigue. Un problema de hoy en día es el de la falta de reconocimiento de la autoridad: médicos, jueces, fuerzas de orden público, profesor…es cierto, y la educación tiene que garantizar el respeto a esta autoridad. Y el respeto es la obediencia al mérito adquirido partiendo todos desde el principio de igualdad. Pero para que se cumpla este cambio de percepción en la realidad, es necesario, como decía, un cambio de paradigma. Por eso no estamos en una situación sin salida, sólo que nuestro paradigma está agotado. No sabemos cómo se saldrá de él. Pero eso es otra historia. Considero que la educación tiene que basarse en la autoridad, y frente a la autoridad lo que tenemos es la obediencia y la disciplina. El niño tiene que hacer sus deberes, como se ha dicho, porque es su deber y punto. Todo lo demás son paños calientes y pérdida de autoridad. Lo que a mi me parece que ocurre es que la crítica que se hace a la autoridad desde la política es porque el político es un camaleón que quiere asemejarse a la sociedad para ganar votos; en definitiva, para mantener su poder. Esto, por un lado, por otro, la ideología pseudocientífica de los pedagogos se apoya en la eliminación de la autoridad y de la educación de la voluntad, porque no caben en su marco científico. Recuerdo que el primero que señaló en España que la educación iba errada porque se basaba en la educación a través de la motivación y no de la voluntad fue Marina, en su libro “En busca de la voluntad perdida”. Y auguraba, como así ha sido, un fracaso absoluto educativo, con emergencia incluso de la violencia, si no se recuperaba la educación de la voluntad, la cual es imposible sin la autoridad y la disciplina. El niño tiene que aprender a obedecer porque así aprenderá a obedecerse. Y ésta es la única manera de ser libres. Nos hacemos libres en la medida en la que somos capaces de obedecer leyes. Lo contrario es caer en el capricho y el vicio, que es lo que fomenta nuestro sistema educativo.

    • 7 enero 2010 a 1:47 #

      Perdona Juan Pedro (¿me permites que te tutee?) pero es que yo no tenía ninguna intención de defender o atacar a éste o al de más allá. Me he explicado mal.
      Lo que pretendo decir es que la posibilidad de ejercer como profesor (al fin y al cabo, el crédito de la “auctoritas”, que permite la venia docendi y la libertad de cátedra), no puede estar fundamentada en bellos discursos que halaguen nuestros oídos, sino en una actitud decidida que sea consciente de cuáles son nuestras responsabilidades y de las formas de llevar a cabo las tareas que nos demanda el aprendizaje de nuestras disciplinas (algunos aquí habrían puesto, en lugar de “el aprendizaje de nuestras disciplinas”, “la sociedad” o “los ciudadanos” -ya casi nadie pondría “el pueblo”- y con esto habríamos chafado el argumento, porque en lugar de, por ejemplo, el cálculo infinitesimal, tendríamos la nariz de Belén Esteban).
      Y lo que no puede ser es que escribamos bellos libros que contenten nuestras pupilas mientras aplaudimos entusiasmados las leyes y las normas (no sé si por tontería o por astucia, ¿qué más da?) que imposibilitan que la tarea docente, y el sustrato en el que ésta radica, la auctoritas, pueda ejercerse con una mínima cordura, enmierdando las asignaturas, machando los horarios, aniquilando los estudios y rebajando a los profesores, para adular a una cohorte de bellacos cuyo interés por el saber y por los jóvenes que se merecen alcanzar ese saber es absoluta, radical, obscenamente nulo (y valga esto también para los involucrados en la “concertada”, que sobre este pormenor de qué sea lo que se estudia y cómo ni abren el pico, porque lo mismo no les cae la guita a fin de mes, y obedientes y calladitos tragan con lo que les echen, y si ahora toca ir de “bilingües” tragan, y si mañana toca dar clase con un lazo en las pelotas tragan, y en este tragar radica su privada y particular excelencia, sin decir ni pío, aguantando la presión del lazo sin rechistar).
      Por supuesto que el señor Marina ha escrito sesudos y acertados volúmenes sobre los temas de nuestro tiempo: la voluntad, la autoridad, la inteligencia sentiente, o emocional, o ardorosa, o efervescente, o como quiera que ahora se diga… Pero siento que no me interesen ni él ni sus libros, sino lo que representa y se ha esforzado diaria y televisivamente por representar: el profesor que entre entrevista y sesión de maquillaje no tiene el menor escrúpulo en pasarse por el Arco del Triunfo la enseñanza de la disciplina que le ha permitido ocupar una silla en el plató. Y de verdad que no es él, que lo que me importa es su caso. Que no quiero citar nombres, pero me están quemando en la punta de la lengua.
      P.D.: también siento, de verás, aprovechar cualquier ocasión para echar pestes sobre la “concertada” (he hecho el voto con el nuevo año de no volver a reincidir, pero es que soy un adicto contumaz). Lo mismo si este próspero año me encuentro a alguien que desde esas trincheras se queja de algo (que no sea lo que le manda el señor obispo de turno u otro capataz por el estilo) logro rehabilitarme. Y se lo agradeceré con animosos parabienes.
      Un saludo, Juan Pedro, y enhorabuena por el escrito, que nos permite pensar y discutir largo y tendido. Un pequeño lujo.

