Ha llegado la hora

El 19 de octubre de 1917, Frank Stern y Jennie Baumgartner, de nueve años de edad, fueron detenidos en Nueva York por desórdenes públicos. Protestaban, junto a otros niños, contra el nuevo sistema de enseñanza -el Sistema de Gary, basado en la pedagogía de Dewey– que el Gobierno Estatal había implantado en algunos colegios de modo experimental. Lo consideraban poco exigente. Sabían que “aprender a jugar” los marcaría irremediablemente cuando, en el futuro, se tuvieran que enfrentar a retos para los que jamás habrían sido preparados. Estaban tan seguros de que el esfuerzo académico era algo necesario y lo único que les permitiría promocionar socialmente, que no dudaron en apedrear las ventanas de los colegios y arremeter contra los coches patrulla de la policía para que se tuvieran en cuenta sus reivindicaciones.

Es difícil concebir que una cosa parecida suceda en la actualidad. Corren otros tiempos. Nuestros estudiantes son muy diferentes a aquellos jóvenes airados, hijos de emigrantes judíos en su mayoría. La conciencia de progresar, de salir adelante -y la clarividencia que en ocasiones esto procura-, es hoy un espejismo. Pero no me lamento por ello y no culpo a los alumnos de ahora. Al fin y al cabo, son meros productos educativos, cobayas, durante décadas, de experimentos pedagógicos muchísimo más efectivos que los del Sistema de Gary. Tampoco siento vergüenza de quienes están detrás de la cortina. No me avergüenzo de esos gobiernos que jamás han sido míos. No me avergüenzo del influyente think tank pedagógico porque nunca le he prestado atención. Ni siquiera me avergüenzo de las familias, pues, como sus hijos, son los únicos que han perdido la partida.

Hoy me avergüenzo profundamente de mí mismo, de mis compañeros, de mi profesión. Me avergüenzo de nuestra tibieza y de nuestro silencio. Pero, sobre todo, me avergüenzo de nuestra infinita cobardía por haber sido espectadores privilegiados en este contumaz proceso de ingeniería social y por no haber movido un maldito dedo para evitarlo. Aquellos niños de hace noventa y dos años son gigantes que, como algunos ya han comentado, merecen una estatua conmemorativa en cada rincón, en cada plaza de nuestras ciudades. Nosotros, en cambio, nos merecemos únicamente lo que hoy poseemos. Nuestro enanismo cívico no da para otra cosa.

¿Por qué este cerote, esta pusilanimidad que se respira en todos los centros de enseñanza de Hispanistán desde hace décadas? De todas las explicaciones que se han ofrecido me quedo con la que tiene que ver con las reglas que imperan en este país de siervos voluntarios. Y es que, en realidad, los descorporeizados cuerpos de maestros y profesores jamás han tenido la posibilidad de tomar la iniciativa. El sistema siempre ha estado atado y bien atado por unos sindicatos verticales que han servido a sus propios intereses y a ese lado oscuro de la fuerza que se suele llamar “razón de Estado”.

Que la Administración considere únicamente a las asociaciones sindicales de la enseñanza interlocutores válidos para cualquier negociación no sólo no es democrático sino que pretende el control y el amordazamiento de toda disidencia. Y más teniendo en cuenta que éstas son subvencionadas por aquél, que su capacidad de influencia depende de unas elecciones con listas cerradas y que su máxima aspiración consiste en entrar en las diversas mesas sectoriales: agencias de clientelismo, blocaos de intoxicación política, figones de sinecuras. Por otro lado, en el improbable caso de que la mayoría de los sindicatos de la enseñanza no persiguieran el propio provecho, suponiendo que no fuesen indignos representantes de sí mismos, resultaría harto difícil que algunos se pudieran aventurar más allá de reivindicaciones laborales coyunturales, pues habrían de deberse a sus afiliados antes que al bien de toda la comunidad educativa. Sindicatos de clase como los STE’s, UGT y CC.OO., no podrían representar a profesores de ideología liberal o conservadora, o, más aun, a la inmensa mayoría de docentes sin un credo político definido; sindicatos profesionales como SIDI o cualquier APS, jamás estarían dispuestos a trascender el ámbito de los trabajadores interinos y de los profesores de secundaria respectivamente. Mucho me temo que aquellos particularismos hispánicos que denunciara Ortega son todavía lastres demasiado pesados.

Aun así, muchos profesores serían capaces, por ejemplo, de postergar cualquier dignificación salarial a cambio de una solución digna para el desastre educativo. ¿Cuántos no aceptarían seguir cobrando el mismo sueldo o disfrutar de menos vacaciones si eso supusiera una Primaria exigente, un Bachillerato y una Formación Profesional más tempranos y prolongados en el tiempo, una Universidad que buscase la excelencia, una recuperación de la autoridad del profesor en clase o el destierro de la ley de cualquier pedagogía sectaria y oficialista?

