El “tonto impune”: hacia un nuevo ethos educativo

Alvaro_Marchesi

Álvaro Marchesi

Más o menos ocurre lo siguiente. Cuando el profe pedía la entrega de un ejercicio en clase siempre había alguno que decía aquello de: «me lo he dejado en casa» o «no me había enterado». A ese alguno le pasaba siempre lo mismo. Era el tonto de clase y no se enteraba nunca de nada. Cualquier intento de meter algo en su mollera resultaba tarea harto infructuosa. Los demás podían ser vagos, sinvergüenzas, distraídos… pero estos vicios de alguna manera se contrarrestaban con alguna que otra virtud. Con el tonto, con todos los respetos, no había manera. Da igual si era tonto o si se lo hacía. Su actitud, involuntaria o no, constituía la antítesis de cualquier esperanza docente que tuviese como paradero un aula y como objetivo un comportamiento inteligente.

Pedí un ejercicio en un infausto curso de 2º de la ESO (los “bilingües”, los presuntamente distinguidos con la virtud del interculturalismo), y sólo me lo entregaron seis. Los demás ofrecieron excusas de tonto o me miraron como si el más tonto fuera yo. Y comentándolo con el profe de Educación Física de pronto vimos la luz. No se trata, como algunos piensan, de que hubiera hace años una decidida y consciente intención por parte del poder político neoliberal (socialdemócrata también se dice) de manipulación del sistema educativo en orden a una conversión de la clase media en obediente e ignorante clase acéfala, consumista y sumisa. Ni siquiera a la organización capitalista más abyecta le interesaría contar con un país entero repleto de imbéciles. Es peor que esto.

Se ha promovido que el alumno pueda adoptar, impunemente, la actitud más opuesta a la que debería haber adquirido para que su inclusión en el sistema de enseñanza fuese provechosa, esa misma actitud que es justamente la que hay que intentar hacerle comprender al alumno que no se le puede tolerar, porque de otro modo todos los esfuerzos serían vanos. O sea, no tolerar que se dedique a hacerse el tonto. Lejos de esto, el alumno encuentra todo tipo de facilidades para hurtarse a su antiguo deber, concedidas con el beneplácito de la ley y de las autoridades educativas. El alumno puede ser un irresponsable y un imbécil sin que nadie se lo tome en cuenta, es más, le han sido puestos a su disposición los más descarados métodos de protección de la imbecilidad ético-pedagógica: simplificación de contenidos, promoción automática, trato de parvulario, sentimentalismo psico-pedagógico, minusvaloración de los objetivos y de las calificaciones, impunidad ante la desobediencia o la falta de respeto, impunidad ante la ofensa, la injuria o el maltrato, desorden y continuos cambios caprichosos en el plan de estudios, descalificación de los profesores (la cochinada del “reciclaje” para adaptarse a los nuevos tiempos, o a su supuesta falta de preparación), indefensión del profesorado ante la agresión o ante la denuncia…

En fin, estamos ante adolescentes que tienen todas las bazas en su mano para poderse descojonar de risa del lugar en el que están y de las tareas que se les proponen. A esto lo llama el listo de un sociólogo orgánico “inserción en el sistema social”. Por supuesto, inserción en el único sistema social que entienden los sociólogos orgánicos: el sistema social de los sinvergüenzas, Juliánmuñozlandia.

Ni que decir tiene el mérito del alumno que logra escapar de esta farsa (alumno al que hay que cuidar como oro en paño, porque todo está contra él). O el horror de los pocos padres que quedan capaces de entender la necesidad de que sus hijos no entren por el aro y estudien (y que acaban llevando a sus retoños a las empresas educativas para encontrar más de lo mismo).

Por supuesto a los otros se lo han puesto a huevo. En el caso extremo, no hemos necesitado integrar a emigrantes sin costumbre de esfuerzo estudiantil ni a gitanos indolentes, porque de hecho es la escuela la que se ha adaptado a ellos. O dicho de otra manera: hemos organizado una enseñanza dirigida a no perturbar ni lo más mínimo las condiciones en las que se encuentran y que damos como buenas y tolerables. De esto no se atreve nadie a hablar, pero la situación es totalmente escandalosa. Los modos brutales en que se comportan con las profesoras y las alumnas los miembros de la supuesta raza calé (¿quién ha determinado esta adscripción para ofrecerles cierto tipo de ventajas discriminatorias?), su rechazo insultante a cualquier norma elemental, su descaro, su abuso macarra, no son más que la viva manifestación de la amplitud de una permisividad que santifica y obliga a aguantar comportamientos que atentan diariamente contra las más razonables normas, ya no de la enseñanza, sino de la más simple y deseable educación.

