Cervantes se jubila

Estuve este fin de semana, después de casi un año sin verlo, con mi amigo Agustín, compañero de carrera y de correrías que trabaja en el norte de este nuestro Hispanistán, en la vieja Castilla. Dos botellas de Pago de los Capellanes -Crianza de 2007- y la bendita madrugada dan para muchas cosas, sobre todo cuando la compañía es agradable y la memoria compartida. Resulta curioso darse cuenta de cómo, a medida que pasa el tiempo, el recuerdo se va convirtiendo en el único reducto de algo semejante a la felicidad. Y digo esto porque la conversación cambió de tono y la mirada se tornó grave sólo en el instante en que nuestra vertiginosa travesía nos trajo de nuevo al presente.

Agustín está bien, no se puede quejar. Aprobó las oposiciones el mismo año que yo y trabaja en Palencia desde hace tiempo. Le han tocado dos clases difíciles de segundo de la ESO y dos primeros de Bachillerato de los que apenas puede extraer dos frases seguidas sin faltas de ortografía. Este año, le digo yo, he tenido más suerte, pero sé muy bien a lo que se refiere. Él siempre ha sido más impetuoso, más osado. En la universidad se daba unos batacazos memorables con casi todos los proyectos que iniciaba. Las chicas -una de ellas le rompió el corazón-, el movimiento de objeción de conciencia, el sindicato de estudiantes, las mil y una novelas que empezaba y prestaba a sus amigos, todo era una carretera cortada, un abrazo de despedida. Al principio yo no podía comprender ese afán por la derrota, esa pertinaz ceguera que parecía mimar con devoción. Pero luego he aprendido a apreciarle precisamente por eso. De hecho, he agradecido íntimamente que Agustín continúe siendo Agustín, aquel que, recién nombrado funcionario en prácticas, tuvo los santos cojones de declararse profesor vocacional, apasionado de la enseñanza.

Quizá por ello la anécdota que me ha contado cobra ahora especial relevancia.

Resulta que hace dos semanas asistió a la cena de despedida de Antonio, don Antonio, compañero del Departamento de Lengua que se jubilaba. Antes de proseguir, ha puesto especial cuidado en hacerme una semblanza del personaje. Me ha dicho que es uno de esos profesores que ahora están en peligro de extinción. Me ha dicho que es Catedrático. Y también me ha dicho que tiene inútil la mano izquierda desde que un carromato lleno de heno se la aplastara allá por su juventud, en su Aguilar de Campoo natal. Yo no he podido evitar sonreír ante el detalle, pero él ha asegurado que es verdad, que, aunque parezca un recurso literario, el tal don Antonio existe y que en estos momentos debe estar durmiendo a pierna suelta, despojado al fin del peso de más de treinta y cinco años de servicio.

El caso es que esa noche todo transcurre como debe. Conversaciones dispersas, cotilleos, algún que otro brindis improvisado que levanta carcajadas. Hasta que, con las copas, llega el momento del discurso. Mi amigo no cree -en realidad no sabe qué pensar- que lo que está a punto de oír haya sido preparado. Según él, don Antonio siempre ha ido con lo puesto. En los años en que han sido compañeros de armas jamás le ha visto usar el libro de texto. Sus alumnos siempre se han matado a coger apuntes, a la vieja usanza. De hecho, en más de una ocasión ha tenido que hacer frente a las quejas de algún papá solidarizado con el inaceptable martirio de su vástago.

Don Antonio se ha levantado. Como ha solido hacer durante todo este tiempo al entrar en el aula, con la mano derecha ha introducido cuidadosamente la mano inútil en el bolsillo de sus anchos pantalones de pinza. Ha carraspeado. Ha mirado a los asistentes con sus pequeños ojos burlones y ha comenzado a hablar:

-He conocido cuatro leyes de educación e innumerables reformas. He visto extinguirse la llama centenaria de la Ley Moyano. He asistido al bautizo y al funeral del Bachillerato Unificado Polivalente. He sido testigo del auge de la LOGSE y de su estrepitoso fracaso. Y ahora, al final de mi carrera, ya no tengo fuerzas siquiera para estremecerme con la LOE. He pasado de dar clases en un Bachillerato de ocho años a sobrevivir en otro de dos. He pasado de enfadarme con mis alumnos a tenerles auténtico miedo. He pasado de admirarme por el esfuerzo de aquellos que provenían de los estratos más bajos del campo castellano a sentir una compasión infinita por los que ahora ocupan su lugar, inmigrantes que desconocen qué futuro les reserva un sistema de enseñanza que les niega cualquier posibilidad de promoción social.

