Dogmas de la pedagogía oficial (5). Legalismo

Diré cómo nacisteis, placeres prohibidos
como nace un deseo, sobre torres de espanto.

Luis Cernuda

Uno sale a la calle
y besa a una muchacha o compra un libro,
se pasea, feliz. Y le fulminan:
Pero, cómo se atreve?
¡ El arquitrabe!

Jaime Gil de Biedma

Hace años, era uno joven y confiado, me preguntaba una compañera si había leído no sé qué del BOE, le respondí que pudiendo leer a Cernuda no perdería el tiempo con la prosa del boletín del estado; ella, con visión de futuro, me contestó que había tiempo y momentos para cada cosa; tal sugerencia me pareció un indigno pasteleo, y he seguido siendo muy reacio a entretenerme con el discurso de los boletines -aunque alguno me voy mirando ya, no se crean-.

Desde entonces las alusiones a leyes y boletines se han multiplicado en un vertiginoso crescendo, en consonancia la poesía ha ido desapareciendo de nuestros colegios e institutos; pocos alumnos de 2º de Bachiller -aun siendo de “letras”- cursan hoy literatura española, y ya es raro -un milagro, vamos- que alguno de ellos conozca a Luis Cernuda; mi amiga, sin embargo, es ahora inspectora en una de las múltiples delegaciones de educación y empieza a sonar para una vicepresidencia.

Desde principios de los noventa hablar de educación ha sido sinónimo de apelar a la LOGSE o renegar de ella, al hacer esto se nos escamoteaba la cultura y se sustituía por un discurso político -en el peor de lo sentidos-, un discurso partidista, sustentado por prejuicios y vacío de contenidos, un discurso que alimenta silencios, bandas y banderías, y en el que la prueba de nuestros argumentos se funda en nuestra pertenencia a esta o aquella formación política, a este o aquel equipo, a este o aquel proyecto. La indudable crisis de nuestro actual sistema educativo tiene entre otras causas la ausencia de un auténtico debate en cuestiones educativas; en lugar de “ir a las cosas mismas”, el pseudodebate educativo se ha agotado en señalar La Ley, que parece concebirse como intocable emanación del Absoluto -o en su caso del Maligno-, la ley -con sus múltiples artículos- que emana innumerables decretos y casi infinitos reglamentos. Se teje así una telaraña jurídica al servicio, ¡ay!, no de la justicia, sino de la justificación de un depauperado estado de cosas.

Supongamos que alguien no está de acuerdo con alguna medida concreta que se toma en su centro, -algo tan terrenal y concreto como las guardias de patio, por poner un ejemplo-, entonces ante una hipotética protesta se le indica La Ley de tal manera que el cambio de esa medida aparenta suponer una enmienda a la Constitución; hechos como estos -que aunque productos de mi fantasía son totalmente reales, “también la verdad se inventa” decía Antonio Machado– disuaden a cualquier persona sensata de hacer propuesta alguna. Una de las discusiones, que a estas alturas ha tenido lugar en cada uno de los centros de España, concierne al tema de las expulsiones; en muchos centros se impide al profesor expulsar a alumnos con el argumento de que al expulsar de clase se vulnera el derecho a la educación del alumno… ¡Ahí es nada! Si alguien osase comentar -como de hecho ocurre- que quizá el comportamiento de este alumno impide el derecho a la educación del resto -evidentemente también una renuncia voluntaria a la propia- la contestación podría ser que el profesor está falto de recursos para dirigir una clase, que debería acudir a los pertinentes cursillos de reciclaje, de mediación, de habilidades sociales o incluso se le puede sugerir que cambie de trabajo…, sí, como lo oyen…, todo menos conculcar el derecho a “la educación” del gamberrete de turno, el cual de otra parte queda perplejo junto al resto de la tribu ante las reflexiones de sus maestros, tal como en la aldea de Asterix pensaban: “están locos estos romanos”. Resumiendo, ante el intento de resolver un problema concreto de disciplina se te presentan con la Constitución bajo el brazo, y te señalan el artículo según el cual el acceso a la educación es un derecho de todos los españoles… Sin embargo en las pistas de baloncesto del municipio no se consiente que nadie pise sin llevar el calzado adecuado… Con tanta ley, decreto, y reglamento educativo tendrán que poner un ministerio fiscal en defensa del gamberro ante los variados dislates que provoca cada profesor, según algunos, obsoleto.

