Lengua común contra idiotez lingüística

 

Conferencia pronunciada en la Jornada de Educación: “Un Pacto de Estado de Educación”: Manipulación ideológica desde las Comunidades Autónomas. Imposición de la lengua, organizada por UPYD en el Círculo de Bellas Artes de Madrid,  el 19 de diciembre de 2009

 

Cierto exitoso autor de libros de autoayuda, libros que incomprensiblemente suelen ubicarse en la sección de filosofía de las librerías, me reprochaba hace un año, en este mismo lugar, recurrir a Platón al hablar de enseñanza. Mi empecinamiento en dicha referencia no ha hecho, durante este año, más que reforzarse. Es lo malo (o lo bueno, según se mire) de estudiar a los griegos. No se sale de ellos.

En el contexto de la Grecia Clásica, Aristóteles propone la definición de hombre como animal “racional” (“lógico”). Pero logos no es sólo pensamiento, es también palabra, y ley, por lo que cabe considerar la definición aristotélica de hombre como la del animal hablante. La lengua para Aristóteles, por tanto, es el griego, es decir, una lengua que permite racionalizar, abrir una dimensión común entre sujetos dotados de habla. Sin embargo, ese uso del lenguaje (común) es excepcional. El hombre, por el contrario, suele ser ese animal depredador y simbólico cuya diferencia con el resto de formas de vida radica en que su animalidad puede justificarse simbólicamente. Y así, el enfrentamiento con el otro se juega con un arma más: el uso de la lengua (propia) como medio para convertir retóricamente en admisible la barbarie. Esa lengua propia constituye al sujeto, lo forma, determina su conciencia, su mundo (Wittgenstein: “Los límites del lenguaje son los límites del mundo”). Lo diferencia del otro afirmando la identidad propia como un espejismo de eternidad que encubre, según el dictamen de Freud, la pulsión de muerte. Lo salva del otro.

La democracia ateniense pone en juego, frente a esto, la preeminencia de la palabra sobre la sangre o la fuerza física. El diálogo, por tanto, es un procedimiento artificial de gestión de conflictos inventado por los griegos. Dado el reconocimiento del ser humano como ser finito, no hay posibilidad de relación que no sea en algún grado conflictiva. Así, la paz es una idea metafísica, un imposible ontológico (en política recibe el nombre de utopía y ha producido las mayores catástrofes de la Historia). La paz es una coartada para la servidumbre o, incluso, el exterminio. El diálogo dirime conflictos, no los elimina en forma de paz perpetua. Creer en la paz como destino final sólo tiene sentido desde una concepción de la realidad histórica de raíz agustiniana. La paz sólo puede darse en la Ciudad de Dios, no en la terrenal. Definirse como no creyente y pacifista es una contradicción en los términos.

La lengua, como soporte técnico que permite el desplazamiento del conflicto a un ámbito no dominado por la biología, la casta o la fuerza militar, es, en consecuencia, un producto histórico sujeto a cambios, no una sustancia eterna, metafísica, esa reserva de esencias espirituales, ancestrales, que se remontan a tiempos no históricos. De hecho, el lenguaje no es un medio de comunicación entre individuos sino de reafirmación de posiciones materialmente establecidas y de confrontación de las mismas. Sólo el ámbito de la racionalidad puede abrir un espacio de verdadera comunicabilidad porque activa lo común a todo individuo: idion (lo propio) frente a koinon (lo común). El individuo, de hecho, es una conquista política (griega), no un fenómeno natural. Por eso mismo, tampoco los derechos del individuo son naturales. Son una conquista política. Por tanto, son las estructuras sociales las que establecen derechos colectivos o derechos individuales. Son los Estados, en definitiva, los que conceden estatuto jurídico distributivo a los individuos o le conceden estatuto jurídico atributivo al conjunto. Esta segunda opción, sin embargo, exige una condición de posibilidad: la mutación retórica de un fenómeno técnico, etológico o biológico (la lengua, las costumbres, la raza) en entelequia metafísica, extrayendo dicho fenómeno, en el plano ideológico, del terreno de lo finito y empírico, elevándolo al plano ilusorio de la eternidad o al mitológico de los ancestros. La diferencia estriba en dirimir la tendencia política que implica basarse en uno o en otro tipo de derechos. De alguna manera, la superioridad racional de los derechos individuales sobre los colectivos se debe a su carácter artificial justamente, entendiendo que la tendencia a agruparse y a organizarse en colectivos homogéneos y cerrados es natural, como es natural afirmarse como parte del grupo negando al que no lo es. El individuo es un artificio jurídico y político de defensa frente a la horda, y después, frente al Estado. En última instancia, frente a la inercia totalitaria de toda estructura moderna de poder.

