El legado de la LOGSE

legado logseLa LOGSE fue -es, porque sigue viva, empeorada y se llama LOE- seguramente la mayor desgracia de cuantas la gobernación socialista trajo a España. Ni la corrupción, el nepotismo, los sellos de Roldán, la toma funcionarial del Estado, el GAL o el inicio de la ruptura sentimental de España, con ser asuntos gravísimos, pueden compararse con las consecuencias que el conjunto de leyes educativas producidas por los gobiernos del PSOE desde su llegada al poder, en 1982 (y de las que la Ley de Ordenación General del Sistema Educativo constituyó la pieza maestra), han supuesto y supondrán para el futuro de los españoles.

En esta tragedia bufa, en esta opereta de tenores huecos (Maravall, Solana, Marchesi…) y malvados de película de serie B (Rubalcaba) que ha sido y sigue siendo la enseñanza socialista, se dio entonces una alianza histórica, una confluencia de intereses y rencores largamente incubados: algunos docentes de cuerpos inferiores que aspiraban, desde los llamados MRP (Movimientos de Renovación Pedagógica), a ascender y adueñarse de los centros de Bachillerato sin hacer méritos para ello (y desde luego no estoy hablando de aquellos viejos y extraordinarios maestros nacionales, los primeros con los que acabaron); sindicalistas que se liberaban y autopromocionaban sirviendo a los anteriores; profesores de universidad que buscaban el blindaje del acceso a unas plazas cooptadas; pedagogos y psicólogos que, desde la esencial inutilidad de sus falsas ciencias y sus cátedras sobrevenidas, necesitaban justificar y extender su concepción tecnocrática de la vida y la enseñanza y hacerse con el poder educativo; y, en fin, unos políticos que, no sabiendo muy bien qué hacer, necesitaban agitar banderas de enganche que encubrieran su entrega no al liberalismo, sino a su perversión, a su antítesis, el pelotazo solchaguesco -¡horror en el hipermercado, terror en los ultramarinos!-, con el que no podían presentarse ante unas clientelas que les exigían el “cambio, cambio, cambio”. Es decir, y ya entonces, ese doble juego de demagogias neorrevoaccionarias con el que siguen engatusando a España.

La argamasa de toda esta coyunda de intereses y resentimiento fue el odio a la instrucción, a la cultura, al mérito. Es decir, con precisión, a todo aquello que les impedía el medro y que, además, en su ignorancia, presentaban como representativo del orden burgués, de la injusticia social, sobre la que unas clases habían levantado una tradición de saberes y estéticas decadentes, rémora para la nueva sociedad que ellos estaban destinados a construir de la mano de la Historia.

De todos los intervinientes en este monumento a la psicotontería destacaremos la alianza entre el PSOE y las pedagogías constructivistas, que, unidas a la comprensividad y el igualitarismo (un solo camino para todos), ya habían arrasado grandes naciones, pero que aquí, en el país de los “frutos tardíos”, venían sostenidas por unos nuevos brujos, los pedagogos y los psicólogos evolutivos, cuya necia jerga impenetrable les hacía inmunes a la razón y la inteligencia. Y un país que creía estar necesitado de exorcismos en todos los órdenes de la vida cayó fascinado a los pies de ideas probadamente fracasadas, de la cretinización general, modernísima, que traían de la mano.

Lo destruyeron todo: un sistema educativo bastante bueno, que, sobre todo, aún estaba presidido por el sorprendente principio de que para aprender es imprescindible estudiar. Y lo sustituyeron por la nada, por la equitativa nada para todos, por el ataque a la excelencia, el trabajo, el saber, entre los alumnos y entre los profesores, hasta la desmovilización y el envilecimiento. Si la cultura selecciona, si es producto de una élite, si sólo la hacen los mejores, si éstos no son sino un resultado “de clase”, acabemos con ella. Si las diferencias están causadas por las condiciones sociales, si son las relaciones de producción las que nos determinan, si nada es posible en medio de la injusticia liberal-capitalista, eliminemos, con la ley en la mano, las diferencias: la educación ya no consistirá en obtener lo mejor de los hombres, en creer que la belleza y el conocimiento los llevarán a la plenitud, sino en que todos lleguen al mismo sitio, aunque para ello haya que bajar hasta el cero. O a “menos que cero”, como en la novela que nos reveló a Easton Ellis, donde el aburrimiento de quienes ya no tenían nada por lo que luchar conducía al encanallamiento y a la violencia. Y a eso lo llamaron la equidad, mientras ellos se dedicaban a forrarse y a llevar, como ahora, sus retoños a los mejores colegios de pago.

