Las imposturas del misionero 2: los estafadores

Estos días ha causado un gran revuelo la publicación por parte del profesor Ricardo Moreno del escrito “No es verdad que no sea verdad“, como contestación a un “manifiesto” ampliamente difundido desde Sevilla que sus firmantes titularon: “No es verdad“. Muchos de los contertulios de este blog y otros cercanos han dado buena cuenta del asunto: Pseudópodo, Antes de la cenizas, Waldenland25, Profesor en la Secundaria, etc.

El motivo no era para menos. Ricardo Moreno ha tenido la paciencia de responder párrafo a párrafo las sentencias del “manifiesto”, a pesar de que el escrito de referencia ofrece un piélago de incongruencias y de que en ningún momento se digna a precisar alguno de los términos que utiliza en sus afirmaciones. Aunque su lectura tiempo atrás nos provocase una gran irritación, se hacía muy difícil discutirlo, porque no contenía una línea que mostrase verdaderamente lo que los firmantes pretendían argumentar. La mayor parte de las afirmaciones sólo exponían consignas, posturas, banderines de enganche.

La oposición básica que subyacía a todo el pretendido discurso, la de una enseñanza tradicional mera transmisora de conocimientos frente a una enseñanza de ahora, participativa e “investigativa” (sic), se planteaba como una oposición indiscutible y que no hacía falta ni siquiera determinar, porque se entendía palmaria de puro diáfana, un algo en el que la banda estaba completamente de acuerdo, un dogma de la secta. Antes bien, en lugar de ofrecer explicaciones se trataba únicamente de dejar bien clara la postura ideológica, con un apoyo meramente sentimental:

“Los profesores que no hacen lo que nosotros decimos y hacemos no saben enseñar. Y por eso está fracasando un sistema educativo que es bueno y progresista pero que no puede prosperar con ellos, sino acatando lo que manifestamos nosotros”.

El grupo que apoya el “manifiesto” (la Red IRES) sólo pone en tela de juicio la competencia del profesorado. El resto de los parámetros son intocables: la situación social es un hecho que hay que aceptar, la situación económica es un hecho que hay que aceptar, la política educativa vigente es un hecho que hay que aceptar, la supuesta “modernidad” de los alumnos es un hecho que hay que aceptar, que la sociedad ha cambiado es un hecho que hay que aceptar, que a los alumnos no les interesa lo que los profesores “tradicionales” les enseñan es un hecho que hay que aceptar, que los alumnos no están dispuestos a aceptar los métodos de los susodichos profesores es un hecho que hay que aceptar, que los alumnos tienen un mundo propio que no coincide con el de sus profesores es un hecho que hay que aceptar… En suma, se trata de tener unas tragaderas de cien pares de cojones y no quejarse, porque quejarse es enfrentarse al mundo que hay, y que es incontestable y nos viene dado y como se te ocurra oponerte a él, vas a sufrir, y vas a provocar el sufrimiento de tus alumnos…

Nada de lo que hay debe cambiar, excepto los profesores, que son lo único que tiene que cambiar. Porque el profesor ya no puede ser lo que era, sino lo que tiene que ser ahora, esto es, el garante del mantenimiento del statu quo de los alumnos.

Ricardo Moreno, los colegas blogueros, los comentaristas, se han enzarzado, con toda la buena voluntad del mundo, en la discusión pedagógica, pero no se han dado cuenta de que esto importa muy poco. A los autores del “manifiesto” prácticamente nada. Su objetivo es muy otro: la imposición indiscutible de lo que hay, con el apoyo de los poderes a los que sirven y de los medios de comunicación que les amplifican. O dicho de otro modo: la implantación, aprovechándose de la discusión sobre la enseñanza, de una postura política.
No son más que agentes del poder del partido al que sirven -da igual cuál sea-. La enseñanza para ellos no es más que una excusa, un trampolín. Veamos un pequeño ejemplo que pone de manifiesto la torpeza de estos sujetos a la hora de plantear qué entienden por enseñanza, su falta absoluta de preocupación por el asunto que les parece preocupar. Se trata del comienzo de un programa de la televisión andaluza que lleva por título “El club de las ideas” y que a veces versa sobre educación:

¿A que parece que el presentador está de cachondeo? ¿A que parece una tremenda tomadura de pelo? Hemos visto a un profesor dando la charla, preguntándose y contestándose a sí mismo, mientras los alumnos asisten formalitos y calladitos sin inmutarse, sin mover ni un músculo. La clase no puede ser más ordinaria. El profesor habla, los estudiantes escuchan. Monotonía de lluvia tras los cristales. Lo único que parece alterar el cuadro es que el profesor se ha subido a una mesa, despatarrado (¡qué moderno!, habrá visto aquello de “¡capitán, mi capitán!”). Los sufridos alumnos asisten impávidos a la mostración en primer plano de las gónadas de su participativo profesor (estaría mucho más presentable, si lo que le gusta es la altura, subido a una tarima). Y el presentador del programa afirma, y reitera, como para convencerse a sí mismo: “Seguro que estas imágenes del profesor Fulanito dando una estupenda clase de Literatura participativaUna clase muy participativa, desde luego, la suya” Y continúa: “Estas imágenes le gustarán mucho a nuestro invitado de hoy… Le gustarán porque representan un modelo de educación abierta, participativa… (Lo vuelve a decir, por si no nos habíamos dado cuenta) Sin embargo, ¿no parecen representar la opinión que la mayor parte de la gente tiene de la educación?” (claro, porque según el dogma que se va a sostener en el programa, la mayor parte de la gente no desea una educación abierta y participativa, como la que tan magníficamente ofrece el soliloquio del profesor exhibicionista de sus gónadas, sino otra cosa mucho más mala y aviesa).

