Agresividad sintomática

Los espíritus biempensantes se escandalizan por la «violencia» desatada entre menores de una zona de Madrid de renta elevada y la policía. Cabe suponer que no sería tanto su escándalo si se tratara de un extrarradio deprimido, en cuyo caso las explicaciones derivarían hacia la «precariedad», la «exclusión social», cuando no directamente hacia el «conflicto político» (vasco), a juzgar por ejemplos precedentes. En todo caso, no estará de más resaltar cómo los ataques de santa indignación afloran siempre demasiado tarde o demasiado desenfocados.

Una revuelta callejera de sujetos en edad escolar contra agentes de la policía suele formar parte de los ritos de iniciación que determinados grupos de edad exigen. Más allá de lo daños personales y de las molestias que ocasionan para los contribuyentes, es claro que el caso es un síntoma de un problema mayor. La herida supura y es entonces cuando se presentan declaraciones solemnes y más o menos dramáticas. Hasta entonces, nada.

Pero una juventud nacida en una sociedad opulenta y ociosa (sin perjuicio de que algunos sujetos en particular dispongan de menos recursos materiales que otros), sometida a un sistema educativo inexistente en la práctica, que los retiene, sin exigencia académica alguna, durante un periodo de su vida y durante unas horas al día, que no les ofrece nada parecido a una formación de calidad y que, en su lugar, construye la ilusión jurídica y mediática de una libertad vacía (la metafísica libertad de elección o libertad de consumo, que no es más que mera indiferencia por ignorancia), ejerce su hastío y el afán de rebeldía generacional en los rincones que el sistema, no disciplinar sino ya de control y efebolátrico, en el que no aparece constricción explícita relevante a sus deseos, les deja: el botellón. Sin un mínimo de conocimiento histórico, político, filosófico, la autoridad aparece meramente como la fuerza que se opone a la diversión de fin de semana. No seré yo quien se oponga a la defensa de los placeres. Pongo en duda, sin embargo, la calidad de ciertos placeres (según la línea de Epicuro y Lucrecio) y, fundamentalmente, me veo en la obligación de analizar las causas de este fenómeno, que es sintomático, no esencial.

Estas generaciones son producto de la democracia parlamentaria parida por la Santa Transición y, en particular, formateadas por un sistema educativo que responde al diseño postmoderno de la Pedagogía triunfante, cuyo fracaso ya ha sido constatado en otros países europeos (por ejemplo, Suecia, caso ejemplarmente estudiado por Inger Enkvist), así como al auge de los medios de comunicación pletóricos (masivos).

El marco jurídico que el paradigma LOGSE constituye, y que la LOE no remedia, produce oleadas de sujetos sin cualificación pero que tienen a su disposición el tiempo «libre» (vacío) y los bienes materiales que no se han ganado en su mayoría, y esto no por una especial maldad o inutilidad generacional, sino porque son producto de un sistema legal y material que convierte en excepcional cualquier otra opción y que los condena a una ignorancia autosatisfecha y demagógica en función de la cual cualquiera puede opinar (y llevar sus opiniones hasta la agresión a los semejantes) sin necesidad de conocimiento alguno. Esos periodos de tiempo muerto que los jóvenes pasan en entidades escolares de tránsito, en las que no tienen nada que hacer, que prorrogan en sesiones completamente inútiles y, en consecuencia, contraproducentes para sí y para los demás el acceso a un puesto de trabajo cualificado, empujan literalmente a fenómenos como el que comentamos. El botellón no es, en sí mismo, mejor ni peor que otros ritos iniciáticos de grupos de edad de otras épocas. Es, eso sí, el síntoma de una enfermedad social que ningún responsable político parece realmente dispuesto a afrontar y que no se resuelve con medidas voluntaristas ni buenas intenciones, del tipo «ocio sano». Cuando hasta en las escuelas o ayuntamientos se habilitan espacios para los grafitis y las manifestaciones antisistema, convirtiendo en legal lo que no lo era, a la sobreabundancia de rebeldía juvenil, anestesiada por estos dispositivos de la sociedad de control, se le han arrebatado los obstáculos contra los cuales erigirse y, en consecuencia, se manifiesta eventualmente por otros canales.

