Libertad educativa y evaluación

Este país, como muchos de su entorno, vive sometido a un control estatal sobre todas aquellas cosas que pueden servir para coartar la libertad individual. Así, el control policial sobre el conductor es mucho más atosigador y constante que el que se ejerce sobre el delincuente común. Aquél se va a quejar poco y, cuando toque, va a pagar las multas, mientras éste siempre tendrá sus derechos en la boca.

Somos pocos los que creemos que la libertad es la mejor manera de alcanzar aquello que nos podemos proponer. Es más, como dice Salvador Monsalud, sin libertad no hay individuo. Por eso creo que debemos liberalizar muchas cosas, que el verbo no sólo tiene connotaciones económicas. Claro que la libertad, bien frágil y de difícil uso, también debe tener su manual de instrucciones, sobre todo para que se nos meta en la mollera aquello de que la libertad de uno termina donde comienza la del otro.

Ya he escrito en varias ocasiones que en democracia, en un Estado de Derecho, es necesario que los individuos sean ciudadanos responsables, críticos y conscientes de la importancia de su condición. Por eso exijo un plan de estudios que prime el esfuerzo y la excelencia. La mejor manera para alcanzar esto es dar más libertad a los centros educativos, no sólo a la hora de estructurar sus planes académicos, sino también en lo que se refiera a contratación de personal -menos en las escuelas públicas, que en España la oposición es dogma de fe-, métodos docentes y sistemas de evaluación.

Cada centro debería poder hacer lo que quisiera aceptando unos contenidos mínimos cuya consecución sería controlada por una serie de exámenes-reválidas que los alumnos tendrían que realizar al terminar primaria, secundaria y bachillerato. Los dos primeros habría que aprobarlos a la fuerza para pasar a la siguiente etapa educativa. Si algún chaval tuviese problemas a la hora de aprobar, el colegio, la familia y los profesionales que fuesen necesarios tendrían que hacer todo lo necesario para ayudar a aprobar al chico. En cuanto al examen de bachillerato, serviría como prueba de acceso a la universidad y para conseguir el título de bachiller.

Con estos exámenes no pretendo crear un sistema que invalide a los menos capaces. Todo lo contrario. Por un lado, este tipo de exámenes es el único válido para comprobar cómo funciona cada centro, ya que las inspecciones administrativas son, simplemente, una memez y un cachondeo. Por otro lado, con estos exámenes se crea un sistema donde el esfuerzo y el estudio prevalecen sobre la indolencia actual cuando se puede pasar de curso sin aprobar. En este sentido, los exámenes oficiales -¿a nivel estatal?- evitarían en gran medida que estudiantes fuesen avanzando sin saber leer, escribir, sumar, restar, etc. De tal manera que cualquier futuro ciudadano español tendría que haber aprobado por lo menos los dos primeros exámenes.

Soy consciente de que vivimos en un clima social donde lo bueno se desdeña y se prefiere la material comodidad del dolce far niente. Conozco casos de padres que prefieren que su hijo apruebe injustamente a que se fastidien sus vacaciones, aunque eso implique que el retoño no sepa escribir. Por eso no pretendo ponerme platónico y crear unos exámenes difíciles y selectivos. Simplemente poner unos mínimos algo exigentes para certificar que todos los estudiantes saben, cuando menos, lo exigido.

A partir de ahí, cada escuela, colegio o instituto establecería sus propios programas sin límite máximo. Una vez conocidos los mínimos, ¿por qué establecer unos máximos o unos itinerarios que muchas veces impiden la profundización en otros campos? Una vez conocidos los mínimos, cada colegio debería poder elegir si quiere dar música o tecnología, seis horas de lengua u ochenta de religión. Después de todo, el control de mínimos se haría a través de esos exámenes.

Por supuesto, este utópico planteamiento debería acompañarse de la correspondiente libertad de los padres para elegir el colegio que quieren para sus hijos. Incluso para estudiar en suahili si existe esa oferta. O para, simplemente, estudiar en castellano en Cataluña o en catalán en Madrid. Los colegios públicos, necesariamente más controlados por definición, deberían ponerse las pilas porque, como ya ocurre de hecho, si no la oferta privada será considerable y generalmente -para todo hay excepciones- mejor.

Todo esto revierte en lo que yo creo más necesario: la libertad del docente. Claro que esto que escribo es simple utopía. El control partidista, esta sociedad amante de lo mediocre y enemiga de lo excelente, la pasividad llena de complejos de muchos padres y el miedo de los colegios hace imposible lo que debería ser una buena escuela de ciudadanía. Lo que en ningún caso debe ser posible es que los alumnos, a través de la voluntad ejercida por la patria potestad, no puedan aspirar a ser mejores por culpa de un sistema educativo que Baroja llamaría laminador.

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30 comentarios en “Libertad educativa y evaluación”

  1. Juan
    27 diciembre 2009 a 10:53 #

    De acuerdo con lo de los exámenes. Pero es muy, muy delicado eso que dices de libertad para los centros en cuanto a programas, asignaturas, planes académicos y hasta contratación de personal. ¿Estás hablando de centros privados? ¿Pretendes aplicar eso a los centros públicos? Creo que es un gran error.
    La autonomía, esa palabra que tanta admiración nos produce, como todo, debe tener sus límites. Por ese camino se llega a enfrentar unos centros con otros en un “mercado de centros” dentro de unos esquemas del más puro neoliberalismo. ¿Dónde queda la equidad, la igualdad? ¿Quién garantizaría ese libre acceso de todos a cualquier centro de su elección? ¿Acaso no es el Estado el garante de la igualdad para todos? ¿Por qué no garantizar iguales programas, con iguales planes de estudio para todo el país y así hablar de exámenes iguales para todos?
    Además, la libertad para contratar al personal pone en peligro la figura del funcionario. Si ya nos trata así como tú sabes la Administración Educativa a los funcionarios ¿cómo trataría a contratados laborales, sin control alguno, con diferentes criterios de selección, diferentes derechos, si alguno poseyeran, diferentes sueldos, y para más inri dependiendo de lo que el señor director quiera y le apetezca? ¿Se ta ha olvidado lo que quiere hacer la Junta de Andalucía con su nuevo ROC?
    Con todo el respeto, te ruego que revises esa ideas, por favor. Echa un vistazo, si te parece, a los artículos sobre neolibaralismo y educación en nuestra misma página, por ejemplo, Crisis Educativa.
    Saludos cordiales.

    • 27 diciembre 2009 a 11:14 #

      Juan, si ofreces una misma reválida para todos -públicos y privados-, ¿qué peligro existiría en que los centros ofertasen el plan de estudios que les diera la gana? No se trata de competir, sino de que por primera vez en este país haya un listón que asegure: a) que los centros cumplen con su trabajo -directivos, etc.-, b) que los profesores cumplen con su trabajo -esto sí que significaría recuperar la autoridad-, c) que los alumnos estudian, d) que los padres obligan a los hijos a estudiar.

      Las reválidas -ESTATALES- no son la panacea, pero abordan algunos problemas de la enseñanza actual.

      Por último: no confundamos la autonomía que anuncia la LOE, la LEA o la LEC con la AUTONOMÍA que se propone en el artículo de Daniel o la que viene esbozada en esta web. La primera de ellas es un auténtico camelo, una filfa que no sirve para nada porque no está acompañada de otros cambios muy necesarios.

      La AUTONOMÍA de los centros para elaborar sus propios planes de estudios sólo tiene sentido:

      1.- Si los consejos escolares desaparecen o se convierten en un órgano meramente consultivo.

      2.- Si sus competencias son devueltas al Claustro.

      3.- Si se asegura una verdadera democracia organizativa en el centro -el Claustro elige a los cargos directivos, etc.-

      4.- Si los objetivos por ley se plantean a partir de reválidas ESTATALES.

      5.- Si se proporciona a las familias auténtica libertad de elección de centro.

      6.- Si se tira a la basura la Ley de Conciertos y se prohíbe ese engendro que es la enseñanza concertada.

      7.- Si se potencia la excelencia en las pruebas de acceso a la enseñanza pública.

      8.- Si realmente se asegura el cumplimiento de ese derecho constitucional -¿será otra engañifa tipo “todos los españoles tienen derecho a una vivienda digna o a mear en Marte”?- que es, recordémoslo la libertad de cátedra.

      9.- Si hay algún tipo de incentivo para los centros públicos con los mejores resultados en las diversas reválidas.

      Un saludo.

  2. serenuszeitb
    27 diciembre 2009 a 11:58 #

    Disiento de esa “autonomía” de centro que propugnáis, ni para elegir los planes de estudio ni mucho menos para la contratación de personal, ni aún con la eliminación del consejo escolar que propone David. Creo que conduciría al secuestro de la libertad individual por medio del claustro, no quiero ni imaginarme la de camarillas corruptas que podrían crearse en torno a la figura del director. En fin, me parece una propuesta conducente a convertir los centros en pequeñas satrapías.

  3. Luzroja
    27 diciembre 2009 a 11:59 #

    En la situación actual del sistema escolar, al maestro, que es mi caso, sólo nos queda una, “emboscarnos” ( a lo Junger), cerrar la puerta del aula y enseñar para máximos, exigir silencio, trabajo y respeto, buscar lo difícil y su solución.

