Sobre Filosofía, LOE y otras cuestiones

Cuentan que el Zar Nicolás I encargó la supresión del estudio de Filosofía a su ministro de educación, que justificó su decisión de la siguiente manera: “el valor de la Filosofía no está probado, pero es posible que de ella emanen efectos nocivos”. Así desaparecieron los estudios de Filosofía de la Universidad zarista.

Resulta chocante que  Rodríguez Zapatero aspire a compartir unas líneas en los libros de Historia junto al autócrata ruso. Pero los tiempos han cambiado (¿?) y los que son formalmente herederos de la tradición ideológica que alimentaba a los opositores al zarismo se unen hoy a la posición del antiguo enemigo con respecto a esta disciplina.

Algunos han señalado la hostilidad del PSOE a los estudios filosóficos desde los años en que se urdió la muy discutible (en sus planteamientos) y nefasta (por sus resultados) LOGSE. Muchos ya señalaron entonces que de los planteamientos se derivarían inevitablemente los resultados, pero se hizo oídos sordos, soportando entonces los reticentes una cascada de apelativos que iban desde retrógrados a elitistas. En muchas salas de profesores se produjo una especie de “conversión masiva” al nuevo lenguaje, que aspiraba a transformar por sí sólo la realidad; una lluvia de neologismos de dudoso gusto y una lista interminable de siglas y de papeles monopolizó la actividad en los centros ahora de secundaria, tomados al asalto por una nueva especie: los pedagogos. Nos encontramos súbitamente priorizando a nivel grupal y reuniéndonos en interminables sesiones de la CCP para redactar el PCC, el PEC y otros documentos fundamentales que llevan años durmiendo el sueño de los justos en algún atiborrado archivo de las secretarías de los centros de enseñanza. El invento masivo de palabras técnicas es característico de todas aquellas disciplinas cuyo carácter científico es más que dudoso y tienden a empezar la casa por el tejado: si las ciencias tienen un lenguaje especializado, inventemos un lenguaje especializado y ya tendremos una ciencia.

Pero la realidad es terca y no hay neologismo eufemístico que la altere en su esencia. Es fácil desde un despacho con aire acondicionado y suelo de madera hablar de conductas disruptivas. Un profesional en el aula le da, sin la menor duda, otro nombre. Es sencillo elaborar una normativa sobre integración que aparente tener otros objetivos diferentes del mero ahorro, pero la realidad en los centros nos permite ver cómo en muchos casos no hay peor discriminación que la que se oculta bajo supuestas y argumentadas buenas intenciones.

Sin embargo creo que es un error atribuir buenas intenciones al fracaso educativo y social que supuso la reforma articulada en la LOGSE, sobre todo si lanzamos una mirada más atenta a la evolución de la educación tanto en la UE como en los EEUU y en general en el “mundo desarrollado”. Me temo que la clave se oculta en otro sitio, y ningún gobierno se aviene a reconocer que lo que está cambiándose paulatinamente y sin plantear ningún debate serio es el modelo. Esto es, hay una discrepancia fundamental entre los objetivos que la legislación atribuye al sistema educativo y los objetivos reales, que sin embargo son bien visibles en diversos tratados internacionales suscritos por numerosos países y que afectan al mundo de la enseñanza tanto media como universitaria.

Resulta interesante observar que hace unos pocos años, en el 2000, los gobiernos de los países de la UE firmaron un acuerdo en Lisboa estableciendo como objetivos unos mínimos porcentuales de población que debería conseguir la titulación educativa básica. No decían cómo lo iban a lograr, claro. La tentación para alcanzar el objetivo es evidente: si facilitamos la consecución del título de graduado en secundaria podremos llegar a los mínimos pactados. Aunque el título de graduado en secundaria carezca de un contenido real. Aunque el título no  garantice que el graduado sepa siquiera leer y escribir correctamente.

Sloan Wilson, de la Comisión Nacional de Ciudadanos para las Escuelas Públicas de los Estados Unidos, escribe “…perpetuamos la ficción de que (determinados alumnos) han completado sus estudios con calificaciones satisfactorias”. Añade, sobre el sistema educativo de su país, un párrafo que pese a su extensión reproduzco:

Uno por uno los acicates al esfuerzo se fueron suprimiendo. Se aprobaron leyes que hicieron obligatorio, aun para los estudiantes más torpes, permanecer en la escuela hasta los 16 o los 18 años. Los educadores se encontraron con que no podían expulsar casi a nadie. Pronto se descubrió que era menos dañino para todos dejar avanzar a los lerdos de año en año, junto con sus contemporáneos, que retardarles y permitirles lastrar las clases de los chicos menores. Promoción automática, graduación automática y libretas de calificaciones en las cuales rara vez se incluían palabras desalentadoras se convirtieron en la regla general; regla que ciertamente no inspiraba al estudiante a trabajar con empeño.”