Sócrates sólo necesitaba una condición para lograr que el esclavo de Menón alcanzara por sí mismo el conocimiento y, por tanto, la libertad: saber griego, esto es, la lengua común. Hoy en España, el español es la lengua común. No excluye a nadie dentro del territorio español, o, al menos, a ningún hablante que esté dispuesto a hablarlo o aprenderlo, y además se abre a muchos otros territorios en el mundo, mientras que las lenguas locales o regionales se cierran sobre sí mismas y son impuestas por ley. El proceso de analfabetización iniciado hace unos años alcanza el paroxismo con las legislaciones nacionalistas que minan meticulosamente la capacidad para pensar de los estudiantes por medio de una curiosa mezcla de dogmatismo rancio y relativismo fatal. Si el esclavo de Menón es capaz de resolver un problema geométrico gracias a las preguntas de Sócrates en el idioma común, lo es porque entre ambos se establece un vínculo estrictamente racional (común) en el que todo lo demás, lo propio de cada uno (lo idiota, en griego) queda al margen, incluida la propia esclavitud del esclavo, liberado en ese trance, capaz de pensar por sí mismo. Por medio de una educación impartida en una lengua que sólo se comparte con algunos de los habitantes de un rincón del Mediterráneo o del Cantábrico se condena a la esclavitud idiota a varias generaciones, garantizando así la consolidación del poder, que se alimenta de la idiotez, de la ignorancia y de la servidumbre de los súbditos, ya que en tales condiciones no se les puede considerar ciudadanos, más que, acaso, en un sentido puramente formal, esto es, electoral y tributario. Cabe contrastar el caso con el ejemplo francés, en el que cualquier lengua local es considerada como parte de la esfera de lo privado (de lo idiota) y fuera, por tanto, de lo público o común. Resulta ya aburrido constatar cómo, en el fondo, las preocupaciones nacionalistas se reducen al presupuesto, a la perpetuación de la casta política, funcionarial y étnico-lingüística, pero envolver esas preocupaciones con retórica nacionalista e indigenista (salvar la cultura amenazada, la lengua en peligro de extinción, etc.) proporciona un rédito económico mucho más alto que la mera exigencia económica desprovista de esa tediosa aureola romántica. Porque, al fin y al cabo, el hecho de que, a la hora de optar a plazas públicas en la administración autonómica, se exija el conocimiento del idioma regional y se valore por encima de la competencia profesional, es un hábil procedimiento para la discriminación de los individuos de fuera de la patria (maketos, charnegos), desconocedores de la lengua por haberse dedicado al estudio de su profesión o de idiomas internacionales. En Italia, la pretensión de la Liga Norte, siguiendo la lógica de quien pertenece a una zona más desarrollada económicamente y no quiere ver sus áreas de privilegio invadidas por los que puedan llegar del deprimido sur, gira en torno a la enseñanza de los dialectos del norte del país y la necesidad de su conocimiento para el acceso a puestos en la administración, destruyendo la igualdad de todos los individuos ante la ley. Esto es una tímida broma en comparación con la política nacionalista en España, país en el que semejante demanda está más que superada por la dictadura lingüística y donde, por el contrario, dicha política, abiertamente reaccionaria, aparece envuelta por la aureola sagrada de la “izquierda” y la “cultura”, generando en el espectador convenientemente adoctrinado en el lenguaje de lo políticamente correcto una inmediata reacción pavloviana de consoladora y autosatisfecha aceptación. Y es que, tras la 2ª Guerra Mundial y el fracaso de los fascismos y del nacionalsocialismo, la raza quedó relegada como reivindicación política al ámbito de lo innominable, del tabú, de lo que no es ya rentable ni operativo retóricamente. Su lugar lo ocupó la cultura y, en particular, la lengua.

Digamos abiertamente que la batalla está ya ganada por el nacionalismo lingüístico (y el socialismo cómplice) desde el momento mismo en que la clave de toda la discusión se reduce (como, con oportunismo implacable, ofrece la prensa del régimen a sus fieles) a una tercera hora de castellano en primaria. La enseñanza en catalán se da por defecto y nadie parece ponerla en duda, sencillamente porque, ya no se puede. Está fuera de escena. Es obsceno. En ese punto, cualquier debate sobre más o menos enseñanza en castellano en las escuelas catalanas o sobre posibles apoyos a los niños no catalanoparlantes es una victoria del nacionalismo lingüístico sea cual sea el resultado del mismo. Porque, hay que recordarlo, no se discute sobre si la enseñanza debe impartirse en una lengua u otra, o si debe impartirse en la lengua materna del alumno. La lengua en que se imparten las clases es el catalán, y esto es un hecho no sujeto a revisión. Se ofrecen clases de castellano (la polémica sobre si deben ser dos o tres es, como hemos indicado, una falsa polémica), pero no en castellano. Y se llega a la aberración “pedagógica” de recurrir a la traducción no simultánea de las clases, al final de las mismas, para los alumnos que no entiendan el catalán (Proyecto de Ley de Educación de Cataluña (LEC), art. 12). Cualquiera que trabaje en la enseñanza y no sea un psicólogo de despacho sabe perfectamente el disparate que tal medida supone, y sin embargo no he escuchado a ningún pedagogo de postín clamar contra semejante delito contra los niños. Acaso se lo impida la ceguera o la obediencia debida. Hoy las prácticas políticas que apuntan, aunque sea tímidamente y arropadas por el lenguaje de lo políticamente correcto, en esa dirección, utilizan la lengua y su genérico, la cultura como arma discriminatoria, sin perjuicio de que las decisiones de los agentes protagonistas respondan más al impulso por garantizar su propio sustento material en base al presupuesto estatal que al delirio de querer salvar el mundo o la patria.

El discurso nacionalista es tramposo. La trampa, en lo que concierne a las lenguas, consiste en desplazar la isonomía, o igualdad ante la ley, del plano de los individuos al de las lenguas, con la consecuencia de que se impone una segregación material de individuos por el procedimiento de compensar la desigualdad de las lenguas según una suerte de discriminación positiva. Aun en el caso del bilingüismo sucede algo similar, ya que se pretende una igualdad entre dos lenguas que no pueden ser iguales (y que no sufren por ello, más que en los delirios metafísicos de los nacionalismos) de la que sólo habrían de ser objeto los individuos humanos, en una sociedad elementalmente democrática. Por eso, incluso la reivindicación del bilingüismo se muestra ineficaz como estrategia política o electoral por conceder al nacionalismo el dogma de la igualdad de las lenguas, dogma enteramente metafísico que encubre la discriminación real de los individuos afectados. La batalla se juega en la defensa de la superioridad técnica y social del español. Si la enseñanza ha de ser proporcionar los medios para que cada uno saque lo mejor de sí mismo, la imposición de una lengua minoritaria en perjuicio de una lengua potencialmente global implica limitar la formación de los futuros contribuyentes y, por tanto, condenarles a la indigencia intelectual y humana o a la endogamia de la tribu. De tal manera que enseñar en español no impide que se pueda aprender una lengua regional y, fundamentalmente, no limita al estudiante sino que le abre posibilidades en lugar de cerrárselas. Enseñar en una lengua regional impone una limitación fatal a quien no puede defenderse, además de que dicha imposición se efectúa en la escuela pública, financiada por todos los contribuyentes. En España, exactamente a la inversa de lo que la racionalidad más elemental indica, lo propio (idiota) se impone en la escuela pública. Lo común queda reservado para la escuela privada. Si los que disponen de recursos deciden que sus hijos se idioticen en un idioma que sólo podrá compartir con unos miles de semejantes, es responsabilidad suya y son ellos los que tienen que pagar el capricho de pequeñoburgués de provincias aburrido. Pero que sean los hijos de las familias que no pueden acceder a la enseñanza privada, los que se vean privados de una instrucción en español (pública o común) es un disparate y una catástrofe generacional.