      • 7 enero 2010 a 9:25 #

        Por su puesto que me puedes tutear, Antonio, faltaría más. Creo que estamos todos en la misma trinchera: la de la dignidad del ciudadano y la refundación de la sociedad y la educación con ella, si es posible. Quizás fue un mal entendido lo de Marina. Estoy totalmente de acuerdo con lo que dices en tu comentario y aprecio tu valor y tu lucha por la dignidad y un mejor sistema educativo. Y para seguir con esta discusión quiero elaborar un breve artículo sobre democracia y educación en la virtud que profundizaría en el artículo que venimos comentando porque vuestros acertados comentarios me han hecho ver lagunas que hay que cubrir y fundamentar. Gracias y saludos.

  13. 5 enero 2010 a 10:25 #

    serenuszeitb: ” … creo que el juego del poder no es algo metafísico sino fenoménico (…) la voluntad de dominio es la fórmula misma de la vida (…) fórmula que brilla en todos esos discursos que la niegan ”

    Pues eso mismo fue lo que le dije yo (recordando a Sabina)

    JPV: “No creo yo en los determinismos históricos, ni en los ciclos de la historia de forma necesaria.”

    Ni yo, pero le puesto lo que sea a que dentro de cuatrocientos años (¿doscientos?, ¿cien?) me da la razón. Es broma, afortunadamente no lo veríamos. (Para mi desgracia, soy materialista y escéptico y en esas sobrevivencias -religiosas- sí que no creo.) Lo que quiero decir es que estoy seguro de que lo mismo que la voluntad es una fuerza actuante y la misma fórmula de la fuerza (dominio, imposición, poder…), esto no tiene más remedio que, si se universaliza, y parece que ocurre hasta en las mejores familais, no tiene más remedio que producir resultados (nefastos, para lo que pensamos los filósofos). Pensemos en lo que sostenía Husserl: el fº como funcionario de la humanidad (¿me equivoco?), y a lo que se ha llegado: el fº (todos los profs) como educadores guays del rebaño, no sea que se vayan a salir del redil. No sé, no me parece cuestión de metafísica histórica (de vicos o de spengleres), sino de inercias y de ponerse a mirar, a observar. A plazos cortos esto funciona: ¿no se veía venir el desastre de la II GM? Lo que yo creo es que Platón, si hubiera visto y vivido la demagogia y tiranía de esta sociedad del confort administrado (donde parece no advertirse que cada prohibición implica un giro más de tuerca en la admisión de la irresponsabilidad personal), Platón no hubier creído ni en el milagro, y se hubiera hecho epicúreo o algo así (avant la lettre). Al final pesa mucho más en la vida de las personas, todo lo que ha ido aprendiendo socialmente que esa dialéctica kantiana de lo insociable sociable en los genes de la humanidad. No es fácil imaginar cómo alguien va a tener la voluntad, el deseo, la corazonada de que vale la pena quitarse de encima las cien mil losas de la costumbre, del borreguismo y los caminos trillados o subvencionados o lo que sea. la sociedad pide perpetuar el círculo de producción-consumo, a toda costa. A ver quién corta (con) esa inercia circular. Además, uno mira un mapamundi y ve la insignificancia geográfia de esta parte del mundo y se pone a pensar que cómo se imaginan éstos (los ciudadanos de las socialdemocracias) que van a tener cura. Feliz año, naturalmente. ¿?