Todo esto nos resulta tan familiar que no tendría la menor relevancia si no fuera porque fue escrito en el año 1958. Es difícil, a la luz de documentos como este, atribuir buena voluntad a quienes han decidido emular sistemas como el que viene descrito en el párrafo anterior.

Pero… ¿Por qué alguien querría dinamitar el sistema educativo de un país? O más aun… ¿Por qué habrían de querer hacerlo simultáneamente un buen montón de países desarrollados?

Christian Laval escribe en su libro La Escuela no es una Empresa:

Tras el creyente, tras el ciudadano del Estado, tras el hombre cultivado del ideal humanista, la industrialización y la mercantilización de la existencia redefinen al hombre como un ser esencialmente económico…”.

¿Formación de ciudadanos cultos, es decir, receptores y por tanto herederos legítimos de la cultura? Claro que no: trabajadores y consumidores; ese es el objetivo de la educación y para ello debemos aliviar el lastre que el sistema mantiene de disciplinas puramente culturales, descalificables como poco prácticas, demasiado abstractas o simplemente elitistas.

Se trata de la sustitución del modelo ilustrado, que considera el conocimiento como algo bueno en sí mismo, deseable para el conjunto de la población en tanto que emancipa, libera de prejuicios y de influencias falaces y genera ciudadanos libres, capaces de usar de modo autónomo la propia racionalidad, por un modelo que considera al sistema educativo como un mero apéndice del sistema económico, encargado de una doble misión: formar trabajadores adecuados a las demandas empresariales y sumisos consumidores participantes del mercado global.

Todo esto exige asimismo, para limitar las disfunciones del sistema, generalizar una ética de lo políticamente correcto que se ha de administrar en forma de catecismo, es decir, de doctrina, ya que el sistema no puede entretenerse en proporcionar fundamentos sólidos que posibiliten que cada uno razone por sí mismo. Por ejemplo, la Educación para la Ciudadanía, llamada a sustituir en nuestro sistema a la Filosofía. Cuanto más se degrada la democracia y menos formación tiene el pueblo -y es la formación la que capacita para un adecuado ejercicio democrático, no lo olvidemos- más necesario parece hablar de ella constantemente. Cuanto más difícil es convivir porque la ausencia de normas interiorizadas (la anomia de la que nos hablaron hace mucho Durkheim o Merton) se generaliza, más necesario parece hablar sin parar de convivencia.

¿Una paranoica sospecha de alguien aficionado a ver manos negras y conspiraciones mundiales? Repasemos algunos datos de interés. En el año 1995 se reunió la Organización Mundial del Comercio en Uruguay. Allí los 140 países asistentes firmaron el AGCS, acuerdo general del mercado de servicios; ¿se adivina?, la educación es considerada un servicio más, y el acuerdo, como todos los que patrocina la OMC, contempla los pasos a dar para su liberalización. Evidentemente el papel del Estado en este campo, considerado de primer interés por los círculos económicos, no puede hacer menos que retroceder. Pero sería interesante seguir analizando. La European Roundtable of Industrialist es un lobby firmemente asentado en los más altos organismos de la “democrática” Comisión Europea; hace ya años que se permiten opinar e influir sobre todo lo que tiene que ver con la educación, ya que, como afirmaron en 1995, “La educación debe ser considerada como un servicio prestado al mundo económico”. En sus documentos sistemáticamente se refieren al alumno como “cliente” y a las clases como un “producto”; por supuesto, la libre competencia entre Centros y a su vez entre asignaturas, o la consideración de “lo que demandan los ciudadanos”, esto es, “los clientes”, se convierten en  absolutos teóricos en el terreno educativo.

Son sólo dos botones de muestra de una realidad profunda y extensa. Es imposible cuantificar la cantidad de documentos que al respecto emanan de instituciones económicas como la UNICE (órgano de la patronal europea) o la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) El informe PISA elaborado por esta última organización ha venido a convertirse en el oráculo del buen o mal funcionamiento de los sistemas educativos, siendo citados incluso por sindicatos y profesorado como si de ellos fluyera una verdad pura y desinteresada. En realidad, cada vez que los citamos estamos dando una palada más en la excavación de nuestra propia tumba.