La confusión responde a su vez a una concepción de la igualdad que la supone punto final y no punto de partida. La igualdad como punto de partida, lo que denominamos isonomía, es una ficción jurídica, un artificio producto también de la racionalidad política griega, y, por tanto, la condición de posibilidad de las diferencias de hecho, diferencias no jerárquicas en tanto que no parten de posición de privilegio, sino de estricta igualdad (como los corredores de 100 metros lisos). Cuando la igualdad como nivelación se impone como hecho, como realidad efectiva (alentada por el pensamiento utópico, que postula la consecución de una sociedad perfecta, sin conflicto), se tienden a suprimir las diferencias y a subsumir al individuo en el magma compacto que la igualdad impuesta establece. Esta igualación no puede ser considerada más que como sumisión y no sería posible más que en un sistema educativo que dinamitó la transmisión de conocimientos en aras del relativismo y de la gestión de los afectos, dispositivos modernos de poder administrados por los pedagogos, mitad sofistas mitad teólogos. Así, no hay modo de luchar contra la tiranía nacionalista y el desastre educativo que la imposición lingüística genera si la discusión no es liberada de las ataduras ideológicas (y, por tanto, retóricas) y se plantea en el ámbito que le corresponde: el de la mutilación técnica y formativa a la que se está sometiendo a generaciones de ciudadanos y de la que sólo pueden salvarse los que dispongan de medios económicos para ello. Pocas políticas se han mostrado tan perniciosas para las personas con pocos recursos económicos como estas que, retóricamente, dicen defender sus intereses. Al fin y al cabo, el nacionalismo no deja de ser un engendro pequeñoburgués y, por mucho que se disfrace, sus políticas reales no dejarán de ser pequeñoburguesas. Habría que obligar por ley a los políticos responsables de la legislación educativa a que llevaran a sus hijos a colegios públicos.

Hoy, en España particularmente, ser antinacionalista es ser racional.

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28 comentarios en “Lengua común contra idiotez lingüística”

  1. 22 diciembre 2009 a 17:28 #

    Tema complejo y delicado el que planteas y, sobre todo, intuyo que todo va en dirección contraria a la sugerida sobre la primacía de la lengua común. Todas las regiones de España, algunas con lengua autóctona y otras no, pugnan por acaparar más poder en manos de las élites locales. A ello contribuye también el PP con sus autonomías que también son reinos de taifas. La España autonómica pretendía dar satisfacción a los nacionalismos históricos pero treinta años después estos siguen tan insaciables -o más- que antes. Nadie está contento. El tema de la lengua es complicado y neurálgico, tiendo a estar de acuerdo contigo, pero me temo que la realidad va por otro camino bien distinto. España dará que hablar en el futuro en los medios internacionales como lo hizo en el siglo pasado, aunque espero que sea por razones menos salvajes. Coincidiendo contigo y votando en consecuencia soy muy pesimista sobre este extremo lingüístico que planteas.

  2. 22 diciembre 2009 a 19:05 #

    El hecho de que la más elemental racionalidad política resulte inviable en España hoy día, dadas las condiciones materiales en las que nos encontramos, da una idea de lo disparatado y patológico de esta sociedad. Me limito a analizar el despropósito del sistema que padecemos. Corregirlo tal vez sea difícil e, incluso, imposible, pero acaso es que la realidad misma es incorregible (como decía Borges del peronismo), lo cual no quita para que dejemos también de someterla a crítica y, por tanto, pensar.

    Un saludo
    José Sánchez Tortosa

  3. almediodia
    22 diciembre 2009 a 22:14 #

    Hace unos cinco días se aprobó en Aragón “la ley de lenguas”, costó sacarla adelante porque ni los mismos que la dictaban lo tenían claro, va a costar miles y miles de euros pero lo más sangrante es que va dedicada a “revitalizar” la fabla aragonesa, que sólo Dios sabe qué complejidades conceptuales se podrá decir en ella, y a destruir los distintos dialectos catalanes que se hablan en la parte oriental de la Comunidad Autónoma, de tal manera que en las escuelas e institutos se ofertará (de hecho ya se oferta) el catalán como lengua optativa y su mayor potencia con respecto a los dialectos de la zona hará que éstos se pierdan. Lo que no consiguió el gobierno franquista lo va a conseguir una ley “democrática”.

    Es magnífico el escrito suyo Sr. Tortosa, le admiro.

    Entender que hay lenguas en las que es imposible explicar una simple fórmula matemática o una receta de cocina de cierta complejidad, supone empezar a distinguir que todo hombre debe poseer una lengua universal e indica que privarle de ello es una indecencia.
    Quién sólo hable en votio, sólo pensará en votio ¿quién de nosotros desearía esta lengua y sólo ésta para sí?
    Los catalanes,incluso los más integristas, son personas que hablan y piensan en español, pero quieren privar de él a todo aquel que pise su territorio, relegándolo al estudio accidental, del cual jamás se logra dominio. Quieren que los alumnos se sientan cómodos leyendo en catalán e incómodos en español, de tal suerte que acudan a leer el Quijote traducido al catalán…
    Es infamante privar de una riqueza común a un sector de la población.

    • 30 diciembre 2009 a 9:08 #

      Estimado almediodía,

      gracias por sus palabras. La lengua común nos permite el milagro excepcional de entendernos (y, por tanto, de discutir en igualdad de condiciones), ese privilegio del sujeto racional.

      Un saludo
      José Sánchez Tortosa

  4. goliardo
    23 diciembre 2009 a 17:34 #

    Inmersionar ligüísticamente a los educandos en la lengua “minorizada”, como dicen ellos (léase euskera), es un despropósito que debiera llevarse a cabo en la privada y no ,en la pública, con el dinero de todos.

    En el País Vasco estás más que demostrado que no compensa escolarizar exclusivamente en euskera para que lo aprendan los niños ya que, el que quiere aprender( la mayoría del profesorado, por ejemplo, : lo hace por su cuenta , y el que no lo quiere usar( léase la mayoría del alumnado que no lo usa ni dentro de las aulas por muy en euskera que le hable el profesor y su libro de texto): pues no lo llega a aprender bien y lo va olvidando.

    Lo que sí se está logrando en el País Vasco es que se empobrezca la enseñanza en castellano hasta el extremo ya que se ha conseguido un grado tremendamente eficaz de autocensura paralizante en la enseñanza de la Historia, Lengua, Filosofía y Humanidades en general.