  14. Luzroja
    5 enero 2010 a 11:03 #

    La autoridad que como profesores o maestros ostentamos, no la hemos perdido, sino que nos la han quitado.
    Un profesor, por el mero hecho de serlo, es decir, por su cargo, tiene autoridad sobre el grupo de alumnos en el que actúa, no tiene que andar ganándose autoridades.
    El robo ha sido perpretado por el sistema educativo que padecemos, que ha alimentado a la turbamulta con la idea psicologista de la bondad del ser humano.
    Pero la realidad es bien distinta, las jerarquías existen, la autoridad aparece en cualquier colectivo por pequeño que sea, y si esta autoridad se le secuestra al maestro, lo que aparece en el aula es el imperio del alumno macarra, aquel que ejerce la autoridad que le da el grupo, o el miedo del grupo, sobre todos los que entran en relación con él, incluso el propio maestro.
    Así la autoridad del maestro, ha sido sustituida por la autoridad del borrego y los alumnos que antes se sometían a una autoridad que los encaminaba a la disciplina y a arrumbar las pasiones, se ven sometidos a los designios de unos adolescentes macarras que gobiernan a su antojo la clase, protegidos e incluso alimentados por este sistema escolar que sólo hace que insistir en los psicologismos de los infantes, que deben ser protegidos, comprendidos, respetados, y analizados por todos.

    • 5 enero 2010 a 16:56 #

      Efectivamente, la autoridad ha sido arrebatada y es necesario recuperarla. Ha ocurrido en la educación y ha ocurrido por doquier. Y esto no es por echar balones fuera. El problema es mucho más amplio. Y por eso hablo de autoridad, educación y democracia.

    • 5 enero 2010 a 17:08 #

      Vamos a ver. La crítica que haces a la democracia a partir de Platón, o, no sé, a la sociedad en general, es justa. Pero, no recuerdo exactamente la cita, en el Político, hace una crítica a la sociedad ateniense, que si no viesemos su data, todos asumiríamos como de un autor actual. Esto quiere decir mucho. Primero, la democracia es un gobierno imperfecto, segundo, siempre se ha pensado igual de los jóvenes y tercero, Platón plantea un gobierno alternativo que es la aristocracia de los mejores. En definitiva, un sistema totalitario. Esto sería necesario demostrarlo.

      No pienso que haya un determinismo histórico y si lo hay es incognoscible. La historia, como la naturaleza está sujeta a la accidentalidad que produce grandes cambios impredecibles de los que surge la novedad inimaginable.

      Por su puesto que el filósofo se ha quedado reducido al profesor. Pero esto nos llevaría a plantearnos el papel del intelectual hoy en día, así como la diferencia o alternativas entre cultura elitista y vulgar. Pero todos los temas que acabo de señalar, escepto el de la democracia, exceden este blog. Quizás un análisis más correcto de la educación sería a partir de un análisis de la democracia.

      Gracias.

  15. Raus
    5 enero 2010 a 12:08 #

    Releyendo lo aquí dicho, me he dado cuenta de que no le he felicitado por su artículo, señor Juan Pedro. En fin, lo hago ahora, algo a destiempo. Me parece excelente.

    Bien, yo también he leído a Marina, y gran parte de su discurso me convence. Otra cosa es, como bien ha apuntado Antonio, su participación en la asignatura de “Educación para la Ciudadanía”, donde, seguramente, habrá seguido fiel el guión de lo políticamente correcto. Otra cosa, sí, es su habilidad para nadar y guardar la ropa. O su pericia de capitán Araña, que a todos embarca (o embauca) y a todos engaña. No obstante, es cierto: Marina ya defendió erudita y agudamente la voluntad frente a la motivación, acierto que es de justicia señalar.