  4. serenuszeitb
    27 diciembre 2009 a 12:28 #

    Los planes de estudios de primaria, secundaria, bachiller deben tener carácter estatal, atendiendo a la especificidad lingüística de cada comunidad –con exámenes -tipo reválida- estatales que aseguren el cumplimiento de objetivos por etapas. La FP, sin embargo, debe adaptarse a las características y necesidades industriales, agrícolas, económicas del entorno.
    Las direcciones de los centros deben tener un carácter fundamentalmente coordinador. Tampoco es deseable que se eternicen en el cargo: no estaría nada mal que se limitasen a ocho años los mandatos, para evitar corruptelas y apegos.Y para contratar profesores el sistema de oposición con tribunales constituidos por especialistas del cuerpo es el que asegura mayor imparcialidad y mejor selección -por supuesto pueden discutirse los pormenores: tipo de pruebas, criterios de baremación de méritos.. etc

    En general suscribo la propuesta realizada por Antonio en un post anterior.

    Saludos.

  5. 28 diciembre 2009 a 0:38 #

    Daniel, creo que sobre este asunto es menester precisar algunas cuestiones. Todavía no habíamos abordado en “Deseducativos” el asunto de la “autonomía de los Centros” y la relación que pueda tener tal “autonomía” con la enseñanza privada (no voy a hablar de la “concertada” porque al fin y al cabo ésta es enseñanza pública pero echándole al asunto una cara de tres pares de pelotas: ¡figúrate lo contentos que se pondrían los empresarios hosteleros de las Españas si el Estado le pagase el sueldo a sus camareros, esgrimiendo que están cumpliendo el magnífico servicio de calmar el hambre y la sed de los españoles!).
    En primer lugar, habría que determinar qué concreto “Estado de Derecho” es el que estamos defendiendo. El Imperio Romano era un “Estado de Derecho”. El Tercer Reich también era un “Estado de Derecho”. Ser “Estado de Derecho” no es ninguna cosa digna alabanza por axioma. En lo de “democracia” ni entro, porque a estas alturas ya sabemos que eso puede significar lo que nos dé la gana.
    Parece que en el terreno de la discusión política las facciones se agrupan en torno a dos estrategias:
    1. La defensa del Estado paternalista (social-democracia), Estado-mamá-clueca que dirige nuestras vidas, vigila nuestra salud, vela nuestros sueños, administra nuestras haciendas, nos educa en nuestros valores, nos dice qué postura sexual es la más indicada para alcanzar un orgasmo, nos cuida, nos arropa y nos ofrece 400 euros por barba a las puertas de una crisis del copón bendito. Por supuesto, ninguno de los miembros del supuesto Estado paternalista estaría dispuesto a perder el derecho a su “propiedad privada”, con lo cual tenemos que, siendo la educación de carácter estatal en el Estado paternalista en el que vivimos, aún así los padres tienen “derecho a elegir la educación que desean para sus hijos”. ¡Hasta ahí podíamos llegar!
    2. La defensa del Estado liberal, en el que los individuos prosperan sin la tutela directa de la Administración pública, gracias a su capacidad emprendedora y a su libertad mercantil, según los liberales principios de la competencia y la ley de la oferta y la demanda. Eso sí, aprovechándose en todo momento de las instituciones y las posibilidades que el Estado paternalista propicia, trabajando para él, viviendo de él (Bancos, empresas que trabajan para la Administración, colegios concertados…), poniendo la mano y llorándole cuando vienen mal dadas, delinquiendo gracias a él (¡Valenciaaaaa!), sometiéndose a él por lo rentable que es el sometimiento para sus “liberales” negocios, y atreviéndose a desprestigiar a los funcionarios por oposición, que parece ser “dogma de fe”, cuando resulta que los supuestamente liberales no son más que funcionarios por digitación, que no es “dogma de fe”, sino “llamada por teléfono de mi papi”. Escribimos en esta tierra de María Santísima, muy cerca de mi casa, un libro dedicado al primer capullo “liberal”, con padre alto funcionario del Estado, un pijo sevillano llamado don Juan, al que, gracias a Dios, en el último capítulo, se lo tragaba la tierra.
    En éstas tenemos que pocas empresas privadas de la enseñanza se atreven, y podrían hacerlo, a ofrecer un plan de estudios diferente del que manda mamá-Estado, pues les sale mucho mejor hacer lo mismito con funcionarios por digitación en lugar con funcionarios por oposición, y lo que exhiben en el escaparate, nadando y guardando la ropa, como cualquier progenitor sabe, es la seguridad de que tu hijo no va a ir al Colegio con moros, chinos, gitanos, sudamericanos, pobres, repetidores y otra gente de mal vivir, lo cual al progenitor liberal le colma de satisfacción y le impele a pagar la cantidad que la entidad demanda para demostrar el valor de su maloliente excelencia. Tú dices: “Los colegios públicos, necesariamente más controlados por definición, deberían ponerse las pilas porque, como ya ocurre de hecho, si no la oferta privada será considerable y generalmente -para todo hay excepciones- mejor.” No, no hace falta que se pongan las pilas. Los colegios públicos no tienen ni tendrán nada que hacer. Han y habrán perdido esta presunta batalla de la competencia por la excelencia. En todo caso, querido Daniel, podríamos equilibrar el combate, y mandar subvencionados a los privados, desde los colegios públicos, a aquellos alumnos que nos afean las estadísticas, a los chicos que nos vienen del otro mundo analfabetos y sin duro, a los hijos de familias sin afición a la enseñanza, a los alumnos discapacitados, porque tal vez, gracias a lo cojonudos que son los privados, lo mismo logran sacar adelante a estos estudiantes que tanto necesitan de sus inmejorables servicios. Y nos traemos los burguesitos a los públicos. Y después hablamos de éxitos.
    En la jornada sobre enseñanza a la que acudimos recientemente, José Manuel Lacasa demostró con las cifras en la mano que lo único que hacemos en los últimos tiempos (tanto tirios como troyanos) es reproducir las condiciones culturales de las familias, ya sea desde el punto de vista académico o territorial, y que la promoción social, gracias a esta caterva de social-demócratas y liberales, resulta hoy una simple engañifa.
    Fuera de estos dos modelos tan cutres cabría una tercera posibilidad. Se trataría de escuchar a un coetáneo de Salvador Monsalud, un tal Hegel, que afirmaba que el individuo sólo es libre en el Estado. Podríamos entender que la enseñanza sólo puede configurarse a partir del acuerdo que la sociedad civil es capaz de alcanzar, que dicho acuerdo no es fortuito, caprichoso, sino que se objetiva a partir del propio desarrollo de la razón, esto es, en las ciencias, y que el individuo no puede adquirir la libertad que le permite ese conocimiento si no es gracias a las instituciones que el Estado es capaz de disponer y ordenar. Aunque no sea un autor de moda, aconsejo a todos la lectura de los “Escritos pedagógicos” de G.W.F. Hegel, Méjico, F.C.E. 1991, que no provienen de un pelagatos cualquiera, sino del que fuera profesor y director del Gymnasio de Nuremberg, Consejero escolar de la ciudad, profesor en las Universidades de Jena y Heidelberg y profesor y rector de la Universidad de Berlín.

    Creo que sólo tras este ejercicio se podría empezar a pensar eso de la “autonomía de los Centros”. Un asunto que, en la actualidad, apenas permite entrever más que las sombras que ha apuntado Serenus.

  6. 28 diciembre 2009 a 9:05 #

    En cuanto se menta a la bicha de la “autonomía” empiezan a salir los adjetivos liberal y socialdemocráta, los fantasmas del Estado y del Individuo, las sombras de la pública y de la privada.

    El tema de la autonomía de los centros, sin embargo, debe trascender cualquier debate de regusto ideológico, pues puede ser compatible con una premisa que estimo nadie está dispuesto a discutir:

    -La incuestionable necesidad de una ENSEÑANZA PÚBLICA que asegure la promoción social de sus alumnos y vele por que todos los ciudadanos accedan al conocimiento.

    Antes de seguir, dejaría a un lado dos cuestiones que ya han salido en el debate: a) la autonomía de los centros para contratar personal -que no deberíamos siquiera plantearnos por ahora-; b) la urgencia por dilucidar entre lo público y lo privado -por lo que lo concertado no tendría sentido en este panorama que voy a plantear, así como sería absurdo continuar concibiendo que una empresa exclusivamente privada recibiera subvenciones -de todo hay en esta viña del Señor-.

    De este modo, sin poner en duda el acceso -muy mejorable, eso sí- de los profesores a la enseñanza pública, y dejando claro que las privadas deberían ser realmente privadas, el tema de la autonomía puede ser visto con una nueva luz.

    ¿Quiénes elaboran los planes de estudio que aparecen en los reales decretos? ¿Alguien se lo ha planteado alguna vez?

    Por un lado, podemos concebir a una serie de expertos discutiendo, proponiendo y tachando bloques de contenidos. Cada uno de estos personajillos sería lo más parecido a un sabio en su materia, además de poseedor de una dilatada experiencia en su etapa educativa.

    Luego está el Consejo Escolar del Estado, compuesto por expertos, sindicatos y apas, un totum en el que la dilatada experiencia en un aula de sus componentes brillará casi siempre por su ausencia.

    Por último, tenemos a las editoriales influyentes o al reducido y mediocre grupo de burócratas que rodean al ministro de turno.

    Y bien, de los tres casos -no se me ocurre ningún otro, la verdad-, ¿cuál creéis que es el que más se acerca a la realidad? Sí, eso es, no lo podríais haber dicho de una manera mejor: UNA MEZCLA DE LOS DOS ÚLTIMOS.

    Así pues, ahora mismo podríamos tener el siguiente panorama: una serie de individuos que no han dado una maldita clase en su vida proponen y deciden, no sólo qué contenidos, sino la presencia de éstos en las diversas etapas y ciclos formativos. De esta manera puede ocurrir cosas impensables como que al partido político de turno se le antoje inventarse materias de nuevo cuño que nada tienen que ver con ese consenso social hegeliano que simboliza la ciencia, que se carguen otras por interés partidista, por simple miopía o por presiones de los poderes fácticos de turno, y que la distribución temporal de la mayoría de las asignaturas sea irreal -en el mejor de los casos- o rematadamente absurda -en el peor.