Ya pueden imaginarse cómo la contemplación de estos percances -que no pasan desapercibidos- ejerce una balsámica acción motivante sobre el alumno interesado en aprender, alumno estudioso -que milagrosamente persiste y persevera en aquellas prácticas de otrora, al margen de la ley benefactora-.

Pero el imperio del legalismo no se limita a las cuestiones de disciplina y autoridad sino que impregna cada una de las facetas del sistema educativo. Por ejemplo, las programaciones; si se comparan las programaciones de aquellos tiempos de Luis Cernuda con las del presente de Zafón, La catedral del mar y Harry Potter con sus cohortes de animaciones y dinámicas, no dejará de percibirse que hoy en cada programación se comienza por citar el BOE -o su correspondiente versión autonómica, claro está- como queriendo mostrar que se es respetuoso, obediente de la ley, libre de pecado y conocedor de anexos y circulares. Allí debe mostrarse que los contenidos están por la ley bendecidos, que se tienen previstas las correspondientes adaptaciones, que se someten a ley los procedimientos y las actitudes, los temas trasversales y la educación en valores, y, ¡cómo no!, las múltiples “actividades”. Y, como la gran mayoría de docentes no somos héroes, sino mas bien comedidos timoratos, y pendiente como se está de la Espada de Damocles del legalismo, se acaba por mutilar la reflexión personal, la originalidad, la creatividad, la autenticidad, la sensatez, la prudencia y el buen gusto, que podrían dar lugar a documentos ricos en vivencias, en experiencia, en planteamientos realistas y acordes a los sujetos de la educación. En su lugar se generan estériles y farisaicos escritos para demostrar observancia de la ley.

Es en el ingente papeleo donde el espíritu del legalismo alcanza su parusía -en los montones de papeleo agotador e inútil; en la mimesis de la burocracia, el formalismo y el humo coloreado-.

… que se han hecho adaptaciones pues enumérense los objetivos, los materiales, las criterios de evaluación, y los datos del adaptado -hágase por triplicado- … los informes de evaluación personalizados -también por triplicado-… que consten partes de faltas y firmas de enterado… amonestaciones… papeles para la reunión de padres y para la elección de delegado… autorizaciones de los padres para las actividades extraescolares, para subir en autobús o para ver cierta película… y papeles, papeles, más papeles… para la conferencia de la droga y la de seguridad vial, para el cursillo de risoterapia, el de Astrología y el de psicología transpersonal… los papeles del viaje a Utrera y Castellón… no se olviden de los puntos que valen para el sexenio…

Cada paso que usted dé debe quedar convenientemente consignado y burocratizado, de lo contrario no fue nada; o peor aun, puede ser un paso en falso; “burocratizo, luego existo”, “burocratizo, luego estoy a salvo”, son lemas que iluminan los entresijos de la docencia en una época que presentía Hölderlin cuando se preguntaba: y para qué poetas en tiempos de penuria.

¿Qué oye?
El fragor de las trituradoras de papel.

Wislawa Szymborska

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Categorías: Diagnósticos, Panlogsianismo, Soluciones

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7 comentarios en “Dogmas de la pedagogía oficial (5). Legalismo”

  1. Mari Cruz Gallego
    26 noviembre 2009 a 15:49 #

    Muy bueno el artículo. Esta mañana me he encontrado, a la vez, con dos situaciones enfrentadas: tenía en mis manos un viejo manual de Literatura Española del antiguo 2º de BUP (mucho más viejo que los que yo utilicé). Es el libro clásico de Anaya de Lázaro Carreter y Vicente Tusón, ese sin dibujos y lleno de Historia de la Literatura y textos para comentar.
    Junto a mí estaba el psicólogo de mi centro con otro compañero que había puesto dos amonestaciones a una alumna: la primera por provocar una pelea en el aula, la segunda por falsificar la firma de los padres en dicho primer parte. Esta segunda amonestación le había costado la expulsión, de ahí que el psicólogo viniera a pedirle al profesor que quitara ese segundo parte y que entendiera que “la alumna no había falsificado con mala intención la firma, sólo había querido evitar el castigo de sus padres, acción justificada y entendible y que no merecía ser castigada” y que “lo mejor sería olvidarlo todo e intentar integrar a la alumna en clase”, para lo cual le ofrecía una serie de papeles para rellenar a la vez que meditaba sobre su labor con dicha alumna.
    Yo me he quedado mirando el libro y lo digo en serio, casi lloro.