“Esta noche, cuando sólo el recuerdo me une a una profesión en la que muchos de ustedes acaban de iniciarse, no me sentiré cohibido si les confieso algo que mi excesiva discreción -rayana en la cobardía- me ha impedido siempre decir con la claridad, con la rotundidad debidas:

“Como espectador privilegiado del devenir de la enseñanza española durante treinta y siete años, siete meses y ocho días, me dirijo a ustedes por última vez para advertirles -por si aún no lo saben- de que han sido estafados. Me dirijo a ustedes para exhortarles a abrir los ojos de una maldita vez, a no conformarse con la visión oficial y burocrática de lo que está ocurriendo y a percatarse de que, al tiempo que aceptan el timo sin pestañear apenas, están siendo cómplices principalísimos en el engaño. Esto tiene que quedar muy claro: si los políticos les han estafado, ustedes, al no hacer nada, están estafando a las familias españolas.

“Sé que este pequeño discurso parecerá nostálgico a más de uno. También sé que hoy día la palabra ‘nostalgia’ se ha convertido en un peligroso tabú social. Pero no me importa. Déjenme decirles, antes de concluir, que, contrariamente a lo que nos quieren hacer creer, ha sido la nostalgia, y no otra cosa, lo que nos ha empujado en el difícil camino del progreso. La tristeza, aquella reconfortante tristeza de quienes miran hacia atrás con veneración. Y con los ojos perdidos, como la alegoría de Durero, en el porvenir.”

Tardó en aplaudir el público, sorprendido a traición por esa última andanada. Muchos, el optimista impenitente de Agustín entre ellos, no saben aún lo que pensar de aquello. Yo, que no estuve allí, sí tengo muy claro lo que quiso decir don Antonio. Sé, además, que si hubiera asistido a aquella cena no habría podido evitar levantarme y gritar aquello de: «Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados». Sé que no habría podido parar de aplaudirle.

De hecho, aún le estoy aplaudiendo.

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Categorías: Diagnósticos

Autor:David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura. Administrador del blog.

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7 comentarios en “Cervantes se jubila”

  1. 15 noviembre 2009 a 21:13 #

    En este sistema del tocomocho ha colaborado la comunidad educativa al completo, incluidas las familias. La columna de Javier Marías en El Pais Semanal de hoy me parece muy instructiva. Causas y efectos… algo gordo debe ocurrir cuando una sociedad deja que el sistema educativo se malogre de esta manera.

  2. 15 noviembre 2009 a 21:13 #

    “comunidad educativa” por supuesto entrecomillada.

  3. 15 noviembre 2009 a 21:22 #

    Lo gordo es lo de siempre, Serenus.

    Les leía a mis alumnos de segundo de Bachillerato el otro día el comienzo de “El árbol de la ciencia”. Cuanto más avanzaba en la lectura más convencido estaba de que el texto era en realidad una crónica de la actualidad.

    (Yo, ahora, sólo me hago esta pregunta: y cuando se jubilen todos esos cervantes, ¿qué?)

  4. 15 noviembre 2009 a 22:59 #

    Ese profesor jubilado dijo toda la verdad en su discurso, pero ahora mismo los docentes ni siquiera somos capaces de unirnos para plantar cara a tanto desatino. Protestamos y rezongamos de todas las maneras posibles, pero seguimos rellenando papeles absurdos e inútiles y aplicando leyes insensatas y dañinas por temor, por dejadez o por pasividad. No sé si continuaremos así mucho tiempo. Yo llevo treinta y dos años trabajando y he soportado tantos cambios que ya no sé a qué ley debo ajustarme. Me indigno como el primer día ante las situaciones injustas y hago todo lo que puedo por mis alumnos porque sigo creyendo que nuestra labor es necesaria, lo que no me impide sentir frustración y tristeza al ver en lo que se ha convertido la enseñanza, sobre todo la pública, cada vez más menospreciada y abandonada por las autoridades. Hay que seguir luchando, pese a todo y pese a todos.
    Un saludo.

  5. 15 noviembre 2009 a 23:21 #

    Estimada Yolanda,

    Aprecio muchísimo su comentario, que constata que el profesorado no es ajeno a lo que se está cociendo desde hace décadas. Precisamente por ello es urgente una reacción, adquirir una perspectiva nueva. Debemos ser conscientes de nuestro poder y empezar a pensar que las leyes pueden ser injustas y que no tenemos por qué servir a la injusticia. Pero sobre todo hemos de salir de una vez de nuestro rincón de escepticismo. Porque, en muchos casos, no es dejadez ni pasividad, sino simple escepticismo.

    Un saludo y encantado de verla por aquí.

  6. Mari Cruz Gallego
    15 noviembre 2009 a 23:50 #

    Siempre quedará algún Cervantes.
    Qué lucidez la de Don Antonio. Un saludo.

  7. pedro rot
    19 noviembre 2009 a 10:17 #

    Estimado David, os felicito por esta inicitiva que lleváis adelante, aunque ya te frecuentaba en tu blog Candaya.

    ¿Hay algún correo en que os pueda remitir como documentos adjuntos algunos artículos que he leído recientemente y que quizás sean de vuestro interés (no se pueden enlazar mediante un hiperenlace)?

    mi correo: pedro_rot (arroba) yahoo (punto) es

    Saludos.

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