    Precisamente, lo que hoy no se educa es eso, la voluntad, lo que equivale a no educar la inteligencia, con el estropicio correspondiente. Que hoy tengamos que recordar aquí cosas tan de sentido común, tan pedestres, como que para aprobar una asignatura es necesario estudiar y esforzarse, o que no hay manera de educar sin apelar al deber y la sanción (si es necesaria), es una prueba preocupante del alcance del desastre.

    Yo entiendo perfectamente qué quiere decirse con aquello de que “hay que ganarse la autoridad”. Es que el discente (o el que no sabe de algo en particular) haga lo que dice la autoridad por respeto, no por simple obediencia. Esto lo explica Marina. Sí, pero es necesario matizar, porque, dicho así, queda realmente bonito, pero insuficiente. Por el hecho de que al niño le digamos que tiene que hacer sus deberes porque es su deber (valga la redundancia), tampoco vamos a conseguir que los haga. El cuento que Marina incluye en su libro sobre la recuperación de la autoridad para leer a los niños, es instructivo para los padres: éstos deben explicarle al crío que tiene que hacer ciertas cosas porque es su deber, como es deber de los bomberos apagar el fuego de una casa. Pero ni el cuento ni la explicación van a funcionar por sí solos. La mayoría de niños pequeños no lo van a entender ni a aceptar por las buenas, no van a entrar en razones por muy sensato que sea el cuento que le lea el padre sobre el deber. En definitiva, el adulto que se quiera hacer de respetar (no de temer, huelga decirlo), tendrá que recurrir a la firmeza de la orden -aunque ésta haya sido justificada previamente con la apelación al deber- y a la sanción. Es la única manera de que la mayoría de niños aprendan a atender y escuchar al padre o maestro: el primer paso necesario para poder avanzar.

    Hace unos días, los pedagogos me brindaron otra oportunidad para hacerme sentir vergüenza ajena. Explicaban que algunos profesores, los que ellos llaman “intervencionistas”, esperan que el alumno sea obediente y carente de crítica. Ésta es otra de las atildadas majaderías de la pedabobería reinante: pretender que el sujeto obediente es un sujeto sin capacidad crítica. ¡Pero qué tendrá que ver, válgame el cielo! Precisamente si tenemos buen criterio, obedeceremos la prescripción del médico cuando estamos enfermos, las órdenes del bombero cuando hay fuego, las instrucciones del ingeniero para levantar un puente, etc. Hay casos de obediencia ciega e irracional, por supuesto. Pero la pedabobería intenta hacernos creer que el mismo acto de obedecer es siempre un acto de carencia de crítica, y que la desobediencia es, de por sí, un acto de saludable crítica. De esta manera, confundiendo groseramente lo uno con lo otro, no se está haciendo otra cosa que minar la relación entre el profesorado y el alumnado. Al pedagogo habrá que decirle: “Oiga, ya que no me ayuda, por lo menos no me estorbe.”

    Luzroja, estoy de acuerdo con usted: no han perdido ustedes la autoridad, se la han arrebatado. Pero no en todos los casos. Muchos profesores y maestros (y padres) hay más o menos adeptos a la secta pedagógica que, como tales, no tienen intención de hacer valer su autoridad. Siguen confundidos por la retórica psicopedagógica actual. Y siguen, con sus prácticas, favoreciendo la perpetuación de esta crisis de autoridad: ¡todavía no ven motivos para la rebelión! Sé de algunos blogs sobre educación en que se ve a las claras este extremo. A muchos nos han arrebatado la autoridad, porque queremos ejercerla pero no nos dejan, como usted bien dice. Pero no nos engañemos: otros tantos no la ejercen porque, sencillamente, siguen, motu proprio, los dictados de la secta pedagógica.

    Saludos.

    • 5 enero 2010 a 16:54 #

      Gracias Raus. Muy de acuerdo con tu argumentación. Con el asunto del cuento de Marina, que cae en el asunto del razonar, cuando no se puede. Sumamente aclaratorio tu comentario sobre los pedagogos. Saludos.