  2. Borja Contreras Ortiz
    26 noviembre 2009 a 16:30 #

    Yo usé ese libro, Mª Cruz. Mi profe de literatura era de los de enumerar características de la época en cuestión, y yo pasaba las horas leyendo la antología de textos del manual.
    Ese viejo libro me ayudó a amar la literatura y lo conservo como oro en paño…
    Eso es lo que me duele que se pierdan.

  3. 26 noviembre 2009 a 16:49 #

    Si me permitís, añado también mi apunte nostálgico.

    El libro que mejor recuerdo es el de Literatura de 3º de BUP. El libro era el profesor, que siempre acudía a clase con lo puesto. Ni en la carrera volví a asistir a clases como aquéllas. Lectura obligatoria en mano (El Cid, Milagros de Nuestra Señora, las Coplas, La Celestina, la Poesía Completa de Garcilaso, el Lazarillo, el Quijote, la Antología de Quevedo, La vida es sueño, las Rimas de Bécquer y Miau de Galdós) nos mataba a apuntes. Aún conservo esas ediciones, llenas de notas al margen y de algún verso hormonal, ay, escapado sin querer…

  4. serenuszeitb
    26 noviembre 2009 a 17:37 #

    Cuidado con la melancolía; que os vendrán aquello de “cualquiera tiempo pasado…
    Comparto la opinión que Borja expuso en otro comentario, donde decía que lo que nos queda es intentar ser buenos profesores, es decir, ir a clase con Cernuda, Mann, Kant , Coetzee, Borges, Darwin, Newton…(mientras se pueda) y por eso, no acabo de compartir el nombre de este blog, aunque comparto las opiniones que en él se vierten…

    ¡A las cosas mismas! compañeros

    Comprendo, Mari Cruz, tu sentimiento de desolación, pero hay que endurecerse en estos ” tiempos de penuria..
    .”, así que si te gusta ese libro, pues nada, a utilizarlo.

    Saludos.

  5. serenuszeitb
    26 noviembre 2009 a 17:39 #

    Léase:

    “que os vendrán con aquello de…”

  6. 26 noviembre 2009 a 19:30 #

    Serenus:

    estarás de acuerdo conmigo en que se puede ser “buen profesor” sin tener que ser “educativo”, según se entiende esto de ser “educativo” en la corriente doctrinal que nos legisla.
    Lo peor de lo “educativo” es lo que gracias a ello se te cuela por la retaguardia cuando menos te lo esperas. Mira el siguiente texto:

    “A la luz del principio de libertad religiosa, la acción educativa respetará el derecho fundamental de los padres sobre la educación moral y religiosa de sus hijos en el ámbito escolar.
    En todo caso, la educación que se imparta en los Centros docentes públicos será respetuosa con los valores de la ética cristiana.”

    Es el artículo 1 del Concordato con la Santa Sede de 1979. Un prestigioso hombre de leyes dice a propósito: “Ante estos datos, y desde una aproximación democrática y laica, es lógico recelar de un Concordato con la Santa Sede, negociado desde 1976 por políticos vinculados a la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, hecho al margen de la Constitución, y que cae sobre ella como una pesada losa que se impone sobre toda su legislación y que compromete internacionalmente la voluntad del Estado, generando responsabilidad por su incumplimiento. España ha queda así hipotecada por un Concordato, que tan solo puede modificarse con un nuevo acuerdo entre España y la Santa Sede y que no prevé la posibilidad de renuncia o retiro unilateral, siendo nula cualquier ley o disposición normativa de rango inferior contraria a sus disposiciones.”

    Lo “educativo” es el lugar vacío en el que ocurre cualquier cosa. Es el lugar de “tócame Roque”. No creo que un “buen profesor”, para serlo, tenga que depender de éste lugar de los chollos, de este espacio trinco-trilero.

    P.D.: en 8ª de E.G.B., mi profesor de Lengua, don Julián (¡salud, maestro!), nos recomendó comprar la “Literatura Española” de Teide de 2º curso de BUP. Después estudié el de Anaya, pero a aquél le cogí un especial cariño. Lo tengo delante del teclado, con unos horribles subrayados a bolígrafo de la canalla de mi hermana.

  7. serenuszeitb
    26 noviembre 2009 a 20:33 #

    Prefiero, Antonio, por los motivos “prácticos” que sugieres el termino enseñanza y sistema de enseñanza, al de educación y sistema educativo. Pero me parecen términos idénticos y una polémica esteril acerca de nombres.

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