    Ahora bien. Imaginemos por un momento un sistema educativo estructurado a partir de reválidas de cambio de etapa. Imaginemos que el Estado es el encargado de organizar y evaluar esas pruebas. Imaginemos que el Consejo Escolar del Estado o su puta madre sólo tiene que proponer los objetivos a cumplir en cada uno de los exámenes. Imaginemos que, como en ese supuesto caso tendrían que pringar por primera vez en su vida, delegaran, ahora sí, en expertos que los detallaran. Imaginemos que hasta ahí llegara su presencia. ¿Qué podría ocurrir?

    Pues sucedería lo siguiente:

    1.- Los colegios e institutos, con los objetivos de la reválida para el año siguiente, delegarían en los diversos departamentos didácticos no sólo la especificación de los contenidos, sino su secuenciación por cursos o ciclos. Así, por ejemplo, el departamento de Lengua del Instituto X, sabiendo que en la reválida final de Bachillerato se exigiría, por ejemplo, una prueba de sintaxis y otra de Literatura Española del siglo XX, podría ver conveniente dedicar el penúltimo curso de dicho ciclo exclusivamente a la lengua y el segundo a la Literatura. O viceversa. O mezclando las dos disciplinas, como se viene haciendo hasta ahora. O como le diera la real gana.

    2.- En ningún caso habría un ente superior que delimitase el camino a seguir distinto de la reválida, basada en resultados y no en polladas pedagógicas al uso. Esa reválida impondría los límites y dejaría al profesor la libertad de trazar el sendero que llevara a la consecución de los objetivos. Pero, ojo, en todo momento estaríamos hablando de libertad responsable, pues aquí estaría en juego, no sólo el prestigio del centro, sino el del mismísimo profesor -algo vagamente, lejanísimamente parecido ocurre ahora con el profesor de 2º de Bachillerato y la PAU-.

    3.- Los centros privados -realmente privados, insisto; esto es: sin ningún tipo de subvención pública- estarían sometidos al mismo estrés organizativo, por supuesto. ¿Que en sus aulas seguiría sin haber inmigrantes o alumnos de capas sociales desfavorecidas? Claro, es lo normal. ¿Que lo tendrían más fácil? Eso estaría por ver, porque el sistema público se alimentaría de profesionales mejor preparados y de una estructura nueva -tres itinerarios postobligatorios- que lo mejorarían.

    4.- Un centro público podría especializarse en el itinerario que le diese la gana. E incluso podría competir con otros centros -públicos o privados-. Imaginen qué implicación la de esos padres que, teniendo la capacidad para elegir centro, fuesen uno por uno interesándose por los planes que ofertan, por los resultados de otros años, por la capacitación de sus profesores, etc. ¿Es tan increíblemente nefasta la palabra “comptencia”?

    5.- Se incentivaría a los centros PÚBLICOS con mejores resultados de alguna manera. Lo cual no significaría que los de peor resultado fuesen condenados al ostracismo. Estaríamos hablando, recordémoslo, de PÚBLICOS con similar financiación PÚBLICA y con la misma capacidad para ofertar y competir. Lo que tendrían que hacer esos centros donde los alumnos fracasasen sería replantear nuevas estrategias, ponerse la pilas, deslomarse, trabajar más, tratar de superarse a sí mismos.

    En definitiva, desconozco el motivo por el que no sólo el término “competencia”, sino el hecho de crear espacios de libertad, de hacer responsable al profesional de sus propias decisiones, de acercar incluso los órganos colegiados de decisión colectiva, producen tantos recelos. Lo desconozco pero puedo intuir algo semejante a una explicación que me callo por no abrir otro debate. Lo que sí puedo decir -y esto es un criterio personal que poseo desde hace tiempo- es esto: yo hago lo que creo más conveniente en mis clases y me salto a la torera la programación si hace falta; yo tomo decisiones que afectan a mis alumnos y que se alejan de lo que la ley a veces propugna; yo actúo atendiendo a las necesidades del momento y, para eso, debo mentir al inspector o, de nuevo, incumplir los diversos decretos establecidos por personas que no tienen ni puta idea de lo que es dar clase… ¿y debe seguir siendo todo esto ilegal? ¿Debe la libertad de cátedra continuar siendo perseguida?

    Un saludo.

    • 28 diciembre 2009 a 21:06 #

      No creo que estemos en desacuerdo David, simplemente creo que es menester poner en claro lo que se puede entender en este espacio bloguero por “autonomía de los Centros” y “competencia”. Tú sabes que son dos propuestas que han sonado mucho en estos tiempos y que se han presentado en público de manera muy diferente a lo que has expuesto concretamente en estas líneas. Y además hay que tener en cuenta que, sobre todo en algunas Comunidades Autónomas, seguimos dependiendo del sistema de conciertos que supuestamente se inventó para paliar una carencia momentánea de Centros, y que se ha convertido, pasado el aumento demográfico de los 80, en un sistema estable, debido sobre todo a que encargar un servicio público a empresas privadas, en su mayor parte gestionadas por la Iglesia Católica, salía más barato y no había que subir el gasto público dedicado a la enseñanza, que en España se mantiene por debajo de la media europea. Al fin y al cabo lo que pretendía en el comentario era poner de manifiesto que heredamos una situación de tutela estatal y de intereses privados que viven a su sombra, sin asomo de un verdadero deseo de “autonomía” (al fin y al cabo la Iglesia es un Estado dentro del Estado), y que en este contexto las demandas de “liberalización del sector” suenan a música celestial. Por supuesto que comparto tu propuesta de hacer responsable al profesional de sus propias decisiones y de administrar los Centros a partir de los órganos colegiados de decisión colectiva. Pero ya hemos visto por dónde van los tiros en el ROC experimental de Andalucía. Y allí también se habla de “autonomía de los Centros”.
      Un saludo.

  7. serenuszeitb
    28 diciembre 2009 a 10:10 #

    David

    Si en el examen de reválida se especifica el contenido de cada prueba de manera digamos similar a las actuales PAU, y la responsabilidad del departamento es adecuar sus programaciones a estos objetivos, entonces me parece estupendo, nada que objetar, eso es en definitiva lo que como dices ya estamos haciendo -lo que hemos hecho siempre.

    Me pareció que la propuesta de “autonomía” era más radical… sobre todo al llevar emparejada la contratación del propio personal docente por parte del centro.

    • 28 diciembre 2009 a 10:13 #

      No, no lo estamos haciendo. Porque ahora la PAU mide los conocimientos de 2º de Bachillerato -y además está planteada por los organismos universitarios-. La reválida de final de Bachillerato evaluaría los conocimientos de TODA la etapa, por lo que los institutos serían autónomos a la hora de plantear y organziar no sólo las materias sino su secuenciación y su oferta en TODO el Bachillerato. Y sería planteada por el Estado.

      Un saludo.

      • serenuszeitb
        28 diciembre 2009 a 10:46 #

        David

        Si lo que pretendes es que el departamento de una materia cualquiera sea quien adecue sus contenidos con vistas a esas pruebas de etapa, entonces, repito, me parece estupendo.

        Pero dices que los institutos son autónomos para “su oferta”, aquí es donde me vienen las dudas.. ¿”el instituto”, será quien decida si se da Filosofia o sociología por poner un ejemplo? .. ¿será “el instituto” quien decida si la materia de filosofía tiene 3 horas y la de sociología 4, por poner otro ejemplo?

        Es en estos asuntos donde empieza mi desconfianza…
        No entro en el debate liberalismo,-socialdemocracia, pero me preocupan ya lo comenté antes las pequeñas satrapías, los tiranillos y las cortes “cortijeras”.

        Saludos

      • 28 diciembre 2009 a 11:19 #

        Pero, ¿qué peligro hay cuando existe en el horizonte una reválida explícita que va a exigirte unos determinados objetivos y, por ende, unos determinados contenidos? ¿Qué peligro hay cuando el centro se juega su prestigio -competencia- y tú te conviertes en responsable de tus métodos y de tus decisiones -libertad-? ¿Alguien podría ser tan cazurro de plantear una Sociología cuando en la reválida se pide, por ejemplo, una historia de la Filosofía? ¿Alguien podría ser tan gaznápiro de promover una Lengua y Literatura, por ejemplo, si en la reválida ambas disciplinas tienen exámenes diferentes?

        Los sátrapas y tiranos seguirían existiendo -aun hoy existen, y existieron ayer y existirán mañana-, pero se verían obligados por los exámenes estatales y por la capacidad soberana del departamento didáctico de planificar sus asignaturas con vistas a los mejores resultados en dichas pruebas.

        Un saludo.

  8. Salao
    28 diciembre 2009 a 10:27 #

    Me parece totalmente demagógico el ejemplo de la hostelería respecto a la concertada, por la sencilla razón que a mi no me quitan dinero en forma de impuestos para pagar calimochos, aunque todo se andará, y si para sostener la educación pública.

    Si no queremos la concertada vayamos al cheque escolar. ¿ Cuánto cuesta escolarizar a un niño en la pública? X, pues te damos X/2 para que lleves a tu hijo donde te de la real gana. ¿ Por qué queremos limitar la capacidad de decisión de los padres?. No defiendo la concertada ,considero mucho más justo el cheque escolar, pero parece que vuestro objetivo es acabar con una de las dos únicas opciones que tienen las clases medias que os recuerdo son las que sostienen el sistema.