¿Exageración? Barry McGaw, a la sazón Director de Educación de la OCDE, era presentado por el diario El País el lunes, dos de mayo de 2005 como “uno de los mayores expertos de educación del mundo” y opina lo siguiente:

Pero ¿Cómo vamos a tener menos profesores?, se preguntará. De muchas formas. Una sería analizar el trabajo que hacen y ver qué parte podrían hacerla otros profesionales. Otra cosa que yo  haría sería no reducir el número de alumnos por clase, eso es tirar el dinero…”

Parece claro que para los objetivos que la OCDE se marca sobramos muchos. Recordemos además que la joya de la corona del grupo empresarial que publica El País es la editorial Santillana, cuya fundación ejerce una notable influencia sobre los derroteros del sistema educativo español. También es la editorial que publica en español el tan mentado informe PISA.

El ataque a disciplinas como la Filosofía no es más que un hito en el proceso de transformación, paulatino e inconfeso, del sistema educativo bajo la égida de las instituciones económicas que se sienten legitimadas para decidir qué se debe enseñar y a quién; y también, por supuesto, quién debe hacerlo. En este contexto está claro que, a la larga, sobramos casi todos. No sólo los filósofos.

Por eso la lucha de fondo está más allá de las horas o de los contenidos; mientras discutimos sobre estas cuestiones se va consolidando en toda España la presencia y la actuación de organismos oficiales de “Evaluación y Calidad” educativa sin que exista ninguna contestación al respecto.

Son muchos los que quedan encandilados por ese término fetiche que aparece hoy en cualquier discurso educativo complementando al léxico logsero: calidad. Pero cuando utilizamos la palabreja lo hacemos con significados que pueden llegar a ser absolutamente divergentes e incluso opuestos. Una de las paradojas en la utilización que del término se hace desde las instituciones políticas y económicas es la exigencia de cuantificación. Por tanto, la calidad se mide numéricamente, y lo que no es medible numéricamente queda excluido de este concepto. Algo así como las viejas discusiones sobre las cualidades primarias y secundarias en la época de Descartes.

El procedimiento para medir y evaluar es, indiscutiblemente, la encuesta. Y esta peligrosa herramienta (peligrosa dadas las dificultades para elaborarlas de manera que midan lo que se quiere medir y para interpretarlas de modo unívoco) adquiere una presencia cada vez más insistente en nuestra labor profesional.

Muchas universidades (entre ellas la Carlos III del ciudadano Peces Barba) andan ya metidas en el tema de la competencia, lo que incluye la “satisfacción del cliente”, para medir la cual se distribuyen encuestas análogas a las que se pide al cliente que rellene en una hamburguesería o en una línea aérea. Lógicamente la oferta de “servicios secundarios” se convierte en prioritaria, ya que la existencia de un ocio confortable en el recinto de la Universidad aumenta la satisfacción del cliente. Si se alcanzan los objetivos establecidos las instituciones educativas adornan sus blasones pseudo antiguos y sus lemas en latín con el distintivo de AENOR o algún otro similar. Los más entusiastas coleccionan varios.

Por extraño que parezca -y a mí me lo parece mucho- el modelo avanza sin que se oiga una queja generalizada por lo absurdo del proyecto. Sólo dos pegas a bote pronto (y las hay a miles): en el centro educativo no se trata de transformar materiales inanimados de cualidades contrastables. Cualquier intento de cuantificación va a chocar con la realidad del trabajo con seres vivos dotados de hormonas, impulsos, cambios estacionales, emociones, aversiones, filias… ¿Cómo medir la eficacia de un trabajo cuyo material es por definición inmedible y cambiante?

La segunda no es menos importante porque marca la dirección que lleva este modelo: ¿Quién es el cliente? Para la ANECA, agencia nacional de evaluación de la calidad y acreditación, es decir, los controladores de la calidad universitaria, el asunto tampoco está demasiado claro, parece, ya que en su Plan Estratégico para el Horizonte 2010, centrado en la evaluación de las Universidades, nos dice que sus clientes son: las universidades, la Sociedad, los Profesores, los estudiantes, el Personal de administración y servicios, el Ministerio de Educación y Ciencia, otras administraciones públicas educativas, agencias autonómicas, redes internacionales de agencias, agencias extranjeras, y rematan con un patético…. La sociedad en general.

No creo que ni Lucía Lapiedra y Rocco Sifredi juntos fueran capaces de dar satisfacción a tanta gente y menos marcándonos el horizonte del 2010.

Pero lo peor no es eso. Si nos remitimos a los modelos que circulan de encuestas que “miden” la buena o mala práctica docente veremos que se le da una especial importancia a aspectos tales como la utilización de medios audiovisuales, la mayor o menor simpatía del profesor o, lo que forma parte de la gran mentira pseudodemocrática, a las expectativas del alumno en clase. Incluso en algunos casos especialmente delirantes se pide al alumno que valore lo adecuado o no de la forma de vestir del profesor…

El ataque a la Filosofía hay que analizarlo en estos términos. Sustituyamos materias que presentan dificultades objetivas y una dudosa utilidad práctica inmediata por unas marías descafeinadas. Si el profesor se pone exigente, para él serán los problemas; oiremos que no se puede fomentar el amor al civismo entre los alumnos si se les suspende…

Yo tengo claro que en este estado de cosas no interesa ninguna materia que ofrezca conocimiento al alumno, porque el sistema evoluciona en dirección contraria: poco a poco es más evidente que se trata de entretener. ¿Qué servicio le presta al sector económico la inclusión de la Filosofía en los estudios medios? Más bien, es posible que emanen de ellas efectos nocivos.