    La mayoría de los padres, como no conocen en absoluto el euskera; no tienen ni siquiera que plantearse la ayuda a sus hijos en las tareas escolares y solamente tienen que esperar la cosecha de éxitos escolares de sus retoños que, por el hecho de estudiar en euskera (ser buenos vascos), formarán ese 85% de aprobados preceptivos para la Secundaria en la Escuela Pública Vasca. Si algún profesor es un obstáculo en su camino, no aprobando a sus hijos, pues se le desacredita y acosa por todos los medios hasta que pase por el aro.

    En Euskadi los profesores de la pública “estamos muy bien enseñados”. (de lo anterior excluyo a los de Lengua Vasca, matemáticas y…alguno más)

  5. leonardo
    23 diciembre 2009 a 21:29 #

    ¿Ustedes son profesores? Cuanto desconocimiento y cuantos prejuicios en estos comentarios. Almediodia: decir que “hay lenguas en las que es imposible explicar una simple fórmula matemática o una receta de cocina de cierta complejidad” es tan, tan, tan estúpido… es tener tan poca idea de qué es una lengua… En fin, que les vaya bonito.

  6. almediodia
    23 diciembre 2009 a 23:03 #

    Leonardo, por favor, desvela la estupidez, no nos dejes a medias.
    No puedes decir que algo es estúpido y no demostrarlo, es una opinión gratuita.

  7. 24 diciembre 2009 a 0:25 #

    A mí me gustaría, primero, que me explicarán por qué “hay lenguas en las que es imposible explicar una simple fórmula matemática o una receta de cocina de cierta complejidad”, porque por el mismo razonamiento colijo que también habrá lenguas a las que no se podrá traducir a, por ejemplo, Aristóteles… Lenguas menores, vamos. De esas que más vale que se pierdan… Por eso me gustaría que me explicasen este concepto.

    Y segundo, yo todo esto que comentáis lo entiendo; ahora bien, es sintomático que esta conferencia se haya dado en Madrid y no en Cataluña, por ejemplo. Yo soy de Baleares y mi lengua materna es el catalán en su variedad isleña. Entiendo todo esto que se comenta, pero mucho me temo que hay cosas que nunca se entenderán desde una perspectiva monolingüe. Entiendo que se están haciendo mal muchas cosas, pero ¿qué se puede hacer para que una lengua no desaparezca por su falta de uso? El catalán está en una posición difícil: primero, porque es la lengua privilegiada ahora mismo en la enseñanza en sus territorios, pero a la vez se está convirtiendo en una lengua artificial que los chavales usan exclusivamente dentro del aula. Las medidas a favor del catalán no se hicieron para eso: para que fuera odiado y visto como un instrumento que sólo tiene utilidad dentro de clase. Pero a la hora de la verdad, para usarlo como instrumento de integración en su tierra (¿para hablar con los cada vez menos que lo hablamos en casa?) no sirve porque el resto del mundo funciona en castellano: la calle, los comercios, la televisión. Algo estamos haciendo mal todos y cada uno de nosotros: unos, por instrumentalizar la lengua de forma política y lograr así que mucha gente la odie y no la use; otros, por su escaso interés por la cultura y la lengua de las gentes que les han acogido en su tierra.

  8. leonardo
    24 diciembre 2009 a 18:46 #

    Almediodia, ¿qué hace una lengua incapaz de decir algo? Supongo que no te refieres a su sintaxis, porque todas pueden expresar que un agente (sujeto) realiza una acción (verbo) en unas circunstancias (complementos). Supongo que tampoco te refieres a su morfología, porque entonces, por ejemplo, estarás de acuerdo que el sánscrito sea una lengua con más capacidad expresiva que el castellano, ya que tiene una riqueza flexiva mucho mayor que el idioma español. Supongo que no te refieres a su fonética, porque resulta, por ejemplo, que el catalán tiene ocho vocales: ¿tendrá el catalán más capacidad expresiva que el castellano, que sólo dispone de cinco? En fin, supongo que te refieres, ahora sí, al léxico. Y, efectivamente, hay infinidad de palabras que existen en unas lenguas y que otras desconocen. Un ejemplo: caballo, que existe en castellano, pero que no tenía el tonga. Ahora bien, ¿qué necesidad tenían en Zambia, antes de la colonización, de saber qué es un caballo, si no habían visto nunca ninguno? Y ahora, cuando saben lo que es un caballo, ¿pueden designarlo? Pues sí, porque han tomado prestada la palabra para hacerlo. Exactamente de la misma forma que el castellano tiene multitud de palabras tomadas de otras llenguas. ¿Un ejemplo? Quijote, que es un catalanismo.

    No hay nada en ninguna lengua que la invalide para expresar algo. Las lenguas simplemente expresan lo que necesitan expresar las sociedades que las usan.

    Una recomendación final: Edward Sapir, Language: An Introduction to the Study of Speech (New York: Harcourt, 1921). Hay traducción al castellano.

  9. Luzroja
    24 diciembre 2009 a 19:06 #

    Suelo decirles a mis alumnos que no pregunten aquello que puedan resolver por sí mismos.

    Hay lenguas, principalmente las aisladas, que sirven al único proposito de la comunicación pragmática, el aislamiento impide que una lengua se haga grande, es decir alcance potencia para poder pensar en ella ideas de cierta abstracción, los que poseen esta lengua, necesariamente deben aprender otra de carácter universal si no quieren quedarse en la mera comunicación utilitaria.
    Esto les ocurre a las lenguas de la amazonía, por poner un ejemplo,¿Quién, conociendo esas lenguas, es capaz de explicar en ellas el sencillo teorema de Pitágoras? No queda otra que recurrir a una lengua de mayor potencia, por lo tanto habrá que aprenderla y con ello se introduce en la mente otro orden del mundo. Hay que preservar a los índigenas, su lengua, su modo de vida, sí, este sentimentalismo es comprensible, pero quien prueba del “árbol prohibido” es picado por las ganas de saber y conocer y eso sólo se consigue en una lengua potente.
    Las lenguas son riqueza y diversidad cultural, yo no me atrevo a negar tal idea, pero sí me atrevo a ofrecer al que me lea, la posibilidad de elegir entre una lengua universal o una cantoniana como cuerpo constructor de su intelecto.
    Para pedir el pan basta cualquier lengua, para conseguir entender a Hegel no.

    Quiero dejar claro que aquí no hablo de catalán ni de español, hablo de la diferencia entre lenguas “mayores” y lenguas “menores”, diferencias que saltan a la vista.
    Por ello: “no preguntes aquello que puedes resolver por ti mismo”.

