La vaca especialista, o un establo de calidad

Cuando ascendieron al cargo de jefe del establo a Gabi London hacía mucho que aquella explotación ganadera no era lo que debería ser.

Aunque la larga fila de vacas, gordas y lustrosas, con sus ubres plenas enganchadas a las máquinas de ordeñado automático no era precisamente la imagen de un mundo lleno de problemas, los dueños de la explotación estaban preocupados: el rendimiento medio por vaca no alcanzaba el nivel programado en el Plan Rector.

Una empresa de asesoramiento y auditoría de procesos productivos, encargada además de otorgar el certificado de calidad T PISO 150.000 se hizo pronto cargo de la situación y organizó un cursillo para gerentes de establo en el que se especificaron minuciosamente los procedimientos a seguir para alcanzar la excelencia bovina.

Gabi era hombre de talento, así que aplicó pronto sus iluminadores aprendizajes; pasó largas horas observando a las vacas y midiendo los ritmos de su vida. Las oía mugir y removerse torpemente, sin apenas espacio, atadas a una pared de la que no podrían apartar la vista aunque quisieran. Anotó datos, desarrolló estadísticas complejas, elaboró indicadores precisos y se devanó los sesos en interminables reuniones con colegas, con los empleados y hasta con los veterinarios de la Consejería de Agricultura.

Un día, durante su deambular pensativo por el establo, se detuvo ante una vaca joven. En cuanto la vio comprendió que estaba contemplando a un animal de singular inteligencia: El gesto agudo de su rostro y el rítmico menear de su rabo lo confirmaban plenamente. Y la vaca le habló:

Gabi London, buen encargado, no doy toda la leche que debo.

Conmovido, el hombre interrogó al animal:

-Y dime, inteligente vaca, ¿Cómo podría aumentar tu producción?

-Escucha, Gabi, lo que te he de decir. Parte de mi energía, que bien podría dedicar a producir leche, la malgasto en el inútil movimiento de mi rabo. Córtamelo.

Entusiasmado, Gabi London aplicó la idea al momento y ordenó que cortaran el rabo a todas las vacas del establo. Mas la vaca parlanchina habló de nuevo:

Gabi, bien está lo que has hecho. Fíjate sin embargo en la gran cantidad de energía que desperdicio en el crecimiento de esta inútil cornamenta. Elimínala.

Gabi hizo caso de inmediato y ordenó a sus obreros de confianza que cortaran los cuernos a todas las vacas. Ellos obedecieron sin rechistar. El animal, todavía insatisfecho aunque bastante más cómodo, tomó de nuevo la palabra:

-Atiende, Gabi London, una nueva observación.

-¡Habla, querida vaca lechera, reina de las productoras! Dime qué deseas en esta ocasión.

-Aunque estoy atada estrechamente a este abrevadero aún preciso de una buena porción de energía para tenerme sobre mis patas. Parte de ella la malgasto en los breves pasos nerviosos que doy cuando me hace daño el artefacto de ordeñe. Por favor, Gabi, por favor, ¡Córtame las patas!

Dicho y hecho. London en persona dirigió la amputación de las patas de las vacas a las que hubo que colocar sobre soportes de madera para que las ubres quedaran a una correcta distancia del suelo. Pero la joven res aún insistía:

Gabi, todavía sufro mucho. ¿Cómo puedo producir todo lo que debo si pierdo fuerzas mirando inútilmente la estúpida pared vacía de este bellísimo establo? Un último favor: Arráncame los ojos. Ver no forma parte de  nuestro mundo moderno.

Casi en éxtasis el eficaz encargado ordenó a sus guardianes que extrajeran los ojos de las cuencas de todas aquellas moles de carne con enormes y pendentes ubres. La maniobra se llevó a cabo sin que se produjera la más leve protesta.

Y la vaca dijo:

-Gracias, Gabi.  Ahora sí produciremos buena y abundante leche.

A lo que London respondió:

-Amiga vaca, todavía hay algo más que hacer. Aún desperdiciáis vuestra fuerza productora en inútiles mugidos.

Y ordenó a los trabajadores del establo que arrancaran la lengua a los animales. Por fin, el establo quedó reformado.

Post Scriptum: Por supuesto no mejoró en nada la producción, pero fue declarada granja modelo y recibió premios y subvenciones sin límite. Y es que la tranquilidad también se valora…

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Categorías: Crónicas del País de las Maravillas

Autor:borjacontreras

Profesor de filosofía

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