    En todos los paises donde se ha implantado el cheque escolar se ha demostrado que ha mejorado la calidad de la enseñanza en general y la pública en particular. La pública debe ser una opción, la mejor sería lo deseable, pero nunca debe ser la única opción porque los monopolios nunca son eficientes. Un ejemplo, escolarizar a un niño en un concertado al estado le cuesta la mitad que hacerlo en un público. Los padres se pegan por lograr una plaza en el concertado, ¿son imbéciles los padres por escolarizar a su hijo con la mitad de recursos que podrían obtener en otro centro público?

    • 28 diciembre 2009 a 11:08 #

      Oponer a la concertada el cheque escolar no es la solución porque se están confundiendo algunos términos:

      Si el Estado, con cheque escolar o sin él, con concertada o sin ella, dejara absoluta libertad a las familias para elegir centro pero manteniendo el monopolio y la fiscalización actuales de los planes de estudios, ¿usted cree que la libertad de elección sería un hecho? Hay gente que no se cansa de pedir libertad de elección de centro y no cae en la cuenta de que, por mucho que pudiéramos elegir, sin autonomía de los centros -públicos o privados- en la planificación de sus estudios, la libertad en realidad seguiría siendo una engañifa.

      Ergo, amigo Salao, ¿qué es lo que de verdad asegura la elección? QUE LO QUE SE ELIGE SEA DIFERENTE. Aquí no es cuestión de clases medias, bajas o altas. Aquí lo importante es velar por que los centros, públicos o privados, pueden dar lo mejor de sí mismos, sin tutelas monopolizadoras del Estado, potenciando la competencia entre ellos con libertad e incentivos.

      En el panorama que aquí se plantea, los centros de enseñanza públicos podrían ofrecer una oferta más variada que todas las concertadas juntas. Así pues, ¿tendría sentido la concertada? La concertada es una concesión con sabor al más rancio despotismo ilustrado: pobrecitas las clases medias, pobrecita la Iglesia, pobrecita la empresa privada; no se preocupen, papá Estado las financiará.

      Por otro lado, el cheque escolar, que yo sepa, sólo se ha puesto en práctica puntualmente y para las clases más desfavorecidas. Pero es que, claro, en EE.UU. -país cuya constitución admiro, que quede claro-, la enseñanza pública es una verdadera mierda. El señor Friedman lo concibió pensando en la enseñanza americana, en la pasta que el Estado tendría que gastarse para arreglar el desaguisado educativo público y en la que se ahorraría si, en vez de financiar a la colectividad, financiara a las familias -recúbrase, por supuesto, todo este pastel con el azúcar glas de la libertad, del individuo y de la familia (y que conste que aquí no hay burla hacia el liberalismo, pensamiento que estimo y que me parece esencial, por ejemplo, a la hora de pensar y repensar los sistemas políticos actuales)- .

      Pero aquí, en España, la tradición de la enseñanza pública es muy fuerte, ¿por qué cambiarla si, por otros mecanismos, podemos asegurar libertad, comptencia y excelencia?

      ¿Que cómo podemos hacerlo? Se lo recuerdo:

      -Reválidas ESTATALES en cada etapa educativa.
      -Autonomía de los centros para elaborar sus propios planes de estudios.

      He ahí la verdadera cuestión.

  9. 28 diciembre 2009 a 10:28 #

    Creo que el temor a la competencia es, precisamente, un temor concebido en el seno de la pseudoprogresía que nos “administra” los destinos de la educación. El temor a que, al fin, el privilegiado por alguna razón (material, intelectual, etc.) juegue con ventaja, que se ejerza una competencia desleal e injusta. Por eso, creo yo, muchos, con la mejor intención, han querido preservar el ámbito educativo de ese riesgo “clasista”. Esta sociedad, sin embargo, admite perfectamente la competición en cuestiones deportivas, probablemente porque se piense que la esencia del espectáculo –y de un espectáculo cada vez más llamativo y de mayor calidad- sólo es posible si se libera (y liberaliza) el espíritu competitivo. No parece que haya mucho temor a que se practique una competencia desleal. Y, de hecho, se practica, y no sólo en el mundo del deporte profesional. Las diferencias presupuestarias entre clubes o casas patrocinadoras rivales pueden ser tremendas. En lo que aquí se discute no hay posibilidad de que los centros se enzarcen en una competición desleal o injusta, pues queda dicho que todos partirían del mismo presupuesto público. Con el tiempo, aquellos centros más esforzados y de mayor calidad deberían recibir algún tipo de compensación. Lo contrario sería caer en el mismo error que urdieron los planificadores de la LOGSE: igualar los resultados por abajo.

    El objetivo no es la competición. El objetivo no es que los alumnos compitan entre sí para alcanzar la excelencia. Lo que ocurre es justo lo contrario: que la competición es una consecuencia inevitable de la búsqueda de la excelencia. Y, si esto es así, la competencia no debe evitarse entre los alumnos ni, claro está, entre los centros públicos (bien entendido, insisto, que los centros partirían de recursos y presupuestos igualitarios). Los centros, como bien dice Sandoval, deberían arreciar en sus esfuerzos por no ser los colistas, aunque, inevitablemente, cada año alguien, por definición, sería el colista y alguien el líder. ¿Se correría el riesgo de que al final algunos centros siempre fueran cabeceros y otros colistas? Es posible, como es posible que el alumno más trabajador y aplicado obtenga siempre o casi siempre las mejores notas, ayudas al estudio, becas, etc. En fin, si no debemos tener miedo a que la búsqueda de la excelencia establezca la competición entre los alumnos, tampoco deberíamos temer que esa búsqueda implicase la competición entre centros educativos.

    Saludos.

  10. serenuszeitb
    28 diciembre 2009 a 11:45 #

    “Alguien podría ser tan cazurro de plantear una Sociología cuando en la reválida se pide, por ejemplo, una historia de la Filosofía? ¿Alguien podría ser tan gaznápiro de promover una Lengua y Literatura, por ejemplo, si en la reválida ambas disciplinas tienen exámenes diferentes?”

    Sí. Y de cosas peores.

    Creo que la libertad de cátedra se favorece dando libertad a los departamentos para confeccionar los planes de sus materias.

    Dar mayor poder a las directivas en cambio iría en su detrimento. Reforzaría las tipicas perspectivas miopes de los localismos. Intensificaría los peores vicios de la logse, y las materias tradicionales como lenguas clásicas, literatura, filosofía tendrán sus días contados. ¿O es que acaso crees que no modificarían esas “reválidas” para adecuarlas a “su autonomía”.

    • 28 diciembre 2009 a 12:15 #

      En cualquier caso, Serenus, coincidimos. Ya he especificado que la responsabilidad de los planes debería recaer en los departamentos.

      Un saludo, amigo.

  11. Salao
    28 diciembre 2009 a 12:24 #

    Estimado David,

    Friedman fue el impulsor y creador, alguien por el que yo como economista siento profunda devoción más ahora en tiempos neokeynesianos de gasto desaforado.

    Es verdad que favorece a las clases más desfavorecidas las cuales tienen la posibilidad de elegir centro público o privado, algo que no ocurre hoy en día en que la excelencia se reserva a las elites económicas y políticas.

    Un centro privado es un centro privado, con cheque o sin el, de manera que el estado no tiene, ni debe, meter la nariz en ellos.

    El cheque funciona en Nueva Zelanda, Australia y Suecia, aparte de en algunos Estados Americanos. En el caso Sueco, donde más tiempo lleva implantado sus efectos han increntado el rendimiento escolar, han mejorado los centros públicos, y sobre todo han dado un impulso brutal a la educación de zonas deprimidas y desfavorecidas.

    ¿revalidas estatales? ¿autonomía de los centros públicos? Totalmente de acuerdo, pero con libertad de elección. Si la unica opción es entre público o público cualquier avance estará vigente hasta que el próximo político de turno decida volver al punto de partida. Si hay una privada accesible y de calidad a la pública le costará arrancar pero saldrá reforzada y sus avances serán permanentes.

    Es mi opinión. Felicidades por el contenido de la Web. Ánimo. Un saludo,

    • 28 diciembre 2009 a 12:47 #

      Gracias, Salao, por sus felicitaciones. Por supuesto, las familias habrían de tener absoluta libertad de elección de centro.

      Un saludo.

  12. Salao
    29 diciembre 2009 a 9:32 #

    Don Antonio aprovecha cualquier situación para meter cizaña contra los conciertos.

    Dado que este año el 91% de los funcionarios han elegido la sanidad privada en lugar de la pública, ¿no cree ud que esta situación debería corregirse y eliminar esta dualidad que sólo a los funcionarios les está permitida?

    Es más fácil ver la paja en el ojo ajeno. No defiendo los conciertos critico la hipocresía.

    Un saludo,

  13. 29 diciembre 2009 a 12:10 #

    ¿Desde qué supuestos teóricos se puede defender la “competencia” entre centros educativos? Vamos a ver; dice uno que no habría problema porque todos los centros partirían del mismo presupuesto, pero poco después, dice, que se les ofrecería “algún tipo de compensación” a los centros “más esforzados y de mayor calidad” (sea lo que sea eso y se mida como se mida); o sea, que su argumento sólo sirve para el primer año, puesto que a partir de ese momento los centros recibirían fondos dispares ¿Y eso se acepta tal cual? Porque parece evidente que en pocos años los centros situados en los mejores barrios recibirían más fondos, pues serían los que mejores resultados alcanzarían por su alumnado, y a la vez al contar con mejores instalaciones, más medios, mejoras, etc., cada vez se alejarían más de los otros centros, los de barrios menos afortunados, que se ven abocados a lidiar con alumnos menos favorecidos social y culturalmente y además recibiendo menos fondos. Un panorama ciertamente encantador para una enseñanza pública, sí señor. Así, la “clasificación” de los centros se puede hacer automáticamente según las clases sociales a la que pertenezcan sus alumnos, cojonudo.
    Por otra parte, sin necesidad de recurrir al esquema simple de centros ricos de barrios bien / centros pobres de barrios humildes, aunque se diera esas diferencias de fondos en centros de similares características, ¿en virtud de qué defender una asignación de fondos distinta? ¿por los resultados? ¿qué resultados, quién los mide, cómo se miden, con qué criterios? Además, si el primer año un instituto se percata de que otro centro vecino ha recibido más fondos por sus resultados ¿no intentará aprobar a más alumnos “sea como sea y por cualesquiera medios”? Pero si es precisamente lo que intentaron meternos con el nefasto Plan de Calidad en Andalucía, ¿no lo recuerdan? Nos daban 7.000 euros si se mejoraban” los resultados. ¿De qué estamos hablando?