  10. Ramon
    29 diciembre 2009 a 0:42 #

    Qué lástima! ¿Por qué pierden los españoles tanto tiempo en distanciarse en lugar de buscar y potenciar los puntos de encuentro entre todos? No tenemos remedio. Mezclar conceptos objetivos de sociolingüística con opiniones panfletarias de una determinada línea política es, sencillamente, hacer trampas. No esconderé que soy catalán, y que tampoco me gusta que algunos jóvenes catalanes pierdan habilidades lingüísticas con el castellano, pero por favor, no nos vayamos todos a los extremos… Estoy alucinando con lo que veo escrito en algunos comentarios: que si lenguas mayores y menores, que si no sirven para según que disciplinas, etc. ¿Por favor, des de cuándo sí que sirve el castellano para la física cuántica o la filosofía y el catalán, o el idioma que sea, no sirven? ¿En qué idioma Schroedinger estableció la ecuación de la función de onda? ¿O por qué no nos ponemos todos a dominar el alemán tan a fondo como sea necesario para entender realmente a Kant? ¿Y las lenguas, que no están vivas? ¿No ha sido el cultivo de las letras lo que ha ayudado a madurar un idioma? ¿Por qué debe renunciar a la literatura, y a la posibilidad de crecer, una lengua menor? ¿Por qué no utilizamos el inglés como lengua koiné y nos dejamos de idioteces?
    Por favor, seamos serios, y sobretodo, no intentemos manipular al personal encubriendo ideologías que tienden a los extremos disfrazándolas de ensayos críticos.

    • 29 diciembre 2009 a 7:57 #

      Las opiniones vertidas en los comentarios del blog no son asumidas, como se podrá imaginar, Ramón, por Deseducativos. Aquí cada uno es libre de expresar lo que quiera como desee, siempre y cuando no se salga de los límites del decoro y la buena educación.

      Yo, personalmente, no asumo esa distinción entre lenguas útiles e inútiles, aunque sí he de reconocer que algunas son más proclives a un discurso que a otro y, encierto modo, determinan a veces la visión del mundo que sus hablantes poseen -o viceversa, que no quiero entrar ahora en debates lingüísticos-.

      Ahora bien, el artículo analiza la situación actual de los idiomas oficiales de España y el evidente caso de diglosia lingüística que en algunas Comunidades se está dando. Y vislumbro, además, un tema que subyace: ¿hasta qué punto debe una lengua estar protegida por el Estado?, y no sólo eso: ¿es la mediación estatal en el devenir de las lenguas un ejemplo de manipulación política?

      Ahí creo yo que se podría centrar el diálogo.

      El tópico de que las lenguas las hacen sus hablantes es una realidad incuestionable que, ahora, está a punto de desaparecer. Las políticas lingüísticas de Cataluña, País Vasco, Valencia o Galicia, así lo evidencian. Pero tampoco quiero hablar de política.

      Sobre todo quiero poner de manifiesto que con la excusa de la protección de lo minoritario, se está incurriendo en una serie de hechos que atentan contra el simple y llano concepto de igualdad ante la ley.

      Y el error reside en hablar de lenguas oficiales y cooficiales. En mi humilde opinión, esta referencia debería salir de inmediato de la Constitución y sólo dejar al español como lengua franca administativa del Estado. Que sean los hablantes quienes decidan libremente, y, sobre todo, que sea la cultura y su prestigio -su auténtico prestigio y no la impostura institucional de unos cuantos nombres- los que impongan los límites necesarios de la corrección y también los que indirectamente protejan los idiomas minoritarios -como ocurrió con el gallego o el catalán a finales del XIX y principios del XX-. Aquí no se necesitan más leyes ni más regulaciones. Aquí lo que se necesita es sentido común y un concepto de la sociedad y de la política que depure toda esa mierda de intereses partidistas.

      Un saludo.

      • Ramon
        29 diciembre 2009 a 21:40 #

        De acuerdo con la aclaración.
        Por otro lado, no creo que exista estado alguna sin política lingüística, la que sea. Evidentemente, ésta dependerá de cuál sea la visión de estado (más centralista, o más jacobina, o más bien federalista, etc.).
        Sí que necesitamos sentido común y, sobretodo, puntos de encuentro.
        De acuerdo también en que las interferencias sobre las lenguas deberían ser las menos, pero cabe plantearse quién influye más sobre ellas actualmente, si los “mass media” o los estados…

      • 30 diciembre 2009 a 0:08 #

        Ramón, en la constitución de EE.UU. no hay ninguna referencia a la lengua de la nación. De hecho, aun hoy, el tema es un tabú que nadie se atreve a abordar, y, cuando lo hace, fracasa. El inglés es, naturalmente -es decir, de manera natural, no legislada-, la lengua del Estado.

        Un saludo.

    • proyectotelemaco
      29 diciembre 2009 a 9:31 #

      Estimado Ramón,

      si con lo de “los españoles” que “pierden tanto tiempo en distanciarse” te refieres a los españoles que dicen no serlo, no puedo estar más de acuerdo. No se puede afirmar la propia identidad si no es por oposición a otra. La lengua española incluye a todos los habitantes del Estado español y a millones de personas más en el mundo. Las lenguas locales excluyen y segregan si se imponen administrativamente en la escuela. Cada uno es libre de hablar la lengua que le plazca (fórmula engañosa ya que uno no habla como quiere sino como ha sido constituido cultural y familiarmente), pero el Estado que sostenemos y soportamos tiene la obligación de proporcionar los mejores instrumentos posibles a sus futuros ciudadanos. Enseñar en catalán o en vasco o en gallego perjudica a los sujetos en fase de formación. Así de sencillo. De nuevo, hay que recordar que las lenguas no tienen alma ni son sujetos de derecho en una sociedad mínimamente racional. Que desaparezca el español o el catalán no es ninguna tragedia (acabarán desapareciendo tarde o temprano) salvo para los espíritus supersticiosos que siguen creyendo en el Volkgeist (como los nazis) o para los que ven peligrar su puesto en la privilegiada casta política que vive a expensas del presupuesto estatal. La tragedia consiste en la formación sistemática de analfabetos y fanáticos, a la que parece estamos abocados.
      Y, por cierto, decir que un texto encubre ideologías que tienden a los extremos sin indicar qué ideologías son ésas, ni tomarse la molestia de argumentar semejante afirmación es sencillamente inadmisible dentro de una discusión que se pretenda racional (es decir, que todo el mundo pueda entender y rebatir, en su caso).

