Del pensamiento crítico “madrugado”

Hace unos días en uno de los blogs que frecuento se planteaban algunos interrogantes acerca del valor y sentido de la crítica, a su vez originados a partir de las reflexiones de otro. La cuestión ha revoloteado por mi mente en estos días de ingrata tarea evaluadora. Efectivamente la palabra crítica goza de gran predicamento -sobre todo adjetivando al ciudadano y en el contexto educativo-. En casi todas las proclamas educativas, en textos legales refrendados por el gobierno en ejercicio, en múltiples manifiestos docentes de diversa índole, en panfletos estudiantiles, la formación de ciudadanos críticos aparece como uno de los objetivos fundamentales del sistema educativo. Dentro del gremio parece que los profesores de filosofía se consideran a sí mismos los paladines genuinos de la crítica, y entre los valores que atribuyen a su disciplina destaca, sin duda, el de la crítica.

La idea está muy extendida, apuesto a que no existe texto que relacione filosofía y educación en el que la crítica no aparezca como objetivo principalmente relevante. Debemos, sin embargo, ser precavidos con todas las ideas que se propagan tan rápidamente entre la felicidad y el beneplácito general; si una idea provoca un asentimiento tan unánime y general es porque no debe molestar demasiado, o porque pertenece a ese grupo de opiniones al que oponerse supone levantar sospechas contra uno mismo. En el primer caso se trata de ideas cómodas, pero superficiales o anodinas, en el segundo quizá de peligrosos dogmas. Pero, ¿cómo podría ser la crítica algo anodino o dogmático?, ¿y cómo es posible que el pensamiento crítico no sea molesto, y que desde todos los lugares -despachos incluidos- sea reivindicado y hasta fomentado? No me negarán que algo huele de forma extraña en toda esta cantinela de la formación del ciudadano crítico.

Creo haber advertido -corríjanme si es otra su experiencia- que hay una relación de proporción directa entre el ardor por la formación del ciudadano crítico y el desdén por la historia de la filosofía, y constato que los más aguerridos formadores encuentran que los densos programas de contenidos históricos (que a menudo juzgan de caducos) les restan tiempo y energía para la “formación del ciudadano crítico”. Tarea a la que podrían -eso creen- dedicarse de forma inmediata; enfrentándose a pecho descubierto con la realidad concreta y circundante, en sus manifestaciones cotidianas, prensa, televisión, publicidad… Pero me temo que es una perspectiva de ilusos o de fraude manifiesto. Creo que incurren en un error que ha señalado muy certeramente Sánchez Ferlosio en su artículo del otro día, del que les cito un fragmento.

Es ridícula y hasta poco decente la buena voluntad de los que proponen remedios frente a lo que en su fuero interno reconocen por fatídico: así, los que recomiendan que los padres acompañen a sus hijos ante la pantalla para incoarles “espíritu crítico”, o los que predican un “consumo responsable”. Pero hace ya muchos años que a estos buenos consejos “les ha madrugado”, por decirlo en palabras mexicanas, la publicidad, que aún más de madrugada, respecto de la edad, empieza a seducir y acuñar a las criaturas, para que sin resistencia se sometan y queden sometidas de modo perdurable al grado de compulsión y servidumbre capaz de perpetuar la conveniente adaptación”

Televisión para niños.

No nos preocupemos tanto por la epifanía inmediata del espíritu crítico. Intentemos aprender de Platón, Epicuro, Aristóteles, Descartes, Spinoza, Hume, Kant, Nietzsche… que con seguridad tienen mucho que enseñarnos. Aunque, a veces, nos resulten molestos.

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3 comentarios en “Del pensamiento crítico “madrugado””

  1. Luzroja
    26 diciembre 2009 a 20:14 #

    En verdad no hay párrafo logsiano, de cierta extensión, que no aluda a “instaurar el espíritu crítico en el alumnado”. De esta suerte, muchas empresas pseudopedagógicaspsicosocialeseducativas, ofertan “cursos” a las escuelas, amparándose en la necesidad de llegar a cumplir con este fin.
    En mi centro constantemente nos bombardean con charlas “interactivas” y “participativas” sobre: consumo, televisión, internet, alimentación…En todas ellas uno de los objetivos, amén de otros de calado semejante, es “desarrollar el espíritu crítico en el alumnado”.
    Y ahí estamos, aguantando a unos impresentables que nos proyectan un power point en el que aparecen zapatos y cocodrilos muertos o comida basura y gente gorda…todo muy “Si haces A, te pasará B”.

    Lo peor de todo esto es que muchos maestros estiman que éste es el medio, que no hay otra manera de acceder a la capacidad de elaborar una crítica mas que a través de la imagen tácita y la charla expresa; desconocen la virtud que hay en la literatura y en la filosofía sobre la formación del pensamiento, del crítico también, y consideran que a los alumnos hay que pastorearlos, quizá porque ellos sean aún unos borregos.

  2. G.L.
    26 diciembre 2009 a 22:46 #

    Plas, plas, plas!
    Confundimos criticar con opinar. Claro que como todos opinamos, nadie escucha, y de esta forma la opinión ha recuperado su valor filosófico tradicional, que es nulo.
    Creemos posible opinar ahorrándonos el esfuerzo de conocer.
    Defender la autoridad del conocimiento y por lo tanto, la necesidad de reconocerla como tal, resulta incomprensible para los constructivistas. Obviamente, si todo conocimiento es una construcción subjetiva, la autoridad del conocimiento objetivo es nula, como la de la opinión.
    Y así se cierra el círculo.

  3. 27 diciembre 2009 a 0:40 #

    Comencé a dejar un comentario a esta entrada en tu blog, pero se alargó tanto que decidí hacer una entrada nueva para el mio.

    Gracias por el enlace.

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