El sistema educativo vigente resulta hasta tal punto esquizofrénico que produce simultáneamente individuos sin más convicción que la del weekend y las drogas al alcance de cualquiera, además de los clichés ideológicos de moda, y perfectos fanáticos en la periferia estatal (esa especie de hitlerjugend de los nacionalismos étnico-lingüísticos). Los primeros se construyen la identidad que la instrucción y la formación técnica o académica no les proporcionan, por no tener entidad, en los parques de las ciudades (como el protagonista de Quadrophenia). Los segundos son constructos ideológicos de un adoctrinamiento sistemático. De ahí que presentar lo de Pozuelo como una variante de la kale borroka implique, cuando menos, una falta de rigor, pues omite la diferencia causal de ambos fenómenos. Pero, al mismo tiempo, justificar el segundo, por ser producto de un supuesto conflicto territorial y estar basado, por tanto, en unos «principios» para privilegiarlo con respecto al segundo, ayuno de «principios» y alimentado por el mero entretenimiento, es demagogia barata.

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Categorías: Diagnósticos, Panlogsianismo

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5 comentarios en “Agresividad sintomática”

  1. 18 diciembre 2009 a 12:03 #

    De una lucidez aplasante, como siempre. Felicidades.

    • 19 diciembre 2009 a 11:07 #

      Mil gracias, querido lector. Aclarar la confusión de la realidad es lo que uno intenta con la escritura.

      Un saludo
      José Sánchez Tortosa

  2. Alonxo
    18 diciembre 2009 a 20:40 #

    No estamos en el mejor de los mundos; nuestro sistema educativo no es el mejor de los posibles, ni mucho menos; los “individuos” no conforman la mejor generación de los últimos 100 años…Pero, de eso a afiliarnos al Apocalipsis, el mismo que todos los días nos pregonan los medios de la derecha española, hay un abismo, un gran abismo.

    • 19 diciembre 2009 a 11:17 #

      No sé a qué se refiere el amable lector exactamente con lo de “afiliarse al Apocalipsis” que “pregonan los medios de la derecha española”. La situación de la enseñanza en España es catastrófica y algunos tratamos de argumentar en qué condiciones se encuentra y cuáles pueden ser sus causas. Introducir elementos retóricos para asustar al lector, esos términos ante los que la “buena” conciencia mediáticamente producida reacciona, como los perros de Pavlov, mostrando rechazo inmediato, no es argumentar. Etiquetar toda crítica e intento de análisis como “estrategia de la derecha” exime del esfuerzo de la dialéctica y del pensamiento. Ante lo que nos enfrentamos no es ante el Apocalipsis (ese recurso lo dejo para los espíritus católicos que se creen “agnósticos” o “de izquierdas”), sino ante el vacío, la ausencia de una formación intelectual sin la que estamos abocados a la barbarie o a sus variantes más sofisticadas: fascismo, nacionalismo (socialista), populismo…

      Un saludo y gracias por el comentario

  3. 25 diciembre 2009 a 12:14 #

    Sí, excelente artículo. El problema, ya lo he dicho en este blog y en otros, reside, a mi juicio, en la recusación general de la autoridad. El ensayo de José Antonio Marina, “La Recuperación de la Autoridad”, estudia con pormenor histórico las raíces ideológicas que sustentan la actual crisis de la autoridad. Una serie de creencias formidablemente torticeras ha arraigado en el común de las gentes, y lo peor es que los catastróficos resultados anejos, tan evidentes y abultados, no sirven, en muchos casos, sino para que los mismos afectados (principalmente padres) se hagan más fuertes en el error. Es decir, si “el niño no hace sus deberes, escolares o domésticos, es porque no he dialogado lo suficiente con él: volveré a intentarlo.” Demasiados padres (pero también maestros y profesores) tropiezan una y otra vez en la misma piedra. Recuerdan la redoblada fe de aquéllos que anuncian el fin del mundo y luego no se cumple. Da igual, ellos siguen creyendo en esas profecías.

    No sólo la escuela está sufriendo esta crisis de la autoridad. En los hogares, la misma ley prohíbe a los padres dar un cachete a los críos, so pena de pasar por maltratador. La Ley del Menor abunda en la misma anemia correctora; tanto, que es de todos sabido que algunos adultos desaprensivos utilizan a menores para delinquir. Las fechorías de los menores quedarán impunes. En los centros educativos ya sabemos lo que hay. Es decir, el desaguisado está enraizado en las casas, la calle y los centros educativos. Los vándalos de Pozuelo no han hecho otra cosa que trasladar la barbarie aprendida en casa a las calles de su localidad.

    Quiero creer que esta lamentable situación es todavía reversible.

    Saludos.

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