      Gracias y un saludo.
      José Sánchez Tortosa

      • Ramon
        29 diciembre 2009 a 22:02 #

        Humildemente, creo que la formación sistemática de analfabetos y fanáticos no podemos achacarla a enseñar en catalán, por ejemplo. Lo siento, pero coincido con leonardo en su petición de bibliografía.
        Evidentemente que imponer una lengua nunca es bueno.
        Al hablar de la ideología del texto me refería a la visión jacobina y de nacionalismo centralista que se refleja en él. Creo que es perfectamente legítima, pero hay afirmaciones en él, tan tajantes y poco contrastadas (“Enseñar en una lengua regional impone una limitación fatal a quien no puede defenderse”, “El proceso de analfabetización iniciado hace unos años alcanza el paroxismo con las legislaciones nacionalistas que minan meticulosamente la capacidad para pensar de los estudiantes por medio de una curiosa mezcla de dogmatismo rancio y relativismo fatal”, por ejemplo) que me llevan a verlo así.
        Bien, todo sea dicho con el máximo respeto. Seguramente este diálogo no lo terminaríamos nunca, y todos coincidimos en la necesidad de mejorar nuestro nivel educativo. A partir de aquí deberíamos construir los puntos de encuentro y, ciertamente, ser capaces de contrarestar las inoperancias del engranaje administrativo del estado central y autonómico, que las hay e interfieren claramente.
        Gracias.

  11. leonardo
    29 diciembre 2009 a 19:36 #

    Quisiera volver a manifestar mi más absoluta sorpresa por los comentarios absolutamente acientíficos sobre sociolingüística hechos aquí por profesores (o gente que dice serlo). Señor Sánchez Tortosa, aplíquese lo que predica y aporte un solo argumento científico de por qué “enseñar en catalán o en vasco o en gallego perjudica a los sujetos en fase de formación”. Respalde, por favor, su argumento con la bibliografia sociolingüística pertinente. Espero su respuesta. Muchas gracias.

    • 30 diciembre 2009 a 10:04 #

      Pues bien, me aplico el cuento. Admitiendo mi ignorancia técnica en el campo de la lingüística, considero las lenguas fenómenos históricos. Por eso, no hay nada que no sea histórico que haga a una lengua mejor que otra, salvo la flexibilidad sintáctica que permite a una lengua adaptarse mejor que otra. Una lengua formada dentro de unos límites geográficos determinados, limitada a las necesidades materiales de los hablantes, si se estanca por falta de contacto con otras lenguas, no podrá estar capacitada para ciertas disciplinas técnicas y académicas como aquella que ha superado sus límites geográficos originales entrando en contacto con otras. El primero es el caso del euskera, que, según Jon Juaristi, era una lengua de leñadores adaptada, lógicamente, a sus necesidades. El euskera que se habla hoy, reinventado por Sabino Arana, ese iluminado que no era vascoparlante, poco tiene que ver con esa lengua primitiva. El español, de nuevo por razones históricas, se ha adaptado, ha incorporado el griego y el latín en su proceso de formación, las lenguas de las ciencias, la filosofía y el derecho, (no como el euskera, que simplemente introduce los términos técnicos y científicos con la terminación propia, sin incorporarlos dinámicamente a su estructura) y se ha convertido en una lengua internacional. Me remito, también, al análisis de Gustavo Bueno:

      Si un niño ecuatoriano llega a Cataluña, no veo en qué puede beneficiarle a él imponerle una lengua que desconoce (6 horas al día escuchando hablar en un idioma que no entiende) y que no le va a servir para ascender socialmente más que a escala local. Si se considera más importante a la persona que a la lengua, ¿por qué la imposición del catalán? Sólo desde una concepción idealista, metafísica, religiosa o casi mística se puede poner una lengua por encima de las personas. Defender el catalán (o el euskera, o el gallego o el español) en perjuicio de los sujetos hablantes es un disparate que sólo se puede justificar por la fe nacionalista. Pero la lengua no es eterna ni sagrada. Desaparecerá el catalán y Cataluña, y el español y España. Y, como no son entes personales, nada sufrirán. La tragedia es para los sujetos inmersos en un sistema educativo que los condena a la indigencia intelectual, es decir, a la dependencia, a la servidumbre. Como ve, la cuestión no es lingüística, sino de política educativa. Lo importante no es que una lengua sea mejor que otra. Lo importante es qué sistema educativo es mejor para los futuros ciudadanos y para la sociedad.

      Un saludo y gracias.
      José Sánchez Tortosa

      • leonardo
        30 diciembre 2009 a 19:39 #

        Muchas gracias por la respuesta y el tono comedido. Entiendo perfectamente lo que dice, pero sigo sin entender que alguien con una cierta formación sea capaz de decirlo. No ha aportado ningún dato empírico para afirmar que “enseñar en catalán o en vasco o en gallego perjudica a los sujetos en fase de formación”. No ha citado ningún artículo dónde verificar lo que dice. No sabemos en qué teoría psicolingüística se basa para afirmar que la formación en una determinada lengua conduce al fracaso. ¿Qué podemos discutir? Lo siento, pero la lingüística se enseña en las universidades, y la fe hace años que fue expulsada de éllas.

        Dice que la cuestión es de política educativa y que “la tragedia es para los sujetos inmersos en un sistema educativo [catalán, gallego o vasco] que los condena a la indigencia intelectual, es decir, a la dependencia, a la servidumbre”. ¿Cree que se puede afirmar que los resultados de un sistema educativo, sean positivos o negativos, dependen de la lengua vehicular sin aportar datos empíricos? ¿Conoce usted los resultados en lengua de los adolescentes catalanes, gallegos y vascos, y los ha comparado con los de las otras regiones del estado? Hágalo (puede recurrir al Informe Pisa y a algún otro que encontrará en la web del ministerio), y verá que los resultados son los mismos.

        En fin, creo que Ramon tiene razón y el tema es puramente político, pero no de política educativa. Mire, yo no soy catalán, pero vivo en Cataluña desde agosto pasado por motivos profesionales. La legislación reconoce plenamente mis derechos lingüísticos, no entiendo por qué no debe hacer lo mismo con los de un catalanohablante, que es un ciudadano español que paga sus impuestos como yo. España es un estado plurilingüe, y hay ciudadanos españoles que no tienen el castellano como lengua materna ni de uso habitual. ¿Por qué han de tener menos derechos que un castellanohablante?

