Cómo entontecer

La costumbre es la gran guía de la vida humana”,

escribió ese escocés impenitente llamado David Hume. Hasta tal punto tiene poder la costumbre que cada persona puede llegar a convertirse en otra si se acostumbra a ser tratada de un modo determinado:, si a alguien se le dice todos los días que es el ser más bello de la Tierra, es más que probable que termine creyéndolo y comportándose como si fuese el mismísimo Apolo.

Esto puede ser aún más abrumador e inevitable si hablamos de personas en ciernes, es decir, de los niños. Estos no son nada tontos. Pero, si durante toda su infancia, adolescencia y juventud se les trata como si lo fueran, es muy probable que terminen siéndolo. El ser humano es muy capaz de ir contra su propia naturaleza si eso resulta más cómodo y, sobre todo, si eso se adapta al entorno que le rodea.

En España, sobre todo por culpa de la derivada de las ciencias empíricas conocida como psicopedagogía, la educación se ha convertido en algo cómodo, fácilmente superable e incluso divertido. Lo importante es que todo el mundo termine el colegio aunque eso perjudique a la excelencia y fomente el trato del chaval como si no pudiese llegar a nada más que a los mínimos establecidos. Es decir, se ha creado un modelo educativo que trata a los estudiantes como tontos de solemnidad.

En España basta con conocer mínimamente el sistema para confirmar lo que digo. En la Educación Primaria todo consiste, desde la perspectiva psicopedagógica, en evitar cualquier tipo de trauma al chaval. Se ha llegado a escribir que corregir con boli rojo puede ser perjudicial para la autoestima. El principio, en sí mismo no tan absurdo, llevado hasta el extremo consiste en montar un camino vacío de contenidos, plagado de experimentos docentes y en clara y favorable cuesta abajo para que todos los niños lleguen a secundaria sin necesidad de esforzarse lo más mínimo. Lo curioso es que se sabe bien que el cerebro se forma y consolida sobre todo hasta los once años, que es cuando termina la Primaria. Cuando más se puede aprender, menos se trabaja. Se consigue que nadie fracase a costa del esfuerzo y el mérito y a costa, sobre todo, del desarrollo intelectual tanto en su vertiente meramente cognitiva como en el sentido moral, ciudadano, personal…

Después de este primer paseo absurdamente sencillo, en Secundaria, cuando se comienza a exigir, sólo un poquito, a muchos alumnos parecen levantárseles muros infranqueables. Y eso que, insisto, el plan de estudios es ridículo, sobre todo comparado con el de hace veinte años (que a su vez era mucho más fácil que los anteriores). Todo es muy sencillo pero a los estudiantes les resulta muy difícil porque se les ha tratado como si fuesen incapaces de casi todo. Aunque el cambio en el trato es nimio, para muchos alumnos comienza una cuesta arriba muy empinada. De ahí que el fracaso escolar menudee aun cuando hablamos de una cantidad ínfima de contenidos.

Los que “superan” la Secundaria y llegan a la Universidad, aparte de saber muy poco, apenas tienen un sentido del deber ni una noción de lo que significa el esfuerzo continuado y la auténtica excelencia académica. Por eso también los estudios superiores han bajado el listón, y así los actuales licenciados tampoco saben casi nada. Pero resulta trágico que esos chavales, a los que siempre se les ha tratado como menores mentales, sean incapaces de percibir sus propias carencias, su enorme y trágica ignorancia. Y ya sabemos que no hay nada más osado que el desconocimiento.

Todo esto podría ser menor si, cuando menos, estos sujetos tuviesen una desarrollada capacidad ética y ciudadana. Pero, ¡menuda sorpresa!, ahora resulta que la escasez de conocimientos, la incapacidad para el esfuerzo y el desprecio por el trabajo y el mérito lleva, en muchos casos, aparejada una completa incapacidad moral. Así, muchos de los actuales graduados universitarios no saben nada, no saben que no saben y para colmo son amorales.

Si se trata a un estudiante, desde su más tierna infancia, como a un completo idiota al que no se puede perturbar con conocimientos, esfuerzo y un mínimo de exigencia, el sentido común dice que lo lógico es que los resultados sean los que son: terroríficos, amargos, temerarios. Pero la psicopedagogía, como todas las ciencias empíricas, paradójicamente resulta incapaz de ver lo obvio.

Aunque lo realmente paradójico es que con este sistema, hijo de la progresía más extrema, lo único que se esté consiguiendo es que la única auténtica formación la reciban aquellos chavales con un entorno familiar ético y con posibles, conocedor del significado del esfuerzo y amante de la excelencia. Es decir, la educación universal creada bajo esta perspectiva está creando un nuevo concepto de élite. El hecho de que la mayoría de los políticos lleve a sus hijos a colegios privados -o al extranjero- es ciertamente revelador.