Por la otra parte, la de los emigrantes sin costumbre ni esperanzas de estudio, nos encontramos con que la situación, sin llegar a esos extremos de violencia (salvo en honrosos casos), casa muy bien con la idiosincrasia de aquellos que no han imaginado nunca la posibilidad de una formación suficiente y menos han soñado con el acceso a la enseñanza superior, habida cuenta de que a duras penas se les ha enseñado a anhelar algo más que una insuficiente alfabetización. La parálisis de la Formación profesional producida por aquéllos que venían a dignificarla ha eliminado una de las pocas expectativas que tenían estos muchachos para no caer en el sumidero de la tontería reinante.

Teniendo en cuenta que tampoco se aleja mucho el españolito común de estos modelos, porque parece que ha perdido también el interés por la formación intelectual y por la honradez, entonces tenemos completo el cuadro. Estamos entrenando a los escolarizados para que tengan la posibilidad de comportarse como unos canallas y unos irresponsables. Hemos sido capaces de adiestrar a una joven aunque suficientemente preparada generación de chorizos. Y puestas así las cosas lo mismo da ya que nuestro sistema docente sea una basura o el esplendor de Occidente, lo mismo da que en los informes internacionales aparezcamos como unos asnos o como unos ángeles. El objetivo, que es independiente de todo esto, se ha logrado con creces.

Y ya hemos llegado al fondo del asunto. Decíamos que no se trata de una argucia del capitalismo postmoderno. Al fin y al cabo, para explotar a alguien es necesario que el alguien en cuestión tenga algo que pueda ser explotado. Que no sea un tonto del haba. Se trata más bien, en este país, de la peculiar forma en que el poder de los partidos políticos (el único existente en España, porque nuestra Constitución falsamente democrática hace recaer todos los poderes en el Legislativo) ha logrado que convivamos con el delito como si fuese el acontecimiento más normal y cotidiano de nuestras vidas, nuestro medio ambiente. ¿Os acordáis de aquel desfile carcelario que nos ofreció el último Gobierno de González? El que presentaba los modelos anda por ahí dando clases de Política internacional.

Alcaldes, ministros, hermanos de ministros, altos funcionarios, empresarios, banqueros, abogados célebres, sin la mínima conciencia de la indignidad del delito, nos ofrecieron y nos siguen ofreciendo diarios espectáculos. Entran y salen de los juzgados y del talego directamente hacia el plató de televisión para contar su heroicidad con la pasta que se merecen en el bolsillo. Sin un asomo de pesadumbre. Una propagadora de cotilleos, que va de alta dama y que firmaba libros que no había escrito ella (una choriza de la letra impresa) promete gran programa con un político ex presidiario al que el juez le tiene embargados hasta los calzoncillos. Esto sólo lo puede aguantar sin que se le caiga la cara de vergüenza aquél que ha sido educado para comprender, desde la cuna, que se puede vivir toda la vida siendo un tonto impune y un chorizo.

En este estado de cosas, la pantomima hipócrita de la Educación para la Ciudadanía clama al misterio. Puestas las condiciones a lo largo de arduos años de defenestración para que el joven entienda que se puede pasar la responsabilidad por el forro, se encomienda a un puñado de esbirros la tarea de comunicarles a los alumnos lo que ellos ya han aprendido sobradamente a despreciar.

Dice el Legislador:

«Mira, me he dedicado durante mucho tiempo a hacer todo lo posible para que en este lugar no tenga valor la más tímida actitud cívica y ahora me vas a predicar la virtud por las aulas. Para que te tiren cacahuetes, hijo de puta, y te des cuenta de lo mierda que eres. Porque tú, aunque no te lo creas, eres el más tonto de todos los que están aquí».

Al fin y al cabo, la salida por peteneras del señor Font, Consejero de Educación de la Comunidad Valenciana, no hace sino llevar al límite, como en un happening, lo estúpido de la situación. ¡Podía haber buscado bilingües servo-croatas o azandes, mecachis! ¡Nos hubiésemos tronchado de risa!

Bienvenidos, a todos y a Vd. también Sr. Font, a este patio de Monipodio, donde no se ha dejado nunca de entonar esa que dice: “Soy el Rata primero. Y yo el segundo. Y yo el tercero. Siempre que nos persigue la autoridad, es cuando más tranquilos timamos más”.

(Continuará)

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3 comentarios en “El “tonto impune”: hacia un nuevo ethos educativo”

  1. 6 noviembre 2009 a 0:24 #

    Ya me he encontrado yo a algún que otro tonto impune en la consulta del médico… de médico.

    Se me ponen los pelos de punta al recordarlo.

  2. 7 noviembre 2009 a 11:38 #

    Antonio:

    Tu punto de vista es demoledor.

    Unas cuantas frases escogidas, con enlace a este artículo, serán publicadas en Ácratas este mismo domingo. Sigo con ello las instrucciones de mi gran amigo David López Sandoval, nuestro Aquiles.

    Vuestra labor es muy importante.

    Saludos.

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  1. El tonto impune - 7 noviembre 2009

    […] El tonto impune […]

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