        Un saludo.

    • proyectotelemaco
      30 diciembre 2009 a 20:01 #

      Estimado Leonardo,

      le agradezco la batalla dialéctica. Trataré de explicarme mejor. No he dicho que los niños que estudian en la escuela pública catalana tengan necesariamente peores resultados que los demás. Tampoco digo que la lengua catalana sea peor técnicamente que la española. Digo que la española la hablan 400 millones de personas y es la tercera más hablada del mundo. España es plurinacional pero la lengua común es el español. Cataluña, por ejemplo, es bilingüe y la enseñanza no lo es. ¿Por qué? ¿Qué pasa con los ciudadanos que no son catalohablantes? ¿Deben emigrar de Cataluña o soportar la “inmersión”, es decir, la imposición de una lengua que no tiene la obligación de conocer? Para ellos existe la única lengua oficial que se habla en todo el Estado y no veo por qué se les ha de obligar a una enseñanza en catalán. Otra cosa es enseñar la lengua regional, pero sigo sin admitir como racional (o progresista) el sacrificio de la formación de los niños, es decir, de sus capacidades en un mercado globalizado, por una entelequia romántica y metafísica. Cuando los políticos catalanes que han legislado en educación me demuestren la validez del modelo llevando a sus hijos a la escuela pública empezaré a ver las cosas de diferente manera.

      De nuevo, gracias y un saludo.
      José Sánchez Tortosa

  12. 30 diciembre 2009 a 9:44 #

    Querido Ramón,

    el consenso está sobrevalorado. Lo interesante es, en efecto, un terreno de códigos en común que nos permita discutir en igualdad de condiciones, aunque no se llegue a acuerdo alguno, como nos muestran la mayor parte de los diálogos platónicos. Ese terreno es el de la racionalidad finita, de la que todos estamos dotados, y una lengua común. La prueba de ello es que estamos hablando en español y que esa es la lengua que los nacionalistas de una región emplean para hablar con los de otra región, salvo que usen el inglés, que para el caso es lo mismo, pues de lo que se trata es de entenderse, como hemos dicho. Por otra parte no veo cómo se me puede adjetivar de nacionalista. Me considero antinacionalista. Mi defensa del español como lengua de enseñanza no se debe a superstición o dogma alguno, sino a su potencial internacional. No considero ni a España ni al español como entidades sagradas. Sé que son fenómenos históricos sujetos a modificaciones y a su extinción, tarde o temprano. Trato de proponer lo mejor para los individuos que entran en nuestro sistema educativo, no de defender a una lengua o a otra.
    Por tanto, no quito ni una coma de lo escrito, y sólo espero que se me lea, es decir, que se me comprenda. Entonces podremos seguir discutiendo.

    De nuevo gracias y un saludo
    José Sánchez Tortosa

  13. 31 diciembre 2009 a 1:29 #

    Bueno, ya que a José se le están requiriendo pruebas fehacientes, vamos a por ellas. El problema es que cuando hablamos de español y catalán miramos dentro de la “patria chica”, y claro, es que por ahí vamos mal. Esto es, vamos de poca cosa. De pobrecitos de la comarca. Y el asunto es mucho más descomunal. Voy a utilizar las cifras que suelen manejar los hispanohablantes del país más hispanohablante del planeta, Méjico, unos 120 millones de hispanohablantes, o sea, sólo él tres veces las Españas, normalmente cariacontecidos ante la curiosa situación de la “madre patria” (como dicen algunos de ellos) de ocuparse de si se habla el español o si se enseña o no en español, cuando para unos 500 millones (salvo presuntamente los 8 millones que nos ocupan), el asunto no da para tanta monserga. (Perdón por lo enormes que suenan las cifras pero es que son así, qué le vamos a hacer). El español, también llamado castellano, es uno de los seis idiomas oficiales de la ONU y, tras el chino mandarín, la lengua más hablada del mundo por el número de hablantes que la tienen como lengua materna. Es también idioma oficial en varias de las principales organizaciones político-económicas internacionales, y lo hablan como primera y segunda lengua entre 450 y 500 millones de personas, pudiendo ser la tercera lengua más hablada considerando los que lo hablan como primera y segunda lengua . Por otro lado, es el segundo idioma más estudiado en el mundo tras el inglés. Además posee una de las literaturas más ricas del planeta (desde el mío Cid hasta el último gran galardonado, Octavio Paz) y es clave en el desarrollo académico de muchas de las Universidades de mayor prestigio (por ejemplo, la UNAM, que en 2006 contaba con 290.000 alumnos –más o menos como las ciudades de Tarragona y Gerona juntas).
    Esto, sociolingüísticamente hablando, tiene un peso indiscutible. A las cifras me remito. España, el país donde se inventa el español, muy poco jacobina, evitando con insistencia los usos centralistas de la nación que siempre se ha destacado como enemigo acérrimo de los condados catalanes (esto es, Francia), no sé si para bien o para mal, que eso en la Historia es difícil de precisar, tiene a bien en su Constitución proteger el uso y la enseñanza de las lenguas vernáculas de la Península (hasta, por ejemplo, el leonés, llamado también cabreirés, senabrés, o palluezu –va por mi amigo García Amado, que seguro que estará encantado con esta cita), e incluso alcanza a tolerar en las leyes de sus Autonomías que no sea el español la lengua en la que se aprende y, por tanto, la lengua que al hablante le va a construir eso que se llama la “concepción del mundo” (su “Weltanschauung”, que dicen los filósofos alemanes y algún que otro sociolingüista). Pero, aún así, con las cifras en la mano, tiene derecho cualquier ciudadano de España a exigir a su Administración que le otorge la posibilidad de poder alcanzar su “Weltanschauung”, es decir, aprender, no en la lengua que hablan unos cientos de hablantes, como la fala Jálama, ni unos miles de hablantes, como el aranés, ni unos cuantos millones de hablantes, como el catalán, sino en la lengua que permite compartir una cultura, una concepción del mundo, un rato de charla, una posible comunicación, unos millones de buenos libros, con 500 millones de hablantes en el mundo. Es una maravillosa exigencia tan legítima como la otra. Y esto tan simple es lo que se pide en Deseducativos. Nada más.
    P.D.: estoy totalmente de acuerdo en que si alguien quiere construir su Weltanschauung en el espai petit (com primer pas vers un món volgut infinit, que decía el Llach) allá él. Pero es gran imposición y gran bellaquería negarle a nadie que se la construya con una más grande amplitud. ¿No?
    Feliç any nou.