    Que para que tenga sentido la libertad de elección es necesario “que lo que se elige sea diferente”; bien, pero ¿quién quiere defender la libertad de elección de los padres hasta ese extremo? Precisamente se trata de lo contrario: sin coartar directamente la elección de los padres, la enseñanza pública, entendida como un derecho de los ciudadanos y un servicio que presta el Estado a esos ciudadanos, debe ser exactamente igual para todos los ciudadanos del país, de cualquier zona, condición social, etc., y debe garantizar que un alumno va a recibir “el mismo servicio” en un Centro que en otro. Esa es la garantía de igualdad, la única legítima, que puede ofrecer un Estado democrático a sus ciudadanos. Si la enseñanza viene a ser igual en todos los centros, deja de tener sentido que se elija uno u otro, porque en resumidas cuentas, en todos se va a enseñar lo mismo, todos van a contar con los mismos medios, etc. (Quien quiera algo distinto que lo pague en un Centro privado. Y a los Conciertos habría que ponerles fecha de caducidad ya). Eso es igualdad. Después se puede hablar de organizar exámenes a nivel nacional igual para todos.
    En cuanto a las atribuciones de los Claustros, para nada quedan en entredicho pues hay muchos detalles y mucha labor que hacer junto con los Departamentos Didácticos y sin tocar nada de la libertad de cátedra. Por cierto, los Claustros, no los Consejos Escolares, que deberían estar limitados a ser una figura poco menos que de adorno. Los padres deben participar en los Centros educativos, participar, pero nunca gobernar, tomar decisiones, ni formar parte del máximo órgano directivo. Se ha confundido la sana participación de los padres en la vida escolar con su inclusión en la dirección de los centros.
    Para terminar, me gustaría insistir en la idea de que la autonomía de los Centros educativos no es un tema menor. Un gran colectivo de profesores disidentes del sistema educativo actual nos encontramos en Andalucía a punto (ya veremos qué pasa después de vacaciones) de iniciar una campaña en toda regla contra el nuevo Reglamento de Organización de los Centros (ROC) que quiere imponer nuestra querida administración. Y se da la circunstancia de que uno de los principales puntos que se incluyen en dicho ROC es la autonomía de los Centros. Difícil, muy difícil, vemos la posibilidad de hablar de aunar criterios, intenciones, y en resumidas cuentas, ir todos a una si diferimos tanto en temas tan importantes. Para los disidentes andaluces la autonomía de los Centros suena a ROC (me atrevería a decir que incluso a “blues”), y por tanto algo que si no se define, se especifica y se aclaran sus límites, es desechable.

    Saludos

    • 29 diciembre 2009 a 18:16 #

      Juan, voy a repetir otra vez la propuesta porque parece que me explico mal y el asunto no ha quedado claro del todo:

      -Partimos de la base de que son necesarias unas pruebas estatales al final de cada etapa educativa para evaluar a los alumnos, a los centros y al sistema en sí mismo. Cuando digo “estatales” me estoy refiriendo a exámenes de cada una de las disciplinas que se imparten en las diferentes etapas elaborados por algún organismo central del Ministerio de Educación, del Consejo Escolar de Estado o de otra institución de nuevo cuño creada expresamente para ello. También me refiero a un hecho que parece que no se entiende muy bien: los centros -públicos y privados- no pinchan ni cortan en la evaluación de estas pruebas, sino la comisión ESTATAL de corrección. Y, además, ha de quedar claro que los resultados serían vinculantes y no la filfa a la que nos tienen acostumbrados las juanpalomistas pruebas de diagnóstico. Imagínate una PAU -sin la presencia de la Universidad, por supuesto, ni de las Comunidades Autónomas- a lo bestia al final de Primaria, en el Bachillerato y en FP.

      -Sobre esa base ahora debes concebir lo siguiente: cuando hablo de autonomía de los centros -PÚBLICOS Y PRIVADOS- a la hora de elaborar los planes de estudios me estoy refiriendo al hecho de que serían esas REVÁLIDAS las que impondrían los objetivos a cumplir, dejando a los centros la decisión de elaborar los contenidos, de secuenciarlos y de estructurarlos. ¿Qué digo? ¿Los centros? No, en realidad serían los DEPARTAMENTOS DIDÁCTICOS de cada centro los que llevarían a cabo esa labor. Las pruebas, insisto, serían iguales para todos, públicos y privados, y su evaluación correspondería a un organismo ajeno a los colegios e institutos y, lo más importante, ESTATAL.

      -Los resultados -vinculantes todos ellos, pues de ellos dependería que un alumno pasase o no a la siguiente etapa educativa- serían públicos. Los centros privados tendrían que hacer públicos sus resultados también. Por eso se establecería una sana competencia. Pensar que esos resultados estarían condicionados por la procedencia social de los alumnos es caer en el mismo cuento de siempre. De ahí a pasar a la comprensividad y al café para todos, hay un paso. Pero lo más grave de tu argumentación es que niega a priori que los alumnos pobres puedan promocionar socialmente -y, recordémoslo, éste es el único imperativo válido de cualquier enseñanza pública-. Yo no puedo pensar que, como mis alumnos son inmigrantes o gitanos o de clase social desfavorecida, deben estar condenados a no levantar cabeza. Los centros de esas zonas, los que reciben alumnado de ese tipo, deben, partiendo de una situación de igualdad legal y educativa, deslomarse para conseguir buenos resultados, al margen de que puedan recibir ayudas extra para facilitar esa labor.

      -Bien, los departamentos didácticos elaboran sus planes y secuencian los contenidos con los exámenes estatales como único horizonte. Esto quiere decir que cada centro -PÚBLICO O PRIVADO- será diferente y ofertará procedimientos, programas e incluso métodos distintos. ¿Cómo saber si son buenos? ¿Por dogma de fe como hasta ahora? ¿Porque lo dice la administración de turno como hasta ahora? ¿Porque sí, porque lo digo yo, por cojones, etc., como hasta ahora? No. Sencillamente por los resultados en las diferentes reválidas. Esto creará competencia entre centros y mayor interés de las familias por la educación de sus hijos. Esto prestigiará socialmente la labor del docente o del departamento o del centro y provocará una sana comptencia y una muchísimo más sana búsqueda de la excelencia educativa.

      -Los centros -PÚBLICOS- con mejores reusultados recibirían incentivos, claro está. En ningún momento esto que digo se parece, ni por asomo, al plan de calidad andaluz. Como ya te he dicho, estos resultados no serían los del profesor que califica a sus alumnos, sino los de las reválidas ESTATALES. Sin incentivos no hay competencia. Todos partirían -como bien dices- de una financiación similar, pero, con el tiempo, y teniendo en cuenta los resultados en las reválidas, habría centros mejor dotados que otros. Pero estos incentivos estatales irían destinados SÓLO A CENTROS PÚBLICOS. Ahora bien, argumentas que, al final, serían los centros mejor situados socialmente los que se llevarían el gato al agua. Sí y no. Y me explico. Un centro público con resultados excelentes en las diferentes reválidas tendría un incentivo económico merecido. Pero es que un centro público en una situación social difícil, debería ser tratado, previamente, de manera distinta a los demás centros. Esto es, ese tipo de centros recibiría una consideración especial previa a las reválidas, teniendo en cuenta que no compiten en igualdad de condiciones. Pero en ningún momento se ha de rebajar los objetivos para esos casos. Un alumno de familia desestructurada, sin ningún apoyo en casa, proveniente de una situación social desfavorecida, recibiría indirectamente -gracias al especial apoyo del Estado-, a lo largo de su carrera como estudiante, un incentivo extra por parte de la administración pública, pero, al final, tendría que demostrar que ese esfuerzo que hacia él se ha destinado ha servido para algo.

      -La libertad para elegir centro, por tanto, habría de ser una cuestión esencial. ¿Qué padre no busca lo mejor para su hijo? En una situación como la que describo, éste sería el panorama: los padres dándose de hostias para que su hijo entre en el colegio con mejores resultados y los centros dándose de hostias por mejorar esos mismos resultados. ¿Qué hay de perverso en esto?

      -Hay que olvidarse de esa “autonomía” que se proclama a los cuatro vientos desde la LEA, la LOE o la LEC. Eso no es autonomía. Es una pantomima. Céntrate, Juan, en la AUTONOMÍA que trato de describirte. Y no me saques el ROC de los cojones, que no tiene nada que ver.

      Un saludo.