¡Es de chiste! Lo que viene después no tiene desperdicio, pero el arranque de la cosa ya nos pone sobre aviso de que lo que se va a contar es un timo, una trola. Una estafa.

A lo largo de la entrevista, dividida en tres partes, el catedrático de Didáctica Rafael Porlán (o sea, un señor que enseña a enseñar a otros que se dedicarán a enseñar y así hasta el infinito), alma promotora del “manifiesto”, entre otras, se muestra como un auténtico gañán, diciendo cosas que harían sonrojar incluso hasta a cualquier neopedagogo que tuviera dos dedos de frente. Algunos colegas ya han dado buena cuenta de sus majaderías (la de la tabla de multiplicar es para troncharse). Pero insisto. Le da absolutamente lo mismo. Le importa un carajo. No va al programa a explicar racionalmente una tesis, ofreciendo apoyos rigurosos y pruebas objetivas. Lo único que pretende es propagar una postura, convencer a la feligresía. El momento más sublime ocurre cuando, para ejemplificar que el alumno tiene “su mundo”, y que si éste no entra en la escuela aquél tampoco, acude a la experiencia de las 3.000 viviendas (¡hostias, las 3.000 viviendas de las pelotas, las de Zemos’98, el observatorio etnológico de los sevillanos!) y afirma que lo que hay que hacer es hablarles de las drogas y eso. Por supuesto, a los desgraciados hay que hacerles aceptable su miseria. Sus ejemplos acuden siempre al oficio de médico, al cuidado del enfermo.

La enseñanza no es una tarea que trata con lo saludable, sino una terapia, un oficio que se ocupa de lo patológico. Hay que traer los problemas de los alumnos al aula (el meta-enseñador repite en el vídeo lo de los problemas una y mil veces). La clase debe ser pura terapia. Los alumnos no son más que enfermos. El profesor ha de tener vocación para atenderles y para que vivan con dignidad su enfermedad. Tiene que mentalizarse y mentalizarlos. Lo que hay es bueno, ellos y sus profesores son los enfermos. Hay que hacerles ver que no tienen que buscar una solución. Que no hay más mundo que la mierda en la que viven. Que cualquier sueño de otra vida que la enseñanza les pudiera procurar no sería más que vana ilusión.

Y que hay que seguir votando a los que manden en la Junta. Eso es verdaderamente lo que este señor quiere decir. Lo satisfecho que está de lo que ocurre. Lo ufano que se siente con el apoyo que sus políticos otorgan a la renovación pedagógica. Lo contento que está con su plaza de enseñar a enseñar. Lo agradecido que está a los señores que le hicieron catedrático. Lo feliz que es, coño. Él, sano, entre tanto enfermo.

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Categorías: Crónicas del País de las Maravillas

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4 comentarios en “Las imposturas del misionero 2: los estafadores”

  1. pericogonoperro
    3 diciembre 2009 a 18:17 #

    ¿Fin político de la enseñanza? crear “zombies” para que en el futuro voten lo que se les diga, es la única manera de entender los métodos de estos “iluminados de la enseñanza”

    Saludos.
    http://www.lacasadelarcerojo.wordpress.com

  2. 4 diciembre 2009 a 21:37 #

    Hay discursos que dan asco, y que no merecen más que silencio. Para no darle mucho eco a la estupidez.

  3. 4 diciembre 2009 a 21:44 #

    En efecto, parece cachondeo (la presentación y la estupenda clase, una estupenda clase Potemkin). Es lo que hay.

  4. 6 diciembre 2009 a 4:17 #

    En este blog parece que estáis muy puestos en educación. He pedido explicaciones y nadie me explica esto,
    http://librosenriquerojas.blogspot.com/2009/09/biografia-documentada-de-enrique-rojas.html

    ni esto,
    http://librosenriquerojas.blogspot.com/2009/09/blog-post.html

    Llega un momento en el que no entiendo…
    Vosotros tenéis alguna explicación? Aunque si me la diese Gabilondo, sería mucho mejor.

    Me gustaría saber, si tambien en la educación partimos de la corrupción. Porque ¡vaya tela! lo que que este sujeto – Enrique Rojas -, se forra “educando”. Y, ¿qué haces? cuando vives en el país del chanchullo, donde nada importa y todo vale.

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