Propuestas: 2.- Enseñanza obligatoria

logo propuestasSi bien se suele asumir incondicionalmente la relación que se establece entre los conceptos de libertad y responsabilidad, a menudo se olvida el hecho incontrovertible de que aquélla forja ésta y que sin ésta resulta imposible que aquélla se desarrolle con garantías. Del mismo modo que una libertad sin responsabilidad está abocada a la anarquía más absoluta, la responsabilidad sin libertad se convierte en tiranía o en el despotismo de una aristocracia que se otorga a sí misma la potestad para ejercerla.

Sin embargo, a pesar de que la edad legal es determinada por cada Estado, no hay una edad para la responsabilidad.

Los sucesivos sistemas educativos se han erigido en la creencia axiomática de que la responsabilidad, la única posible y la más razonable, se establece unidireccionalmente, del Estado al individuo, sin tener en cuenta -y aun solapando intencionadamente- que el trayecto es, por naturaleza, de ida y vuelta, siendo incluso el deber de todo Estado democrático dotar al individuo de armas que lo protejan de su voracidad. Por ello la obligatoriedad de la educación es, desde hace décadas, tema capital.

Pero la lógica de los argumentos que la sostienen es tan absurda como perversa:

1.- Si considero la igualdad de oportunidades como homogeneización de posibilidades -porque parto de una interpretación torticera de qué cosa significa “igualdad de derechos”-, presento como logro social una educación obligatoria hasta los dieciséis años argumentando que todos tienen derecho -derecho que se convierte en deber: primera perversión- a una educación integral.

2.- Con esta excusa impido -de facto, pues el minibachillerato actual no se puede considerar preparatorio para nada- una diversificación de objetivos y de itinerarios académicos, esto es, transformo la compleja naturaleza de la enseñanza -segunda perversión- en el compacto, gigante y todopoderoso reino de la “comprensividad”.

3.- ¿Cómo mantengo y defiendo semejante perversión? Pues con otra perversión más -y ya van tres-: recubro mi estrategia con el escudo antimisiles de la ideología política, con la impenetrable coraza del maniqueísmo más pedestre: lo que ofrezco es progresista, protege al más débil, ergo es bueno; por ello toda crítica provendrá de la reacción, del conservadurismo, del eje del mal.

La confusión de las categorías “igualdad” y “obligatoriedad” no emana de la negligencia política sino de una voluntad expresa de conseguir su asimilación. Lo sencillo, y también lo factible, hubiera sido asegurar esa igualdad de oportunidades con una enseñanza pública gratuita en todas sus etapas, sin embargo se ha optado por prolongar su obligatoriedad, corrompiendo así la naturaleza de toda sociedad libre. Puesto que no todos los seres humanos nacen con las mismas capacidades físicas e intelectuales, el Estado debe salvaguardar los derechos individuales y la igualdad de oportunidades. Pero la igualdad por decreto, al ocultar el adagio que se ostentaba en aquella granja revolucionaria -“algunos animales son más iguales que otros”-, es tan abominable como la desigualdad por cuestiones de clase, sangre, raza, sexo o religión.

En la asimilación de los conceptos “obligación” e “igualdad” -según la lógica de la LOE, los chavales están obligados a ser todos iguales hasta los dieciséis años- reside el espíritu de la reforma ideada durante los años ochenta. Porque cualquier propuesta que no exceda ese marco estaría abocada al fracaso, resulta necesario superar el prejuicio que considera un avance social indiscutible la ampliación del periodo educativo obligatorio.

Si la educación del individuo es necesaria para el ejercicio de la libertad -que debe ir íntimamente ligada a la idea de responsabilidad social-, ¿por qué, partiendo de que es un derecho, muchos Estados resuelven convertirla en una obligación? ¿Acaso la sanción de todas las obligaciones sociales no es uno de los rostros de la tiranía, de las democracias que devienen oligarquías y que necesitan leyes que suplan esa falta de responsabilidad de los ciudadanos? En determinadas competencias estatales es conveniente que la tutela se circunscriba al ámbito de lo básico. Al igual que se sabe que un Estado que desatendiera la alimentación “básica” de sus ciudadanos sería despreciable, ¿no se consideraría que se estaría extralimitando en sus funciones si nos “obligase” a todos a comer unos determinados alimentos?