  16. Salao
    7 enero 2010 a 12:28 #

    Para la posdata de D. Antonio:

    Que funcionarios de educación con sanidad privada, no sé si es su caso, critiquen la concertada es tan gracioso como ver al señor Michael Moore haciendo películas contra el capitalismo.

    • 7 enero 2010 a 20:41 #

      Estimado Salao,
      incurre usted en lo que en Lógica llamamos “falacia ad hominen”: descalificar personalmente a un adversario, en lugar de refutar sus afirmaciones. Algo así:

      1. A afirma B;
      2. Hay algo cuestionable acerca de A,
      3. Por tanto, B es falso.

      El problema es que además lo hace usted con meras suposiciones y encima “ad homines”, porque mete en el mismo saco a todo el funcionariado docente, de tal manera que ni Cristo podria ya abrir el pico. Se trata de que estemos todos calladitos, ¿no?

  17. Juan
    7 enero 2010 a 15:52 #

    Ya empieza a cansar la estúpida frasecita de que los profesores nos tenemos que “ganar” la autoridad a pulso. ¿Es que se tienen que ganar su autoridad un juez, un policía o un árbitro en el desempeño de sus respectivas profesiones? Quienes defienden esa idea demuestran un alto grado de ignorancia que puede no está reñido con cierta dosis de malas intenciones.

    Se confunde un concepto de “autoridad” que se acerca a la idea de “admiración”, en el sentido de “ser una autoridad en matemáticas” o “ser una autoridad en literatura árabe”, que se gana con los años de buena práctica profesional, con la idea de autoridad más sencilla, primera y mínima, que deriva “naturalmente” del desempeño profesional sin más. Siendo esto tan evidente, ¿cómo es posible que se produzca tal confusión? Todo esto es el resultado de la idea que reina por todas partes y en todos los niveles, clases y grupos sociales según la cual todos somos iguales. Nadie ha prestado la atención debida a corregir esta idea, ni partidos políticos, ni responsables educativos, ni los medios de comunicación. Dicha confusión nos convierte en unos primerizos catetos de la democracia, ignorantes de lo que significa realmente vivir en un estado de derecho. La igualdad de todos es un concepto político, es decir, que todos somos iguales como ciudadanos, con los mismos derechos y deberes en tanto ciudadanos, no como trabajadores. Pero para nada se puede hablar de igualdad en términos laborales, por ejemplo; nada tienen de iguales el director de un banco y un botones de la misma entidad en cuanto trabajadores. Como tampoco pueden considerarse iguales el capitán de un barco y un simple marinero. Y, desde luego, tampoco pueden considerarse iguales profesores y alumnos: ni tienen los mismos derechos, ni tienen las mismas obligaciones, ni deberes, ni responsabilidad, ni nada. Y esto lo confunden tanto obreros como profesores universitarios, profesores de primaria como de secundaria, estudiantes como expertos en educación.

    No, un profesor no tiene por qué ganarse su autoridad, la debe tener de entrada; como tampoco ha de ganarse el respeto de sus alumnos. Tiene la autoridad, la debe tener, desde el primer momento que entra en una clase como profesor. Más bien sus alumnos le deben respeto, primero como persona y segundo por el desempeño de su trabajo como profesional encargado de su formación y educación. Quien mantenga lo contrario está equivocado. Quien lo mantenga y además pertenezca al mundo de la educación además de estar equivocado está perjudicando la imagen de su profesión y está ayudando a confundir aun más a la gente.

  18. 7 enero 2010 a 16:22 #

    Juan, estoy absolutamente de acuerdo con esa distinción que hace sobre la autoridad. La que uno se gana, que es a la que yo me refiero con autoridad moral e intelectual y la otra, que es la que la sociedad nos da, como he dicho, porque nos la hemos ganado con nuestro trabajo y nuestro esfuerzo. Y esto sin violar el principio de igualdad. Una vez que somos médicos, ingenieros, jueces, profesores,…ya estamos dotados de esa autoridad. Pero creo que en la sociedad en la que vivimos, por eso hablo de un cambio de paradigma que lleva aparejado un cambio de valores, nadie goza de autoridad. No es exclusivo de los profesores. Una cosa es el discurso del ser y otra el del deber ser. Efectivamente, las cosas no son como deberían. El daño, como he dicho, reside en nuestra democracia posmoderna desencantada y desengañada. Hay que poner medidas para recuperar la autoridad y el mejor sitio son las instituciones educativas donde se educan a los futuros ciudadanos. Como se ha dicho en este foro: hay que recuperar la autoridad que se nos ha arrebatado.