  14. baruch spinozae
    1 abril 2010 a 15:52 #

    Tu discurso podría perfectamente suscribirlo un nacionalista catalán: basta sustituir catalán por “español”. ¿Por qué el nacionalismo catalán es menos racional que el nacionalismo español? Creo que tú apelas a criterios prácticos:
    Pero esos criterios prácticos son futiles u coyunturales
    ; tú mismo partes del hecho de que la lengua es un producto histórico sujeto a cambios y por ello no hay que apelar a esencias o derechos innatos para justificar el uso de una lengua frente a otras; y, consecuentemente, añades: “Por tanto, son las estructuras sociales las que establecen derechos colectivos o derechos individuales” Es por ello por lo que Cataluña parte (ahora, una vez que ha conseguido idiotizar a la comunidad con la ideología de los “derechos históricos”, con el mito de la cultura y demás) de la idea de que ella es una NACIÓN… Sabemos que no lo es, pero eso no importa a efectos de análisis: ¿acaso ellos no pueden afirmar que “Hoy, en Cataluña particularmente, ser antinacionalista español es ser racional?

  15. 1 abril 2010 a 16:32 #

    Empezando por el final. Se puede pretender perfectamente ser antinacionalista español, como se puede pretender blasfemar contra Zeus o Thor. Pero no hay nacionalismo español que oponer al nacionalismo catalán, como no hay hoy día nadie que se proclame fiel de los dioses paganos de la antigüedad. Las fuerzas políticas que se denominan a sí mismas como españolas no son nacionalistas ni excluyen (porque lo políticamente correcto no se lo permitiría, para empezar) a nadie por su lengua. Todo lo contrario que el nacionalismo catalán. Precisamente, el nacionalismo catalán dice defender el idioma catalán por ser una joya cultural que hay que conservar, por encima de los individuos. El que defiende el español como lengua potencialmente global defiende a los individuos que se pueden valer de ella, no a la lengua misma, que durará más o menos, pero que no es como ningún idioma, una entidad eterna en la que resida la posibilidad de la salvación del alma o de la patria. Sigo pensando que imponer una lengua por motivos metafísicos como los expuestos ( o por la mezquindad presupuestaria) es irracional, idiota, si no criminal (ya sabemos que los Montillas de turno son idiotas para los demás, pero no para sus propios hijos, a los que no condenan a una enseñanza en catalán). Y que, en estos momentos, lo único racional es legislar en favor de los individuos, no de las lenguas, sean las que sean.

    Un saludo
    José Sánchez Tortosa

  16. baruch spinozae
    2 abril 2010 a 19:30 #

    Te felicito por tu artículo y por tus posteriores comentarios. Coincido con tus planteamientos y suscribo tu análisis de la política lingüística: el discurso nacionalista es obsceno, y tramposo; habría que preguntarse cómo tal discurso ha sido asimilado por la izquierda y por todos los españoles. Ahora bien, mis reservas o discrepancias se centran en una cuestión nuclear: es la nación la que define lo que es racional o irracional
    Si el esclavo es capaz de resolver un problema geométrico no es porque hable en griego con Sócrates, sino porque ambos hablan la misma lengua, sea el griego o el catalán; es por eso por lo que los nacionalistas pretenden hacer de la lengua “propia” la lengua común.
    Cuando se parte del hecho constitucional e histórico de que el español es la lengua común, entonces las lenguas particulares dificultan el logos y es por ello que, como dices, ser antinacionalista es ser racional; y el español es la lengua común porque España es una única nación. La plataforma desde la que debe defenderse la racionalidad en España es desde la nación. Por eso opongo el nacionalismo español al catalán, pues ése es el verdadero campote batalla.

    • 3 abril 2010 a 10:19 #

      Tienes mucha razón. Contra el nacionalismo etnicista (ya sabes que el genérico cultura y, en particular, la lengua, ha sustituido a la raza) cabe oponer la idea de nación política. España, como nación política moderna (no etnicista) es no es excluyente, es decir, da cobertura a sus particularidades. El nacionalismo etnicista es excluyente, endogámico. El primero se forja en la política. El segundo en la metafísica. Denominar con el mismo término (nacionalismo) a ambos fenómenos me parece abusar de la elasticidad de las palabras.
      Y, si bien es cierto que el esclavo y Sócrates hablan la misma lengua, también lo es que el griego en ese momento, como el español o el inglés hoy, son estructuras sintácticas y semánticas capaces de soportar las exigencias de las disciplinas teóricas clave en su fase histórica (la geometría y la filosofía, en la Grecia Clásica, las ciencias, la informática, etc., en la actualidad), mientras que las lenguas de sociedades primitivas o que no han experimentado evolución por su carácter cerrado y su falta de contacto con otras culturas, son incapaces o si lo son es por incorporación de elementos de las lenguas evolucionadas. Por supuesto, no hay un espíritu que hace a una lengua superior a otra, sino que son las características políticas e históricas las que imponen esa jerarquía.

      Un saludo y gracias.
      José Sánchez Tortosa

  17. sergi_borges
    12 julio 2011 a 12:49 #

    Este es un artículo genocida para con las lenguas que no sean el español/castellano. Mientras gente (supuestamente) preparados como ustedes sigan mintiendo sobre “la imposición lingüística” que dicen que se “sufre” en Catalunya, no habrá ningún debate posible. Que triste que gente (supuestamente) preparados como ustedes vuelvan y vuelvan y vuelvan de nuevo a mezclar lengua con nacionalismo, es decir una lengua con política.

    Decís que dice Wittgenstein que “Los límites del lenguaje son los límites del mundo”. Exactamente. Dos lenguas suman más que una. El límite es vuestro porque si hubiese escrito este comentario en catalán ya no lo entenderían. Yo el castellano, lo domino perfectamente. Sí, sí, viviendo en Catalunya. Les debe sonar extraño.

    Por muy abiertos de mente que sean los españoles, hay un tema tabu con el que no pueden: las lenguas vernáculas.

    Qué lastima de país de tradición y hechos unilingües!

    • Estoy de vacaciones
      12 julio 2011 a 16:17 #

      ¿Quién miente? ¡Los nacionalista! Observe su frase “por muy abiertos de mente que sean los españoles” y no “por muy abiertos que seamos…”
      Los hechos frente a sus mentiras.

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