Nunca se negará aquí la conveniencia de una enseñanza obligatoria, siempre y cuando ésta sea básica, es decir, ceñida al ámbito de la Primaria, donde necesariamente se ha de establecer la “base” común para cualquiera de las bifurcaciones de la enseñanza post obligatoria. Pero para que eso sea factible, el primer ciclo de enseñanza obligatoria debe reconstruir sus fundamentos, convertirse en el garante de que los conocimientos y las competencias adquiridas por los alumnos son reales y constituyen la génesis de todo proyecto futuro. La educación Primaria tiene que ser el primer y más importante contrato de ciudadanía, asegurado, por supuesto, en los siguientes principios: comprensión lectora, ortografía, gramática, asimilación de los principales procedimientos aritméticos, iniciación al álgebra y a la geometría, conocimientos geográficos nacionales e internacionales, asimilación y comprensión de las etapas históricas y de sus hechos más relevantes, iniciación a la tecnología y al dibujo técnico y artístico, anatomía y clasificación de los seres vivos, vocabulario y habilidades comunicativas intermedias en un idioma extranjero, iniciación al lenguaje musical y conocimientos elementales de informática.

Una enseñanza obligatoria circunscrita al ámbito de la Primaria permitirá aprovechar al máximo los tres itinerarios salientes: el itinerario académico, cuyo objetivo será la universidad; el itinerario profesional, con vistas a una formación profesional de grado medio o superior; el itinerario “comprensivo”, que tendrá como fin una iniciación profesional y una temprana salida laboral. La gratuidad de dichos trayectos garantizará la igualdad de oportunidades y el derecho a la educación.

Consideramos que no serviría de nada fijar los itinerarios en una edad más temprana que la actual pero desde un sistema obligatorio -como pretendía la LOCE y, ahora, parece que proyecta la LOE-, pues, al final, se reproduciría la misma condena para el alumno que no quisiera estudiar, y algunos de esos itinerarios se convertirían en guetos a los que muchos profesores deberían seguir enfrentándose.

Asimismo juzgamos falaces los argumentos que pretenden justificar la obligatoriedad prolongada en el tiempo invocando las nuevas necesidades de trabajo cualificado, el más que probable retraso de la edad de jubilación o la mayor esperanza de vida de las nuevas generaciones. La primera excusa demuestra una visión de la realidad servil, conformista y totalmente acrítica, pues se resigna a dejarse llevar por el devenir de los acontecimientos políticos y económicos sin cuestionarse siquiera si éstos son o no justos y razonables. La segunda y la tercera olvidan que las edades de maduración intelectual son exactamente las mismas que las de hace un siglo, a pesar de las sensibles mejoras actuales en nuestra calidad de vida, por lo que no tiene sentido tratar de retrasarlas en el tiempo.

Hay quien encamina su postura crítica hacia la siguiente aseveración: el problema de la enseñanza obligatoria es que, en la práctica, no es obligatoria. Pero ése no es tampoco el tema. El tema, en realidad, es que la educación que exceda la frontera de lo que hemos establecido como básico ha de ser un derecho y no una obligación de los ciudadanos; todo lo contrario que en la familia, donde ese mismo derecho, se ha de convertir en obligación si se quiere salir adelante. Pero, principalmente, tiene que ser un imperativo del Estado salvaguardar ese mismo derecho. Cualquier diversificación real de la enseñanza debe provenir de la libertad de elección y de la responsabilidad que ésta conlleva. La obligatoriedad sólo ha de ceñirse a la educación primaria, ciclo desde el que se iniciaría esa cadena de decisiones que dan sentido a cualquier vida.

La obligatoriedad perpetuada en el tiempo -con o sin itinerarios- no es educativa, sino creadora de ineptitud, vagancia, irresponsabilidad y mansedumbre, uniformadora de conciencias y transformadora de futuros ciudadanos en súbditos potenciales.

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Categorías: Soluciones

Autor:David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura. Administrador del blog.

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