Pero lo triste, lo desesperante es que ningún docente encuentra respaldo. Mira a su alrededor y sólo descubre gremialismo, corrupción, ideología.

Pues bien, ha llegado la hora de denunciar sin miedo, claramente, en voz muy alta, que, tras décadas de estulticia manifiesta, ningún partido político, ningún sindicato han sido capaces de enderezar la situación porque ellos son parte interesada del problema; que, en definitiva, cualquier intento -por muy decoroso que éste sea- de influir desde dentro, está abocado al fracaso. Ha llegado la hora de tener por fin muy claro que la estrategia que trata de aprovechar las pequeñas grietas que el sistema abre descuidadamente es equivocada y sólo consigue alimentar el cuerpo al que se pretende dejar morir de inanición. Ha llegado la hora de derribar, por iniciativa propia, el gran muro de la vergüenza educativa, de apedrear sus ventanas, de pinchar las ruedas de sus coches patrulla.

Sí, ha llegado la hora de que los profesores unan sus fuerzas en una asociación que esté al margen de subvenciones y prebendas, en un movimiento civil de ámbito nacional, no regional -ni siquiera federal-, que aglutine a la mejor parte de colegios, institutos y universidades y que sea capaz de influir, desde fuera, desde la calle, desde la ciudad, desde la civilidad, en un poder al que -ni siquiera por omisión- jamás ha de volver a servir.

Existen leyes injustas: ¿debemos estar contentos de cumplirlas, trabajar para enmendarlas, y obedecerlas hasta cuando lo hayamos logrado, o debemos incumplirlas desde el principio? Las personas, bajo un gobierno como el actual, creen por lo general que deben esperar hasta haber convencido a la mayoría para cambiarlas. Creen que si oponen resistencia, el remedio sería peor que la enfermedad. Pero es culpa del gobierno que el remedio sea peor que la enfermedad. Es él quien lo hace peor. ¿Por qué no está más apto para prever y hacer una reforma? ¿Por qué no valora a su minoría sabia? ¿Por qué grita y se resiste antes de ser herido? ¿Por qué no estimula a sus ciudadanos a que analicen sus faltas y lo hagan mejor de lo que él lo haría con ellos? ¿Por qué siempre crucifica a Cristo, excomulga a Copérnico y a Lutero y declara rebeldes a Washington y a Franklin? […] Si la injusticia es parte de la fricción necesaria de la máquina del gobierno, vaya y venga, tal vez la fricción se suavice -ciertamente la máquina se desgasta-. Si la injusticia tiene un resorte, una polea, un cable, una manivela exclusivamente para sí, quizá usted pueda considerar si el remedio no es peor que la enfermedad; pero si es de tal naturaleza que le exige a usted ser el agente de injusticia para otro, entonces yo le digo, incumpla la ley.

Desobediencia civil. Henry David Thoreau

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Categorías: Soluciones

Autor:David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura. Administrador del blog.

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6 comentarios en “Ha llegado la hora”

  1. Lozano andaluz
    2 diciembre 2009 a 3:15 #

    … y deja que tu vida sea la resistencia que detenga (ojalá) la máquina. Lo que he(mos) de hacer es ver … que no me presto a cometer el mal que condeno.

    Querido David,
    Golfeando me has pillado con Thoreau por estas orillas
    del planeta.

    Gracias por la certeza. Gracias por la luz.

  2. 2 diciembre 2009 a 19:04 #

    Gracias a ti, Lozano. Y reitero la invitación que te hice días atrás.

    ¿Se suele leer todavía a Thoreau por allí?

  3. Lozano andaluz
    2 diciembre 2009 a 19:49 #

    Querido David,
    Pues una de las glorias de este sistema es que se lee MUCHO… Sí, se le lee en High School y en College…
    Es parte del canon de lecturas para el estudiante medio. Thoreau forma ciudadanos… y se nota.

    Gracias por la invitación, pero este sistema no es fácil y exige mucho al maestro. Pero quedo emplazado y comprometido con vosotros.

  4. 2 diciembre 2009 a 19:56 #

    Yo a Thoreau lo descubrí gracias a Frank Capra y a una de sus películas: “El secreto de vivir”. A partir de ese momento hice de Walden una lectura a la que siempre, tarde o temprano, vuelvo.

    Envidia me das con eso de “el canon de lecturas”. Aquí en España ha calado lo que Bloom llamaba “Escuela del resentimiento”. Se ha abierto tanto el canon que ahora, en vez de canon, es el coño, pero el coño de la Bernarda.

    En fin, amigo, un abrazo.

  5. Lozano andaluz
    2 diciembre 2009 a 20:13 #

    Esto parece un chat.
    Estoy pensando ofreceros algo -al comité de redacción- para Enero.
    Mis obsesiones: las novelas con protagonistas niños…

    Un abrazo.

  6. 2 diciembre 2009 a 20:17 #

    Impacientes lo esperamos.

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