      • 2 enero 2010 a 15:41 #

        ¿Qué hay de perverso en que se estén pegando de ostias padres para conseguir un buen cole para sus hijos y los centros para mejorar los resultados? ¿pero no lo ves? Pues que si se empiezan a dar de ostias siempre habrá alguien que salga perdiendo. ¿No es mejor procurar que todos obtengan lo mismo? ¿Tan difícil es entender esto? Además, no es bueno que los centros “luchen” para mejorar los resultados por cualesquiera medios, caiga quien caiga y a por todas; sólo es lícito si se hace dentro de los límites normales de nuestra práctica docente. Lo de más puede llevarnos a hacer cualquier cosa por lograr más aprobados, como aprobar y promocionar “por la cara”. Vamos, es evidente.
        En cuanto a lo del ROC, pues mira: si resulta que tiene uno que andar usando los mismo argumentos para discutir con alguien que defiende el nuevo ROC en Andalucía que con alguien que quiere mejorar el sistema educativo con propuestas. . . algo debe de estar fallando, ¿no crees?

  14. Salao
    29 diciembre 2009 a 14:22 #

    Me encanta, “Quien quiera algo distinto que lo pague en un Centro privado. Y a los Conciertos habría que ponerles fecha de caducidad ya”.

    Es decir lentejas o lentejas. Esto es lo que hay y tiene que ser lo mismo para todos sea bueno o malo. Si algo nos ha demostrado la historia( gracias comunistas) es la imposibilidad material de igualar por arriba, la única manera de igualar las cosas es por abajo. Es lo que tiene la utopía, luego hay que bajar al mundo real. Espíritu LOGSE 100%.

    Siempre lo discuto con profesores, “quien quiera algo distinto que lo pague en un Centro privado”, yo ya lo pago señor mío concretamente 1452 € al mes en concepto de retención a cuenta de IRPF, ¿desea UD que pague 1200 € más para llevar a mis niñas a un privado no concertado?, a lo mejor no llego a fin de mes. ¿ me lo descuentan de mi lista de gastos si no quiero sus servicios?, ¿llevo a mis niñas al público de al lado de mi casa donde en 6º de primaria están aprendiendo a multiplicar?.

    El rico tonto MBA IESE, el pobre listo con un título que es papel mojado en el mercado laboral, ¿quién llegará más lejos?

    En fin, sus palabras se califican por si solas. Llevo a mis niñas a un concertado, estoy encantado en el y ójala gracias a un cheque escolar( estoy de acuerdo en que los conciertos es un triste parche) lograran más autonomía de contenidos curriculares.

    Somos muchos los padres que conocemos los problemas de los profesores, estamos dispuestos a apoyarles para lograr una educación pública de calidad pero parecéis más empeñados en crearnos más problemas de los que ya tenemos para dar algo parecido a una buena educación a nuestros hijos. La inmensa mayoría de los padres que llevan a sus hijos a centros concertados está a favor de todas y cada una de vuestras propuestas, y vosotros dale que te pego con la matraca contra los concertados. Aunque sólo sea por táctica siempre será más entusiasta el apoyo de los expulsados del sistema público de enseñanza que los que habitan en él, pero tratar de obligarlos a volver antes de solucionar las razones que los han llevado a marcharse no es algo ni lógico ni racional.

    Me gusta mucho el blog pero creo que puede convertirse en un blog de profesores funcionarios en lugar de un blog de educación.

    Saludos,

  15. dolo
    30 diciembre 2009 a 15:21 #

    Pues yo creo que si existieran centros públicos de calidad y una enseñanza pública digna, como debiera de ser, no tiene por qué gastar el estado el dinero en conciertos o subvenciones, ese dinero debería ser invertido en centros públicos, precisamente para que fuesen de calidad, es decir, precisamente para que nadie buscase centros privados por el hecho de que tengan mayora calidad, en todo caso, por ideología o cuestiones religiosas. Y entonoces, claro que sí, que lo pague quien quiera pagarlo, no el estado , ya que vivimos en un pais laico, aconfesional.
    Por otra parte, estoy de acuerdo con Juan, creo que todos los centros deberían ser mucho más homogeneos de lo que son, el mismo sistema, los mismos objetivos, ya la misma sociedad (el enclave de cada uno, sus alumnos) lo harán diferentes, pero todos persiguiendo lo mismo, sin incentivos ni nada de eso, que es liar más la bola.
    Y por supuesto, con unos objetivos mínimos que cumplir, y que se midieran claramente en unos exámenes iguales en todo el país.
    Poquitas cosas, lo básico, lo de siempre, pero bien aprendido.
    Creo que a nuestra escuela y nuestros institutos le sobran adornos y le falta cimiento. Por eso se caen a pedazos.
    Saludos a todos!!

  16. 30 diciembre 2009 a 17:57 #

    Señor Juan, por alusiones, yo soy ese “uno” cuyas palabras tanto parecen haberle escocido o escandalizado. Quizá usted lleve razón, pero su reacción me parece cuanto menos exagerada. Para empezar, ¿dónde he dicho yo que necesariamente habría que compensar a los centros más eficaces con más fondos? Usted es una persona instruida e inteligente, Juan: seguro que se le ocurren diversas formas de compensar el buen trabajo de un grupo de profesionales sin recurrir al dinero. ¿Acaso sólo nos movemos por dinero? ¿Y qué tal, por ejemplo, si se prestigia públicamente a los profesores que descuellen en su labor educadora? Hoy convertimos en rutilantes “estrellas” a entrenadores de fútbol, a futbolistas, a actores o actrices y a cualquier pelagatos analfabeto que tenga la dicha de caer en gracia. No hablo vedetismo para los docentes, que sería ridículo e inverosímil, pero sí de otorgar las distinciones pertinentes y reconocer méritos a quienes más y mejor desempeñen su labor docente. ¿Sería eso suficiente como para estimular el deseo de mejorar de muchos? Yo apostaría a que sí. ¿O acaso no sería emocionante para un docente que los medios de comunicación más importantes y la misma Administración se interesaran de verdad por su labor y método de trabajo? ¿No se iría ese docente a casa con una sonrisa en la cara y más hueco que un panal? ¿No sentiría que su labor es importante para la sociedad y oportuna y públicamente reconocida? ¿No le serviría ese reconocimiento para redoblar esfuerzos y dar el callo con ilusión? ¿Qué padre medianamente sensato no felicitaría al profesor que así fuera reconocido? Es que es este tipo de cosas –que quizá pasan por baladíes- las que hay que ir cambiando. Hay que intentar transformar esa mentalidad de pan y circo que lanza vítores a los pelagatos y, en cambio, deja en el ostracismo más ingrato a quienes sí los merecen: a los notables de la sociedad.

    Infinidad de veces he oído a los profesores lamentarse de la falta de incentivos sociales, de que su labor es ingrata, no reconocida, infravalorada. Pues bien, uno de los encargos impostergables para el Ministerio de Educación es éste: contribuir seriamente a prestigiar el trabajo y la función de los docentes. Y cuando digo seriamente quiero decir que ello no se conseguirá a través de eslóganes y juegos de palabras pueriles, cuando no vulgares, tan del gusto de los “dema-peda-gogos” de turno. ¿Quiénes entrarían con gusto en la sana competencia para ser acreedores de reconocimiento oficial? Desde luego los docentes más interesados en realzar ante los ojos de la sociedad la importancia capital de su labor. Los docentes más implicados. Es cosa de locos que los profesionales más eficaces no reciban ni una migaja de atención estatal y mediática. La aprobación social y ser bienquisto de los demás es uno de los más potentes estimulantes del ser humano. Infravalorar este aspecto es tanto como desconocer cómo funciona nuestra mente y nuestra naturaleza. Somos seres sociales. La Administración parece que todavía no lo sabe.

    La competencia establecida por ganarse un reconocimiento oficial y público expreso cumpliría, por tanto, dos inestimables funciones, siquiera parcialmente: 1. La de ayudar a elevar el rendimiento de los centros en lid; 2. La de prestigiar socialmente la labor del profesorado, tan denostada hoy día.
    ——————————————-
    La mayor parte de los artículos que he leído aquí me han gustado. En todos ellos se expresa la necesidad de derogar y finiquitar una ley (LOGSE) que ha puesto patas arriba el sistema educativo. Parece como si confiasen ustedes en que esa derogación pondría, poco a poco, las cosas en su sitio. Y yo creo, con ustedes, que tal deceso contribuiría extraordinariamente a enderezar el mayúsculo entuerto en que hoy nos hallamos. Sí, pero me da la sensación de que ustedes olvidan algo de suma importancia. La nueva ley que deseen implantar no funcionará jamás a pleno rendimiento si antes no se finiquita la LOGSE que está metida de lleno en una cantidad ingente de hogares. A los padres los necesitamos de nuestra parte. Necesitamos que ellos comprendan la importancia de lo que ustedes hacen. Por eso es necesario que la Administración se implique de lleno en la ardua tarea de prestigiar socialmente a quienes se dedican a la enseñanza. Y nos urge que los progenitores: 1. Enseñen a sus hijos pequeños a controlar sus impulsos; 2. A respetar a sus mayores; 3. A obedecer a sus mayores; 4. A establecer hábitos de trabajo adecuados (anda que no sé yo de padres que les hacen los deberes a sus retoños); 5. A controlar la agresividad; 6. A que no mientan o inventen difamaciones; 7. A disciplinarlos…

    Quizá ustedes piensen que la implantación de la LOGSE bastó para descoyuntar todo el sistema y que, por tanto, bastará sustituir aquélla por otra sensata para restablecer el orden natural de las cosas. Pero no, amigos, pues la LOGSE penetró sin grandes impedimentas en el sistema porque sus principios armonizaban muy bien con los principios educativos que ya tenía la sociedad grabada en la mollera a sangre y fuego. Lo que han hecho los pedagogos ha sido definir y placear la voz de la calle, si bien añadiéndole toques de dramatismo sensacionalista para hacer rentable su descarado victimismo. La LOGSE estaba aguardando su momento, como un virus de panspermia. La insolencia que ustedes tienen que sufrir cada día de sus alumnos (o de los padres de éstos) no es sino un caso particular de un mal general: la recusación de la autoridad en todos o casi todos los órdenes de la vida. El médico también se queja amargamente de que el (im)paciente le agrede verbal o físicamente. Los mismos padres, tan gallitos ante el profesor, se van por la patita abajo ante la tiranía y ceño fruncido de sus hijos. La policía se queja de que es inútil detener a un menor que delinque: saldrá impune. Insisto, esto es general. La implantación real de una nueva ley contraria a los despropósitos logseros no va a ser una operación tan fácil como lo fue la que urdieron los pedagogos de la cosecha del sesenta y ocho. Ni siquiera su aprobación va a ser nada fácil. Y con esto no digo que haya que esperar a que cambie todo para poder abogar por una nueva ley ajena a la locura. No, empezar por una nueva ley es preciso y urgente; pero añado que su efectividad sólo será plena cuando todas las piezas del mecano estén debidamente engrasadas. La sociedad tiene que aprender a escuchar y respetar a la autoridad (en su acepción: Prestigio y crédito que se reconoce a una persona o institución por su legitimidad o por su calidad y competencia en alguna materia.)