Decía Diógenes el Cínico (según Laercio) que un estudiante debía “llevar a la escuela el estilete, una tablilla nueva y sobre todo el cerebro”. Pero era un antiguo. El cerebro cada uno que se lo deje donde quiera, seamos democráticos. A la escuela hay que llevar un montón de material, enormes mochilones, un MP3, la moto y todo aquello que la moda dicte en cada momento. Ahí tenemos ciudadanos como dios manda: buenos consumidores. Luego les entregaremos un diploma por su mera existencia y los lanzaremos al mercado laboral, auténtico sentido de la vida, en el que poder ganar dinero para gastarlo en aquello que al mercado le interese.

Aquí les enseñaremos por encima de todo a consumir los productos de las nuevas tecnologías; no vaya a ser que el mercado se resienta por la mala formación que les damos en la escuela. Pero le llamaremos al proceso “integración en la sociedad de la información”, que queda más bonito. Aunque no sean capaces de procesar la información, sí lo serán de consumirla. Y eso es de lo que se trata.

Justiniano cerró las escuelas de Filosofía de Atenas consolidando así el monopolio educativo de la Iglesia. Estos nuestros gobernantes están entregando el monopolio de la educación a las instituciones económicas, transformando este terreno en puro mercado.

Además, la Iglesia, la principal patronal de la enseñanza privada en España, se quedará con su parte, como dios manda, vía conciertos. Si no, ¿quién va a bendecir el mercado?

No creo que sea posible parar el proceso, pero creo que no está de más hacerlo visible y cuestionarlo.

Y me temo que nos va el futuro en ello.

 

Nota de DESEDUCATIVOS: Damos la bienvenida a Francisco de Borja Contreras, profesor de Filosofía en el IES Victoria Kent de Elche, autor del blog El viaje de la tortuga

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Categorías: Diagnósticos

Autor:borjacontreras

Profesor de filosofía

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8 comentarios en “Sobre Filosofía, LOE y otras cuestiones”

  1. 10 noviembre 2009 a 17:57 #

    Gracias, Borja, por este excelente texto. Y, una vez más, bienvenido.

    Un saludo.

  2. Nacho Camino
    10 noviembre 2009 a 19:12 #

    Suscribo el comentario de David. Excelente.

  3. Borja Contreras Ortiz
    10 noviembre 2009 a 19:56 #

    Gracias por vuestra acogida. Imagino que no responde a un libro de procedimientos que estandarice la recepción de nuevos textos y protocolice la admisión de nuevos miembros…
    Fuera de bromas, el texto es un tanto desorganizado y además está escrito en un estado de considerable mal humor. Hay, apenas señalados, un montón de temas que, lógicamente, aparecen muy poco desarrollados y por tanto analizados sin profundidad. Y eso a pesar de su excesiva extensión.
    Tal vez sí tenga interés el verlos en conjunto.
    Un saludo.

  4. 10 noviembre 2009 a 20:02 #

    Excelente..

  5. ata
    10 noviembre 2009 a 20:35 #

    “Por sus obras les conocereis,nunca por sus palabras.”

    Correcto.

    Eliminar el espiritu,hacer a seres sin alma,sin cualidades humanas.

    Hacer maquinas animadas,cosas no personas,consumidores,sometidos al dinero,al Dios Mamon,seres deshumanizados,no personas,no hombres.

    Pues hay que pararlo,como sea,y al costo que sea.

    Y en ello,los profesionales de la enseñanza y profesorado,teneis una responsabilidad ineludible,irrenunciable,aun a costa de perder el puesto y el empleo,dejad ya el butacon.

    Asi que,vosotros vereis.

  6. desdelacavernadeplaton
    10 noviembre 2009 a 23:25 #

    Un artículo que permite un buen desarrollo y una buena charla. Un saludo, Borja.

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  1. Sobre Filosofía, LOE y otras cuestiones - 10 noviembre 2009

    […] Sobre Filosofía, LOE y otras cuestiones […]

  2. SFPA » el blog - 15 noviembre 2009

    […] cierto, aparte de esto, recomendamos la lectura del artículo de Borja Contreras, Sobre Filosofía, LOE y otras cuestiones, en […]

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