En definitiva, cuanto más conozco cómo funciona nuestro sistema educativo, más ganas tengo de dar la enhorabuena a sus creadores; sea lo que sea lo que estén buscando, lo están consiguiendo. ¿O es que los primeros tontos son ellos?

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6 comentarios en “Cómo entontecer”

  1. Borja Contreras Ortiz
    17 noviembre 2009 a 16:53 #

    Cuando leo esto, David, lo enlazo sin dificultad con el artículo de Mª Cruz Gallego “otra mentira más”.
    La infantilización de las nuevas promociones, su escasa madurez, viene de la mano de la escasa responsabilidad que se les otorga.
    En la tan mentada LOGSE se hacía hincapié en la necesidad de que el alumno tuviese “una visión ajustada de sí mismo”. Pero al mismo tiempo se hace imposible el mandato al impedir que el alumno se “mida” consigo mismo, sea consciente de su capacidad de autoexigencia.
    Al alumno se le proporcionan millones de excusas por su mal desempeño. Observa cómo -y esto, como siempre, es una generalización. Que me disculpen quienes no actúan en este sentido- sus padres culpan al profesor, los medios hablan de todo menos de sus obligaciones, el mito de la “motivación” se convierte en dogma (otro para “antes de las cenizas”) y se tiende a interpretar como patología cualquier circunstancia que implique rechazo al esfuerzo o miedo al fracaso. Esto, además de perjudicar a quienes sufren auténticas patologías, convierte al sujeto en un eterno niño.
    La reacción a la infantilización suele ser extremar la vigilancia y el control. Guardias de recreo, puertas cerradas… Medidas que sólo logran acentuar la situación indeseable.
    ¿Desde cuándo los institutos parecen cárceles? Desde la aplicación de la LOGSE. Desde que se convierte en obligatoria una actividad que para funcionar bien requeriría, inevitablemente, de la aquiescencia del beneficiario.
    Un buen amigo funcionario de prisiones gusta de comparar su trabajo con el mío. En un número excesivo de ocasiones sus comparaciones tienen éxito.
    Y ahora, obligatoriedad hasta los dieciocho…

    • Borja Contreras Ortiz
      17 noviembre 2009 a 17:29 #

      He puesto David donde debería decir Daniel.
      ¡Mil disculpas!

    • 17 noviembre 2009 a 20:21 #

      Daniel, Borja,
      hace tiempo que le doy vueltas a un artículo sobre esa pérfida relación que se ha instaurado entre la infantilización de la enseñanza que denuncia Daniel y la conversión de los Institutos en centros de confinamiento que advierte Borja. Curiosamente la permisividad de un poder político “dialogante” (que es ficticia, porque el Estado no suprime la policía ni el Ejército), eliminando supuestamente el autoritarismo y el castigo de las aulas, promoviendo la total impunidad académica y civil del alumnado, por otro lado lo aisla y recluye (dice que por su “bien”, porque es “menor” y precisa ser “custodiado”), negándoles incluso a los muchachos que siempre habían sido considerados suficientemente autónomos, los bachilleres, la más elemental independencia y responsabilidad. Nosotros seremos “deseducativos”, pero el actual sistema de enseñanza es, sin la menor duda, “antieducativo”.
      Un saludo, colegas.

  2. 17 noviembre 2009 a 22:18 #

    Al hilo de vuestros comentarios, me viene ahora a la mente la famosa frase de Malaparte, cuando definía el fascismo. Decía, creo recordar, que en dicho régimen lo que no estaba prohibido era obligatorio.

    Pues eso.

  3. Progreta
    18 noviembre 2009 a 18:16 #

    ¿Insinúa que debería aumentarse el nivel de exigencia? ¿Instaurar el culto al mérito, a la excelencia, a la cultura y al afán de saber? Debe usted estar de broma. Yo quiero que mis hijos obtengan un título, aunque no sepan hacer la “o” con un canuto. Y por supuesto tener un sitio donde aparcarlos durante el día, mientras me ocupo de mis asuntos. Además, la buena enseñanza es para los ricos, que pueden pagarla. Los que no tenemos posibles y no podemos elegir entre educación pública o privada, queremos una enseñanza de mierda de la que no podemos escapar. ¿En qué se ha creído usted que consiste ser padre? Vamos hombre…

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  1. La Deseducación en España: el NO esfuerzo, la NO excelencia, el NO mérito y la NO moralidad « Nauscopio Scipiorum - 25 noviembre 2011

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