    Pero vayamos al problema de los fondos. No soy tan ingenuo como para creer que todo el cuerpo docente estaría dispuesto a redoblar esfuerzos por amor al arte, para disfrutar, “meramente”, de ascendencia y reconocimiento oficial o social (el social vendría poco a poco). Muchos, es cierto, se quejarían de que
    eso no basta, de que la mejora de resultados debe ir acompañada de una mayor dotación de fondos públicos. Bien, al respecto me parecen convincentes las providencias y cauciones apuntadas por Sandoval y a ellas me remito. No obstante, quiero abundar en algunos puntos importantes.

    1. No es evidente que los centros con alumnos de clases bajas o medias-bajas no puedan, con el debido esfuerzo del profesorado, de ellos mismos (y de padres), rendir excelentemente. La historia de la humanidad está llena de ejemplos que demuestran que la brillantez y la genialidad se abren camino incluso en circunstancias muy adversas. Hay una cantidad ingente de personajes notables de todas las ramas del saber que triunfaron o dejaron obras excelsas pese a sus orígenes humildes. A nuestros alumnos no se les pide, claro está, ni
    genialidades ni heroicidades, sino un buen rendimiento académico.

    2. La mayoría de los centros educativos son de clase media. No faltan recursos materiales ni humanos en ningún centro como para que el que quiera estudiar, estudie de verás. Los grandes hombres que nos preceden no contaron, ni de lejos, con la ingente cantidad de facilidades con que hoy cuenta cualquier alumno de cualquier parte de España (o, al menos, de casi cualquier parte de España). No les hizo falta ordenador ni power point (esto no lo sabe Ibarra, el pobre).

    3. Los factores que determinan el éxito o el fracaso académico son múltiples, de suerte que la procedencia del alumno (la clase social de sus padres) influye pero no determina, en absoluto, el rendimiento escolar. Mi padre tiene casi 90 años. Apenas fue a la escuela, pero desde que tuvo uso de razón sintió una imperiosa necesidad de leer e ilustrarse. Su familia era muy pobre e inculta. Se las apañó para leer tantos libros como pudo. Su ortografía y su caligrafía siempre han sido más que aceptables, y ya la quisieran para sí muchos de los polluelos criados bajo la “hiperprotectora” ala logsera. No diré que “pese” a sus orígenes me inculcó su afán de saber. Diré que “gracias” a sus orígenes muy humildes me inculcó el gusto por saber y aprender de los libros. ¿Por qué? Porque para mí quería un destino diferente al que él padeció. “Estudia, tú que puedes, que no pases las fatigas que yo tuve que pasar.” Ese fue su mensaje.

    4. Tanto Ricardo Moreno como Inger Enkvist exponen casos en que ni la procedencia del alumnado ni la dotación presupuestaria para un curso o centro fueron determinantes del éxito o el fracaso. Enkvist cuenta el caso de un curso al que se dotó de ordenadores para todos los alumnos. Éstos debían hacer trabajos que ellos mismos eligieran y buscar la información en Internet. Fracasó rotundamente. En cambio, dos maestras en un centro de escasos recursos y de alumnado de extracción social baja se las arreglaron, con métodos tradicionales y mucho empeño, para elevar notablemente la competencia lingüística de sus discentes.

    ¿Por qué es mala la LOGSE? Ya está mil veces dicho: porque, entre otras muchas aberraciones, iguala por abajo. Por eso ninguno de ustedes, que son personas inteligentes y sensatas, quiere más LOGSE para sus alumnos. La LOGSE es todo lo contrario a la libertad. Censura la libre expresión del talento y la excelencia por mor de un igualitarismo que a todos atonta y limita. Pero si ninguno de ustedes desea más LOGSE para sus alumnos, ¿por qué sí aplicar los métodos y la lógica de la LOGSE cuando lo que sacamos a la palestra es la cuestión de la competencia entre centros públicos? Cualquier objeción o reparo que pueda oponerse a la competencia entre centros puede, igualmente, oponerse a la competencia entre alumnos. ¿Qué hacer con un alumno de padres ricos que saque excelentes notas? ¿Le pondremos matrícula? No, –nos dicen los dema-peda-gogos-, eso desalentará a los alumnos de orígenes menos favorecidos. A partir de ahí, podemos dramatizar tanto como queramos sobre el destino de alumnos más o menos favorecidos. Por tanto, estámpese un ciego “progresa adecuadamente” en el currículo del alumno rico y brillante y asunto arreglado. Porque si le pones matrícula, entonces estará siendo doblemente favorecido. ¿Puede ser que un centro de barriada rica sacase excelentes resultados? Pues claro. ¿Lo premiaremos e incentivaremos o “mejor” optamos por hacer preterición de sus méritos para que otros no se sientan discriminados? Si optamos por esto último, ¿aumentaremos o disminuiremos las probabilidades de que ese centro siga la buena trayectoria emprendida?

    Un cordial saludo a todos.

    • 30 diciembre 2009 a 18:33 #

      Raus, sus intervenciones siempre son muy pertinentes. ¿Por qué no pasa por la entrada de la nueva propuesta de Deseducativos: Autonomía de los centros y planes de estudios, y dejaallí sus interesantes apreciaciones sobre los incentivos?

      Un saludo.

    • 2 enero 2010 a 15:48 #

      Vamos a ver; cómo que mi reacción le parece exagerada, ¿he usado palabras malsonantes? ¿he ofendido a alguien?: estoy dando argumentos; por favor, rebátaseme con argumentos también.
      Me da la razón en lo de los incentivos a los centros (¿o no?); pues admítase y punto.
      La utonomía de centros no es lo más preocupante en estos momentos. Debemos pensar en cuestiones de mayor calado y en cualquier caso, a ningún buen puerto lleva echar a pelear a padres para conseguir un buen cole para sus hijos, ni echar a pelear a los centros por conseguir mejor tajada. Lo más razonable es garantizar lo mismo para todos. Y si se quiere premiar algo que se premie el trabajo, el esfuerzo y el mérito de los chavales.
      Saludos