  19. 8 enero 2010 a 8:50 #

    Me temo, amigos, que es todavía peor, mucho peor. Lo que los pedagogos llevan en la cabeza cuando hablan de “ganarse la autoridad” no es esa autoridad entendida como “especialista en una determinada materia”. Muy al contrario: ya sabemos que los pedagogos no reconocen a las autoridades basadas en el dominio de contenidos. De hecho, niegan y reniegan de las autoridades que se fundamentan en un dominio extraordinario de su materia profesional (matemáticas, historia, física o lo que sea). ¿A qué tipo de autoridad se refieren entonces? Pueden ustedes imaginárselo: a la autoridad basada en la excelencia respecto de… valores, de valores morales (por antonomasia, valores democráticos). ¿Y saben ustedes quiénes son por (auto)definición las mayores autoridades en cuestión de valores democráticos?… Exacto: los mismos pedagogos. Nada nos puede extrañar que sean los mismos guardianes-censores del sistema educativo quienes se arroguen el tipo de autoridad necesaria para educar a los alumnos e instruir y aleccionar a los profesores. Es decir, que después de esa asquerosa frase (“ganarse la autoridad”) se esconde, probablemente, la mala intención (como apunta Juan) aneja a toda excluyente vanidad: “Yo, el pedagogo, el experto en educar en valores, soy la máxima autoridad del cotarro, yo soy el referente del profesorado. Es a mí a quien hay que escuchar y respetar”.

    ¿Y cómo se consigue ser un experto en educar en valores? Ejercitando en el aula prácticas “democráticas”:

    – Mostrarse participativo y emprendedor.
    – Confiar en que los valores se construyen entre la colectividad.
    – Promover proyectos participativos en los que se da la palabra al alumno, etc.

    Evidentemente, a juicio del pedagogo, quien domine expertamente tales ejercicios (espirituales) se habrá ganado la autoridad ante sus alumnos. Éstos, entonces, lo miraran con admiración y arrobo, se sentirán comprendidos, respetados y escuchados, iguales al profesor. A todo esto es a lo que, creo yo, se refiere la dichosa frase.

    Ah, y otra cosa: si el chaval se muestra agresivo, protestón o despistado, la culpa será del profesor (del sistema), pues no ha sabido ganarse el respeto de aquél.

    En resumen:
    1. El pedagogo apela a la autoridad moral-democrática, a la que se desprende del “educador en valores”.
    2. Él es el máximo representante de tal tipo de autoridad. Él es, por tanto, el jefe.
    3. Si el alumno se comporta mal es porque el profesor lo hace mal, porque no ha sabido o querido practicar los ejercicios espirituales en el aula. Sintomáticamente, el alumno se siente molesto, no escuchado, no respetado. La culpa es del profesor, que no es democrático. El sospechoso será el docente. Trampa perfectamente urdida.

    Sí, en todo esto bulle –como ha dicho alguien antes- el espurio deseo de detentar el poder y mantenerse en él.

    Un saludo.

  20. 8 enero 2010 a 12:25 #

    Sí, Antonio, porque, evidentemente, ellos no van a apelar a la autoridad aneja a la excelencia académica. Ahí, ellos, los pedagogos, no tienen nada que decir. Bueno sí, se pronuncian en contra de ella, la tratan de desacreditar. Ellos tienen que apelar a ese tipo de autoridad “moral”, “democrática”, en la que se consideran gurús inapelables. Cuando los diferentes agentes implicados en la enseñanza pican el anzuelo, ellos se reputan imprescindibles en el sistema y se aseguran un puesto en la poltrona. De pena.

    Un saludo.

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