Así pues, cuando los humildes acababan de generalizar su incorporación a la Enseñanza Media -a aquella que nos proporcionaba la cultura general que ningún otro nivel educativo aporta (porque la universidad especializa) y, sobre todo, la curiosidad y el poso que nos permiten disfrutar de cuanto la vida nos ofrece luego-, lo que se les daba como menú era basura, enseñanza-basura, cultura-basura. Esto era lo que la izquierda, que decía venir a redimir a los desheredados, traía como regalo para ellos, para aquellos que sólo a través de la enseñanza podían acceder a los privilegios y los placeres construidos por los hombres durante milenios: la ciencia, las lenguas, el arte, la literatura… Y esa es la LOGSE como metáfora de una ideología que, a lo largo de sus múltiples experiencias, no ha hecho sino arrasar y dañar irreparablemente todo aquello que se ha cruzado en el camino de sus iluminaciones mesiánicas.

Aquí es donde El legado de la LOGSE, de Francisco López Rupérez, catedrático de Física con una larguísima experiencia en la administración educativa y la cooperación internacional, cobra toda su trascendencia. La apabullante aportación de datos que encierra, finamente hilados, clarísimamente expuestos, en español, con cuadros sinópticos, tablas estadísticas y esquemas transparentes, la convierten en la obra de referencia cada vez que necesitemos argumentos para rebatir las peregrinas justificaciones de una izquierda dogmática hasta el aburrimiento; cada vez que queramos no sólo señalar a este rey desnudo de la educación socialista, sino mostrar sus vísceras, sus últimos entresijos demagógicos, iluminados por la verdad inapelable del estudio de López Rupérez.

Bastará con algunos ejemplos. Frente a las excusas de una izquierda que siempre aduce la falta de inversión educativa del Gobierno del Partido Popular como causa del fracaso de la LOGSE, lo que López Rupérez nos muestra es que no hay una relación directa entre PIB, gasto en educación y resultados. Que el caso de Castilla-León prueba que una cultura del esfuerzo personal y la fe en la promoción social a través de la enseñanza, como valores familiares y sociales, son más importantes que las inversiones de autonomías mucho más ricas. Que con la LOGSE se ha producido un desastroso aumento de las tasas de abandono en la enseñanza secundaria, esencialmente, claro, entre los hijos de los trabajadores, lo que nos deja en situación de gravísima inferioridad para competir con las naciones emergentes. Y, sobre todo, que ello, que la falsa igualdad de aburrir a todos, es precisamente la que produce ese aumento de los abandonos y el perjuicio irreparable a los desfavorecidos.

Es decir, y casi como argumento central de este imprescindible El legado de la LOGSE, que es la falta de exigencia del sistema lo que condena a quienes no gozan de otra posibilidad que la enseñanza pública para “compensar las desigualdades sociales” -la frase favorita de los pedabobos de izquierdas- a la injusticia más sangrante de todas: la de la perpetuación de su ignorancia. Que son el rigor, la calidad, los que producen equidad, los que igualan; mientras que el igualitarismo lo único que propicia es, como tantas experiencias históricas nos han enseñado, la desigualdad. “La verdad pura, sin velo”, que decía Fray Luis. Quizás por eso ya no se estudia a Fray Luis. En fin, el legado de la LOGSE.

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Categorías: Panlogsianismo

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