  17. Fran
    31 diciembre 2009 a 0:13 #

    Bueno, ya me animo a decir algo. Lo hago con el ánimo de aportar una serie de nociones teóricas a la cuestión que se está tratando y, finalmente proponer nuevas preguntas para testear las posiciones que se están defendiendo. En pro de esta sistematización y orden en el debate es de agradecer las intervenciones de David y Raus, en las que se exponen con total claridad y consistencia la idea que se está discutiendo aquí. Es, sobre esa síntesis sobre la que ahora escribo.
    Queda claro que el conflicto dialéctico que ha surgido aquí se desarrolla entre dos custiones de gestión pública como son, por un lado, la competencia y, por otro, la desigualdad. Este debate, por supuesto, no es nuevo. Siempre que se piensa en cualquier problema en torno a los servicios públicos o el funcionamiento del Estado surge esta eterna dicotomía, que en términos económicos se formulan con el binomio Eficiencia vs Equidad. Eficiencia, obtener el resultado más óptimo con la menor cantidad de recursos posibles. Equidad, prosperidad de carácter universal, más allá de estamentos, géneros y razas. Entrar en una discusión en torno a estos términos supone a menudo posicionarse en primar al uno, primar al otro o intentar conciliarlos. Y es que la experiencia nos ha arrojado que, casi siempre, la práctica de una política pública que ha primado la Eficiencia ha ido en detrimento de la Equidad y al contrario. Los economista y politólogos se llevan muchas décadas devanando por buscar los mecanismos que hagan que estor términos dejen de ser antagónicos para que pasen a ser compatibles. Eso es lo que estamos tratando de discutir aquí, y que la solución no sea fácil, hace que la batalla esté servida.
    ¿Cómo conseguir la eficiencia? Si a Adam Smith se le recuerda por ser el padre de la Economía moderna es por responder a esta pregunta del modo más simple: déjale a cada uno lo suyo y que todos compitan entre sí. No hay modo más descentralizado y menos costoso de alcanzar la Eficiencia. El capitalismo moderno ha funcionado bajo los mecanismos de la competencia acumulando no pocos logros. J. A. Schumpeter era un gran convencido de este sistema de hacer las cosas y nos demostró a todos como un entorno competititivo produce una innovación tecnológica continua, y todos sabemos que ha sido bajo esa mano invisible como se ha conseguido las cotas de progreso tecnlógico que hoy disfrutamos. No hay ninguna duda que semejante grado de Eficiencia e innovación vía competencia también se alcanzaría en el terreno de la Educación. Unas metas estatalmente fijadas, libertad en la oferta y la demanda del servicio educativo y premios a los ganadores. Demos el pistoletazo de salida y tendremos centros públicos en los que el servicio alcanzará una calidad máxima impulsada por el afán innovador de los propios equipos docentes y departamentos, como único camino para ganar en esta carrera. Y de camino nos cargamos los putos CEP y a esa orda de pedagogos chuparentas que pretenden enseñarnos cómo hacer nuestro trabajo, pues serían los propios profesionales, bajo el impulso de la competencia, los que crean y ponen en práctica las mejores técnicas educativas. Sí señor, eso es Eficiencia.
    Sí, resulta exultante mirar sólo hacia alante y ver los brillantes logros que se tienen. Pero la responsabilidad y el rigor nos obliga a mirar atrás para ver la estela que se va dejando. La competencia es una carrera y, no nos engañemos, toda carrera tiene perdedores y ganadores. Ficcionar sobre otra cosa es ser ingenuos. A gran escala, nuestro mundo funciona como un gran mercado competitivo y en él existen países ricos y países tercermundistas. Hay que asumir que la competencia y la eventualidad de un entorno con desigualdades van consustancialmente unidas. E igualmente hay que asumir que tal sucedería en la Educación, si no hay una intervención que lo corrija (esta intervención, por supuesto, es problemática). No voy a entrar en las razones, ya sea por el entorno socioeconómico, la ineptitud de unos u otros o la sola localización remota de un centro que no tiene con quien competir, por pensar algunas. La competencia es el juego de un mercado, ni más ni menos, exactamente igual que el que genera ricos y pobres, ganadores (merecidos o no) y perdedores (merecidos o no) en nuestra sociedad. En la provisión del servicio educativo sucedería lo mismo, como en cuelquier otro entorno de mercado. Y no estoy hablando sólo de lo que surgiría entre distintos barrios, sino, también, entre regiones, provincias y autonomías. No se trata de ser pesimista, no es más que la observación de la experiencia en otros servicios públicos como la Sanidad, la Administración o la Justicia. Pero en el caso de la Educación se hace especialmente difícil, dado que podría ir a la provincia de al lado a hacer alguna consulta, si detecto que el cuadro médico es mejor allí que donde vivo, pero eso no sería posible si sé que allí hay mejores colegios o instutos, dado el largo plazo con el que se funciona en el uso de este servicio. Una familia no se puede mudar tan fácilmente. La desigualdad que generaría la competencia en el servicio educativo no se notaría tanto si la movilidad geográfica de las familias fuese total. Pero eso es un supuesto ficticio, claro.
    Puedo leer en los posts anteriores que la propuesta de introducción de la competencia en el sector educativo no es inconsciente y apunta algunas ideas para evitar esa estela. Pero es ineludible que la clásica confrontación Equidad vs Eficiencia está muy presente y lastra bastante la propuesta. Con todo, hay algo que, al margen de ello también necesita mencionarse con respecto al modelo competitivo. Todo modelo productivo de bienes o servicios genera una producción social de valores. El modelo competitivo produce una estructura de valores competitivos. Es el mismo sistema de valores que se usa en el entorno de la empresa y la que usan los individuos que las gestionan. Y de eso no estoy tan seguro de quererlo. El victimismo y el discurso apocalíptico apuntaría que ese mismo sistema de valores es el seguido en la búsqueda de máximos beneficios por los gestores financieros que han orquestado la actual crisis. Yo no llegaré a tales límites. “Los padres dándose de hostias para que su hijo entre en el colegio con mejores resultados y los centros dándose de hostias para mejorar esos mismos resultados” Efectivamente, en un entorno competitivo ésta sería la conducta ganadora. Pero a menudo nos quejamos de la atomización y la desunión que padece el cuerpo de docentes. Actualmente es achacable al desánimo y el escepticismo endémico con respecto al problema educativo, todo lo cual tiene cura con el tesón y el afán colaborativo que demostramos todos en blogs y foros como éste. Hoy practico mi docencia con la convicción de que la educación es el valor en sí mismo, sin intermediación de nada, es el soporte del progreso y el instrumento de promoción social. Trabajo y lucho en colaboración con personas como ustedes para preservar ese valor. Si el instituto de al lado cierra, me indigno y me solidarizo con mis compañeros y las familias que lo usaban. Pero si la lucha por la Educación se instrumentaliza con el puente de la competencia, ese cierre podría irme bien. Sí, podemos apelar al juego limpio y la sana rivalidad, pero me remito al tipo de procederes del entorno empresarial privado. A menudo observamos como se desdibuja el objetivo original de satisfacer necesidades produciendo bienes y servicios, en pro de la victoria sobre tus rivales y la máximización de resultados como fin en sí mismo. Nuestras administraciones educativas ansían desde siempre la desunión y la falta de colaboración entre los docentes, les es cómodo para imponer sus decretos y desmanes laborales. Se me hace muy difícil pensar en como organizar una acción colectiva de reivindicación, con el objetivo que sea, cuando la práctica normal es competir entre nosotros.
    El mercado y la competencia tiene fallos, eso lo sabemos desde hace tiempo. Si las sociedades occidentales han consentido a que el Estado intervenga en nuestras vidas es porque son concientes de esos fallos y de que hay que corregirlos. Pero esa intervención, ha generado a menudo sus propios fallos. J. Buchanan basó todos sus estudios en este hecho y llevó la discusión al punto en el que estamos. La competencia consigue la Eficiencia y puede generar falta de Equidad y valores de no colboración. Si se está dispuesto a asumir esta situación en pro de la Eficiencia, no cabe más que hablar y no hay nada más que reconciliar. Pero esto es difícilmente permisible tratándose de un servicio público básico como es la Educación. Si se pretende conseguir la Eficiencia y, a la vez, contrarestar lo más posible las otras consecuencias hay que ingeniar, y mucho.
    No quiero que mi intervención se enmarque, en la posición de una crítica, sino en la de una pregunta. ¿Cuáles son lo mecanismos que permitirían llevar a cabo un modelo competitivo en la provisión del servicio educativo sin menoscabar la Equidad y los valores colaborativos? Las respuestas deberían tener estas tres propiedades:
    1.- Completitud: Tratándose de soluciones consistentes tanto en sus bondades como en la previsión de sus perversidades cuando se llevasen a la práctica.
    2.- Neutralidad: Si es la competencia por lo que se apuesta, las intervenciones correctoras de sus fallos no deberían mermar las propias reglas y lógicas de la competencia. Si al cabo de un tiempo de hacer un juego competitivo se le diese ventajas o facilidades a ciertos centros, aunque se fundamentasen justamente por su posición de desventaja, los demás podrían poner en duda el esfuerzo hecho jugando con asunción completa de reglas. No es nada nuevo, esta polémica es muy intestina en lo que se refiere al pago de de impuestos, por ejemplo.
    3.- Justicia. A cada cual lo que se merece y según sus circunstancias. Esta condición deja fuera la aborrecida igualdad por abajo que ya se ha comentado, la justicia de la que muy poco saben los demapedagogos.
    Ya se han apuntado algunas ideas de cara a responder a mi pregunta. “Un centro público en una situación social difícil, debería ser tratado, previamente, de manera distinta a los demás centros […] teniendo en cuenta que no compiten en igualda de condiciones” o reconocimientos sociales frente a los monetarios, pueden ser algunas de esas ideas. Pero aún les falta la sistematización y el rigor de una propuesta de la que podemos estar tranquilos si se lleva a la realidad para ser disfrutada por los ciudadanos. Ruego que me den luz en este sentido y en estos términos, que ya no son sólamente educativos, sino que, tal y como se ha planteado desde un principio, son los de lo que se conoce como Economía de la Gestión Pública. Así sea.
    Saludos, pues.

  18. 31 diciembre 2009 a 14:52 #

    Gracias, David, por sus palabras. Sus artículos me parecen excelentes. Me pasaré por esa nueva entrada en cuanto encuentre algo de tiempo.

    Fran, estupenda reflexión la suya. Ciertamente, la cuestión no es nada fácil de resolver. Cualquier fórmula que elijamos acarreará problemas y dudas. Necesitamos reflexionar muy bien estas cuestiones antes de tomar una decisión.
    El incentivo monetario es, sin duda, polémico, y admito que ha de ser estudiado con tiento y prudencia. En cualquier caso, creo que, de entrada, nadie debería oponerse a la posibilidad de realzar y compensar la excelencia docente con incentivos sociales, con el reconocimiento público del buen hacer. Tal incentivo no sólo compensaría a los docentes más implicados e inspirados, sino que también contribuiría, dada la dimensión pública de aquél, a sanear ante la sociedad la denostada imagen del profesorado.

    También habría que tener mucho cuidado de no transmitir la falsa idea de que el éxito o el fracaso en los resultados académicos de los centros son debidos únicamente a la actuación de los profesores. Ni el éxito ni el fracaso escolar dependen únicamente del profesorado.

    Es evidente que hay que considerar la implicación de los mismos alumnos y de sus padres. Un planteamiento integral del incentivo social debería tener en cuenta, asimismo, la necesidad de incentivar socialmente a los alumnos más sobresalientes y a sus padres. Es de justicia (de equidad) el reconocimiento formal del trabajo bien hecho. Lo contrario es seguir bajo la lógica prepóstera de la LOGSE. Soy consciente de la complejidad de cualquier medida tomada. No obstante, si algo no nos podemos permitir es que se perpetúe esta situación que tiende a la laxitud y, probablemente, a un peligroso conformismo.

    A ver si puedo pensar un poco más estas cuestiones, darles más forma y elevarlas a la otra entrada.

    Fran, espero sus nuevas reflexiones al respecto.

    Saludos.

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